57. Cassian
Mierda. Esto se ha ido al carajo más rápido que un empleado de su trabajo el día de cobro. Ver a Isalea desmoronarse así me pone tenso. Yo he visto todo lo que ha batallado para mejorar su estado. Es una guerrera y sé que esto no la tumbará. Ya probó la cima, ahora no dejará que esa depresión la haga trizas. Si lo hace, volverá a tenernos a los dos y saldrá nuevamente.
—Isalea, dirígete con cuidado al auto negro que está a unos pasos y sube al asiento de piloto como si lo fueras a manejar tú —le ordeno.
—Tenme paciencia porque paso un poco de trabajo para caminar ahora.
—Aquí espero, tómate tu tiempo.
—Cassian, no desconectes el audífono. Tengo que saber.
—No lo haré —zanjo.
Espero el tiempo que Isalea necesita para llegar al auto. La sigo con la mirada a través de los cristales polarizados. Un hombre se le acerca y tomo la manilla de la puerta. Isalea niega con la cabeza en mi dirección.
—¿Estás bien? ¿Necesitas algo? Te puedo llevar a un hospital cerca...
—Gracias, solo fue una fatiga. Ya me voy a casa.
—Te puedo llevar —dice él extendiendo su mano e Isalea la toma.
—Llévame al auto, que yo voy por mi cuenta.
—¿Conducirás así?
—Lo he hecho otras veces —contesta ella.
—No lo traigas hasta el asiento de piloto porque aquí estoy yo. Déjalo en la acerca —le ordeno—. Pero tú si debes subir por este asiento.
Isalea hace exactamente lo que le digo. Tiene que lidiar otra batalla para decirle a él que la dejé ahí, pero parece después de otros tres minutos conseguirlo. Rodea el auto y abre la puerta para subirse. La ayudo a subir y sentarse encima de mí para pasarla al asiento de al lado. Observo por el retrovisor como el hombre se acercará a la puerta, así que arranco con ella encima hasta que me pierdo de ese puto parque.
Freno de pronto, moviéndola hasta que la dejo en el asiento de copiloto. Saco de mi bolsillo su medicina y se la entrego. Isalea la toma e inhala y exhala hasta que poco a poco va volviendo a su estado normal.
—Toma. —Le extiendo un iPad con alguna novela—. Distráete de vuelta a casa.
De esa forma su mente se relaja y yo me permito trazar una segunda parte.
—Hermana, ¿Estás bien?
—Lo estoy, hermanita. Poco a poco.
—Isabela el plan tiene una segunda parte.
Necesitábamos otro plan, y rápido. No podemos darnos el lujo de seguir dando vueltas como gallinas sin cabeza. La parte de investigar ha salido, después de todo, victoriosa. Ahora toca entrar, no solo a la tienda, sino al propio burdel. Está la opción de hacerse pasar por compradores, pero no nos daría suficiente para acceder hasta la última estancia. Meterse por las alcantarillas tampoco es una opción, al menos no sin equipo y un plano que no teníamos. Entonces se me ocurre: repartidor.
—Creo que la tienda tiene una puerta que da a la calle lateral. Intentemos hacernos pasar por repartidores.
—Hay que revisar qué servicios ellos solicitan. Eso lleva un trabajo más amplio. Suplantar a otros trabajadores, a otra empresa.
—Déjame llegar a una casa que he rentado cerca e investigo.
Dejo de hablar con Isabella, y paso hacia el garaje en el auto negro. Una vez encerrados bajo del auto y ayudo a Isalea. Parece estar mejor, así que solo la sigo esperando que ella vaya hacia donde desee. Se deja caer en un sofá y me atiende:
—¿Cómo seguimos? —pregunta.
—Tú vas a quedarte viendo novelas, Isalea. No te pondremos en riesgo otra vez.
—¿Sabes algo, Cassian? —cuestiona—. Yo podré haber mejorado saliendo de ese sitio y conviviendo contigo, pero si yo no enfrento ese sitio, a esa gente, siempre existirá en mí ese miedo que me puede rememorar automáticamente al estado en que viví durante años. Así que participaré contigo y con Isabella. Lo haremos los tres juntos. A los tres nos han destruido.
—Somos cuatro. Nos han perjudicado a cuatro —le corrijo.
—¿Quién es el cuarto?
Me puse a investigar, ignorando su pregunta. Hay una empresa que le entrega dulces semanales a la tienda. Esa empresa solo se encarga de suministrarle a ellos, así que jamás fallan. Intento acceder a la empresa y con los conocimientos que he tenido que estudiar y perfeccionar por años si quería de un mejor trabajo, procuro acceder a ellos. Envío a su cliente el anuncio de que han sufrido roturas y enviarán a tres de sus trabajadores de una empresa que los suplantará durante tres semanas. Envío currículums e información que me ha creado la misma aplicación.
Tres horas más perdemos en recibir la respuesta que imprimo. Tengo el acceso, ahora necesito que adentro no se compliquen los hechos.
Me pongo en marcha. Conseguir los uniformes ha sido más fácil. Con un par de billetes bien puestos en el lugar indicado, he conseguido las prendas que parecen sacadas de una puta película. El dinero lo resuelve todo, y antes de que pestañara tenía un camión de reparto a mi disposición. En cuestión lo pintaron y le pusieron el logo de una empresa fantasma que inventé sobre la marcha: Dulces Entregas. Un nombre irónico teniendo en cuenta que lo que llevaba eran tres armas de fuego y una puta bomba de humo que iba a despejar el camino.
