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XXIV: Desalmado

Felix estaba vivo. Apenas.

Pocas veces los ángeles tenían el permiso de la otra persona para poseerla, pero a Minho todo le daba igual. Minho no podía dejar morir a Felix, solo no era lo correcto, éste no era el destino del joven y, honestamente, poco le importaba si lo era. Iba a salvarlo, por las buenas o por las malas.

Los arcángeles eran fuertes, Felix se curaría de inmediato si el Diablo quería. Estaba maldito, pero aún podía sanar humanos, aunque jamás lo había hecho antes. El joven había sido el primero.

Suspiró. Era extraño ser más bajo...era extraño ser su esposo. Bajó los escalones que lo habían llevado a la azotea, y nadie estaba en el segundo piso. Todos se encontraban debajo, en donde habían estado al principio. Se oía un llanto, el cual seguramente era de su suegra, y las personas se comunicaban de manera rápida, nerviosa. Minho llegó hasta la escalera, pero se quedó de pie allí, sin bajar y observando fijamente a las personas mientras llevaba una de las pequeñas y delicadas manos de su esposo al bolsillo delantero de su pantalón, con la otra apoyándose en la baranda, alzando un poco más el rostro, mostrando superioridad ante todos los asquerosos seres humanos en aquella casa. Cada uno de ellos era lo peor.

Solamente estaban Sarah, Katie, Dongyul y el Sacerdote William, el cual sostenía su cabeza ante la sangre que emanaba de un corte, el cual a simple vista parecía leve, pero era algo profundo.

Nada para morirse.

Sarah dio un paso antes de que Dongyul la tomara del brazo, pero esta jamás quitó su mirada del cuerpo de su hijo, el cual justo ahora no lo estaba siendo.

—¿Felix? ¿Bebé? —Le tembló la voz. Las cejas del mencionado de alzaron, y su cabeza se fue ladeando lentamente con una cínica y ladina sonrisita en sus labios mientras observaba a la mujer caer de rodillas, sollozando—. P-Por favor, devuélvemelo. Por favor.

—Sarah...

—Por favor...

—Si, Sarah —habló Minho, con la voz de su chico sonando tranquila y seca, tan fría como su cuerpo—. Paciencia. No mataré a Felix, todos ustedes podrán seguir maltratándolo como siempre. —Finalizó, comenzando a bajar las escaleras con paciencia.

El Sacerdote William llevó su mano hacia el Diablo en el cuerpo del joven, pero éste último fue más rápido, y antes de que el mundano pudiese siquiera recitar algo, lo hizo volar hasta pegarlo contra la pared de manera brusca y dolorosa.

—No me digas qué hacer, viejo estúpido. —A pesar del insulto, continuaba sonando tranquilo—. Tú, tu iglesia y tu Dios pueden besarme el culo. No éste, por supuesto —Aclaró—. Éste solo lo beso yo. —Asintió lentamente antes de girarse a la familia Lee, observando a su suegra arrodillarse ante sus pies, aún sollozando con fuerza.

—Por favor, déjalo ir —Imploró—. Déjalo ir...

—¡Está bien! —Exclamó, fingiendo animarse—. Pero dime «Por favor» de nuevo. —Claramente molestando. Sonrió un poco al ver el enfado mezclado con miedo en la mirada de todos.

—P-Por favor... te lo ruego.

Bien. No era como si a Minho le agradase del todo, pero era la madre de su esposo. A pesar de sus absurdas creencias, ésta le preparaba la mejor merienda cuando Felix se sentía mal, lo llevaba a la cama, se acostaba con él cuando tenía pesadillas, le hacía fiestas sorpresas, lo iba a buscar a clases, y siempre lo trató con amabilidad.

Inhaló, mirando arriba unos segundos, pensando, antes de exhalar profundamente, y ponerse de cuclillas frente a la mujer. Llevó una mano al mentón de ésta, la cual alzó la mirada con terror, tristeza, y la vio fijamente por unos segundos.

—Solo has lo que te digo, y todo irá bien —Susurró, y la mujer, aun sollozando, asintió. Minho se volvió a levantar—. Ponte de pie —Le ordenó.

