
I
El Paraíso y algo más...
— Adrien. —Habló mi padre sacándome de mis cavilaciones. —Ésta vez quiero un buen comportamiento jovencito. —Me miró con severidad.
Yo me limité a asentir, él bien sabe que soy de pocas palabras. Prefiero ahorrarme la incomodidad que puedo provocar en las personas, y todo por "mi imagen y reputación".
Salimos de la limosina y dos guardias fornidos nos escoltaron hasta la entrada del asilo.
Hoy era día de entregarle una pequeña porción de nuestro dinero a los necesitados. Esta vez, era un asilo de ancianos. No entiendo, podría ser más útil darle ese dinero a una funeraria, pero ¿Un asilo de ancianos? Pff, mera publicidad.
Y sí, como era de esperarse, la prensa no tardó en llegar.
" Los Agreste, padre e hijo, que están entre los 10 más ricos del mundo, entregan dinero a pobre ancianos olvidados" ; ya puedo imaginarmelo en las revistas.
Trate de poner mi mejor sonrisa cuando las ancianitas me abrazaban. No puedo ser descortés, aunque me irriten. No soy la persona más paciente del mundo, y la verdad, no me interesa, solo lo hago por seguir recibiendo fama y adoración, si las sigo obteniendo, a mí me siguen pagando.
Bien. Acabamos. No más ancianos con olor a jabón, no más "chico lindo", no más "sonríe para las cámaras".
~•~
— ¿Hoy toca ir? — pregunté una vez me fijé en el aeropuerto donde iba a aterrizar nuestro yet privado.
— Hoy toca ir.— contestó Gabriel Agreste, mi padre, sin mirarme, solo viendo la pantalla de su tableta. — Diviértete hijo, te lo has ganado.
Yo solo pude soltar una ligera risa, aún mirando por la ventanilla.
Diversión. Todo ahí era como un despiadado parque de diversiones para adultos sádicos y pecadores.
Las Vegas " La ciudad del pecado" es un cielo comparado con el lugar a donde nos dirigimos.
Este lugar, oculto en un sector secreto, como el área 51, sin vista para los radares o mapas vistos desde vía satelital. Este lugar se encontraba en Alemania, escondido entre las tinieblas.
Con un aeropuerto que se encontraba a 10 km del edificio que cuenta con 30 pisos, como un hotel, de forma cuadrangular, solo que cada piso era una habitación entera; con muros anchos de concreto que impedían el paso del ruido; y en lo más alto de la torre, era donde ocurría lo verdaderamente... Increíble.
Llegamos, el chófer nos abrió la puerta de la limo y el portero con una mascara blanca, la de la entrada principal.
Mi padre me contó, además, que el edificio estaba complementado con oro, plata como pequeños adornos en las perillas, seguros y demás; y mármol en el suelo, paredes forradas de terciopelo color negro y vino. Es tan viejo, pero no pierde nunca la elegancia.
Dentro, había esculturas carísimas de cristal, yeso, otras bañadas en oro, con incrustaciones de diamantes, jade y obsidiana; armaduras de todas las eras con armas de todas las regiones antiguas y en cuanto entras, tu sentido del olfato capta un olor casi indescriptible que te acalora y hace tu corazón bombear. Exquisito.
Un elevador amplio que nos lleva hasta arriba, nuestro destino.
— ¡Ah! ¡Pero si son los Agreste! Ya creíamos que no vendrían.— nos saludo con entusiasmo el presidente de los Estados Unidos. Abrazo a mi padre y después a mí.
— Jamás faltamos, Señor Presidente.— contestó mi padre con una sonrisa.
— Bien ahora que estás aquí, quisiera hablarte de algo...— abrazó a mi padre por los hombros y se lo llevó lejos de mi.
Una de nuestras sirvientas pasó con una bandeja de plata, en las cuales venían copas del más fino vino francés. Tomé uno mientras miraba a mí alrededor.
Tan solo yo era el más joven de todos, a mis 25 años, era de las personas más ricas del planeta.
No me subestimen, digo si vamos a poner escalas:
Primero están los millonarios, seguido de los billonarios, después multimillonarios y hasta la cima de la pirámide... Estamos nosotros, todos los que nos encontramos aquí, justo ahora, en este edificio.
Visualizo todo a mi alrededor.
Aquellos que pasan desapercibidos por las masas, riendo mientras beben, fuman, y excitan sus sentidos de la forma más obscena posible; sentados en muebles caros que nadie más tiene y jamás va a obtener. Observó cómo se complacen los placeres prohibidos ante los ojos de quien aún tiene pudor.
