Capítulo 10. La Squadra
Atenas, Grecia. Julio 2014.
— Prométeme que no te enojaras o gritaras —advertí cuidadosamente. Oí silencio del otro lado del teléfono y estoy prácticamente segura que estaba maldiciéndome internamente.
— ¿Qué hiciste ahora? —preguntó Tiziano, diciendo cada palabra lentamente, controlando su tono de voz.
¿Por qué supuso que había hecho algo? ¿Acaso solo lo llamaba cuando estaba en problemas? No lo creo...
Respiré hondo, dando vueltas en la que era mi habitación durante mi estadía en Atenas. Ni bien me habían dicho acerca de qué era el trabajo no había dudado en unirme, y ahora allí estaba, siendo un proyecto de delincuente. ¿Cómo había llegado a eso?
— No hice nada malo —respondí.
«Aún no» susurró mi conciencia, y siseé para acallarla.
— Allegra —me llamó Tiziano con un filo amenazante.
— Está bien. Dejé Roma porque encontré una pista que podría estar relacionada con el secuestro, pero todo va a estar bien. No tienes nada de qué preocuparte —respondí, intentando dibujar la situación con menos peligro de lo que realmente era.
Esperé gritos, amenazas y ordenes de volver, pero lo único que obtuve fue silencio. Dudé y temí que mi primo hubiese colapsado donde sea que estuviese. Aguardé un instante hasta que un extraño sonido se oyó de fondo.
— Allegra, soy yo ¿Dónde estás? —la voz de Francesca resonó, tan cálida y gentil como siempre.
— Fran, no te lo puedo decir, es algo secreto, pero te prometo que tendré cuidado —expliqué; necesitaba que confiaran en mí. Ya no era una niña, y aunque mis elecciones eran cuestionables, mis razones eran nobles y solo quería ayudar.
Ella suspiró pesadamente.
— No puedo obligarte a volver —dijo, sonando realmente como si me entendiera—, pero si necesitas ayuda, por más mínimo que sea, llámame. ¿Estás sola? —me preguntó con preocupación.
— No, no lo estoy —dije, agradecida de que no me juzgara—. Puedes tener la seguridad que te llamaré si es necesario, y muchas gracias —agregué, sabiendo que le debía mucho.
Tras cortar la llamada, quedé detenida en la habitación, sentada en la cama con la mirada perdida. Aunque estaba cansada por el viaje, la perspectiva de saber que tendría alguna nueva pista me daba energía.
Un suave sonido me obligó a reaccionar, y me volteé en dirección a la puerta entreabierta. Con actitud casi tímida, Bautista ingresó a la habitación, acercándose a mí lentamente y analizando mi expresión. No sabía qué podía ver en mí, pero en él notaba preocupación e incertidumbre.
— ¿Todo bien? —me preguntó, sentándose a mi lado.
— Sí —respondí, queriendo sonar segura pero mi voz me traicionó—. Quiero creer que hago esto con las mejores intenciones, quiero saber que hay detrás de esa pintura y el secuestro de mi hermano, pero temo fallar. ¿Y si no encuentro nada? ¿Y si mi hermano está en mayores peligros? ¿Y si me termino perdiendo a mí misma? —pregunté, sintiendo que todo el avance que había hecho se estaba yendo a la basura.
¿Cómo hacía Bautista para obtener esa clase de confesión de mi parte con solo unas palabras?
Él me dedicó una dulce sonrisa junto a una mirada que decía que me entendía, y luego respiró hondo, mirando la habitación como si allí estuviesen las respuestas a todas mis preguntas.
— La primera vez que Lina, Drake y yo hicimos esto fue para ayudar a un amigo. Él necesitaba dinero, nosotros estábamos dispuestos a hacer cualquier cosa por ayudarlo y la situación se presentó. Hicimos el trabajo exitosamente y todo salió mejor de lo esperado, tanto que no dudamos cuando la oportunidad se presentó nuevamente —dijo, con la mirada pérdida—. Ninguno de los tres sabíamos muy bien qué es lo que quería de su vida y terminamos cayendo por algo que a pesar de que no era fácil, era conveniente —agregó y se volteó hacia mí para sonreírme—. No voy a convencerte que tengo principios y moral, después de todo soy un ladrón de guante blanco pero puedo asegurarte que si sabes bien lo que quieres, no vas a perderte en esto.
Sonreí para mí misma reconfortada con sus palabras, que de algún modo lograron llegar al fondo de mi conciencia. Respiré hondo, deshaciéndome de la oscuridad que envenenaba mi espíritu.
