ᴄᴀᴘíᴛᴜʟᴏ 30
Capítulo 30
—¿Has visto la aurora boreal aunque sea en fotografías?
Me balanceo en el columpio. La tarde es más hermosa de lo usual, y la pareja Tucker que casualmente andaba por la casa, Caroline, Joshlio y yo, decidimos salir al patio. Los pequeños no se despegan del señor Roberto, cosa que aprovecho para continuar mi charla con la señora Bretta. Llevamos un rato hablando de temas aleatorios.
—La he visto en fotografías —contesto—. Me gustaría dibujarla alguna vez.
—Con tu talento quedaría preciosa. La fotografié en una ocasión, en cuanto pueda te las voy a enseñar.
Sonrío con ganas. Ya van tres semanas en las que me visitan casi todos los días, conversamos de muchas cosas e incluso les he mostrado mis dibujos. La señora Bretta es fotógrafa y junto a su esposo dirigen una imprenta muy reconocida en Manchester.
El poco tiempo que los conozco han demostrado ser buenas personas. Se han preocupado por ambas, cosa que agradezco.
—Ya se lo dije una vez, pero muchas gracias por lo que hicieron por nosotras.
La señora deja de columpiarse, me mira con detenimiento. Aprieto las manos en las cadenas del columpio cuando se me hace un nudo en la garganta. Lo que hicieron fue algo muy generoso, pidieron que no lo supiera, pero Susana sentía que debía dar las gracias, y eso es justo lo que hago.
—Lo hicimos con gusto.
—De verdad, nunca imaginé que las cuentas del hospital fuesen tan caras —Se me quiebra la voz—. No entiendo el motivo de tanta generosidad, pero les agradezco muchísimo.
Fue un gesto gigante porque si Lillian debía cubrir esos gastos, la casa se quedaría en números rojos. El hospital y el tratamiento fue muy caro, y el dinero debe ser compartido entre los otros niños, escuela, comida, futuros estudios...
La señora se inclina para poner su mano enguantada sobre la mía. Me dedica una sonrisa amable que resalta lo bonita que es, con su cabello rojizo hasta las orejas cubierto por un gorro de lana con margaritas tejidas. Me fijo en sus cejas demasiado finas que enmarcan unos ojos esmeralda.
—He vivido lo que es estar enferma, no tener para pagar el hospital y perder una hermana —confiesa—. Lo que me enamora tanto de ti y de esa pequeña, es el amor que se tienen y la manera independiente en la que cada una lucha —Se endereza y muestra una sonrisa—. Pagar la cuenta de un hospital es lo de menos.
—Gracias. Siento mucho lo de su hermana.
Asiente con lentitud. Con las puntas de sus botas mueve algunas hojas secas del suelo.
—Aquella vez que me preguntaste por qué me fijé en ustedes, quizás no te supe responder de la mejor forma. Hoy te respondo que lo noté desde la primera vez que las vi a ti y a ella juntas en el patio.
Frunzo las cejas.
—¿Qué notó?
—Lo afortunado que es el mundo de tener personas como tú. A día de hoy las personas no hacen más que preocuparse por si mismas. No importa si es un familiar, o un amigo, no todos tienen la capacidad de ver más allá de sus propias narices, y tú ves a través de muchos ojos.
—Gracias.
—El mundo da cada vez más lástima.
Me quedo en silencio, analizando sus palabras. Cada vez que hablo con ella me deja pensando en alguna verdad. Debo admitir que disfruto nuestras charlas, ambos me agradan. No fue fácil tomar una decisión tan grande como la que tomé, pero espero estar labrando el camino correcto para mí y mi peque.
—¿Ya habló con el señor Rupert y la señora Clara?
Según lo que tengo entendido, el señor es el abogado de la pareja desde hace años, y la señora Clara es una asistenta social. Lillian no puede intervenir porque no sería parcial ante la ley.
—¡Nunca pensé que sacaras el tema primero! —exclama. Sus ojos se iluminan—. Estoy detrás de esos dos, pero recuerda que deben tenerlo todo bien comprobado. Quiero que todo esté listo y orden para ustedes. Me hace muy feliz que nos tengas presente —El columpio se estremece cuando da pequeños brinquitos— ¡Dios! Tengo que calmarme.
