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QᴜÉ ᴘᴇɴᴀ ᴄᴜᴀɴᴅᴏ Qᴜɪᴇʀᴇꜱ ᴀʟɢᴏ, ᴘᴇʀᴏ ᴅɪᴏꜱ ᴛɪᴇɴᴇ ᴏᴛʀᴏꜱ ᴘʟᴀɴᴇꜱ ᴘᴀ' ᴛɪ


Colgué el vestido en una percha y lo coloqué en la puerta de mi armario para evitar que se arrugase. Cada vez que lo miraba, me imaginaba con él puesto y bailando junto a Dexter en la fiesta. Pero instantáneamente borraba eso de mi mente, puesto que no estaba segura de que fuera a ocurrir de ese modo. Lo único que quería era poder pronunciarle mi nombre y que por lo menos supiera de mi existencia.

Después de aquel primer curso, nunca más volvimos a coincidir en ninguna clase y eso eliminaba toda posibilidad de tener una conversación, por pequeña que fuese. Acostumbraba a mirar las listas de las clases antes del comienzo de curso, con la esperanza de que pudiéramos estar en la misma, pero la decepción al ver que eso no ocurría aumentaba año tras año. Por eso, decidí que este último curso no las miraría, sabiendo que ya era imposible que ocurriera.

Pero entonces, lo vi entrar en la clase de historia. Con una luz resplandeciente que lo envolvía cada vez que aparecía, una sonrisa que derretía hasta el más frío témpano de hielo y una hermosura digna de un dios.

Me quedé de piedra observando su entrada y el lugar en el que se sentó: mitad de la clase, en diagonal a mí. Desde aquel momento, las clases de historia se volvieron mis favoritas, aunque se daban tan solo dos horas a la semana.

Si mi padre no se hubiese marchado, quizás podría haberle sugerido que invitase a los Lexington a uno de sus eventos y entonces allí no tendríamos más remedio que habernos conocido. Pero mi vida de la alta sociedad acabó en el momento en el que mi padre decidió divorciarse de mi madre cuando yo tenía once años.

Mi padre era Colin Green, o más conocido como el Dr. Green. Poseía una clínica privada de alta clase de herencia familiar, inaugurada a principios del siglo XX, donde acudían no solo los altos cargos de la ciudad, sino también muchas celebridades conocidas mundialmente. Era el dueño heredero y, además, cirujano. La familia Green siempre había formado parte de la alta sociedad, como también de organizaciones contra la pobreza, entre otras.

Antes de que mi familia se destrozara, vivíamos en un apartamento de lujo en el barrio del Upper East Side. Recuerdo que éramos una familia unida, cariñosa y elegante, a la que invitaban a brunchs, cócteles y fiestas privadas. Una vez crecí, me di cuenta de que todo aquello tenía un convenio principal, pero entonces yo simplemente disfrutaba como niña que era.

En ese momento no conocía a Cailin, pero sí a otros niños con los que jugaba. Muchos de ellos coincidieron conmigo en el instituto, pero hacían como que no me habían visto en su vida. Y la razón por la que decidieron borrarme de su memoria fue el divorcio de mis padres.

Mi madre no tenía nada que ver con la socialité hasta que se casó con mi padre, así que, cuando firmaron los papeles de separación, ella quedó completamente desterrada de todo aquello por lo que había hecho. La custodia tanto de mi hermana como la mía fue suya, así que también nos vimos afectadas por su situación. Tuvimos que mudarnos a una casa más asequible, pero dentro de la ciudad, para no estar lejos de mi padre, mientras que él siguió viviendo en el mismo barrio con todos sus lujos.

Cuando llegó el momento de comenzar el instituto, mi padre decidió que debía ir al mismo al que él asistió, matriculándome en la escuela más prestigiosa, donde todos a los que una vez conocí acudían. Y, por supuesto, nada más llegar, se disipó el rumor de lo que mi madre había hecho, del divorcio y de cuál era mi situación; de esa forma, todos me conocían como la pobre entre los más adinerados de Manhattan.

—Creo que habrá cincuenta, seguro.

—O veinte.

—No, cincuenta —replicó Cailin haciendo un esfuerzo por vocalizar ya que tenía un bocado de sándwich de pavo en la boca.

—Si tú lo dices... —cuchicheé mientras abría un paquete de patatas fritas sabor a queso, siempre fueron mis favoritas.

—¿Crees que vendrá alguien del equipo de lacrosse? —cuestionó con la boca ya despejada.

—¿Sinceramente? No lo creo.

Me metí una patata en la boca, pero primero la saboreé hasta quitarle todo el sabor a queso, eso es sagrado. Nos encontrábamos sentadas en las gradas junto al campo de lacrosse, era el lugar donde nos conocimos y donde siempre nos habíamos sentado a la hora de comer porque apenas había gente, además de las buenas vistas —me refiero a los jugadores, claro—.

