Capítulo 7: En la boca del lobo
Roma, Italia. Junio.
Respiré aliviada en cuanto tuve los pies sobre tierra italiana. La nostalgia y la alegría de estar de nuevo en Roma estaban empañadas por la situación familiar. Recorría el aeropuerto buscando entre el gentío la ayuda que necesitaba, hasta que de pronto oí una profunda voz que me decía mi nombre.
Un hombre alto y lánguido de aspecto serio esperaba por mí. Con una sonrisa me acerqué a él, divisando como los años lo habían alcanzado; había recortado sus rulos para peinado hacia un lado con numerosas canas tiñendo su cabello, y un par de arrugas se habían instalado en su rostro de líneas bien definidas. En el momento en que lo alcancé, sus ojos pardos se volvieron más brillantes y una sonrisa hizo desaparecer la severidad de su expresión.
— Tío Armando, ¿Cómo estás? —le pregunté cuando lo abracé. Extrañaba tanto estar en casa con la familia y con las personas que tanto adoraba. Lagrimas agridulce amenazaban con salir pero me esforzaba por verme segura.
— Muy bien, Allegra, ¿Y tú? —me preguntó, despeinando mi pelo como cuando era una niña. Y esta vez no me quejé, porque necesitaba ese tipo de interacción. Asentí junto a una triste sonrisa y él volvió a abrazarme—. Vamos niña, tienes que descansar antes de entrar a este viaje de locura —murmuró, guiándome hacia la salida.
Armando me llevó a través de la ciudad hasta el lugar donde me quedaría, y yo no podía dejar de observar mi maravillosa ciudad como si fuese la primera vez que la veía. Lo mejor, era que el clima parecía que se había puesto de acuerdo con mi llegada para regalarme uno de los mejores días, donde el esplendor estaba en su ápice. Observaba con una tonta sonrisa como los turistas caminaban de un lado a otro en busca de la belleza de la cultura italiana, con sus cámaras en manos y la felicidad que tenían de estar en la ciudad eterna.
En medio del viaje, mi teléfono comenzó a sonar y temí que fuese Nella o mi padre, pero no era ninguno de ellos.
— Gracias por mandarme al tío, aunque creí que tú vendrías —dije al responder la llamada.
— ¿Tu sabes dónde vivo? Siena y Roma no quedan precisamente a unas cuadras —murmuró con malhumor. Puse los ojos en blanco e intenté no hacerle caso a su susceptibilidad— He dejado todo listo para tu estadía. No tengo idea en que problemas te vas a meter y en los que me vas a meter a mí, pero intenta ser cautelosa. ¡Por favor te pido! —agregó. ¿Podía ser tan exagerado?
— No hay nada que temer, voy a estar bien. Confía en mí. El tío me vino a buscar, así que veré qué hago de ahora en más —comenté, y lo oí balbucear algo que no comprendí bien pero que sonaba a más quejas de su parte.
— En cuanto llegue a la ciudad te aviso. Ciao prima —me saludó.
— Ciao Tiziano, y saludos a Francesca —grité antes que cortara.
Mi corazón no dejaba de latir entusiasmado por estar en Roma. Continuaba disfrutando de la ciudad cuando nos detuvimos en el hotel Palazzo Manfredi. Miré boquiabierta a mi tío, lista para reprenderlo pero él negó como si supiera cuales eran mis pensamientos.
— Tu primo hizo las reservas, no te puedes retractar. Quéjate con él, si quieres —murmuró—. Y por cierto, está hecho un mandón —suspiró y agarró mis cosas para acompañarme adentro.
Permanecí de pie, observando el hotel sobre la Via Labicana. Era demasiado caro para mí y no podía aceptar estar allí, pero... mirándolo de otro modo, estaba en la mejor zona lejos de mi casa. Debatiéndome si debía vengarme o agradecerle a mi primo, entré al hotel preparada para planear mi siguiente movimiento.
•••
Con cada hora que pasaba sentía que enloquecía un poco más. Planeaba que hacer sin estar segura de los resultados pero solo esperaba lo mejor. Había recorrido tantas veces mi habitación que podía llegar a dibujarla con lujos de detalle sin siquiera mirar.
