Capítulo 15. En la Cúspide
Ya estaba todo pensado, dicho y hecho. O por lo menos, eso era lo que yo quería creer.
Di un rápido vistazo al espejo donde me veía reflejada; vestía un jean, botas negras, un suéter azul marino y mi chaqueta de cuero. Me acomodaba el pelo cuando unas juguetonas manos rodearon mi cintura, y Tiziano deposito un beso en mi mejilla. Le sonreí a través de mi reflejó, y su sonrisa fue aun más brillante con su aura calma. Me relajé momentáneamente, apoye mi cabeza contra su hombro y suspire.
—Crees que va a funcionar —pregunté cerrando mis ojos y sintiéndolo a mi alrededor.
Él no respondió enseguida. Se tomó su tiempo mientras sus dedos trazaban líneas circulares en mi estomago y mi cadera.
—Por supuesto que va a funcionar, ya sabes que todo lo que hagamos juntos siempre funciona —murmuró con voz tenue. Había cierto sentimiento tras ella que intentaba codificar, y el cual me hacía sentir en una eterna melancolía.
—Sí, lo sé —susurré dándole un beso en la mejilla. Tiziano me miró, pensativo, y me hizo girar para quedar frente a él.
—Sé que es difícil para ti, pero cuando todo esto termine quiero que dejes de vivir en el pasado. Basta, ya tienes todo lo que siempre has querido —dijo. Nuestras miradas se fijaron en el otro por unos minutos, y no existió nada ni nadie a nuestro alrededor.
Medité su propuesta, y asentí. Había vivido corriendo del pasado por mucho tiempo, y ya no quería seguir así.
—Te lo prometo —le afirmé. Tiziano despejó el pelo de mi cara, y una suave sonrisa curvó sus labios antes de besarme.
Frio y fuego me recorría cada vez que lo hacía, y nunca podía acostumbrarme a ello. Sus besos eran adictivos, y su tacto me era necesario. Sus labios se movían con una fuerza tórrida que me aturdía y me obligaba a sentir el desenfreno de querer más y más. Su pelo, su cuello y sus labios eran mi debilidad, y no podía quedarme quieta teniéndolo junto a mí. Finalmente, necesitábamos respirar por más que no quisiéramos.
—Lo que dije cuando conté nuestra historia era verdad, creo que es la única verdad de todo esto —susurró él con voz inestable, controlándose, y manteniendo los ojos cerrados mientras nuestras frentes estaban apoyadas. Lo miré confundida, necesitando una explicación, y me sonrió con una pisca de timidez que no veía en él desde que nos conocimos—. Desde que posé mis ojos en ti, supe que te quería en mi vida, Lara —agregó.
Sonreí con alegría y lo besé profundamente para poder controlar mis sentimientos que estaban a flote. ¡Dios! No alcanzan palabras para explicar cómo malditamente me hace sentir este hombre, como si fuese la única, mejor y supe poderosa mujer del mundo. Con él todo era posible, incluso derrocar a Dante.
—Te amo, Tiziano —le dije.
—Yo también, Lara, yo también —suspiró.
Ambos nos quedamos abrazados por unos segundos, hasta que pudimos volver al control de nosotros mismos. Un suave golpe en la puerta nos dio aviso de visita, y yo suspiré mirando a Tiziano y acomodándole el traje negro que llevaba puesto.
— ¿Están listos? —preguntó Aimée. Ya no había más nada por lo que dudar. Entrelacé mis dedos con los de Tiziano y asentí.
—Hagamos arder el infierno.
***
No sé si la mía será una gran historia, pero es mía, y estaba a punto de llegar al gran desenlace. Afreté la palanca de freno para detener el coche, y miré a mí alrededor. Me encontraba en mi Buenos Aires querido, y no podía evitar recordar la famosa canción de tango. "Cuando te vuelva a ver, no habrá más penas ni olvido". Apagué el coche y suspiré mientras mis ojos recorrían las asfaltadas calles, las personas yendo y viniendo, y los edificios que formaban una pintoresca postal.
Me bajé del coche y lo rodeé para acercarme a uno de los altos edificios que se erigían casi hasta el cielo. Elegante y moderno, sus puertas transparentes parecía no querer darme la bienvenida y yo sonreí con el desafío a flor de piel. Los guardias en la entrada me identificaron inmediatamente, y yo los saludé descaradamente apurando mi paso. Me entremezclé con los trabajadores, escurriéndome en el ascensor justo en el instante en que los guardias de seguridad querían detenerme. No amigos, yo soy imposible de detener, sobre todo cuando se lo que quiero. ¿Eso sonó como una amenaza? Pues lo era.
Uno, dos y tres pisos pude subir tranquilamente cuando tuve la convicción de seguir por otro camino. Los malditos bastardos podían detenerme fácilmente por ese medio y no me convenía. Evalué el ambiente aparentemente inalterado y me dirigí hasta las escaleras. Odiaba subir escaleras, pero era otro reto a tomarme. Cuatro, cinco, seis y siete. Mierda, ya estoy sin aliento. Finalmente, llegué al piso ocho y sonreí victoriosa. No podían detenerme, no ahora cuando estaba en la cúspide de la dirigencia.
—Buenos días, ¿en qué puedo ayudarle? —escuché una voz conocida y me giré hasta encontrarme con la secretaria personal de Dante. Ella me reconoció en el acto y vi su rostro desfigurarse con amargura.
