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Capítulo 5: Bienvenida

—¿Cuál es el problema aquí?

Los Guardianes llamados Chelsea y Mark se pusieron inmediatamente tensos al oír la tercera voz. Estaba claro que tenía algún tipo de autoridad sobre ellos.

—Capitán.—dijo la mujer a modo de saludo.

—Capitán.—repitió el otro.

—¿Y bien?

Fue la mujer quien tomó la palabra para explicar la situación.

—Estábamos deteniendo a este ente acusado de asesinato y robo, entre otros, cuando esta niña salió de la nada y nos pidió que lo liberásemos.

—En realidad yo solo solicité que se le salvase de la condena a muerte...—intervino Scarlett en voz baja.

—Guarda silencio, por favor.—dijo la mujer con aspereza.—Fue entonces cuando vimos el medallón que porta. Es el símbolo de una Casa fundadora.

—Mark, si eres tan amable.

El llamado Mark le pasó el medallón. El capitán leyó la inscripción bajo la atenta mirada de Scarlett, quien estaba preocupada de que rompieran su único tesoro.

La suerte estuvo de su parte y en seguida se lo devolvió. A pesar de ello se quedó unos segundos examinando su rostro con atención, lo que la incomodó y la obligó a bajar la mirada.

—Disculpad la rudeza de mis subordinados. ¿Tendríais la amabilidad de decirme vuestro nombre?

—Scarlett.

El hombre (Scarlett se imaginaba que rondaría la treintena) sonrió de la forma en la que sonríen aquellos que saben algo que tú desconoces.

—Sin duda es un placer conoceros.

Scarlett frunció el ceño algo confusa pero aceptó la mano que le tendía.

—I-Igualmente.

—Decidme, Scarlett, ¿os importaría acompañarnos a la Casa Gris?

La tranquilidad que le había proporcionado la llegada de aquel hombre desapareció. Nadie iba a una Casa de Guardianes a menos que fueran a encerrarte allí.

Debió de haberse puesto pálida como la tiza, porque el hombre volvió a hablar, esta vez con un tono incluso más suave que el anterior.

—Disculpadme de nuevo. Hace no diez segundos criticaba las malas maneras de mis compañeros y ahora actúo de la misma forma.—hizo una pequeña pausa—Soy el capitán Dáranir Ahelod, líder de la Casa Gris de Ozirian. Estos Guardianes son Chelsea Monger, mi segunda al mando, y Mark Geneviev.

Chelsea hizo un gesto de reconocimiento con la cabeza. No parecía contenta y seguía sujetando al joven con firmeza. Scarlett se percató entonces de la presencia del chico. Se había olvidado por completo de él con la llegada del capitán.

Mark se acercó a estrecharle la mano.

—No tenemos intención de haceros ningún mal.—le aseguró Dáranir Ahelod—Solo charlar en un sitio más adecuado y...privado.

Scarlett asintió con timidez, convencida de que un Guardián, por muy intimidante que fuera, no faltaría a su palabra.

—No obstante, no puedo decir lo mismo de ti.

Su atención cambió de Scarlett al joven atrapado.

—Escuchad a la chica, capitán. Dice que le salvé la vida.—sonreía cansado, como si estuviera demasiado acostumbrado a ese tipo de situaciones.

Chelsea rodó los ojos. El capitán, por su parte, se cruzó de brazos y lo encaró.

—Creo que ya te recuerdo. Eres aquel híbrido que nos causó tantos problemas al abusar de una criada de la reina Cala el mes pasado.

El semblante del joven pelinegro se oscureció. Scarlett lo miró horrorizada. ¿Estaba intentando salvar a un violador?

—Jamás he tocado a una mujer sin su consentimiento. Y creo que yo también recuerdo a esa chica.—bufó—Prácticamente se lanzó a mis brazos. Acepté gustosamente, ¿y qué? ¿Desde cuándo tener vida sexual es un delito?

—Desde que es personal de palacio y nos informaron de tu crimen contra la criada.

