Capítulo 8. El Torreón Escarlata
Era el atardecer cuando Gianfranco estacionó el auto en un barrio de los suburbios de la ciudad. Mis emociones estaban en una fase de tregua con mis pensamientos. Habíamos encontrado cierta esperanza tras los problemas, al saber que las últimas personas que vieron a nuestro hermano eran sus dos amigos. Y esa era la razón por las que nos encontrábamos allí, frente a un bar donde solían reunirse estudiantes universitarios.
El lugar era pequeño y tranquilo, había un par de mesas distribuidas alrededor de un pequeño escenario donde podían tocar bandas locales. Caminamos con Gianfranco por el interior lentamente, buscando a los dos amigos de mi hermano que no podía recordar el nombre. «Pero podías recordar tranquilamente el nombre de tu ex» se quejó mi conciencia, y me obligué a acallarla.
— Intentemos no hacer ninguna escena —comenté caminando tras mi hermano. Él me miró sobre su hombro junto a una sonrisa sardónica.
— Creo que te estás equivocando de hermano —murmuró, y recordé cuan reales eran sus palabras. Gianfranco era tranquilo y alegre en comparación del carácter temperamental de Matteo.
Le sonreí inocentemente, y su diversión se incrementó.
Buscamos un instante más hasta que dimos con Camilo y Marcelo, sentados en una mesa, rodeados de libros, comida y bebidas. Ellos reconocieron Gian inmediatamente mientras que permanecieron dudosos al verme allí.
— ¿Cómo andan chicos? —inquirió mi hermano tras saludarlos—. Ella es Allegra, mi hermana —agregó Gian señalándome, y yo los saludé cortésmente.
— Todo bien, ¿y ustedes? ¿Hay alguna novedad sobre Matteo? —preguntó uno de ellos, mirando los alrededores con paranoia.
Suponía que eso se debía a que no había nada oficial sobre Matteo. Todas las investigaciones se llevaban a cabo en total misterio, con la paranoia y el temor rondando cada esquina. Mi familia contenía la información, no solo para preservar la vida personal de cada integrante sino también por el ámbito empresarial.
— No, pero supimos que ustedes fueron los últimos que lo vieron —respondió Gian, una vez nos sentamos con ellos, en tono solemne. La seriedad lo hizo ver mayor, y la preocupación en su mirada oscureció su expresión.
Camilo y Marcelo intercambiaron miradas. La duda y la incertidumbre se entremezclaban, y se notaba que estaban asustados de lo que pudiesen llegar a decir.
— Pueden confiar en nosotros, no vamos a decir nada de lo que se comente aquí —intervine en medio del silencio. Uno de ellos, creo que Camilo, fue el primero en ceder. Él suspiró brevemente y nos miró con tristeza.
— Él había abandonado los estudios el último tiempo. No lo veíamos muy seguido. Nos dijo que trabajaba en algo importante y que debía tomarse un tiempo, pero su padre no podía saberlo —explicó.
Sentí una punzaba recorrerme. ¿Cómo podía ser que Matteo abandonara lo que tanto amaba? No era propio de él. Busqué en Gian alguna especie de pista, algo que me indicara que era completamente irracional que Matteo hiciera eso.
— Llevaba teniendo muchas peleas con papá pero nunca supe por qué, hasta que un día Regina me dio a entender Matteo estaba mintiendo acerca de las cosas que hacía —me dijo él cuando vio mi expresión confusa. Gian lucía dolido como si acaso se arrepintiera de no haber podido hacer algo cuando tuvo la oportunidad.
Yo también me sentía así. La distancia no significaba nada si mis hermanos tenían problemas y yo quería ayudarlos. Pero la realidad, era que Matteo probablemente ocultara todo. Él era ese tipo de personas que prefería guardarse las cosas, intentar arreglar todo por si solo y que prefería fingir estar bien antes de ceder.
— La última vez que lo vimos se veía nervioso, asustado y paranoico —dijo el otro chico, haciendo una mueca de disgusto.
— ¿Les dijo por qué? —pregunté instantáneamente. Gian se veía igual que yo: tenso, analítico y desorientado.
