
42
Un día, cuando pude reunir la energía apropiada, me armé de valor y le pedí a Cooper que me acompañara a visitar a Howie al trabajo… o ir directo a su casa, porque necesitaba hablar con él y aclarar las cosas.
—¿Estás loco? ¿Por qué irías a ver a ese imbécil? —me había dicho Cooper, muy enojado.
—Él cree que lo infecté o algo así.
Cooper me miró dudoso y preguntó:
—¿Te acostaste con él?
—No, jamás lo hice… y mi intención nunca… nunca fue hacer eso con él —contesté, titubeando—. ¿En serio no me crees?
Me recosté en la cama y lo observé.
Cooper encogió los hombros con desdén y se cruzó de brazos.
—¿Acaso Howie te ha respondido las llamadas? ¿Acaso ha preguntado cómo has estado? ¿Has visto una muestra de comprensión por parte de él, siquiera? —decía Cooper, al borde de la cólera—. ¿Ves algún interés con respecto a tu salud? ¡A él no le importas en absoluto! ¡Entiéndelo, Klehr!
Hice a un la cabeza y empecé a llorar.
—Lo amo, lo amo tanto —le susurré a Cooper, casi entumecido por el dolor—. ¿Por qué me hace esto?
Cooper resopló y se acercó a mí.
—Si Howie te amara, te comprendería y te apoyaría. Si no lo hiciera, entonces no es amor real —concluyó Cooper y eso hirió más mi corazón.
Cambié de posición y miré la ventana.
Mientras su luz violácea intentaba penetrar por los cristales, se convertía en la fuente de energía que necesitaba más que nunca y eso era lo único que podía proporcionarme antes de que desapareciera y se asomara de nuevo por las mañanas, como si nada hubiese ocurrido.
Pero, era demasiado inoportuno.
Y era una rutina que dejaría de ser esperada por mí, con anisas dentro de muy poco tiempo.
—Es buena persona —repuse.
Cooper gruñó.
—No —dijo él con brusquedad—. Es imposible que lo sea.
—Deberías darle una oportunidad —supliqué—, por favor, Cooper. Él no ha hecho nada para ganarse tu odio e indiferencia, no que yo sepa.
Por la expresión de Cooper, supe que quería decirme que estaba equivocado, sin embargo, no dijo nada.
Simplemente se acercó a mí y me sostuvo la mano, como si eso evitara que me fuera.
Lo haría, después de todo.
Pero él no lo quería aceptar.
Era muy doloroso para él y para Tori verme partir y nada podían hacer al respecto.
Antes podía mostrarme fuerte y audaz ante los demás, pero ahora me sentía débil y aturdido.
Entendía que la vida tenía un límite, todo tendría que acabarse algún día, pero ¿por qué tan pronto?
—Me hubiera gustado estar con ustedes por otro largo rato —confesé. No supe por qué mi voz era dulce, gentil y sincera.
Cooper lloraba y me sonrió.
—Estaremos contigo, Klehr. Siempre lo haremos.
—¿Aun cuando todo se complique?
Él asintió.
—Por supuesto.
La respuesta quizá no fue la más acertada, pero ayudó a amortiguar la dura realidad que me esperaba. Aunque, tiempo después, ¿qué probabilidades existían para que terminara siendo de esa manera?
Esa noche le exigí a Cooper que fuese al trabajo, porque llevaba días de no hacerlo y si lo echaban, sería mi culpa y eso no era algo con lo que podría soportar.
—Le diré a Tori que ocupe mi lugar —insistió Cooper.
—Ya han hecho suficiente por mí —contesté, mientras caminaba en la sala—. Además, me siento mejor. Podré cuidarme yo mismo.
—No lo sé, Klehr —agregó Cooper, mirándome preocupado—. ¿Y si te pasa algo?
Levanté el celular y dije:
—Una sola llamada lo puede solucionar.
Cooper dejó de insistir y me accedió sin rechistar.
Después de varios días, necesitaba salir, estaba aburrido de estar encerrado y que nada lograra distraerme de mis pensamientos.
Por esa razón saldría hoy.
Esperé varios minutos en la sala, con la respiración un poco acelerada, pues en algún momento, cuando mi corazón ya no se sintiera pesado y lleno de culpa, tendría el valor de salir y cambiar definitivamente las cosas.
Estaba seguro que regresaría.
Pues ¿qué tan malo podría llegar a ser, llevar a cabo una venganza?
Claro, tenía poco tiempo y una vida corta para planearlo.
Pero, consciente sobre eso, sí tenía miedo en fallar.
No obstante, estaba con la terrible idea de marcharme lejos y no saber nada más.
