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Capítulo 1 👠 Emmanuelle

— Gracias, muy gentil —le dije al hombre que me abrió la puerta del coche. No es que no fuesen amables cotidianamente, pero un rostro bonito y una sonrisa deslumbrante podía volverlos aún más atentos.

Sentándome tras el volante, me preparé para irme pero no sin antes guiñarle un ojo al chico, solo para verlo ponerse nervioso. No pude evitar ponerme de buen humor, sobre todo cuando el sonido del motor llenó mi corazón de emoción y me puse en camino a mi hogar.

Atrás habían quedado mis días como Lara Estrada. Ahora, tenía una nueva vida en la que mi nombre era Emmanuelle Laurent.

Tantas cosas habían cambiado tras la huida, pero no podía quejarme. Me gustaba decir que lo mío eran los negocios, aunque claro, no creo que sean los mismos tipos de negocio que se cruzan por tu cabecita...

En estos negocios, no hay reuniones a primera hora, ni diapositivas, ni empresarios viejos y aburridos, o conferencias totalmente tediosas que llevan a que mueras por inactividad cerebral. No, para nada. En mis negocios, hay fiestas, cenas y galas, con personas ricas y mucho dinero circulando. ¿No es genial?

Llegué a mi hogar en solo unos minutos. Y cuando me refería a hogar, hablaba de un chalet a las afueras de la ciudad; elegante y sofisticado, con una arquitectura clásica y amurallado por grandes rejas oscuras.

Tras dejar el auto junto al resto de autos en el garaje, me dirigí directamente a la sala, porque había notado que todas las ventanas se encontraban abiertas lo que significaba que tenía el honor de que mi compañera de convivencia estuviese despierta.

Si dijese que me sorprendía encontrarla recostada en uno de los sillones mirando fijamente el noticiero y comiendo, estaría mintiendo. Tenía que agradecerle que al menos estaba en pijamas y no semi desnuda.

— Buenos días —dijo al verme, jugando con su maraña de pelo rojo fuego.

— Son las dos de la tarde, Aimée. Sería más apropiado decir "buenos tardes" —aclaré, dejándome caer pesadamente a su lado en el sillón, y ella se encogió de hombros— ¿Algo nuevo en las noticias? —pregunté.

— Lo mismo de hace días —me respondió en un español con fuerte acento francés— están buscando al ladrón de la gema africana, en el Musée du quai Branly. Hoy era la exhibición junto con las muestras arqueológicas de su descubrimiento —respondió con fingida consternación.

Por dios, ¿Quién pudo haberse atrevido a hacer eso?

— ¿Se sabe algo del ladrón? —pregunté con curiosidad. Ella negó y movió sus manos con una elegancia pocas veces vista.

— Nada. Se cree que huyo del país hacia EEUU, para vender la pieza en algún mercado negro. Dicen que tienen que ser mentes brillantes para haber sido tan limpios en el robo, ¿No te parece interesante? —ladeó su cabeza, y su inexpresividad se quebró con una sonrisa tan maliciosa como el fuego en sus ojos verdes— Hay que llamarlos y agradecerles por el cumplido —agregó.

Nuestras risas resonaron en la habitación como suaves ecos.

¿Ves? este es mi tipo de negocio, y por favor, no me vengas con comentarios moralistas. ¡Lo sé! Pero bueno, cuando uno encuentra algo para lo que es bueno en la vida, ¿no sería una horrorosa pena abandonarlo?

— ¿Y hablaste con Pierre? —me preguntó volviendo a los temas serios. Asentí poniéndome de pie y estirando mi cuerpo con pereza me encontré con mi reflejo; allí vi a una mujer que se veía completamente diferente a lo que yo era en realidad.

— Esta noche, nos reunimos con él en el restaurante Jules Verne —respondí, y noté su mirada precavida.

Sabía bien lo que pensaba, ir allí con tantas personas alrededor era arriesgado, pero teníamos ciertos acuerdos que debíamos cumplir. Además, el peligro hacía las cosas un poco más emocionantes.