La mujer lo hizo de inmediato y Minho dio unos pasos atrás, girándose y pasando una mano por la barbilla de su esposo. Oh, Felix. Debía de curarse rápido, porque su paciencia se debilitaba con el paso de los segundos, y las ansias de hacerlos pagar a cada uno crecía en su pecho.

Se giró—. Yo les explico, tomen asiento. —Disimuló un tono amable antes de mover su mano. Los sillones del lugar se movieron bruscamente hacia donde estaban los mundanos, y éstos fueron sentados a la fuerza a excepción del Sacerdote William, el cual continuaba pegado a la pared. Minho comienza a caminar lentamente por la sala—. Por mucho que me guste estar dentro de su hijo, llegará un punto en el que tendré que salir, como siempre. Pero quiero que sepan algo... —Se detuvo y observó a todos seriamente. Intentaba contenerse, realmente lo hacía—. Vi y veré cada cosa que ustedes hagan con mi niño favorito.

Sarah negó.

—No es tuyo. ¡No lo es! ¡Déjalo ir!

Maldición.

¿Es que acaso los humanos eran así de estúpidos? Si bien Minho era el Diablo, y cuando Felix y él habían hecho un trato, el muchacho era suyo, luego de aquello solo era una persona. Claro, Minho solía decirle a Felix que éste era suyo, que le pertenecía, porque al pecoso le gustaba oírlo, pero sabía perfectamente que no era literal. Felix no era de su propiedad, no era su esclavo o juguete, era una persona. Era su esposo, su debilidad humana, su alma gemela y, aun así, no le pertenecía.

Y realmente no iba a responder a esa estupidez, pero entonces el anciano de la iglesia nuevamente habló. Minho poco a poco dejaba ir aquella paciencia que contenía hasta que su esposo se curara. Era como cuidar de animales descontrolados, aunque éstos probablemente se comportarían mejor.

—Es nuestro —dijo aquel hombre, y se oyó tan asqueroso saliendo de su boca. Es decir, era normal que su madre lo dijera, pero, ¿Quién se creía? Lentamente, Minho fue girándose, con los hermosos ojos de su esposo poniéndose aún más rojos de lo que ya estaban—. Es de nuestra gente. Tiene la protección de Dios.

Minho sonrió de lado, provocando que un hoyuelo se marcara en una mejilla de su esposo.

—Señor cura depravado, me está empezando a tocar las pelotas sus comentarios.

—Dios es misericordioso y...

—A Dios le importas una reverenda mierda. —Se metió ambas manos en los bolsillos del pantalón, girándose para ver a los Lee—. A Dios le importan una mierda, y por eso estoy aquí.

El Sacerdote William había comenzado a rezar, y junto a éste Sarah y Katie, tomándose las manos. Se notaba que lo hacían con esperanza, intensidad. Se maldijo al sentir los músculos del cuerpo de su chico tensarse un poco y río con falsedad mientras pasaba la mano por los suaves cabellos de su esposo.

—Oigan, es de mala educación interrumpir a alguien —advirtió, y llevó su mirada fijamente a los ojos de Lee Dongyul, el cual era el único que se mantenía callado.

Felix, lo siento.

—De acuerdo, ¿Saben qué? —Sacó una mano del bolsillo delantero del pantalón y chasqueó los dedos. Fue algo tan simple como aquello que hizo explotar en mil pedazos la cabeza del Sacerdote William, salpicando sangre, trozos a su alrededor, manchando la camisa, y el rostro de Felix.

Sarah y Katie se quedaron calladas de inmediato, con la respiración agitada por el miedo a ser las siguientes, afectadas por el impacto. Minho se encogió de hombros desinteresadamente, alzando un poco sus brazos.

—Yo se lo advertí. Le advertí que me estaba tocando las pelotas, y siguió.

—Felix, sé que estás allí...

Minho suspiró antes de ponerse de espaldas a la familia.

—Dongyul, controla a tu esposa antes de que comience a tocarme las pelotas, también.

—Sarah, cállate —ordenó el hombre, notablemente nervioso.

—Fe-Felix...

