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7 Cassian

Al hablar de Isabella me he atrevido a asegurar que para que encaje en la familia De Verse debe ser simplemente perfecta. Tan estirada y aburrida como cada uno de ellos. Y sí que lo es, pero Isabella tiene una fuerza dentro que ni ella misma  sabe que pide a gritos dejar de hacer las cosas como deben ser, dejar de ser tan perfecta, dejar la cordura. Sí, quiere equivocarse, vivir un poco a su manera y no bajo la presión de no darle lamentos, ni retirarle el orgullo a los padres.

No puedo creer que una mujer de veinticinco años no haya probado un consolador y que se ruborice con tan poca cosa. Su vida sexual con Ethan debe ser un jodido aburrimiento.

Pero también soy consciente de que es su puto problema, el de ambos.

Atiendo la entrada del fiscal. Paolo camina con firmeza hacia mi posición y toma asiento al frente. Lo atiendo, cada jodido movimiento, identificando como tiene aires de grandeza.

—No me van los chantajes...

—Respetas la información que tengo de lo contrario no estarías aquí.

—He venido a alertarte. Soy fiscal, puedes tener problemas...

—Mírame bien, ¿quieres seguir siendo fiscal o no? Tienes dos putas opciones y te las estoy dando.

—Pero qué te crees...

—Si quieres seguir siendo fiscal entonces trabaja en beneficio de Ethan De Verse empezando a retractar la solicitud de prisión preventiva. Si no lo haces, entonces lo entiendo como un no y puedes olvidarte de tu trabajo.

—No voy a ceder en chantajes...

—No es un chantaje, es una advertencia de que toda la mierda que esconde el fiscal Diallo puede ser de dominio público, y sabes que es un gran problema porque se acaba tu trabajo, tu reputación y tu vida.

Él me observa con seriedad y yo me mantengo en mi posición despreocupada.

—¿Qué demonios quieres?

—Quitar prisión preventiva...

—Eso no es posible...

—Paolo Diallo ¿me ves cara de imbécil a mí? —cuestiono, interrumpiéndolo—. No hay un riesgo claro de fuga y para enviar a prisión preventiva debe haberlo. No hay una evidencia concreta que diga que Ethan tiene intenciones de huir. Tiene vínculos sólidos con la comunidad: familia, empleo, propiedades. Esos factores son indicativos de que no representa un riesgo de fuga. Presenta las pruebas y dale la libertad.

—No es suficiente.

—La prisión preventiva también se justifica si el acusado representa un peligro para la sociedad y anterior al período del arresto, Ethan ha mantenido un comportamiento ejemplar.

—El juez ha dictado prisión preventiva por tales razones...

—No he terminado —lo interrumpo—. La detención prolongada sin juicio puede afectar gravemente el derecho de prepararse adecuadamente para su defensa. Esto va en contra del derecho de presentarse a un juicio justo.

—Son argumentos...

—Falta de riesgo de fuga. No representa un peligro para la sociedad. Derecho a juicio justo —enumero—. También están las alternativas a la prisión preventiva: libertad bajo fianza, el uso de dispositivos de localización o imposición de restricciones de movimientos.

El fiscal me observa sin saber qué decir. Saco el cheque en blanco y se lo extiendo sobre la mesa.

—Un número y seis ceros —demando.

—El favor lo haré yo...

—Mi información tiene un precio. Pagarás porque la desaparezca.

—No cuento con ese...

—El mes pasado recibiste dos millones, pues tú decides de eso cuánto me pagas.

—¿Quién me asegura que la desecharás?

—No falto a mi palabra. Pero Diallo, procura cumplir y no darme mas actos con los que pueda trabajar, ten por seguro que me aprovecharé.

Él toma su propio bolígrafo y empieza a llenar el cheque. Un millón. A él he querido cobrarle más porque va de arrogante. Más autosuficiente que yo tiene que mandarlo a crear.

Me extiende el cheque de vuelta y verifico los datos.

—Nunca falto a mi palabra, y espero que no faltes a la tuya porque no ando con juegos, Diallo.

El fiscal me observa por más tiempo con seriedad y procura marcharse.
No pasa mucho tiempo cuando aparece Isabella. Al levantar la vista me encuentro con uno de mis seguridad detrás de ella procurando detenerla. Lo observo con la clara evidencia de equivocación y este asiente antes de marcharse, sabiendo que debe conseguir otro trabajo.

—No te he llamado. ¿Qué demonios haces aquí?

Se sienta en la misma silla donde estuvo sentado el fiscal y me determina con la mirada. Isabella no luce como esas mujeres locas y atrevidas, ella luce como una chica inofensiva, recatada, rígida. Lo he dicho muchas veces, pero vale la pena destacarlo.

—¿Cómo demonios llegas a mi sitio por tu cuenta?

—Porque no soy distraída, ni estúpida —contesta y no de la mala forma a pesar de que mi voz es dura—. Quiero saber los detalles de la extorsión al fiscal.

—No te interesan los detalles.

—Cassian tenemos un trato...

—¿En algún momento te he asegurado darte detalles de lo que hago?

—Trabajamos juntos en la salvación de Ethan.

Sigue siendo y luciendo tan impecable. No pierde esa postura recta, no alza la voz. Es como si la palabra «correcta» cobrara todo el sentido cuando se trata de ella.

—No le doy detalles a nadie de lo que hago, Isabella. Así que ahórrate preguntar. El fiscal trabajará y verás los resultados. Si no hay positivos se probará con algo más.

