Capítulo 17: Operación Salvataggio Parte I
73 horas antes...
Tranquilidad. Eso era lo único que sentía.
Observaba la ciudad de noche. El cielo oscuro sobre una ciudad que brillaba. El aire soplaba suavemente y traía consigo una mezcla de sonidos que me sumergían en un ligero trance. Sentada en el balcón, recostada sobre una silla, bebía una cerveza para distraerme.
El interior de la casa era alborotado pero el exterior me daba la tranquilidad suficiente como para olvidarme del resto. Planes, mapas, llamadas, control de sistema de cámaras. Las secuencias que había vivido se asemejaban a una película. La ficción superó la realidad y mi vida dejó de ser la vida tal cual la conocía. Pero de algún modo y en perspectiva, los años anteriores parecían más ficticios. Como si mi vida en Paris, luego de la muerte de mi hermano, hubiesen sido falsos y faltos de veracidad.
La realidad de ese instante era más dura y compleja. No era fácil dar un paso adelante, sobre todo cuando muchas veces avanzar también suponía volver atrás. Estaba en una constante ida y venida. Pasado y futuro. El presente era confuso pero real, aunque la realidad me inquietaba.
— En el tiempo en que te conozco, me he familiarizado con esa expresión —el viento atrajo hacia mí la suave voz de Bautista. Me giré para encontrarlo observándome analíticamente desde el umbral de la puerta.
No pude evitar sonreír al verlo. Aquella noche, especialmente bajo esas luces, lucía hermoso.
— ¿Qué expresión? —pregunté, con curiosidad.
— Cuando te sumerges tanto en tus pensamientos, tus expresiones se vuelven rudas y tu mirada sombría —dijo, acercándose—. Al principio pensé que era enojo pero luego me di cuenta que era análisis. Te ves como esos críticos de cine exigentes que contemplan hasta los mínimos detalles y buscan alternativas mejores a los hechos. Solo que tú contemplas tu propia vida, le das vuelta al mismo asunto una y otra vez, encuentras mejores opciones y te atormentas con ello —agregó.
No podía quitar mis ojos de él, cuando se sentó a mi lado en la silla. Sus ojos verdes eran tan intensos que se sentía como si miraran dentro de mí. Y estaba empezando a creer que en verdad era así. Una extraña sensación me recorrió. Una mezcla de inseguridad, asombro y desprotección. Estaba desencajada por el hecho de que podía leerme tan bien, porque ni yo misma me podría haber explicado tan bien como él lo hizo.
Intimidada tanto por su conocimiento como por su mirada, no supe que decir al comienzo.
Bautista tenía razón, me pasaba todo el tiempo mirando mi pasado, analizándolo y encontrando cosas que en vez de darme tranquilidad, me hundían en un abismo de miseria e inquietud. A pesar de mis deseos de huir de mi vida y mi pasado, olvidarme de todo, permanentemente estaba culpándolo por mi presente y mi futuro.
— ¿Y qué debo hacer? —pregunté. No pude controlar la inestabilidad de mi voz, que reflejaba lo desprevenida que me tomó.
— Tomate las cosas con más calma. Sé que no es fácil pero no estás sola, no debes cargar con todo el peso tu misma, y confía más en el resto y en ti —respondió con una cálida sonrisa.
— Voy a intentarlo —susurré—. Cuando todo termine, definitivamente voy a vivir de otro modo —concluí. Tantas cosas en tan poco tiempo repercutieron en mi vida de un modo que no creí posible.
— ¿Y qué harás cuando todo termine? —preguntó. Su voz queda y ronca resonó a nuestro alrededor.
— Volver a mi primer amor, la pintura —dije sin dudarlo, llevaba tiempo dándole vueltas al asunto y era hora de hacer lo que me hacía feliz— Pienso retomarlo mientras finalizo mis estudios aunque me voy a tomar las cosas de manera más calma y dejar las preocupaciones —el pensar en eso me hizo sonreír— ¿Y tú? —le pregunté a un Bautista que lucía pensativo.
