Epílogo. Otra oportunidad.
Siena, Italia. Junio 2015.
El paso del tiempo era muy extraño. Podía correr lentamente, volviéndose tedioso e incluso tortuoso. O podía resultar efímero, escapándose de nuestras manos sin previo aviso.
Sucesos, emociones y miedos quedaron atrás. De algún modo mi vida cambió, y ahora respiraba un nuevo aire. Ya no me escondía, ni huía, solo vivía día a día siguiendo mis instintos. Y se sentía bien.
Supongo, que te preguntarás qué ocurrió tras el rescate de Matteo y acá estoy para contarlo...
Nuestro refugio no era otro que la casa de Tiziano y Francesca. Tras separarnos durante la persecución nos habíamos encontrado tiempo después en la casa. Una mezcla entre excitación y alivio se extendía entre todos. Saber que se logró salvar a una persona, concluir con éxito y que todos estuviésemos a salvo. No puedo negar que no hubo llantos en ese momento.
Pero esas lágrimas dejaron de ser de tristeza, desolación y miedo. Eran lágrimas de alegría. Lágrimas de triunfo, resolución y cansancio. Lágrimas de reencuentro y amor entre hermanos, entre familiares. Porque a pesar de no compartir sangre, la hermandad que nos rodeaba a todos, se sentía más real que la propia familia.
Estábamos agotados pero conformes.
El día siguiente, debía cumplir con mi papel de entregarme a mi padre; ya sé que suena un tanto dramático pero se sentía de aquel modo. La inseguridad y el desconcierto estaban ahí, pero aun así, mi padre junto a Regina y Gianfranco me siguieron. La incredulidad se dibujaba en sus miradas. Miradas que se llenaron de lágrimas al ver la presencia de Matteo y Pietro.
Luego de eso, hubo una serie de escenas que sucedieron demasiado deprisa. Tanto que apenas podía procesarlas. Mi padre lloraba como nunca lo vi llorar antes, de pie y sin poder reaccionar. Gianfranco corrió hacia ambos para abrazarlos, en medio de susurros y lágrimas. Y Regina me miraba, completamente anonadada, como si quisiera que le de algún tipo de explicación para poder tener la seguridad que eso no era un sueño.
Le sonreí y asentí. Matteo y Pietro estaban sanos y salvos. Eran reales. Tan real como la conciencia de mi padre, los sentimientos de Regina y la euforia de Gianfranco. Había tardado mucho tiempo en poder saber eso, pero ahora que tenía conocimiento de ellos, sentía que estaba un paso más cerca de ellos.
Regina fue hacia mi padre, estabilizándolo mientras él caminaba hacia mis hermanos. Me detuve en ella por unos instantes, mirándola con otros ojos. No la conocía demasiado porque yo nunca permití que se me acercara y porque ella no sabía cómo hacerlo. Había creado una imagen a su alrededor basada mis temores, expectativas y resentimientos. El velo se había caído y me decía a mí misma que a partir de ese momento, no solo debía ver mi vida con otros ojos sino también a los demás.
La vida no era tan simple. No había un solo punto de vista. No existía una única verdad incapaz de negar.
«Era hora...» susurró mi conciencia, y esta vez no me quejé. Sentí alivio de escucharla, porque sabía que podría llevarme por el camino correcto al cuestionarme mis propios pensamientos y acciones para así, ponerme en los zapatos de los demás.
Mi padre abrazaba a sus tres hijos, lagrimeando y murmurando. Todo era felicidad en ese momento, y la familia que creí destruida, por un momento volvió a existir. Sonreí entre lágrimas mientras veía a mi padre extender su mano hacia mí para que me uniera a ellos. Y yo acepté ir hacia ellos, porque como dije, ya no huiría de donde nunca debí irme...
— Siempre ha habido competencia y enojos con los Lorenzini pero no creí que todo llegaría a este punto —murmuró mi padre, cuando el ambiente se había calmado.
Él estaba sentado, sosteniendo las manos de Pietro y Matteo. Yo descansaba en un sillón con Gianfranco recostado sobre mí, mientras Regina nos observaba.
— Han sobrepasado un límite, y creo que esto no debe quedar así —dijo Pietro a mi padre, quien no dejaba de observarlo. Para nadie era fácil reconocer que Pietro estaba vivo, y no lo sería por un buen tiempo.
— No hay denuncia formal a la policía, por lo que no se ha iniciado una investigación —reconoció mi papá. Pietro negó, evaluando el aspecto físico de Matteo, quien a pesar de todo, lucía mucho mejor.