No puedo comprimir la carcajada. Bretta se coloca ambas manos en las mejillas como si quisiera evitar sonrojarse. No tarda mucho en unirse a mi risa, la cual parece llamar la atención de todos los que están en el patio.
—¡Yo también quiero reír!
El grito de mi hermana me hace levantar la vista. Suelta las paletas con arena del patio dejando a Joshlio y al señor Roberto un poco desconcertados, abro los brazos cuando veo que tiene intención de venir corriendo hacia nosotras. Me siento tan feliz de tenerla conmigo, en realidad no se pasó cinco días en el hospital como el doctor había pronosticado, debido algunas complicaciones, se tuvo que quedar dos semanas más en el hospital. Estuvo grave, pero trato de no enfocarme en el tiempo que haya sido, sino en el hecho de que está aquí, ahora, corriendo en mi dirección forrada en un abrigo rosa y un gorrito verde que le llega hasta las cejas.
No hay que detallar mucho para darse cuenta del reloj que cubre una de sus muñecas, es un pequeño aparato que va marcando su ritmo cardíaco y respiración. No se le intervino quirúrgicamente debido a que podría ser un procedimiento muy riesgoso a su edad, lo ideal sería un marcapasos, pero se consideró que no era necesario, al menos por ahora. Se le cambiaron los medicamentos a unos más fuertes. Esta vez fui informada de que no puedo dejar de dárselos. Su dieta es más estricta y no puede hacer mucho ejercicio físico. Soy consciente de que esto es una calma momentánea, su enfermedad sigue siendo la misma, no se ha curado mágicamente.
—¡Hey! ¡No nos abandones! —Todas volteamos hacia el señor Roberto que trae ambas manos en su cintura, parece indignado—. ¿Qué pasó con lo de inaugurar el castillo?
Con una mano señala el castillo de arena al cual un pequeño rubio con gafas le está colocando sus últimos detalles. Atribuyo toda la construcción del castillo y su arquitectura a Joshlio, o bueno, la mejor estructura que pueda tener un castillo de arena hecho por un niño de siete años.
A mi hermana no parece importarle lo que diga el señor. Se queda estática entre mis brazos, mirando a la señora Bretta. No entiendo el motivo de tanta curiosidad, parece impresionada.
—¿Pasa algo? —Aprieto su cintura— ¿Peque?
—Su gorro. —susurra con los ojos abiertos.
—¿No te gusta? —Se apresura Bretta— Me lo puse hace unos minutos.
Mi hermana niega con rapidez.
—No es eso...—musita caminando hacia la señora como si estuviese hipnotizada— Es que...
—¿Qué sucede?
—Tiene margaritas.
Una sonrisa diluye cualquier preocupación que afloraba en mi cabeza. La señora me mira toda confundida. La situación me causa un poco de gracia.
—Es que las margaritas son sus flores favoritas. —explico.
Los ojos de Bretta se posan en mi pequeña. Una sonrisa comprimida decora su rostro cuando se inclina en el columpio para quedar a la altura de mi hermana, la cual no para de ver su gorro como si fuese lo más hermoso del universo. Ambas se quedan viendo fijamente, embelesadas la una con la otra. El verlas juntas me hace sentir que este es el camino correcto, una conexión especial. Tal vez a esto se refería Ashton cuando dijo que sentía que conocía a sus padres adoptivos de toda la vida. Quiero seguir sintiéndome así, bien, cómoda, feliz. No quiero que esto acabe.
La señora Bretta quita el gorrito de lana que cubre los rizos rubios. Ese gesto confunde a Caroline. La mira con el ceño fruncido hasta que la pelirroja toma su gorro de margaritas y se lo coloca a mi hermana.
—Listo. Un gorro de margaritas para una margarita.
—Pero es tuyo... —Intenta quitárselo, cosa que la pelirroja no permite. Lo ajusta aun más. Mi hermana comienza a reír.
—Y ahora es tuyo. —afirma. Le da un toquecito en la nariz. Un gesto muy tierno.
—Gracias.
—¿Te has sentido bien en estos días?
—Sí —Baja la mirada— ¿No te importa que tenga monstruos?
—Caroline... —intervengo.
—¿Aún así serás mi amiga? —Le pregunta. Me ignora por completo—. No quiero que te vayas.
—Pero claro que soy tu amiga. Mira, ¿sabes que yo hago fotografías? Ese es mi trabajo y una de las cosas que más amo hacer.
