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CAPÍTULO 25

Cuando Eve abrió sus ojos, la llevaban flotando en medio de las cinco brujas. Intentó zafarse, pero les fue imposible, eran como cadenas invisibles. El vientre cada vez dolía más y no entendía a qué se debía. Temía porque el bebé quisiese nacer justamente en ese momento, en el más vulnerable que tanto Eve como Grek pudieran estar. El aire le comenzó a faltar y a sus recuerdos vinieron las imágenes de Alkor, como si ella sintiera que fuera a morir toda su vida comenzó a cruzar por su mente. El bebé que crecía en su vientre presentía que su madre estaba en peligro, por lo que más dolores se hicieron presentes.

El cielo se había oscurecido, y los relámpagos aparecían cada vez más. Samara que iba enfrente de ellas se detuvo. Eve no se había dado cuenta de en dónde estaba, pero sabía que habían avanzado mucho pues ahora su alrededor era desconocido. Estaban cerca de un gran acantilado y las montañas a sus costados, desprendían lava que caían como cascadas. El cielo pese a que era oscuro, se veía rojizo y de vez en cuando alguna ave de extraño aspecto se dejaba ver, un aire con el aroma a muerte se respiraba. Mientras en Afrobos existía una batalla que daba comienzo a una nueva era, Eve se encontraba secuestrada por seres totalmente malignos. Las brujas comenzaron a dispersarse y a colocar antorchas en el suelo en distintos puntos. Eve tan solo podía pasear su mirada por cada una de aquellas mujeres encapuchadas, no entendía que querían hacer. Samara estaba recibiendo por parte de otra bruja un gran libro de cuero viejo, lo abrió y comenzó a hojearlo mientras le daba la espalda a Eve.

¿Y Grek? ¿Dónde quedó Grek? ¿Estaba...muerto? No lo veía por ninguna parte y en esos momentos dudaba mucho que las brujas hubieran optado por llevarlo con ellas, pues él, en esos momentos representaba una terrible amenaza. Sin Grek se sentía perdida, indefensa.

"Ha llegado el momento de liberarme de estas prisiones oscuras. Saldré y perecerá aquel que acabó con mi vida, mi venganza y el día de mi redención ha llegado".

De nuevo ella aparecía estremeciendo el alma de la joven rubia. Esa maldita voz que estaba atormentando a Eve, se había convertido en su fantasma, en esa espina en el dedo que no se podía sacar. Eve cerraba sus ojos, intentaba pensar en otras cosas, pero simplemente le era imposible, el alma de Aurora estaba inquieta, saldría, pero no sin antes hacer que Eve sufriera.

—Es hora de comenzar con el ritual, hermanas —pronunció Samara mientras elevaba sus brazos al cielo.

Samara se alejó del cuerpo de Eve, el cual seguía suspendido en el aire, pero ahora ella estaba en medio de un gran círculo, otra bruja iba dejando caer en el suelo un polvo extraño que comenzó a subir al cielo creando una cortina de polvo purpura. Una de las encapuchadas se acercó a la orilla del acantilado y extendió sus manos hacía el cielo. Comenzaron a hablar en una lengua extraña, que era más parecido a un cántico, todas se arrodillaron y comenzaban a mover su torso hacia abajo y hacia arriba, todo mientras no dejaban de conjurar.

—Antepasados del inframundo, fuerzas de la oscuridad, antiguos reyes de Forgest... brinden ahora su poder, deidas Ki'k, Luah' y Cay... los invocamos, sus siervas les esperan y ofrendamos —Un estruendo se escuchó en el cielo y el viento se acrecentó, de pronto un portal mágico apareció en frente de ellas. —Escucho algo del otro lado... —Samara se quedó callada y con sus manos indicó a su aquelarre que se callaran —Cambio de planes...Tenemos que llegar para con Dramus, hermanas.

Habían realizado un ritual para abrir un portal, esperando a que alguien lo atravesara, pero ahora los planes habían cambiado, lo que quería decir que ellas no se quedarían en Draconian, sino que irían a otro lado. Samara fue la primera en cruzar, luego de eso, las brujas que quedaban escoltaron a Eve. Cruzaron el portal llegando a un área boscosa, los árboles no eran tan diferentes al de Draconian. Las brujas se mantuvieron unidas mientras Eve comenzaba a sudar en frío. Desconocía por completo que era lo que querían hacerle sacándola de Draconian si se suponía que estaría más protegida en la tierra mágica. ¿Cómo la habían encontrado?

¿Qué hacía de vuelta en Afrobos? Fue lo primero que pensó.