— Hemos recolectado cosas, no tenemos las manos vacías —sentenció Pietro. Mi papá dudó y sus ojos pasaron de Pietro a mí. Curiosidad, desconfianza, reproche; no sé bien que sentimiento pasó a través de su rostro, pero me miró por un largo momento de aquel modo.
— Todo está acá —murmuré, tras aclarar mi voz, mostrando el pendrive en mi mano. Allí estaba toda la información que Aimée había adquirido con la ayuda de Lina y Alex. Me sentí pequeña ante las miradas—. Además, creo que hay que deshacerse de la persona que participó en esto —agregué enigmáticamente.
— ¿De qué hablas? —inquirió Gian, levantando su cabeza, viéndose confundido.
— Nella, ella es la entregadora, quien pasó toda la información y participó del secuestro. Aquí también hay pruebas de eso —respondí. La confusión se profundizó, mezclándose con traición y dolor.
— ¿Por qué haría eso? —preguntó Gian.
— Gianella siempre quiso ser parte de la familia. Deseaba prestigio, reconocimiento y dinero. Quizás se dejó llevar por la avaricia y el rencor, y terminó traicionando aquello que prometió proteger —dijo Gianella. Su voz resonó en la habitación, meditabunda y melancólica. Me sonrió con tristeza, como si supiese lo que estaba pensando—. Antes éramos amigas —agregó, dándole cierto sentido a tantas cosas que sucedieron.
Con Gianella lejos de nuestras vidas, los culpables siendo juzgados y la reunión familiar terminó e inicio una nueva etapa. A pesar de los reencuentros, también hubo despedidas pero poco a poco todo volvió a su curso.
Mi familia continuó en Italia. Pietro volvió a su vida en Suiza, donde era un artista plástico de gran éxito. Tiziano y Francesca retornaron a su casa de Toscana, junto a sus amigos. Lina, Drake y Bautista me acompañaron de nuevo a Francia, donde pretendía terminar mis estudios y empezar con otros.
Aquella despedida fue una de las que más me dolió. Había sido poco tiempo, pero habían escalado en mi corazón con prisa. No era el tiempo lo que importaba, eran las acciones. Ellos afirmaban que era yo quien los había ayudado, que se habían aprovechado de mí para convencerme de seguirlos y cumplir con sus metas. Pero yo sabía que no era cierto. El inicio no fue el ideal, pero me acompañaron cuando más lo necesitaba, dándome fuerzas y ayudándome como nadie más podría haberlo hecho.
Y les estaría agradecida por toda la vida...
— Allegra —oí una voz que me hizo volver a la realidad, lejos del trance que me inducía el pintar. Volteé a todos lados, limpiándome con la ropa vieja que llevaba puesta. Me encontraba bajo la sombra, lejos del caluroso sol y de quienes disfrutaban de los placeres de la piscina—. ¿Por qué no te unes a nosotros? —inquirió mi hermano Matteo, jugando con Gianfranco, quien no dejaba de molestarlo.
Sonreí al verlos tan vivaces y alegres. Al parecer, no fui la única decidió tomarse las cosas con más calma, ser más feliz siendo uno mismo y no lo que los otros deseaban.
— En un rato estoy ahí —le dije, viendo como Tiziano estaba a punto de ir a mis hermanos a molestarlo.
En la casa de Siena, de Tiziano y Francesca, se respiraba un aire que no podía sentirse en otro sitio. Calidez, libertad y tranquilidad. Amaba estar en ese lugar porque cada vez que estaba allí, me sentía bienvenida, amada y era feliz.
— Tienes mucho futuro —se oyó una voz muy cerca de mí, aquel acento francés eran potente e irresistible. Miré a Aimée con timidez, y ella bajó sus anteojos de sol para guiñarme un ojo.
— Por supuesto que tiene futuro —afirmó Francesca, uniéndose a nosotros, también hablando en francés; aunque ella no era tan fluida en francés como lo era en italiano e ingles—, quien dice que podrás terminar exhibiendo tus obras en nuestra galería de pintura —comentó, orgullosa de como su galería de arte estaba teniendo gran éxito.
— Cuidado, mira si alguien decide robarla —Aimée se rió, mientras bebía un poco de su licuado. Francesca la miró de reojo, dándole una pequeña advertencia de que nadie se metería en aquel sitio.
— ¿Y los demás? —preguntó Francesca, dándose cuenta que faltaban algunas personas...
