Chào các bạn! Vì nhiều lý do từ nay Truyen2U chính thức đổi tên là Truyen247.Pro. Mong các bạn tiếp tục ủng hộ truy cập tên miền mới này nhé! Mãi yêu... ♥

Capítulo 3: La triada trasnacional

Un juguetón hormigueo me recorrió y comencé a tener más conciencia de mí. Me acurruqué en la comodidad de algo blando y tibio, escuchando como en el silencio se entremezclaban murmullos y música. Suspiré, negándome a abrir los ojos ante la comodidad, pero en un repentino flash recordé todo.

Mi desastroso día. El embarazo de mi madrastra, el engaño de mi ahora ex novio y ex mejor amiga, y el taxi. El bendito taxi que se había detenido y cuyo conductor había sido arrastrado fuera de él. Y yo, había sido secuestrada por una lunática que vaya a saber de qué o quién escapaba. Ella me había observado minuciosamente con sus oscuros ojos como el ónix, y en cuanto supo que por mi mente estaba la idea de fugarme, fue hacia mí para acorralarme. Y eso fue lo último que recuerdo.

Abrí los ojos y me vi acostada en una gran cama, en medio de una habitación algo austera pero bonita. Me senté con precaución y miré alrededor en busca de alguien, pero estaba sola. Una punzada dolorosa me atravesó el cuerpo, proveniente de mi cabeza. ¡Ella me había golpeado!

Cazzo.

Corrí hacia un pequeño espejo para asegurarme que no estaba herida. Estaba despeinada y con ojeras pero no había rastros de sangre, aunque el dolor me afirmaba que tendría un moretón. El miedo de lo desconocido volvió a mí. ¿Dónde estaba?

Continuaba llevando mi ropa de hoy e, incluso, tenía mi cartera sobre la mesa de noche junto a la cama con todas mis cosas. La iluminación llegó repentinamente al recordar mi teléfono móvil pero mientras lo buscaba, me preguntaba a quién iba a llamar.

«No tienes a nadie en este país» dijo mi maliciosa conciencia, y torcí mis labios con disgusto y desilusión.

— ¿Buscas esto? —oí una voz tras mi espalda, hablando en francés, y sentí un escalofrío recorrerme.

El frío y el calor se fundieron en mis venas y quedé congelada. Lentamente, giré para chocar con una mirada liquida en un rostro angosto y de nariz afilada. Aquel chico era alto y lánguido, casi desgarbado, de cabello rubio trigueño que caía sobre su rostro. Había cierta retracción en su actitud y si acaso no estuviese en una situación de vida o muerte, quizás hubiese admitido que ese chico era atractivo y parecía una buena persona.

Pero resulta que estaba secuestrada y no podía dudar de nada.

— ¿Quiénes son y que quieren de mí? —pregunté agarrando mi bolso buscando algún desodorante o cualquier cosa que me sirviera de arma.

Una pequeña y efímera sonrisa cruzó por sus labios mientras se hacía paso dentro de la habitación. Sus pasos eran lentos y medidos, y su clara mirada me advertía que era alguien suspicaz. Él se detuvo a centímetros de mí, guardando mi teléfono en su bolsillo. Me vi tentada en sacárselo a la fuerza pero me doblaba la altura y probablemente tendría más fuerza que yo, así que me quedé en silencio abrazando mi cartera.

Él estiró su mano hacia mí, cuidadosamente, hasta llegar a mi cabeza, y ahogué un quejido de dolor.

— Lo siento, no sabía que te había golpeado —dijo en voz baja—. Es una bruta —agregó hablando en inglés, para sí mismo.

Yo no respondí, al no tener una respuesta de él, y alejé de su tacto que comenzaba a incomodarme. Sus ojos grises se posaron en mí con curiosidad y cierta preocupación, y finalmente me sonrió con simpatía.

—Todo fue una lamentable y gran equivocación, nadie quiere lastimarte —me aseguró, y yo le hice un gesto de ironía. Sí, seguro que aquella loca no quería lastimarme—. Ven conmigo, quiero ver si te hizo algún daño de gravedad —dijo girando sobre su propio eje y dirigiéndose hacia la puerta. Él la atravesó con rapidez y al darse cuenta que me mantenía quieta, se volvió hacía mí con una media sonrisa desafiante—. Si quieres recuperar esto, sígueme —advirtió moviendo mi teléfono en el aire.

Una voz me advertía que huyera a través de la ventana pero otra, me decía que lo siguiera. ¡Dios! ¿Era mucho pedir algo bueno sobre aquel día? Y en medio de un suspiro de resignación, decidí seguirlo.

Con pasos lentos e inseguros, recorrí la habitación y atravesé el oscuro pasillo que llevaba hacia otra sala, grande y luminosa. Poseía grandes ventanales que cubrían las paredes desprovistas de decoración, como el resto de la casa, y que dejaban entrar la luz del sol que comenzaba a ocultarse. Y en lo que podía ver, todo lucía bastante impersonal, como si fuese solo un sitio de paso.

Lo que más sobresalía en la sala era un sillón repleto de bolsos y un televisor situado sobre una repisa pasaba las noticias del día y pronosticaba una cálida noche. Todo se veía luminoso, optimista y esperanzador; muy diferente a lo iba siendo mi día.

El murmullo de un par de voces, molestas y tensas, llegaron hasta mis oídos, pero no lograba codificar lo que decían. Intenté buscar el lugar de donde provenían pero el chico que poseía mi vía de escape me obstaculizó la vista, haciéndome señas para que lo siguiera hasta una barra lateral junto a la cocina.