— No, solo decía cosas que no tenían sentido. No se veía como el Matteo lógico e introvertido —respondió Camilo—. Habló de una carta y un secreto por descubrir. Después hablaba de confabulaciones, mentiras y que nadie era lo que parecía. Nos advertía de que algo ocurriría pero no sabía a quién —agregó.
Contuve la respiración sintiendo mi espalda estremecerse como si me recorriera un cubo de hielo. Instintivamente tomé la mano de Gian para sostenerla con fuerza. ¿En qué estaba metido Matteo? Todos mis pensamientos se arremolinaban tormentosamente, y ninguna de las respuestas era algo que quería oír. Gian me miró con la expresión repleta de miedo, y no sabía qué hacer.
Permanecimos un instante en silencio, oyendo como Marcelo y Camilo hablaban entre susurros hasta que sus voces nos obligaron a reaccionar.
— Cuando vinieron los investigadores de su padre a preguntarnos por Matteo hubo algo que no dijimos —murmuró en tono bajo Marcelo, acercándose a nosotros sutilmente—. Esa última vez que lo vimos, nos dijo que no podía confiar en nadie más que aun así debíamos ayudarlo a ocultar algo —agregó.
Él quedó callado y yo sentí que un grito estaba atascado en mi garganta. Necesitaba saber más pero su misterio en torno a Matteo me estaba matando, y si no decía más nada, iba a obligarlo a hablar aunque fuera a golpes.
«¿Por qué no te tranquilizas? Tú fuiste la que dijo: "no hagamos ninguna escena"» me advirtió mi conciencia, y por extraño que parezca le hice caso.
Camilo buscó en su mochila su teléfono móvil, y tras varias maniobras que camuflaran lo que hacía del resto de las personas, lo desarmó y sacó del interior una hoja que me dio. Lo tomé con mis manos temblorosas, observando a Gian nerviosamente y lo abrí rápidamente. Sentía mi corazón latir inestablemente a medida reconocía la letra desprolija de Matteo donde había escrito alguna especie de mensaje.
El Torreón Escarlata (1880).
¿Dónde está? Posibles dueños: Belluci F. Onassis L. ¿Battista V?
¿Quién es Valentino Battista?
No puedo precisar las veces que leí el mensaje, pero cada vez se volvía más críptico y complicado. Gianfranco, Marcelo y Camilo estaban tan en blanco como yo, y lo único que podíamos suponer era que Matteo no estaba metido en un juego de niños. «Creo que va a ser hora que empieces a reconocer que esto no va a ser tan sencillo» dijo mi conciencia, y tuve miedo de la razón que llevaba.
*****
— Allegra —oí a mi hermano llamarme en tono cuidadoso. Elevé mis ojos hacia él mientras tenía media porción de pizza dentro de mi boca—. ¿Hace cuánto que no comes? —me preguntó, ladeando su cabeza con una sonrisa encantadora que hacía que sus ojos se afinaran.
No llevaba la cuenta de cuánto tiempo hacía que no comía, pero las emociones a veces hacia que el hambre se incrementara en mí. Además, la pizza italiana no era lo mismo que la pizza de cualquier otro lugar. La comida no daba soluciones pero si mejorara las perspectivas.
Intentando recuperar un poco de la dignidad perdida, le hice burlas y tras reír, su expresión volvió a oscurecerse cuando volvió a mirar el papel entre sus manos.
— ¿Crees que lo encontraremos? —preguntó. Se veía perdido y frustrado, y quería decirle algo pero me encontraba igual que él.
— Por supuesto que sí, solo hay que saber que es ese Torreón Escarlata —respondí intentando ser optimista, y él sonrió suavemente.
De un momento a otro, su tranquilidad y preocupación fueron reemplazadas por la urgencia cuando tomó su teléfono y comenzó a buscar algo. La curiosidad hizo que me olvidara de la comida y me acerqué a él para pispiar qué era lo que tanto lo agitaba. Su expresión en blanco se fue iluminando hasta que una sonrisa orgullosa se extendió en su rostro y sus ojos castaños me miraron brillantes y esperanzadores.
