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Todo comenzó hace varios años cuando mi mamá me pidió que la acompañara a hacer unas compras rápidas para las visitas que irían a nuestra casa por la tarde; más específicamente, ir a Wal-Mart con ella.
Yo rondaría entre los ocho o nueve años, puede que más. El caso es que luego de conseguir lo que necesitábamos, nos dirigimos a las cajas rápidas, puesto que no llevábamos muchos artículos.
Entre que hacíamos fila y demás, recuerdo que escuché a alguien acercase por detrás; así que volteé y vi a un hombre que se dirigía hacia nosotras.
Se detuvo a escasos centímetros de mí durante unos pocos segundos y miró a todas partes, posteriormente tomó un chocolate y se lo guardó en el bolsillo del pantalón rápidamente.
Podría jurar que el tiempo que le llevó hacer eso pasó para mí casi en cámara lenta. Alcancé a ver su tez morena y cejas pobladas, además de aquellos rasgos toscos que hasta hoy en día no he olvidado.
Estoy segura de que él nunca me vio a mí, pero yo sí lo vi a él. Y lo miré con los ojos desilusionados de una niña que por primera vez en su vida observa a alguien robar.
No supe cómo reaccionar, si debía alertar a mi mamá o no, si debía dejarlo pasar o no.
Pero de todas formas, aunque hubiera querido hacer algo, todo mi cuerpecito estaba paralizado junto al carrito del mandado, intentando no derramar lágrimas. Porque para mí, ese fue un claro ejemplo: el ser humano tiene impulsos bastante degradantes.
No me quedó más que aferrarme a la cintura de mi mamá cuando pasó junto a mí.
A final de cuentas, salí del lugar más decepcionada que nunca, pues jamás había visto a nadie hacer algo por el estilo. Es decir, sí, cosas así sucedían en las películas... pero verlo en carne y hueso a tan poca distancia y a esa corta edad me marcó de una manera impresionante.
Ahora cuando regreso a esas memorias, veo a aquel hombre como la esencia viva de la necesidad humana, una necesidad que eventualmente se transformó en maldad.
Todo el camino de regresó a casa no dije ni una palabra. Mucho menos pude disfrutar del resto de mi día por estar repitiendo la escena una y otra vez en mi cabeza.
Siete años después, acordarme de ese evento revive en mi la misma tristeza y decepción.
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