Recostándome pesadamente sobre la cama, miré el techo en busca de ayuda pero lo único que conseguí fue impacientarme más. De pronto, la puerta de la habitación resonó inesperadamente y mi expresión se llenó de duda. Aquello se sentía como una especie de señal divina para mi desesperación que no podía rechazar.
Al abrir la puerta me encontré con un adolescente de dieciocho años que aún conservaba rasgos aniñados y contextura media. La última vez que lo había visto apenas llegaba a mis hombros y ahora me sobrepasaba por varios centímetros. Su pelo castaño ya no lucía desordenado y raro sino que estaba cuidadosamente peinado, despejando su rostro de rasgos suaves y mirada picara. Se veía tan grande y lindo, una versión de Pietro con pelo oscuro y ojos pardos, que no podía evitar llorar como una madre orgullosa.
— ¡Gian! —grité escandalosamente, abrazándolo.
— ¿Allegra? ¿Qué haces aquí? —preguntó sorprendido. Una risa de alegría salió de su interior y me rodeó la cintura para alzarme por el aire. Solo podría gritar entusiasmada y apretar sus mejillas como cuando era un niño—. No sabía que estarías acá, el tío me dijo que debía buscar unos papeles para nuestro padre —comentó, mientras me arrastraba hacia el interior de la habitación y luchaba conmigo que continuaba jugando con su cara y pelo.
De pronto, los juegos y el infantilismo desaparecieron haciendo que mi expresión se tornara sombría.
— Nadie sabe que estoy en Roma, a excepción de Tiziano y el tío Armando —le advertí en tono suave con un filo amenazador. Gian parpadeó, alejándose unos centímetros de mí como si intentara evaluar mi cordura y su papel en todo eso.
— ¿Es como una especie de club? —preguntó cuidadosamente, y yo me encogí de hombros. Podía llamarlo del modo que quisiera— ¿Se puede saber para qué? —inquirió con curiosidad. Moví mis labios con indecisión; la indecisión que partía de no saber si meter a Gian era lo mejor.
— Necesitamos encontrar a Matteo —suspiré rendida. Él abrió su boca evidentemente deslumbrado, moviendo su pelo con inquietud hasta que asintió solemnemente.
— Estoy dentro —dijo con una radiante sonrisa que no hizo más que recordarme a mis hermanos y dejarme anonada—. Probablemente tengamos que actuar como delincuentes de nuestra propia familia, buscar información, infíltranos y quizás, robar un auto. Es como un sueño —agregó despreocupado.
No sabía si sentirme mal o bien por aquello, pero no tenía muchas opciones. Debíamos ponernos a trabajar y volver a las andanzas, como en los viejos tiempos...
Salimos con prisa del hotel hasta que auto de mi hermano. Y quedé boquiabierta contemplando el auto deportivo rojo que era de su propiedad. ¿En serio? ¿Un Alfa Romeo le habían comprado? En que pensaba mi padre cuando decidió comprarle un auto deportivo costoso a un chico que apenas fue responsable de él mismo hasta hace unos años.
Gianfranco me sonrió orgulloso y rozó con sus manos las líneas del coche antes de entrar.
— Regalo de papá al unirme a la empresa —me explicó, y ahí todo tuvo más sentido.
Ante la ausencia de Pietro, el anarquismo de Matteo y mi exilio, mi padre solo veía en Gianfranco el hijo perfecto para poder ocupar su lugar en el futuro. Además, él era joven y un tanto influenciable. Eso era tan típico en mi familia donde solo les importaba tener un lugar de poder en la familia y en la sociedad.
«Gianfranco, Gianfranco, ¿Qué será de ti?» me preguntaba mientras cruzábamos la ciudad hacia el barrio Parioli. El cálido aire y la vida de la ciudad renovaron mi espíritu golpeado. La música a todo volumen ayudaba tanto como la presencia de Gian a mi lado a que me sintiera mejor.
— Deberíamos aprovechar que no hay nadie en la casa y buscar lo que sea que haya de información —dijo mi hermano, especificando los lugares donde nuestro padre guardaba las cosas más importantes. Por lo visto su astucia para encontrar cosas y conseguir información se había incrementado, y por primera vez me parecía algo bueno eso.
