¡Hola! Hoy os traigo un capítulo de Dioses del Tiempo :) Animaros a comentar, que últimamente estáis muy silenciosos y resulta un poco aburrido...
¡Un beso!
Capítulo 38
Ciudad de Solaris – 1.836
Aquella noche Iris durmió profundamente y sin sueños. Tal era el agotamiento después de una larga semana de emociones y trabajo que cayó sobre la cama pesadamente, sintiendo el peso de toda la vida a las espaldas.
Al siguiente día se despertó tarde. Aún tenía el sabor de la despedida de Nessa en la mente cuando se duchó, pero estaba mucho más recompuesta. Dejó que el agua caliente arrastrara las preocupaciones y la tensión y se vistió.
Decidió que aquella mañana desayunaría fuera. Sus compañeros aún dormían y a ella le apetecía visitar el barrio, así que salió sola. De vez en cuando le gustaba disfrutar de un poco de soledad. Paseó tranquilamente por las avenidas, disfrutando de la paz reinante, y se encaminó al centro de la "Colina Roja", donde todas las cafeterías estaban abiertas.
Eligió una con terraza en el exterior para disfrutar de las hermosas vistas del barrio mientras se tomaba el desayuno. Una vez finalizado se encaminó hacia una de las calles comerciales en busca de una joyería. Hacía varios días que tenía algo en mente, y aunque hasta entonces no había tenido oportunidad, decidió que había llegado el momento. Visitó las distintas tiendas de la zona, entrando en cada una de ellas en varias ocasiones, y tras una hora de idas y venidas, al fin localizó lo que buscaba. Pidió al vendedor que se lo envolviera, pagó en efectivo y volvió a la zona residencial.
Media hora después, llamó al timbre de la casa de los Eris. Después de varios días sin saber prácticamente nada de ellos tenía ganas de ver a Garland y Judith. Con él había coincidido durante su reencuentro con Elisa, pero apenas habían podido hablar. A ella, sin embargo, no la veía desde la galería de arte y le apetecía verla.
Le apetecía charlar.
Desafortunadamente, nadie respondió a su llamada. Iris aguardó un par de minutos, preguntándose si no seguirían aún en el hospital, y decidió que más tarde preguntaría a Tristan por ellos.
Siguió caminando hacia su siguiente objetivo: la casa de los Cysmeier. No la había visitado nunca, pero durante el trayecto hacia la galería de arte Judith le había dicho dónde residían: una casa algo alejada del resto y con unos altos muros tras los cuales se alzaba una bella vivienda de paredes blancas.
Llamó al timbre, rezando por tener algo más de suerte en esta ocasión, y tras unos segundos de espera alguien respondió al intercomunicador de la puerta.
—¿Iris? —preguntó Berenyse con sorpresa, reconociéndola a través de la cámara de seguridad—. ¿Eres tú, Iris?
Ella asintió.
—Hola Berenyse, venía a saludaros. ¿Tenéis un momento?
—¡Por supuesto! Pasa, por favor.
Un par de perros blancos rondaban por el jardín cuando la puerta de entrada se abrió e Iris accedió al recinto. Los dos animales corrieron a su encuentro, a olisquearla, pero rápidamente se olvidaron de ella al no captar ningún aroma sospechoso. Iris se despidió de ellos con una risa divertida y se encaminó hacia la vivienda.
—¡Vaya!
Los Cysmeier contaban con un amplio jardín perfectamente cuidado en cuyo centro había una bonita piscina de forma circular. El camino principal se encontraba cerca de ella, bordeado por grandes maceteros blancos cargados de flores, y la entrada principal junto a un altísimo árbol cuya sombra se proyectaba sobre la fachada del edificio.
Iris se detuvo frente al pórtico de entrada, donde un mural del Sol Invicto protegía el acceso, y aguardó unos segundos a que la puerta se abriese y Berenyse acudiese a su encuentro.
La pintora la saludó con un beso en la mejilla.
—No esperaba verte, Iris —dijo con amabilidad, invitándola a entrar—. Gared dijo que ayer mismo volviste a casa.
—Por la noche, sí —respondió ella—. Ha sido una semana intensa.