El joven alzó ambas cejas con sorna.

—¿Dijo algo la chica?

—Fue despedida el mismo día. No hemos hablado con ella directamente.

—Ohhh, espera un momento, voy a reorganizar los hechos.—sonreía, pero parecía que el tema lo estaba cabreando—Yo, soy el que actúa en contra de la mujer por tener una sana y consentida relación de una noche con ella, y vosotros, los que ayudáis a parar esta barbaridad dejándola sin trabajo. Porque, como todos obviamente sabemos, una mujer no debería tener ese tipo de deseos impropios, sino que debería reprimirlos y en todo caso, fingir una violación.

—¿Puedes probar tu inocencia?—preguntó Dáranir.

—¿Puedes probar mi culpabilidad?

—¡Responde a lo que se te pregunta!—lo amenazó Chelsea.

—Sí. Tan solo hay que hablar con la chica.—los Guardianes le lanzaron miradas desconfiadas—Oh, por favor, no es como si me hubiera follado a la reina.

Chelsea le propinó un puñetazo en el estómago y el chico se encogió de dolor. Scarlett creyó ver como se le tensaban los músculos, como si estuviera controlándose para no hacer algo.

—¡Ten respeto!

—Chelsea, es suficiente.—dijo el capitán.—Por ahora lo llevaremos con nosotros y lo interrogaremos allí. ¿Vendréis, Scarlett? Os di mi palabra de no causaros mal. ¿Preciso hacer un Juramento de Sangre?

—¡N-no! ¡No es necesario! ¡Iré!

Dáranir sonrió aliviado.

—Gracias.

—¿Al menos puedo ir en mi caballo?—dijo el joven.

—¿Qué caballo?—preguntó Mark mirando a su alrededor.—Esos dos son nuestros.

Una pareja de animales descansaba atada a un poste de madera. Al verse observados soltaron un pequeño relincho. Scarlett sonrió débilmente. La visión de las hermosas criaturas calmaba sus nervios.

—Da igual, ya nos encontrará.—murmuró.

Chelsea lo miró como si estuviera tratando con un lunático y aún atado lo empujó hacia uno de los caballos, ordenándole que subiera. Luego ella subió detrás y agarró las riendas.

—Te lo advierto: un movimiento sospechoso y se acabó.

Él soltó una carcajada que provocó otra mueca de desdén en la Guardiana.

—Sí, señora.

A Scarlett fue Mark Geneviev quien la guió hasta el otro caballo y le ofreció ayuda para subir. Ella, más por educación que por necesidad, se dejó hacer. Así emprendieron el camino, con un trote ligero y suave, dejando atrás al capitán, quien se quedó de brazos cruzados observando como marchaban.

Fue un trayecto silencioso, al principio incómodo y tenso, pero según salían de la ciudad y dejaban atrás las murallas de piedra, Scarlett se sumergió en la tarea de inspeccionar cada detalle de entorno, pues nunca había estado tan lejos de aquello a lo que llamaba hogar. El silencio dejó de importarle y tuvo que reprimir una sonrisa (no quería que los Guardianes pensaran que se tomaba a broma la visita a la Casa) cuando cambiaron de rumbo y se adentraron en un bosque. Siguieron un sendero hecho por humanos, por lo que a la muchacha no le extrañó que no se encontrasen con apenas ningún ente. Sin embargo, no le pasaron desapercibidos los varios pares de ojos saltones que se escondían entre los arbustos. Duendes, supuso. Eran los únicos lo suficientemente insensatos como para aproximarse tanto a los Guardianes. Scarlett temió que planearan alguna jugarreta, como lanzar serpientes a las patas de los caballos o susurrarle palabras maliciosas a los árboles que les hicieran extender sus raíces y cortarles el paso. Pero sus temores fueron en vano, pues los duendes se fueron tan rápido como habían venido.

