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Capítulo 13. Operación Diadema Parte II

La tercera etapa nos dejaba un paso más cerca del objetivo: la infiltración. Para poder llevarlo a cabo es necesario que seamos algo más, o más bien, alguien más.

― ¡Buen día! Somos las asistentes de la organizadora, Godman y Green ―le dije a la ama de llaves con una brillante sonrisa que pareció cegarla y no entender quien era quien, y la verdad, ni nosotras lo sabíamos.

Aimée, a mi lado, la saludó con dos besos en la mejilla y la aturdida mujer no tuvo más remedio que dejarnos pasar.

― En la camioneta están los técnicos ―comentó ella señalando la combi blanca que Jesse manejaba. Él saludó a la mujer, y se aventuró a avanzar por la casa, que era una gigantesca mansión a orillas de la playa―. No sé si nuestra jefa les ha informado acerca de nuestra visita, para finalizar con los últimos detalles para la gran fiesta ―explicó.

La mujer miró a su alrededor, y asintió, dejándonos a nuestro libre albedrío.

Todo esto me recuerda explicarles, que en la fase de infiltración tenemos que ser lo que podemos, no lo que queremos. Mientras nos encontrábamos planificando y Alex obtenía información desde cerca, nos enteramos del compromiso de Christopher James con una modelo rusa. Y vimos la oportunidad perfecta para poder actuar, y lo haríamos esta misma noche.

Aimée y yo seguimos avanzando por la casa. Inspeccionándola e intentando vernos como si hiciéramos algún tipo de trabajo relacionado con el compromiso. Afuera, Alex y Jesse se las arreglaban para instalar un aparato que ayudara a desviar todo tipo de señal a la computadora que estaba en la casa siendo comandada por Tiziano, mientras Aimée monitoreaba todo desde su portátil.

― ¿Y cómo va eso? ―le pregunté, observando nuestro alrededor.

Ella había aprovechado un pequeño espacio libre de cámaras y de la vista de las personas del servicio para poder entrar en el sistema de la casa. Cuando formulé mi pregunta, me miró alzando una ceja con vanidad.

― Me ofende esa pregunta, mon chéri ―comentó cerrando la computadora y poniéndose de pie. Peinó su pelo, nuevamente de color rojo fuego, a un lado y me miró despiadadamente―. Mi trabajo está hecho preciosa, cuando quieras te enseño como ser un verdadero genio ―me guiñó un ojo y pasó por mi lado moviéndose presuntuosamente. Yo sonreí para mis adentros y la seguí.

***

― Hacer estas cosas siempre me dan ganas de estar de fiesta, alcoholizarme y hacer un menage a trois ―comentó Aimée deshaciéndose de las hebillas de su pelo, y dejándolo suelto.

Jesse sonrió mirándola a través del retrovisor, e intercambió miradas con Alex que elevaba una ceja, con una expresión de confusión. Yo sonreí divertida ante la palidez de él, meneando mi cabeza, mientras me sacaba la chaqueta azul que llevaba puesta para quedar solo en musculosa. Ambas íbamos sentadas en la parte trasera de la combi, totalmente esparcidas para nuestra comodidad.

Desde que Alex había conocido a Aimée, hacia apenas 24 horas, éste no podía dejar de sorprenderse por cada una de sus declaraciones y escenas.

― Yo te acompaño hasta la parte de alcoholizarte ―dije estirando mis piernas a lo ancho.

Sentada enfrentada a mí, Aimée me sonrió como una gato, desafiante y orgullosa, acercándose. Mordió sus labios e hizo ese movimiento de pestañeas que vi hacerle tanto a hombres como a mujeres miles de veces.

― Tú dices eso, solo porque no has probado lo mejor ―murmuró con voz aterciopelada.

He visto muchas reacciones a sus descarados avances, desde el llanto hasta el miedo o un arranque sexual totalmente extremista. ¿Yo qué hice? Solo reí, como siempre lo hago.

― Si quieres impresionarlo, lo estas logrando ―le susurré mirando de reojo a Alex, quien no sacaba sus ojos de nosotras, y luego me dirigí a él y a Jesse―. Son unos pervertidos, y Jesse, mejor presta atención al tráfico, idiota.

Le tiré en la cabeza un trapo que había a mano y él lo supo atrapar a tiempo. Aimée rió y chocó sus palmas con las mías antes de volver a su posición de antes.

― Entonces, ¿Qué es lo que falta para esta noche? ―preguntó ella, y yo me encogí de hombros.