—Muy buenos días, Marina —exclamé encantando con su actitud. Tenía una brillante sonrisa y mis ojos se posicionaron solo en ella; siempre la había detestado porque era metida y estaba algo enamorada del bastardo de Dante que solo tenía ojos para una joya. Qué pena—. ¿Tu jefe se encuentra? —pregunté aunque ya sabía la respuesta.
No supo reaccionar por unos minutos, y tras eso, miró el resto de las oficinas que parecían estar un poco interesadas en nuestra charla. Sabía lo que ocurría: estaba comenzando a hacer un escándalo, y esa era la idea.
—No, él no se encuentra —dijo tras recuperar su voz—. Tienes que irte, Lucia, no eres bienvenida en este lugar —agregó fingiendo sentirse segura, pero no lo estaba. Por cierto, Lucía era el nombre que usaba cuando me hice pasar por su asistente, ¿Lo había mencionado eso? No sé, simplemente olvido algunas cosas.
—Respuesta incorrecta —canturreé alejándome de ella y dirigiéndome a la gran oficina de la Corporación Cervantes.
Oí sus tacos seguirme nerviosamente pero no me quedé atrás. Me apuré y me metí en la oficina, sentándome en la silla de Dante que estaba vacía. Giré sobre mi eje y ladeé mi cabeza hacia Marina que se veía asustada y nerviosa.
—Dile que lo espero —le guiñe un ojo, con la noción de que no tardaría en llegar. Él me había advertido que sabría todos mis pasos, y contaba con ello—. Por cierto, el café me gusta con tres de azúcar y un poco de leche.
Tic tac
Tic tac
Tic tac
Solo fue cuestión de tiempo para que el murmullo atravesara todo, y de repente, el silencio. Calma y preámbulo. Se sentía la vibra en cada rincón, incluso la pequeña planta sobre el escritorio la sentía. Pobre plantita. Respiré hondo y mantuve el aire en mis pulmones antes de exhalarlo.
Los guardias habían querido sacarme sin éxito, incluso había acudido el socio de Dante para hablar conmigo. Él había sido atento, calmo y totalmente encantador. ¿Saben cuando se comporta así? NUNCA. Él está metido en esto tanto como su amigo. Y nunca me había llegado el café. ¡Pero qué mala atención!
El silencio era mortuorio y la vibra infernal hacía arder las paredes, y sentirte en el infierno. La puerta se abrió y vi las llamas en sus ojos.
—Bienvenido cariño —murmuré reposando mi cabeza sobre mi mano, una pose casi inocente.
Dante se detuvo y me miró con la ira en sus facciones. Si, ya sabía que él era terrorífico pero quería ir a los hechos.
— ¿Qué haces acá? —preguntó. Su voz se oía completamente desfigurada por el enojo, pero reconocía su control. Puse los ojos en blanco y me gire en la silla.
—Creí que sabías todos mis pasos —murmuré.
Dante cerró la puerta y se acercó a mí, lentamente como un animal que esta por matar a su presa, pero esta presa tenía algo valioso para él.
— ¿Tienes la diadema? —preguntó con énfasis. Una sonrisa de expectación curso sus labios y arrugue mi entrecejo para verlo con enojo.
—Siempre te importo más la diadema que cualquier otra cosa —me quejé.
Su sonrisa se volvió picaresca, y tenía que reconocer que se veía bien sonriendo. Se veía bien malvado.
— ¿Celosa? —preguntó acercándose a mi cara. La ira parecía evaporada pero estaba ahí, en el fondo. Sonreí y me encogí de hombros.
—Sí, mi debilidad son los hombres que se obsesionan con un pedazo hierro —murmuré. El sonido de su puño contra el escritorio me sobresaltó. Lo miré alerta pero aún sin perder mi humor.
—No es un pedazo de hierro —exigió. Si, como tú digas. Mis cejas se elevaron con condescendencia, y él cerró los ojos para suspirar con amargura—. ¿Tienes la diadema? —preguntó.
—Si la tengo, pero no aquí —le dije.
Abrió sus ojos, y nuestras miradas se mantuvieron con firmeza. Había cierto poder en él que iba más allá de lo monetaria. Él tenía presencia y una fortaleza que muchas veces había deseado. Dante era hermoso en un modo frio y calculador, y siempre había sentido lastima de él. Tanto por su historia familiar, como por su forma de vivir solitaria y tan desprovista de verdaderas amistades.
Él sonrió con suavidad, al mismo tiempo que sus dedos recorriendo mi rostro con deleite. Sus ojos eran cristalinos, y siempre me hacía sentir extraña ver los pequeño gestos de cariño por parte de él, un hombre que no sabía cómo amar. Me provocaba lastima, sobreprotección y empatía, al mismo tiempo que rechazo y odio. Si tan solo, él no fuese como era quizás todo sería diferente, pero lamentablemente, el pasado no puede cambiarse.
—Entonces ¿Qué estamos esperando? Vayamos por ella —argumentó volviendo a ser lo que era: un bastardo.
Se irguió y miró hacia la puerta, a la espera de alguien. Cuando se abrió, no pude evitar sentirme alerta como cada vez que veía a alguien de mi equipo en un trabajo como este.
—Creoque ya se conocen —canturreó Dante, y supe por su tono de voz y su mirada llenade júbilo, que él sabía la verdad, pero yo había sido la que no.
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