49. Cassian
Isabella se aleja y lo noto, sé que por dentro está hecha mierda, como aquel día que me la encontré en la playa. Le permito tener cinco minutos para ella, para que llore si lo necesita… ya la conozco y sé que lo necesita.
Doy unos pocos pasos al interior de la sala, encontrándome a una mujer con el cabello castaño como Isabella y la piel jodidamente blanca como si fuese porcelana. Tiene pestañas largas y labios bonitos, pero luce apagada, delgada, y triste. Me observa delante de ella, y por un instante sonríe. No sé qué hacer o qué decirle. Extiende su mano hacia mí y me pongo tenso, deseando que Isabella vuelva.
—Cassian —pronuncia en un susurro que entiendo perfectamente.
¿Cómo sabe mi nombre? ¿Isabella le ha contado algo?
—Hola —le devuelvo el saludo removiéndome en el sitio. No sé cómo tratar con ella.
—Rostro bonito.
Lo que me dice a continuación me deja de piedra. Hace muchísimos años cuando era un crío me encontré con una chica que me llamó así. No me dijo su nombre, ni siquiera quién era, pero en su saludo empleó exactamente esas dos palabras. A esa chica no podré olvidarla nunca porque fui parte —aunque yo también víctima—, del juego que le destrozó la vida.
No puede ser ella. No puede ser la hermana de Isabella. Con los músculos tensos, intento seguir su saludo para determinar si me conoce de hace tantos años o es coincidencia.
—Hola, rubia bella.
Sonríe otra vez y ¡joder! Me pongo peor.
—No soy rubia, ya te dije.
Mierda. Es ella la chica que utilizaron para destrozarme la vida, pero que terminaron destrozando la vida de ella.
—Señor, ha venido a ver con sus propios ojos cómo recibe los tratamientos adecuados.
La voz de la mujer que recibe una buena suma de dinero mensual por atenderla hace eco en mi oído y el cabreo sube más niveles. Me giro hacia ella con las ganas de hacer lo que no he hecho en mi vida, porque seré un maldito, pero jamás le he puesto las manos encima de esa forma a una mujer.
Años dominando toda la mierda de otros, y la mierda que me corresponde a mí, pues no la tengo toda recopilada. El cabreo que cargo se me nota en la rostro, en el cuerpo, en la forma de hablar, y hasta al mover la mano. No debería gritar en este sitio porque después de todo, no es mi intención traer otro mal para ella, pero ahora mismo no puedo ser diferente.
Me tomó cinco años recuperarme, trabajar, y encontrarla; doce años han sido el conteo que recuerdo de pagar para que recibiera los mejores medicamentos, los mejores cuidados, los mejores médicos. Nunca dejé de pagar, nunca lo pospuse. Nunca vine a visitarla porque no podía, pero me aseguré de que estuviera en un buen sitio, con las mejores atenciones.
A mí me dijeron que no tenía familia. Yo investigué, y el sistema lo corroboró, ella no tenía a nadie. Que maldita información fue la que me apareció.
Isabella aparece y nos encara a la enfermera y a mí. En vez de preguntar por qué demonios yo pago un tratamiento para su hermana, pregunta que cómo que he sido yo el que lo he pagado. En su rostro hay enojo y confusión, más no asombro. Si no aparece el asombro es porque ella sabe más que yo.
Me dirijo hacia la puerta y la cierro con seguro. Me acerco cabreado a las dos. La única que puede explicar este desmadre es la enfermera.
—¿Cómo que fue Cassian quién ha pagado su tratamiento? —grita—. Mi padre ha dicho que gasta mucho dinero en su sanación. No han venido ni una puta vez porque asegura que él ya paga para que la mejoren porque no es capaz de verla así.
Sus palabras hacen eco en la habitación, y parece dolida. Su padre es una porquería al igual que Eliam.
—Mírame, Isabella —rujo haciendo que las dos me observen a mí. Le mantengo la mirada a Isabella y ella no dice nada, solo espera a que le hable—. He pagado el tratamiento de ella por años. No ha sido tu padre, he sido yo.
Pasa las manos por su cabello y lo estruja con un movimiento.
—Te creo, joder, lo hago. Lo he hecho siempre. Maldita sea —grita y se agacha cruzando sus brazos sobre sus rodillas—. ¿Por qué confié en ellos en vez de saber más allá?
—¿No quieres saber cómo la conozco y por qué yo pago su tratamiento?
—Lo sé Cassian, has sido tú quién ha estado en ese cuarto con ella cuando eran unos críos ambos. Tú apenas mayor, ella con un año de diferencia.
Sus palabras me hacen tomarla por los brazos y ponerla de pie. Ella todo este tiempo ha sabido quién soy y es evidente que ama a su hermana. Toda esta historia, sea lo que sea que he tenido con ella ha sido una puta... ¿venganza? ¿Una jugada? No puede ser que alguien como yo caiga en esto.
—Mírame —rujo—. Has estado conmigo sabiendo todo esto. ¿Cómo cojones se llama la historia? Venganza.
—No, imbécil, se llama: Enamorarse del hombre prohibido —grita y se suelta de mi agarre para caminar varios pasos.