Juntas ascendieron un pequeño tramo de escaleras situado en el lateral del recibidor que conectaba con un espacioso porche situado en la primera planta. Se trataba de un espacio amplio y luminoso con bellas vistas perfecto para disfrutar del paisaje. Perfecto para descansar o leer, o tal y como hacía Cysmeier en aquel preciso momento, hablar por teléfono.
En el porche había también un par de sillas, una mesa alta ahora llena de botes de pintura y un caballete encarado hacia el exterior. Aquella bella mañana, aprovechando el buen tiempo, la pintora había iniciado un nuevo cuadro con el paisaje de la "Colina Roja" como protagonista.
Berenyse la invitó a tomar asiento.
—¿Quieres tomar algo?
—No, gracias —respondió ella—. En realidad no quería molestar demasiado, solo venía a daros algo.
—¿A darnos algo?
—Parece que no logro librarme de ti —exclamó el legatus tras colgar la llamada.
Guardó el teléfono en el bolsillo y se acercó a las dos mujeres, con un asomo de sonrisa en el rostro. Al igual que Berenyse, parecía sorprendido ante su presencia, pero solo hasta cierto punto. Frédric Sertorian había aparecido en tantas ocasiones por su casa sin previa invitación que en el fondo lo había esperado.
—¿Qué haces por aquí? —preguntó—. Si has venido a que te explique cómo acabó la votación de anoche, te aseguro que no lo vas a conseguir.
—¿Votación? ¿Qué votación? —Iris ensanchó la sonrisa—. Para nada, general: sé que es secreto. Además, ahora se supone que va a haber un periodo de reflexión, ¿no?
Gared respondió con un sencillo asentimiento de cabeza. Tras la votación inicial de la noche anterior, la cual había sido mucho más complicada de lo que había previsto, el Emperador había dictaminado una semana de reflexión para que todos los participantes se replanteasen su voto. Para que el proyecto saliese adelante era necesario el apoyo de todos los miembros del consejo, por lo que iba a ser muy complicado que lo consiguiesen. A pesar de ello, él no se había opuesto a esa segunda ronda de votaciones. En el fondo, no le importaba dar una y mil veces su opinión: no mientras fuese libre de elegir.
—¿Qué haces aquí entonces? —quiso saber—. ¿Necesitas algo?
Iris respondió sacando del bolso el pequeño paquete que había obtenido en la joyería. Se lo mostró a ambos, arrancándoles una expresión de sorpresa, y se lo entregó a Berenyse.
Sorprendida ante el inesperado detalle, la pintora dudó antes de abrirlo.
—¿Es un regalo?
—Sí, aunque no para ti —respondió Iris con diversión—. Al menos no en esta ocasión. En el orfanato donde me crie era costumbre regalar una cuando alguien nuevo se unía a la familia.
La pintora abrió el paquete con cuidado, descubriendo en el interior de una cajita roja una pequeña medalla de oro en forma de Sol Invicto cuya sonrisa era especialmente amplia. Su rostro estaba rodeado por doce rayos, cuatro más de lo habitual, y en la parte trasera había grabado un símbolo de protección arcano cuyo significado todos conocían.
Era antiguo, muy antiguo, como la propia Herrengarde.
Como la propia Albia.
Berenyse la sacó de la caja y se la mostró a Cysmeier.
—Mira, Gared, ¡es preciosa!
—Es un símbolo de protección —explicó Iris—. Como os decía, la directora Liona nos la regalaba a todos cuando entrábamos, era su forma de darnos la bendición del Sol Invicto. —La joven sonrió—. Había pensado que era el regalo perfecto para vuestro futuro hijo. Es una tontería, pero quería dároslo en señal de agradecimiento por lo considerados que habéis sido conmigo estas semanas. Si no os gusta la podéis cambiar sin compromisos, por supuesto, el señor de la joyería...
—Es un detalle muy bonito —la interrumpió Cysmeier, con la sorpresa aún grabada en el semblante—. Te lo agradecemos.
Iris negó con la cabeza, restándole importancia. Lo que para ellos era un gesto totalmente inesperado, para ella era algo tan habitual que incluso le sorprendía su reacción. Había crecido viendo a su directora regalar una medalla tras otra, por lo que formaba parte de su vida.
De su esencia.
—¿Tú también tienes una, Iris? —preguntó Berenyse con interés—. ¿Es como ésta?