—Tus exageraciones no tienen limite —comentó poniendo los ojos en blanco, era algo muy usual en ella, pero luego dejó un suspiro girando su mirada hacia los jugadores—. Ojalá mi primer novio fuese jugador de lacrosse.

—Ojalá mi primer novio fuese el semidiós —soñé junto a ella. Utilizaba esa palabra para referirme a Dexter cuando hablaba en público. No me habría gustado que, por casualidad, estuviera a mi espalda y llegara a convertirse en una situación bochornosa. O que quizás apareciese una avispa con ganas de cotilleo.

—¿Te imaginas que ambas salimos de la fiesta del sábado con posibilidades de tener novio? —soltó con ilusión en sus ojos. Pocas veces habíamos hablado sobre los chicos o novios a lo largo de los años. Ella sabía lo que yo sentía por Dexter y poco más—. Empezarían a invitarnos a fiestas y seríamos más conocidas.

—Si lo dices así, parece que solo quieres novio para un fin en concreto —respondí con una pequeña sonrisa.

—A ver, en parte —rio—. Obviamente me gustaría enamorarme, pero no sé, si es mi primer novio, no me importaría no estar enamorada, puede solo gustarme y ya. Enamorarse para mí son palabras mayores, es algo más allá. ¿Crees que lo que sientes por Dexter es amor? ¿O solo te gusta?

—Es amor, sin duda —dije abriendo más los ojos, sonando obvia—. Oye, Cailin...

—¿Qué?

—Todo esto de la fiesta, lo de la popularidad... Tiene que ver con Camille, ¿no?

—¿Por qué dices eso? —Se asombró arrugando sus cejas.

—Cailin —avisé con seriedad, conocía ese tono.

—Bueno, un poco sí —admitió a lo que respondí rodando los ojos.

—No necesitas ser como ella.

—No quiero ser como ella, solo quiero intentar hacer cosas sin soportar sus comentarios y burlas. Y ya que este curso no va a estar, quiero aprovecharlo. Ojalá le encante Italia y se quede otro año más.

—Bueno, ahora está su secuaz. Bria no ha tardado en ocupar el puesto de Camille, pero nadie la tratará igual.

—Todavía no entiendo por qué admiran tanto a mi prima, ¡si es una persona horrible!

—Pero tiene carisma y mucha labia, además de autoridad. Eso no quita que sea cruel, sobre todo contigo —apunté para después coger otra patata.

Camille era la prima de Cailin, y ambas eran de la misma edad. Prácticamente se habían criado juntas, pero al parecer su buena relación terminó cuando entraron de lleno en la adolescencia. Siempre pensé que ambas tenían una rivalidad basada en celos continuos. Si Cailin tenía algo que su prima no, ella se aseguraba de conseguir algo mejor. Al final, Camille ganó la batalla siendo la más popular entre los más ricos, con un novio modelo y un grupo de amigas serviciales.

Sin embargo, Camille aceptó una oportunidad para estudiar un año en una escuela en Italia y, por ello, no la teníamos por los pasillos, ni celebrando sus increíbles fiestas a las que todos ansiaban ser invitados, puesto que no muchos tenían ese privilegio. En su lugar, Bria, una de sus secuaces, se autoproclamó reina sustituta en su ausencia, intentando imitarla en todo.

Estaba claro que en el St. Joseph, jamás existiría una república independiente. Y no me equivocaba.



El sábado no tardó en llegar. Viajé con Cailin por la mañana hasta la mansión de la familia Lockwood, que, por lo que sabía, tenía bastantes y las compartían entre todos. Aluciné con la zona; había un enorme campo de golf antes de llegar al vecindario, el cual constaba de casas de enormes dimensiones. Nada más llegar, no pude dejar de alucinar con todo: los jardines, la piscina, las habitaciones... El césped de todo el terreno estaba recién cortado y regado, y las flores del jardín florecían sin desperfectos. Por no hablar del interior, que te dejaba con la boca abierta miraras donde miraras. A pesar de la cantidad de habitaciones disponibles, Cailin y yo decidimos dormir juntas en la misma, pues las camas eran enormes.

No tardamos en sacar las decoraciones que mi amiga había comprado: globos, guirnaldas, luces, entre otras tantas cosas más. No sabía si finalmente vendría alguien, pero por lo menos nos lo estábamos pasando bien haciendo el tonto, grabando vídeos y haciéndonos fotos. No dejé de rezar para que apareciera un número aceptable de personas y que todo saliera medianamente bien.

Después de comer, nos subimos a la habitación donde saqué mi fabuloso vestido nuevo, que colgué en una percha ofrecida por Cailin. No pude evitar sonreír de nuevo al imaginarme con él puesto junto a Dexter, si es que llegaba a aparecer. Sabía que, si eso ocurría, tendría que esforzarme en integrarme, bailar si todos bailaban y, sobre todo, relacionarme.