— Solo quiero ayudar a mi hermano y saber qué hay detrás de la pintura, nada más —murmuré tras unos minutos.
— Lo sé, y nosotros no te obligaremos a hacer nada que no quieras —agregó Bautista, contemplándome con su mirada profunda y melancólica que me resultaba cautivante. Mi conciencia me gritaba que no lo conocía y que evitara caer en el encanto, pero una pequeña parte de mí tenia puesta su confianza en él y ya era tarde.
«Ya no puedo más con esto, estás condenada Allegra» gritó mi voz interna con dolor y resignación. Sacudí mi cabeza y me puse de pie, dejando todo atrás porque de ahora en adelante, ya no podía dudar.
— Entonces, ¿Qué hacemos ahora? —pregunté con curiosidad, encontrándome con una radiante sonrisa de Bautista.
Minutos después, nos encontrábamos los cuatro reunidos en la sala en medio de un ambiente relajado aunque mucho más serio. La noción de lo que vendría me hizo sentir en guardia; debía estar atenta a todo, ser precavida y no bajar mis defensas. A pesar de la animosidad con la que ellos me trataban, no debía olvidarme de mi misma. Después de todo, ellos eran un equipo en el que mi ayuda les convenía, y no podía confiarme completamente.
Los ventanales de la habitación nos regalaban un hermoso vistazo de la ciudad, y podría perder horas mirándola pero no tenía más alternativa que prestar atención.
— Allegra, he preparado esto para ti —dijo Drake, alcanzándome una carpeta con toda la información que tenían sobre éste caso, y no pude estar más agradecida—. He actualizado toda la información que teníamos y no hay muchas variantes, solo hay que profundizar en el estudio de la zona y en el sistema de seguridad —agregó.
Un extraño sentimiento surgió en mí al ver el nombre del propietario del Torreón Escarlata. Laertes Onassis. El hecho de que ese nombre estuviese escrito en el mensaje de mi hermano me daba más fuerzas para continuar.
— Pronto habrá una fiesta en la residencia Onassis —habló Bautista; su voz resonó fuerte y glacial, sin vestigios de solemnidad o tranquilidad. Aquel Bautista era la mente lógica y organizada tras los robos, no el chico con cara de ángel y actitud melancólica—. Sé que no hemos tenido mucho tiempo para investigar pero no sé cuándo podemos tener otra oportunidad como ésta, además, desconocemos si tenemos o no competencia —dijo, recordando cómo habían fallado la última vez cuando alguien se les adelantó—. Necesitamos un medio de transporte, optimizar las herramientas de trabajo, crear un mapa del lugar detallado con puntos de salidas y preparar al menos dos planes de emergencia ante cualquier situación —añadió, mientras escribía sus palabras en un hoja con letra desprolija.
— También es necesario una copia detallada de la pintura y herramientas para ti —comentó Lina mirándome con una suave sonrisa. Tanto yo como el resto asentimos de acuerdo, y Bautista continuó escribiendo—. Yo me encargo de las compras —dijo mirando de soslayo a Drake, pero él estaba concentrado en su computadora que tuvo que darle un codazo para nada disimulado.
Yo me hubiese unido a ella pero Bautista me dedicó una expresión que denotaba un mensaje subliminal, algo que no sabía qué quería decir pero que me indicaba que mejor no participara.
— ¿Qué? Sí, yo voy —comentó Drake torpemente, alejándose de la computadora y tropezando con sus propias palabras. Lucía tan inocente y torpe que me resultaba gracioso, sobre todo ante la mirada sombría que Lina le dedicaba—. Además, tomaré fotografías de la zona —dijo para intentar sonar relajado, buscando desesperadamente su cámara.
Oculté mi sonrisa bajo mi mano, queriendo no mirar a Bautista porque estaba segura que no podría mantener mí endereza.
— Comenzaré haciendo los planos, ustedes vayan... —Bautista movió sus manos, echándolos con desinterés mientras observaba su hoja con anotaciones. Yo permanecí quieta y silenciosa hasta que ambos se alejaron, y largué una carcajada bruscamente.
— ¿Qué mierda acaba de suceder? —pregunté, confundida, entre risas. Una sonrisa torcida curvó los labios de Bautista y su mirada cómplice sobre mí produjo cosquillas a través de mi cuerpo.
¿Cómo infiernos era posible eso?
— Ellos son novios pero actúan como si acaso tuviesen una relación secreta... realmente, no sé cuál es su problema —me explicó, probablemente resignado a su comportamiento.