—La tenía, pero se la regalé a un amigo hace años. Él la necesitaba más que yo: era legionario de la IV, en Albia. —Hizo un alto—. Quiero pensar que le protegió durante mucho tiempo.
Iris sonrió con cierta amargura, sorprendiéndose a sí misma al traer el recuerdo de Darren del pasado. Negó suavemente, tratando de apartarlo de su memoria, y se encogió de hombros.
—En alguna ocasión he tenido la tentación de comprarme una, pero tiene que ser regalada. Si te la compras tú no funciona... En fin, solo venía a esto. Me alegra que os haya gustado.
—Nos ha encantado —aseguró Berenyse—. Se lo guardaremos para cuando nazca.
—Me alegro. Bueno, ya lo sabéis, pero lo digo igualmente: he vuelto a casa. Si algún día queréis venir, sois bienvenidos.
El legatus y Berenyse intercambiaron una fugaz mirada, agradecidos ante la invitación, y asintieron. Probablemente no irían nunca, pero agradecían el detalle.
—¿Estás sola? —preguntó Cysmeier—. He oído que has recibido visita.
Iris asintió con la cabeza.
—¡Pues sí! La verdad es que la casa está extrañamente llena. Ha venido una amiga albiana a pasar unos días conmigo y Tristan se ha quedado hoy también. Me estaba esperando ayer cuando llegué. Y bueno, también está Iván...
—¿Iván Elder?
Cysmeier frunció el ceño cuando ella asintió. No le gustaba aquel chico, y mucho menos después de la actuación de Malestrom, pero no quería entrometerse más de lo debido. Los lazos familiares era un tema muy delicado sobre el que prefería no posicionarse.
—No tiene dónde quedarse —explicó Iris—, así que hasta que encuentre algo...
—¿No tiene casa propia?
—Parece que no. Supongo que hasta que no le acepten en otro Círculo no decidirá qué hacer.
—¿Te ha dicho eso? Eso se soluciona rápido entonces, tranquila. Yo me ocupo —aseguró Cysmeier con una sonrisa lobuna. Consultó su reloj—. Por cierto, agradezco enormemente tu visita y el regalo, Iris, pero me esperan en el cuartel.
Por lo uniformado que iba, Iris quiso pensar que no era una excusa para echarla. A pesar de ello, se dio por enterada. Cuanto más breves fueran las visitas inesperadas, mejor.
—A decir verdad yo también me tengo que ir —respondió ella.
—¿Os vais los dos? —Berenyse frunció el ceño—. Quédate a comer conmigo, Iris. Podemos charlar un rato y luego ir al centro a pasear si quieres.
Aunque la propuesta era tentadora, Iris la declinó educadamente. Aún era pronto, por lo que confiaba llegar al hospital antes de mediodía. Agradeció de todos modos la invitación, prometiendo que otro día lo harían, y salió de la casa junto a Cysmeier, el cual se ofreció a acercarla con el coche a su casa. En el fondo, le iba de camino.
—Oh, no hace falta, no voy a casa aún.
—Te acerco donde vayas entonces, no me cuesta nada.
—¿Seguro? —Iris se encogió de hombros—. Bueno, en realidad me haría un favor, legatus. Me iba a acercar al hospital y está algo lejos.
—¿Al hospital? —sorprendido ante el inesperado destino, Gared se detuvo en seco, de camino al garaje—. ¿Para qué vas a ir al hospital? ¿Tienen que mirarte las heridas de la cara?
Iris se llevó la mano instintivamente al rostro y paseó los dedos por las marcas. La mayoría de días se olvidaba de que estaban ahí.
—No, no, en principio no me tienen que hacer seguimiento —respondió—. En realidad quiero ir a ver a Garland y Judith. He pasado por su casa y no han abierto, así que he dado por sentado que estarían en el hospital... aunque claro, puede que hayan salido. —Iris se encogió de hombros—. Probaré a volver a llamar, sino...
—¿Garland y Judith?
Los ojos de Cysmeier relampaguearon con una mezcla de emociones al ver la inocencia de Iris. La miró con incredulidad durante unos segundos, sin poder evitar auténtica tristeza ante la terrible realidad que pronto descubriría, y respiró hondo.
Abrió la puerta del conductor y señaló con el mentón la de acompañante.
—Sube.
—No hace falta, legatus, está aquí al lado.
—He dicho que subas —dijo, tajante—. Dices que Tristan está en tu casa, ¿no?