― Solo preparar el equipo ―comenté en el preciso instante en que Jesse estacionaba el coche en la casa, y Aimée le chasqueaba sus dedos a un Alex aún aturdido.

Ella rió mientras tomaba su mochila, y yo la seguía. A veces, me ponía a pensar lo extraña que era nuestra amistad. Poco conocíamos del pasado de la otra, y nuestras personalidades eran tan distintas, que cualquiera podría pensar que sería poco probable que fuésemos amigas. Sin embargo, ella era lo más cercana a una hermana que tuve tras lo sucedido con Gael.

― Así que, ¿Qué te pondrás para esta noche? ―me preguntó ella, alejándonos de Jesse y Alex, e ingresando a la sala― ¿Conservadoramente atrevida o mortal y despiadada? ―inquirió. Yo sonreí ante su pregunta, aunque mi atención estaba puesta en la búsqueda de Tiziano.

―Dada cuales son mis intensiones creo que elegiré la tercera opción: despampanante y práctica ―respondí mientras caminábamos hacia la biblioteca de la casa.

A medida me acercaba, podía oír su armoniosa voz hacer eco. Me detuve un segundo en querer identificar otra voz, pero no había nadie más allí. Estaba hablando por teléfono. Un suave hormigueo recorrió mis estomago, al preguntarme con quien hablaría. ¿Qué? No me mires así, ya sé que soy complicada, pero, ¿acaso no todos somos así?

―Lara ―oí la voz de Aimée llamar mi atención, mientras su mano se cerró alrededor de mi brazo, frenándome. Yo parpadeé para salir de mi nube de pensamientos y vi en su verde mirada, una pena y solemnidad que nunca antes identifique―. No es que quiera meterme en tu vida ni en la de él, tampoco sé como era su relación, pero se nota que ambos se amaban y que aún lo hacen bajo esa coraza que ambos usan.

― No sé de qué hablas ―dije intentando mostrarme bien; ya no sabía qué era lo que quería con respecto a él.

― Te conozco bien, y veo la tortura en tus ojos cada vez que lo ves. Y eso mismo veo en él. Ambos están luchando demasiado por cosas que no valen la pena. ¿De verdad vas a dejar que alguien como Dante destruya para siempre una de las mejores cosas que te pasaron en la vida? ―me preguntó, posando sus manos sobre mis hombros―. Par dieu, femme; lucha, habla y escucha ―me sonrió con ternura antes de darme un beso en la frente―. Ahora ve a hablar con él, y haz que se le pase esa locura que tiene desde anoche; a veces, es tan sentimental y melodramático como una mujer ―me dijo agregándole su toque de humor antes de irse.

Una sonrisa quedó depositaba en mis labios, mientras la veía alejarse. Respiré hondo, tomando todo el coraje necesario y golpeé la puerta. Lo oí terminar la conversación, sin poder identificar las palabras.

― ¿Puedo pasar y hablar, o sigues demasiado enojado como para no estar en la misma habitación que yo? ―pregunté tras ubicarlo en el escritorio, donde se encontraba instalada la computadora central de la operación.

Tiziano suspiró brevemente, recostándose más sobre la silla, y meditando al respecto.

― Eso depende de lo que tengas para decir ―dijo moviendo sus manos, dándome permiso.

Reprimí la sonrisa, y cualquier comentario maligno que se cruzó por mi cabeza. Y tan bien como tú me conoces, sabes que cruzaron miles. Cerré la puerta detrás de mí, y me predispuse a hacer las paces. Tras aquella escena en la terraza, él no me había hablado y ni siquiera permanecía en el mismo sitio que yo, lo que complicaba las cosas para el gran plan.

Tomé asiento frente a él, y me quedé mirando mis manos, evaluando e intentando encontrar las palabras justas para decir.

― ¿En verdad te importa algo de lo que me pase? Digo, por todo lo sucedido ―dije casi en voz baja, pensativa sobre todo. Su mirada se oscureció, y vi como cerraba sus manos en puños.

― Si en verdad no me importaras, no estaría en Barcelona. Hubiese huido bien lejos, tras haber sabido de tu paradero ―respondió él con una calma medida. Podía ver que le costaba decir lo que sentía, aunque no tanto como a mí.

Yo sonreí con tristeza, sintiéndome mal pero al mismo tiempo bien por saber que podía haber algo de esperanza a lo nuestro.

