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Capítulo 18. Operación Salvataggio Parte II

42 horas antes...

Sumergidos en el silencio, aguardábamos cerca de lo que parecía una modesta casa. El barrio era tranquilo, alejado de todo ruido del centro, de aparente normalidad. En la computadora del auto teníamos dibujado el mapa de Roma con una zona coloreada, donde presumíamos que era el lugar donde mi hermano estaba.

Aquella casa, aparentemente mundana, era el lugar.

Lo habíamos descubierto gracias al teléfono que Bautista había robado, y a través de las grandes habilidades de Drake. Teniendo el lugar, ahora debíamos proceder pero no todo era tan sencillo...

— ¿Cómo van? —inquirió Jesse, comunicándose con el resto. El ambiente dentro del auto había pasado de la excitación por haber concluido una parte con éxito, a la solemnidad de saber lo que nos aguardaba.

— Tiziano y Lara están en camino con Pietro, Alex y Lina se encargan de cuidarles las espaldas —respondió Aimée rápidamente—. Yo tengo todo bajo control pero no estoy segura de cuánto tiempo van a tardar en tomar medidas ante la falta del teléfono —agregó.

Respiré hondo, posando mis ojos en Jesse y Bautista. Jesse se comía las uñas con inquietud mientras asentía mecánicamente. Bautista hablaba con Drake; su expresión preocupada me hacía dudar pero sabía que debía confiar.

Necesitaba mantenerme confiada por mi hermano; estaba más cerca que nunca.

Todo estaba tranquilo hasta que la puerta de atrás se abrió repentinamente. Sentí una punzada de terror y estaba a punto de gritar hasta que reconocí a mi primo. Él lucía más sombrío de lo que alguna vez lo vi. Me miró por un segundo; había algo de preocupación y nerviosismo. Como si quisiera mostrarse fuerte e inalterable cuando en verdad no estaba así.

Él quería transmitirme esperanzas, pero sentía que yo debía hacer lo mismo por él. Tomé su mano instintivamente, y le sonreí.

— ¿Drake ya encontró el número? —inquirió Tiziano. Bautista asintió, alcanzándole el teléfono en silencio. Por lo que tenía entendido, estaba tardando en encontrar el número de la persona que tenía retenido a Matteo en aquella casa.

Mi primo suspiró profundamente, buscando entre los contactos y llamando a alguien. Él aguardó, a medida el silencio se volvía tenso en el pequeño espacio con todas las miradas puestas en él .

— Soy yo —dijo Tiziano, hablando escuetamente, como si imitara la forma de hablar de alguien... y ya suponía de quien se trataba—. ¿El chico? —inquirió. Cuanto más largo era su silencio, más tensos nos sentíamos al no saber qué sucedía con seguridad.

Internamente, rezábamos a seres de los que no creíamos fehacientemente y le pedíamos a la suerte que estuviese de nuestro lado. Eso y las nociones de Drake sobre el uso de programas para falsificar voces, debían ayudarnos.

— Quiero que lo dejen solo, antes de que vaya —habló él con tono firme. Su expresión se contorsionó, como si hubiese oído algo que no le agradaba—. Soy quien da las órdenes, no me cuestiones —afirmó con severidad, aguardando la respuesta. Y tras un breve silencio, él cortó la llamada—. Ellos se irán enseguida —nos dijo, recostándose contra el asiento mientras respiraba hondo.

Se oyeron suspiros de alivio. La mentira inicial había resultado, por lo menos hasta ahora. Debíamos esperar, y lo hicimos. Los minutos se sentían como horas, y la paranoia rondaba a medida los secuestradores continuaban dentro de la casa.

Estábamos a punto de pensar que nunca se irían cuando vimos a dos hombres abandonar la casa, con miradas indiscretas hacia todos lados, metiéndose en un auto en el que desaparecieron al instante.

El miedo me golpeó secamente, más fuerte que antes. Matteo, estaba ahí solo, a solo unos pasos. Unos pasos que podían llevarnos al éxito, o al fracaso. Salí del auto tras ver como los demás abandonaban el vehículo. Observaba a todos, viéndome perdida y desencajada. Me refugié en Pietro, una vez él y Francesca se unieron a nosotros.

— ¿Estás bien? —me preguntó, analizando mi rostro, y yo asentí.