Los pájaros se escucharon y salieron volando de algún escondite de dónde se encontraban. Los aullidos de miles de cantos de lobos comenzaron a hacer eco en el bosque. Un dolor en el pecho se instaló en la rubia, y una luz rojiza salió de su vientre.

Las brujas voltearon a ver un punto específico del bosque y pisadas se escucharon.


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Los bombardeos seguían, pero no lograban caer en los territorios de Alkor. Pese a que Dramus se esforzó cien años en lograr reclutar tropas por aquí y por allá, seguían estando por debajo de su poder. En el pasado, Dramus acudió a otros hechiceros, y fue por eso que pudieron sellarlo...Pero no exterminarlo. Y ahora, por lo que veía, ningún ser mágico se atrevería a ayudar al antiguo hechicero, si bien, las muertes de los involucrados en la guerra de hace cien años perecieron, los rumores habían corrido como ríos en los distintos mundos mágicos, y ahora temían ayudar a Dramus, el mayor enemigo del dragón negro de la Era.

Alkor sobrevoló los cielos con fuerza. Escupió fuego verde por todos los árboles que rodeaban el castillo del dragón. Y observó a muchos humanos en caballos intentar salir de sus dominios. No tardó el fuego en propagarse por todos lados y consumir a más de uno. Serán cobardes, pensó Alkor. Pero eso no sucedería, los encerró a todos y todos parecerían el atrevimiento de querer matarlo. Alkor no era un Dragón ordinario que solo escupía fuego. Dominaba la magia, poseía fuerza superior a la de dos reinados enteros. Acabar con el ejército de Dramus no sería problema, tan solo jugaría con ellos como quién lo hace cuando juega con su presa.

Bajó con rapidez en vuelo y tomó a varios soldados en su hocico y comenzó a comérselos vivos. La sangre humana era deliciosa, pero en esos momentos no podía pararse a comer con tranquilidad. Buscaba a Dramus desesperadamente y a toda su gente. Escuchó como los soldados se asustaban de lo que estaba haciendo. Con sus garras tocando el suelo se concentró y el fuego verde comenzó a salir de éste y a envolver a los soldados. Los gritos incesantes de los soldados no tardaron en multiplicarse. Los árboles aún tenían del fuego que desde arriba Alkor había escupido. Pero ¿Dónde demonios estaba Dramus? Una vez que vio que ningún soldado quedó con vida, dio la media vuelta. Sí algo había aprendido tantos años es a no dejar cabos sueltos.

Escuchó un gimoteo y se detuvo abruptamente, torciendo todo su cuello. Se acercó al soldado herido y su hocico rozó la cara del humano que no hacía más que sujetar la espada en su dirección, mientras temblaba. Casi pudo sentir la risa atorada en su garganta. ¿Una espada? ¿Enserio?

Alkor no hacía más que mirarlo como a un insecto.

—Déjate de estupideces humano —Entre sus enormes colmillos, aún la sangre seguía presente — ¿En qué madriguera está escondido Dramus? —La voz de Alkor eran las de miles de Demonios juntos.

El soldado, pese a que se moría del miedo por dentro, se convenció así mismo que no hablaría.

—Solo los leales sabemos el precio del silencio. Moriré con honor sirviendo a la Corona y a nuestro señor Dramus —Era orgulloso el humano—No diré nada, adelante, puedes matarme.

Enseñó su dentadura llena de colmillos, el olor a azufre era embriagador. La piel negra de Alkor expidió un extraño vapor que comenzó a llenar el ambiente de toxicidad a su paso. Sus ojos ambarinos se fijaron en las del humano, escudriñaron el fondo de su alma, todo lo que había hecho de su vida... la vida del Dragón estaba torturando la del soldado caído.

—Es una pena que ni un solo día de tu miserable y asquerosa vida hayas hecho algo bueno por una causa... al igual que miserable y solitaria será tu muerte —Sentenció Alkor mientras aplastaba el cuerpo del soldado con una de sus patas.

Siguió su camino hasta que un hombre en una armadura blanca, con una cruz roja marcada en su pecho, sostenía en sus manos un báculo con una esfera azul en la parte superior lo enterró en el suelo enfrente de él.

Richard Stan, el segundo al mando de la división de contraataque se dirigía en un caballo blanco. Encarando a la bestia que había sido causa de los cuentos de hadas en todo Afrobos y gran parte de los reinos vecinos.

—Criatura del inframundo. Vuelve a tus cenizas, la muerte te llama —pronunció el moreno mientras sus ojos casi se salían de su rostro.

Por fin podía ver a un Dragón con sus propios ojos. Y no cualquiera, el Dragón que ha infundido el terror en muchos mundos. Conquistador de tierras inconquistables, líder de ejércitos, el último Dragón de la Era, el Dragón Negro.

