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Episodio 2

El terremoto fue de 8.1 en escala de Richter. Duró cinco minutos. Y atemorizó a todo Desert Hot Springs.

Brianna y yo continuamos abrazadas varios minutos después de que el terremoto terminó. De las dos, yo era la que temblaba y lloraba en silencio en brazos de mi mejor amiga.

—Pensé que el mundo se terminaba—alcancé a escuchar el balbuceo de una chica que se hallaba sollozando en los cálidos brazos de su novio.

Aparté la mirada cuando se besaron. Bueno, para ellos, darse un beso era una forma de calmarse ante un desastre natural como el que acababa de pasar, pero para mí no. Lo que yo deseaba era llamarles a mis padres y saber si estaban bien, pero la red cayó y estábamos incomunicados; y lo peor: el director se rehusaba a dejarnos marchar por nuestra cuenta. Nadie se atrevió a contradecirlo por la conmoción.

—Luna, mírame.

Negué con la cabeza, temerosa a que se apartara de mi lado y volviera a temblar.

—Por favor, mírame—Brianna me agarró de la mandíbula con suavidad y me obligó a verla—no pasa nada, ¿de acuerdo? Ya pasó. Estamos todos a salvo.

Ella era casi de manera literal, como mi hermana.

Minutos después, el profesor Eugene comenzó a llamar a los estudiantes a través de un megáfono a medida que sus padres llegaban por ellos, tal y como solían hacer en el jardín de niños.

Mis padres llegaron a los diez minutos del suceso y nos abrazaron a las dos con preocupación. Mamá tenía lágrimas secas en las mejillas y papá miraba a todos lados, a la defensiva.

—Vamos, cariño, vendrás con nosotros—dijo mamá, mirando a Brianna—tus padres irán a nuestra casa a recogerte. Nos llamaron por teléfono.

Asintiendo, Brianna me abrazó y salimos a la calle con mis padres detrás. Las mochilas de todos quedaron en los edificios, pero nadie quiso entrar por las suyas hasta que fuera seguro. Creo que la mayoría tuvo suerte en tener sus teléfonos en la mano al momento del terremoto.

—Sentí morir, mamá—me quejé en cuanto llegamos. En el camino a casa estuvimos en silencio.

Me horroricé al ver el desastre de mi hogar. Todo estaba tirado, los muebles, retratos, pinturas, cosas de cristal. La casa estaba patas arriba.

—Quédense en el patio trasero en lo que limpiamos—ordenó papá.

—Podemos ayudarles—dijo Brianna.

—No. Hay muchos cristales rotos esparcidos por todos lados, así que las quiero lo más alejadas posibles—informó mi madre—o mejor busquen a Koray. El pobre salió corriendo sin rumbo y no pudimos ver a donde se fue.

Se me estrujó el corazón de solo pensar en mi perro horrorizado y corriendo a un lugar seguro mientras todo temblaba con ferocidad.

—¿A dónde pudo haber ido? —preguntó Brianna, inspeccionando el patio del vecino desde nuestra cerca de madera que nos dividía.

—Su lugar favorito es el parque que está a doce calles de aquí, pero no creo que haya ido hasta allá.

—¡Koray— Brianna comenzó a gritar su nombre.

Gritamos su nombre hasta quedarnos afónicas y con dolor de garganta, pero mi perro no daba indicios de estar cerca. Comencé a impacientarme porque él no era de los que salía huyendo de casa y no conocía bien las calles ni el vecindario. Era el único perro chihuahua de la ciudad, o al menos eso creía.

—Hay que ir a ese parque, de seguro ahí está—propuso mi amiga.

Y no tuve más remedio que hacerle caso.

Bajo el sol ardiente, nos encaminamos a ese posible sitio donde dudaba que se encontrara mi mascota.

Las personas yacían fuera de sus casas con sillas plegables, debajo de sombrillas o carpas hechas a la hora, por miedo a que otro terremoto pudiera sorprenderlos dentro de la casa.

Nos saludaron con un asentimiento de cabeza y seguimos nuestro camino. Brianna siguió gritando el nombre de mi perro mientras llegábamos. Me resultaba deprimente que Koray hubiera abandonado la casa en ese momento tan crítico; pero me ponía en su lugar como un animal y no saber la razón por la que el suelo temblaba con indicios de abrirse y tragarnos.

—¡Koray! —grité a punto de llorar. Habíamos llegado al parque y estaba totalmente desértico.

—Tranquila, lo vamos a encontrar—Brianna me palmeó el hombro para darme ánimos—quizá está escondido. Dale tiempo a que salga y nos escuchará... ¡Koray!