Varias veces creyó ver a un sauce llorón moverse, mas cuanto más se aproximaban a él, más inerte parecía. Scarlett sabía que los árboles del Submundo tenían vida, lo había aprendido de Larissa. Su amiga ninfa le había enseñado mucho sobre la naturaleza y su magia y Scarlett estaba segura de que sabía mucho más. Era difícil hacerla hablar de los secretos del bosque, porque al contrario que cualquier otra ninfa, ella quería salir del mundo verde y adentrarse en el mundo humano, de roca, sedas y lujos. Aún así, su sangre la obligaba a cuidar y querer la flora.

—¿Vais bien?—preguntó de repente el Guardián.

Scarlett casi había olvidado que no estaba sola. Fue algo brusco notar la compañía tras ella y salir de sus ensoñaciones.

—Sí, gracias.

—Pronto llegaremos.

Cuando salieron del bosque y cruzaron un viejo puente situado sobre un arroyo de poco caudal, ya era mediodía. El camino de tierra llana que aparecía al pasar el puente era la recepción a una sobria casa de granito, de donde le venía el nombre. La casa impresionó a Scarlett, acostumbrada a las viviendas pequeñas y vecinas de la ciudad o la granja, construidas más con madera y paja que con roca. Había también una muralla de poca altura que rodeaba la casa y en el medio de esta, dos puertas de madera maciza de roble oscuro adornadas con símbolos, en su mayoría lunas, y palabras en otro idioma. Al lado de la puerta, una campana dorada de tamaño considerable colgaba de una cuerda.

La Guardiana Chelsea Monger se bajó del caballo y obligó a bajar al preso. Se acercó a la puerta e hizo sonar la campana tres veces. Aguardaron en silencio. Apenas un minuto después, la mirilla de la puerta se abrió y una voz aguda habló.

—¿Quién va? ¡Oh, Chels! ¡Buenos días!

—Abre, traigo presos.

A Scarlett le entró un escalofrío, pero el Guardián que la acompañó durante el viaje se bajó del animal y lo guió de las riendas hasta la puerta.

—Esta chica no es una presa. Es una invitada del capitán.

Las puertas se abrieron de inmediato.

—¡Mark!

Scarlett contempló como el Guardián abrazaba a alguien. Le costó verla al principio, porque el hombre era demasiado corpulento y la chiquilla demasiado pequeña.

—Vamos, vamos, María—dijo cariñosamente apartándola—Tenemos trabajo.

Chelsea le entregó las riendas de su caballo a la muchacha y sin perder más tiempo se llevó al joven detenido al interior de la casa. Cuando todos estuvieron dentro del recinto, cerraron las puertas y la ayudaron a bajar del caballo. Scarlett se ruborizó un poco, para nada acostumbrada a un trato tan atento.

—Eh...¿Scarlett?—la llamó el Guardián—Por aquí. Vayamos adentro.

La jovencita que les había abierto la entrada le sonrió y se fue con un corcel en cada mano y su trenza dorada dando botes a la espalda.

Scarlett echó un último vistazo al exterior antes de entrar. Ventanas de cristal, un jardín cuidado con esmero y una fuente con la forma de una sirena echando agua por la boca. Era el sitio más encantador que había visto en su vida. Se podría decir que incluso se sentía un poco decepcionada, habiendo imaginado el cuartel de los Guardianes como un lugar siniestro y frío, como una cárcel a donde no llegaban los rayos del sol.

Nada más entrar, sintió una curiosa mezcla de nostalgia y sobrecogimiento. La alfombra roja de terciopelo que adornaba el vestíbulo, los muebles de madera pulida, los cuadros, los candelabros de bronce...

Riqueza y poder. Puede que no de una manera extravagante, como sin duda se vería en un palacio, pero lo suficiente para que una muchacha de campo como ella se sintiera intimidada. Mark la incitó a avanzar y ella lo siguió, como un patito siguiendo a su madre, dando pasos cortos y vacilantes detrás de él. Fue difícil mantener el ritmo con el paso rápido y de grandes zancadas del Guardián, y este no paró ni una vez, recorriendo los interminables pasillos (ni uno de ellos sin alfombras en el suelo). La casa era más grande de lo que aparentaba por fuera. Por fin, Mark se detuvo frente a una puerta, quien sabe donde, pues a Scarlett todos los corredores y puertas le parecían iguales.