Mi hermana frunce las cejas. Intenta recordar. Bretta la toma de las manos.
—Sí...
—Imagínate una foto de una margarita, del color que quieras, una que sea muy tuya. ¿Lista?
Me quedo estática viendo como mi hermana cierra los ojos. Me pregunto a dónde quiere llegar con todo esto.
—Sí.
—Ahora esa margarita tiene una mancha en uno de sus pétalos, es pequeña, casi imperceptible, pero a la margarita le molesta. ¿Crees que esa pequeña mancha hace fea a la margarita?
La pequeña arruga el rostro, como si eso fuese un insulto grave.
—Es una margarita, ellas nunca son feas.
—Estoy de acuerdo contigo —sonríe Bretta, mirándome de soslayo—. A esa margarita la cuida la lluvia, siempre preocupándose de que esté bien, de que permanezca en una primavera eterna.
—Pues lluvia es muy buena, margarita debe estar muy feliz.
—Seguro —Ambas reímos—. Margarita es especial para todos, aún con esa pequeñita mancha. Incluso llama la atención del sol y de el viento, que también están dispuestos a cuidar de ella y de lluvia. ¿Sabes lo que pasa cuando todos se reúnen?
—No.
—Sale un arcoíris. Margarita tiene un arcoíris para ella sola.
—¿Y lluvia no se enoja? Digo, Margarita era su amiga.
—No. Lluvia no se enoja porque quizás siempre había estado esperando esto. —confieso.
—¿Qué cosa? —pregunta la pequeña rubia—. Ya no entiendo nada.
—Una primavera eterna —susurra la señora Bretta. Acomoda el cabello rubio con los dedos—. Una con sol, lluvia, viento y una margarita.
—Que tiene una pequeña mancha. —completa mi hermana.
—Con la cual tiene que aprender a vivir, pero que todos trabajarán para que no le pese.
—Es una linda fotografía. —elogia mi peque.
—Una que me gustaría vivir.
—¿Viste mi reloj?
Dentro de su ingenuidad se la pasa enseñándole el reloj a todo el mundo, como si fuese un juguete nuevo y no un puñal que se me clava en el alma. Esa es su mancha, el recordatorio constante de que hay un pétalo dañado.
—Ya lo vi.
Caroline asiente. Su mirada alterna entre una y la otra.
—Si yo fuera una margarita... ¿esta sería mi mancha?
La señora se queda estática, ambas lo hacemos. No tengo la capacidad de responder, cosa que Caroline no considera necesaria, nos mira a ambas, con las manos tras la espalda y el gorrito que le va un poco grande.
—Gracias por ser mi amiga. —se acerca a la señora para regalarle un beso en la mejilla. Luego regresa dando pequeños brinquitos hasta donde se encuentran Joshlio y Roberto, dejándonos solas y un poco anonadadas.
—Ella es...
—Especial.
Ambas nos miramos por largo tiempo. Cada una con una sonrisa en el rostro.
—¿Crees que quiera venir con nosotros? No sé, creo que está muy adaptada a este lugar.
—Va a extrañar a sus amigos —Le aclaro—. Yo también lo haré, pero siempre podemos venir a visitarlos, ¿cierto?
—Ellos también pueden ir cuando quieran —Se estira hasta tomar mi mano. Ya no soy tan arisca como antes, cosa que ella aprovecha—. Los extrañarás, pero siempre tendrán las puertas abiertas en Manchester.
—Gracias.
—¿Hay alguien en especial a quien extrañes? —pregunta con cautela.
La pregunta me descoloca. Con el tono en que lo dijo pareciera que va con otra intención, o quizás es que sé que sí existe alguien a quien voy a extrañar. Alguien que ya no veré todos los días. No habrán madrugadas en la azotea, ni risco, ni sus dedos se entrelazarán con los míos durante la madrugada.
Nunca más hemos hablado, ambos nos preocupamos el uno por el otro, es cierto. Pero yo no tengo la capacidad para acercarme, y él no ha dado un paso adelante para aclarar todo. Tal vez no hay nada que aclarar porque ya todo está dicho, quizás lo que me toca es aceptar lo que sucedió, intentar comprender. Ya van tres semanas intentando.
—Extrañaré a todos. —Me decanto por una respuesta general.
—Ya.