—¡Sarah, cierra la boca! —exclamó, alzando la voz. La mujer se quedó callada de inmediato, sollozando entre aceleradas respiraciones. Dongyul la observó con dolor. Él tampoco quería eso, no quería eso para su hijo, pero no necesitaba a más de una persona muerta—. Tranquila, ya pasará. Respira profundo, solo hay que esperar. —La mujer parpadeó, soltando un par de lágrimas antes de asentir lentamente, respirando profundamente.

Minho se giró, sonriendo de lado y provocando que el hoyuelo nuevamente se hiciese visible en la mejilla de su niño favorito.

—Irónico que te tranquilice la persona que más daño te hizo —murmuró, dando unos pasos al frente, hacia la mujer. Dongyul le tomó la mano a ésta para mantenerle cerca—. Eres la única decente en esta casa, que jamás ha maltratado a mi esposo. Debo decir... tú y yo deberíamos llevarnos bien, prácticamente somos familia. —Claramente no era en serio. Minho estaba disfrutando del daño psicológico que les provocaba a los Lee, porque llevaba soportándolo demasiado tiempo.

La mujer frunció su ceño con confusión mientras le temblaba el labio. Era realmente muy parecida a Felix, pero no. No era Felix. Nadie era como Felix.

—¿E-Esposo?

Minho se quedó en silencio mientras tomaba asiento frente a la mujer con lentitud, con sus piernas levemente separadas y sus manos juntas, dedos entrelazados y cabeza ladeada. Sarah aún no podía creer lo que estaba sucediendo, porque ese no era Felix. No era su bebé. El color de sus ojos no era aquel precioso marrón, y sus movimientos eran fluidos, confiados.

El Diablo siempre había sido ese miedo que está alrededor, pero te dices a ti mismo que no existe, y lo imaginas como un hombre de risa histérica, trino en mano y muertes por doquier. Sin embargo, aquí estaba: Sentado frente a ella, calmado, sabiendo qué hacer, qué decir, formando caos con una perturbadora tranquilidad y usando de traje a su hijo. A su bebé.

Éste la veía fijamente, y allí fue cuando Sarah entendió que Felix no estaba allí.

—¿No te lo dijo? —hablaba tranquilo, fingiendo indignación y alzando ambas cejas—. Tranquila, debe de ser la poca confianza que ustedes le brindan. No lo culpo, ese fue el motivo por el cual estoy aquí —comentó mientras los sollozos de la mujer eran más audibles que antes, dolorosos para todos excepto para Minho.

—Mamá... —susurró Katie, asustada y también comenzando a llorar, aun viendo fijamente el cuerpo del Sacerdote William, sin cabeza.

—¿Puedes darte una idea de todos los problemas que atravesó tu hijo? —continuó el Diablo, sin apartar su mirada de los ojos de su suegra—. Nunca lo supiste, porque no lo conoces lo suficientemente bien para saber que está mintiendo. ¿Adivina quién fue el único que estuvo para él? —Sonrió de lado, esperando no tener que responderlo.

—Basta. Ya basta. —Esta vez fue Dongyul el que alzó la voz, temblando levemente mientras negaba rápidamente. Minho lo observó casi de inmediato, de manera escalofriante—. Solo vete. Déjalo en paz.

Sarah notó que el Diablo dentro del cuerpo de su hijo veía fijamente a su esposo. Aquello significaba caos silencioso, de nuevo.

—Somos su familia, nos corresponde estar para él. Sé que no... sé que no siempre ha sido así, pero lo será. —Intentó tranquilizar a aquella cosa que manejaba el cuerpo de su hijo.

Minho se puso lentamente de pie, dando dos pasos hasta estar frente al padre de su chico. Se inclinó, apoyando sus manos en los apoya-brazos del sofá individual en donde el mundano se encontraba sentado, y quedó con el rostro de Felix a centímetros del de Dongyul, viéndolo fijamente a los ojos. Los del pecoso estaban bordó, oscuros y con las pupilas muy dilatadas.

La sonrisita que llevaba en su rostro se fue borrando lentamente mientras los cuadros y crucifijos de la casa, los cuales ya se encontraban al revés, temblaban de manera brusca.