Cómo se divierten al tocar a los sirvientes, hombres y mujeres desnudos que tan solo usan calzado para no lastimarse mientras andan de un lugar a otro, esclavizados.
Pero no sé sientan mal, estos siervos están aquí bajo su propia voluntad. Firman un contrato donde juran guardar silencio, sino, son torturados y asesinados; no son tan diferentes a sus amos, porque buscan la riqueza, buscan el sádico placer y que se les pague con descarados lujos.
Y ni hablar de las que bailan y se dejan tocar por todos los de aquí; sucias casquibanas que sólo están por mero interés, su piel es como de plástico ya que no les importa que un viejo hombre, o mujer, las toque con indecencia. Ellos solo buscan el premio.
Me senté en uno de esos sillones rojizos entre el primer ministro de Inglaterra y una actriz algo vieja, observando el escenario principal, donde una pelirroja bailaba sobre una silla negra, tocándose, mostrándose sin pena alguna.
Tomé de mi vino y me dejé deleitar.
— Hola querido.— escuché un sensual ronroneo en mi odio, mientras esas majestuosas manos se metían entre mis ropas.— ¿Quieres lo de siempre?— me preguntó.
— Tú sabes lo que me gusta, nena.— me recosté cerrando mis párpados.
Ella siguió besándome, tocándome, desvistiendo las partes esenciales para satisfacerme.
Aquí no importa lo que hagas. Solo tienes que disfrutar.
— Esto es el mismo paraíso.— escuché decir a Bush una vez.
— Es lo que nosotros merecemos —dijo la presidenta de la OMS.
Todo esto es gracioso e irónico. Una sátira que pareciese haber sido escrita por Dante si conociera todo lo que aconteció después de su muerte.
Aquí es donde mostramos quien realmente somos, sin necesidad de compartir con toda esa gente que prácticamente controlamos.
Bueno, está bien, todos ellos controlan.
Yo solo soy un observador.
Pero esto no es todo lo que hacemos. La noche es joven.
~•~
Varios días después decidí viajar a París, Francia, mi hogar natal. Me gusta la ciudad, y a veces aunque no lo admito con mi padre y demás, me gusta mezclarme y conocer a la gente del mundo bajo. Es entretenido.
Este semestre no estaban tan atareado como en otros tiempos, por lo que podría disfrutar de mis gustos culposos.
"Culposos" ante la gente que está a mi nivel.
Mientras caminaba por las calles tan concentrado en mis pensamientos, alguien chocó conmigo.
— Oh, cómo lo siento ¿Estás bien?— la mire bien, era una chica de cabellos azabaches y ojos azules. Había que admitir y admirar dicha belleza, pero que torpe.
— Fíjate por donde vas y deja de ser tan torpe.— si es hermosa, pero conozco a muchas chicas hermosas y las tengo como mis perras. ¿Por qué a ella la he de tratar bien?
La chica fruncir el ceño.— ¿Torpe? Si el idiota que chocó fuiste tú.
—¿A sí? ¿Entonces por qué la disculpa?
La estudie en cuanto hice la pregunta, pero algo me sorprendió. No hubo rastro de duda, arrepentimiento o inmadurez.
— Porque quería ser amable, pero contigo veo que no vale la pena.— se giró y se fue en la misma dirección.
Bufé. ¿Cómo se atreve? Si supiera quien soy, se arrodillaria y me pediría lo que fuese. Dinero, sexo, poder. Todas las personas son iguales.
Pero en mi camino me detuve cierto lapso. Mire hacia donde ella iba. Algo en mi interior me hacía sentir extraño. Una extraña atracción hacia esa mujer.
La seguí. Se adentró en un café, me limité a mirar por la ventana y algo me hizo sentir... No lo sé, pero verla era gracioso en el sentido que ella era extraña.
Vi a todos con sus teléfonos, tablets y laptops, muy entretenidos haciéndose los intelectuales. Pero ella, ella no, esa chica estaba leyendo un libro en físico. Le trajeron un café y una rebanada de pastel.
Me invadió la curiosidad al verle. Hacia gestos y sonreía de vez en cuando.
Entonces, me percaté de lo ridículo que me estaba volviendo. Yo ahí, espiando a una joven que se veía aburrida y cursi.
Nada de lo que es mi interés.
Me aleje del local, nada de esto tiene por qué interesarme.
★★★
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