Me mira como si supiera que hablo verdades a medias. El columpio da suaves balanceos que disfruta con la vista clavada en su esposo y las niños que juegan con él. Algo en su mirada se ablanda, su esposo levanta la vista, ambos mirándose con una conexión única, casi palpable. Me pregunto si ese es el hilo rojo invisible que une a las personas ¿Y por qué yo lo puedo ver? Pienso que quizás ese hilo rojo es caprichoso y se hace más evidente para alguien externo. Le gusta enredar sus nudos hasta dejar sus extremos frente a frente, sin escapatoria, solo el uno con el otro, mirada con mirada, piel con piel, corazón con corazón. El hilo rojo nunca se hace visible para sus extremos, es sensorial. Para alguien externo se dibuja una pequeña línea diluida como si fuese témpera, de un color carmesí claro. Por eso hay personas que quieren romper ese hilo, otros que lo anhelan, y otros que como yo, se preguntan si tendrán la capacidad de sentir ese hilo.
De manera nerviosa, paso las manos por mis pantalones. Jugueteo con los dedos pensando en si preguntar o no. Inhalo el aire otoñal, cargado de una humedad que se asienta en mis pulmones.
—Perdone la pregunta tan rara, pero...cuando dice... que si extrañaré a alguien... ¿A qué se refiere?
La señora para de columpiarse y me ve con detenimiento. Una sonrisa vacila en su rostro, como si hubiese estado esperando a que le preguntara.
—Porque desde que salimos al patio, ese chico no para de mirarte.
Confundida, barro con la mirada el patio. Pero no hay nada fuera de lo común, solo estamos nosotros.
—¿A quién se refiere?
—Arriba...
Levanto la vista con suavidad. Mis manos se aferran a la cadena del columpio cuando diviso las zapatillas que tanto conozco. El cabello se nota más oscuro debido a la lejanía, y sus ojos clavados en los míos. Si nos pudiésemos comunicar por telepatía, le diría los mil te extraño que tengo atorados.
—Yo...
—Iré a jugar con los pequeños, ¿ Qué tal si hablas con el chico?
Un nudo se crea en mi garganta. Lo veo todos los días, pero quizás este día es diferente, completamente común, pero hay algo en el ambiente que lo espesa, y a la vez lo hace más ligero. Es como si la carga que llevo atorada estuviese presionando para salir.
La señora Bretta, sabiendo mi indecisión, se levanta para jugar con los chicos. Mi respiración se vuelve más lenta ¿Es posible sentir que algo me tira? ¿Que me va enredando de una forma que ya no queda de otra que empezar a caminar? Abandono el patio, mi hermana no se da cuenta, de hecho, nadie lo hace a excepción de Bretta que asiente con lentitud. Me encuentro a Claire en los pasillos de la casa, a Susana, Débora, pero poco caso les hago porque lo único que siento es que algo tira de mí, obligándome a subir las escaleras de madera con rapidez.
¿Por qué hoy y no hace tres semanas? Pues no lo sé, hay muchas cosas que desconozco. Como tampoco entiendo las maletas que me hacen frenar a mitad del pasillo. Con las manos a los costados, la respiración hecha un asco y el nudo creciente en mi garganta, observo las maletas a medio hacer sobre su cama.
No tengo que acercarme para saber que son suyas. En la cima de toda la ropa, descansa un Hulk mal arreglado con cinta.
Los ojos se me empañan, y doy un paso atrás. Los pies se mueven solos cuando atravieso el pasillo decorado con dibujos. Habitaciones que ya no veré. Niños con los que no voy a despertar. Un cosquilleo aflora en las puntas de mis dedos cuando quedo frente a una escalera conocida. Y luego, casi como aquella vez, subo un escalón, dos escalones, solo que ahora no me mueve la curiosidad, sino la necesidad de verlo, la añoranza.
Poso la mano sobre la puerta de metal y la abro. Exhalo el aire cuando soy sumergida en una mezcla naranja rojiza que pinta toda la azotea. Él está ahí, sentado ajeno al mundo como cuando sube a un lugar demasiado alto. Me recuerda a la primera vez que lo encontré aquí.
Mis pies pesan recordando todas las veces que he subido a este lugar, y que dentro de unos meses ya no será recurrente. Con calma camino hasta sentarme a su lado, ambos sin vernos, con la vista fija en los árboles cuyas cimas parecen haber sido tocadas con tonalidades marrones.