Exhaustivamente buscamos alrededor del parque, en los juegos infantiles, y nada. Después de un largo tiempo, me di por vencida y me senté en los columpios mientras observa a Brianna buscándolo aun sin darse por vencida. Esa chica de cabello verde me motivaba a continuar en cualquier adversidad. Y yo tenía suerte de tenerla a mi lado como «mi mejor amiga».

De repente, en medio de mis lamentos, tenuemente escuché unos ladridos muy cerca, pero al mismo tiempo lejos. Me levanté del columpio y escudriñé a mi alrededor en su búsqueda. Reconocía esos ladridos. Era Koray.

—¡Koray! —grité, y eché a correr hacia la dirección que parecía provenir los ladridos. Brianna me miró perpleja y me siguió.

—Eh, ¿A dónde vas?

—¿No escuchas eso? ¡Koray está ladrando! —chillé sin detenerme.

—No escucho na... —entonces Brianna se quedó en silencio para después gritar con euforia— ¡Lo escucho! ¡corre más rápido!

Logramos estar en el lugar donde sus ladridos sonaban a todo pulmón, pero no había más casas. Si caminábamos varios metros más, nos íbamos a meter al desierto, el cual estaba lleno de plantas con púas o arbustos resecos que podrían lastimarnos. Estábamos a las afueras de Desert Hot Springs y para ser exactos, en la última casa.

—Dejó de ladrar—comentó mi amiga, girando en su propio eje—hay que hablarle para que ladre nuevamente.

—¡Koray! —grité y a continuación tosí. Sentía seca la garganta y la lengua como lija por tanto polvo.

Los ladridos surgieron con más potencia y desesperación.

—Creo que los ladridos... provienen dentro de la casa—Brianna se acercó a la residencia que parecía estar abandonada.

—No es posible. Koray no pudo haber entrado por su cuenta—me acerqué a la puerta y toqué el timbre.

—No parece que alguien habite la casa, Luna.

—Koray está adentro. Alguien lo metió—la miré por encima del hombro y estiré la mano para volver a tocar el timbre otra vez, pero di un respingo cuando la puerta se abrió.

Lo primero que vi fue a Koray en brazos del dueño de esa casa y sin miramientos intenté quitárselo, pero el sujeto retrocedió varios pasos, dispuesto a cerrar la puerta. Y fue así que alcé la vista para enfrentarme a ese imbécil y me crucé con unos ojos casi irreales. El color de ellos eran como los de un zafiro azul. Tenía largas y gruesas pestañas y unas cejas pobladas bien pinceladas y definidas. Mecánicamente me eché para atrás, realmente anonadada con aquella belleza masculina que jamás había visto en mi vida. Su cabello era azabache y algo desordenado. Vestía ropa deportiva y se lograba ver lo bien ejercitado que tenía el cuerpo. Y lo más curioso era que no estaba ni si quiera un poco bronceado.

—¡Oye! Devuélvenos a nuestro perro—Brianna cortó aquel extraño momento y se lo agradecí infinitamente.

—¿Cómo sé que les pertenece? —inquirió el ladrón de perros. Su voz era gruesa y muy varonil para su aspecto. Koray se retorció en sus brazos.

—Se llama Koray y se perdió cuando sucedió el terremoto. Ahora sé buen ciudadano y danos al perrito—exigió mi amiga, perdiendo la paciencia. Ella no había caído en su encanto. Gracias a Dios.

—No puedo entregárselos si no me dan una prueba de que es suyo—se negó rotundamente.

—¡Koray, vámonos! —grité con los pelos de punta. Mi perro ladró, ansioso y le mordió el antebrazo al chico, liberándose así de él. Corrió hasta mí y lo cargué.

—¿Lo ves, engreído? Es nuestro—le espetó Brianna al sujeto antes de acercarse a mí para marcharnos.

Dimos media vuelta y nos dirigimos a casa. Pero pude sentir la mirada del chico quemándome la espalda en todo el trayecto. Y como quién no quiere la cosa, aventuré a echarle un vistazo por encima del hombro y efectivamente, nos estaba observando desde su casa.

—Nunca lo había visto por aquí—observó Brianna—¿se habrá mudado recientemente?

—No tengo idea, pero me pareció muy extraño.

—Demasiado. Lo bueno es que recuperamos a Koray—le acarició la cabeza a mi perro y este meneó la cola.

