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💀Capítulo 4

Una rosa, sinónimo de pasión, hermosura... perfección; aspectos que van distorsionando con diligencia, una realidad inmiscuida en sus letales espinas. Todo es perfecto, hasta descubrir que, tras ello, se oculta el temor por un insaciable descontrol.

Tiempo atrás

La luna, fiel testigo de las melancólicas miradas, sinceras declaraciones e inhumanas agonías. Luces antiniebla, eran auxiliares a la iluminación, permitiendo que la añosa patrulla transitara por las calles durante las dos de la madrugada. El oficial emitía múltiples temblores debido al gélido ambiente de árboles rodeando cada curva, incluyendo el temor que le despertaba conducir por tan desolado camino.

Odiaría al comisario por imponer la tarea de viajar durante horas para enviar un comunicado escrito a la comisaría, justo al otro extremo. Quizás era una prueba, o simplemente su jefe sería un ignorante tecnológico al no comprender cómo enviar un email.

Cavilando en todos los insultos, una desalineada silueta provocó que pisara el freno sin previo aviso, instando al chirrido de los neumáticos para evitar chocar con la figura que, ahora, gracias a la luz de sus neblineros, distinguía que se trataba de una indigente.

Una mujer, con el cabello muy mal recortado, un camisón gris ensangrentado en toda su extensión, sus descalzos pies que ostentaban las profundas mordeduras de lo que, sería una jauría de muchos perros alterados; pero lo más alarmante, era que esta pobre alma, sostenía entre los brazos a una manta, igual de impregnada en sangre.

El atónito oficial, creía que tal escena era producto de la imaginación tan nutrida con películas de terror. Algún fantasma se estaba aprovechando de su soledad para asesinarlo de una forma bastante patética para un hombre entrenado, pero a pesar de ello, el sentido de justicia y protección, golpeaba sus sentidos, motivándolo a salir rápidamente del auto hasta encarar a la mujer.

No tenía nada para perder, nadie lo salvaría de morir, pero al menos, lo haría laborando.

—Por favor, le suplico que me ayude. Usted es un oficial, se lo ruego. Sáquenme de acá, por lo que más quiera. —Las súplicas de aquella desconocida se emitieron tan pronto el oficial se acercó.

Desesperación percibía desde sus oscuros iris. Su rostro agrietado clamaba por ayuda de quien fuese, notándose que dicha manta, dejaba a la vista el rostro de un bebé igual de dañado, y, sin embargo, dormía plácidamente en esos brazos tan delgados.

El oficial se pasmó ante ello, asintiendo automáticamente hasta abrir la puerta del auto para incluir a sus extraños acompañantes. Antes de ingresar a su asiento, observó una estrecha vereda que perdía su rumbo por la oscuridad que la cubría. Posiblemente, aquella mujer había salido de ese lugar, era algo que descubriría al trasladar a sus civiles a un lugar que les resultase seguro y donde recibieran ayuda inmediata.

Dentro del auto, emprendió nuevamente su rumbo, acelerando debido al nerviosismo que le provocaba la situación en la que metió sus narices, inconscientemente. Se apresuró a tomar su radio, decidido a encargar a alguno de sus compañeros, la misión de colarse en aquel lugar para recabar todos los detalles. Ni siquiera era consciente de lo que sucedía, ¿era real? Un escalofrío recorrió su columna, ¿por qué actuó de forma tan precipitada?

—Se-señorita, necesito que me informe un poco. Quizás no esté preparada para brindarme todos los detalles, pero debo enviar a mis compañeros para averiguar de esto, y usted tendrá que confirmarme quién es, de dónde viene y cómo puedo ayudarla exactamente, puede confiar en mí. La escucharé mientras nos dirigimos al hospital más cercano del camino —propuso con voz temblorosa.

Notó que aquella extraña era totalmente consciente, normal, si se excluían los daños físicos que eran señal de un martirio inhumano. Un novato torpe, eso era. No creía que fuesen las preguntas adecuadas y mucho menos el momento, pero se encontraba tan nervioso, que conseguir la mínima información, se trazaba como meta en ese instante.