Estando solo, me cambié de ropa, tomé mis llaves y busqué un taxi que me diera un paso por la ciudad.
Pasé primero por la oficina de Howie, donde las luces estaban apagadas y estaba inundada por un silencio abrumador. No pude evitar llorar por los recuerdos que pude obtener en ese lugar tan encantador.
Más tarde pasé por la zona donde Tori y su familia vivían, quise detenerme para saludarlos, pero no me atreví a abandonar el cálido interior del taxi.
Cuando el auto pasó por el bar donde Cooper trabajaba, le envié un mensaje corto para saludarlo. Supuse que estaba ocupado, porque no me respondía y aun así, le resté importancia y el taxi siguió su ruta.
Solo me faltaba una parada por hacer.
Y esa sería la definitiva.
—Aquí me bajo —anuncié al conductor.
—¿Está seguro? —preguntó él.
—Por supuesto.
El taxista detuvo el auto y luego de pagarle, se marchó.
Respiré hondo y eché andar a El Portal.
Esa noche estaba silenciosa, aunque ajetreada por los trabajadores y los clientes que deambulaban de arriba para abajo.
Aquel lugar sentó las bases de la persona que soy, porque ahí fui criado y formado, descubrí muchas cosas y también aprendí a callar secretos. Convivía con todos, pero ninguno me agradaba.
Sobre todo si se trataba de mi exjefe.
Decidí que, por el momento, me dedicaría a proporcionarle todo el rencor acumulado para hacer que su vida fuese igual de miserable como había sido la mía últimamente y luego partiría.
Pregunté por Wayde al encargado y me dijo que estaba en su oficina.
Sin responder siquiera, subí por las escaleras y entré.
Wayde Connor estaba bebiendo a solas.
—¡Klehr! Vaya, ¡qué gusto volverte a ver, muchacho! —exclamó. Dejó a un lado su vaso y se puso de pie para recibirme—. Pasa, pasa. Sabes que eres bienvenido.
Ingresé y tomé asiento, evitando demostrar alguna emoción en mi rostro.
—¿Quieres algo de tomar? —Wayde se colocó detrás de mí y habló con su habitual tono frío y distante—. ¿Una bebida en especial?
—No, gracias. Solo vine a hablar —contesté.
Y también estaba allí para insinuarme a él.
Quería lograr lo que siempre quise hacer desde hacía tiempo y nunca tuve la oportunidad.
—¡Ah, vamos! ¿En serio rechazas este whisky? —ronroneó Wayde en mi oído—. Sabe estupendo, deberías probarlo.
Sonaba más como una amenaza en lugar de una sugerencia.
—No lo creo —insistí.
Pero Wayde ignoró mis palabras.
Sirvió un poco del alcohol en una copa y me la tendió.
Negué con la cabeza.
—Hay que brindar porque regresaste a casa —dijo Wayde con una sonrisa, sin embargo, seguía sin aceptar la copa.
—No tengo ánimos de beber esta noche —contesté.
—¡Solo será una copa!
Wayde estiró el brazo y casi derrabó el líquido en mi pecho.
—Bebe, te hará sentir mejor —afirmó Wayde.
Notó la duda en mi mirada, por lo que no dijo nada.
De mala gana tomé la copa y bajo su mirada feroz, me llevé a los labios y bebí.
—Eso es, Klehr. Eres un buen chico.
Aquel fuerte aroma viajó por mis fosas nasales y me trajo malos recuerdos, aun así, saboreé toda la amargura que se deslizaba por mi garganta y cuando finalmente ya estaba depositado en mi estómago, el ardor se intensificó.
Sacudí la cabeza, ignorando la temperatura que adquiría mi sangre.
—¿Quieres otro poco?
Negué con la cabeza.
—Como quieras —repuso Wayde, mientras tomaba asiento de nuevo y él mismo se servía otra copa.
Mis dedos se sentían sin coordinación y el calor se apoderó de mis orejas, mi cuello y toda mi espalda.
Estaba impaciente, ansioso y sobre todo, agitado.
—¿Cómo has estado estos días? —preguntó Wayde en tono casual—. Me imagino que bien, por el nuevo trabajo que adquiriste.
No me atreví a verlo.
Simplemente abría y cerraba los ojos, inquieto.
Mi respiración se aceleró y luego de resoplar, percibí el olor a alcohol en mi propio aliento.
—¿Creíste que no te estaría observando? ¿Creíste que no me daría cuenta de la aberración que eres, Klehr?
Negué con la cabeza.
Tal como me lo había imaginado, Wayde estuvo vigilándome todo este tiempo.
¿Hasta qué punto habrá llegado su locura? ¿Es posible que me haya seguido en todos los lugares donde sea que haya estado? ¿Sabrá mi situación con Howie? ¿Estaba él en riesgo, igual que Tori y Cooper?