— ¿Estará bien? —pregunté, mirando aquella casa que tanto miedo me daba entrar.

— Lo va a estar, tú solo mantente optimista como siempre —me sonrió dulcemente, junto a un abrazo que parecía unir de a poco los pedazos de mi alma.

Aún enlazados en un medio abrazo, nos agrupamos con el resto.

— Jesse abrirá la puerta y nosotros entraremos primeros —comentó Tiziano, poniéndose guantes. Jesse jugaba con un artefacto entre sus manos, que era lo que los ayudaría a ingresar. Tiziano nos analizó a cada uno y terminó en Bautista y en mí—. Tú vigilarás afuera, y tú te quedas acá —afirmó.

Lo miré enmudecida, porque a pesar de no tener idea de qué hacer en ese momento, no se sentía bien quedarse sin hacer nada. Pretendía quejarme, simplemente por hacerlo, aunque fuese inútil. Pero Bautista se adelantó, suponiendo que sucedería.

— Yo me quedo con ella y vigilo —sentenció, dándome una mirada que me indicaba que no enloqueciera innecesariamente. Intenté creerle, y asentí, más que nada para mí misma.

Y así, solo con un par de indicaciones más, vi como Francesca, Tiziano, Jesse y Pietro se alejaban en la búsqueda de Matteo. Mientras yo permanecía, hundiéndome en la inquietud, sin poder ser realmente útil en ese instante.

Enloquecía en cada instante, imaginando los peores escenarios. No podía quitar mis ojos de aquella casa. No estaba sola; mi mano enlazada con la de Bautista lo demostraba, pero la presión que ponía demostraba cuan inestable me encontraba.

¿Estarán bien? ¿Habrá sucedido algo? ¿Matteo estará allí? ¿Se encontrara a salvo? ¿Saldrán a tiempo? Las preguntas revoloteaban en mi mente, frenéticas y desoladoras, creando ecos que aumentaban mi tortura.

— ¿Por qué tardan tanto? —pregunté, en medio de un brusco suspiro. Bautista apretó mi mano con suavidad.

— Solo están tomando recaudos, ya que estamos en pleno día —respondió, dándome una suave sonrisa. Respiré hondo para calmarme.

La quietud me desesperaba pero sentí cierto alivio cuando la figura de Jesse apareció en el exterior. Él observó los alrededores, y luego sus ojos se posaron en nosotros. Había algo en su expresión que no podía identificar, y tras una mirada hacia el interior, comenzó a caminar hacia nosotros a paso diligente.

Bautista debió ver la misma urgencia que yo porque bajó del auto con prisa. Ambos intercambiaron un par de palabras y señas, que indicaban que debíamos movernos.

— Mueve el auto frente a la casa —le ordenó, al mismo tiempo que abría el baúl para sacar lo que se veía como una tenaza. Tras eso corrió hacia el interior de la casa.

— ¿Qué está sucediendo? —pregunté, nuevamente controlando mi desesperación, pero él negó sin estar muy seguro.

Una vez frente a la casa, no dejaba de mirar hacia el interior de la casa. No se veía ningún tipo de movimiento. Bautista descendió, y yo lo seguí sin dudar. Sentía mi cuerpo hormiguear ante la perspectiva de lo que podría ocurrir, y tuve la necesidad de tomar su mano en buscar de un poco de estabilidad emocional.

Si continuaba así, podría enloquecer.

— Hay que apresurarse, he notado movimiento alrededor —comentó Jesse, sonando concentrado y tras eso, un sonido resonó en aquella sala vacía y descuidada.

Bautista y yo nos miramos, oyendo los murmullos del resto, esforzándonos para no ir hacia allí y mantener nuestra guardia. Las voces de urgencia de Pietro y Tiziano no ayudaban. Un suave llanto se elevó y me estremecí.

Mis ojos se llenaron de lágrimas al reconocer a Matteo. Quería ir hacia él, pero Bautista me retenía cuidadosamente. Mi corazón latía deprisa, y estaba a punto de salirse.

— Chicos —la voz de Lina a través de los auriculares no era buen augurio—, díganme que están lejos ya —comentó.

Francesca, quien aparecía en la sala, se detuvo con sus grandes ojos azul hielo puestos en mí. Probablemente con el mismo pensamiento en nuestras mentes: estábamos jodidos.

