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El laberinto de la mente

Fue un terrible error. Sequé una vez más mi frente sudorosa con el dorso de mi mano. No había escape. Un quejido me hizo voltear.

—Kalani...

—Kevin, ¿Estás bien?—susurré al niño de cabellos castaños que se encontraba en el piso.

—No puedo caminar más—suspiré.

Volví a revisar mi alrededor. Muros y más muros. El laberinto era interminable. Masajeé mi sien en un acto por tranquilizarme. Me senté a su lado, necesitaba pensar.

—Tengo miedo—volvió a decir el niño.

Respiré profundo, llevábamos muchas horas, demasiadas. No habíamos visto a ninguna de las otras parejas competidoras, eso era una mala señal. ¿Y si no lográbamos salir?

—No te preocupes, hallaremos la salida—dije intentando sonar convincente—.Vamos.—Me levanté e intenté que Kevin se apoyará en mi para caminar. Por suerte para mí el chico era delgado.

Alguno de nosotros debía ser valiente, y esa tenía que ser yo.

Caminamos por otra hora más, hasta que sentí que el peso en mis hombros era mayor, Kevin estaba muy débil.

―Me rindo, kalani.

―Pero, Kevin. ¿Y el dinero?―espeté.

―No me importan, esto no es un simple juego.

―Claro que sí, hallaremos la salida.

―¿Y si no?―dijo con un tono agudo.

―La hallaremos, lo sé.

La insistencia de Kevin fue tal que tuve que dejarlo descansar en el áspero piso, caminé unos cuántos pasos más, sin perder de vista la figura escuálida del niño. Entonces un temblor sacudió la tierra, el piso se tambaleó haciéndome caer de bruces. ¿Qué estaba pasando?

Muy tarde comprendí lo que sucedía, los muros cambiaban el patrón, haciendo a su vez que Kevin y yo quedáramos separados por unos de los gigantes muros.

―Kalani―gritó el niño del otro lado.

―Te encontraré, lo prometo―dije planeando que ruta seguir.

Avancé con temor a seguir la ruta equivocada. ¿Acaso querían que nunca saliéramos de aquí?

Se suponía que El laberinto era un juego tonto para niños, con el que recibía una gran recompensa, claro que no se sabía mucho acerca de este. Era nuevo en la ciudad, además la forma en la que apareció fue extremadamente sospechosa, pues construyeron en tanto poco tiempo un lugar que por lo visto tiene millones de rutas por las cuáles confundirse y una sola que es verdadera.

Un siseo apareció repentinamente causándome un escalofrío. Volteé a mirar a todas partes. No había nada.

De nuevo el sonido volvió a aparecer, esta vez dándome cuenta de quién era el emisor. Una serpiente avanzaba peligrosamente en mi dirección. No le tenía miedo, solo que si resultaba ser venenosa sería mi fin. No entendía como el reptil había llegado hasta allí. Me hice a un lado evitando lo posible la cercanía. Ella se alejó cómo si siguiera un rastro.

Entonces comprendí que tal vez eso era lo que hacía, y estaba siguiendo a una presa guiada por la radiación que esta emite, detectando así el calor de esta.

Decidí seguirla manteniendo una distancia prudente. Sus movimientos eran cada vez más ágiles, no descansaba ni un minuto, eso significaba que aún poseía el rastro.

El sol empezaba a ocultarse, lo que entorpecería mi persecución. Tanteé mis pantalones con el fin de buscar la linterna que había ingresado a escondidas. La tomé con temblor en las manos a causa del frío nocturno que comenzaba a filtrarse a través de mi ropa.

Entonces se detuvo, luego volvió a retomar el camino en otra dirección. Yo hice lo mismo pero entonces vi el cuerpo de un niño, Kevin. A la serpiente no le importó en lo más mínimo.

Me arrodillé en frente de él, toqué su pulso. Estaba muerto.

―Esto fue tu culpa―Las lágrimas cayeron ante el temor de perder la única compañía de mi misma especie―. Si no hubieras hecho esa apuesta con George, te dije que era mala idea. Pero tenías que ser mejor que él.

Me levanté quitando las amargas lágrimas que se acumulaban en mis mejillas.

―Adiós.

Me abracé a mí misma.

Bien. Ahora había perdido mi guía. Oficialmente me encontraba sola. Con la linterna aún en mis temblorosas manos, conservé la esperanza de llegar hasta el final de toda esta pesadilla.

Un paso, dos pasos, tres. Quería dormir, mis ojos se cerraban pero no podía. Los muros se perdían, con una vista limitada por la oscuridad no sabía si me acercaba a la muerte o a mi salvación. Luego de alrededor de dos horas más por fin hallé la serpiente que se arrastraba con tranquilidad por cada una de las rutas del laberinto. ¿Y si ella también estaba confundida?

Comenzaba a delirar.

De pronto la perdí, al mover la linterna me percaté de una puerta instalada en uno de los muros. ¿Pero cómo era posible?

La debilidad me hacía marearme con facilidad, por lo que con precaución me acerqué, tomé el pomo entre mis manos, pero este no cedió, estaba cerrado. Entonces me tumbé en el piso, abrazando mis piernas. ¿Cómo iba a salir?

Tenía hambre, sueño y frío.

Mis ojos comenzaron a cerrarse, con torpeza me recosté en uno de los muros.

Cuando abrí los ojos yo estaba en camilla, en una habitación muy blanca. Me fijé en mis muñecas atadas. ¿Dónde estaba? ¿Por qué no podía moverme?

Una enfermera entró, tomó uno de las jeringas y se dispuso a inyectarla en el suero.

―¿Qué sucedió con el laberinto?

La enfermera me miró compasiva:―No te preocupes, estás a salvo.

Negué con la cabeza moviendo con fuerza el amarre que me mantenía postrada en la camilla.

―¿Por qué estoy atada? ¿Qué sucede?

Un doctor entró y dijo:―¿Cómo está?

―Otra vez delirando sobre el laberinto.

Mis ojos comenzaron a pesar, probablemente a causa del extraño líquido que era enviado a mis venas.

―Aumenta el sedante, no queremos que vuelva a intentar escapar.

Las palabras del doctor rebotaron en mi mente. Otra vez volvía a estar encerrada en el laberinto. En el laberinto de mi mente.

Total de palabras: 979

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