— Continuar yendo de un lado a otro —respondió, con sus ojos puestos en mí. Había algo de melancolía en su expresión. Una especie de añoranza o inquietud.
En el tiempo que llevaba con ellos, habíamos recorrido muchos kilómetros.
La vida de ellos no era tan sencilla. Yendo de un lado a otro, sin detenerse, sin saber a dónde iban pero aun así en constante movimiento. Podían ir a donde quisieran. Siempre encontraban la forma de sentirse cómodos en cualquiera parte del mundo, sin embargo, no tenían ese sitio donde morían de ganas de estar: el hogar.
Yo tampoco estaba segura de tener mi sitio en el mundo, pero lo descubriría. Porque había aprendido que nunca era tarde para descubrirse a uno mismo.
— ¿Alguna vez te has cansado de vivir de este modo? —pregunté, borrando la sonrisa y sintiendo cierta pena.
— Muchas veces —afirmó sin dudarlo—. A veces extraño a mi familia, aunque cuando estoy con ellos, necesito alejarme. Me gusta viajar pero a veces simplemente quiero quedarme en un sitio por un tiempo. He tenido dudas de mi vida, planteamientos que usualmente no me hago, pero aún no he encontrado eso que me haya hecho pensar en tomar un cambio radical. No quiero esto para el resto de mi vida, pero es lo que tengo —agregó.
Me sorprendió la tranquilidad y honestidad con la que hablaba. Él sabía bien que lo que hacía no estaba bien, no intentaba engañarse, sin embargo ahí estaba lo que veía en él normalmente. No era melancolía por lo perdido, era añoranza por encontrar algo que estaba buscando.
Bautista estaba tan desorientado en la vida como yo. Lejos de una familia que extrañaba pero con la cual se sentía un extraño. Buscaba algo que lo completara y se mantenía en movimiento solo por eso.
— Creo que tenemos más en común de lo que creemos —sentencié. La intensidad de su mirada se tornó cálida mientras sonreía tímidamente, provocándome un emocionante cosquilleo. Y sabía que cuanto más lo conociera y mirara, iba a caer más profundamente.
Reconocí que quizás mis sentimientos no eran tan superficiales como creí; definitivamente, Bautista era más que un simple rostro de facciones bonitas. Pero no podía permitirme sumergirme en algo que dolería, sobre todo tras Beauvais. Más que nada, cuando estaba a punto de alejarme de él, para no verlo nunca más.
Sentía la tensión en el ambiente a medida nuestras miradas continuaban conectadas. No estaba segura si él también podía percibirla, pero se estaba volviendo tediosa y necesitaba cortar con todo eso. Debía enfocarme en lo que seguía y en mi hermano.
Mi cabeza continuaba sobreanalizando todo, aún a pesar de mis expectativas, hasta que de pronto todo se detuvo cuando Bautista aprovechó ese instante. Sus labios tocaron los míos, hundiéndose en un suave y tímido beso, en el que mi cerebro entró en cortocircuito. Cerré los ojos, queriendo disfrutar el disparo de adrenalina que comenzó a recorrerme pero él se alejó antes de que pudiese hacerlo.
Gemí ante la frustración, y lo oí reír suavemente.
— Deja de pensar las cosas —me advirtió, tan cerca que podía sentir sus labios. O quizás era el cosquilleo de mis propios labios, al querer más.
— ¿Piensas hacer eso cada vez que piense las cosas demasiado? —inquirí, en un instante de osadía. Él lo meditó cuidadosamente, sin dejar de sonreír.
— Probablemente, aunque puedo pensar más cosas —respondió asintiendo, luciendo inocente. Me esforcé para no ahogarme sola y para no verme realmente afectada por sus palabras.
¿Pero a quien engaño? Era imposible.
Las sonrisas disminuyeron al oír las voces elevándose en el interior, recordándonos que no estábamos solos. Que aún faltaba para la distancia que vendría y de la cual no había que pensar. Había que disfrutar cada paso, cada instante, cada mirada. Por lo menos, hasta que hubiese que ponernos a trabajar.
Y eso era lo que venía.
69 horas antes...