Estuvimos en casa en el instante que mis padres terminaron de limpiar lo que había provocado el terremoto y se alegraron de que logramos encontrar a Koray. Mama preparó una comida estupenda y por fin Brianna llamó a Maggie en mi habitación para saber cómo estaba sin que nadie más la escuchara.

A las ocho de la noche pasaron por mi amiga y nos despedimos, quedando de acuerdo para hablar por mensaje más tarde.

A mamá le mandaron una difusión como al resto de padres de familia, comunicándoles que no habría clases hasta nuevo aviso, puesto que, infortunadamente, la preparatoria sufrió graves daños, casi llegando al colapso. Y que solamente al día siguiente teníamos permitido ir por nuestras mochilas.

—No pienso ir. Pueden quedarse con mis cosas, incluida la bicicleta—refunfuñé desde lo alto de las escaleras en cuanto me dio el anuncio mi mamá.

Pese a que el miedo surgía a cada instante que recordaba como temblaba el suelo y el salón, dejé que Koray se quedara a dormir conmigo en la recámara, ya que él tenía su propio espacio en el pasillo, en medio de nuestras habitaciones.

Él también seguía atemorizado porque a cualquier ruido, se ponía a la defensiva y se echaba a temblar.

Lo subí a la cama y lo abracé. Y estuve acariciándolo con mis dedos unos cuantos minutos hasta que quedó completamente dormido en la seguridad de mis brazos. Lo besé en la cabeza y sentí un peculiar aroma en su pelaje. Era olor a perfume masculino y era riquísimo. Parpadeé al recordar al chico que se lo había robado y me ruboricé. Era muy atractivo, no podía negarlo.

¿Cómo es que mi perro había caído en manos de ese desconocido?

Era demasiado tarde para ponerme a pensar en ello. Despejé mi mente de cualquier problema pasado y decidí dormir, manteniéndome alerta por si otro terremoto nos sorprendía. Dejé la luz encendida y la puerta sin pestillo.

Al despertar, lo primero que vi fue a Koray lamiéndome con urgencia la cara. Lo alejé de mi nariz con desdén y bostecé. Al parecer no hubo otro desastre. Fui hasta la ventana y noté que algunas familias acamparon en las calles por seguridad. Alcé más mi mirada hasta llegar a un pequeño punto cerca del comienzo del desierto en donde era la casa de aquel extraño chico. A simple vista era una vivienda más, pero Brianna y yo sabíamos que ahí residía un nuevo ciudadano de Desert Hot Springs.

Para iniciar el día sin escuela, ayudé a mis padres a almacenar lo que ya no servía luego del terremoto. Con tristeza tuve que meter a la bolsa de basura las tacitas de porcelana que me había regalado la abuela cuando cumplí siete años y que era el único recuerdo de ella que me quedaba.

El vecindario imitó nuestra dinámica para tener algo con qué entretenerse. Las leves réplicas nos mantuvieron con los nervios a flor de piel en el resto del día. Brianna me llamó un par de veces por teléfono y por medio de un mensaje me informó que había ido por nuestras mochilas y bicicletas al instituto, quedando de vernos en unos días.

La semana completa no hubo clases porque ya estaban reconstruyendo lo que se arruinó de las instalaciones; al principio fue divertido no ir a la preparatoria, pero conforme fueron transcurriendo los días, me sentí más aburrida y como Brianna no dio señales de vida después de venir a dejarme mis cosas, decidí leer los libros de mis padres.

Una mañana, al cabo de dos semanas sin hacer nada, mamá recibió otro mensaje difundido por el director en donde decretaba que las vacaciones de verano comenzaban ese día y que nos presentáramos en dos meses a comenzar el nuevo año. Estupefacta, releí el mensaje varias veces.

—¡No! Estoy muerta de aburrimiento—agonicé en la mesa, indignada y dispuesta a hacer huelga de hambre si era necesario.

—El dramatismo no es el tuyo, Luna. Madura ya—le oí decir a mi padre en tono desaprobatorio.

—Papá, no tengo nada que hacer. Pensaba salir a alguna parte con Brianna en lo que comenzaban las vacaciones, pero ahora será imposible—bufé.

—¿Por qué imposible? Invítala a venir, cariño—sugirió mamá.

—No puede, es decir, ya no tiene tiempo para mí—me encogí de hombros—tiene que estar con «otra» persona más importante.

Mis padres dejaron de desayunar para mirarme.

—¿Tiene novio? —papá fue el primero en comenzar la ronda de preguntas.

—Deberías de apresurarte también tú, cielo—se burló mi madre y tanto papá y yo la miramos con hostilidad.

