Fecha de caducidad
Todos los días cada uno de los integrantes de la familia me visitaba. Los más pequeños hacían gestos; la chica más grande no dejaba de observar su rostro, preocupada por cada defecto en él; la madre siempre atareada acudía a mí para revisar que su ropa estuviera en orden, no reparaba en detalles, pues siempre que lo hacía estaba llegando tarde al trabajo; el padre solo acomodaba su corbata, sin pretensiones. Y al final de toda esta rutina, quedaba solo un ambiente nostálgico. La mañana transcurría sin cambios, al medio día la familia volvía, no a la misma hora, algunos más temprano, otros más tarde, pero ninguno se preocupaba por mi estado.
La noche era lo mismo, podía estar lleno de polvo, o abarrotado en un sótano y probablemente no extrañarían mi existencia.
―Eres incapaz de mentir―dijo una vez la abuela―, por eso eres el objeto que más aprecio.
Y eso era lo más cercano al afecto que yo había logrado escuchar.
No volví a ver a la abuela, un día la familia salió vestida de negro, sus rostros no mostraban una tristeza del todo sincera. No entendí en ese momento, sin embargo luego comprendí que aquella anciana no volvería a reflejarse en mí. Había sucedido lo que los humanos llamaban muerte.
Ese término tan ajeno, tan desconocido, me provocó una extraña sensación de curiosidad. ¿Acaso los objetos como yo también podríamos morir?
La interrogante me invadió siempre, de hecho, estuvo allí, justo cuando llegó el trágico final que jamás creí tener.
―¡Steven, no juegues con la pelota en la casa!―La madre estaba más furiosa que de costumbre.
Steven no hizo caso alguno a su madre, tomo el balón y se decidió a hacer un partido en la pequeña sala de la casa. Lo que yo no esperaba, era que el impacto de una pelota atravesará los finos cristales que componían todo mi ser.
El mundo ya no se veía a la perfección, había partes negras, donde la visión era nula.
―Steven, ¿Qué has hecho?
―No te preocupes, Eleanor.―Era la voz del padre, autoritaria y estricta―.Ese espejo lleva muchos años aquí, ha llegado su fecha de caducidad.
¿Caducidad? Era acaso ese el destino al que se veían expuestos los objetos. ¿Esa era la muerte?
El padre me levantó y me llevó al jardín. Por primera vez observaba el exterior, un brillo, al que los humanos llamaban sol me recibió.
Al poco tiempo unos hombres me tomaron en sus manos, me llevaron a un lugar extraño.
En él había televisores, muebles, electrodomésticos, incluso otros espejos.
Me dejaron allí. Yo estaba roto, ya no funcionaría de la misma forma.
¿Había llegado mi momento?
Sentí que había cumplido mi misión, había servido a una familia por muchos años.
La negrura se expandió. Ya no había nada y el sentido de mi existencia se extinguía.
Espere, y contemplé la oscuridad.
Mi fecha de caducidad había llegado.
Total de palabras: 483
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