Cailin y yo estábamos discutiendo los peinados que podríamos hacernos cuando llegaron los masajistas y las estilistas. Mientras nos masajeaban la espalda, nos hacían las uñas y no podía sentirme más en paz.

Aun así, mis pensamientos me torturaban diciéndome que aquello no estaba bien, que no podía disfrutar de algo que no me pertenecía, pero al final me las apañé para acallarlos.

Posteriormente, pasaron a arreglarnos el cabello y, tras pensar mucho, decidí que lo más apropiado era dejarlo suelto y liso, así que no tardaron en comenzar a planchar mis ondas castañas. Cailin se quedó con un peinado que vio en Pinterest, y lo cierto es que le quedaba genial en su rubio cabello, al que tuvo que poner extensiones, pues siempre solía llevarlo cortado por los hombros.

Mientras nos peinaban, también habían comenzado a maquillarnos. Una vez acabamos, no podía dejar de mirarme al espejo y encontrarme extraña con la sombra de ojos ahumada, colorete sobre mis mejillas, pestañas y mis labios maquillados de color rojo. Yo no solía maquillarme, era algo costoso y estaba segura de que a mi madre no le agradaría tener que comprármelo, mucho menos prestármelo. Pero es que, tras verme de aquella forma, sopesé la idea de comprarme, aunque fuese una máscara para las pestañas.

Para Cailin habían utilizado sombras azul eléctrico con tonos oscuros; le quedaba estupendo con el color marino de sus ojos. Mientras que sus labios eran rosados con bastante brillo.

El vestido me quedaba estupendo, los tacones eran preciosos y el trabajo de los estilistas con el maquillaje y peinado era majestuoso. No podía evitar sonreírme, no me había visto así nunca y no estaba nada mal.

—El color rojo en tus labios te queda de escándalo, nena. Vas a conquistar a Dexter enseguida con tanta pasión —dijo arrugando la nariz con una sonrisa.

Volví a mirarme de nuevo, centrándome aún más en mis labios y en las palabras de Cailin. Entonces me di cuenta de que íbamos tarde para la hora de inicio de la fiesta, así que me dispuse a salir de la habitación esperando que Cailin me siguiera, pero en cambio, se abalanzó sobre mí.

—¡Espera! —Se levantó de la cama y cogió su móvil, el último iPhone hasta la fecha—. Tenemos que hacernos fotos para rememorar este día.

Ella colocó la cámara interna y realizó varias fotos en las que intercalamos diferentes expresiones, después colocó la externa para hacernos otras cuantas frente al espejo. Debía decir que no salíamos mal del todo. Tenía claro que ese día iba a hacerme más fotos que en toda mi vida.

La hora de la fiesta llegó cuando ambas decidimos bajar y comenzar a servirnos algo de beber a la espera de que alguien apareciese. Todo el personal se fue justo antes de vestirnos, por lo que estábamos solas en la casa. Andar con tacones no era algo muy común en mi vida y solo esperaba no tropezarme o hacer el ridículo. La zona principal de la fiesta era en el gran salón, cuyos ventanales daban al jardín trasero donde estaba la piscina. Nos sentamos en los sillones de jardín, pusimos algo de música a un tono decente para que pudiésemos hablar y comimos algunos aperitivos que el servicio había preparado antes de marcharse.

—Oye, necesitamos ponernos de acuerdo en quién será la madre de la fiesta —comentó la cumpleañera.

—¿La madre? —arrugué las cejas.

—Sí, ya sabes, alguien tiene que vigilar que no rompan nada y que no se vayan a los dormitorios. Y claro, no podrá beber mucho alcohol.

—Hmm... En ese caso creo que debería ser yo, ya sabes, es tu cumpleaños y eso de beber alcohol no es lo mío.

—¿De verdad? —cuestionó no muy segura, a lo que asentí varias veces—. No quiero privarte, puedes beber, pero sin excederte. Lo mejor será que comas mientras bebes.

—Tranquila, no beberé mucho y comeré todos los aperitivos que pueda.

La fiesta debía dar comienzo a las diez, pero después de una hora, solo llegaron sus tres amigos del colegio: una chica llamada Rita, Cole y Katie. Yo ya los conocía de otras reuniones y no es que tuviésemos demasiado en común; al fin y al cabo, ellos seguían perteneciendo a un mundo que no era el mío. Hablar sobre qué joyas preferimos de entre las más famosas no es que estuviese siendo muy divertido para mí.

Nos servimos unas copas de champán, un poco de refresco con alcohol y charlamos un poco, aunque yo apenas abría la boca. Más tarde, llegaron algunas personas, pero ni siquiera eran del instituto, sino amigos de los amigos de Cailin y apenas llegábamos a las diez personas.