Al inicio de la operación salvataggio, nos dividimos para hacer lo mayor posible en el menor tiempo.
Aimée y Drake habían revuelto todo para intentar instalar sus computadores, aún con los gritos histéricos de Tiziano por mantener lo que quedaba de orden en esa casa. Llevaban horas armando y desarmando, hablando con palabras que nadie comprendía, y poniéndose a trabajar tan rápido que llegó a sorprender que pudiesen hacer un buen equipo. Ambos no tenían nada que envidiarles a los hacker de series y películas, quienes lucían imparables y poderosos.
Mientras Aimée y Drake trabajaban en la sala, Jesse y Bautista estaban en el garaje para ocuparse del mantenimiento de los autos y de las cosas que se usarían en el rescate de Matteo. En el momento en que Francesca decidió unirlos como equipo, ambos se miraron con aburrimiento. Se evaluaron silenciosamente y con solo unas austeras palabras, se pusieron de acuerdo.
Tenía la seguridad que el equipo corredores no sería tan hablador como el equipo hacker. Aunque ellos no se comparaban con el tercer equipo: conformado por Alex y Lina. Realmente no sé en qué pensó Francesca al ponerlos juntos, pero estaba muy segura con unirlos y para limar asperezas; como ella decía con una media sonrisa burlona.
Ni bien escucharon a Frances, ambos comenzaron a quejarse, pero ella no cambiaría de opinión. Y se los llevó con ella a recorrer la ciudad para hacer trabajo de campo. Estaba convencida que ella planeaba hacer que congeniaran aún contra corriente, y su paciencia se veía estaría a prueba con ellos dos.
Y por último, Tiziano, Pietro y yo estábamos encargados de los sospechosos. Habíamos pasado horas hablando sobre la familia, sacando a relucir secretos y dejando en claro quién era quién entre los Materazzi. Nuestra familia era amplia y muy disfuncional a pesar de las apariencias. Pero más disfuncionales eran las relaciones con los demás, y ahí estaba el punto de interés.
— ¿Estás segura? —inquirió Pietro mirándome con inseguridad. Sabía que no quería que estuviese con ellos. Probablemente prefería que estuviese en una bola de cristal a miles de kilómetros de allí, pero eso no sucedería.
No pensaba correr, no más.
— Más que segura —le aseguré con una sonrisa, y le señalé a Tiziano, quien estaba a unos pasos de nosotros.
Él se veía analítico y solemne, con la mirada perdida en un punto lejano. Siempre me inquietaba la dualidad de mi primo; él podía ser inmaduro y bromista, y al instante ser completamente sombrío y arrogante. Sus ojos se posaron en nosotros solo para avisarnos que era hora de avanzar.
Nos encontrábamos en uno de los principales puntos de la ciudad. Las luces brillaban tanto que apenas podían distinguirse las estrellas del cielo. Y a pesar de ser pasada la medianoche, la ciudad continuaba viéndose vivaz y alegre.
Los tres nos movimos cuidadosamente sabiendo que ingresábamos a terreno enemigo. Caminaba detrás de Pietro y Tiziano, observando todo. La desconfianza tenso mi cuerpo, y no podía evitar volverme un tanto paranoica.
El club nocturno estaba lleno adentro y afuera. Las personas esperaban por ser de los privilegiados que tenían la posibilidad de disfrutarlo aunque también no perdían el tiempo en quejarse. Dudé por un segundo si seriamos capaces de entrar pero en cuanto el seguridad miró a mi primo, el acceso al bar se abrió milagrosamente.
Lo miré pasmada. Sintiendo que un nuevo mundo se abría. No era de las personas que solían ir mucho a club y bares, pero si iba, era definitivamente de las que esperaban sin poder entrar. Quizás... debería salir más con mi primo en el futuro.
«Definitivamente» susurró la voz de mi conciencia.
El ruido, las luces y el gentío nos dieron la bienvenida sofocantemente. Busqué seguridad tras Pietro y Tiziano. Ellos abrían el camino a través del lugar con elegancia y cierta hostilidad en sus miradas. Continuamos caminando hasta que todo eso quedó atrás, y el silencio nos abrigó mientras ingresábamos a una oficina.