—Estoy pagando un precio alto por tu trabajo, Cassian, espero que entiendas que tampoco puedes hacer lo que te parezca...

—Siempre lo hago.

—No ahora, y no cuando estamos trabajando, cuando el trato se mantiene vigente.

—Ya que me recuerdas el trato, dime, ¿Qué novedades tiene la familia De Verse?

—Tu familia —recuerda.

—Tu familia, la familia de tu marido. Yo soy solo Cassian.

—No eres huérfano...

—Seguro que sí —la interrumpo—. Novedades de la familia.

—Quieren evitar a toda costa que su nuera se acerque a su hijo criminal —informa—. Tienen mucho miedo. Y sí, hay que tenerlo. Solo un encuentro contigo y he visitado un club prohibido, he utilizado cosas que no debo, he hecho cosas vergonzosas y he peleado con mi marido cuando nunca en la vida lo he hecho.

Un club prohibido. Solo ella con sus veintitantos años es capaz de llamar a un club del placer como prohibido. Ella podía ser así de reservada desde cría, pero Ethan y los padres han acrecentado más esa actitud.

—Dime, Isabella, ¿por qué llamas prohibido un club que solo busca explorar el placer?

—Porque las mujeres decentes no se deben exponer de esa manera...

Me quedo observándola admirado, pero no de la mejor manera. Hay tanta estupidez en tan pocas palabras. «Mujeres decentes». Seguro el que no asista a un club la hace decente. Menuda idiotez.

—Isabella hay tantas mujeres como tú qué se llenan la boca de decir que «son decentes» y hacen tantas cosas que no defienden su definición de decencia.

—No, yo ya no me puedo llenar la boca de decir que soy inocente, porque mi último acto dista muchísimo. Esas cosas que he hecho...

—Solo has llevado un vibrador a tu coño, Isabella. En el sexo se vale.

Mira hacia otro sitio mientras ese tono rojizo se apodera de sus mejillas. La vergüenza se la come viva y ella no sabe cómo sentarse ya de la incomodidad. Me sofoca que sea tan inocente y luzca tan pura, y a la maldita vez es un don lo que tiene que atrae a todo par de ojos que le pertenecen a canallas como yo.

—Silencio. Aún no sé lidiar con la vergüenza que me corroe.

—Compara la vergüenza con la picadura de un insecto a una piedra, es completamente superflua, Isabella.

—Sí, tal vez tengas razón y sea innecesaria, pero no puedo evitar sentirla. No me he criado sin padres, sin educación, sin nadie como tú, yo...

Se queda callada ella sola cuando parece comprender cada una de sus palabras. No tienen ningún peso en mí, el que me recuerde que he crecido sin padres, sin nadie porque es la verdad y la verdad no debería doler o molestar. ¿Educación? No, tampoco crecí poniéndola en práctica. Así que no tiene por qué recibir un castigo por ello, sin embargo, me mantengo estoico, haciendo que ella agrande su estado de incomodidad y vergüenza.

—Disculpa —se apresura en decir y pasa sus manos por su rostro como si estuviese cansada de todo—. Es la verdad, pero tampoco tendría que haberme referido a ti como si yo supiera sobre ello.

—Parece que lo sabes...

—Sé lo que sabemos todos, pero no sé cuánto te afecto o si aún lo hace. No debería hablar como si estuviese al tanto de todo. Lo siento. Ahora necesito tratar algo importante.

Isabella tiene la capacidad de estresarme y aliviarme por partes. No lo sé, joder, es complicado. Te lanza dardos y luego te cura. Sin ser consciente, lo hace.

—No quiero que Ethan y los padres se enteren que he hecho un pacto contigo como el que hice de cederte mucho poder... en mí. Un error grande, pero no quiero lidiar ahora con mis padres, los de Ethan y el propio Ethan. Es demasiado.

Esta mujer ha idealizado la felicidad, pero en el fondo carga con el peso de siempre ser perfecta por ellos cinco. Nadie puede ser feliz así, es jodidamente agotador.

—No hago nada gratis, Isabella.
Y no voy a ocultarlo. Ya lo dije, soy como soy con quién sea.

—¿Qué quieres a cambio de asegurar que solo han pedido una conversación con tu hermano?

—Para que sea valido debo conversar con tu marido...

—Efectivamente. Eres un criminal, pero inteligente.

Ignoro su último comentario y me concentro en lo que me interesa, los beneficios.

—Eso te sale caro, Isabella. Te recomiendo que pienses en otra cosa.

—Ya hablé con él y hemos discutido.

—Volverás a ese club conmigo y harás lo que te ordene.

Ella abre la boca sin poder evitarlo y niega al instante.

—Es el pago, Isabella. No hay otro. O lo tomas o lo dejas.

—Pero... No puedo. Me odiará. Se avergüenzarán de mí...

—Ya tienes un secreto, Isabella. Dos no hacen la diferencia.

—Si la hace...

—Has ocultado información una vez, por eso te castigarán. Dos no hace diferencia.

Se queda casi cinco minutos observando sus manos, dándole vueltas. Tiembla ligeramente como si tuviese miedo a dónde se está metiendo.

¿Qué le han hecho todos estos años? ¿No sé aburre de complacer todo el tiempo y comportarse como su alrededor espera y quiere?

—Listo.

—No es una respuesta, Isabella.

—Acepto, Cassian.

«Voy a disfrutar como se corrompe uno de los perfectos. Es mi único interés».

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