Sorprendida ante la dureza con la que de repente le hablaba, Iris se apresuró a obedecer. Abrió la puerta y se metió en el coche.
—Sí, está en casa...
—¿Y no te ha dicho nada?
—¿Nada de qué?
Cysmeier masculló una maldición, furioso, y metió la llave en el contacto. A continuación, con el motor del coche ya ronroneando, cerró de un fuerte portazo.
Recorrieron el vecindario en completo silencio, con Iris sintiendo una desagradable opresión en el pecho. No entendía qué estaba pasando, pero le daba miedo la reacción del legatus. Verle en aquel estado estaba despertando sus peores temores. De hecho, la estaba poniendo en un estado de tal tensión que le costaba dominar las emociones.
Aquello no eran nervios: era miedo. Miedo por descubrir lo que fuese que le habían ocultado.
Cysmeier condujo rápido, con la expresión pétrea y los dientes muy apretados. Estaba tan furioso que le costaba recordar que Iris seguía a su lado. En su mente tan solo había lugar para Tristan, y aunque intentaba encontrar un posible motivo para su silencio, era totalmente incapaz.
Era insultante.
Unos minutos después el vehículo paró frente a la casa de los Sertorian y ambos se apearon. Iris abrió la verja del jardín y juntos lo atravesaron, dejando tras de sí una desagradable aura de tensión. Ascendieron los peldaños que daban al pórtico de entrada y se adentraron en la casa.
Escucharon varias voces procedentes del salón principal. Iris miró a Cysmeier de reojo, prefiriendo no saber en qué estaba pensando, y se encaminaron hacia la sala. En su interior, sentados en la mesa, comiendo un desayuno muy tardío y aún en pijama, Elisa y Tristan charlaban animadamente mientras que Iván, sentado en el brazo de uno de los sillones del fondo de la sala, daba de comer a su halcón.
Ni tan siquiera se dieron cuenta de su llegada hasta que cruzaron el umbral. Iris se adelantó unos pasos, con cara de circunstancias, y se detuvo a cierta distancia de la mesa. Cysmeier, en cambio, avanzó hasta plantarse a un par de metros de Tristan.
—Eris.
El legionario se puso en pie de un brinco al escuchar su voz, con el rostro repentinamente blanco. Miró a Iris con cara de circunstancias, desconcertado, y se llevó el puño al pecho.
—¡Legatus!
—¿El general Cysmeier? —murmuró Elisa con perplejidad. Se bajó de la silla disimuladamente y acudió al encuentro de Iris, con las cejas muy altas—. ¿Qué ha pasado?
Iris se encogió de hombros, sin saber qué decir. Se respiraba mucha tensión en el ambiente; tanta que empezaba a levantarle dolor de cabeza. Iván, sin embargo, parecía divertido. Contemplaba la escena desde la distancia, como si de un programa de televisión se tratase, pero siendo consciente en todo momento de que no iba a acabar bien.
La expresión de Cysmeier así lo evidenciaba.
—¿No se supone que deberías estar en el programa de reeducación? —preguntó el legatus con frialdad—. Ni tan siquiera estás vestido, ¿acaso no sabes qué hora es?
Tristan tragó saliva. Incluso sin trabajar para él, seguía reconociendo al legatus como la autoridad. De hecho, era más. Mucho más: una especie de figura paterna por la que siempre había sentido un gran respeto, pero también algo de miedo.
Un miedo que en aquel entonces le heló la sangre cuando Cysmeier le ordenó que le siguiera hasta el jardín trasero. Tristan miró a Iris con una amenaza muda por no haberle avisado de que el legatus iba hacia allí, y le siguió hasta el exterior, donde cerró la puerta tras de sí. Inmediatamente después, en manada, Iris, Elisa e Iván se apresuraron a situarse tras la puerta, para intentar descubrir qué estaba pasando.
—¿¡Qué hace él aquí!? —preguntó Elisa en apenas un susurro—. Es el general Cysmeier, ¿no? ¿¡Por qué no me dijiste que le conocías, Iris!? ¡Este tío es la bomba!
Iris se encogió de hombros como respuesta.
—Está enfadado...
—¿Pero por qué? —insistió Eli—. ¿Eris trabaja para él?