La sonrisa de Aimée no fue muy buen augurio. Su pelo podría haber dejado de ser rojo fuego, tras teñirlo de lila, pero el fuego vivía en su interior y se dejaba ver en su mirada.
— Se fueron a pasear a caballo, quizás se perdieron... dudo que sepan cómo funciona uno de verdad —murmuró, riéndose. Francesca negó levemente; quería verse seria pero su sonrisa resquebrajó todo, mostrándola tan divertida como Aimée lo estaba.
— Disculpen que interrumpa, pero ¿cuándo comenzamos oficialmente con los festejos por la graduación de la dama? —inquirió Lina con tono juguetón, quitándose el sobrero sobre su cara, mostrándonos su rostro somnoliento.
Aimée, Francesca y yo nos giramos hacia ella, quien estaba recostada en una silla. Viéndose como una chica caprichosa y desenfadada que tomaba sol en alguna playa paradisiaca.
— Yo ya comencé a beber, pero es probable que la dama esté esperando que despierte del sueño eterno —comentó Aimée, señalando a la figura que reposaba en la silla junto a Lina pero completamente bajo la sombra.
— ¿Qué soy? ¿La bella durmiente? —preguntó Bautista; su voz resonó bajo su bajo que ocultaba su rostro. Sonaba dormido y falsamente ofendido. Sonreí sin poder evitarlo, y corrí hacia él para darle un beso.
— Espero con esto romper el hechizo —murmuré, mirando directamente a sus intensos ojos verdes. Su rostro se iluminó con su sonrisa, y mi corazón se derritió ante aquella expresión. Peinó con sus manos mi pelo y se sentó para besarme nuevamente, aun cuando las quejas de chicas se elevaban a nuestro alrededor.
La última vez que lo había visto fue en París, semanas atrás. Ahora estábamos una vez más juntos; yo habiendo terminado con mis estudios y él volviendo de su viaje por Argentina. Listos para iniciar un nuevo camino juntos.
— Te ves adorable llena de pintura —susurró en mi oído, tras besarme con fuerza y desenfreno.
— Y tú te ves bien de todas formas —le dije, desordenándole el pelo, analizando cada rasgo y expresión, para memorizarlas y que nunca escaparan de mi mente y corazón.
Sonidos de disgusto volvieron a rodearnos. Bautista puso los ojos en blanco, y yo me volteé hacia Drake, quien se acercaba a nosotros a paso rápida mientras abría una botella de champagne.
— ¿Qué les parece que iniciemos esto mientras hablamos de futuros planes? —inquirió él, sirviéndole a Aimée y a Lina, quien se apresuró a llegar a su lado por un poco de bebida. Francesca llamó a Tiziano con un silbido, y lo tuvo a su lado en cuestión de minutos.
— Me pareció oír la palabra plan, estoy dentro —susurró Tiziano, peinándose el pelo húmedo y abrazando a su esposa solo para oírla quejarse. Su sonrisa era la de un niño travieso al que los planes le salieron bien.
— ¿Tanto me odias? —preguntó Bautista a Drake, sonriéndole con burla, rodeándome con sus brazos por la espalda y apoyando su rostro sobre mi hombro.
— Me das descubierto —Drake le guiñó un ojo.
Habríamos esperado que Jesse y Alex se unieran a nosotros pero no íbamos a perder esa oportunidad. Así que los esperaríamos brindando, disfrutando de aquel día, y planeando el futuro. Un futuro que lucía prometedor en aquel instante, y el cual ya quería descubrir...
Mi nombre es Allegra Candelaria Materazzi. Mi vida nunca fue fácil. Mi madre murió en un trágico accidente, la familia se rompió, creímos muerto a mi hermano mayor, y mi hermano menor fue secuestrado. Pero todo quedó atrás.
Puedo afirmar que ahora me conozco un poco más y sé qué es lo que quiero para mí. Hui hasta que finalmente me encontré. En el lugar más insólito. En el momento en que no estaba preparada. En las personas que menos creí posible. Y ahora sigo, aunque dude y flaquee, porque sé que tengo personas que me cubren la espalda cuando lo necesite, incentivándome a seguir, a no bajar los brazos.
No es una historia de romance. Ni de acción. Es una historia de identidad, de superar obstáculos y de proteger lo que uno quiere. Bueno o malo esto es lo que soy, pero éste no es el final de la historia sino el comienzo...
¿Quién dice que han escuchado todo de nosotros?
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