—... ¿Y tú quién mierda te crees para decirme lo que tengo que hacer? ¿Quién mierda te hizo creer que eres un buen padre ahora, jodida escoria? —Rápidamente se endereza y agita su mano con brusquedad, provocando que el sofá cayera hacia atrás, y con éste Dongyul. Sarah jadeó, asustada al ver tal escena mientras Katie sollozaba—. Aún tiene cicatrices en su espalda, producto de su estupidez. —Escupió, moviendo su mano. Esta vez Dongyul sale expulsado hacia el otro lado de la habitación, chocando contra la pared y golpeando una mesa, provocando que las cosas en ésta cayeran.

—¡Dongyul, no!

—¡Papá!

El nombrado se quejó audiblemente, intentando ponerse de pie, sosteniéndose de la mesa. La mano de su hijo se agitó y quedo pegado contra la pared.

—No viste el dolor en sus ojos cuando intentaste exorcizarlo aquella vez, y lo peor de todo fue que le dolía menos el ardor de lo que le dolió que su propio padre intentase hacerle daño. —gruñó, y lleno de furia volvió a agitar su mano, enviándolo al otro lado de la habitación con más fuerza que antes. Se giró para poder verlo mientras las cosas colgadas en la pared continuaban cayendo—. Si fuese por mí, hubieses pasado toda tu eternidad en el infierno, pudriéndote, pero tu hijo te salvó, y así se lo pagaste: No estando para él.

Unas llamas de fuego de elevaron de la nada sobre el cuerpo del Sacerdote William. Katie gritó mientras Sarah comenzaba a llamar a su esposo y este, ya sollozando, hacía un gran esfuerzo intentando levantarse. Minho tan solo rodó los ojos por las reacciones de éstos. ¿Qué esperaban? ¿Qué éste se fuera dejando un hombre sin cabeza en la sala? Por supuesto que no, él sabía limpiar sus desastres, y no quería problemas para Felix cuando éste despertara.

El olor a piel quemada comenzó a sentirse mientras el fuego cesaba lentamente con un suave movimiento de dedos del Diablo. Era hora, podía sentirlo.

—Cuiden de él —Dijo—. Y teman de mí, porque los estaré observando, y no dudaré en hacer arder esta casa hasta... hasta que... —Su voz le temblaba al igual que sus rodillas, y podía sentir la sangre fluyendo por su nariz. Despierto. Estaba despierto. No lo resistiría demasiado—. Hasta que sientan el aroma... de sus cuerpos arder.

Tal vez solo para una despedida.

Sin más, cayó al suelo lentamente, quedando inconsciente, sintiendo el cuerpo de su chico temblar descontroladamente, y siendo despedido por los gritos de la familia.

Todo era bonito en aquel lugar.

El sol brillando en algunas partes, la brisa primaveral que no daba frío tan solo refrescaba. Todo olía a flores, y su humor mejoraba debido a las risas de los niños a lo lejos, jugando en los columpios. Él se encontraba bajo un gran árbol. Había estado allí muchas veces en su vida, años atrás, y siempre iba al mismo lugar.

Oye unos pasos acercarse lentamente, a alguien sentarse a su lado, y puede reconocerlo incluso sin necesidad de girarse. Una dulce sonrisita con hoyuelos se hace presente en sus labios antes de girar su rostro y observar a su esposo, el cual se sentó a un lado suyo y lo observa fijamente.

—Min...

Minho no evitó sonreír de lado. Luce tan bonito, tan calmado. Tenía pequeños pétalos de flores entre sus cabellos, los cuales se ven más claros en la luz, al igual que sus ojos. No puede evitar tomar su pequeña mano y, lentamente, comenzar a besarle los nudillos, sin dejar de mirarlo.

Felix sintió cosquillas en su estómago, y suspiró, embobado. Quería permanecer así por siempre.

Finalmente, Minho alejó la mano del joven de su boca, pero no la soltó.

—¿Te gusta este sitio?

Felix vio alrededor antes de asentir.

—Es el parque central del pueblo, queda cerca de la escuela. Es donde me pediste comprometernos, solo que en invierno no hay tanta gente, pero cuando es primavera... se ve hermoso. Solíamos venir con mi familia cuando era pequeño y pasábamos la tarde juntos.

El semblante de Minho cambió, notablemente serio. Lucía algo frustrado.

—Me lo hubieses dicho antes —Susurró, negando lentamente—. Lo hubiese pensado antes.