—No envíe a nadie. Ellos se habrán marchado ya o sus compañeros no saldrán con vida si ingresan. ¿Sería mucho pedir que guarde esto para usted? Tenga en mente que salvó mi propia vida y la de este niño. Se lo suplico.

Aquellas vocalizaciones transmitían una mezcla de desesperación con seguridad. Confundía al desorientado oficial, quien realmente se preguntaba qué debía hacer, llevándolo a intentos por ganar confianza con preguntas triviales, quizás empezó muy directo, debía ser sutil.

—Comprendo, señorita... —Mantuvo una pausa para indagar su nombre. Sí, sería desde cero.

—Soy Lu, y él es... Zeru —recalcó la fémina, apartado la vista para enfocarse en la negrura del ambiente fuera del cristal de la ventana, despertando más la curiosidad del hombre.

—Buena elección de nombre para su hijo. —alagó. Su tonalidad se tornaba más común, evitando que esta se quebrara por el temor de fingir una conversación normal con aquella joven.

—No es mi hijo, en realidad, pero a partir de hoy se quedará conmigo. Yo lo cuidaré, lo protegeré... Pensándolo bien, sí es mi hijo, ¿oficial?

Cada vez aumentaba la inseguridad de si realizaba lo correcto, no podría confiar, pero no tenía muchas opciones, al menos no hasta contar con el apoyo de sus compañeros. No había forma de que él ocultara información tan inquietante, nada lo haría desistir, al parecer.

—Oficial Bastian. No tiene por qué preocuparse, estarán bien.

• • • • • • •

El importuno polvo se impregnaba en las prendas de Zeru y sus acompañantes. No fue una buena idea caminar desde el pueblo hacia el zoológico, especialmente cuando un ardiente sol de verano se mantenía constante para provocar ardores al incidir sobre la piel descubierta de sus víctimas sin bloqueador UV y la carencia de sombra de arbustos.

Una semana transcurrió hasta esa mañana tan prometedora. Jeremy se apersonó en su hogar para trasladarlos en auto hasta el pueblo, pero decidieron que ir a pie, sería una travesía mucho más significativa que simplemente conducir sin disfrutar de la poca distancia hacia su destino final.

Zeru lo empezaba a notar, aquello que le fascinaba, de repente lo percibía aburrido; lo cómico era absurdo, lo particular era común, la felicidad era insignificante, las noches continuas de llorar, ahora le parecían tan patéticas; las sonrisas... simplemente ridículas. Sus acciones transmutaron a mecanizadas en totalidad, limitándose a hacer o afirmar todo lo necesario con el objetivo de no recibir más daño.

Con el transcurrir de unos minutos, los tres familiares se encontraron frente a dos flechas de madera podrida; una, señalando hacia un desvío izquierdo para dirigirse al zoológico, y la otra, llevando un rumbo rectilíneo con dirección a un amplio camino que perdía su destino por el trayecto que se divisaba.

Automáticamente, los dos adultos giraron con la meta del zoo, más el joven, no podía apartar la mirada de la otra indicación, aflorando gran intriga por escabullirse hacia ese lugar.

—No es muy interesante, allá solo encontrarás la escuela de arte. Usualmente, ese camino es muy concurrido por sus visitantes, pero estará cerrada por algún tiempo, ¿por qué crees que tengo tantos días para disfrutar contigo? —declaró Lu al percatarse del interés de su hijo por ese rumbo, entrelazando un brazo en el de Zeru para impulsarlo a continuar con el poco trayecto restante.

—Zeru, sería excelente que te interese algo como turismo o una carrera científica, no lo sé, algo más genial que bellas artes. —Ahora su tío se unía a la conversación, absorbiéndolo completamente de su imaginación.

¿Un futuro? Algo que tanto añoraba como un posible astronauta, policía o veterinario, sin embargo, empezaba a idealizar que todo ello era tan vano. Incierto, así que, una insignificante profesión de vida, no resaltaría como prioridad, daba realmente lo mismo, ni siquiera sabía si deseaba vivir tanto tiempo como para trazar objetivos.

Asintió varias veces antes de continuar, exhibiendo estar de acuerdo con sus mayores, al tiempo que encubría parte del rostro bajo la capucha de la sudadera azul, a lo cual sus espectadores únicamente ofrecieron una plácida sonrisa.

