Capítulo 2 👠 Summer
Estados Unidos, Seattle. Julio.
Tiré mis pocas pertenencias al suelo y me recosté en la cama con la vista al techo. «Seattle, ¿mira a donde fuiste a parar por huir?» escuché la voz de mi conciencia; hacía mucho que no la oía porque siempre intentaba taparla, aunque había veces que la extrañaba. Pero no se crean que soy de esas locas que escuchan muchas voces. Mi conciencia es muy lógica y sensata... más que yo.
En medio de un suspiro, volví a sentarme para buscar mi computadora, donde sea que estuviese. La abrí y me conecté para poder conversar con mi amiga de la infancia, Melisa. Ella era quien me ponía al tanto de lo que sucedía con mi antigua vida. «¿Cuál de todas tu antiguas vidas?» preguntó con ironía y yo intenté sofocar nuevamente aquella voz.
Tú te preguntarás, ¿qué sucedió después de mi huida?
Bueno, pasó lo siguiente. Ellos me buscaron, más de lo que podría haber pensando. Pero probablemente notaron que no había llamadas de secuestros ni nada de eso, y que mis pertenencias más importantes no estaban. El tiempo pasó, y los Estrada dejaron de buscarme. Por mi parte, nunca intenté ponerme en contacto con ellos. Pese a todo, no había rencor, pero no me interesaba saber más de ellos. La única luz en aquella familia, siempre fue y será mi abuela.
Lo sé, ella no era mi verdadera abuela, pero me dio el cariño de una verdadera. Ella me crío y me amó, y eso no es algo que se olvida y se deja fácilmente, ¿No es cierto?
«¿Puedo disentir?» preguntó mi conciencia. Miré a mí alrededor con molestia. ¿Qué era lo que sucedía que parecía más presente que nunca?
Se podría decir que seguía en contacto con mi abuela, de manera indirecta. Le enviaba cartas, dinero e intentaba que supiese que estaba bien, en algún lugar de este infinito mundo. Todo eso hacía calmar la culpa que sentía de haberla abandonado, pero al pensar que todo aquello era una vida que no me pertenecía, volvía a estar segura de mi decisión.
Tras conversar un momento con ella, cerré mi computadora y quedé con la mirada perdida. Me encontraba en algún hotel elegante y caro. El ambiente era pretencioso pero tan impersonal, que me hacía preguntarme como sería un lugar que me caracterizara.
Los pensamientos venían a mí, y la melancolía se arremolinaba a mí alrededor como abejas zumbando. Era tan molesto, como un dolor sordo e incómodo que no hay forma de que calmes pero sí que apacigües. ¿Y cómo hacía yo? Perdía mi tiempo con Aimée, pero ella, ya no estaba conmigo. Tras el trabajo, nos habíamos dividido el dinero y ella se encontraba en alguna parte de México. Entonces, como ella no estaba, no me quedó otra que darme un baño para conciliar el sueño.
Al despertar, vi que era pasada la medianoche y tenía asuntos que arreglar. Ya sabes, cosas del negocio. Agarrando mí chaqueta, me fui para recorrer un poco la ciudad.
La noche tenía cierta vibra positiva, difícil de describir, pero que me gustaba. Caminaba por las calles solitarias y me metía aun mas entre los suburbios en busca de una casa. Mi sonrisa se pronunció cuando reconocí una mediana casa color rojo ladrillo, y apuré mi paso para golpear la puerta.
Esperé apoyada contra la pared unos minutos, y antes de que abrieran la puerta escuché a alguien tropezar. Tuve que hacer un gran esfuerzo para no reír. Justo en el momento en que mi sonrisa florecía, la puerta se abrió y vi a un chico mirarme con cara de sueño. Él tenía un aspecto descuidado que le sentaba bien, con tatuajes, el pelo medio largo color rubio oscuro. Sus ojos eran celestes grisáceos con esa mirada que parece entre desinteresada y melancólica. Lo recorrí de pies a cabezas. Tenía puesto un pantalón que era su pijama, y su torso estaba desnudo.
Wow, con los años mejoraba este muchacho.
— ¿Te desperté? —le pregunté en español. Él no hablaba muy bien pero si podía entenderme. Se quedó mirándome fijamente, como si no me reconociera, y como para no, la última vez que nos habíamos visto, era rubia.
— Si —respondió, con fuerte acento inglés. Parpadeó, acercándose a mí lentamente, con mirada analítica— ¿Rebecca? —inquirió, y noté la sorpresa en su expresión.
— Ahora me llamo Summer —sonreí con inocencia, y él se hizo a un lado para dejarme pasar.
Jesse es la persona a quien acudo cuando tengo problemas con autos o necesito uno. Porque aunque puedo arreglármelas solas, él es el experto en eso.
El interior de la casa era oscuro y un poco desordenado. Para seguirlo debía sortear cada objeto que estuviese en mi camino e intentar no caer.
— ¿Y qué estás haciendo por aquí? —inquirió, llevándome hacia el garaje.