El ceño de Felix se frunció mientras se acerca más al Diablo, apoyando su mejilla en el hombro del contrario.

—¿Cómo?

—Cuando cumplimos el mes de comprometidos no hice nada más que pasarlo contigo en tu habitación. Tuvimos sexo, charlamos, y jamás pensé en traerte aquí.

—Hey... —Felix estaba tan de buen humor que hasta bromeaba con ofenderse, alzando el rostro y entrecerrando tan solo un ojo debido a la fuerte luz del sol—. A mí me gustó el cómo pasamos nuestro aniversario.

—Merecías algo mejor —aclaró el Diablo, tragando saliva. Un pequeño silencio se hizo presente antes de que bajara la mirada, encontrándose con los hermosos ojos de su chico—. Con esto me refería a ser el Diablo. Todo es mucho más difícil a mi lado, porque no estoy hecho para amar. Te deterioro, y no puedo ni siquiera llevarte a cenar a un lugar que te guste en nuestro jodido aniversario. —Estaba notablemente molesto consigo mismo.

—Min, no me hubieses podido llevar a cenar ni siquiera siendo humano. Ya nos estarían dejando en la calle por ser dos hombres.

—No estoy hecho para merecerte.

Felix frunció su ceño, sintiendo preocupación en su pecho. Nunca había visto a Minho liberando sus pensamientos de aquella forma, porque el Diablo siempre había sido coqueto, y demostraba superioridad ante cualquiera, y pocas veces revelaba sus pensamientos, pero éstos... eran pensamientos realmente oscuros.

Minho no se amaba. No realmente.

—Min, tú... tú no debes de decir eso. Tú no eres malo. —Abrió su boca una y otra vez, pero nada salió. Estaba desesperado, porque no sabía cómo hacerlo sentir mejor—. Yo sé... que no has recibido amor en mucho tiempo, probablemente toda tu existencia, pero te aseguro que ahora sí. Eres amado, yo te amo más de lo que alguna vez alguien amaría. —Tragó saliva con fuerza—. Y eso es todo lo que importa.

Minho lo observó fijamente por unos largos segundos.

—Felix, sabes que realmente no estás aquí, ¿Verdad? —El joven tan solo le observó confundido—. Probablemente estés en el hospital ahora mismo, has sufrido una convulsión. Ya estás curado, y tu cuerpo no es lo suficientemente fuerte para sostenerme.

El joven baja la mirada, y de pronto miles de imágenes recorren su cabeza: Su mano sin anillo, llanto, cumpleaños, entradas a una presentación de Frank Sinatra, bosque, Stella, Ruby, Chris, demonio, Jisung, fiesta sorpresa, Minho, azotea, Muerte, sangre...

—Ay... no. —Llevó rápidamente sus manos a sus ojos, cubriéndolos. No quiere ver más, no quiere recordar eso. No puede ser. ¿Todo había sido real?

—Felix...

El día parecía nublarse notablemente, la brisa se volvió fría, las risas de los niños se volvieron inaudibles. Es invierno, pero no uno bonito, si no uno frío, donde no hay un lugar cálido para relajarse.

El pecoso negó lentamente mientras las lágrimas no tardaban en caer por sus mejillas. Destapó su rostro luego de limpiar sus mejillas. Devastado, esa era la palabra, o tal vez una peor. Nada de lo que anteriormente le había sucedido se comparaba con esto.

—Yo... estar aquí me hizo olvidar. Parecía una nueva vida, quiero decir... quería que lo fuera. —Su voz se cortó un poco y tomó una profunda respiración para controlar el llanto—. Realmente quería que esto fuese real.

—Lo sé, amor. —Si Felix no estuviese tan arruinado, si Felix se hubiese conservado como hace unos minutos atrás, ahora estaría brincando por aquel apodo.

Negó con lentitud.

—¿Tú dices no merecerme a mí? Al menos eres el Diablo, fuiste forzado a ser así. Yo soy un humano, y me convertí en un monstruo. —Su voz tembló, su mirada estaba perdida mientras dejó caer nuevas lágrimas por sus mejillas.

Minho gruñó. No, no podía permitirlo.

