ʀᴇᴄᴜᴇʀᴅᴏs ᴀᴍᴀʀɢᴏs ɪɪɪɪ
Prefectura de Aomori (Tohoku), Japón.
Las pesadillas lo perseguían constantemente.
No podía cerrar los ojos en las noches, de lo contrario podía ver a su madre en suelo, asustada. Ahogando un grito de terror al ver como su hijo enterraba aquel objeto en el costado de su esposo.
Y sabía que su madre ahora lo odiaba, ella no había ido a visitarlo, no le enviaba cartas. Mientras los demás niños veían a sus padres cada dos semanas él se quedaba en aquel cuarto blanco, sentado, repasando los conocimientos adquiridos gracias a Odasaku, su terapeuta.
Su madre lo había abandonado.
Pero no hablaría de ello con Oda, el no haría más que hacer preguntas.
Y él no quería responderlas, porque si las respondía solo ahondaría más en el hecho de que era repudiado por su progenitora, a quien se había prometido salvar y ayudar, ahora se arrepentía de simplemente no haber esperado a que la policía llegara, ahora, a sus once años, lo entendía.
Estaba listo para caminar hacia adelante, con ayuda de Odasaku, pensaba, mientras era dirigido por los guardias al jardín trasero, donde se suponía que tenía que interactuar con los demás niños, Oda se lo había pedido. Pero no planeaba acercarse a nadie si ellos no lo hacían primero.
Se sentó en el mismo columpio de siempre, balanceándose pensativo. Mientras oía a los demás niños jugar e interactuar sanamente entre ellos, como se suponía que el debía hacerlo.
Y sabía que aquel pelinegro raro estaba observándolo, como siempre.
Frunció el ceño, y se dio la vuelta para ver si de verdad lo estaba haciendo, noto que, él ni siquiera estaba ahí.
Volvió a su posición actual, cabizbajo, ahora más tranquilo porque él no estaba ahí, se topó con un par de zapatos iguales a los suyos, y una sombra tapándolo.
Al levantar la mirada, encontró a aquel niño.
Le gruño, este le sonrió con superioridad.
"Mi nombre es Fyodor Dostoyevski, ya se cómo te llamas, así que no tienes que decirlo"
Dazai desvió la mirada, ignorándolo, el contrario se sentó grácilmente en el columpio a su lado.
"Pensé que habías vuelto a escapar, demonio número ochenta y uno" Comento, el mayor sonrió suavemente.
"Pensé que estarías leyendo libros, prodigio cuarenta y tres"
"Porque como siempre estas observándome"
"¿Te incomoda?"
"Me importa un carajo"
"¿Pueden hablar en japones?" Inquirió Oda, acercándose a Dazai, con aquel presentimiento extraño de que, Fyodor Dostoyevski, aquel niño ruso con aspecto enfermizo, pero sonrisa demoniaca, que había asesinado a su hermano y padre mientras dormían, era la última buena persona con la que el pequeño castaño podría interactuar, sin ofender.
"Dazai aprendió a hablar ruso especialmente por mi"
"No es cierto" se defendió, mirándolo enojado.
"Es hora de nuestra sesión, Dazai." Callo a ambos, se alejó del pelinegro, sintiendo aquella mirada en su espalda.
Oda tenía razón, hizo bien en alejar a Fyodor de Dazai, sin embargo, fue una verdadera lástima que la vida no le alcanzara para separarlos, incluso después de que Dazai, con 16 años, se despidiera de Fyodor de aquella manera tan despreocupada, supo que no eran el mejor dúo.
"¿Ya te vas, Dazai?" Se acerco el pelinegro, mientras era escoltado por los guardias hacia su celda, ahora con 18 años.
El mencionado se detuvo, un momento, Oda, con la guardia de seguridad a su lado se detuvieron también. Volteo para verlo encima del hombro. Sonrió.
"Pórtate bien, зло"
Le dedico una sonrisa falsa, la cual Fyodor devolvió.
De alguna manera, ambos sabían que iban a verse de nuevo.
Incluso si Oda intentara lo contrario.
(Porque, Fyodor se aseguraría que el pelirrojo no interfiriese.)
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