—Trabajaba —aclaró Iván—. Le han echado... pero vamos, que si no os calláis va a ser complicado escuchar qué dicen.
La pretor le dedicó una mirada amenazante, pero selló los labios. Al otro lado de la puerta, alejados de la entrada, los dos militares se miraban en silencio, con la tensión reflejada en el semblante. Cysmeier destilaba furia mientras que Tristan, empequeñecido, apenas era capaz de mantenerse quieto.
—Legatus...
—Responde: ¿por qué no estás en el curso de reeducación? ¿Ni tan siquiera lo vas a intentar?
—En realidad aún no me han llamado...
Sorprendido ante su respuesta, Cysmeier dejó escapar un suspiro.
—Eso no es cierto —sentenció—. Yo mismo me encargué de que te llamaran hace un par de días. ¿Qué se supone que está pasando, Eris? ¿Te has dado por vencido?
Tristan se llevó la mano a la nuca. Una expresión de culpabilidad teñía de amargura su rostro. Ciertamente, le habían llamado. Habían tardado, pero finalmente habían contactado con él para informarle de que aquella misma mañana empezaban las clases. Sin embargo, Tristan había decidido no ir. Después de la muerte de Judith y la partida de Garland no se veía con fuerzas de enfrentarse a un reto de aquellas dimensiones.
—No es tan fácil —respondió Tristan—. Quiero hacerlo, legatus, se lo aseguro, sabe que la Malleus Solis es mi vida, pero...
No supo qué decir. Tristan le miró de reojo, esperando encontrar comprensión en él. Desafortunadamente, no había ni pizca en Cysmeier, el legatus estaba ansioso por saber qué le iba a decir: ¿sería una excusa elaborada o quizás una simple declaración de intenciones?
Unos segundos de silencio después, dejó escapar un largo suspiro.
—¿Pero qué? ¿Ni tan siquiera vas a acabar? —Cysmeier negó con la cabeza—. Te consideraba un hombre valiente: ¿por qué huyes? Tú has provocado esta situación: ¿por qué no te enfrentas a ello?
—¿Sinceramente? —El legionario negó con la cabeza—. Supongo que me ha venido grande. Demasiadas cosas a la vez, legatus. Estoy... estoy un poco perdido. Sin Garland estoy perdido.
—No puedes depender eternamente de tu hermano —respondió Gared, tajante—. Y menos ahora. Está ya en Barnia, ¿cierto?
El legionario asintió.
—Se fue hace dos días.
—Ya veo... —Cysmeier dedicó una fugaz mirada a la puerta de entrada, pensativo, y negó con la cabeza—. Tú verás lo que haces, Eris: en tus manos está decidir qué quieres hacer. ¿Quieres volver? El programa de reeducación es duro, pero puedes superarlo. No obstante, tienes que estar convencido.
Tristan se encogió de hombros. Se sentía perdido sin su trabajo y sin su hermano, pero agradecía su interés. Probablemente pudiese superarlo, sí, pero sin alguien que le ayudase a seguir el camino correcto iba a ser complicado.
Demasiado complicado.
Volvió a mirar atrás, hacia la puerta, y dejó escapar un suspiro.
—Lo intentaré, legatus.
—Hazlo por ti, Tristan, no por mí, y únicamente si estás convencido. —Cysmeier apoyó la mano sobre su hombro y lo apretó con suavidad—. Piénsalo durante un par de días y luego decides. Si realmente quieres intentarlo, me encargaré de que te vuelvan a llamar.
—¿Y si no?
Una sonrisa amarga se dibujó en el rostro del legatus.
—¿Qué se supone que ha hecho para que le echen? —preguntó Elisa con sorpresa—. ¿Ha matado a alguien, o qué?
Iván e Iris intercambiaron una fugaz mirada antes de responder. Si después de dos días juntos no se lo había explicado, no serían ellos los que confesasen su error en Puerto Azufre.
—Ni idea —mintió Iris—. No me lo ha contado. Ayer cuando le pregunté solo me dijo que había tenido un problemilla temporal, pero poco más.
—Pues no parece un "problemilla" precisamente...
Iván e Iris volvieron a mirarse, pero rápidamente centraron la atención en el exterior. Tras unos segundos de silencio, Cysmeier había retomado la conversación.
—Pero no es por eso por lo que he venido —dijo—. En el fondo, tu futuro es tuyo: tú decides qué hacer con él.
