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De Entes y Otros Seres
Humanos. Debo admitir que cuando me hablaron de ellos, me parecieron criaturas cualquiera. De aquéllas que pululan por el universo sin detenerse a pensar en su propia existencia. Comunes, que nacen... crecen, se reproducen y mueren. Podría decirse que viven en automático, o por lo menos muchos de ellos lo hacen.
La primera vez que me acerqué a su hábitat, tuve el impulso de salir corriendo. Tanto ruido... esos abrumadores olores, la constante catástrofe. Caminan rectos sin importar cuántos golpes hayan recibido, aunque algunos se transportan en una especie de cuadrado con ruedas. Son extraños, no lo voy a negar.
Hay versiones humanas en pequeño, muy pequeñas para mi gusto. Al parecer se albergan en un cuerpo antes de llegar a la vida, y cuando nacen... los seres a su alrededor se muestran encantados con su venida. Sus cuerpos son tan diminutos que deben ser protegidos por su creadora, aunque cuando crecen no abandonan el hogar de inmediato.
Conforme fui estudiando su entorno, entendí que no eran esas criaturas comunes que había pensado. Los vi amar, matar y llorar. Sé que suena contradictorio, pero de esa forma se desenvuelven. Jamás pude entender por completo lo que expresaba su boca, en realidad no me hizo falta, puesto que su cuerpo habla por ellos. ¿Curioso, no?
En los primeros días de mi travesía encontré un ejemplar femenino divagando entre laberintos oscuros. Creí que estaba perdida o algo similar. Apenas se desmoronó supe que, efectivamente, estaba perdida, pero no en el sentido terrenal de la palabra. Se llevó las extremidades superiores a la cara y pasó por movimientos espasmódicos; más tarde supe que por esos rumbos lo llamaban "llanto".
De ahí en adelante me empeñé en seguirla; poco tiempo después dio a luz a su propio clon humano. Sin embargo, y por alguna razón que hasta hoy en día desconozco, la ejemplar abandonó a su cría en manos de otro humano. Fue entonces que pretendí alejarme de su especie; eran igual al resto.
Como podrán imaginarse, no me marché. Ni siquiera fui capaz de despegar mi atención del pequeño humano. Nació color rojizo y con el paso del tiempo su piel se tornó oscura, lo cual me pareció agradable de mirar. Yo no entendía el porqué de los actos del individuo que cuidaba del niño; lo alimentaba y entretenía, procuraba su salud e incluso le otorgaba bienes materiales. ¿Por qué lo traba así? No era su cría de sangre.
Zigor. Ése era su nombre, o por lo menos así lo percibió mi agudo oído. Dicho espécimen no gustaba de ingerir cosas verdosas, tampoco disfrutaba de entrar en agua o quedarse a oscuras en su contenedor. Su llanto me alteró innumerables veces; de hecho, llegué a pensar que alguien estaba muriendo, pues eso solían hacer los humanos cuando algún ser cercano expiraba. Oh, pero sus júbilo; era la vida misma en boca. Se echaba hacía atrás y de su garganta salían sonidos mágicos, me bastaba escucharlos para sonreír también. Nunca antes había presenciado un evento similar.
No supe exactamente cuánto tiempo pasó, el caso es que Zigor se alejó de su cuidadora cuando sobrepasó una extraña marca que tenían en una puerta. El humano que había visto crecer con mis propios ojos entrelazó su cuerpo con la otra, que parecía mucho más vieja que él, y apoyó su ovalada cabeza en aquel hombro. En ese momento comprendí que no era necesario ser descendiente directo de un humano para ganarse eso que conocían como amor.
Meses más tarde escuché que el nombre de Zigor era pronunciado de distinta manera. ¿Igor? Preferí ignorar el detalle.
Durante una larga temporada, Zigor pasó gran parte de su tiempo yendo a una estructura imponente, donde trabaja con libros y otras personas, además de alguien al frente que parecía orientar su progreso. No puedo hablar de sus actos más que con una palabra: pasión.
Pasaba las hojas en sus cuadernos como si estuviera descubriendo los secretos que mi especie ya sabía. Era el brillo de sus ojos al expresarse... su manera de gesticular frente a muchos; cientos de veces lo descubrí sonriendo a sus propios escritos. Tiempo después ganó un papel importante; el cual le dio un grado mayor ante los ojos de sus semejantes.
Pero para mí, detrás de ese vello facial y perspicaces grandes ojos, seguía siendo el minúsculo humano rojizo; no significaba que no reconociera su esfuerzo, al contrario. Yo, que tenía una perspectiva más amplia, me volví capaz de valorar cada uno de sus pasos. Justo entonces nacía en mí una sensación cálida, reconfortante y llenadora que se extendía desde el centro de mi vida y llegaba a cada recoveco de ella.
Zigor curó la existencia de miles de personas. No importaba qué tan ocupado estuviera... siempre acudía donde el deber llamaba, y se veía satisfecho de hacerlo.
A partir de ahí no necesité más prueba sobre la complejidad de la humanidad. No pretendo negar que causen mal a su paso... aunque tampoco vamos a desmentir sus buenos actos, y ésa es la razón de que tengan un futuro aquí, en su planeta. El humano se entrega a una causa, siendo capaz de morir por ella; mi teoría se comprueba con la madre que permite el nacimiento de su criatura a costa de su muerte... o el soldado que abraza una bomba por su escuadrón, como también aquel hombre que pone cuerpo y alma educando a futuras generaciones. Desde el acto más pequeño, a la hazaña más grande; para bien o para mal... todo implica un trozo de alma.
Les corre pasión por las venas. Sólo es cuestión de que se retiren el velo que llevan por ojos, y vean las maravillas que son capaces de lograr.
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