E P Í L O G O
Digamos que habíamos matado tres pájaros de un tiro.
El primero: no tuvimos que adoptar algún animal. Teniendo en cuenta que si Hailee no obtenía un hermanito o hermanita quería tener un gato, y que Jonah es alérgico a los animales peludos en general, haber quedado encinta de sorpresa nos ayudó a deshacernos del tema.
El segundo y tercero van juntos: el deseo de Hailee —y mío, por igual— de convertirse en hermana mayor se cumplió multiplicado por dos.
Pero, ¿qué pasó seguido de esa noticia? Porque lo de arriba está... algo adelantado.
***
La felicidad y la sorpresa se habían convertido en una vorágine de sentimientos en ese veinte de diciembre. Toda la esperanza que creía que se había esfumado, había recaído por completo en ese momento y fue la única vez en que creí en la frase que Carol siempre me repetía: si deseas algo con todas tus fuerzas el universo, hartado de que lo pidas, te lo dará.
Luego de el minuto de estado de shock en el que había caído tras haber dicho el resultado en voz alta, comencé a llorar. Ahora mismo, viendo hacia atrás y reavivando los recuerdos, no logro descifrar la razón de porqué lloraba; lo más lógico sería de felicidad, de esa esperanza que creí perdida, pero no estoy lo suficientemente seguro de ello para afirmarlo, por lo que prefiero quedarme con las dudas.
Aunque recuerdo al cien por ciento el apretado abrazo con el que Jonah me recibió cuando abrí la puerta del baño. Recuerdo haberle regresado el abrazo mientras mis piernas flaqueaban, obligando a que me apoyara por completo de él. Recuerdo haber humedecido su camiseta con mis lágrimas, y a él besando el costado de mi cuello.
Después de ese encuentro con tantos sentimientos al mismo tiempo, hicimos el protocolo; llamamos al hospital del pueblo para hacerme los exámenes pertinentes. Debido a los contactos de Jonah —por ser un ex militar— nos dieron la cita para ese mismo día a las once de la mañana. Así que, en menos de lo que esperábamos, ya estábamos en la sala de espera del hospital; Jonah y yo nos sentíamos ansiosos y Hailee estaba algo hiperactiva.
En unos minutos de espera me llamaron para hacerme la prueba de sangre.
Dicho y hecho, luego de eso nos habían dicho que en media hora estarían los resultados.
Fue de esas esperas en donde no puedes evitar ver el reloj a cada segundo que pasa y que, por consecuente, el tiempo parece que va más lento de lo normal. Yo no paraba de mirar el reloj de mi celular, y tampoco de mover mi pierna de manera impaciente. Jonah se veía más tranquilo, pues ya se había comprobado —según él— que estaba encinta.
No hace falta decir que él estaba en lo correcto y que lloré aún más al recibir la noticia.
Digamos que decirle la noticia a la familia de Jonah fue de las cosas más emocionantes y sentimentales que había hecho. Mis suegros, Carol y Alfred, nos felicitaron en medio de un cálido abrazo, y mis cuñadas, Madison y Sabrina, lloraron demasiado ese día.
Aunque decirle a mi familia fue más... complicado. Decidimos decirle a mis padres por medio de una llamada que parecía "normal". Sus reacciones no fueron... alentadoras. Quisiera decir que solo era la sorpresa lo que los dejó así, pues no pensaban que podía llegar a quedar encinta, pero la realidad fue otra; digamos que sacaron a la luz la situación de cuando tenía dieciséis años, sobre lo del compromiso fallido y la desgracia que trajo consigo mi infertilidad. Me llamaron mentiroso, oportunista y egoísta; y dijeron muchas cosas más, todas ellas hirientes.
Fue difícil de llevar, tanto así que ni ganas tenía de llamar a Zuri para contarle. Ella y yo nos habíamos alejado hacía un buen tiempo, creo que después de ella haber tenido su segundo hijo. Tampoco era que antes de ello habláramos a menudo, pero era notorio que ya no era como antes.
Así que terminó siendo Jonah quien la llamó y le dió la noticia. Según me dijo Jonah, ella sonó feliz. Preguntó por cómo estaba Hailee y cómo estaba yo. También preguntó si ya le habíamos contado a nuestros padres, aunque esa parte preferimos omitirla.
Pero, a pesar de todo, estábamos demasiado felices, y el día de Navidad fue uno de los mejores días; además de que cumplí cuatro semanas de embarazo el veintiséis de diciembre.
Pero muchas cosas nos esperaron los siguientes meses.
Un claro ejemplo es el siguiente: cuando tenía doce semanas de embarazo nos dijeron que estaba esperando gemelos.
Fue un shock total para Jonah y yo. Descubrir que tendríamos dos bebés de un mismo embarazo —el cual sucedió por casi un milagro— y que, entonces, seríamos una familia de cinco cuando menos lo esperábamos fue demasiado conmovedor.
Cuando le dijimos a Carol y Alfred, se emocionaron demasiado; mientras que Madison y Sabrina se rieron, diciendo que lo sospechaban, pues el gen de embarazos múltiples era muy común en la familia de Jonah.
Grande aun más fue la sorpresa cuando el doctor dijo que ambos serían niños.
—Hailee tendrá a alguien que la moleste asegurado —bromeó Jonah, riendo.
El paso del embarazo fue, a mi parecer, muy rápido.
Entre tener a Hailee acurrucada en mi vientre casi todo el rato, las visitas al doctor, las visitas que la familia de Jonah nos hacía, y los debates que él y yo teníamos cada vez que intentábamos escoger nombres, los gemelos decidieron que se iban a adelantar.
Porque por algo fue que no especifiqué lo de los supuestos nueve meses de embarazo.
Cuando tenía siete meses, tres semanas y cuatro días de embarazo, los gemelos decidieron que era hora de salir. Lo más curioso fue que comenzaron la misión en la madrugada de un bonito dieciocho de junio, justo el día después del cumpleaños de Jonah.
Digamos que dar a luz diez semanas antes de lo planeado fue aterrador. Ni siquiera habíamos decidido los nombres, apenas habíamos preparado la habitación de los gemelos y habíamos planeado el baby shower para dentro de una semana más.
Ni modo, estuve casi diez horas de trabajo de parto, hasta que el primero nació a las dos y cincuenta y cuatro de la tarde; con un llanto estruendoso y con la cara completamente hinchada, al que luego nombramos Grayson Blythe, llegó a este mundo. Apenas se le veía una maraña de cabellos sin un color definido, así que automáticamente pensé que había salido rubio como yo.
Pero, obviamente faltaba otro, así que a las dos y cincuenta y ocho de la tarde, Theodore Grant nació. Él tenía la cabeza cubierta de pequeños vellos azabaches, iguales a los de Jonah.
Y con ese último pensamiento en mente, con dos de mis tres hijos en el pecho, con Hailee en una silla en una esquina de la habitación, y con Jonah llorando de felicidad mientras me besaba la coronilla, me sentí completamente lleno.
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