— Quiero pedirte disculpas —dije finalmente—. Me cuesta tomar decisiones y actuar de la mejor manera, sobre todo frente a ti, lo siento. Solo quiero lo mejor para los dos, sobre todo para ti, pero parece que para lo único que sirvo es para generar más daño —terminé con una mueca de disgusto hacia mis métodos de supervivencia en la vida.

No me atrevía a mirarlo a los ojos, por temor a lo que podría encontrar en su mirada tan expresiva. Aún así lo hice. Sus ojos se mantenían oscuros, pero con un brillo que me decía que estaba evaluando cada una de mis palabras. El silencio brotaba en cada rincón de la biblioteca. Allí, no había más nada que madera; la madera de una biblioteca sin libros, del escritorio y las sillas. Sus dedos chocaban contra la oscura mesa, dándole ritmo a mis latidos. Dum tum, dum tum, dum tum.

De repente, aquel sonido se detuvo y creo que mi corazón también lo hizo, hasta que sus labios se curvaron sutilmente, formando una efímera sonrisa.

— No me gusta oírte decir que lo único que generas es daño, questa è una bugia —expresó con su tono de voz más sincero—. Las disculpas son aceptadas, y también debo disculparme por mis cambios de humor. Tienes que entender que tu carácter roza lo psicópata, muchas veces, y no siempre eres fácil de tratar —agregó con una chispa de humor que me indicaba que todo parecía estar bien. Sin poder evitarlo, sonreí ante lo último. ¿Qué les puedo decir? Ya sé que estoy loca, pero oigan, lo reconozco, ¿Eso no cuenta como algo bueno?

Asentí sin palabras, dando espacio a un silencio que nos dejó con nuestras propias reflexiones.

—De verdad lo siento, —dije en un susurro, volviéndolo a mirar, intentando ser lo más sincera que puedo llegar a ser— nunca quise hacer lo que hice. Confío en ti. Mi intención era protegerte, y no hacerte daño —quería oírme segura pero mi voz me traicionaba complotándose con mis sentimientos, porque por más fuerte que quiera ser y mostrarme... solo soy una chica con demasiados problemas, como todo el mundo.

—Lo sé —respondió él—, te conozco demasiado Francesca; creo que más que tú misma. Yo ya te he perdonado, aún cuando no tenía conciencia de ello. Ahora, creo que deberías intentar perdonarte a ti misma—murmuró, y sentí como sus palabras liberaban el gran peso que torturaba mi alma cada día.

Sonreí, con una mezcla de alivio y felicidad, mientras mis ojos se volvían líquidos y sentía que las lágrimas querían hacerse paso pero las frené. No quería empañar este momento con mis llantos hormonales. Tiziano me devolvió la sonrisa; una sonrisa sincera, y de esas que hacen que se le formen hoyuelos, y sus ojos tenían el mismo brillo de antes.

Él estiró su brazo hacia mí, y sin dudarlo, estreché mi mano con la suya. Su tacto era cálido y producía cientos de efectos en mí. No quería, pero era inevitable soñar con que todo mejoraría. ¿Acaso nunca se dieron cuenta que solo soy una soñadora? Pero no siempre lo fui, y Tiziano tiene gran participación en eso. Él me enseñó muchas cosas, y una de ellas fue a soñar que algo mejor espera por nosotros.

—Deja de torturarte Lara, smettere di torturare se stessi —me afirmó, y quise hacerle caso.

***

Era una noche despejada, sin luna y sin estrellas. El mar creaba un murmullo que recorría la zona tan escurridizamente como la niebla. Malibú se había transformado en el escenario central esta noche, y no solo por la celebración del compromiso de Christopher James y la modelo rusa María Volkova.

Las luces de la mansión brillaban y esta se veía en su máximo esplendor. Ricos y famosos se codeaban unos con otros; sonriendo, conversando y bebiendo. Amigos, enemigos y aliados momentáneos se ocultaban bajo aquellas mascaras. Todo se veía bien. Todos se veían bien.

Era embriagador, seductivo, pero al mismo tiempo repulsivo. La gran elite estaba de fiesta, y nosotros, éramos los encargados de hacer que sus vidas fuesen un poco menos perfectas y más normales. Se sentía bien, de vez en cuando, pensar que uno era una versión de Robín Hood de los tiempos modernos.

Miré a mí alrededor. Había recorrido la mayor parte de la mansión, y estaba sedienta. Tenía la noción de donde estaba todo, y solo era cuestión de tiempo, además de que las circunstancias de la fiesta coincidieran con nuestras expectativas.