Dejo que mis pies cuelguen al vacío haciéndole compañía a los suyos. Me pregunto quién será el primero el hablar, podríamos lanzar una moneda al aire. Aunque como siempre, decido ser yo.
—Lo siento. —susurramos ambos a la misma vez.
Nos miramos algo apenados. No hay que fijarse con detenimiento para notar sus mejillas más hundidas de lo usual, sus ojos con dos medias lunas intensas. Incluso el sol ilumina parte de su rostro, volviendo sus pupilas de un azul profundo y su cabello más oscuro y desordenado. No nos habíamos acercado más de medio metro, por lo menos no estando los dos de manera consiente. Porque él me buscaba en la noche, lo sé, y yo lo encontraba en mis sueños.
Me pregunto si realmente importa que me haya mentido, si vale la pena extrañarlo pudiendo tenerlo, o si el orgullo pesa más que la añoranza. Siento que ya pasé por mi duelo, ya lloré lo suficiente, lo tengo aquí, y quizás no lo tendré más si en unos meses me voy a vivir con la señora Bretta. Pienso en si vale la pena perderlo como lo he hecho en estas tres semanas. Nuestros corazones encajaron como la primera vez cuando éramos pequeños, aunque esta vez lo han hecho de forma diferente, una casi alarmante, en la que sé que no soy una niña de diez años, ni él uno de once. Colisionamos de una manera rota y profunda, una receta de amor y tormentos, que provoca en el paladar una sensación de alegría veteada de melancolía.
—Perdón —Su voz se quiebra—. Yo...
—Shhh. No digas nada.
Sin darle tiempo a más, me inclino para un abrazo que hasta ahora no sabía que necesitaba. Su cabeza descansa en mi cuello. Intento tragar el nudo que se crea en mi garganta cuando siento las vibraciones que emite su cuerpo contra el mío.
—Si te lastimé perdóname —suplica—. Nunca fue mi intención hacerlo. Pero cada cosa que te dije es cierta, quisiera decirte que no todo fue así, que no me siento de esta forma tan autodestructiva. Que tenía motivos menos egoístas para mentirte, pero no sería verdad, sino una manera mediocre de justificarme. Tenía miedo de no ser suficiente. Nunca me sentí valioso para una persona y luego llegaste tú y lo pusiste todo de cabeza.
Cada lágrima que emite en silencio gritan llamando a las mías.
—¿Y pretendes continuar así toda tu vida? —Acaricio su espalda—. La vida de ninguno de los que están en esta casa es fácil, Ashton. Todos de alguna u otra forma hemos sufrido, y todos estamos dispuestos a ayudarte.
—Lo sé.
Se aleja tras un suspiro. Coloca la mirada al frente, allí donde el horizonte marca el final de los colores cálidos y comienza a caer la noche, más ligera que de costumbre.
—Te extrañé —musito—. Mucho.
—Nunca me fui de tu lado.
—Lo sé. Te quedabas a mi lado en la noche, con la cabeza recostada a la cama y una mano encima de la mía —confieso recordando la manera exacta en la que se quedaba dormido—. Tú velabas mis sueños, pero cuando me despertaba en la madrugada y ya estabas dormido, yo velaba los tuyos.
Agacha la mirada. Su labio comienza a temblar.
—Gracias por siempre estar ahí.
Es inesperado que tome mi mano y entrelace nuestros dedos. Al instante siento una calidez en mis mejillas.
—Todo lo que sucedió con Caroline... Sinceramente no sé como lo pudiste soportar.
—La vida está compuesta por pendientes inclinadas, y cada persona carga una mochila pesada a la espalda a la que se debe adaptar si no quiere terminar resbalando. Soportaré todas las pendientes que sean por ella —Aprieto su mano, eso hace que pose sus ojos sobre mí—. Como también tienes que soportar las pendientes que sean por ti mismo. Si te caes de un lugar demasiado alto y terminas en las profundidades, debes aprender a flotar hasta ganar fuerzas y comenzar de nuevo la escalada.
—Debo agarrarme de mi trozo de madera. —musita para si mismo.
Asiento sin saber con exactitud a qué se refiere, pero lo dejo estar cuando retoma la conversación.
—Aquella tarde... Cuando me dijiste que te arrepentías de tus tatuajes —Toma una respiración profunda— ¿Era cierto?