— Podríamos recurrir a Nella también —pensé inmediatamente pero le había hecho una promesa que no estaba cumpliendo, así que no era muy buena idea.
«Últimamente, ninguna de tus ideas han sido muy buenas» dijo maliciosamente mi conciencia, y me sacudí imperceptiblemente para alejar ese tipo de pensamientos de mí. Detestaba que la voz de mi conciencia tuviese razón pero quedarme quieta sin luchar era darme por vencida, y ser cobarde no iba conmigo.
— Otra persona que podría saberlo es Regina —propuso Gian, y lo miré como si acaso me hubiese dicho que los extraterrestres estaban invadiendo la tierra.
Y me resultaba más probable que los extraterrestres invadieran la tierra antes de que ella nos diera información... Gian se rió ante mi expresión y me guiñó un ojo juguetonamente. Su frescura y calidez me recordaban tanto a Pietro que mi corazón trastabillaba ante los recuerdos.
— Tú solo confía en mí —dijo, e intenté sonreír. Mi confianza en las personas había sido puesta a prueba en los últimos días, y los resultados no fueron los mejores. Pero Gian era mi hermano, y si no confiaba en él, ¿en quién lo haría?
Hasta que se casó con mi padre, Regina Riganti era la heredera de una importante compañía italiana con grandes influencias. Con su juventud, belleza e inteligencia era el foco de atención de todos, y mi padre cayó rendido ante ella. Nunca supe en que momento comenzó su romance pero mi madre había muerto recientemente cuando ellos oficializaron su relación y se casaron. Todo fue tan repentino que no tuve tiempo de procesar una cosa que ya tenía que lidiar con otra.
A mi corta edad, tenía que lidiar con la muerte de mi mamá y sentía que la presencia de otra mujer traicionaba su memoria, temiendo olvidarla. La frialdad y distanciamiento de mi padre tampoco ayudaba a la situación, y lo único que generaba era mayor discordancia, peleas y rebeliones.
En cuestión de poco tiempo, nuestra familia pasó de ser tranquila y cotidiana a estar sumergida en el caos...
Recorría mi antiguo hogar sumida en la melancolía de los recuerdos felices y la amargura de los malos. Contemplaba meticulosamente cada detalle como si fuese la primera vez que los veía, con un nudo en la garganta. Mis ojos ardían de impotencia al pensar la causa de mi presencia allí, a medida avanzaba cuidadosamente tras Gian, ocultándome de los empleados como si acaso fuese una intrusa.
Guiándome por mis sentimientos, llegué al segundo piso y me metí dentro de mi antigua habitación.
El tiempo se había detenido en aquel lugar. Se sentía como si mis años en Roma se hubiesen enfrascada en esas cuatro paredes. Cada cosa estaba en el mismo sitio: la cama, el ropero, mi biblioteca y el escritorio. Las fotos continuaban pegadas sobre la pared; recordándome la vida que solía tener, los amigos que dejé, los hermanos que extrañé y la familia que nunca sería la misma.
Me aferré a una fotografía donde me encontraba con mi mamá y mis tres hermanos cuando éramos niños. Las sonrisas de Pietro, Matteo y Gian estaban llenas de vida. Y nuestra madre se veía orgullosa de tenernos a su alrededor. En aquella foto me veía muy parecida a ella; el mismo tipo de rostro, el cabello rubio oscuro y los ojos celestes pálidos.
Inevitablemente sonreí hasta que el sonido de mi teléfono me hizo volver a la realidad, y dejar atrás los recuerdos.
— Hola tío, ¿Qué sucede? —pregunté tras ver el número, buscando a mi alrededor a Gian pero él no estaba a la vista.
— Hay nuevas noticias —me advirtió con un tono que me preocupó—. Tu padre ya está avisado de que no te encuentras en París y está planeando un operativo para encontrarte —respondió. Una punzada me recorrió dolorosamente, y mi expresión se contorsionó con espanto.
El espanto de ver venir la situación pero no hacer nada por cambiarlo.
— Que tu auto haya quedado en el estacionamiento universitario no ayuda a su tranquilidad —agregó, y cerré los ojos conteniendo mis emociones.
