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Hay una vocecita persiguiéndome para que justifique mi ausencia por estos rumbos. Para ser sincera, mi gasolina literaria se ha acabado. Escribo poco, y eso poco suele ser para alguna materia escolar.
El fragmento que les traje hoy es la excepción. Me sentí oxidada con las palabras, pero el impulso por escribir me levantó de mi rincón de lectura dominguero.
Amor de libro
Entonces, el corazón de Luis, con todo y esperanzas incluidas, se quebró.
Pero la muchacha no reparó en sus ojos hundidos, en parte, porque había bajado la mirada al libro que Luis le entregaba, y encima, él se había maquillado la cara con una sonrisa ácida.
Por eso, desde aquel día que la vio entrar a la librería, se apresuró a atenderla. No sabría decir a ciencia cierta qué lo había arrastrado hacia ella. Quizás porque se había dirigido de inmediato a la zona de poesía, o el hecho de que parecía olfatear el aroma de la librería como si buscara su siguiente lectura.
Su nombre era Sofía. Sofía. Sabiduría. Se movía entre las estanterías a paso meditabundo y de vez en cuando se ponía de cuclillas para rebuscar lo que fuera que llevase en mente. Luis tenía que admitir que aprovechaba esos momentos para echarle un vistazo a las nalgas de la muchacha.
Era de hombros afilados y mandíbula perfilada. Muñecas delgadas y tobillos estrechos. Se preguntaba de dónde más sería estrecha. Tenía unos curiosos ojos almendrados que de manera natural entretejían en la punta, el cerco de pestañas superiores e inferiores.
Y lo mejor de todo: sus preferencias literarias. Desde Vallejo hasta Borges, pasando por Baudelaire, Pessoa y Paz.
Visitaba la librería al menos dos veces al mes y nunca salía con las manos vacías. Luis presentía que era la clase de persona que compraba a pesar de tener libros enteros esperándola en casa.
Un día se atrevió a seguirla en su recorrido usual por el lugar. Iban comentando cada joya con la que se topaban, aunque él no sabía si la joya eran los libros o la lectora.
Imaginó que metía en una de las compras de la muchacha, una nota con su número telefónico. Comenzarían a salir y al cabo de un tiempo le besaría esos labios que habían leído tanto.
Formarían una pareja digna de aplauso. Se acompañarían a los eventos familiares, compartirían silencios tranquilos y carcajadas estridentes. Sería la primera mujer a la que desnudaría, porque a pesar de haberlo hecho ya, el acto siempre lo hacía sentir primerizo.
Su primogénito se llamaría Ernesto, en honor a su abuelo. Después tendría una niña con los mismos vivos ojos. Una preciosura de familia.
—¿Será que tienes algo de Quiroga? —formuló Sofía.
Por supuesto. Juntos leerían a sus niños los complejos cuentos de Quiroga y les enseñarían la dualidad del hombre y la naturaleza.
—¿Dónde puedo encontrar a Pavese?
Su vida unida no sería ni por error, parecida a las palabras huecas, los gritos ahogados y esos silencios italianos.
—Quisiera saber si todavía tiene la edición especial de Neruda.
Y claro, un amor dulce merecedor de los versos del chileno.
—Oye, qué buenas lecturas llevas —agregó Luis cuando le tendió el último libro para su pila de obras.
—Pues gracias —sonrió—, son para mi novio.
Entonces, el corazón de Luis, con todo y esperanzas, se quebró.
Sofía se alejó a la caja no sin antes regalarle un simple gracias.
Un compañero de trabajo conocedor de los suspiros de Luis, se le acercó por detrás a la altura del hombro.
—Creo que ella te gustaba más cuando callaba porque estaba como ausente —susurró con sarna.
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