Despedida
Esa noche volvió a su casa, acompañada por él, que la miraba con pena. Sentía como sus lágrimas se iban helando a cada paso que daba, de manera literal, el frío cada vez era mayor, muy acorde a sus sentimientos. El día que se habían besado por primera vez ella había sido feliz. Ella se había sentido plena, creía que por fin había encontrado algo en su vida que fuese a funcionar, ya fuese en forma de relación o en forma de besos ocasionales.
Entró en su casa, no derramó una lágrima más. Al menos seguiría siendo su amigo. Había perdido un posible novio, pero seguía teniendo a su mejor amigo y aquello era algo que debía valorar.
Pasaron los días, su relación volvió a ser bastante normal. Bastante, porque no era del todo normal, había un poco de tensión en el lugar cuando estaban juntos y quedaban menos que anteriormente, pero aun así, seguían estando ahí y, si se veían, hablaban un rato y se saludaban. Poco a poco iría retornando todo a la normalidad, se decía Dema para sí misma, estaba segura de aquello.
Unos días después, los dos acudieron a la misma fiesta. Era una fiesta de nochevieja, había terminado el año. Año nuevo, vida nueva, se decía la joven que, por mucho que lo intentaba, no era capaz de dejar de pensar en él. Se sentía confundida, dudaba de si estaba confundiendo sus sentimientos de amistad por él con algo más, no era capaz de decidir si de verdad le quería o era algo de la amistad. Si de verdad no podía parar de pensar en él porque lo sentía más lejos de ella o porque realmente sentía algo más por él. Y era algo que no dejaba de dar vueltas en su cabeza. Tenía miedo de equivocarse y que, en realidad, no le quisiera y estuviese montando todo el lío que se había montado por nada. No sabía cómo aclarar sus sentimientos pero algo le decía que le quería de verdad. Aun así, ella trataba de todas las maneras posibles de estar segura de ello, no quería volver a meter la pata. No otra vez. No con él. No podía perderlo, no quería perderlo.
En la fiesta de nochevieja, todo transcurrió de manera normal hasta el final de esa noche. Markov y ella se habían puesto a hablar y, cuando se dieron cuenta, se habían quedado prácticamente solos. Se sonrieron.
—Vámonos a casa. Fumamos un cigarro por el camino y a dormir —ella había propuesto aquello sin ninguna intención extraña, sólo quería pasar unos minutos más con él. Realmente lo necesitaba.
Él asintió con la cabeza y se dirigieron a casa. Esa noche, Dema había ligado y no dudó en contárselo a él, aquello era algo que siempre se contaban.
—¡¡Ah!! Hoy he ligado, el chico era bastante guapo.
—¿Y no tuviste nada con él?
—No, de momento, aunque me gusta, es probable que quede con él en algún momento. Quiero enrollarme con él —ella se echó a reír ante sus propias palabras. Realmente lo decía en serio, ella quería enrollarse con aquel muchacho con el que había ligado.
Markov se quedó mirando hacia ella mientras los copos de las primeras nieves del año caían sobre su pelo, dándole un aspecto encantador y le dijo:
—¿Y conmigo? ¿Conmigo no quieres nada?
La joven lo miró ojiplática. ¿Qué había dicho? ¿No habían quedado en ser sólo amigos? Un suspiro profundo salió de la boca de la joven, que negó con la cabeza mirando hacia otro lado. No sabía muy bien qué decir.
—Yo ya te dije el otro día lo que quería, Markov, no me vuelvas loca, por favor.
Él asintió con la cabeza. ¿Qué estaba haciendo? No lo sabía, pero sin apenas darse cuenta se acercó a ella y dejó que sus labios se posasen sobre los de ella. Ella tardó un momento en reaccionar, pero lo hizo. Y le siguió el beso, cerrando los ojos con fuerza mientras sus manos rodeaban el cuello del hombre. Él la cogió por la cintura, apretándola contra sí con cariño y, después de unos segundos, se separó de ella, sólo para hablarla al oído.
—Igual no podemos salir juntos, pero podemos besarnos. Eso no creo que haga daño a nadie. No podemos acostarnos, pero podemos seguir besándonos —un suave suspiro salió de los labios de la joven—. Me encanta besarte, Dema.
Ella asintió con la cabeza sin decir nada mientras volvía a dirigir sus labios a los de él, besándole con intensidad.
Aquella noche, ella llegó a casa con una sonrisa de oreja a oreja. Aquello había hecho que su año se alegrase. Él había entrado en razón. Puede que no tuviesen una relación, pero al menos podría seguir besándole. Y con eso servía, por el momento...
*
Los días pasaron, el invierno fue perdiendo crudeza, cada día hacía menos frío. Enero se había portado bastante mal con el pueblo, dejando copiosas nevadas y fuertes heladas que dificultaban la vida de los habitantes. Con la entrada de febrero, las cosas habían mejorado considerablemente, aunque seguía nevando copiosamente prácticamente todos los días. Estaban a mediados de febrero. Un día veinte de febrero fue el día que todo cambió.
El mes y medio anterior, todo había ido bien. Markov y ella seguían dándose besos furtivos prácticamente cada día y ella ya había llegado a la conclusión de que no confundía nada. Ella estaba realmente enamorada de él, pero no se atrevía a decírselo, no quería estropear lo que estaban viviendo, otra vez no. Estaban bien así de momento, habían recuperado su relación normal sólo que mejorada, puesto que compartían besos prácticamente cada día. Aquello se había vuelto adictivo para ella y estaba feliz.