—Tú —me señaló el jefe del catering. Di un vistazo a mí alrededor para tener la seguridad de que me hablaba a mí— Si, tú —me dijo asintiendo, y me acerque—. ¿Qué haces de pie sin hacer nada? ¿Dónde está tu bandeja? —Preguntó acercándose a mi buscando algo— ¿Dónde está tu placa de identificación? —preguntó de nuevo, aumentando su tono autoritaria. Hacia demasiadas preguntas y me molestaba.

Reprimí las ganas de poner los ojos en blanco y responderle cualquier barbaridad.

—Estoy en busca de más Champagne, señor —le dije poniendo la voz grave. Su rostro se arrugó, en una expresión de evaluación. Su mirada era glacial, y tenía la ligera sospecha de que se comportaba así solo con un tipo de género.

—Sí, sí. Haz algo, y ponte tu placa identificadora —me retó moviendo su mano para que vuelva a hacer lo que debería hacer, aunque en verdad no es lo que debo hacer, ¿Se entendió?

A regañadientes, agarré una bandeja con Champagne y salí de allí. Por milésima vez recorría la fiesta. Estaba aburrida, y no era lo mío ser muy sociable con este tipo de personas. Nota mental: la simpatía no es mi fuerte. Busque alrededor alguna señal de que el momento se acercaba, pero allí no había nada.

—Pour l'amour de Dieu —escuché la voz de Aimée en mi oído, por medio del auricular—. No podes estar más buena viéndote así, ¿Por qué no naciste hombre? ¿Sabes el éxito que tendrías? —preguntó, y necesite mucho esfuerzo para no reírme a carcajadas.

Intenté verme seria y responsable en mi momentáneo trabajo de moza, o más bien mozo, ya que estaba vestida de hombre. Te preguntaras, ¿Cómo se siente? Extraño... tranquilizadoramente extraño. Nadie me reconoce, solo soy un chico común y corriente que trabaja de mozo pero que tiene una belleza un tanto andrógina. Quien dice que encuentre trabajo de modelo por acá, ¿no? Y ganaría dinero limpio, por primera vez en mi vida.

Me sentía un tanto perturbada con las miradas que se posaban en mi, tanto hombres como mujeres, y no era precisamente porque llevaba copas con alcohol en la bandeja. ¡Por dios! Es incomodo ser un chico hoy en día.... Espera, ¿Dije chico?

Creo que me estoy tomando esto demasiado en serio.

Me acerque a un grupo de personas, y ellos tomaron un par de copas, mientras yo hacia mi mejor intento de ser simpática, simulaba ser un hombre e intentaba no pensar tanto en mis próximos movimientos para el gran plan... lo cual me resultaba bastante difícil.

Con una sonrisa me despedí y seguí caminando. Me topé con varias personas pertenecientes a la seguridad del lugar, y me encontré con un par de ojos que me dieron un sutil guiño. Alex llevaba un traje oscuro, camisa blanca y corbata negra; se veía bien en su papel de guardaespaldas camuflado de persona normal pero que en verdad va a hacer un atraco. ¡Por dios! Que complicados que somos. Asentí lo más inadvertidamente posible y giré para tomar la dirección de la gran sala central.

— ¿Aimée? —pregunté llamándola; ella se encontraba en la casa donde habíamos estado planeando todo. Ella se encargaba de guiarnos a través de ese lugar para que todos pudiésemos saber que hacia el otro.

—Acá estoy —dijo tras un momento—, perdón, estaba comiendo —comentó, y me la imagine vestida de pijama, rodeada de licuados y comida chatarra—. Sigue derecho hasta acercarte a la mesa 2, allí espera unos minutos hasta el momento —me explicó.

—Gracias —dije despacio.

Seguí sus instrucciones. Pero aunque me encantaría estar a la espera, yo estaba allí simulando un trabajo. Así fue como terminé rodeada de cuatro mujeres de alrededor de tres años mayores, que no permitían que me fuera con sus comentarios y sus miles de estrategias de galantería que conmigo no funcionaban.

—De verdad creo, que lo tuyo debería ser lo grafico. El mundo de la moda y el cine, se pierde de ver esa cara —dijo una de ellas, la cual no recordaba el nombre pese a que me lo dijo cuatro veces; era alta y rubia. ¿Pero vieron? Ella quizás podría ayudarme en mi sueño de ser modelo, aunque sea fingiendo ser un hombre.

—No lo creo, pero muchas gracias de todas formas —dije intentando ser humilde.