— Existe un Torreón Escarlata en Roma. Es un hotel ubicado cerca del que te hospedas —comentó. Lo miré estupefacta por unos minutos, sin poder creer lo que oía. ¿Podía ser qué las cosas no estuviesen tan mal y tuviésemos oportunidad?
«Eh... no» sentenció mi conciencia. «Cállate» le gruñí como respuesta.
— ¿Dice algo más? —pregunté pensando en aquellos nombres que Matteo había anotado. Gianfranco negó con la cabeza, y yo me quedé expectante. Cuando creímos que el mensaje podría ser un callejón sin salida, habíamos lograron ver una salida—. Necesitamos ir —sentencié, y antes de que pudiésemos dudar, ya estábamos arriba del auto rumbo al Torreón Escarlata.
El Torreón Escarlata.
El nombre se encontraba en lo alto del edificio de apariencia clásica y sobria, color gris verdoso. Rodeado de tiendas conocidas e importantes, y bastante concurrido. Podía ver que era un sitio caro y con cierta exclusividad. Gianfranco y yo lo observamos un buen tiempo, analizándolo, antes de ingresar. No sabíamos que esperar, y a pesar de que no queríamos tener expectativas para no decepcionarnos, era un poco tarde para eso.
— Buenas tardes, ¿En qué puedo ayudarles? —nos recibió la chica de recepción. Me volteé hacia Gianfranco y él me sonrió como si acaso supiese mis pensamientos.
— Buenas tardes señorita, quisiera hacerle una pequeña consulta: desearía saber si alguien se hospedo en este hotel. ¿Eso es posible? —preguntó con voz aterciopelada, acercándose a ella para desplegar todos sus encantos.
Manteniendo la distancia, permanecí observando el sitio y dejando actuar a mi hermano con total soltura. Mis ojos se ajustaron a la lejanía. Entre las idas y vueltas de las personas detecté algo que me llamó la atención. No perdí el tiempo dudando y caminé hacia el objeto que me cautivó.
Se trataba de un óleo de matices y materiales que me indicaban su corriente impresionista. Era tan hermosa aquella obra que mis ojos se volvieron brillantes y mi corazón de alma artista comenzó a latir con vivacidad. En la parte superior había un cielo nuboso, con manchas rojas oscuras de un atardecer sanguinario que proyectaba su luz hacia un campo verde y frondoso desde donde resaltaba una construcción de piedra, alta y fuerte, que absorbía aquel color.
Me quedé detenida en aquel instante y pude oír el eco de mi corazón latir. «El torreón escarlata» pensé inmediatamente. Parpadeé para salir de mi hipnosis y busqué el nombre de la pintura en la placa. «El Torreón Escarlata – 1880» decía la placa brillante de color oro.
Un extraño presentimiento me recorrió y me sobresalté cuando Gian se unió a mí.
— Matteo no ha estado nunca en este hotel, o por lo menos no se registró con su nombre —murmuró él con pesadez hasta que mi reacción lo preocupó. Contempló la pintura con rapidez y exhaló aire con brusquedad—. ¡Santo infierno! —exclamó.
No sabía cómo describir el sentimiento que tenía al ver la pintura y su nombre. Me preguntaba de su significado y su relación con mi hermano. Y qué papel tenía en el secuestro de Matteo. En cada momento que pasaba había más interrogantes que respuestas.
— ¿Por qué hablaría de una pintura? —preguntó Gian, tan desencajado como yo. Quería responder pero mi mente estaba tan en blanco como una hoja de papel—. Matteo siempre fue medio raro —dijo de pronto, y golpeé su brazo con suavidad.
— No es momento para tus bromas —chillé.
— No, no entiendes. Estoy intentando ponerme en su cabeza, pensar como él... y todas esas cosas de la psicología —se defendió, y puse los ojos en blanco.
«No vaya a ser que se quemé las neuronas» comentó mi conciencia con malicia. «¿Acaso no hay nadie que te agrade?» pregunté. «No» respondió, y resoplé. Repentinamente, se oyó un sonido que nos hizo saltar y nos miramos en estado de alerta. Respondió la llamada precavidamente con sus ojos en mí, haciéndome saber que debía guardar silencio.