Bautista no dejaba de analizar los papeles desplegados en la mesa y la información de la computadora. Se volvía más sombrío y analítico a medida se concentraba más en la información. Y yo, decidí quedarme a su lado, leyendo todo lo que tenía por saber.
Laertes Onassis era heredero de una familia con mucha historia empresarial. Joven y excéntrico. Poseía una belleza única y atrayente, y tenía acciones en empresas familiares pero nunca usaba nada de eso. En vez de trabajar, prefería gastar la plata en fiestas, autos y obras de artes. Y poseía un pequeño sequito de personas que lo seguían a todos lados como perros hambrientos.
Después de leer todo eso, ya no sentía tanta culpa por participar del robo de una obra de arte.
— ¿Cómo es que le llegan este tipo de trabajos? ¿Ustedes los eligen? —pregunté con curiosidad, buscando a Bautista. Su expresión de concentración se suavizó un poco y meneó la cabeza lentamente.
— Solemos elegir trabajos mediante contactos que nos indican que es lo que demandan ciertos compradores, y usualmente, son trabajos muy bien pagos —respondió, bebiendo un poco de té.
Asentí y recordé el mensaje de mi hermano, con desconfianza y duda.
— ¿Sabes el nombre de quién quiere ésta pintura? —pregunté en tono quedo. Él negó rotundamente, mirándome analíticamente como si quisiera decodificarme—. Mi hermano antes de desaparecer dejó un mensaje en donde estaban escritos tres nombres como posibles dueños de el Torreón Escarlata: Laertes, Belluci F. y Battista Valentino. Y ponía énfasis en saber quién era Battista —expliqué, intentando poder desentrañar ese mensaje lo antes posible.
Las arrugas se acumularon en el entrecejo de Bautista y sus ojos se entornaron hasta casi desaparecer. Dejó de mover el bolígrafo entre sus manos y tomó asiento lentamente en medio de una nube de concentración.
— Significa que tu hermano estuvo investigando a Laertes —susurró con la mirada perdida en la lejanía, recorriendo suavemente su boca con sus dedos. Y yo no pude evitar contemplar sus labios, hasta que mi mente se aclaró y me moví incómodamente sobre la silla, diciéndome a mí misma que no era momento para eso.
— ¿Crees que Laertes pueda tener relación con el secuestro de Matteo? —pregunté, tras aclararme la voz, deseando que mi rostro no hubiese enrojecido por la vergüenza.
— Es poco probable pero no imposible —me respondió—. Habría que buscar sus antecedentes y lo de las personas que lo rodean. Además, podemos pedirle a Drake que investigue a Belluci y Battista —agregó, asintiendo para sí mismo, como si se le hubiese tenido una gran idea en mente. Se giró para sonreírme y de pronto su rostro se volvió inexpresivo—. ¿Te sucede algo? ¿Tienes fiebre? —inquirió con tono preocupado, extendiendo su mano hacia mi frente.
Me ahogué con mi propia saliva mientras quería dar una respuesta, pero qué podía decir cuando sabía que el enrojecimiento en mí era por tener pensamientos inapropiados hacia él. «Das pena» reconoció mi conciencia, y no pude estar más de acuerdo.
— Es solo el café —respondí, tartamudeando, mirando la taza a mí lado que probablemente ya estaba fría. «Eres mala incluso para mentir».
A pesar de mi patética excusa, Bautista pareció creerme. Comenzó a escribir más anotaciones hasta que se detuvo y me miró fijamente. Sus ojos verdes sobresalían sobre su piel, líquidos y poderosos, con una intensidad que podían romper murallas. Una suave sonrisa se dibujó entre sus labios, haciéndolo ver un tanto adorable.
Y por más que no quisiese llamarlo así, realmente no encontraba otra palabra para describir esa expresión juguetona y risueña que tenía cuando no estaba preocupado por su trabajo o meditabundo e inexpresivo.
— Estoy seguro que pronto encontraremos algo nuevo sobre la pintura y tú hermano —dijo—. No te des por vencida por no estás sola —agregó, haciendo que mi corazón temblara ante las inesperadas emociones.
Había pasado la mayor parte de mi vida dependiendo de mí misma, luchando sola. No sabía muy bien que era ser un equipo, pero tenía la esperanza de saberlo pronto.
*****
Llevaba un par de días en Atenas junto a Lina, Bautista y Drake. Poco a poco me iba acostumbrado a ellos y sus rutinas. Y había llegado a encontrar curioso la dinámica entre los tres.
