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Capítulo 6: Planes

En mi mente, había una clara idea de lo que pensaba hacer. Tomaría el primer avión hacia Roma y buscaría a mi hermano porque me resultaba imposible quedarme en París esperando lo que fuese. Quería sentir optimismo sobre lo que vendría pero solo podía experimentar ansiedad.

Continuaba dando vueltas sobre la sala cuando me detuve precipitadamente y me volteé hacia el resto, quienes se encontraban mirándome con una mezcla entre preocupación y curiosidad.

— ¿Está segura de lo que vas a hacer? —me preguntó Lina. No había nada de diversión en su expresión. Sus ojos oscuros se ensombrecieron con un filo de advertencia. La situación en la que me estaba metiendo era realmente sería y ella quería que yo tomara la verdadera dimensión de lo que ocurría.

Tragué saliva para desaparecer el nudo que comenzaba a formarse. La angustia se entremezclaba con el nerviosismo y la desorientación. La duda me inquietó y tuve que recordarme una vez más la razón por la que viajaría. Matteo.

«Allegra, ¿Cuántos planes te han resultado bien?» preguntó la voz de mi conciencia, y la respuesta no era buena.

— Creo que sí —respondí intentando que mi voz no se quebrara. Lina suspiró buscando en Drake alguna clase de cooperación para hacerme cambiar de parecer.

— ¿No crees que es un poco peligroso? —inquirió Bautista cautelosamente, a mi lado.

Hay muchas cosas en las que creo y en otras en las que no. Tengo el autoestima un tanto golpeado, mi orgullo no es el mejor y no me definiría como una persona con coraje, pero cuando se trata de mis hermanos, soy otra persona. Alguien que es capaz de hacer cualquier cosa por ellos, aún si hay que correr hacia el peligro.

— Necesito encontrar a Matteo —dije—. Él y Gianfranco son lo único que me quedan de lo que solía ser mi familia —agregué, alejando las lágrimas que amenazaban con salir.

Con una mezcla de emociones que no podía precisar, Bautista respiró hondo y refregó sus ojos con lentitud para luego observarme con resignación. Yo mantuve mi miraba en sus turbulentos ojos verdes, como si intentara probarle mi fortaleza.

— ¿Vas a estar bien? —preguntó. Su voz sonó suave y su expresión era lo más parecido al entendimiento y compasión. Una triste sonrisa se dibujó entre mis labios y asentí—. Entonces, te llevaremos a tu casa —comentó mirando a Drake y Lina. Ninguno de los dos lucían convencido sobre mi elección pero nada me haría cambiar de opinión.

En el momento de las despedidas, el ambiente se tornó un tanto melancólico. Tras todo lo que me había ocurrido, encontrarme con ellos había sido la única cosa buena que me sucedió. Vaya ironía, ¿no? Antes de irme, Drake me dio consejos sobre mi salud mientras que Lina me encargó de darme una rápida lección de defensa personal. Por su parte, Bautista se mantuvo hermético y pensativo.

— Gracias por no denunciarnos —dijo Drake con tono divertido moviendo sus manos con energía y una brillante sonrisa, y no pude evitar corresponderle con otra sonrisa.

— Intenta que no te secuestren a ti también —comentó Bautista mordazmente. Mi alegría se evaporó y lo liquidé con la mirada. Entonces, él meditó momentáneamente y suspiró derrotado— ¿Buen viaje? —dijo, y decidí omitir el hecho de que era una pregunta.

— Gracias —respondí con una dulce sonrisa. Bautista permaneció contemplándome por un instante hasta que parpadeó y se movió inquietamente hacia el auto donde me esperaba Lina para llevarme a casa.

— Maneja con cuidado para no matar a nadie. E intenta no golpear ni secuestrar a alguien más —le advirtió con tono de mando. Lina, que estaba apoyada holgazanamente sobre el volante, lo miró sombríamente. Con una mirada que era capaz de asesinar pero que a Bautista no le produjo nada.

¿Algo más papá? —le preguntó en español. Bautista le hizo burlas mientras se alejaba de ella y volvía a mí.

— Ten cuidado, y de verdad, intenta que no te secuestren —me dijo pero esta vez de un modo más considerado, mostrándose preocupado.

— Voy a estar bien, lo prometo —le aseguré, y él me sonrió simulando creerme. Nadie de ahí estaba muy seguro de lo que haría, ni siquiera yo, pero me agradaba saber que por lo menos intentaban darme ánimos.