Estaba realmente en problemas. «Entre tu suerte y tus ideas, no hay algo que pueda llegar a ayudarte» oí a mi conciencia y estuve a un paso de golpear mi cabeza contra la pared.
— Eso significa que debo andar con cuidado —comenté, intentando sonar tranquila como si acaso no estuviese en la cueva del lobo. Maldita sea—. No hay nada de qué preocuparse todo va a estar bien —dije, más que nada para convencerme a mí misma.
— Espero que así sea, le prometí a tu primo cuidarte y que no te metería en problemas —murmuró—. Y por cierto, por nada del mundo estés cerca de tu casa, tu padre va a tener una reunión con el equipo de seguridad en un rato —agregó.
Otra punzada me atravesó y sentí que mi fortaleza estaba quebrándose. La habitación se movió vertiginosamente y contuve la respiración para no gritar. En mi mente sonaban sirenas de alarma, e inmediatamente corrí a buscar a mi hermano.
— Por supuesto que no, tío —dije, ahogándome en la miseria de mis malas decisiones. Maldiciendo sin parar, rezando por encontrar rápido a Gian y despidiéndome de mi tío queriendo sonar completamente despreocupada.
«¿En dónde se metió ese chico?» no dejaba de preguntarme a medida enloquecía un poco más. Necesitaba huir, teletransportarme, lo que sea.
Buscando sin parar terminé entrando a la habitación de Matteo. Todo era metodismo y orden en ese lugar. Desde los libros hasta la ropa y su colección de música estaba ordenado meticulosamente. Su capacidad de organización era el polo opuesto al caos que representaba Gianfranco.
Me acerqué a su escritorio en busca de alguna pista pero solo encontré una vieja foto de él que guardé y una gorra de béisbol que me puse en la cabeza para ocultar mi cabello. «Como si acaso eso fuese a ayudar a que no te reconozcan» oí en mi mente. «Oh, mejor cállate» grité internamente, escabulléndome hacia el pasillo pero chocando estrepitosamente con algo.
O más bien, con alguien.
— ¿Qué haces aquí? —escuché una voz familiar llena de indignación, y tuve deseos de que la tierra se abriera para poder escapar.
Volteándome con rapidez, me encontré con un par de ojos oscuros que me observaban enfáticamente. El dolor y la preocupación en su rostro era lo más similar que podía ver a alguien que estaba defraudada de otra persona. Y estaba segura que Nella en aquel momento, lo estaba de mí.
— Yo... yo... —tartamudeé sin ninguna consistencia, deseando poder zafar pero sabiendo que era difícil. Su expresión estupefacta se suavizó un poco pero aún seguía conmocionada al verme frente a ella tras tanto tiempo.
Los años no corrían para ella. Sus brillantes ojos castaños seguían siendo tan expresivos como siempre en su rostro redondeado. Ahora llevaba el pelo mucho más corto y se notaba que había perdido un poco de peso, acentuando sus rasgos.
— Allegra —escuché a mi hermano aparecer repentinamente a mi lado, viéndose agitado como si acaso el diablo lo estuviese corriendo. Su expresión alerta se transformó en horror al percatarse de la presencia de Nella a nuestro lado— Mierda —susurró asustado, mirándome en busca de ayuda pero yo estaba tan perdida como él.
Nella afinó sus ojos sobre ambos. Analizándonos y generándonos miedo sin necesidad de usar palabras. Con un solo chasquido nos ordenó escondernos en la habitación, y la seguimos en un solemne silencio.
— ¿Acaso no te dije que debías permanecer en Paris? —me preguntó, cerrando cuidadosamente la puerta y luchando por contener el volumen de su voz. Cerré los ojos y asentí. Quería escapar pero estaba atrapada—. Es peligroso que estés en Roma y que estés aquí. No creas que no estoy feliz de verte pero te di órdenes y las desobedeciste —me reprendió ferozmente, y la culpa me recorrió incómodamente.
¿Era mucho pedir hacer algo bien?
El dolor me impedía hablar y solo podía asentir o negar. Nella se rindió rápidamente y su abrazo me tranquilizó pero también me hizo dudar. No podía detenerme sin intentar ayudar.