Arreglándomelas para evadir el interrogatorio, di las gracias y me retiré a mi recámara.

Los días iban a ser más largos que de costumbre.

Finalmente, a raíz del aburrimiento excesivo que conllevaba tener que lidiar con solamente mis progenitores durante más de dos meses, logré encontrar algo que hacer en ese tiempo. Busqué en internet si había algún refugio de animales o personas que desearan que les cuidara a sus mascotas por medio tiempo y resultó que sí. Efectivamente había familias en Desert Hot Springs que tenía animales que no podían cuidar por las mañanas o tardes. Cinco familias requirieron mis servicios como niñera perruna a cambio de recibir cien dólares por cada día. Vaya. Eran gente de dinero, no había duda.

—Teniendo a Koray en casa para que lo cuides y decides ir a cuidar a otros perros por dinero—rio mi padre mientras cargaba a mi mascota en brazos. Era mi primer día como niñera—pobre de tu perro, en serio.

—Mejor hablamos después. Estoy retrasada—dejé mi bolso en el canasto de la bicicleta y eché a andar rumbo a mi trabajo. Eran las nueve de la mañana con quince minutos.

Durante un mes cuidé a diez perros con los que logré encariñarme profundamente, pero cada que yo volvía a casa, Koray me ignoraba y despreciaba al sentir el olor de los otros en mis manos y ropa. Era un pequeño sacrificio con el que podía lidiar, además, llevaba mucho dinero ahorrado con la paga que recibía de los dueños de los caninos.

Y como era de esperarse, el tiempo empezó a agotarse. Faltaba escasas dos semanas para volver a la preparatoria y me deprimí. Ni si quiera tuve noticias de Brianna. Ella me contó que se iría de paseo a Miami con sus padres, junto con Maggie, puesto que la chica trabajaba para la empresa y de todas maneras podía ir con ellos sin levantar algún tipo de sospecha. ¡Qué envidia! Y de vez en cuando me enviaba fotos en la playa y yo de los perros que cuidaba.

Las familias con las que estaba trabajando me agradecieron por los buenos cuidados justo a una semana del inicio de clases. Incluso me dieron bonos extras por el excelente trabajo y me desearon éxito en los estudios.

Regresé a casa muy aliviada y contenta conmigo misma por haber hecho algo de provecho en esos meses. No obstante, mi teléfono sonó, anunciando un nuevo mensaje a la bandeja de correo electrónico. Yo me había comunicado así al principio con esas familias antes de proporcionarles mi número telefónico.

Dejé la bicicleta en el jardín y entré a casa. Me desplomé en el sofá y leí el mensaje del correo.

«¿Puedes limpiarme la casa por esta semana? Te pagaré muy bien.»

Fruncí el ceño. ¿Acaso era una broma? Exclusivamente había dejado estipulado mi correo electrónico bajo una enorme reseña de cuidados de «animales» no de limpieza de viviendas.

Furiosa con ese sujeto, le respondí de vuelta con todo el veneno que pude.

«Mira, idiota, ofrezco mis cuidados especiales para perros. Soy niñera de animales, no sirvienta. Jódete»

De solo pensar en esa persona detrás del mensaje me hirvió la sangre. ¿Quién se creía?

El sonido de un nuevo mensaje me sobresaltó. ¿Había respondido?

Abrí con rapidez la respuesta y entorné los ojos.

«Te pagaré dos mil dólares o lo que tú quieras, pero limpia mi casa. Es urgente.»

Indecisa, releí cinco veces su súplica. ¿Acaso estaba discapacitado? ¿tenía problemas mentales? ¿era un psicópata o sociópata que solo quería meterme a su casa y estrangularme?

Sacudí esas horrorosas ideas de la mente y me mordí el labio.

«Cómo sé que hablas en serio y que esto no es una broma. Nadie paga tanto dinero por limpiar una casa. Es imposible y estúpido.»

Y contestó un minuto después.

«Yo seré el primero en pagarte dos mil dólares por limpiarme una semana la casa. Esta es mi dirección...»

La situación era esta: no me faltaba el dinero, pero tampoco podía ignorar la enorme cantidad que ofrecía por solo limpiarle la casa a un completo desconocido. El salario que había reunido en el verano y más lo que ese idiota estaba dispuesto a darme, podría servirme para comprarme muchas cosas y llegar estrenando a la preparatoria.

Y sin darme cuenta, me encontré escribiéndole de vuelta.

«Está bien. Mañana estaré ahí a las nueve en punto. Más te vale no ser un criminal o te mataré antes de que me toques un cabello.»

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