El día veinte de febrero habían quedado todo el grupo de amigos para dar un paseo por el pueblo, ya que no nevaba en exceso ese día y la nieve que había caído en días anteriores hacía que las vistas del pequeño pueblo fueran espectaculares.
Compraron unas latas de cerveza en el pequeño supermercado del pueblo y fueron a un mirador que dejaba una maravillosa vista de las montañas de alrededor del pueblo. El frío ya no era tan intenso, de manera que podían estar en la calle sin acabar congelados por ello. Se sentaron en un pequeño banco que estaba a cubierto de la nieve y, todos juntos, rieron durante muchas horas mientras bebían. En un momento dado, Dema tuvo que irse un momento, acompañada por Iliana y Marya, mientras que Markov se quedaba a solas con Annya.
Las tres chicas se dirigieron a casa de Dema, contentas, puesto que su madre le había encargado una cosa y tendría que hacerlo rápido. Por el camino, les iba contando a sus amigas lo que estaba pasando con Markov. Ellas la veían emocionada, veían que de verdad estaba contenta con él, que podrían ser una buena pareja y la sonreían porque se merecía que por fin algo le saliese bien.
Tardaron aproximadamente una hora en volver donde los esperaban Annya y Markov, pero en esa hora algo había cambiado. Él estaba serio, apenas le dirigía una mirada a Dema y ya no había complicidad entre ellos, de nuevo. ¿Qué habría podido pasar en una hora? La joven no lo entendía. Cuando él se dirigía a ella, era cortante y frío y sólo lo hacía cuando ella le preguntaba algo.
Así transcurrió el resto de la tarde hasta que todos se fueron. Le preguntó que si estaba enfadado con ella, él sólo contestó negativamente, sin dar más explicaciones, pero estaba claro que algo pasaba, ¿qué era? No lo sabía y él no quería decírselo tampoco.
Pasaron los días y la joven no tuvo ninguna noticia de su amigo. No sabía dónde estaba, no sabía qué le pasaba con ella, no sabía si estaba enfadado, nada. No sabía nada de él. ¿Qué demonios estaba pasando allí?
Marya le dio la solución. Se había enterado de lo que había pasado. Annya le había contado a Markov todo lo que ella había dicho de él. Le había contado que ella estaba enamorada de él, le había contado que estaba celosa, aun siendo mentira, de todas ellas. Le había contado mil cosas que no eran verdad y otras tantas que sí lo eran, pero no le correspondía a ella contárselo a él.
Dema estalló en furia. Gritó, se enfadó, con Annya y con el propio Markov por ni siquiera preguntar, sólo creer lo que habían dicho, lloró, sufrió y se recompuso. Decidió no decir nada de aquello, puesto que Marya le había pedido que no dijese nada puesto que nadie se podía enterar de que se lo había contado.
Esperó y esperó. Y siguió esperando. Sólo un día alguien llamó a su puerta. Era él, Markov. Ella sonrió, pensó que había ido a explicarse, a pedirla perdón por haber creído a Annya sin dudar, a hablar con ella del tema. Markov le pidió que bajase a la calle. Nevaba de nuevo. Él estaba serio y, poco a poco, la sonrisa de la joven se fue borrando. La expresión de él no indicaba nada bueno.
—Hola, Markov.
—Hola, Dema.
—¿Qué pasa?
—Verás... —Se veía alterado, ella sabía que lo que iba a decir le iba a doler y él sabía que les iba a doler a ambos, pero le pareció lo mejor—. No quiero nada contigo, Dema. No quiero volver a tener nada contigo. En un tiempo, podremos volver a hablar y ser amigos, pero ahora mismo necesitamos alejarnos.
Un par de lágrimas volvieron a caer de los ojos de la joven. Había llorado demasiadas veces por aquel hombre y, aunque si había un hombre en su vida que se lo merecía era él, no quería seguir llorando más por él. No podía. Ya lo estaba pasando suficientemente mal.
—Markov, es mentira. No estoy enamorada de ti. Me equivoqué. Es verdad que lo dije, pero estaba confundida, confundía amistad con algo más.
Él me miró incrédulo. Estaba claro que no había creído una sola palabra de lo que la joven había dicho.
—De igual manera, necesitamos alejarnos. No insistas, ya sabes que no me gustan las insistencias. Hasta dentro de un tiempo, Dema.
Y, sin más, él se alejó de ella. Las últimas nieves del invierno se lo tragaron, de la misma manera que se tragaron los gritos de ella que trataba de hacerle volver. Sentía como su corazón se rompía en mil pedazos. Después de toda una vida, lo estaba perdiendo. No había un trozo de su corazón que siguiese entero y, aun así, seguía queriéndole con cada uno de los pedazos. En ese momento, la joven había perdido a su posible amor y a su mejor amigo. ¿Cómo? ¿Por qué? ¿Cuándo? Preguntas que él no quería responder y ella no sabía hacerlo. ¿Qué iba a hacer ahora? La joven levantó la cabeza y se levantó del suelo, donde había caído sin haberse dado cuenta. Su cuerpo se giró automáticamente y entró de nuevo en su casa. Sólo había una cosa que podía hacer ahora. Seguir adelante. Olvidarle. Esperar que, cuando él volviese, no fuera demasiado tarde y ella no lo quisiera en su vida. Esperar que su mejor amigo volviese con ella.
Esperar.
Tiempo.
Fin del invierno.
Primera primavera sin él, seguida del primer verano.
Y, después del primer otoño, con las primeras nieves del nuevo invierno, su corazón volvía a estar arreglado, preparado para amar.
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