El reloj marcaba casi las doce y nadie más se había dignado a aparecer. Comenzamos a jugar a juegos de beber cuando algunos empezaron a bostezar. La fiesta no era como Cailin imaginaba, lo noté en su expresión y estaba haciendo un esfuerzo por no derrumbarse. Y tampoco hacía falta decir que no parecía que el semidiós fuese a aparecer.

Era el turno de Cailin en "Verdad, reto o bebe", cuando el timbre de la casa sonó. Me ofrecí a abrir para que ella pudiera continuar su turno. Me adecenté el vestido y caminé hasta la puerta. Nada más abrirla, apenas pude creer lo que mis ojos estaban viendo. Me encontré con un grupo de personas que conocía de vista, bien vestidas, algo bebidos y con botellas de alcohol caro en sus manos. Pestañeé un par de veces, porque no solo estaban los de la puerta. De fondo observé a un montón de coches más que llegaban, aparcando por la zona y con mucha más gente. Solo en la entrada ya había más personas de las que Cailin quiso invitar.

No entendía absolutamente nada.

«¿Por qué parece que ya han estado en la fiesta sin haber estado?», me cuestioné.

—¿Es aquí la fiesta? —vociferó uno de los que tenía delante.

—S-sí... Es aquí —dije aún sin creer lo que estaba ocurriendo y haciéndome a un lado para que todos pudieran pasar.

Cailin se levantó de un salto al ver a tanta gente adentrándose en la casa. Comenzaron a acomodar las bebidas que traían y subiendo el volumen de la música sin el permiso de nadie. No dejé de mirar a todos los que entraban sin parar, eran muchos, demasiados, diría yo. Y lo más extraño de todo aquello era que habían venido a la vez, lo que me hacía sospechar de que no era casualidad, aun así, no tenía las pruebas suficientes.

Había gente que había visto por el instituto, pero también muchos otros que no conocía de nada. Habían traído hasta barriles de cerveza que comenzaron a servirse en vasos que también habían traído. Y cuando me quise dar cuenta, la casa estaba repleta de personas mientras yo me quedé pegada a la pared junto a la puerta intentando asimilar la situación. Ya no veía a Cailin por ningún lado y algunos ya estaban dentro de la piscina. Parecía una fiesta de verdad, de las que Camille celebraba cuando estaba aquí, y no conseguía explicarme cómo había sucedido aquello.

Esas fiestas no eran comunes entre los de la alta clase; por lo general asistían a discotecas en zonas privadas, áticos o algo más elegante. Por ello, cuando Camille celebraba una de ese estilo, todos se volvían salvajes. Al menos es lo que siempre había visto por Instagram y escuchado de pasada, porque por supuesto nunca fui invitada.

—¡Effie! ¿Qué es todo esto? —gritó Cailin abalanzándose sobre mí con una sonrisa; estaba claro que su expresión cambió con respecto a la de hace una hora.

—¡No lo sé! ¡Y siguen llegando! —chillé para que pudiera escucharme.

—¡Esto es fantástico! ¡Voy a pasearme mientras bailo por ahí y me sirvo cualquier tipo de alcohol, vente!

—¡Creo que voy a asegurarme de que no vayan a zonas prohibidas antes!

—¡Cierto! Pero búscame después. —Me dio un beso en la mejilla y se ocultó entre las personas.

Como "madre" de la fiesta, tuve que mantenerlo todo bajo control. Me aseguré de que no hubiese nadie en las habitaciones y después bajé las escaleras. Había muchas personas besándose por rincones o simplemente toqueteándose; solo esperaba que no se les ocurriera subir a hacer otras cosas, o que no las hicieran ahí en medio. No había nada que dejara claro que no se podía subir, así que cogí unos cuantos rollos de cinta de colores que había colgado en la pared y la enredé en las dos columnas al pie de las escaleras. No estaba muy convencida de que eso fuese suficiente, pero más no se podía hacer.

Di otra vuelta y todo estaba en correctas condiciones por aquel momento. Las personas estaban bailando o simplemente charlando mientras bebían. Otros ya estaban demasiado borrachos y había quienes seguían toqueteándose, pero no había peligro. Incluso había quienes idearon juegos para beber, como el juego de los vasos de plástico que tanto había visto en películas.

Al mirar a la entrada, comprobé que la puerta seguía abierta y la gente no dejaba de entrar y salir a sus anchas. Pensé que quizás debía cerrarla para evitar que se colasen personas non gratas, y que quien quisiera entrar, debía llamar al timbre. Cuando me dispuse a acercarme, frené al instante en el que vi quién la estaba atravesando.

El corazón se me paró en seco, los ojos se me agrandaron y apenas pude mover un pie.

Resplandecía con luz propia y es que era algo propio de un semidiós. Dexter había llegado oficialmente a la fiesta acompañado de su grupo habitual de amigos.

Vestía una camisa blanca junto con unos vaqueros oscuros, elegantes y zapatos de marca también oscuros. Su pelo estaba un poco despeinado, lo que me gustaba bastante más que el que solía llevar hacia un lado en el instituto. Además de sus gafas, mi completa debilidad, que le hacían parecer un chico intelectual y no era menos, porque escuché que sus notas eran de las más brillantes de su clase.