— Debemos escapar —susurré, alejándome cuidadosamente de ella. Gian asintió respaldándome y la expresión de Nella estaba repleta de desconfianza.
— ¿Qué piensas hacer? No pueden... —comenzó a decir.
— Lo siento —dije, deteniendo sus palabras y tomando la mano de mi hermano. Necesitábamos salir de ahí, porque si continuaba en esa casa quizás cedería y todo terminaría. La dejé a Nella en aquella habitación, con su decepción y dolor generándome un sabor amargo—. ¿Averiguaste algo? —le pregunté a mi hermano, quien iba a la vanguardia.
Él me silenció con una simple seña y asintió. Estaba demasiado paranoico con lo que nos rodeaba y eso me daba un mal presentimiento. Mi optimismo sobre la nueva información duró un milisegundo antes de chocar estrepitosamente contra el pavimento de la realidad.
— ¿A dónde vas haciéndote el misterioso? —preguntó nada más ni nada menos que Regina, apareciendo en el pasillo desde el estudio.
Me escondí instintivamente tras una puerta y la observé disimuladamente. Alta, de cuerpo voluminoso, ella no podía pasar desapercibida con su piel como el terciopelo, grandes ojos cafés y su armonioso rostro rodeado de oscuro cabello largo. Su expresión era tan hermosa como glacial.
Rezaba para que no se moviera del lugar exacto donde estaba porque si daba un paso más podría verme tras aquella puerta. Mis ojos no la abandonaron y se posaron sobre su abdomen en donde aún su embarazo no se vislumbrada con facilidad. Tragué saliva para deshacer el nudo de tensión atorado en mi garganta, y miré a mi hermano, quien estaba blanco como el papel.
— ¿Otra vez estas escondiendo chicas? Creí que habías venido solo... —se quejó ella con su voz melódica llena de desdén. «¿Chicas? ¿Otra vez?» pasé del miedo a la amenaza hacia mi pequeño hermano, y él sonrió simulando despreocupación mientras sacudía su pelo nerviosamente.
Abrió su boca y la cerró, alrededor de tres veces sin poder dar una respuesta lógica. Genial, Gian, Genial. Una vez que se necesitaban sus estrafalarias explicaciones, teorías y comentarios él quedaba mudo.
— Regina, ¿Necesito tu ayuda? —la voz Nella la sacó de su foco de atención. Sus ojos oscuros se posaron en la asistente de mi padre, con algo similar al desinterés. Ambas competían por la atención de mi padre, algo que no me interesaba la verdad.
— ¿Acerca de qué? —preguntó afinando sus ojos como un león al acecho de su presa. Nella nos miró por apenas un segundo, pero fue suficiente para hacernos saber que estaba con nosotros.
— Sobre unos papeles que quedaron inconclusos de la oficina —comentó acercándose a Regina, quien no respondió pero la siguió hacia el interior del estudio, pretendiendo encargarse del asunto.
— Después hablamos —murmuró Regina con tono frío, mirando a mi hermano y cerrando la puerta tras ella.
Inaudita, sentí mi cuerpo hormiguear del nerviosismo. Gianfranco y yo levantamos nuestras miradas al mismo tiempo. Estábamos en una especie de trance y no sabíamos bien cómo volver a la realidad. De alguna manera, habíamos logrado salir de los inconvenientes que se metieron en nuestros caminos, pero no estábamos seguro si podíamos volver a hacerlo si prolongábamos nuestra presencia en la casa.
Ambos huimos lo más rápido posible, dejando atrás todas las frustraciones y preocupaciones del momento. El aire en mi rostro me devolvió un poco de tranquilidad, y de pronto posé mis ojos en mi hermano con indignación.
— ¿No era que no había nadie en la casa? —pregunté sin controlar el tono de voz. Él sonrió con una mezcla de inocencia y diversión.
— Al parecer no —respondió, encogiéndose de hombros. Mi risa explotó en el aire, y él se unió a mí viendo la parte divertida de nuestro escape, convenciéndonos de que juntos podíamos cambiar nuestra suerte y quizás lograr nuestros objetivos.
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