—Lo dije sin pensar. Estaba enojada.
Agacha la mirada unos instantes, luego, sin darme tiempo a más, suelta mi mano y con cuidado de no caer se saca su sudadera. Trato de que ninguna emoción aparezca en mi rostro al notar que ha adelgazado de forma alarmante, y eso ya es mucho porque de por sí él ya era delgado. Un ligero temblor se apodera de mis labios al ver la flecha que descansa en la parte interna de su antebrazo izquierdo, es simple, quien la viera no calcula el gran significado que carga. El tatuaje de Ángel se encuentra en la otra muñeca, también tiene otros dibujos más sencillos.
Mis dedos se aventuran hacia la flecha. Trazo la línea alargada similar a la mía.
—Lo hiciste. —murmuro.
—Siempre intento cumplir mis promesas.
—¿Cómo...
—Aunque suene loco, Lillian me dio permiso.
—No visualizo a Lillian dejando que te tatúes. —respondo.
—Fue en mi cumpleaños del año pasado, andaba muy mal en esos días, de hecho, creo que fue mi época más dura en cuanto a la parte emocional —Su voz se apaga un poco—. Le expliqué el significado que portaba cada uno, obviamente se negó en un principio. Me costó mucho convencerla, pero al final aceptó. Me los hice en Londres, aproveché uno de sus viajes.
Me trago el hecho de que fue a Londres y no me visitó. Aunque es cierto que para esa época, yo ya estaba en el hospicio.
—¿No que no te gustaban? —Le doy un empujoncito con el hombro— Que eran feos. Me reclamaste muchísimo por pintarte con tus preciados crayones.
—Ya... pero los gustos cambian con los años.
—O siempre te gustaron desde un inicio.
Su risilla me contagia. No sabría explicar la expresión en su rostro, es diferente, con los ojos entrecerrados en dos rendijas azules y esa sonrisa un poco coqueta. Mis mejillas se encienden cuando estira su mano hasta tomar la goma que sujeta mi cabello en una cola. Como es viejita las hebras se deslizan con facilidad hasta enmarcar mi rostro.
—Puede que siempre me hayan gustado desde un inicio. —confirma. Esconde un mechón de cabello detrás de mi oreja.
Trato de ocultar mi sonrojo mirando hacia abajo, algo no muy inteligente debido a que estamos a una altura bastante alarmante. Desde aquí se pueden ver los columpios donde estaba minutos atrás, los niños jugando en el arenero junto a la pareja Tucker, las hojas otoñales desperdigadas por todo suelo. Al instante me lleva a recordar las tardes de pilla pilla en el patio, los otros niños, mis amigos, Débora.
—No lo pienses mucho —Su voz me trae de nuevo a la realidad. Volteo para ver las últimas notas doradas caer sobre su rostro—. Hay oportunidades que si no se agarran con fuerza, se escurren entre los dedos quemando como ácido.
—¿Cómo lo sabes?
—Vivimos en la misma casa, me iba a enterar de una manera u otra. Hasta el momento y según lo que me ha dicho Susana, la pareja Tucker tiene muy buenas referencias y se han esmerado en conocerlas a ambas. Esta es la oportunidad que llevas esperando desde hace mucho.
—Lo sé. Ya iniciaron los trámites —Rasco una ceja, nerviosa—, aunque sabes que todo esto demora. Tal vez se concrete dentro de unos meses.
—Confío en que sea así —Hace un amago de sonrisa—. Sabes que Susana, Lillian y Débora harán todo lo que esté en sus manos por ustedes.
—Son de las mejores personas que han puesto en mi camino.
—Lillian me contó que ya lo sabes.
Lo miro unos segundos intentando descifrar a qué se refiere. Pero no pasa mucho tiempo para entender que habla de la relación entre Susana y Lillian.
—Sí. Hablé con Susana el día en que me enteré de todo. Creo que fui un poco dura con ella, a fin de cuentas, nadie comprende en su totalidad las luchas de los demás, ni el proceso de aceptación que está llevando a cabo. Supongo que no se trata de presionar, sino comprender. Además, todos estaremos para demostrarle que no hay nada más puro que el amor de una persona hacia otra.
—Las luchas de cada quien se libran al tiempo que cada cual decida.
—Exacto.
—No sé si lo sepas, pero...