Me quedé plantada en el mismo lugar, observando cómo se adentraban en la casa. Mi corazón volvió en sí con más fuerza que nunca, bombeando sin parar. Quise dar saltos de alegría porque la fiesta era justo como había imaginado mi amiga y a lo que yo me negaba a creer.

Cada vez lo tenía más claro, era la noche en la que iba a conocer a Dexter. Llevaba el vestido perfecto, el pelo perfecto y el maquillaje me daba el toque justo de madurez. Todo iba a ser como planeé y estaba totalmente decidida.

Pero también la fiesta continuó y no dejó de llegar gente, lo que hasta cierto punto llegaba a ser preocupante. Todos traían algo para beber, pero la comida escaseaba. En un principio era suficiente para unas cincuenta personas, pero estaba claro que había más, no sabría decir cuántas. El nivel de alcohol subía por las venas de cada uno de ellos y yo sola no podía controlar a semejante cantidad de individuos.

Cuando logré ver a Cailin entre la multitud después de un buen rato desde que la dejé, la encontré bailando alrededor de un corro de chicos y chicas a los que no había visto en mi vida. Me lancé a ella cogiéndola del brazo y llevándomela a un rincón donde pudiera hablar bien sin tener que alzar demasiado la voz.

—¡Cailin! ¡Hay demasiada gente! ¡Hay más de cincuenta seguro!

—¡Relájate, Eff! —soltó con un tono desairado además de un fuerte aliento a alcohol.

—Dios, ya vas bien servida. —Apreté mi nariz con la mano para evitar olerlo.

—Me lo estoy pasando muuy bien, es el mejor cumpleaños de mi vida, así que gracias, Effie. —Me envolvió en un apretado abrazo para después perderse de nuevo.

—Mañana vas a tener una señora resaca —mascullé para mí misma.

Pensé en la situación en la que me encontraba y en cuáles eran mis cartas.

La opción de tener el apoyo de Cailin para vigilar a las personas iba a ser imposible y cuando escuché lo que creí que era algo rompiéndose, comprendí que mi cargo era demasiado para mí sola. No podía ser tan responsable vigilando a probablemente cien personas borrachas, porque sí, la gran mayoría estaban en otro lugar mentalmente.

Siempre me pregunté qué se sentía estando borracha y quizás fuera la mejor situación para experimentarlo. Porque sinceramente, aunque hubiese querido, no podía encargarme de esa fiesta al completo y ya estaba todo hecho un desastre. Pero aun así no dejaba de darle vueltas, porque si algo malo ocurría, caería sobre mi consciencia.

—Ehm... Hola.

Una voz sonó a mis espaldas, cerca de mi oído. Aun así, apenas pude diferenciarla, pero lo que sí logré sentir eran unos toquecitos sobre mi hombro. Apenas le presté atención ya que la tuve enfocada en unos cristales rotos en el suelo junto a la alfombra que pensé que sería mejor quemar. Y cuando finalmente me giré, esperando encontrarme con cualquiera preguntando dónde estaban los baños, no pude creer lo que mis ojos estaban viendo.

Dexter.

Estaba ahí, delante de mí y reclamando mi atención. Mi corazón dio patadas que dolían, tenía todo un mariposario en mi estómago y todo eso había provocado que entrase en un estado de shock, o al menos algo parecido.

—Effie, ¿no? —volvió a hablar al ver que no iba a contestar, pero en un tono más alto.

«Por Dios, reacciona o pensará que eres rara.»

—S-sí... Effie —es todo lo que pude decir sin apenas gesticular.

—Genial, yo soy Dexter. —Probablemente supiera que yo ya conocía su nombre y bastante bien, pero me había parecido muy mono que aun así se hubiese presentado—. Cailin me ha hablado de ti, así que pensé en traerte una cerveza y charlar un rato, si quieres.

Agradecí a todos los dioses que la borrachina de mi amiga le hubiese hablado de mí al semidiós, porque como pintaba la noche, no habría pensado ningún plan para hablarle y aunque lo hubiera hecho, no sé si me habría atrevido.

Miré hacia sus manos y comprobé que estaba en lo cierto, me había traído uno de esos vasos rojos llenos de cerveza. El problema estaba en que siempre odié la cerveza, su olor, su sabor... Pero iba a quedar de grosera si le negaba ese vaso, y si para tener una conversación con Dexter iba a tener que beber cerveza, lo habría hecho mil veces.

—Gra-gracias. —Tragué saliva después de ese ridículo tartamudeo, no tenía ni idea de si llegaría a superarlo y poder mantener una charla normal. Él me ofreció uno de los vasos y yo lo acepté con una sonrisa tímida, pero cuando nuestros dedos se rozaron por una milésima de segundo, colores llamativos aparecieron en mi rostro al momento.