—¿Entonces?
Esta vez fue el legatus quien dedicó una fugaz mirada hacia la casa. Se aproximó un par de pasos a Tristan, para poder bajar el tono de voz, y clavó la mirada en él.
—¿Por qué demonios no le has dicho a Iris que Judith ha muerto? —le preguntó con recelo—. Esta mañana se ha pasado por su casa a visitarles.
—¿De veras?
Tristan palideció. Había tenido la tentación de decírselo la noche anterior, cuando había preguntado por ellos, pero le habían fallado las fuerzas. El que Judith les hubiese dejado había sido un golpe tan duro que apenas era capaz de asimilarlo. ¿Y qué decir de su hermano? Aunque su desaparición no fuese definitiva, ahora más que nunca le necesitaba y su ausencia resultaba muy dolorosa.
Así que no, no se lo había dicho porque no había encontrado la fuerza para hacerlo.
Porque le había faltado valentía para confesarle la verdad.
—Legatus, yo...
—¿Quién es Judith? —preguntó Iván con confusión—. ¿La conoces, Iris? ¿Iris?
Sorprendido ante su repentino silencio, Iván desvió la mirada hacia su compañera. Iris tenía la mirada fija en la puerta y parecía muy concentrada. Parecía en completa tensión, de hecho. Sin embargo, no estaba escuchando la conversación. La confesión de Cysmeier se había clavado en su mente como un cuchillo al rojo vivo y la estaba envenenando.
La estaba llenando de una desesperación como nunca había sentido.
No lo comprendía. Iris se había jugado la vida por salvar a Judith. Había estado a punto de morir en manos de aquellas bestias con tal de protegerla. Con tal de que pudiese seguir adelante... y lo había conseguido. La había salvado. ¡La había sacado de aquel maldito edificio con vida!
Era imposible.
El peso de la mano de Elisa sobre su hombro captó su atención momentáneamente. Iris la miró, y aunque la pretor movía los labios, probablemente dedicándole palabras tranquilizadoras, no la escuchaba.
Iris ya no escuchaba absolutamente nada salvo el agudo pitido que emitía su mente, al borde del colapso. No podía entenderlo: no era capaz de comprender qué había pasado, ni tampoco aceptarlo. Era como si no tuviese sentido... como si fuese falso.
Como si todo fuese una gran mentira.
Empezó a faltarle el aire. Iris se puso en pie y regresó al salón principal, sintiendo que la tristeza y la rabia la cegaban. Su mente insistía en que Judith no podía haber muerto, que estaba siendo víctima de una mentira, y tal era el pitido que escuchaba que apenas era capaz de controlar sus pensamientos. Sencillamente se amontonaban los unos sobre los otros, formando una enorme bola de rabia y odio que no podía controlar.
Que estaba tomando vida propia.
El pitido se hizo insoportable. Iris se llevó la mano a la cabeza, con tal dolor que apenas podía abrir los ojos. Avanzó unos cuantos metros más casi a ciegas, tratando de huir de cuanto le rodeaba, escapando del sonido, hasta acabar chocando con una de las sillas.
Iris cayó entonces al suelo de rodillas, y abrió los ojos.
Y por un instante volvía a estar en la galería de arte, frente al cuadro de Frédric. Su hermano le sonreía desde el lienzo, con el rostro cubierto de sangre.
Ella misma tenía las manos cubiertas de sangre.
Y en la lejanía, un aullido descorazonador resonó, arrancándole un grito de terror. Iris se cubrió el rostro con las manos y se hizo un ovillo. Trató de esconderse de todo cuanto la rodeaba...
Hasta que alguien volvió a apoyar la mano sobre sus hombros. Iris sintió las garras de los monstruos atraparla y abrió los ojos.
Y gritó. Gritó de rabia y de terror.
Gritó de pura desesperación.
Y tal fue la fuerza de aquel grito que todos los habitantes de Solaris con un mínimo de potencial mágico lo escucharon; oyeron su rabia y su dolor... pero sobre todo oyeron el crujido que provocó al fracturar el tejido de la realidad.
El grito logró atravesar la barrera que separaba Gea del Velo, dibujando una gran grieta en el cuadro de los halcones que cubría la pared.
Provocando una brecha entre las dos realidades por la que la oscuridad logró volver a Solaris.
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