Tenía que hacer algo al respecto.
—¿Qué me vas a hacer? —pregunté, aunque mi voz sonaba distante.
Enfrentarlo quizá no era la mejor opción.
—Ya no me sirves de nada —explicó Wayde, con desdén—. Las basuras como tú, son de poco beneficio. ¿Sabes por qué te deje ir, Klehr?
Sin responder siquiera a su pregunta y por puro instinto alargué la mano y sujeté con fuerza la botella del whisky; me serví un poco y me lo tomé de un solo trago.
Torcí el gesto cuando el ardor perforó mi garganta.
Lo que Wayde estaba por decirme, me afectaría, pero estando ebrio, lo olvidaría.
—Nunca me importaste. Estabas aquí porque yo mismo lo permití, porque sentía lástima por ti.
Agaché la cabeza para que no me viera llorar.
Sus palabras me herían, eso era evidente.
Aun así, estaba cansado de estar encerrado en una jaula, la misma que me había daño y ahora que Wayde me tenía al borde del odio desenfrenado, no le daría el gusto de verme sufrir.
—Te odio, te odio con toda mi alma —repliqué.
Wayde soltó una carcajada.
—¿Viniste a mi despacho, solo para decirme esto? ¡Qué ridículo eres!
De reojo miré la botella de whisky, no sabía con exactitud si estaba vacía o todavía le quedaba algo de contenido.
La tomé y bebí directo de ella.
¿Qué más daba, si ya estaba ebrio?
Quería saciar mi sed, tanto que cuando aparté la botella, se la lancé a Wayde y este reaccionó al instante. Se hizo a un lado y evitó que el envase de vidrio se estrellara justo donde estaba sentado.
El ruido de los cristales creó un alboroto.
—¡Eres un bastardo! —chilló Wayde—. ¿En serio creíste que me harías daño? —siseó, mientras se acercaba a mí.
Me puse de pie, pero no logré dar más de dos pasos.
Tropecé con la silla y caí bruscamente.
Me sentía desorientado y empezaba a tener problemas de concentración, todo mi cuerpo reaccionaba y no podía controlar el cosquilleo que subía desde mi pecho hasta mi cabeza.
La garganta me quemaba y tenía náuseas.
Quise levantarme, pero Wayde, cargado de ira, resentimiento y descontrol, me propinó una patada en el estomagado y provocó que el aire abandonara mis pulmones.
Volvió a patearme, tan fuerte como la primera vez.
Abrí la boca para toser varias veces, luego solté un jadeo y eso me hizo sentir arcadas.
Wayde gritó algo, no pude escuchar con claridad de qué se trataba.
Segundos después, entraron dos sujetos casi derribando la puerta.
—¿Se encuentra bien? —quiso saber uno de sus hombres.
—¡Sí! ¿Cuántos están allá abajo? —preguntó de vuelta Wayde, impaciente.
—Son varios.
Wayde resopló.
—Me da igual. Solo quiero que le quiten sus pertenencias, incluso los que no tengan valor.
—¿Está seguro?
—¡Solo háganlo! —gritó Wayde.
Sentí las manos de esos sujetos en todo mi cuerpo.
Registraron con rapidez lo que llevaba conmigo y buscaron en todas las aberturas de mis prendas, me despojaron de mi celular, de mi billetera, de mis llaves; me quitaron aquello que valoraba y vaciaron mis bolsillos.
No tenía la fuerza necesaria para forcejar con ellos.
Estaba débil, desorientado y luchar era un total fracaso.
Los hombres terminaron y luego se hicieron a un lado.
—¿Y ahora qué haremos con él?
Jadeando, miraba el techo y las lágrimas resbalaban por mis mejillas.
Todavía tenía la ropa puesta, pero me sentía desnudo.
Y era la peor sensación del mundo.
—¡No dejen que nadie entre! Yo personalmente me ocuparé de este bastardo —les ordenó Wayde Connor a sus hombres.
Estaba convencido de su amenaza era para mí la salvación.
Me había rendido, no quería protestar o hacer algo al respecto.
Todo mi cuerpo se sentía entumecido, me dolían las articulaciones y no podía mover las piernas. Y sin embargo, por un instante me sentí relajado, porque sería libre al fin y Wayde aceleraría el proceso de olvidar de mis penas.
Mi respiración volvía a su ritmo habitual y sin dejar de ver el techo, acepté que probablemente no volvería a casa.
No vería a mis amigos.
Y sobre todo, no vería a Howie.
Tal vez eso haría que se sintiera mejor.
Cerré los ojos y dejé que la oscuridad, abriendo sus fauces, me recibiera.
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