—¿Enamorarse, Isabella? Amas a tu hermana. Yo estuve en un cuarto con tu hermana hace unos malditos años donde otros aseguraron que la violé. ¿Cómo demonios dices que me tienes amor y no odio? —Mi voz es tan alta que retumba en la habitación.
—Porque no la tocaste de manera forzada. No lo hiciste. Si lo hubieses hecho te habría hecho pedazos —grita ella desde su posición.
La hermana de Isabella empieza a hacer ruido. Se mueve mucho sobre la cama y pasa trabajo para respirar. Parece otro ataque de esos y esta vez, hemos sido Isabella y yo los culpables.
Isabella corre hacia su sitio arrodillándose frente a ella e intentando tomar su mano. No sé cómo hacer qué se mejore, pero un impulso me hace acercarme yo también.
—Hermanita, todo está bien. Yo estoy aquí contigo —susurra Isabella para ella—. Mírame, hermana. Inhala. Exhala.
Deja de moverse, pero aún se nota perdida. Isabella sigue hablando para ella, intentando traerla de vuelta. Su mirada se encuentra en un punto al aire. Yo no sé qué hacer en esos casos. Procuro ubicarme hacia donde se dirige su mirada. Por dentro soy un desastre hoy porque yo he dejado entrar a Isabella y ahora hay mucha mierda detrás que afecta.
—Rubia bella —la llamo. Me observa por muchos segundos y finalmente dice:
—Cassian, rostro bonito.
Isabella me observa y yo la observo a ella. Una lágrima resbala por su mejilla y se voltea para besar la frente de su hermana. Le sigue hablando y ella parece volver a estar tranquila. Han pasado años, ¿cómo puede reconocerme?
—¿Te agrada Cassian? — pregunta Isabella y ella asiente.
—¿Y yo? —sigue.
—Te amo —habla con voz débil—. A él también.
Isabella vuelve a mirarme y yo a ella. No puedo entender esto. No le hice daño, pero convivimos muy poco para que ella asegure amarme. Me voy a volver loco hoy.
—¿En serio? —cuestiona Isabella—. ¿No es malo?
Ella niega de inmediato e Isabella presta atención a todo lo que hace. Pasa las manos por su cabello y vuelve a besarla.
—Te noto mejor, hermana. ¿Te gusta que Cassian esté aquí?
Asiente y yo sigo mirando esa escena sin poder ni siquiera moverme.
—Tú. También —le dice—. ¿Me peinas?
Isabella se separa de su hermana, acercándose a la enfermera.
—Busquemos el cepillo para arreglarle el cabello —ordena con frialdad. Parece como si tuviese otra personalidad oculta. Se gira hacia mí de pronto—. Cuídala.
Isabella me tiene que explicar mucho. ¿Qué información domina? ¿Cómo me deja a cargo por un tiempo a su hermana cuando tengo que ver con lo que vivió hace muchos años?
—Rostro bonito —me llama y extiende su mano para que me acerque. Lo hago aún tenso. Aún cerca ella no baja su mano y yo entiendo que quiere que la tome, pero me limito mucho. Después de lo que viví aquel día, no puedo tocarla ahora—. No tengas miedo. No te haré daño —repite mis mismas palabras en aquel momento y me pongo peor. Estoy jodido y solo quiero perderme de este hospital, de esta ciudad, y del maldito mundo. Siempre sé que hacer, hoy no.
—Los malos me lastimaron —comenta y empieza a llorar—. Esperaron a que durmieras.
Tiro de la silla que queda a mi izquierda y me siento a su lado. Me deja la mano extendida y yo, con mil demonios jodiéndome la cabeza, la tomo. Me aprieta con fuerza y yo me siento como la mierda porque «ellos terminaron jodiendo a quiénes menos se lo merecían por nuestra culpa»
—Ya pasó —le digo—. No volverán. Te protegeremos.
—Él —dice y parece volver a alterarse—. Me dolió porque lo quería.
Solo necesito que diga su nombre. Años buscando las pruebas. Sé quiénes son, pero no tengo pruebas. No las he podido reunir. Irónico que yo lo sepa todo, y lo que me concierne a mí, escape tan fácilmente de mis manos.
—Él. Él. No recuerdo su nombre —dice—. Lo quería.
—¿Cómo es él?
—Castaño. Un poco obeso.
—¿Qué más?
Ella se remueve en el sitio y la respiración empieza a tornarse irregular.
—Inhala. Exhala —repito lo mismo que Isabella—. Ahora estás a salvo, rubia bella.
—No soy rubia —repite y sonríe.
—Pero sí bella.
Ella sonríe otra vez y suspiro aliviado cuando parece no tener otro ataque. Yo no sé cómo lidiar con esto. Soy un tipo bruto.
—Casarte —dice posando su otra mano encima de la mía—. Conmigo.
Mierda. Me pongo más tenso aún y quito mi mano. Esto se está saliendo de control. ¿Cómo pasé de estar en la puta playa con Isabella a estar en una clínica de rehabilitación con su hermana queriendo casarse conmigo?
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