—No seas humilde —dijo otra de ella; más pequeña que la otra, de rostro alargado, con el pelo rubio caramelo y rulos. Yo sonreí sin saber que responder y vi sus miradas brillar, y los colmillos de vampiresas se extendieron.

La primera rubia poso su mano en mi hombro y yo me tensé. ¡Mierda!

—Señoras y señores, llegó el momento de que demos pasos a los grandes protagonistas —escuché a través de los parlantes.

¡Doblemente mierda!

—Es hora —oí a Aimée, pero tal parecía, aquellas cuatro mujeres no me quería dejar ir.

—Quédate con nosotras —comentó la colorada, alta y lánguida.

—Señoritas, buenas noches —otra voz se agregó a nosotras, y yo sentí erizar el pelo de mi nuca.

Las cuatro damas trasladaron sus hambrientos ojos de mí hacia quien habló, y ví como sus expresiones se profundizaron. Sentí pena por ellas y por quien era víctima de aquellos, pero un torrente de celos me inundó y quise darle Champagne con cianuro.

Giré a mi lado y entendiendo la reacción de aquellas damas, y sintiéndome aún mas territorial.

—Buenas noches —dijo con voz aterciopelada la rubia que ya se olvidaba de mi y sacaba su mano de mi hombro. Mi falso orgullo masculino se sintió herido.

Vestido con un traje gris oscuro hecho a medida por uno de sus diseñadores amigos, Tiziano sonrió de esa manera que usa para verse peligrosamente encantador y al mismo tiempo imposible de alcanzar. Un revolución se creó en mi estomago.

—Disculpen que las moleste, pero vengo a buscar al joven que debe seguir con su trabajo —comentó a las mujeres con voz medida, para producir el preciso efecto que quería: ser devastador y crear confusión. Maldito sea él y sus modos de actuar.

Pero yo lo conocía bien, y veía en la tormenta de sus ojos pardos el repelo a aquello. Con una última sonrisa, no espero que ellas respondieran y me miró con una seguridad que me llegó hasta lo profundo de mi conciencia. Era hora.

***

Caminábamos alejándonos del centro de atención. Escurridizos y silenciosos, Tiziano y yo teníamos que meternos a través de los pasillos para poder acceder al lugar que para nosotros era el que verdaderamente importaba: La bóveda.

— ¿Jefa? —preguntó Tiziano a través de su auricular.

Mientras tanto, yo me sacaba la peluca, tirándola en un cesto de basura, y deshaciéndome un poco de la pintura con la que Aimée me había caracterizado de hombre.

—Tenemos un problema, no van a poder ir por los pasillos, están todos bloqueados —dijo Aimée. Tiziano y yo nos detuvimos, cruzando miradas de precaución.

A la espera de algo, yo mantenía mi pelo con hebillas para no perder ningún mechón... y con ello evidencia.

—Los conductos de aire son accesibles y creo que tu Lara podrás entras. Uno de ellos se encuentra a las afuera de la casa, cerca del garaje, pero deben tener cuidado con la seguridad —comentó.

Evaluamos la situación con Tiziano, pero pese a todo, no podíamos dar marcha atrás. Asentí a él, sonrió con ánimo.

—Avísale a Alex y a Jesse que vamos a proceder —respondió.

—Listo, bombón —comentó Aimée antes de cortar con la comunicación.

Hice un gesto de disgusto por todo, pero él negó con suavidad y palmeó mi espalda obligándome a caminar y a tomar coraje.

— ¿Tienes todo contigo? —preguntó, y yo hice un repaso mental de mis herramientas antes de asentir.

—Siempre preparada —le aseguré, y sonreí. Algo brillo en sus ojos al devolverme la sonrisa, y quise suponer que le sucedía lo mismo que a mí: habíamos vuelto a los viejos tiempo.

Seguimos avanzando a paso más deprisa, hasta salir al exterior. El aire era fresco pero tolerable. Yo solo llevaba una camisa y ya me había deshecho de la corbata, y no quedaba mucho de mi versión masculina, lo cual agradecí.

Rápidamente pude ubicar el garaje y solo minutos después identifique la entrada de la ventilación. Se veía pequeño pero suficiente para mí, y no quedaba otra alternativa. Era eso, o eso.