—Te vas.
La tristeza en su mirada es la afirmación que necesito para saber que esas maletas son suyas. Es cierto que se irá, y al instante la tristeza golpea mi pecho.
—Hace un mes encontré la solicitud de internamiento para un centro de salud en Londres —explica—. Ahí podré tratar todo el tema de la anorexia y la depresión. También me verán otros psicólogos con una mayor capacitación, nutricionistas —Su sonrisa titubea—. Es un buen comienzo para mí, quiero encontrarme de nuevo.
Lo miro unos instantes, las lágrimas nublándome la visión. No quiero que piense que no estoy de acuerdo, porque la realidad es que me siento orgullosa. Lo estoy porque está dando un paso adelante, se está aferrando a mejorar para cambiar su situación. Él fue un niño que se convirtió en mi soporte, el chico con el compartí madrugadas y la persona que decidió ser una mejor versión de si mismo.
Estiro mi mano para entrelazar nuestros dedos como lo hizo minutos atrás. Solo que ahora ambas flechas quedan a la vista, las dos señalando ese punto donde nos unimos. Si escuchamos con detenimiento se puede sentir la manera en que cada corazón frena, para comenzar a recordar otra vez.
—¿Cuándo ingresas?
Tengo miedo a su respuesta.
—Mañana.
Asiento con lentitud. Inconsciente aprieto su mano. Lo miro a los ojos para perderme en ese azul tormentoso, empañado al igual que los míos. Solo que aunque parezca un poco loco, una sonrisa tímida se pinta en los labios de ambos. Estiro mi mano libre para apartarle algunos cabellos de la frente. Ya no tengo pena ni me cohíbo, simplemente tengo la necesidad de tocarlo aunque sea la última vez por un tiempo.
—¿Qué nos pasó? —susurra. Apoya su frente contra la mía. Su respiración impacta contra mis mejillas con calma, acalorándolas en el proceso.
Somos uno. Siempre lo hemos sido.
—Bajamos las ventanillas. —contesto cerrando los ojos.
—¿Entonces esto es todo? ¿Tendremos que separarnos otra vez?
—Supongo.
Suelta un suspiro. Se aleja e intento con todas mis fuerzas no derrumbarme. Quizás este es el destino de ambos, ser el soporte del otro, impulsarnos hacia arriba y vernos renacer con orgullo. No puedo decir que no me duele dejarlo ir, sentir que nos tuvimos muy poco tiempo, pero el mañana valdrá la pena si el para siempre mejora. El corazón me late en la garganta. Intento memorizar sus rasgos por última vez, porque se irá, es una realidad, y yo estoy trazando un destino diferente para mí y mi hermana.
Nuestros caminos se separan dejando un sabor inexplicable en mi alma, y una lágrima resbala antes de que la pueda contener. La tarde marca su fin, ya no hay colores rojizos ni puedo ver su rostro con exactitud, solo puedo sentir su mano que acaricia mis nudillos con delicadeza. Recuerdo que le prometí que todos mis atardeceres eran suyos, pero el me demostró toda la vida que cada madrugada es nuestra.
En mi garganta se agolpan las emociones. Vuelvo a apretar su mano con fuerza, como si se fuera a esfumar de un momento a otro y se quedara como una arenilla que se escurre con lentitud.
—Estaremos bien, te lo prometo. ¿Confías en mí?
Que me pregunte eso hace que algo se remueva. Porque sí, sin saber realmente quién era, desde el primer momento y tal vez de forma inconsciente, confié en él.
—En cierta forma siempre lo hice.
Eso le saca una risilla.
Podría pensar en lo que diré, si debo hacerlo o no, pero no serviría de nada quedarme que tanto atorado.
—Te amo, Ashton.
Casi como una respuesta, siento sus labios apoyarse sobre el dorso de mi mano. Deja una sensación que quedará marcada en mi alma.
Supongo que ambos fuimos unidos por los golpes de la vida, pero atados por un mismo sentimiento. Siempre lo amaré, lo hice desde un principio, y de una manera u otra lo haré para toda la vida.
—Te amo, Ángel.
Y casi se puede palpar la forma en que la noche marca su inicio, cargada de promesas futuras y nuevos comienzos. Dolorosamente cercanos y lejanos al mismo tiempo.
N/A
Y yo los amo a ustedes.
Millones de gracias por leer.
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