desde
Mamá pasó a dejarme galletas horneadas esta tarde, y Joshua, siendo el hermano envidioso que es, había venido hasta mi departamento sin invitación solamente para comérselas todas.
—¡Ya! —le digo enfadado—. Te voy a acusar con mamá.
—Sigues siendo un bebé mimado —me dice él.
No le respondo de inmediato, me quedo sentado en el sillón, junto a uno de los cojines, mirándolo con recelo.
—¿Hansol? —pregunta confundido—. Bueno, perdón. Sé que mudarse solo por primera resulta difícil y...
Aprovechó su distracción y le doy con el cojín en la cara, haciendo que junte sus cejas y trate de devolverme el gesto de inmediato.
—Tarado —le digo riendo cuando no puede devolverme el golpe.
—Respétame —me advierte él, pero ríe casi tan fuerte como yo lo hago.
Cuando dejamos de reírnos lo obligo a soltar la última galleta que pensaba comer. Me siento más cerca de él, porque al final de todo es mi hermano y lo quiero muchísimo.
—Tengo que contarte algo —digo—, pero no le puedes decir a nadie.
Joshua alza su ceja, entre confundido por la cercanía y preocupado por el tono de mi voz.
—A mi no me metas en tus asuntos de drogadictos.
Le doy un golpe en la frente porque es un grosero.
—No es eso —le aseguro—. Y no soy un drogadicto, ya te dije que solo fue una vez —reclamo.
Me mira sin creerlo, pero deja el asunto de lado.
—Bueno, ¿entonces qué es?
Ahora si me acomodo bien en el sillón. Joshua se aleja un poquito y yo respiro profundo antes de hablar.
Mejor empezar desde el principio, ¿verdad?
Todo comenzó hace poco, y avanzó extrañamente rápido. Yo estaba trabajando de cajero en el mini supermercado de siempre, ¿recuerdas cuál es? Bueno, ese a dónde íbamos a comprar dulces de niños.
Era un día entre semana; después de haber salido de mis clases fui a mi turno ahí. Hacía mucho calor aunque ya era de noche, también había muchísimos mosquitos y...
—¿Y qué tienen que ver los mosquitos? —pregunta mi hermano.
—Pues nada, pero eran muy molestos.
Lo que sea. La cosa es que era de noche, y en la noche poca gente va al supermercado, entonces yo esperaba tener un turno tranquilo; y de hecho lo fue la mayor parte del tiempo. Eso hasta que dieron las 10, porque justo a esa hora entró Boo Seungkwan, de mi clase de metodología, al mini supermercado.
—Nunca has mencionado a ningún "Seungkwan" cuado hablamos –dice Joshua.
—Porque no creo que seamos amigos —le explico—. De hecho, antes de ese día jamás habíamos cruzado palabra.
Joshua asiente antes de que yo pueda continuar mi historia.
Cómo te decía; cuando se acercó para pagar vi que tenía la cara roja y las mejillas hinchadas, así que supuse que había estado bebiendo o algo así. No era mi problema, así que no me importó mucho. Le pasé el código de barras a las dos sopas instantáneas que dejó frente a mi, y después a los chocolates, a la goma de mascar, al encendedor, y para cuando me di cuenta el chico seguía y seguía dejando productos frente a mí; los estaba tomando de ese estante que ponen junto a los cajeros para que la gente termine comprando más antes de pagar.
Leí el código de barras de cinco productos más antes de comenzar a impacientarme.
—¿Sabías que es más fácil tomar todas las cosas que vas a llevar antes de traerlas a la caja? —le pregunté irritado.
Él soltó una carcajada.
—Así que en realidad si hablas. Nunca había escuchado tu voz —me dijo él arrastrando un poco las palabras—. De hecho, ni siquiera te había visto de cerca.
Aquello había sido la distracción perfecta, porque Seungkwan dejó de aventar productos y productos, así que le hice el ticket mientras no se daba cuenta.
—Son 8950 wones.
Sacó su billetera y me pasó el dinero antes de seguir hablando.
—¿Sabes qué? —me preguntó. Pero no, yo no sabía qué—. Creo que realmente le gustarías.
Esa vez no entendí a qué se refería, así que solamente le devolví el cambio y decidí no hacerle caso a un chico borracho.
—Regresa con cuidado —le alcancé a decir antes de que saliera de la tienda. Después solo escuché el motor de un auto.
Cuando Joshua se remueve un poco en su lado del sillón me hace perder la contracción.
—Ya, perdón —dice cuando lo nota—. Sígueme contando. ¿A quién le ibas a gustar?
Yo niego. Miro la hora en el reloj de pared y me levanto del sillón para estirarme.
—Mañana tengo clases temprano —le explico—. ¿Te quedas a dormir?
Mi hermano hace una mueca, pero al final se acomoda en el sillón y se pone encima una cobija.
—Antes de que te vayas a la universidad mañana vas a terminarme de contar —me advierte.
Yo le aseguro que lo haré.
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