Y con un torpe saludo me fui de allí, deseando que las cosas no hubiesen acabado de aquel modo.

***

Las luces le daban un aura misteriosa y melancólica a la noche, y el suave murmullo de la ciudad era como un fino cosquilleo. Miré el barrio en el que estaba mi departamento con aire nostálgico. El cansancio comenzaba a hostigarme pero la paranoia y desasosiego no me dejarían tranquila hasta que estuviese en Roma. Me habían ocurrido muchas cosas en un solo día, y tenía la sensación de que muchas cosas más estarían por venir.

Lina había apagado el auto pero ni siquiera me había dado cuenta hasta que ella me habló. Asimilar que Matteo estaba secuestrado no era fácil, él no merecía nada malo y de solo imaginar en las condiciones en las que estaba, mi corazón se estremecía.

— Espero que tu suerte cambie Allegra, eres una buena chica y me agradas —me dijo rompiendo con el silencio, y le sonreí luchando por ser fuerte—. Por cierto, discúlpame por la forma en que nos conocimos. No supe cómo reaccionar y terminé golpeándote. Además no debí llevarte a la guarida, pero temía haberte hecho daño —agregó.

Lina tenía un espíritu fuerte e indomable, era orgullosa pero sabía reconocer sus errores y ceder para disculparse. Eso era difícil de encontrar hoy en día, y me agradaba.

— Todo eso quedó en el pasado —le dije y ella me sonrió con tranquilidad.

— Espero que tengas un buen viaje y que todo se solucione. A veces la vida no te a veces te lleva no a dónde quieres sino a donde puedes, recuerda eso —dijo guiñándome un ojo.

— Gracias —susurré, sabiendo cuan verdad eran esas palabras. Hasta ahora había mantenido mi vida controlada y ordenada pero de nada había servido. De algún modo y otro todo terminaba estropeado.

Lina me dio un ligero abrazo antes de irme, y espero a que entrara a mi edificio para irse, no sin antes desearme un poco de suerte en mi proeza. El motor de su coche rugió y la vi desaparecer rápidamente. El silencio me rodeó drásticamente y los latidos de mi corazón se hicieron más evidentes. La duda, la incertidumbre y el miedo se habían transformado en una segunda piel, de la que no me podía deshacer y solo debía intentar controlar.

Necesitaba ser fría, metódica y no dejarme llevar por nada.

La puja psicológica conmigo misma se vio interrumpida por el sonido de mi móvil. Y cuando vi el número sentí ganas de estrellarlo contra una pared. Una llamada de Beauvais era lo único que me faltaba.

— Allegra, ¿dónde te has metido? ¿Y quién era ese tipo que me respondió? He estado todo el día preocupado por ti, cielo. ¿Puedes responderme? —Comenzó a bombardearme con preguntas y la claridad que tenía cayó desde un séptimo piso y se hizo mierda contra el pavimento—. Jewell ha estado preocupada también por ti —agregó y así como si nada, la claridad resucitó y se hizo la luz.

— Beauvais, ¿puedes callarte un segundo? —pregunté con tono iracundo pero firme, no había lagrimas ni desconsuelo, y eso me hizo sentir bien.

— ¿Por qué me llamas así? —preguntó. Pero es que ese es su nombre... uno verdaderamente horrible, ¿Cómo no lo pude ver antes?

— Beau, necesito decirte algo. Voy a ser clara, concisa y, por favor, no me interrumpas —le dije. Me mentalicé, cerré los ojos para retener el impulso de maldecirlo, y largué el aire suavemente haciendo catarsis—. Eres el idiota más grande de este mundo. En ese momento doy por terminada mi relación contigo, y puedes irte a consolar con Jewell, no es como si necesitaras mi permiso para hacerlo ya que lo lleva haciendo hace tiempo. Adiós y no me llames más —dije y corté la llamada.

Te preguntaras como me siento, ¿no? Bueno, me siento como el infierno pero le pude decir las cosas claras y sacármelo de encima. Eso debe de ponerme bien... en algún momento de mi vida.

Una vez estuve en mi departamento, me apresuré a armar mi maleta mientras comía algo para no morir de inanición en el camino. Contemplé mi teléfono con duda hasta que me dije a mi misma que nadie más podría llegar a ayudarme. No es como si tuviese muchos amigos en Roma.

— ¿Tienes la más remota idea de la hora que es? —escuché del otro lado, una voz somnolienta e indignada.

— Me importa un cuerno la hora, necesito tu ayuda —sentencié y lo oí resoplar un tanto resignado.

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