El pánico me dio un latigazo cuando sentí que tiraron de mi cuerpo hacia un lado. Mis ojos se abrieron y cerré mi mano en puño, dispuesta a golpear lo que sea, cuando Tiziano apareció frente a mí acorralándome contra una pared. Llevó un dedo a sus labios y me obligó a hacer silencio. Dudé, y espere. Lentamente pude identificar las pisadas y las conversaciones, posiblemente de la seguridad del lugar.

Solo restaba esperar, y estar calma, pero era difícil cuando tenía a semejante hombre frente a mí acorralándome. No era la primera vez que lo hacía, y tenía que admitir que cada vez que lo hacía encendía algo en mí que desconocía.

Concentración Lara, concentración. Quería obligarme a eso pero no podía. Estaba tensa y mis ojos no dejaban de divagar por su rostro. Era perfecto, a su modo. Vi su mirada oscurecerse, y todo atisbo de diversión o sagacidad se evaporó. El mundo se detuvo en ese momento, y oía mis propios latidos con gran énfasis. Retenía el aire como forma de aplacar lo que fuese que me invadía, y noté que él también.

Su mano se cerró mas fuerte alrededor de mí brazo, y trague saliva con dificultad. Este hombre me impedía pensar, actuar, o siquiera existir. En un instante pestañeé y lo próximo que sentí fueron sus labios contra los míos.

Urgencia, necesidad y una extraña torpeza había en nuestros movimientos. Su cuerpo se apegó al mío mientras yo lo arrastraba más hacia mí, al mismo tiempo que me besaba. Si antes no podía hacer nada, ahora estaba totalmente fulminada. Su tacto y sus besos era el elixir de la vida eterna para mí.

Sus labios y su lengua me expresaban más de lo que las palabras podían contar. Llevó sus manos hacia mi espalda, cerrándola en un abrazo fuerte, y yo no podía dejar de juguetear con su pelo y su cuello. Había tanto desenfreno y desesperación que necesitábamos respirar, pero él no se detuvo allí.

Sus besos iban más allá de mi boca, tomando como propio cada parte de mi mejilla, mi cuello y el lóbulo de mi oreja. Yo cerraba los ojos sumergida en una ensoñación surrealista que quería que perdurara. No tardó mucho en volver a mi boca que tanto pedía por sus besos, pero esta vez sus labios se volvieron suaves y metódicos. Mientras uno de sus manos me retenía contra él, su otra mano se elevo hasta mi pelo.

Él acarició mi mejilla con suavidad, y sus besos se volvieron más lentos hasta que se detuvo de manera dolorosa, tanto para él como para mí. Lo vi cerrar los ojos con fuerza, y poso su frente contra la mía. Era la imagen del tormento, y me hacía sentir culpable.

—Creo que es hora de que hagamos el trabajo —dijo tras un largo suspiro. No abrió los ojos y sentí un ligera punzada de dolor al no decir nada sobre lo que ocurría, pero que su continuo tacto sobre mi me indicaba que no debía preocuparme demasiado.

Quería responder pero había quedado en un estado de letargo, del cual no podía salir tan fácilmente, y por eso fue que asentí.

Tiziano abrió los ojos y se separó lentamente de mi pero solo a escasos centímetros. Me dedicó una pequeña sonrisa, e intenté responderle de la misma manera, y así nos alejamos de allí para ir hacia nuestro destino.

¿Cómo se hace para querer robar algo después de esta escena? La verdad es que no lo sé. Sigo reproduciendo los hechos y mi cuerpo sigue hormigueando en cada lugar en que él estuvo. Estaba en una especie de trance. Idas y venidas en mi conciencia. Cuando preste atención a donde estaba, Tiziano ya se había deshecho de la tapa de la ventilación, ahora solo quedaba yo.

Mire el agujero en la pared con confusión. ¿Cómo era que me llamaba?

—Lara —oí a Tiziano, y recordé mi nombre. Lo miré y suspiré tontamente. Me encantaba oír mi nombre de él—. Ante cualquier cosa, avisa —me dijo con precaución acercándose mientras observaba los alrededores.

—Por supuesto —dije, pudiendo hablar finalmente. Me coloque los guantes y sonreí como una niña que estaba por entrar a un pelotero. Tiziano profundizó su sonrisa, y se acercó rápidamente a mí para plantarme un rápido pero profundo beso que, milagrosamente, me dejó mas despierta que antes.

—Buona fortuna —murmuró con voz ronca tras alejarse de mí.

Asentí y le guiñe un ojo con diversión antes de sumergirme en aquella oscuridad de y acercarme al preciado objetivo.