—No es así —Dijo, acercándose y tomándolo de las mejillas—Mírame. Felix, mírame. —El pecoso llevó su mirada a la del amor de su vida. Éste ahora tiene los ojos rojos, llevándose el resto—. No es así...

—Min, he matado a Jisung —dijo. Ni el mismo podría creer cómo pudo decirlo en voz alta, con tanta normalidad, cuando se está muriendo por dentro. Un silencio se hizo mientras Minho lo sostuvo, negando—. Yo lo hice. Esa cosa vino por mí, y lo encontró. Lo descuartizó vivo, metió su cuerpo en una bolsa... y aún sigue allí. —No entendía cómo, pero, por algún motivo, no parecía enloquecer. Parecía asimilarlo, aunque realmente no era así porque su voz temblaba, y las lágrimas continúan cayendo por su rostro—. Su padre está solo, todo lo que tenía era a su hijo y yo se lo he quitado. —Tragó saliva antes de llevar su mirada a un punto perdido. Apenas pudo respirar del dolor. —He matado a mi mejor amigo.

Minho no pudo hacer otra cosa que estrujarlo contra su pecho. Pudo sentir el dolor de su chico como si fuese propio, y era debido a la gran conexión entre ambos. Era una de esas pocas veces en las que el arcángel se quedaba mudo, pero esta vez fue diferente: No se quedó sin palabras, pero supo que no había nada que sanara aquella herida, y quería protegerlo. Quería protegerlo de cualquier cosa.

Debió haberlo protegido, debió haberlo cuidado más.

—Felix, no hay nada que yo diga que pueda arreglar este daño. —Llevó una mano a los cabellos de su esposo, acariciándolo con cuidado, como si fuese tan frágil como para quebrarse con el más mínimo toque. Debía de ser cuidadoso, como nunca había sido—. Pero te diré la verdad, incluso si esta muchas veces no arregla nada: No fue tu culpa. Nada de todo lo que te ha sucedido es tu culpa.

Finalmente, Felix sollozó silenciosamente, temblando en los brazos del amor de su vida. No, definitivamente no había logrado asumir nada, y desafortunadamente aún tenía sentimientos. Lloró con fuerza, pero silenciosamente en el pecho del Diablo, el cual le acariciaba la espalda, el cabello y le besaba la frente.

—Sh, tranquilo. Estoy aquí contigo...

—T-Tuviste que haberme dejado morir.

—¿Cómo podría? —respondió de inmediato Minho, riendo secamente en medio de la frase, con sus labios pegados en el cabello de su chico—. ¿Cómo podría haberte dejado morir, sabiendo la persona que eres? ¿Cómo podría abandonarte, cuando eres el único para mí? —Cerró sus ojos con algo de fuerza—. ¿Cómo podría haberte dejado morir sin hacerte saber que he llegado a amarte incluso más de lo que tú podrías amar?

Felix se derrumbó, sollozando fuerte y envolviendo sus brazos alrededor del torso del mayor, ocultándose en él. Era una mezcla de alivio, tristeza y paz. Era una mezcla de sentimientos que no paraban de pasarle por el pecho, dejándolo anonadado. Intentó detener su llanto, dejar de mojar la camisa negra de su esposo.

Minho le alzó el rostro, sosteniéndolo de las mejillas, y ambos cerraron sus ojos con fuerza antes de plantar sus labios en los del otro, moviéndolos con pasión, profundidad, sintiendo cada parte de sus bocas, disfrutando cada sensación, cada pequeño segundo.

Una de las manos repletas de hermosos anillos de Minho fue a la nuca de su niño favorito, sosteniéndolo del cabello para mantenerlo cerca, deteniendo el profundo beso cuando pequeños sollozos se le escapaban e intentando consolarlo con caricias y suaves pero cortos besitos sobre su boca.

Para Felix, Minho era el amor de su vida, y para Minho, Felix era el amor de su existencia. Su alma gemela. Lo había sentido siendo tan solo un alma, el momento en que fue creado. Lo sintió en el pecho, y este sentimiento lo llevó a él. Fue como un llamado del destino, algo a lo que no podía ni quería negarse.