—Por favor, esperad dentro.—dijo, invitándola a pasar.

Scarlett entró y dio un pequeño brinco cuando la puerta se cerró tras ella. ¿La habían encerrado? Extendió la mano hacia el pomo para comprobarlo, pero se contuvo. ¿Y si querían que intentase escapar para tener algo con lo que incriminarla? Bajó la mano. Tampoco era típico de ella pensar así, desconfiar de esa manera de la gente sin conocerla, pero había oído tantas historias terroríficas sobre la Guardia...

Decidió que lo más sensato sería hacer lo que le habían dicho: esperar. Hasta el momento nadie la había tratado mal (quizás la mujer de ojos marrones no fuera la amabilidad en persona, aunque había sido educada) así que no iba a hacer ninguna tontería. Además, la vida de aquel chico podía seguir dependiendo de lo fiable que pareciera ella como testigo.

Sin saber cuánto tiempo tendría que esperar, se puso a investigar la habitación. Parecía un despacho, había visto algunos en las tiendas más ricas de Nocream. Allí los dueños de los comercios se sentaban a intentar exprimir al máximo los beneficios o recibían a los mejores clientes. ¿Eso era ella? ¿Una clienta? No. Scarlett recordó las palabras de la Guardiana: “Traigo presos”. Aunque...”Es una invitada”.

Scarlett suspiró. Se apartó de la mesa de despacho porque estaba llena de papeles revueltos y no quería ver algo que no debía. Había una alfombra (cómo no) redonda en el medio de la sala, dos estanterías pequeñas llenas de libros y pergaminos enrollados y un cuadro con una escena bélica. Encontró una taza con posos de té sobre una mesita y más papeles. Haciendo tiempo, se acercó a la ventana, que daba a la entrada de la casa. Pasado un rato, se cansó de ver el mismo jardín y la misma fuente y se sentó en una de las sillas que acompañaban la mesa.

Scarlett no supo cuánto tiempo pasó allí esperando, pero ya empezaba a bostezar cuando la puerta volvió a abrirse y entraron Mark, la jovencita rubia y el capitán Dáranir Ahelod.

—Disculpad por la demora.—dijo el capitán.

Scarlett asintió e hizo amago de levantarse, pero Dáranir la frenó.

—No, por favor, tomad asiento.—así lo hizo—Tenemos mucho de que hablar. No sé si te la han presentado, pero esta es María Geneviev, otra de mis Guardianas.

Scarlett reprimió a duras penas la cara de asombro. Estando allí, sería obvio que fuera una Guardiana, pero...parecía demasiado joven, demasiado pequeña e inocente...

—¡Hola!—dijo María.

¿Qué tendría? ¿Trece años?

Scarlett sonrió levemente a la chica.

—Sé que querréis acabar con esto cuanto antes y volver a casa, pero la situación se ha...complicado. Debido a ese medallón vuestro.

—¿Qué tiene de especial mi medallón?—preguntó sacándolo del interior de su ropa.

María soltó un grito ahogado. Dáranir sonrió ante la reacción.

—Parece que no hay duda...eso que lleváis, mi querida Scarlett, es una joya que solo las familias que fundaron la Guardia hace más de dos siglos tienen el gusto de poseer...es un símbolo de poder y sangre.

—Os-os juro que no lo he robado.—repitió por segunda vez en ese día.

—Nadie os acusa de nada, no temáis en vano.—le aseguró el capitán—Sin embargo, comprenderéis que nos preguntemos cómo es que una reliquia familiar como esa acaba en manos de una campesina...

Scarlett lo entendía. Pero no podía darles ninguna explicación a parte de las que ya había ofrecido. Miró al suelo.