***

La bóveda se encontraba en el subsuelo. Para poder ir hasta allí, tuve que ser guiada por la voz de Aimée que me daba cada indicación. Así, fue como llegue al subsuelo.

Frio y oscuro, el subsuelo parecía un lugar para guardar objetivos inservibles y sin valor alguno; muy diferente a lo que esta oculta tras la puerta de apariencia común y corriente.

Sintiendo el cosquilleo de la adrenalina me acerque, y descubrí la placa de comandos para acceder, tras el camuflaje de la pared. Cinco malditos números necesitaba para poder acceder a lo que yo quería, y tenía solo cinco minutos para poder salir de esa bóveda. Porque tras apretar cada botón de la clave, tanto James como sus tres guardaespaldas personales serían avisados sobre el acceso al lugar lo que desencadenaría una sucesiva cadena de hechos, y uno de ellos era solicitar el acceso a James.

— ¿Preparada? —preguntó Aimé. Quería gritar que no, pero tenía que estarlo. Cerré los ojos, me mentalicé y respondí:

—Si.

Cinco- dos- seis- tres.

Solo faltaba uno y esperé a orden de Aimée.

—Ahora —dijo, y apreté rápidamente el siete.

La luz verde flameó y la puerta se abrió. Cinco minutos, solo cinco minutos. Abrí la puerta mas, di un paneo general para encontrar la diadema y la ubique directamente frente a mi colocada tras una placa de cristal. Antigua, hermosa, devastadora y mi completo karma.

Cinco minutos. ¡Mierda!

Corrí hasta ella abrí la placa para sacarla. Finalmente, la tenía en mis manos y no podía creerlo. Sentía que algo no iba bien, todo parecía demasiado fácil. Pero recordé que ya estaba adentro y necesitaba salir. El tiempo se acababa y pronto, toda la mansión sería advertida de este hecho. Así que después de todo, no estaba siendo tan fácil.

«Sal de ahí, sal de ahí»; gritó mi conciencia que volvía a tener la voz de Tiziano. Volví a mi estado de alerta, guardando la diadema dentro de mi camisa donde llevaba un bolsillo interno para esta situación mientras salía de allí.

Necesitaba escapar, y veía casi imposible llevar a la compuerta.

— ¿Cuanto tiempo tengo? —pregunté a Aimée acercándome a la compuerta.

—Solo dos minutos, pero no puede salir por el mismo lugar, tienes que ir a otro lado —me explicó.

No le respondí, estaba concentrada en lo mío: escapar. Estire mi cuerpo y salté hacia la compuerta metiéndome dentro de ella. Si había algo bueno en mi era ser elástica y haber ido a gimnasia cuando era pequeña; ¡Gracias Estrada por haber pagado por eso!

Mis latidos parecían coincidir con mis movimientos rápidos. Seguía las ordenes de Aimée no muy segura de a dónde iba a parar, pero tenía algo seguro, las alarmas ya estaban dadas. Ya buscaban al ladrón, y ese, era yo.

—Ya esta —oí a Aimée, y seguí derecho pero solo me encontré con un espacio cerrado. Pánico.

—Esto está cerrado —dije intentando no gritar.

—Solo espera, pero mantén espacio —dijo ella y un estruendo me sorprendió que me obligo a ir hacia atrás.

De repente, apareció luz nocturna y sentí un poco mas de tranquilidad. Me acerque, encontrándome con la figura de Jesse de pie unos metros por debajo de mí.

—Acabo de explotar parte del aire acondicionado, dale, vamos —dijo él con una alegría parecida a la mía antes de empezar. Sonreí y lo vi extender sus brazos. Tome coraje y salté— Esto se siente como una luna de miel —murmuró él divertido, sosteniéndome con fuerza.

Me bajé de él y miré a mí alrededor. Aún nos encontrábamos dentro de los límites de la mansión. Las alarmas ya estaban sonando, y veía a lo lejos a la seguridad.

— ¿Andando? —preguntó él; dudé pensando en Tiziano y Alex, pero si todo había salido bien ellos ya no estaban allí. Asentí.

Nos dimos prisa hasta meternos en su auto; un audi azul oscuro con el que había pasado horas trabajando. La adrenalina aún me recorría, y a Jesse también. Había que ser rápido y preciso, y eso no siempre era fácil. Trabajar limpio muchas veces no era fácil, menos en esta situación.

Me detuve en ver el enrejado de la casa y miré a Jesse con urgencia. Él me dedico una sonrisa divertida y triunfal, para luego apretar uno de los tantos comandos que traía el auto y casi mágicamente las puertas se abrieron. Jesse aceleró y poco le importo el estado de quienes estaban allí.

