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Si fuera camioneta, y no persona, habría llegado a vuelta de rueda a casa. A duras penas se movía el armatoste que tenía por auto, o por lo menos así lo sentía en medio del tráfico.
Antes, cuando llovía, solía armar competencias de gotas cayendo por el vidrio; apostaba todo a la que creía, sería la ganadora, pero si la carrera daba un giro, aunque fuera casi al final, cambiaba de gota. La victoria siempre era suya, luego, ambas gotas se perdían en el filo del vidrio.
Esa tarde ni siquiera la lluvia lograba distraerla de sus pensamientos. Estaban a punto de perder un cliente, el más grande del continente; su equipo de trabajo parecía que tenía las manos atadas... el cerebro también. Y Waldo, tan sentado hombre, que a pesar de laborar en un área distinta, tenía un ojo puesto sobre ella, esperando cualquier error suyo para tomarlo como casus belli y declararle la guerra.
Aunque el sol ya se había metido, usó su mano de visera y cerró los ojos. En un parpadear, literalmente, ya tenía una manada de autos pitándole para que se moviera, o pasarían por encima de ella. Aceleró.
Como caída del cielo, una llamada entró a su celular y se conectó en automático a la camioneta. Desde el volante emergió clara la voz.
—Mamá, estamos en tu casa.
Ella sonrió sin despegar la vista del camino. Hasta ese momento fue consciente de que un poco de café se había derramado en los contenedores entre ambos asientos; se respiraba intacto por encima del aire acondicionado.
—Corazón —dijo a modo de saludo —. Es tu casa también.
No necesitaba ver a su hija para saber que sonreía. El silencio no sólo se captaba con los oídos.
—Tengo que acostumbrarme a que es más suya que mía. La universidad, ¿recuerdas?
Asintió. ¿Cómo era posible vivir sin pensarlo? Unos meses más y su niña, a la que de vez en cuando le parecía ver en pañales, se marcharía. Los fines de semana que se veía obligada a quedarse en casa terminado deberes, pero el resto de la familia insistía en salir, fingía que se había marchado ya. Era insoportable; a cada paso que daba, la presión en el pecho le comía los pulmones y el estómago. Terminaba concentrándose en la realidad: su hija aún estaba con ella.
La llamada terminó con ambas negándose a colgar primero.
El resto del trayecto no pareció tan largo después de la llamada, al contrario, casi como en trance lo recorrió, y para cuando fue consciente, ya estaba frente a la puerta de su casa. Como era costumbre, respiró hondo, se aferró a la perilla y con alivio le confió sus problemas a la misma. Por la mañana los recogería sin falta, porque no había de otra, e iría a trabajar.
El recibidor y la sala, a oscuras. La luz al fondo del gran pasillo provenía de la cocina sin duda, además, por el poco ruido que salía de ella, sabía a la perfección quién se encontraba ahí. Por alguna razón, al entrar, se llevó una breve impresión, de esas que la cabeza corrige y te hace saber que todo está bien. En menos de un segundo desconoció la figura de espaldas a ella. Hacía poco sus dos hijos no sobrepasaban las encimeras...
Por encima del hombro, su hija le sonrió. Era tanto lo que quería expresarle, que por mucho aliento que tomara, no le darían los pulmones para decírselo. Para hablar ab imo pectore no siempre se necesitaban palabras, así que se acercó a su lado en silencio y descansó todo su peso en el costado, que a su vez recargaba en la encimera.
El crujido jugoso y sedoso que llegaba a sus oídos cada que Ana hacía descender el cuchillo por la fruta era suficiente para calmarla. Los trozos caían ligeros en la madera y a su alrededor, ésta se humedecía.
Su hija desvió la mirada de la manzana para verla directo a los ojos; en ellos se leía que guardaba una sonrisa.
—¿Tengo algo en la cara? —formuló.
Su madre parpadeó. Se concentró en enfocarla y negó con tranquilidad, luego alzó una comisura. Casi sin darse cuenta, en un respiro apenas, sus facciones definidas se habían transformado en rasgos con la redondez propia de su niñez, como en una película en reversa mientras detrás de ella pasaban cientos de escenarios difusos. Después, de vuelta a la realidad con la misma velocidad inexplicable con la que corre el tiempo.
—¿Mamá?
Silencio.
—Nada, sólo... —sacudió la cabeza — me relaja ver cómo partes la fruta.
Ana arrugó el entrecejo al tiempo que dejaba el cuchillo a medio camino; su risa salió a borbotones y echó la cabeza hacia atrás. Su madre se vio arrastrada a su reacción, aunque no perdió la oportunidad de regresar a su lugar el cabello que había cubierto su rostro. Le alegró reconocer en su risa restos de carcajadas infantiles; no era que no gustara de su risa actual, al contrario, pero sí sucedía que añoraba despertar a causa de su antigua risa, aquella que no se moderaba y brotaba como cascada.