— Entonces supongo que tenemos un largo día por delante, ve a descansar un poco —la oí decir mientras dejaba la sala y yo sonreí.

Era un largo camino el que habíamos recorrido. Entre encuentros fortuitos y negocios, Aimée y yo terminamos trabajando juntas. Fueron tantas veces en que hacíamos un equipo que ya éramos casi una sociedad. Sabíamos complementarlos ya que nos dedicábamos a sectores diferentes del negocio, y cuando era necesario ella era la mente y yo la acción.

👠👠👠

A pesar de la pomposidad del sitio en el que vivía, mi habitación era austera. Prácticamente no había decoración adicional, poseía un gran ventanal con vista al patio trasero que me regalaba una vista de la piscina y los árboles, y mi cama estaba llena de libros y ropa.

Haciendo un poco de espacio en la gran cama, me deshice de mi ropa para recostarme allí. El silencio me abrazó suavemente, luchando contra mi mente que continuaba trabajando. Me giré hacia un lado para ver la cantidad de cosas que ocupaban el resto de la cama, rellenando el vacío en mi vida que hacía tiempo intentaba arreglar.

Suspiré y cerré los ojos buscando tranquilidad, pero el sueño siempre tardaba en alcanzarme y cuando lo hacía, solía tener pesadillas y cualquier cosa me despertaba.

Aún era de día cuando desperté en medio de un sobresalto, y como era verano en Francia y era un día hermoso, me dije a mi misma que lo mejor era despejarme con un poco.

Había pocos vestigios de mí pasado en mí. La natación era uno de ellos porque como dije, ¿por qué abandonar algo en lo que eres bueno o disfrutas? No me puedes negar que sentir el agua a tu alrededor no es relajante. Es una de las mejores sensaciones que existen. Es como volar... solo que te puedes ahogar y morir, pero vamos a omitir esa parte. Nadar es como flotar, volar, y todo a tu alrededor deja de existir.

Amaba la sensación de que nada existía y que nada que podía perturbarme.

— ¿Vas a ir? —escuché que me preguntaron cuando saque mi cabeza del agua. Miré a todos lados hasta que ubiqué aquella, tan evidente, cabellera rojo fuego. Ella se giró para mostrarme su vestido negro, y yo le hice señas de que iba acorde a la situación: elegante y letal.

— Por supuesto, señorita —respondí, saliendo de la piscina—. Ve que yo te encuentro en un rato allí.

— Esta bien, pero no llegues tarde, porque odio ver a ese tipo a solas —me dijo haciendo una expresión de disgusto.

— Estaré allí antes de que puedas llamarme para quejarte —exclamé, viéndola amenazarme con su mirada. Yo solo le lancé un beso para hacer que su frío corazón se ablandara un poco.

👠👠👠

Vistiéndome para impresionar, me subí a al auto para ir directo a mi punto de encuentro. La torre Eiffel, alta, brillante y espectacular. Estaba lleno de personas que iban y venían de un lado a otro, mi presencia pasaba inadvertida, sobre todo cuando ingresé al restaurante.

Me volví inquieta hasta localizar a Aimée, ella bebía sentada en una mesa ubicada un tanto alejada del resto de las personas. Y aunque estaba llegando temprano, noté que no estaba sola. Quería creer que Pierre acababa de llegar al lugar al igual que yo y no que había tenido tiempo para intentar seducir a mi amiga.

Respiré hondo y fingiendo mi mejor sonrisa, caminé hacia ellos para enfrentar a aquel hombre que poseía más belleza que escrúpulos. Debía ser encantadora pero también necesitaba hacer respetar mis condiciones.

— Buenas noches —los saludé al acercarme.

— Buenas noches, mi querida Emmanuelle —me respondió Pierre levantándose y dándome un beso en el dorso de la mano. Contuve el deseo de poner los ojos en blanco y solo decidí concentrarme en cuando hermoso era su acento.