— Padre, ¿Qué ocurre? —preguntó Gian al responder. Mi expresión se distorsionó y lo miré suplicándole ser bueno mintiendo—. No sabía nada de eso, ¿Y se sabe dónde puede estar? —preguntó simulando preocupación. Sus ojos no me abandonaron mientras hablaba, sonando realmente como si no supiera nada de mí.
Escucha cuidadosamente cada una de sus palabras y analizaba cada expresión hasta que terminó la llamada. Él permaneció mirándome en silencio, sumido en la solemnidad.
— Ya descubrieron que estoy en Paris y debes irte ¿no? —pregunté. Una efímera y triste sonrisa se dibujó entre sus labios antes de que asintiera, y yo suspiré derrotada porque sentía que perdía a mi hermano y aliado.
Tenerlo conmigo significaba más de lo que podía creerse. Su presencia me había devuelto las fuerzas y el entusiasmo. Mi tristeza fue tan evidente que mi hermano me rodeó con sus brazos y me acercó con suavemente a él. Me sentí pequeña a su lado y lo abracé con fuerza.
— Vamos hermanita —comentó él, dándome pequeñas palmaditas en la espalda—. Que tenga que irme ahora no significa que de desharás de mí con facilidad —canturreó divertido, guiándome hacia la salida.
La noche estaba casi instalada sobre la ciudad de Roma. El sonido de la ciudad parecía haber aumentado, y el tráfico de personas era más evidente. Observé los alrededores con cierta paranoia, más allá de mi tío, mi hermano, mi primo y Nella, nadie sospechaba que podía estar en la ciudad. A pesar de todo, me sentía perturbadoramente observada.
A punto de entrar al auto, mis ojos cayeron hacia el suelo, donde un paquete de golosinas acababa de aterrizar. Lo miré analíticamente por unos segundos, como si acaso fuese algo realmente importante. «¿Es hora de consultar a un psiquiatra, Allegra?» preguntó mi conciencia con diversión. Me sacudí imperceptiblemente y deseché el paquete de golosinas vacío lejos de mí así como también los malos pensamientos.
*****
Nuevamente en mi habitación del hotel, estaba sumida en mis pensamientos. Las dudas y la poca información que tenía daban vueltas en mi cabeza, perturbándome. Todo el orden que había en la habitación cuando llegué no existía. En la mesa había comida que no podía probar porque mi estómago no lo permitía. Mi ropa estaba desplegada por todos los sitios, junto con papeles con información. Y en medio de todo eso, estaba mi dibujo recién terminado.
Mi vida se había convertido en una vorágine de acontecimientos que debía canalizar de alguna forma, y pintar es mi terapia preferida. No recordaba la última vez que había pintado algo decente pero en es ese momento lo necesitaba con todas mis fuerzas, y no me importaban los resultados del mismo.
Cuando terminé la pintura, una sensación de satisfacción me recorría. Había olvidado por un momento lo que me hostigaba y simplemente disfruté ese momento. La música de la computadora llenaba la habitación y un suave aire ingresaba a través de las ventanas. Permanecí recostada en mi cama, sumergida en la nada misma hasta que sin darme cuenta caí rendida ante el sueño.
No sé cuánto tiempo dormí, pero al despertar podía oír el sonido de la ciudad y todo era tan oscuro como cuando cerré los ojos. Respiré hondo, estirándome lentamente hasta que sentí que tocaba algo suave y cálido. Ahogué un grito y me moví instintivamente lejos de la cama.
Con el corazón a punto de salirse de mi pecho, miré a la persona que hacía un instante estaba recostada a mi lado. Su expresión imperturbable estaba oscurecida por la profundidad de su mirada, haciéndome estremecer.
— Creo que tienes unos talentos ocultos muy interesantes —murmuró con voz ronca, resonando en la habitación y en mi cuerpo. Una media sonrisa resquebrajó su seriedad y también mi tranquilidad.
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