— Buenas noches —saludó mi primo con un gesto cordial y diplomático al hombre que nos miraba analíticamente tras el escritorio.
Aquel era un hombre grande, quizás pasaba los 60 años. Había algo en él que me resultaba familia; la elegancia de sus movimientos, la sobriedad de sus gestos y esa mirada que no decía nada pero decía todo al mismo tiempo. La mezcla entre inocencia y severidad.
Y esa familiaridad, se debía a que me recordaba a mi abuelo.
— Veo que has decidido dejar todo en familia —murmuró con una media sonrisa, que me dio escalofríos.
Tiziano avanzó para tender su mano, como si ese pequeño gesto fuese lo que sellaba la alianza. Una alianza que necesitábamos para desenmascaras otras cosas.
— Calleri, hemos venido a pesar de todo, así que por favor, le agradecería que se limite a nuestras directrices —dijo mi primo, sonando irónico y audaz. Lo miré horrorizada ante el modo en que se dirigió al hombre, aunque él no se veía para nada ofendido.
¿Acaso estaba loco? Lo necesitábamos de nuestro lado, no del contrario...
— Me parece bien —dijo Calleri.
Supongo que se preguntarán, quién es Calleri. Él era el jefe de otra de las familias más influyentes de la ciudad. Había muchos negocios que él compartía con mi familia. Pero así como nos conocía a nosotros, también sabía mucho de los demás. Aquella, era una ciudad pequeña después de todo, en donde las personas se llegaban a conocer en un momento u otro.
— Tras oír la situación del niño, quiero creer que no soy el único que ha llegado a la conclusión que el dinero es solo una barda excusa para seguir reteniéndolo —dijo Calleri. Tiziano asintió mecánicamente, y Pietro ladeó su cabeza con expresión desconfiada.
— Los Materazzi no estamos exentos de haber generado daño, pero creo que mi hermano no tiene por qué pagar por eso ―sentenció Pietro. Su voz sonó feroz en aquel tenso silencio.
— A veces, los inocentes son quienes pagan más caro por los errores de los culpables, y nadie está exento de eso tampoco —reconoció, con la mirada moviéndose entre nuestros rostros—. Los conozco desde niños a todos, aunque quizás no se acuerden de mí. Cuando los veo a ustedes, o a los hijos y nietos de otros, recuerdo a los mío —murmuro melancólicamente, rememorando la perdida de parte de su descendencia en un atentado años atrás—. Nadie me los devolverá, pero al menos, no quiero que haya más como ellos...
El silencio estaba lleno de emociones y sentimientos trágicos. Sentía pena por aquel hombre, y cierta empatía, pero todo se resquebrajó cuando mi hermano habló:
— ¿Entonces, cómo piensa ayudarnos? —inquirió. Por lo visto, Pietro había perdido el tacto durante estos años, y ni siquiera le importó mi mirada venenosa.
— He investigado las propiedades y recursos de los Lorenzini, y creo que ustedes le darán mayor utilidad a corto plazo —dijo Calleri, deshaciéndose de su pena y volviendo a inspirar cierto temor.
Él extendió una carpeta que Tiziano agarró, sin verse alterado. Yo estaba enloqueciendo por dentro ante esa información, y tanto él como Pietro se veían como fríos y desinteresados. Definitivamente, no servía para ese tipo de negocios.
— ¿Y cuál es el pago por ésta información? —inquirió Pietro con tono desconfiado y mirada glacial. Calleri negó con un suave movimiento, desestimando con sus manos lo que no se había dicho pero se pensaba.
— No quiero ningún pago. Esto es solo devolver un poco de lo que ellos han dado —afirmó, dejando para sí mismo detalles que no nos concernía pero podíamos suponer.
Tiziano, Pietro y yo nos miramos en medio de un tenso silencio. Estábamos más cerca de Matteo, y también más temerosos de lo que podíamos llegar a encontrar en aquellos papeles.
41 horas antes...