Con unos pasos más, se apersonaron frente a un enorme marco de entrada, en el cual encontraron una pequeña caseta para saldar el precio de entrada de cada uno, ingresando, posteriormente, para incluirse en un amplio lugar, abundante en múltiples veredas de cemento rotuladas en partes de su trayecto para evitar perderse en los inmensos desvíos hacia la pequeña estancia de diversos animales.

Con la ayuda de un pequeño mapa que le fue brindado a Jeremy, luego de cancelar las entradas, pudieron tener una visión general, dejando la decisión en el menor.

—¿A dónde quieres ir primero? ¿Con los pingüinos? Es una suerte que este lugar sea más popular, avanzamos, ¿no? Quién diría que contaríamos con presupuesto para recrear al menos un poco el ambiente de animales tan particulares —expuso Jeremy, cediéndole el mapa a su cuñada.

—Sí, me gustaría ir allí. —Quizás el disfrutar de la vista de inocentes animales, también privados de su libertad, le daría un poco de consuelo, ellos comprenderían lo sofocante que es cada día, el simplemente sobrevivir para evitar no ser perdonado por Dios al odiar la vida misma.

Recorrieron el verdoso espacio que, a diferencia del resto, lucía bastante boscoso, con sutiles charcos de agua durante todo el recorrido. Antes de continuar, encontraron una breve entrada en la que podían apoyarse sobre un muro de concreto, mismo que separaba a los observadores de un fondo más bajo, en el cual se encontraba una laguna en la orilla y luego de esta, un corto espacio de tierra sobre la cual reposaban serenos cocodrilos, aparentemente.

—Observemos un momento acá, antes de continuar —planteó su tío, recostando ambos brazos sobre el muro.

Sus dos acompañantes, imitaron la misma acción, apreciando la paz que transmitía el ver aquellos animales. Zeru, apreciaba el disfrutar un rato "normal"; por un momento, el tiempo parecía detenerse, allí su vida no era tan aterradora.

—Jeremy, entiendo muy bien que quisieras visitarnos. Creo que lo he dicho mucho, pero aún nos duele el abandono de tu hermano, así que es lindo tu apoyo. Nos gustaría que te quedes todo el tiempo que desees, incluso permanentemente —manifestó la pelinegra, continuando con sus entonaciones—: Aunque... Realmente no comprendo por qué te fuiste hace años, se supone que vivirías con nosotros. ¿Pasó algo en ese entonces?

De repente, aquel contexto tan cálido, se dispersó como toda perfección fugaz, suscitando un tenso momento. El rostro de Jeremy palideció, realizando tragos gruesos, algo que permitía que Lu sonriera internamente, sumamente satisfecha ante el resultado.

El castaño aún recordaba cómo fueron las súplicas hacia Bastian para abandonar ese lugar; era apenas un adolescente cuando insistió en mudarse con su hermano, pero al suceder todo lo que aún lo atormentaba en los sueños y notar la negativa de su mayor en dejar dicho terror, también se separó de él, dedicándose a despilfarrar el dinero que Bastian le enviaba, y al notar que hacía meses su cuenta bancaria no era satisfecha, tomó la decisión de averiguar directamente lo que sucedía.

No importando si regresaba a donde nunca pensó.

Un hipócrita, ambicioso en todos los sentidos, irresponsable, eso era. Algo que Lu sabía perfectamente, por ello estaba tan confiada en que jamás intentaría persuadir a Zeru de ir con él, o al menos no lo diría en serio.

—¿Qué les parece un algodón de azúcar? Venimos a divertirnos, luego hablamos de cosas aburridas, ¿si? —Los nervios lo traicionarían, así que evadir el tema era lo mejor; igualmente, pensaba abandonar ese horrible lugar al día siguiente, ignorando que se preguntaran la razón.

Era simple, ese pueblo le traía recuerdos que prefería enterrar, tampoco se anclaría a vivir allí cuando deseaba continuar disfrutando de viajes.

