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Erika observaba con los ojos entrecerrados el menú en la pared mientras una de sus uñas era presa de sus dientes. La gente de la fila, detrás y delante de ella, se removía de vez en cuando en un constante zumbido.
Cebolla... descartada. Nada de tocino, por supuesto. Mucho menos esa película extraña que se hacía pasar por queso.
Su turno llegó.
—Buenos días —saludó a la chica detrás del mostrador.
—¿Pan blanco o integral? —atajó ella.
—Integral, por favor —se apresuró a decir.
Más allá, los demás empleados iban de un lado a otro entregando órdenes y sacando el pan de los hornos.
—¿Algún queso?
Erika se deslizó por la barra mirando los ingredientes.
—Ninguno.
De pronto, le pareció escuchar un coro de risillas infantiles. A su lado izquierdo se encontraba un grupo de niños pretendiendo que ahí no pasaba nada.
—¿Vas a querer vegetales sí o no? —insistió la empleada.
Erika volvió la cabeza a ella y asintió aturdida.
—Lechuga y tomate.
Una vez más el movimiento a su costado le hizo perder el hilo de su pedido. Ahora los niños se daban pequeños empujones y se mandaban callar unos a otros. ¿Por qué no dejaban de mirarla? Se preguntó si traería los pantalones al revés como la última vez.
—¿Carne?
—Que sea de pavo.
Unos cuantos detalles más y ya estaba frente a la caja buscando su billetera en el universo que era su bolso. ¿Desde cuándo cargaba un encendedor consigo? Negó para sí misma. El chicle masticado debía de ser broma de su mejor amiga, o eso esperaba. ¿Un condón nadando entre el resto de las cosas? Aquello sólo podía significar una cosa: su cartera se había volcado en el bolso. Hundió la mano por completo en busca de algunos billetes y monedas.
Fue entonces que sintió una presencia a su lado. Uno de los niños burlones estaba plantado frente a ella con una sonrisa extraña. Erika dejó de rebuscar paulatinamente.
—¿Te puedo ayudar el algo? —inquirió alzando una ceja.
El niño, que no debía rebasar los doce años, se pasó una mano por el cabello y remojó sus labios resecos.
—¿Me darías tu número, nena?
Ella miró a ambos lados. El mundo seguía igual. Volvió a enfocarlo.
—¿Por qué? ¿Necesitas una niñera?
Las risas agudas detrás del niño estallaron y su gesto coqueto se apagó como la llama de una vela.
Erika se echó el bolso al hombro con una mano al tiempo que la otra pagaba y recogía su desayuno. Luego se marchó de ahí reprimiendo una sonrisa.
Basado en hechos reales
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