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Los baños públicos son un sitio peligroso, me dijeron. No entres ahí, me dijeron.
Pero ganas son ganas.
Era el primer día de clases de mi primer semestre en preparatoria. Ya había tenido unas cuantas clases y si no mal recuerdo, estaba en el segundo receso del día.
El caso es que para ese hora el baño era un hervidero de niñas. Algunas ni siquiera entraban a los cubículos, sólo pululaban por ahí esperando a sus amigas.
Así pues, entré a uno de los baños desocupados y coloqué el seguro. Según mi cabeza, éste estaba bien puesto. Sí... era un hecho.
Me bajé la falda... y shalalá. Fue entonces que alguien abrió la puerta. Pero no abrió sólo una rendija, sino que abrió TODO lo que daban las malditas bisagras.
Como ya había mencionado, media población femenil estaba ahí.
¿Y uno qué hace en esa situación? ¿Gritar? ¿Por lo menos cubrirse? Porque hacerse invisible no estaba dentro de mis opciones.
Por un momento todo pasó en cámara lenta y vi cada una de las caras allá afuera; fue un pequeño trauma.
La niña que abrió mi puerta tardó unos segundos en reaccionar no sin antes gritar.
—¡Perdón!
Y la puerta volvió a cerrarse en mi cara.
A decir verdad, a mí me causa más vergüenza abrir la puerta de un baño ocupado que ser quien quede expuesta como sucedió en esa ocasión.
Yo creí que ya todo había pasado. Pero NO, ése sólo fue el primer paso en dirección a más tragedias en baños públicos, escolares principalmente.
¿Le ha sucedido algo por el estilo?
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