El joven, de cabello cordobán, ignoró dicha conversación, realmente no le interesaba. Así que, al ver a Jeremy alejarse, se alzó un poco hasta poder sentarse sobre la orilla del muro, algo peligroso, pero con una vista muy completa a los cocodrilos.

—Debes tener cuidado, niño, podrías caer directo al agua. —Una tonalidad grave llamó la atención de Zeru, quien volteó por instinto para enfocar a un hombre de tez canela, alto y con varios tatuajes que bajaban desde el cuello, cubriendo ambos brazos; vestía el uniforme de los trabajadores del zoológico—. Es una pena, ¿no crees?

—¡Pietro, qué sorpresa encontrarte acá! —exclamó Lu, interrumpiendo la breve charla al apresurarse en plantar un amigable beso en la mejilla del moreno, quien correspondió igualmente—. Él es Zeru, mi bebé, venimos con su tío. Pero dime, ¿ahora trabajas por aquí?

El hombre irradiaba una expresión de pocos amigos, muy serio, pero se volvía notorio que al hablar, se trataba de alguien bastante amigable, añadiendo la enorme sonrisa al entablar una conversación con Lu.

El niño se centraba, de nuevo, en la vista hacia los animales. En su esperanza, ya no era una meta el encontrar a alguien confiable para contar todo lo sucedido, y quizás estuviese en un error, pero culpaba como nunca a su padre, incluso más que a su verdugo.

—Sí, bueno, tú sabes, debemos continuar con nuestra vida y realmente me gusta este nuevo trabajo, es... ¿Entretenido? —Unas sutiles sonrisas fueron intercambiadas—. Pero no los distraigo más, justo estoy a punto de alimentar a los cocodrilos. Tu hijo podrá verlo en primera fila; eligieron un buen día, no suele haber más que trabajadores por las mañanas.

—¡Oh, perfecto! Te veo luego. —Ambos conocidos se despidieron con breves sonrisas, quizás con el deseo de charlar un poco más.

No transcurrieron muchos minutos para que el hombre se trasladara hacia el portón de rejas que lo separaba del hogar de los cocodrilos, luego de bajar varios escalones, quedando a la vista de la pelinegra y su hijo.

Con una vara de metal, Pietro ingresaba trozos de carne entre los espacios, alborotando a los animales color verde musgo, quienes incluso batallaban entre sí para conseguir su alimento.

—¿Ahora lo notas, cariño? —resopló Lu, colocándose justo a la espalda de Zeru, rompiendo la distancia hasta que la calidez de su aliento chocara contra la piel del menor—. Por si creías que tu adorable tío deseaba visitarte, puedes bajar de esa nube, él solo veía a tu padre como su chequera, ¿crees que él te ayudaría si te fueras de mi lado? También notaste a todas las personas que me saludan en el camino, incluyendo a Pietro, él era mi pareja de baile, me sorprende que no lo reconozcas; pero al final, soy lo único que tienes. No imagino todo lo malo que te harían o a dónde te enviarían si se enteran de lo que hiciste.

Aquellas suposiciones ni siquiera le removían un poco de temor, no cuando esa mujer afirmaba cuidarlo, así que se mantendría con ella, y aunque ahora no lo notara, cada palabra se clavaba profundamente en su mente, el no ser relevante para nadie.

La atención de Zeru estaba perdida en los animales; anhelaba romper en llanto, pero qué tan roto estaba, seguramente lo suficiente como para no emitir una sola lágrima a pesar de intentarlo.

»No me escuchas. Pero no te culpo, ver a esos inútiles animales parece interesante. ¿Qué tal si puedes apreciarlos más de cerca?

Dicho susurro, se pausó por la sensación de ser empujado hacia el fondo.

Un dolor sordo se transmitió desde sus talones al tocar el agua, recorriendo un escalofrío conforme su cuerpo se sumergía en la profundidad de la laguna, todo fue tan rápido. El miedo y lo helado del agua, bloqueaban los impulsos para nadar hacia la orilla, esforzándose a tal punto, que chapoteos ingresaban por sus fosas nasales, dejando ardor en su paso, hasta por fin aferrarse a la tierra, incluso desgarrando trozos de sus uñas por la desesperación al salir.