En medio de un suspiro, levanté la vista del libro que leía y contemplé mí alrededor. Estaba sentada en un banco, en el vestíbulo de la empresa perteneciente a los Lorenzini. Empleados y clientes iban de un lado a otro, sumidos en sus propios asuntos. Divisé a Bautista entre ellos; vestido como un empleado de mantenimiento, arreglando uno de los televisores colgados en la pared.
Todo estaba en aparente calma a pesar de todo, pero el ambiente explotó en el instante en que Francesca y Tiziano ingresaron al recinto a paso rápido y seguro. Había algo en ambos que cuando estaban juntos se potenciaban. Nunca los había visto así, pero me gustaba ver ese lado dramático y pintoresco, de comportarse como un matrimonio soberbio y descortés.
Ellos comenzaron a llamar la atención ni atravesaron la puerta.
— ¿Alguien puede dignarse a venir? ¿Acaso uno mismo debe guiarse en este laberinto? —gritó mi primo confundido, mirando los alrededores.
— ¿Puedes dejar de gritar? No estamos en casa —lo reprendió Francesca con falso pesar. Tanto ella como mi primo se habían vestido con más elegancia y sobriedad de la cotidiana. Parecían sacados de algún reality, con personas famosas y excéntricas.
— Hago lo que quiero, y ahora quiero gritar —insistió Tiziano, deteniéndose precipitadamente en medio del vestíbulo. Miró a Francesca con desprecio, y ella entornó sus ojos. Estaba más que segura que cualquier cosa que hicieran, más tarde tendría sus consecuencias.
— Por favor, deja de gritar que sufro de nervios —gritó ella histéricamente, posando su mano en su pecho con expresión compungida. Las personas los miraban con extrañeza y cierta curiosidad. Y quienes trabajan allí se inquietaron y ni siquiera fueron capaces de calmar las cosas, cuando Francesca caía sobre Tiziano.
— Mi esposa —dijo horrorizado Tiziano, sosteniéndola con fuerza—. Mi amada y hermosa esposa. Tan preciosa e inocente —continuó vociferando.
Tuve que contener mi sonrisa ante su dramatismo y el golpe que Francesca le dio por lo bajo para controlarlo. La seguridad fue corriendo hacia ellos para ayudarlos, y algunos empleados transmitían calma a los curiosos.
Mis ojos fueron de ellos hacia Bautista, quien intentaba transmitirme algo con su mirada. Seguí la dirección y di con Alex, quien se hacía pasar por uno de los hombres de seguridad. Él se movió ágilmente entre ellos y pareció obtener algo.
Lo que serían llaves de acceso.
Él se alejó del grupo con calma, hablando con los empleados para informarles lo que sucedía. Y en ese preciso momento, Lina se separaba de uno de los grupos de curiosos, aprovechando que las miradas estaban lejos para ir hacia la escalera y dejar un pequeño dispositivo tras una de las cámaras de seguridad.
— Cámara uno interceptada —se oyó su voz a través de los auriculares, mientras desaparecía.
Ahí fue cuando cerré mi libro y me fui hacia los curiosos, dejando mi mochila en el banco olvidada. Caminaba lentamente, dando vistazos a mi alrededor y reconocí la silueta de Alex tomando la mochila para luego escapar hacia el mismo sitio en el que Lina desapareció.
Allí dentro había un par de trajes de servicio de limpieza, que tanto Lina como Alex utilizarían para continuar infiltrándose.
— Esto es un milagro —exclamó Tiziano, al ver a Francesca estabilizarse rápidamente, como si nada hubiese pasado. Ella se mostró tranquila, intentando manejar la situación, y Tiziano se acercó a un guardia de seguridad para hablar—. ¿Cómo que no puedo pasar? ¿Ustedes saben quién soy? —preguntó desencajado, mirando a todos como si acaso pudiesen ayudarlo o reconocerlo.
— Cielo, intenta tranquilizarte —murmuró Francesca, abanicándose con sus manos. La facilidad que tenían para actuar me dejaba boquiabierta, y no podía sentir más que admiración.