— Necesito tu ayuda —respondí, y aunque me encantaría estar allí para hablar largo y tendido, ese era el asunto principal porque una de mis reglas para los negocios era no dar vueltas e ir directamente al punto.
— ¿Nunca vas a venir a mí, para decirme que me amas? —preguntó con rostro compungido. Yo imité su expresión, ladeando su cabeza y negué.
— Seguí soñando, cariño —murmuré.
Una vez estuvimos en el garaje de su casa, sentí mi guardia bajar. Era un sitio conocido y en el que me sentía cómoda. Desplomándome sobre el sofá, permanecí mirando la sabana negra que tapaba algo grande.
Podía sentir mi corazón latiendo apresuradamente.
— La última vez que te vi, eras rubia de ojos marrones —dijo Jesse, atando su pelo color rubio trigo e inspeccionándome arduamente.
Como te habrás dado cuenta, él también es parte del negocio. Se podría decir que es un empresario automovilístico y de tecnologías que pueden llegar a estar relacionadas con las que maneja Aimée.
— Después de Alemania estuve un tiempo en Paris —comenté. Allí había sido la última vez que habíamos trabajado juntos. Él se acercó a mí, mirándome fijamente a los ojos, y noté que veía diferencias.
— Me gusta el castaño —comentó, aunque a él le gusta todo, seamos realistas— ¿Lentes de contactos?
— Mi verdadero color de ojos —comenté desviando mi mirada. No era usual en mí mostrar mis verdaderos ojos, color azul hielo, había algo en ellos que me hacía sentir expuesta.
— Que bueno es conocer, después de tantos años, algo verdadero de ti —dijo y yo reí divertida— ¿Y qué haces en los EE.UU? —pregunto finalmente.
— Busco el paradero de una persona. La última información que recolecté decía que se encontraba en Seattle —dije.
— ¿A quién? —preguntó él con interés.
— Frederick Fritzerald, un alemán con quien hice negocios —respondí.
— ¿Para qué lo necesitas? —él se estaba avivando y yo reí sin humor.
— No te creas que te voy a decir todo, confórmate con saber eso —le dije. Jesse torció el gesto, y me miró analítico.
— Ya que estas acá, ¿te interesa hacer un trabajo? —preguntó saliendo de su breve trance.
Y acá es cuando la conversación se pone interesante. Otra regla del negocio es, no le hagas asco a nada.... con excepción que te de verdaderamente asco, ahí no.
— ¿de qué se trata? —pregunté, porque la curiosidad siempre fue mi debilidad.
— Un millonario acaba de comprar una de las pinturas más importantes del pintor Cesarius. La pintura se encuentra en la bóveda de su mansión en L.A, en el subsuelo. Está muy vigilado por un sistema creado por técnicos importantes. Pero con solo obtener la clave se puede acceder libremente a todo.
IN-TE-RE-SAN-TE
— ¿Qué sabes de él?
— Divorciado, de 43 años, muy codiciado. ¿Qué te parece? —Dijo.
¿Qué que me parece? Es toda una joya. No siempre se puede encontrar un lugar para robar con un millonario en una edad aceptable y con probabilidades de que sea buen mozo.
— Acepto —dije, pero vi en Jesse que había algo mas— ¿Qué pasa? —pregunté viéndomelo venir. Tenía la sensación de que lo que vendría no me gustaría.
— Tienes que trabajar con alguien más —respondió. Mi expresión se volvió fría y lo miré con atención a la espera de que siguiera hablando. Yo podía ser muchas cosas, pero cuando el negocio está en medio, puedo ser fría, distante y mortal.
Se los digo en serio amigos.
— Se llama Alex Casanova, es un amigo mío. Es muy bueno en lo suyo y estoy seguro que se van a llevar bien para trabajar —dijo.
Bueno, lo de si nos vamos a llevar bien o no, es algo que me gustaría averiguar por mí misma. Y aquí va otra regla, nunca confíes en nadie hasta que tengas tu parte del trato y su trasero lejos de tí.
— Sabes cómo trabajo —le advertí, amenazándolo con mi mirada.
— Lo sé —dijo, podía oír sus ruegos mentales— Por favor —agregó, y yo lo pensé, lo pensé y lo seguí pensando.
—Ok, acepto —dije y vi su rostro lleno de alivio—, pero una cosa más...
— ¿Qué? —preguntó, casi sentía el miedo de que ponga una condición que anulara todo el trabajo.
— Que me devuelvas a mi bebe —dije, y lo vi asentir con una sonrisa, señalando el fondo del lugar.
— Te ha estado esperando —murmuró mientras me levantaba. Saqué la tela y vi a mi precioso Audi R8 le mans. Estaba emocionada y quería gritar.
¡Lo extrañaba tanto!
Totalmente feliz, me volví hacia Jesse. Le planté un fuerte beso en la mejilla y lo abracé tan fuerte que chilló.
— Es bueno volver a verte —dijo.
—Yo también te extrañé —ledije.
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