El castañeo de sus dientes acompañaba a temblores que provocaban una carrera torpe, cayendo en varias ocasiones en su intento por huir sobre la grama, sin que los cocodrilos notasen su presencia.

Juraría recorrer una maratón de kilómetros, cayendo sobre sus rodillas justo al frente del lugar en donde los animales devoraban la carne, añadiendo que, sus prendas pesaban al empaparse con el agua. El terror se apoderó de él, permaneciendo paralizado, quizás esperando una muerte muy dolorosa.

—Levántate. No hagas ningún ruido, camina apoyándote totalmente en mí, sin realizar el mínimo movimiento rápido, ¿comprendes, niño? —No se percató de la llegada de Pietro, quien colocó uno de sus musculosos brazos rodeando su pequeña cintura.

Varios trabajadores, vestidos con el uniforme beige, se apresuraron hasta acumularse delante de ambos, tomando algunas varas para amenazar a los reptiles si estos intentaban atacar. Los dos salieron rápidamente por el portón de rejas, seguidos por el resto de "rescatistas".

—Gracias, chicos. Fue un excelente trabajo, les debo la vida —comentó Pietro, brindando múltiples abrazos breves a cada uno de sus compañeros, quienes lanzaban miradas de desaprobación hacia Zeru; era un hecho que lo veían como un insoportable muchacho que no obedece a las advertencias de sus mayores.

Todos los hombres suspiraban de alivio, masajeando su pecho al librarse de una posible tragedia.

—Hablaremos con la madre. Creo que deberías charlar con el chico un momento, también comprobar que está bien —propuso un hombre mayor, indicándole a los demás que saliesen del pequeño espacio que abundaba en varas y baldes de carne.

Zeru permanecía cabizbajo, dejando que su cabello desprendiese las gotas de agua. El miedo de perder la vida provocaba que sus músculos se tensaran, ya nada le sorprendía, pero no era ajeno a sentir dolor al saber que situaciones mucho peores podrían esperarle. ¿Estaba dispuesto a vivir de esa forma?

—No pareces el tipo de chicos que son un dolor de cabeza. Así que dime, ¿simplemente resbalaste? —La vista del moreno se posó con rapidez en el antebrazo de Zeru, dado que la sudadera dejó al descubierto gran parte de piel, sobre la cual se encontraban las profundas cortaduras. Tensó fuertemente su mandíbula—. ¿Qué mierda tienes escrito en el antebrazo? ¿Qué te sucedió? Déjame ver.

El de iris aguamarinas desplazó la manga para cubrir la cicatriz, masajeando sus palmas entre sí. ¿Qué se supone que le diría? Añadiendo que aquel hombre dibujaba una expresión demandante y fría. Inhaló con cierta profundidad para procurar articular excusas.

—Yo-yo lo hice, también caí desde arriba por accidente. —Mutismo se hizo presente en el pequeño espacio—. ¿Puedo retirarme ya? No me duele alguna parte del cuerpo, me siento bien, quiero ir con mi mamá.

No confiaba en ese tipo, quizás demostraba preocupación por su salud, pero realmente una idea invadía poco a poco los pensamientos del niño; que incluso sus más sinceras palabras, serían muy bien transformadas por Lu al punto de ser odiado por todos los demás.

Ni siquiera recordaba lo que sucedió con su padre, cómo afirmar algo de lo que no era consciente.

—Te hice una pregunta al encontrarnos anteriormente. Dije que era una pena, una verdadera pena el ser esclavo de tu propio martirio, porque eso noté al verte, niño. Pero ahora realmente me pregunto si ese martirio le pertenece a alguien más y pretende arrastrarte en su mierda. —Aquellas vocalizaciones dejaron perplejo al menor, con un colosal nudo en la garganta—. No creo lo que dijiste. Preferiría hablar con tu padre. Claro, si estuviera vivo, ¿estoy en lo correcto?

El nerviosismo acrecía en el joven, mordisqueando sus labios en repetidas ocasiones hasta lastimarlos. El percibir tales palabras acerca de su padre, despertaba un enorme coraje y mezclas de impotencia, confundiendo aún más lo que sucedió ese día.

»Los monstruos nacen y se hacen. Ten en mente esto, niño.

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