Lina y Bautista tenían en común la cultura latina, y aún en sus diferencias, había cosas que compartían. Cuando se concentraban demasiado en sus trabajos solían hablar en español. También lo hacían cuando se enojaban o ante algún evento deportivo que miraran. Y ahí estaba Drake, tras ellos, reprendiéndolos por dejarlo afuera de las bromas y peleas. A veces intentando mediar entre ambos aun cuando no sabía muy bien qué sucedía.
Pasaban tanto tiempo los tres juntos que podía encontrar aquellas pequeñas cosas que se habían contagiado. Frases y gestos se habían inmiscuido, y terminaban hablando en dos idiomas con modismos internacionales para hacerse entender. Los años de conocerse, tras un curso de postgrado universitario en España, les volvía fácil la tarea de comprenderse.
Lina solía ser la primera en despertarse, desayunando rápidamente para irse a trabajar en los autos. Apenas hablaba durante las primeras horas del día hasta que se tomaba varias tazas de café. En el tiempo que compartía con ella pude confirmar su amor por las golosinas, los libros y el surf. Todo lo contrario sucedía con Drake, quien era el último en despertar tras pasar toda la noche con su computadora. Parecía un zombi la mayor parte del tiempo; solo la comida y la música podían hacerlo revivir. Y Bautista era el punto medio entre ambos; tenía sus horarios y actividades organizadas, y a pesar de no ser hablador a todas horas, tampoco era un ermitaño.
Y entre ellos me encontraba yo, intentando ser de utilidad en todo lo posible, manteniéndome al tanto de las noticias sobre mi hermano y avanzando en la pintura del Torreón Escarlata. Mi estado de ánimo variaba según los días; podía estar confiada y llena de optimismo, o llorando a escondidas por el miedo de no saber de Matteo y por el recuerdo del engaño de Beauvais. Me sentía tan estúpida por haber confiado en alguien como él, queriéndolo cuando él evidentemente no sentía lo mismo. La angustia de esos días solo se iba tras el sueño que veía luego del llanto, y Lina solía intentar levantarme el ánimo con divertidas historias de sus trabajos.
— Chava, ¿Cómo vas? —me preguntó ella en español, acercándose a mí con una taza de café que me cedió. Ella posó sus oscuros ojos sobre la pintura, sonriendo con orgullo y admiración. Tenía su cara y su cuerpo manchado con grasa y suciedad, pero aun así, ella se veía bonita y rebelde.
— Quiero creer que para mañana estará listo —respondí, mirando con detenimiento la pintura. No era una experta pero si me esforzaba por lograr que fuese lo mejor posible. Lina asintió, sacudiendo mi pelo como si fuese una especie de mascota.
— Estás haciendo un buen trabajo, lo que queda, ahora está en nuestras manos —murmuró de buen humor y se giró hacia el Drake y Bautista, quienes hablaban sobre unos planos—. ¿A que no imaginan quién es el mejor ingeniero de este pinche mundo? —mirándolos con arrogancia.
— Yo —respondió Bautista con un ligero encogimiento de hombros. Y esa era otra cosa que aprendí: ambos eran ingenieros electromecánicos. Tras su comentario, Lina entornó sus ojos venenosamente sobre él con actitud sarcástica.
— A poco, no eres tan importando mijo —dijo burlonamente, en español, haciendo que Bautista sonriera maliciosamente—. ¿Necesitan ayuda? He terminado con mi trabajo —preguntó con curiosidad.
— No, estamos tenemos todo prácticamente listo —respondió Drake, y de pronto, pareció recordar algo y me buscó con interés—. Por cierto, busqué sobre alguna relación entre Belluci y la pintura, y encontré que eran los antiguos propietarios. Cuando el poseedor murió, sus hijos la vendieron —me explicó y yo intenté crear un gran cuadro de relaciones en mi cabeza.
— Eso volvería su nombre sin ninguna utilidad, ¿cierto? —pregunté, mirando a Bautista, quien asintió lentamente.
— Habría que saber sobre Battista, es el único nombre en el que puso cierto énfasis en el mensaje —comentó él, y el rostro de Drake se llenó de inquietud.
— Y también es el único en el que no hay nada, como si acaso Valentino Battista fuese una especie de fantasma —dijo, crípticamente, haciéndonos dudar a todos. Él permaneció analítico por un segundo antes de chasquear su lengua con reprobación, dando pequeños golpeteos en la mesa con sus dedos—, pero encontraré quién es porque nadie se esconde de Drake Stone —sentenció con un filo amenazador.
Suconfianza resultaba esperanzadora, sobre todo ahora que lo único que quedabaera llevar a cabo el robo.
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