—¿Quiénes son vuestros padres?—preguntó de repente el capitán.

—¿Qué? B-bueno no lo sé...exactamente...—los Guardianes esperaron a que continuara—No los conocí. Me crió una granjera y una ninf...

Scarlett se calló abruptamente. Hasta el momento no se había dado cuenta, pero ella era una humana en Ozirian. En casa de Guardianes. Rompiendo la ley más importante de todas. El color se le escapó de la cara y las manos comenzaron a temblarle.

—¿...ninfa?—la animó María.

—Sí. Siento no ser de más ayuda, de verdad os prometo que no he robado el medallón, ni me he metido en problemas, ¡ni los he causado, tampoco!

—¿Y el accidente con los lobos? Tu amigo está acusado de asesinarlos para salvaros la vida.—dijo Dáranir.

—No estábamos haciendo nada malo, ni él ni yo. Los lobos me atacaron y estoy segura de que me habrían matado sino fuera por él. No creo que sea mala persona...No me conocía de nada y aún así me ayudó.

El capitán se rascó la cuidada barba, pensando en lo que acababa de oír.

—¿Os importaría quedaros aquí unos días?

—¿Perdonad?

—Necesitamos tiempo para emitir un veredicto. Fuera como defensa o no, un asesinato es un asesinato. Y sois el único testigo. Tenemos que interrogar al preso y querría continuar nuestra charla sobre el medallón.

Scarlett empezaba a perder la paciencia. Sabía que todos pensaban que lo había robado. Se quitó el medallón envalentonada y lo dejó sobre la mesa.

—Si tanto deseáis el medallón, quedároslo. S-sé que no soy nadie para llevar un-una joya.—estaba cabreada, pero mantenía la voz baja y no los miraba a los ojos.—Me quedaré, mas no para que se me acuse de ladrona. Solo lo hago por él.

Ella no podía verlo, pero el capitán sonreía.

—Perfecto. Solo serán unos días, seremos tan rápidos como podamos. María, ¿podrías enseñarle una de las habitaciones libres?

Scarlett levantó la cabeza. ¿Habitación?

—¿No voy a dormir en la mazmorra?

—¿Qué?—dijo Dáranir abriendo los ojos de par en par.—¿Por qué habríais de dormir en las mazmorras?

Scarlett se mordió el labio. Tampoco tenía respuesta para eso. ¿La acusaban de ladrona y luego le daban una habitación? Cada vez estaba más confundida.

—¡Es adorable!—gritó María entusiasmada. La cogió del brazo y Scarlett se sobresaltó—¡Pongamos rumbo a tu “mazmorra”!

Antes de salir, Dáranir le dijo que se llevase el medallón consigo.

María resultó ser una guía apasionada y parlanchina. Subieron las escaleras del vestíbulo y fueron al segundo piso. Scarlett observó a la muchacha mientras esta hablaba de lo maravilloso que sería tener a otra chica allí, aunque fueran unos días. La sonrisa parecía no abandonar jamás su rostro de piel de marfil. Scarlett era más alta que ella, aunque María se veía más fuerte.

—En este pasillo están los dormitorios. A la derecha están las habitaciones de los chicos. A la izquierda estamos yo y Chelsea—dijo, señalando dos puertas. Luego abrió la última, al fondo del pasillo—Esta será la tuya.

Era una habitación casi vacía. Tenía las paredes blancas, una mesilla y una cama. Y era como mínimo el triple de grande que su dormitorio en la granja.

—Tendremos que decorarla un poco.—rió María.

—Ah, no, no es necesario. Solo serán unos días.

—Oh...claro.—dijo con tono triste.

—Pero muchas gracias.—se apresuró a añadir Scarlett con una sonrisa.

María se la devolvió.

«No me puedo creer que esta chica sea una Guardiana» pensó Scarlett para sí.

El tañido de la campana reverberó por la casa y llegó hasta ellas. María se disculpó y fue a atender la entrada, asegurándole que podía continuar su visita por la Casa Gris sin ella.