¿Quién se atrevía a desafiar al gran señor de Afrobos? Alkor escupió fuego hacia el humano, pero éste no le hizo nada. Una chispa captó su atención. Alkor lo supo, era uno de ellos.

—Maldito humano —Susurró mientras se colocaba en posición de ataque —Acabas de venir directo a la muerte.

Otro Jinete llegó, Bernard Coll, su superior llegó con otro báculo parecido y lo enterró de igual manera enfrente de él. Alkor ya había visto esa maniobra hace mucho tiempo, sospechó entonces, que lo querían aprisionar como aquella vez, ese maldito Dramus quería volver a repetir la única táctica que le había servido en el pasado para poder "herirlo" de cierta forma. Escuchó entonces otras pisadas, desde distintos puntos.

La dejó en el suelo desangrándose, escuchando como gemía del dolor. Aurora, Dramus y otros hechiceros a los cuáles se les había invocado con mucha dificultad maldijeron a Alkor con ser el guardián del portal entre ambos mundos hasta derrotar a todos los hechiceros involucrados. Era una manera de asegurar que el Dragón no escaparía y formaran otra guerra entre ambos mundos. Aurora había muerto, o eso era lo que pensaba Alkor, ahora solo le quedaban pocos.

Algo dentro de él se rompió aquella oscura noche. No era solo la amistad con la traidora de Aurora, si no la muerte de su madre. La maldición que ahora había caído sobre él, atándolo al mundo dónde no quería permanecer ni un solo segundo más.

Se dirigió al cuerpo de su madre y su alma estuvo en paz ya que al parecer nadie la había tocado ni profanado. Su cuerpo se volvió humanoide y entonces la cargó hasta su castillo, sintiéndose ahora atado. La guerra continuaba aun, pero era segura su victoria. Cuando miró hacia atrás Dramus estaba huyendo y se juró que vengaría la muerte de su madre y la trampa que le pusieron sería pagada con su sangre.

Encerró a su madre muerta en una habitación que selló con su poder. Luego la tendría que cremar por el bien de él y de los suyos. Obtener aquellos huesos por manos equivocadas sería catastrófico.

—Amo, Alkor... ya no quedan muchos humanos.

La ira, el coraje y la sed de venganza de apoderaron de él.

—Esto ha sido mi culpa... —reconoció el joven dragón —Jamás un humano volverá a tomarme como su burla, está prohibido que un humano entre a mis aposentos, a mí hogar y a mí vida. Soy Alkor, Príncipe de Draconian, Heredero de los reinos mágicos, el poderoso Dragón Negro y juró por todo el resto de mí existencia que no voy a parar hasta ver al maldito de Dramus muerto con mis propias garras, reducido a cenizas.

Aquellos recuerdos llegaron repentinos. La espera fue larga, pero al fin sería el día de su tan ansiada venganza. Sentía el avivamiento en su corazón y en su cuerpo, como las fuerzas indomables volvían a él con regocijo. Aún pervive en él, un coraje que vuelve a nacer y no caerá, luchará hasta que las fuerzas se le agoten y vea a sus enemigos debajo de él sin vida.


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Lupus corría hacía la parte trasera del castillo donde miles de soldados se dirigían a él. Aunque ya estaba algo viejo eso no le impedía convertirse en ese guardián que siempre fue. Los huesos de Lupus se escucharon tronar y poco a poco su cuerpo fue ensanchándose y su piel verde volviéndose más oscura.

—Mi amo me tiene prohibido dejar pasar a los humanos y yo soy su fiel vasallo.

Los humanos llevaban sus escudos y espadas delante de ellos mientras apresuradamente adelantaban el paso. Lupus corrió hacía ellos y de sus garras la magia comenzó a emanar mientras daba un gran salto para aterrizar en medio de los humanos; Y estos cayeron por el estruendo y se abalanzaron contra el vasallo del Dragón Negro. Muchos fueron contra él, pero a todos los derribó con su grito sonoro.

Nyla por otro lado utilizó el poder ancestral e inundó a los soldados con fuego azul. Y llamó a las criaturas aladas, los cuervos, para qué picotearan en multitud a los soldados. Estaban contendiendo con demasiados humanos... pero no había señales de Dramus. Por lo que comenzó a sospechar. Nadie ha entrado al castillo más que Brandon, pero éste protegerá todo el castillo. ¿Por qué será que algo seguía sin cuadrarle? ¿Por qué sí esta era una pelea que Dramus organizó no estaba haciendo acto de presencia? A esas alturas, él ya debió haber aparecido y confrontado al dragón negro... ¿En dónde estaba?


© J. ZARAGOZA

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