—Vamos a sentarnos fuera —señaló con su cabeza el lugar hasta que comenzó a andar y yo le seguí sin perderle la pista, pero evitando que no se me cayera la cerveza encima con tanta gente.

Los sitios en el jardín estaban algo ocupados, pero por suerte, encontramos un espacio en el que sentarnos a hablar.

Juré por Jesús que no había estado más nerviosa en mi vida. Llevaba colgada de él desde que entré por la puerta del instituto, he suspirado, pensado, soñado cada minuto que pasaba. Y por fin lo tuve justo delante y dirigiéndose exclusivamente a mí.

«Nervios aumentando por dos».

—¿Qué tal? —cuestionó interrumpiendo mis pensamientos.

—Bien, aunque un poco estresada la verdad.

«Menuda respuesta.»

—¿Por qué? No será por mí, ¿verdad?

—¡No, no! Eso nunca. Es solo que estoy de "madre" —hice unas comillas con los dedos— de la fiesta y ha venido bastante más gente de la prevista, así que, es más difícil de lo que pensaba.

—Es cierto, hay mucha gente. Vigilar no suena nada divertido y menos con tantas personas. Creo que te he salvado la noche. —Se acercó a mí para decir eso último, y noté cómo mi cuerpo temblaba. ¿Por qué me tenía que hacer esto?

—Desde luego —asentí mirando al suelo con timidez—. ¿Y tú qué tal?

—Bien, supongo.

—¿Supones? —me atreví a preguntar.

—Bueno, he visto a mi ex con otra persona.

—Entiendo. —Cerré la boca tragándome cada palabra de esa última frase, a la vez que salté de alegría al saber que no estaba con ella, aunque eso ya lo sabía por los rumores. Quizás no debería haber tenido esos pensamientos.

—No me malinterpretes, no soy el típico ex celoso ni nada por el estilo. Es solo que crea sentimientos en mí.

—Es algo completamente normal, no te preocupes.

—Pero no quiero aburrirte con mis cosas.

Y ahí estaba, su sonrisa, una de las razones por las que me enamoré y me la estaba dedicando a mí. Podía haber muerto perfectamente en ese instante y estaría en paz.

—La fiesta es una pasada —volvió a hablar—. ¿Has visto cómo han lanzado a Tom de tercero a la piscina? No sé cómo no ha vomitado —rio, pero esa vez duró más tiempo, lo que me permitió observarlo mientras me contagiaba.

Me aferré al vaso de cerveza que aún no había probado y lo cierto es que tampoco pensé hacerlo porque estaba demasiado ocupada en ese momento. La fiesta podía parecer una pasada, pero me pasé la mayoría del tiempo vigilando que todo estuviese medianamente bien, así que no, no había visto cómo Tom de tercero fue lanzado a la piscina.

—Ha sido muy gracioso —sonreí y no por lo que estábamos hablando especialmente, sino porque estaba realmente feliz hablando con él después de tanto tiempo deseándolo.

—Eres de último año, ¿verdad?

—Sí, estuvimos en las mismas clases en primero. —Me arrepentí de haber dicho eso al instante, no quería que pensase que lo había estado vigilando o que estaba obsesionada con él.

—¡Lo recuerdo! —exclamó abriendo los ojos al recordarlo, lo cual me sorprendió gratamente—. Creo que me senté a tu lado el primer día, ¿verdad?

—Sí —afirmé con ilusión, ni esperaba que también me recordara por aquello.

—Lo pasé mal los primeros días. Todos mis amigos estaban en la otra clase y yo estaba solo. Aquí donde me ves, yo era muy tímido antes, demasiado. Pero aprendí a abrirme poco a poco e hice nuevos amigos.

—Te entiendo, la timidez te hace jugar malas pasadas. Te lo digo yo que lo sigo siendo a día de hoy. —Me permití reírme de mí misma.

—Ahora entiendo que aquel primer día ninguno de los dos se atreviera a iniciar una conversación. Quién sabe, igual podríamos haber sido amigos mucho antes.

—Bueno, al menos estamos haciéndolo ahora, unos años tarde, pero es algo.

—Sí... —Me observó a través de sus gafas con una sonrisa a medias—. Me está gustando hablar contigo.

Era increíble cómo unas simples palabras podían acelerar tu ritmo cardiaco. Puede que eso no significara nada importante, pero podía ser el principio de algo porque no podía pretender que se enamorara de mí en una noche.

Estaba a punto de preguntarle si quería bailar, pero entonces mi atención fue secuestrada por un pequeño grupo de chicos que reconocía del St. Joseph, de esos que caminaban con aires de superioridad allá donde fuesen. Uno de ellos portaba en su mano un gran fajo de billetes, lo que me llevaba a pensar: ¿dinero en efectivo? Viniendo de esa gente era algo muy extraño, ya que solo hacían uso de tarjetas.