En su intento de ser caballerosidad, movió una silla para que yo pudiera sentarme y le agradecí con toda la fortaleza de mis modales. Pero la realidad es que en ese momento no quería sonrisas, conversaciones endulzadas y actuaciones innecesarias. Quería ir a lo importante.

— ¿Tienen las piezas? —preguntó él al instante, y esta vez sonreí sin falsedad porque era lo que deseaba.

— Sí, pero primero queremos que su parte del acuerdo —Aimée dijo sin temblarle la voz o dudar en su actitud. Podía tener conciencia del poder de ese hombre, pero lo que nosotros queríamos lo obtendríamos de alguna forma.

— Está en la silla —ambas miramos el maletín que estaba en la silla desocupada. Aimée se acercó a él y lo inspeccionó, me hizo una seña para decirme que todo estaba correctamente. Yo asentí y le di a Pierre las llaves del auto en el que había llegado hasta allí.

— Fue un placer hacer negocios con ustedes —dijo él, sin ningún tipo de actuación para que nos agrade. Y tras eso se levantó y se fue.

El silencio entre nosotros se espació suavemente y hasta que no lo vimos desaparecer, no estuvimos tranquilas.

— Idiota —murmuré respirando hondo y buscando algo para beber.

— Tranquila, no lo veremos más si tenemos suerte —sonrió Aimée. Y realmente ella tenía razón, así que me obligué a olvidar todo ese instante y disfrutar de la cena con el maletín bien guardado.

El escenario era tan normal que nadie podría haber sospechado que acabábamos de cerrar la transacción de las piezas recién adquiridas. Solo cenábamos entre conversaciones banales y risas que intentábamos controlar para no molestar al resto. Yo me distraía admirando el paisaje fuera de la torre Eiffel mientras Aimée admiraba el paisaje dentro del restaurante.

— ¿puedes tratar de no ser tan evidente? —pregunté, viendo a Aimée mirar a las personas sin ningún tipo de recato, sobre todo a una pareja a solo unas mesas de distancia.

— Como si no hicieras lo mismo —se quejó—. Desde hace un rato estás viendo al sujeto de la mesa de atrás —agregó liquidándome con la mirada y yo fingí estar asombrada aunque era verdad. Era un hermoso hombre de pelo rubio oscuro totalmente deseable, pero había algo que no me gustaba, quizás me recordaba a alguien del pasado.

— Ese tipo también me estaba observando, significa que tengo más probabilidades de conseguir algo que tu —intenté defenderme y ella puso los ojos en blanco dramáticamente.

— Quizás me tomaría trabajo pero también podría conseguir algo con alguno de los dos, ¿o tal vez les gustarían los tríos? —dijo y resopló—, este mundo aún es demasiado homofóbico. Torcí mis labios con una mueca de disgustos, porque no podía hacer otra cosa más que estar de acuerdo con sus palabras.

Era tarde cuando Aimée y yo decidimos irnos, pero la noche aún se sentía joven. Respire hondo cuando sentí el aire golpear mi rostro, y vi a Aimée alejarse para una de sus usuales caminatas nocturnas. Ella me dedicó una sonrisa y un beso a la distancia, y yo permanecí contemplando el escenario que se abría frente a mí con nostalgia.

Con el maletín en mano me dirigí a mi auto estacionado, estaba intacto aunque ya no poseía las piezas. Allí dentro me encontré con las llaves, la soledad y mi mente que repetía sin cesar lo que yo ya sabía.

El maletín a mi lado, con dinero, pasajes y nuevas identidades, se sentía pesado y ruidoso, pero intenté deshacerme de la sensación agría que comenzaba a invadirme. Suspiré, contemplando las calles, las luces y los edificios que me rodeaban porque sabía que sería la última vez que los vería por un largo tiempo.

Moviendo la llave, oí el motor rugir y la emoción reemplazó la nostalgia. Y como ya era costumbre, aceleré de nuevo para irme de allí. 

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