— Solo unos minutos más —respondió Bautista, antes de que ambas pudiésemos reaccionar. Francesca volvió con el resto, mientras Bautista me llevaba hacia el auto.

Había quedado en blanco, sin saber qué hacer. Me encontraba tan pasmada que ni me di cuenta el momento en que Jesse ocupó el asiento del conductor, con Bautista a su lado. Mucho menos pude reaccionar cuando Pietro y Matteo se sentaron a mi lado. Todo a mí alrededor se movía con urgencia y precisión, y yo solo contemplaba sin palabras a mis hermanos.

— ¿Allegra? —la voz de Matteo era débil y quebradiza. Se veía completamente demacrado, sin vitalidad, sin fuerza, sin esperanzas. No había en su mirada aquella fuerza con la que podía hacer contra a todo, solo era un fantasma de lo que fue.

— Matteo —dije, tocando su rostro con suavidad. Mis lágrimas comenzaron a caer sin previo aviso, y lo abracé, necesitando sentir que era real.

Verlo no era suficiente. Tocarlo tampoco. Parecía increíble que después de tanta travesía, pudiese tener a mi hermano conmigo. Lloraba acongojada, los tres lo hacíamos. Matteo, Pietro y yo nos enlazamos en un abrazo, volviendo a ser niños. Unos niños que solo se tenían a ellos para sobrevivir, que habían prometido estar siempre juntos. Y así sería.

— Pietro, Allegra, Matteo —nos llamó Bautista. Dejamos a un lado los sentimentalismos con torpeza. Él nos sonrió, viéndose feliz del reencuentro pero había algo más que hacía imposible que la felicidad pudiese ser completa—. Pónganse los cinturones, nos están persiguiendo —informó, moviendo su cabeza hacia atrás.

Me giré lentamente. Entre la mezcla de emociones, apenas reconocí que estábamos en marcha. Íbamos a toda prisa por la ciudad. Detrás, nos perseguía una serie de autos negros, como si los hubiesen sacado de alguna película de acción. A nuestro lado, Tiziano y Francesca iban en su auto. A pesar de todo, a Francesca se la veía emocionada al conducir; como si fuese un golpe de adrenalina que necesitaba y disfrutaba.

Volví hacia mis hermanos. Los tres nos sentíamos desubicados en aquella escena, pero no había escapatoria. Nos aseguramos rápidamente, mientras Jesse hacía maniobras que intentaban despistar a nuestros perseguidores.

— Nos vemos en el punto de encuentro —escuchamos a Francesca. Miré a mis primos justo en el instante en que ambos nos saludaban con una pícara sonrisa. El temor de saber sobre Matteo se escabulló, ahora estaban enardecidos con la emoción de la acción. Una acción por la que vivían.

— ¿Cómo lograron encontrarme? —inquirió Matteo, confundido y algo somnoliento. Las sombras bajos sus ojos resaltaban con la palidez de su piel.

— Es una larga historia —susurré, enlazándome a su brazo—, todo comenzó cuando descubrí que mi novio me engañó —agregué, yendo de un lado a otro por el movimiento de auto en la persecución.

Tanto Pietro como Matteo agrandaron sus ojos, inauditos y boquiabiertas. Intercambiaron miradas, intentando encontrar las palabras necesarias para ese momento, pero ya era tarde para cualquier tipo de consuelo ante eso. Emocionalmente, habían pasado años desde eso. Atravesé demasiadas crisis, llantos, risas y aventuras para lograr con mi objetivo: encontrar a mi hermano.

Y en la travesía, encontré a dos.

— Chicos —la voz de Jesse llamó nuestra atención, deteniendo el auto. Las miradas fueron a él, quien miró hacia atrás para observar a los perseguidores. Con un lento movimiento, elevó la música, creando un ambiente más festivo e inquietante. Y una media sonrisa curvó sus labios—. Sosténganse porque esto se va a poner intenso —susurró, provocativamente.

— ¿Lograremos despistarlos? —inquirió Bautista. La carcajada de Jesse resonó en el auto, y lo observó desdeñosamente.

— Por algo me llaman el corredor fantasma —le guiñó un ojo, y aceleró.

Y ahí supe porque elevó la música. No solo erapara crear un ambiente ideal para una persecución, sino también para aplacarlos gritos. Gritos que provenían de mí, porque aquello, se sentía como unamontaña rusa, de la que no había escapatoria. 

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