Dudas
Amanecía en aquel pequeño pueblecito ruso. Dema miraba por la ventana de su cuarto, los copos de nieve caían con calma, se depositaban en el suelo sin hacer ningún ruido, acumulándose en las calles. La hermosura del paisaje sobrecogía a la joven, de sus profundos ojos grises, llenos de tristeza, caían un par de lágrimas solitarias, sin que ella hiciese nada por evitarlas. El tiempo se había puesto de acuerdo con ella, el cielo lloraba por su pérdida, al igual que lo hacían sus ojos.
No era capaz de explicarse cómo había llegado a ese punto, ella no era una mujer que llorase por cualquier cosa. A sus veinticuatro años, pocas cosas habían conseguido hacerla llorar pero esta, de algún modo, era una de ellas.
Los cortos días de primeros de marzo, acabando el invierno, veían su calvario. Era curioso, con el invierno había empezado su felicidad y el final del invierno se la estaba llevando poco a poco, gota a gota, su estación favorita del año la había traicionado, de la misma manera que lo había hecho él. Él, que prometió estar siempre. Él, que prometió nunca dejarla sola. Él... Que siempre había sido su mejor amigo. Él... Que se alejaba de ella como el mismo invierno.
Ella nunca había esperado aquello, ni en la peor de sus pesadillas. Aquel hombre, Markov, su mejor amigo desde que tenía uso de razón, nunca la había atraído, nunca había sentido nada por él excepto cariño, había sido la persona a la que más había querido, había sido su amigo desde antes incluso de acordarse, en la misma cuna estaban juntos, en la misma cuna había nacido su amistad.
Y, de repente, todo se fue al traste. Algo cambió en ella, algo que nunca supo y nunca sabrá, algo que hizo que dejase de verle sólo como su amigo y se convirtiese en un hombre a sus ojos. Algo que consiguió que la joven Dema se enamorase de él.
Él, por otro lado, siempre había querido algo con ella, siempre lo había disimulado por el bien de su amistad porque, como él mismo había dicho en innumerables ocasiones, la quería más que a nadie en el mundo, era su punto fuerte y su debilidad.
Aquellas palabras, aquellos recuerdos de todos los últimos años atormentaban a la joven cada día. Cada hora. Cada minuto. No paraba de repetirlas en su cabeza. ¿Qué había sucedido para que aquello cambiara? ¿Qué había sido lo que lo había hecho alejarse de ella? ¿Qué había hecho mal?
Preguntas. Dudas. Interrogantes sin una respuesta. La única respuesta que cabía en su cabeza era que él se había ido. Se había ido y no tenía ningún interés en volver a ella. Había hecho justo aquello que prometió no hacer. Dejarla sola.
Sin darse cuenta, su mente comenzó a rememorar una vez más lo que había pasado. Cada detalle de los últimos dos meses pasaba por su cabeza sin que ella fuese capaz de pararlo. Su historia, consumida en dos míseros meses, no dejaba de rondar su mente.
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