— ¿Me dejas hacer mi trabajo? —preguntó mostrándome una caja de primeros auxilios. Le habría dicho que no tenía nada, pero probablemente lo haría de todos modos.

Así que me senté sobre una de las banquetas con actitud estoica.

— ¿Tengo alguna alternativa? —pregunté retóricamente— En verdad, no sé para qué pierdes tu tiempo, sé que me terminaran matando tarde o temprano. Y ni se gasten en llamar a mi padre, no creo serle imprescindible —agregué cínicamente.

El chico continuó mirándome evaluativo y sonrió levemente como si acaso mi situación fuese graciosa. Lo dedique una mirada asesina y él intentó desviar su atención en mi cabeza en buscar de herida. Sentí algo frío y luego el dolor volvió a recorrerme agudamente.

Al parecer no estaba tan ilesa como creí.

— Solo es algo pequeño, ¿duele mucho? —preguntó preocupado.

— Qué más da, con el día que he tenido esto es solo una caricia —exclamé con furia contenida al recordar cada hecho penoso del día y luchando contra las lágrimas que amenazaban con salir.

— Lo siento por eso también —murmuró haciendo una mueca de disgusto. Yo lo miré detenidamente; no tenía aspecto de ser un maleante, sin embargo, estaba allí siendo retenida en contra de mi voluntad.

Me encogí de hombros justo en el preciso momento en que un par de voces se hicieron más y más notable. Ahora era más claro que un chico y una chica discutían en español y tenía el suficiente conocimiento de ese idioma como para reconocer dos acentos diferentes.

— ¡Eres una inconsciente! —gritó una voz masculina, resonando con enojo y frustración.

— No me grites que no soy una niña, y ten cuidado con las palabras que usas para hablarme —contraatacó la chica. Yo me estremecí al tener la seguridad que se trataba de quien había robado el taxi—. Tú también podrías equivocarte, y si mal no recuerdo, hay una larga lista de esos momentos.

— ¿Pero es que no pudiste actuar de una manera más lógica? Si robas un auto podrías haberte asegurado de deshacerte de los ocupantes, no de traerlos —exclamó, y aquella voz se oyó como un latigazo.

¿Quiénes eran estos locos? ¿Y qué querían de mí? Miré al chico de cabello rubio trigo en busca de una respuesta, pero él solo se veía resignado y apenado.

— Se comportan así siempre —me susurró en francés—. Chicos, dejen de pelear que no estamos solos —levantó su voz, girando su cabeza hacia la dirección en que venían los gritos.

Las voces dejaron de oírse y tras unos minutos, dos figuras aparecieron en la sala. Una de ellas era la chica de pelo castaño y ojos de ónix, la culpable de mi secuestro. El otro, sorpresivamente, me era familiar. No era otro que el chico de ojos verdes que me había ayudado a levantarme. Mi mandíbula cayó y mis ojos se abrieron del asombro.

Ambos posaron sus miradas en mí, ella con un poco de culpa tras la apariencia fuerte y decidida que emanaba, y él, con análisis y asombro. Boquiabierta miré a los tres captores.

— ¿Quién mierda son? —pregunté ya cansada de las evasivas. Quería respuestas y soluciones, y las quería ya mismo.

— Somos la tríada transnacional —murmuró ella con orgullo, cruzando la habitación hasta un mueble de la cocina para agarrar un paquete de golosinas—. Por cierto, siento lo del golpe pero no me dejaste otra alternativa —murmuró encogiéndose de hombros ligeramente.

Inaudita y un tanto horrorizada, permanecí mirándola detenidamente. Parecía irreal que me estuviese pidiendo disculpas así a la ligera por un golpe del que no tenía alternativa. Todo el día fue torturante, y ella me pedía disculpas como si no fuese nada. Unas arrugas se formaron en mi cara y me crucé de hombros para controlar mis impulsos.

— Mi día fue un maldito infierno, ¿y tú quieres que te disculpe así como así? —dije agudizando mi voz, que se transformó en un chillido. Ella se encogió de hombros restándole importancia y extendió hacia mí el paquete de gomitas que comía. Mi furia se incrementó pero eso no significaba que no tomaría algunas gomitas para comer.

— Primero que nada, deja de llamarnos así —le advirtió el chico de ojos verdes a la chica con mirada filosa, y ella sonrió mirándome de reojo.

— Así nos llaman quienes nos buscan —susurró con secretismo—: Australia, Argentina y México —agregó.

— ¡Carolina! —gritó él con el fuego flameando en sus ojos sobre ella, quien se veía fría ante aquella situación. La tensión se volvió palpable entre ambos a medida continuaba la puja silenciosa de miradas, que comenzaba a incomodarme.

— Eh... ¿Alguno va a dignarse a decirme qué van a hacer conmigo? —pregunté indignada. El fuego y el hielo de las miradas de ambos de deshizo en el instante en que posaron sus ojos en mí.

Él parpadeó como si saliera de un trance y reconociera, por primera vez, que estaba allí.

— Eso aún no lo sabemos —me respondió sombríamente. La oscuridad que emanaba radicaba en el hermetismo y serenidad que poseía. Incluso cuando estaba furioso parecía saber cómo controlarse.

«Oh, genial» pensé inmediatamente y miré a todoslados busca de un reloj. ¿Cuándo se terminaba el día?    

Bạn đang đọc truyện trên: Truyen247.Pro