—¿Y si hay algún lugar donde no debo entrar?—inquirió Scarlett dudosa.

—Si hay algún lugar donde no debes entrar, no podrás entrar.

Aún no muy convencida, decidió abrir la puerta contigua a la suya. La recibió un penetrante olor dulzón y el sol del mediodía. Las ventanas estaban abiertas de par en par y las del gigantesco armario otro tanto. El orden brillaba por su ausencia. Montones de vestidos de múltiples colores y telas se encontraban tirados encima de una cama con dosel. Las paredes estaban pintadas de un rosa suave y un retrato de una niña rubia con sus padres sugería que era el dormitorio de María.

Fue a la siguiente puerta. Se encontró con una estancia totalmente distinta. No había nada fuera de su sitio, hasta los pinceles estaban colocados por tamaños en un escritorio. Las ventanas eran pequeñas y estaban cerradas, con las cortinas corridas. Había un único dibujo colgado en la pared: una casita campesina. La casa no era gran cosa, pero el dibujo era detallado y demostraba gran maestría por parte del artista. Scarlett no se imaginaba a Chelsea como el tipo de persona que disfrutaría creando arte, pero se alegró al ver que las apariencias podían engañar. Siguió su camino y entró en la primera habitación del pasillo derecho. Poca decoración y ningún detalle personal, excepto quizá un baúl cerrado con candado.

Cuando intentó abrir la siguiente puerta se la encontró cerrada a cal y canto. Recordó la advertencia de María y supo que debía pasar de largo. La última habitación estaba llena de libros. Libros en las estanterías, sobre las mesillas, encima de la cama, en el suelo...A Scarlett le picó la curiosidad y leyó algunos títulos. Todos o casi todos trababan temas médicos.

En el piso de abajo el volumen de las voces aumentaba y cada vez había más estruendo. Scarlett huyó del ruido y continuó su exploración. Encontró muchas puertas nuevas, pero todas ellas cerradas. Iba a rendirse y bajar las escaleras cuando dio por casualidad con un lugar que no había visto hasta ahora.

Las dos enormes puertas rojas eran imponentes y se elevaban hasta el techo. A pesar de su aspecto Scarlett pudo abrirlas con facilidad y entró maravillándose al instante.

Era una biblioteca.

 Incluso ignorando el hecho de que Scarlett jamás había estado en una biblioteca antes, estuvo convencida nada más poner un pie en ella de que pocas habitaciones habría más majestuosas que aquella. Las estanterías eran altísimas y la mayoría tenía escaleras de mano reposando sobre ellas.

 Había un ventanal inmenso del que colgaban grandes cortinas de terciopelo rojo con flecos dorados que llevaba hasta un balcón de las mismas proporciones. Butacas, mesas de cristal y sillones mullidos estaban repartidos a lo largo de la biblioteca. El fuego de la chimenea daba calor al entorno y el crepitar de las llamas lamiendo los troncos relajaba el cuerpo. Lámparas de araña adornaban el techo y no había ni un solo libro fuera de sitio. Los libros...

Scarlett pensó que aunque dedicara su vida entera a leerlos no podría terminar. Era una tarea imposible y posiblemente ahí residía el encanto principal del cuarto: verte sobrecogido por el tamaño de él y la cantidad de lectura disponible.

Emocionada, rebuscó entre los miles y miles de ejemplares disponibles y eligió uno titulado “Las lunas hermanas”. No sabía leer muy bien, pero algo había aprendido gracias a Larissa. Lo abrió con sumo cuidado e intentó leer la primera frase.

«Líada y Nía... ¿Níada? tienen muchos y divers...»

El crujido de las puertas de la biblioteca abriéndose la obligó a parar de forma abrupta su lectura. Un sujeto al que no había visto nunca apareció delante de ella. La miró fijamente, luego bajó la vista hacia el libro que reposaba en sus manos y volvió a mirarla

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