Le doy las indicaciones a Isabella y me pongo en acción con Isalea, entregándole su uniforme y yendo a vestirme con el mío. Las gorras están exactas y la obligo a colocarse la suya cuando se recoge el cabello.
Tras pasar por Isabella le extiendo el uniforme.
—Cámbiate —demando.
—¿Aquí? ¿Delante de ti?
Sé que ha cambiado. Su cabello tiene un tono más claro y su piel es más bronceada. También le noto más caderas y más tetas. Está como una talla más. Sin embargo, aumente o no, yo ya la tuve desnuda muchas veces y sé de memoria lo que ella quiere esconder.
—Isabella, deja la maldita estupidez ahora. Ponte el uniforme. No tienes otro lugar para cambiarte.
—No es correcto.
—Isabella —interviene Isalea porque ya estamos a punto de alterarnos otra vez—. Cassian y yo no somos marido y mujer. Sé que estuvo contigo. No pongas esto más difícil, y cámbiate.
—No lo haré.
Y me hace perder la puta paciencia como solo ella consigue, a pesar de que ha pasado un año.
—Te vi desnuda más de una vez, te abrí las piernas, y te pasé la lengua desde la punta de los dedos de los pies hasta la mandíbula. ¿Me vas a decir ahora que te avergüenza desnudarte delante de mí? Dime qué cojones has comido en ese sitio que te ha vuelto así de idiota...
—Cassian —interviene en un grito Isalea—. ¿Podrían parar los dos de enfrentarse todo el puto tiempo? El fracaso no tiene que estar en el enemigo, puede empezar desde el mismo equipo. Me pondré de lado, Isabella, para cubrirte. Cámbiate de una vez.
Sigo conduciendo sin atenderla. No estoy para la maldita estupidez que carga ahora. Ayudaré a salvar a «su bestia» porque ese burdel, esa organización tiene que llegar a su fin, pero, después de eso, se ha acabado Isabella. No hay vuelta atrás con nada. Puedo notar que esto ya ha tenido fin hace mucho. Y yo siendo como soy pensando en volver a tenerla.
Menudo gilipollas me he vuelto.
Llegamos a la tienda y detengo el camión en la puerta que da a la calle lateral. Nos bajamos y me dirijo directamente a la seguridad.
—Buen día, tenemos un pedido grande de dulces para la tienda —le informo, mostrándole un recibo falso que he fabricado con el iPad. El tipo me mira de arriba abajo, dudando.
—¿Dulces Entregas? No esperaba un camión tan grande.
—Son muchos dulces, señor. Imagínese la cantidad de niños que quieren caramelos —le respondo. El tipo se rasca la barbilla y finalmente asiente moviéndose a un lado después de abrir la puerta—. Los vigilo de cerca.
Me extraña que no se disponga a revisar las cajas, pero no le dedico tiempo a pensar. Me acerco al camión tomando algunas cajas. Isabella e Isalea me siguen apoderándose ellas de otras. Al entrar, el ambiente cambia por completo. Ya no hay caramelos, ni peluches; hay pasillos oscuros, habitaciones con puertas cerradas y un silencio que hiela la sangre. Recuerdo este sitio a pesar de que han pasado muchos años. Se puede oler el miedo y la desesperación en el aire. El burdel estaba en pleno funcionamiento, y lo sabía. Dejo las cajas para tomar el arma.
—Procuren quitarse delante de mí, que yo no sé usar esta cosa y puedo provocar un accidente —susurra Isalea.
Avanzamos por el pasillo, buscando la puta sala donde se reunían o descansaban los jefes. Ellos estaban aquí y estaba completamente seguro de ello. No recuerdo que camino se toma, pero me han informado que «todo el tiempo al norte». De repente, las puertas se abren y un grupo de hombres armados nos rodea. Otra maldita vez que tenemos percances. Manda cojones. Estoy obstinado ya.
—¡Alto ahí! —grita uno de los tipos—. ¡No se muevan!
Isalea, la que antes decía no saber utilizar el arma dispara de pronto haciendo que me mueva. Lo intenta, otra vez, y esta vez sí le da a uno. Aprovecho para patear en las pelotas a quién tengo más cerca e Isabella le dispara a otro. Le disparo a los tres, desatando una ola de disparos que nos liberan del primer fracaso. Esto es el inicio de la carnicería.
—Al norte. Todo el puto tiempo al norte —demando.
Más hombres armados vendrán, y si no nos movemos con agilidad, tendrán tiempo de actuar. Isabella e Isalea van abriendo las habitaciones. Cinco crías se han encontrado con el cuerpo desnudo y la mirada perdida. Ellas las han sacado del sitio envolviéndolas con una sábana, trayéndolas con nosotros. Esto nos hace ir más lento, y tener desventajas, pero si no pude salvar a Isalea en aquel momento, espero salvar a las que estoy a tiempo.
—No tienen escapatoria —grita un hombre con una máscara en el rostro. No necesito verle el rostro, porque yo conozco esa voz—. Bajen las armas. Están acabados.
Isalea se prepara para disparar y agarro su mano.
—No.
—Malditos, que satisfacción tan grande me dará acabar con todos ustedes. Bandido, puta, y loca.
—¿Ethan? —pregunta Isabella—. No puedo creerlo, vida. Qué papelón te has jugado, macho.
—Por fin te vuelvo a ver, dulzura. ¿Estás lista para morir?
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