¿En qué momento los meseros habían dejado de llamarla niña? ¿Desde cuándo se referían a ella como señorita? No podía decirlo. Tampoco recordaba el día en que había dejado de pedirle que le alcanzara algún libro en la parte más alta del librero. De una noche a otra, o ésa era la impresión que tenía, se habían mezclado los años, las muñecas al fondo del armario y ese par de tacones en la mano. Ya no sabía qué germinaba más rápido: Ana o las rosas en el jardín.
¿Era demasiado de su parte querer planearle la vida? Su sentido común le decía que sí, su sentido maternal le decía... no le hagas caso a tu sentido común. No era sano, debía admitirlo.
Salió de sus divagues de golpe cuando el rojo intenso apareció en su campo de visión.
—No, tranquila, ya lo tengo —se apresuró a decir Ana.
El corte no había sido profundo, apenas unos milímetros. La poca sangre que emanaba seguía como río los diminutos surcos de su dedo. De inmediato le tendió una gasa pequeña, pero ella ya se había llevado el dedo a la boca, como siempre.
—Ve a sentarte. Yo seguiré —le pidió al tiempo que tomaba el cuchillo.
Obedeció sin más. Así que desde la mesa detrás de ella, Ana confesó:
—Mamá... ya no puedo con la escuela.
Dejó de cortar poco a poco y se giró.
—Un tirón más y estarás descansando, te lo aseguro.
No se veía muy convencida. De tres pasos se aproximó y ocupó la silla junto a ella.
—Si siento que voy arrastrándome ahora, ¿cómo podré con la universidad?
Hacía tan poco que la había dejado en su primer día de primaria. Si ahora le hablaba de la universidad... ¿cuánto tardaría en hablarle de nietos?
—No te desgastes pensando en lo que sucederá; lo que estás viviendo ahora es una preparación para ello. ¿Recuerdas lo que dice tu abuela?
—Carpe diem —musitó.
—Carpe diem — y dejó que las palabras se asentaran —. ¿Te cuento un secreto?
Ana asintió.
—La mayoría de las cosas que nos preocupan no suceden.
—¿Cómo es que la gente se gradúa? —soltó de repente — ¿Cómo consiguen trabajo?
Tenía la sensación de que no estaba escuchándola del todo. Podía asegurar que había brincado de preocuparse por perderse sus programas favoritos, a la cantidad de tráfico y deberes pendientes.
—Así funciona el juego, Ana. Cada año cientos de alumnos se gradúan, consiguen trabajo, compran una casa, forman una familia si así lo quieren. Las cosas toman tiempo, y tú tienes toda una vida para hacerlo.
Su hija dejó caer los hombros en un suspiro.
—A ratos me parece tan lejano todo lo que sucede. Mis amigos con identificaciones oficiales, los exámenes de ingreso de algunos, las tragedias de otros. No termino de sentirme parte de todo; me siento niña.
Le dedicó una media sonrisa tratando de mantener los labios firmes y forzó al nudo en su garganta a desvanecerse pasando saliva. Luego, de un suave movimiento, la atrajo de la muñeca a su regazo. Ana removió su cabeza contra la curvatura de cuello buscando el encaje perfecto.
—Eres mi niña.
Quería hacer un paréntesis para decir que pesaba más de lo que recordaba. Se imaginaba que quien las vieras así, daría por hecho que sólo se trababa de Ana en la silla. ¿Era más alta ya... o alucinaba?
Un súbito calor le nació del pecho hasta llegar a su cuerpo entero; abrazó con más fuerza a su hija y dejó la vista perdida en la pared.
Era cierto que le daba una punzada ya no percibir el aroma a bebé en casa, que extrañaba escuchar risillas y correteos en el piso superior. Incluso el hecho de no ver más la noche interrumpida a causa de sus pesadillas, le estrujaba el corazón. Si no podía concedérselo despierta, se conformaba con sentir en sueños gateando a su niña a lo largo de la cama. Por otro lado, contaba como mentira decir que estaba en edad de cambiar pañales y amamantar a las tres de la madrugada; sus arrugas y esos cabellos platinados eran el corpus delicti del asunto.
Si Ana se encontraba en la primavera, ella ya entraba al otoño.
Orgullo era lo que le inspiraba. El tiempo de soltarle la mano estaba cerca; sin embargo, no significaba que dejara de guiarla. Si pretendía armarle la vida de color rosa, estaba equivocada, aunque buscara simplemente hacerle un bien.
Para florecer, es necesario pasar por todas las estaciones, decía la abuela, y no había nadie que la contradijera. Así pues, no le cabía duda de que Ana sabría florecer.
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