«¿Y para qué quieren tanto dinero en una fiesta donde tienen bebida suficiente?»

Parecían discutir sobre algo que no querían que nadie más conociera. Uno de ellos se giró para comprobar que nadie tenía la atención sobre ellos, o eso creí, entonces yo les retiré la vista. Uno de ellos miró el teléfono y dijo: "Ya está aquí". Finalmente caminaron en dirección a la entrada de la casa, perdiéndose entre la multitud.

No debería meterme en los asuntos de otros, pero si eso iba a ser algo que perjudicase a la fiesta, se suponía que no debía permitirlo porque para algo estaba a cargo. Necesitaba saber qué era lo que tramaban, aunque ya tenía una leve sospecha.

—¿Me disculpas? —interrumpí mi conversación con Dexter muy a mi pesar—. Tengo que comprobar una cosa, enseguida vuelvo y podemos bailar si quieres, no te muevas. —Dejé la cerveza sobre la mesa que había a un lado y me levanté sin perderles de vista.

—Sí, claro, aquí te espero.

Le sonreí como pude antes de ir tras los muchachos sospechosos. Conseguí verlos de lejos, recorrían toda la casa hasta llegar a la entrada, abrieron la puerta y salieron por ella. Intenté seguirles, esquivando a las personas que bailaban sin parar, pisando trozos de cristal y zonas pegajosas.

Miré a mi alrededor por un momento dándome cuenta de que la preciosa casa de hace unas horas ya no era la misma. Las cortinas estaban rotas y descolgadas, figuras destrozadas en el suelo, vasos rotos, alfombras manchadas, cuadros desechos... Aquello era un auténtico caos y ni siquiera sabía dónde estaba Cailin. Estar con Dexter me alejó de la supervisión y al final todo se nos fue de las manos, había demasiadas personas a esas alturas.

Finalmente conseguí llegar a la entrada y salir de la casa siguiendo mi misión principal, tenía que saber que no era lo que parecía. Miré en todas las direcciones y vi a los chicos cruzando la calle, en un callejón oscuro entre casa y casa. Crucé también y me coloqué tras la pared de la casa para evitar que me viesen. Asomé un poco la cabeza, no se veía con claridad, pero pude ver que estaban allí y no estaban solos, había alguien más con quien hablaban. Mis sospechas eran cada vez más ciertas, así que saqué mi móvil para tenerlo presente. Entonces lo vi, el chico misterioso había sacado unas bolsas con lo que me temía.

Drogas.

No tenía la menor idea de cuáles, pero estaba claro. Era la primera vez que las veía. Estaban haciendo del cumpleaños de Cailin ese tipo de fiesta, una donde había drogas y lo más probable era que se expandiese a todos los invitados. Y eso no era lo que ella quería.

Comencé a ponerme nerviosa, no como lo había estado hace unos minutos con Dexter, no, lo estaba por saber que era algo serio y no tenía claro qué se debía hacer en esas situaciones. Una cosa era el alcohol, y estábamos de acuerdo en que ya estábamos asumiendo ese riesgo. ¿Pero las drogas? Eso era otro nivel. Que yo supiera eran bastante más ilegales, sobre todo en menores de edad.

«¿Y si alguien le echa algo en la bebida a Cailin? ¿Y si alguien acaba con sobredosis? ¿Y si alguien se aprovecha de otro alguien?» pensé.

Si eso llegaba a suceder, echarían las culpas a los anfitriones de la fiesta, es decir, a Cailin y a mí, ¡quizás incluso fuésemos a la cárcel! Todo eso dañaría la imagen de la familia Lockwood, dueños de la casa y a saber cómo actuarían.

Me sentí muy acelerada, no pensaba demasiado las cosas y actué por impulsos, el primero de ellos era marcar a la policía. No sabía si estaba haciendo lo correcto porque al final éramos menores bebiendo alcohol, pero quizás también podíamos incluirlo junto a las drogas. Caminé un poco de vuelta a la casa, pero no llegué a cruzar la calle y coloqué el móvil en mi oreja como pude porque lo cierto es que estaba temblando. En cuanto escuché que atendían mi llamada, comencé a hablar:

—Buenas noches, mi amiga y yo hemos dado una fiesta por su cumpleaños. Esperábamos ser unas cuantas personas, pero han venido demasiadas e incluso personas que no conocemos. Lo están destrozando todo y no solo eso, acabo de ver una venta de drogas, creo que quieren distribuirlas.

—De acuerdo, por favor, facilítenos la ubicación y enviaremos una patrulla de inmediato.

Me encargué de darles la ubicación de la casa como pude y me comunicaron que ya estaban de camino, lo cual me tranquilizó más. No sabía si tomé la mejor decisión, pero creí que Cailin me lo agradecería al día siguiente.