Largos minutos después, se apartó y le limpió mejor las lágrimas a Felix. Ahora se encontraba serio, viendo fijo al pecoso, y éste sabía que cuando Minho tenía aquella mirada era porque diría algo que no quería ni podía repetir dos veces.

—Escúchame con atención —dijo. Felix asintió, sorbiendo su naricita—. El demonio que ha matado a Jisung está en el infierno. Yo voy a encargarme de éste, cobraré venganza por ti, me encargaré de hacerlo pagar cada segundo que sufriste. —Felix asintió mientras apretaba sus labios, intentando no llorar desconsoladamente, de nuevo—. Debo irme ahora, esta vez...por un tiempo indefinido.

—¿Qué? No. No, no puedes irte ahora. No pu...

—Felix —Lo interrumpió—. Tú sabes que a mí me importa una mierda tu familia, pero estarán vigilándote. Lo que te sucedió no es poca cosa, y querrán comprobar que no esté contigo. Van a dañarte, y no voy a tolerarlo. —Explicó, suspirando mientras continuó limpiando las lágrimas que fluyen por las mejillas del menor—. Pero volveré.

—No lo harás... —Sollozó, adolorido y temblando aún más. —. S-solo lo dices para que no me duela, para que resista. No volverás...

—No. Mírame. Mírame, Felix. Lo haré. Prometo que lo haré. Voy a volver, debo volver... debo regresarte.

El silencio se hizo presente unos segundos.

—¿R-Regresarme?

Minho lo observó fijo a los ojos, y la suave brisa invernal finalizó.

—Espérame, ¿De acuerdo? Debes esperarme.

—¿Min? —Es casi instantáneo comenzó a sentir su cuerpo cansado, pesado, lo suficiente para acabar recargado en el pecho del Diablo. Los ojos se le cerraban. —M-Min...

Oyó la voz de su esposo decirle algo, pero no pudo descifrar qué.

Cayó dormido.

Días después, finalmente, sus ojos se abrieron.

Parpadeó lentamente, observando a su alrededor. Habitación blanca, algo inyectado en su antebrazo, alguien con delantal acomodando cosas a su lado.

Hospital. Estaba en un hospital.

...oh.

—Hey, finalmente despiertas —Dijo la mujer con ánimos, tomando una libreta y verificando lo que esta decía—. Lee Felix , soy la doctora Kim. ¿Recuerdas lo que te sucedió?

Claro que recordaba...pero por algún extraño motivo, no le afectaba.

—Sí —Respondió. Hasta su voz sonaba extraña—. ¿Qué día es?

—Han pasado cuatro días desde el incidente. —Respondió la mujer, anotando un par de cosas en su libreta—. ¿Te duele algo?

—No. —Suspiró, cansado antes de moverse un poco, intentando sentarse. La enferma rápidamente lo ayudó, extrañada.

Debería de dolerle, al menos, la cabeza. ¿Un milagro, tal vez?

—Necesito revisarte para verificar que estés completamente bien, pero iré a avisarle a tu familia. Llevan mucho tiempo esperando fuera. Pediré que te traigan agua, y tal vez puedas comer una sopa, niñito.

Felix tan solo la observó irse, ya sentado, y se observó a sí mismo. Se observó las manos, movió los dedos de sus pies, y tocó su rostro... ¿Qué cambió?

Porque ya no había vacío. Claramente Minho se había ido, pero poco le afectaba.

Poco le afectaba todo.

Intentó recordar algo profundo, algo que sabía que podría dolerle. Visualizó la imagen de su mejor amigo descuartizado, muerto, y con la mirada perdida.

...

Nada.

Y tal vez era una leve sospecha, tal vez Felix solo estaba cansado y necesitaba comer o beber, pero... había una gran posibilidad... no. No era hambre, no era sed. Era una probabilidad.

El Diablo había cumplido con su trato

Su alma ya no estaba. ¿Y le afectaba?

Para nada.

Era un nuevo comienzo, una diferente manera de ver las cosas... y la disfrutaría.

Al máximo.

"Por mucho que me guste estar dentro de su hijo, llegará un punto en el que tendré que salir, como siempre."

Ni en momentos así deja de ser minho, maldito sucio JAJAJAJAJAJ

dee ahora en adelante va a cambiar nuestro lixie

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