Uno, dos, tres autos aceleraron estrepitosamente tras nosotros. Oficialmente, estábamos siendo cazados pero poco parecía importarle a Jesse. Si había algo que nos unía como amigos a él y a mí, era que no nos gustaba ser dirigidos mientras conducimos. Somos los putos amos de nuestros malditos coches, aunque lo hagamos mal.

—Informe de tráfico —exigió Jesse apretando otro comando.

—Todo normal —respondió Aimée—, ¿Todo bien, mon chéri?

—Sí, gracias —respondí—, ¿y los demás? —pregunté.

—Ya salieron y vienen en camino —dijo y sentí tranquilidad por los demás mientras Jesse maniobraba bruscamente el auto para deshacerse de quienes nos perseguían.

Jesse encendió la radio en busca de algo de entusiasmo. ACDC comenzó a cantar Highway to hell. Un rápido desenfreno lo recorrió y cantaba la canción mientras seguía apretando botones. Yo miraba hacia atrás, donde solo quedaba un auto y me giré hacia él en busca de respuesta.

—Refacciones y muchas sorpresas —dijo guiñándome un ojo y volviéndose a centrar en el camino.

—Además de clavos para ruedas, líquidos y vaya a saber que mas, ¿Qué le agregaste? —pregunte recostándome sobre el asiento.

—Nitro —dijo victorioso, riéndose a carcajadas como un loco psicópata y apretando el único botón color rojo fuego.

Sentí la fuerza del motor, y tuve la necesidad de ponerme el cinto de seguridad porque temía por mi vida. Tras aquello, Jesse me miró con una mezcla de incertidumbre y confianza. Me giré hacia atrás y sonreí.

—Ya no nos persigue nadie —le aseguré y él gritó triunfal. Ambos chocamos nuestras manos y nos reímos acerca de todos. Habíamos escapado, no importaba todo lo pasado—. Aimée, nos vemos en el lugar de encuentro —le dije a Aimée antes de cortar toda comunicación con ella.

***

San Diego fue nuestro sitio de encuentro. Habíamos cambiado de autos, identificaciones, ropa y hasta celulares. Otra ciudad, otra persona, otra historia. Así era nuestra vida.

Jesse estacionó el auto tras la casa simple que habíamos adquirido para estar allí. Había que pasar inadvertidos para no llamar la atención. Golpee antes de entrar y con quien primero me encontré fue con Tiziano. Se veía realmente preocupado cuando lo vi sentado en un pequeño sillón. Su pelo estaba desordenado y quedaban solo pocos vestigios de su elegancia de anoche. En cuando me vio, él se puso de pie y se acercó a mí, plantándome un beso en la boca. Sorprendiéndome a mí y a quienes nos rodeaban, aunque Aimée realmente no lo estaba.

— ¿Estás bien? —me preguntó, alejándose apenas de mi. Sentir sus brazos alrededor de mi y su calor me hacían sentir con una seguridad sin igual.

—Si, estoy bien —le aseguré y él sonrió.

—Te lo dije —canturreó Aimée con un brillo malicioso en su mirada, y una expresión de basta sabiduría.

Tiziano no le hizo caso y le di un rápido saludo a Alex y a Aimée con mi mano. Jesse se dio paso dentro de la sala, victorioso y galante.

—Soy el puto amo del automovilismo —dijo, y se encontró con Alex con quien chocó sus manos.

— ¿Qué tal estuvo la fiesta? —pregunté, quedándome junto a Tiziano que mantenía su brazo firme alrededor de mi cintura.

—Tranquila y patética hasta que los guardaespaldas se alertaron —comentó Alex—, luego la seguridad se disperso alrededor de los invitados para que no dejaran el lugar pero tampoco supieran que sucedía —agregó.

— ¿Cómo lograron escapar? —pregunté.

—Un seguridad bastante idiota echó a un invitado por crear disturbios mientras los prometidos hacían el anuncio —respondió Tiziano mirando a Alex con una sonrisa divertida, y yo sentí tranquilidad.

Había una extraña sensación de calma que era el preámbulo de lo que venía: la calma que precede la tormenta.

— ¿Y ahora? —preguntó Alex. Todos se miraron, pero las miradas terminaron en mí.

—A Buenos Aires —sentencié, sintiendo la presión de advertencia de Tiziano.

Loque venía, era realmente el verdadero plan.    

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