Entonces, cuando colgué la llamada, escuché voces gritando a mis espaldas y de pronto vi a los chicos que estaban comprando la droga correr calle abajo como si les fuera la vida en ello. No entendía qué estaba ocurriendo, y estuve a punto de gritarles que se detuvieran.

«¿De qué corren?»

Pensé a la misma vez que me giré para enfocar mi vista a la zona de venta de nuevo, lo que me dejó claro que quizás hablé demasiado alto y que cometí un error.

Un gran error.

El traficante estaba enfadado, muy enfadado, su expresión lo decía todo y lo peor, es que venía a por mí.

Correr, eso es lo que hice, correr sin parar y todo lo que podía, sin mirar atrás. Me adentré en la casa y aparté a las personas desesperadamente. No tenía ni idea de cómo no me tropecé aun con los tacones, pero la adrenalina de ese momento respondió con la supervivencia, tenía que correr y esconderme o me mataría.

El corazón me iba a mil y no sabía dónde esconderme, traté de pensar mientras corría, pero era imposible, así que hice caso a mi instinto y me escondí en una de las habitaciones de la planta baja. Respiré como pude y conté los segundos en los que tenía que estar allí. La música y las voces de las personas eran lo único que se escuchaba en la habitación, aunque la puerta estaba cerrada y yo estaba muerta de miedo pegada a la pared.

Deseé volver el tiempo atrás, pensar mejor las cosas y hacerlo bien. ¿Cómo he pude llamar prácticamente delante de ellos?

La policía estaba de camino, pensé que una vez viniesen, no tendría más remedio que dejar mi búsqueda y marcharse.

Se me ocurrió que quizás esconderse no era la mejor opción y a esas alturas, ninguna opción me parecía la mejor. Lo más probable era que estuviese buscándome entre las habitaciones de la casa y que si me quedaba allí, terminaría encontrándome. Así que, me decanté por salir de allí e introducirme entre la gente, y buscar a Cailin para avisarle de lo sucedido. No creí que pudiera hacerme nada entre tantas personas presentes. Entonces decidí abrir la puerta con cuidado, pero para mi mala suerte, él ya sabía dónde estaba, y no le hizo falta hacer una búsqueda. Entró en la habitación como un toro empujándome contra la pared en la que estaba antes apoyada, de una forma tan brusca que hizo que mi espalda se adoleciera. Y entonces me di cuenta de que estaba apoyado con un brazo sobre la pared a mi lado, y con la otra mano estaba sosteniendo un cuchillo sobre mi cuello amenazando con realizar un corte. Alcé la cabeza sin quitarle el ojo de encima a la hoja afilada.

—No sé si te habrás dado cuenta, pero me acabas de cabrear y bastante —comenzó a hablar con una voz ruda y áspera—. ¿Tienes idea de cuánto dinero acabo de perder? Esos gilipollas se lo han llevado todo y los dos mil pavos que me debían, ¡y todo porque te has puesto a llamar a la puta policía! —levantó la voz y estaba tan cerca que sentí el aliento que soltaba con cada palabra sobre mi piel—. Tengo unos jefes, ¿sabes? Y como no les dé el dinero, me matarán y yo no quiero morir por una gilipollez de una adolescente, así que ya me estás dando el dinero que he perdido o esta cuchilla se va a introducir en tu cuello lenta y dolorosamente.

—No... —Traté de tragar saliva e intentar hablar—. No tengo tanto dinero.

—¿Qué no tienes dinero? —Soltó una risa nasal irónica—. Sé perfectamente de dónde vienen las personas de esta fiesta.

—No puedo pedir tanto dinero a mis padres sin que sospechen —volví a pronunciar entre pausas para poder tomar aire.

Se tomó un momento antes de hablar, mirándome como si estuviera pensando por dónde hincar la punta de la navaja.

—Tienes dos opciones. La primera, me das el dinero, o la segunda, harás lo que yo te diga hasta que saldes la deuda. No me gustaría poner la opción más violenta.

—La segunda, haré lo que sea —emití casi sin aire.

—Muy bien. Volveré a por ti.

Se quedó por un momento mirando mi cuello con el cuchillo amenazante para después salir de la habitación dejándome sola, temblando y sin poder moverme.

No daba crédito a lo que acababa de pasar. Tenía el miedo en el cuerpo y no pensaba abandonarme tan pronto.

Era una estudiante con una vida dentro de la normalidad y, sin embargo, de la noche a la mañana acababa de ser amenazada por un traficante de drogas al que había cabreado muchísimo. ¿Cómo había llegado a eso?






Ay señor🥺

Menuda fiestecita🤣🤣

PERO

Dexter se ha acercado a hablarleee AAAAAAAA

Esto es el comienzo de algo🤭

Aunque creo que Effie tiene problemas mayores ahora mismo.

Y primera aparición de cierta persona...

¿Qué os ha parecido?

Espero que os haya gustado capitulito🥰☸

Un besito para todxs😘😘

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