— Soy Tiziano Materazzi. Hijo De Lorenzo Materazzi jr, nieto de Lorenzo Materazzi padre —comenzó a decir con exasperación. Por lo visto mi primo era todo una drama queen—. Lorenzini debe darme explicaciones. ¿Saben lo que ha hecho? Ha atropellado a mi perro —respondió, entrando a llorar.
¿Atropellar a su perro? ¿Está loco ese chico?
Permanecí pasmada, sintiendo que todo el plan estaba a punto de fallar por culpa de su tonto perro ficticio. Iba a golpearlo tanto que me dolería la mano, pero quizás sentiría alivio, luego de que todo eso fuese echado a perder.
— Traigan a Lorenzini. Tráiganlo o lo voy a buscar —insistió histéricamente, moviéndose hacia todos lados. Francesca tapaba su cara, fingiendo pesar pero contenía la risa por lo bajo.
— Señor, debe tranquilizarse —le repetían los hombres de seguridad, una y otra vez, pero él estaba completamente loco. No sabía quién estaba más desorientado si los curiosos, los empleados o yo.
— Disculpen, señor y señora Materazzi —dijo un hombre que apareció repentinamente; tanto su imagen como su comportamiento, denotaban cierta superioridad y austeridad. El desagrado se ocultaba bajo sus modismos, y aunque la media sonrisa de Tiziano me indicó que veía ese repelo, él continuaba con su actuación—. El señor los recibirá en este momento —agregó, y mi primo dejó de gritar automáticamente.
La dulzura de su sonrisa mostraba su conformidad, y no solamente porque sería capaz de ver a Lorenzini, sino que había logrado que su mano derecha fuera hacia ellos.
Sin darme cuenta, la excusa de mi primo fue útil, y reconocerlo me daba felicidad y un poco de vergüenza...
El hombre movió sus manos hacia el ascensor indicándoles el camino a seguir. Ninguno de los dos dijo algo al tomar la vanguardia, y pasaron por mi lado sin siquiera mirarme pero sabiendo exactamente donde me encontraba.
— Ya hay completo control de la vigilancia —oí la voz de Aimée en mi oído, que nos avisaba a todos que Lina y Alex completaron su trabajo, al mismo tiempo que Bautista caminaba hacia el lado contrario.
Sus ojos se cruzaron indiscretamente con los de Francesca, y chocó con el hombre en medio de un aparente descuidado movimiento.
— Lo siento, lo siento —comenzó a decir en italiano; una de las pocas palabras que habíamos logrado enseñarle para que pudiese infiltrarse. El hombre de negro asintió con su cabeza, y se fue sin decir más nada, siguiendo a Tiziano y Francesca hasta que los tres desaparecieron en el ascensor.
Bautista me miró por un segundo, guiñándome un ojo para avisarme que era hora de irse, por lo que emprendí mi camino hacia la salida intentando que mi inquietud no se percibiera.
Respirando el aire del exterior, sentí alivio al lograr superar esa etapa. La adrenalina me recorría, incitándome a seguir, dándome más energías y optimismo. Doblé en la esquina justo cuando un auto frenó para obstaculizarme el camino. La puerta se abrió, dejándome ver a Jesse en el asiento de conductor quien me daba la bienvenida con su aura de audacia y entusiasmo, igual a la del resto.
— No hay nada como el robo a una gran empresa para darle más color a la vida, ¿no? —me preguntó, con su fuerte acento inundando cada espacio.
Sonreí ante su mirada y su sonrisa, sin poder negar que aquello de algún modo me agradaba. ¿En qué me había convertido?
— ¿Y Bautista? —inquirió de pronto Jesse, mirando hacia afuera. Recién ahí recordé que él debía haber salido inmediatamente después de mí, pero no tuve tiempo de preocuparme que él ya se encontraba en el asiento trasero del auto.
— Hora de irnos —comentó él, con su sonrisa iluminando su rostro, haciéndolo ver como un niño que pasaba el mejor momento de su vida. Meneó el teléfono en sus manos,inquietamente. El teléfono de la mano derecha de Lorenzini, y lo que nos ayudaría a poder encontrar a Matteo.
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