ᴄᴀᴘíᴛᴜʟᴏ 11
Capítulo 11
—Entonces te gusta pintar.
Afirmo con la cabeza la pregunta de Lucas.
En el camino de vuelta a la residencia, Lucas y Samantha decidieron hacernos compañía hasta la entrada del camino. Débora y los otros pequeños van por delante de nosotros. Yo me encuentro entre Ashton y el chico de cabello cobrizo. Este último es muy amable, llevamos todo el rato hablando de pinturas y técnicas. Tiene diecinueve años y estudia en la Academia de Artes en Londres.
—Yo le había dicho que tú también pintas —interviene Samantha—. Le propuse a Maia que te enseñara sus dibujos, es muy buena.
Casi puedo sentir que me sonrojo, no es que me agrade ir por la vida diciendo que pinto, para mí eso es algo personal. Aunque ya no tiene sentido ocultarlo porque el chico me vio en el salón hace un rato. Apretando un poco más la correa de mi mochila, me enfoco en mi hermana para distraerme. Necesito disminuir el sonrojo o no estaré cómoda en todo el camino.
—Me gusta tu nombre.
—Gracias, a mí también me gusta el tuyo —respondo. Intento ver de reojo a Claire, pero el cuerpo de Lucas lo impide—. Mi mejor amigo se llama así.
—Que casualidad —rasca su cabeza— ¿Él también vive en casa de Lillian?
—No, hace años no lo veo. Él fue adoptado.
—Siento mucho que tuvieran que separarse. —agrega Samantha.
Cuando llegamos a la entrada del camino los dos primos se despiden de nosotros con un beso en la mejilla, Claire se sonroja cuando llega su turno. Ashton y Lucas se dan un apretón de manos. Cuando los chicos ya no están a la vista, decidimos continuar caminando. Claire no va a mi lado, sino que se adelanta un poco. Voy por delante de Ashton e intento no tropezar porque en esta zona hay muchas rocas y ramas. Pero como mi suerte es casi nula, o aparece cuando le conviene, a pocos metros trastabillo con una piedra. Casi caigo de bruces al suelo. Mis manos y rodillas fueron la barrera que evitó que perdiera los dientes.
Siento como me agarran del brazo y me ayudan a ponerme en pie. Me quedo paralizada cuando Ashton toma mis manos y examina los pequeños raspones producto a la caída. Nos mantenemos en un silencio pulcro decorado con el sonido de algunas aves y el romper de las olas contra la costa.
Discreto, arrastra su mirada por mi cuerpo como si estuviese buscando alguna herida, al no encontrar ninguna, fija sus ojos en mí. Quedo paralizada cuando el azul eléctrico me envuelve, la forma en que sus pestañas oscuras enmarcan sus ojos, incluso el cabello desprolijo que cae sobre su frente, convierte a Ashton en alguien fácil de reconocer donde sea.
—¿Te duelen? —pregunta sujetando mis manos.
—Arde un poco, no es nada —doy un ligero tirón y suelta mis manos—. A veces soy torpe.
—Comencé a darme cuenta cuando casi te caes de una casa de dos plantas.
Que se burle de mí no me hace ninguna gracia. Me siento tentada a sacar mi dedo medio, pero decido dejarlo estar y volver al camino.
No he dado ni tres pasos cuando dice:
—¿Me acompañas?
Frunzo el cejo ante su pregunta. Giro en su dirección, trae las manos en los bolsillos de su sudadera.
—¿A dónde?
Señala con su cabeza la desviación que hay un poco más adelante. Paso mi peso de un pie a otro. Estoy indecisa.
—Olvídalo, si no quieres ir...
—Vamos.
Puedo notar el asombro en su mirada y la media sonrisa que intenta retener.
A los pocos minutos nuestras caras son iluminadas por la luz del Sol, desde aquí se alcanzan a divisar las personas que parecen hormigas sobre el muelle. Tomo asiento en la punta del risco, causa un poco de impresión la forma en que los pies están tan lejos de tierra firme. Abajo lo único que hay son olas rompiendo en la costa con lentitud.
Volteo hacia Ashton que se ha quedado en la salida del bosque. Ahora es a él a quien noto indeciso, suspira y comienza caminar hasta donde estoy. Toma asiento a mi lado, es notorio el subir y bajar acelerado de su pecho.
—¿Estás nervioso?
—No.
—Pareces estarlo.
—En la noche casi no se aprecia lo alto que es. —murmura.
Aprieta sus ojos y luego los abre intentando enfocar todo alrededor.
Nos mantenemos callados. Como estoy aburrida, me entretengo arrancando unas hierbas rebeldes que han crecido entre las grietas de la piedra sobre la que estamos sentados.
—¿Lo extrañas?
Devuelvo mi atención a Ashton.
—¿A quién te refieres?
—A tu mejor amigo. —aclara girando su cabeza.
Unas hebras de cabello caen desordenadas sobre su frente. El sol se refleja en sus ojos creando un azul más intenso, sus ojeras también se hacen más oscuras.
Las pregunta es un tanto extraña.
—Lo extraño todos los días —confieso—. Pero él está bien, vive con otra familia, fue adoptado, ¿sabes? Lucas fue un niño con suerte.
Asiente. Tiene la vista puesta en el océano. Sus ojos están entrecerrados, como si estuvieran cansados o llenos de tristeza.
—A lo mejor ni me extraña. A estas alturas no se debe acordar de mí. —susurro.
Siento mis ojos nublarse e intento alejar las emociones pestañeando. El sol cae sobre nosotros, es agotador el clima en este lugar. Levanto las mangas de mi suéter para aliviar el calor.
—Yo... no sabía que tenías tatuajes —Miro al castaño que tiene sus ojos puestos en la decoración de mi piel. Alarga la mano como si fuese a tocarme— ¿Me los enseñas?
Asiento y levanto la prenda rosa, estiro mi brazo para que los pueda ver en su totalidad. Sus ojos vagan por cada línea negra que decora mi piel. Levanta la mano hasta dejar que sus dedos se deslicen por la flecha. Un toque superficial que quema a su paso. Mi piel se eriza por completo.
—¿Tiene algún significado?
—Me lo hice en honor a Lucas. Cuando éramos pequeños prometimos hacernos uno.
En su cara se dibuja una tímida media sonrisa y continúa deslizando sus dedos hasta el ave en mi muñeca. Intento retirar el brazo, cosa imposible porque afianza su agarre impidiendo la movilidad. Dejo de respirar por un segundo. ¿Sabes lo que es estar bajo toneladas de agua? El cuerpo no soporta la presión, así nos sentimos cuando develamos el alma para otra persona. Nos exponemos a la incertidumbre de saber si el océano nos permitirá flotar, o nos hundirá más de lo que ya estamos, no sabemos lo que encontraremos una vez demos el salto y nos sumerjamos en las profundidades. ¿Sabes también que sólo se conoce el 10 % océanos?, supongo que no existe tanta diferencia entre los seres humanos y la profundidad de lo desconocido.
—No me ocultes tus heridas. —exige.
Sus ojos azules están fijos en los míos.
—Tú no me muestras las tuyas.
—¿Y si te decepcionas?
—No hagas esto. No te encierres.
—¿Sabes qué? En realidad no te interesan los míseros problemas de un chico que te cae mal, Maia. Deja de actuar como si fuese así.
—¿Y por qué yo sí te importo a ti? —Lo pregunto de forma tan brusca que sus ojos se abren más de lo usual— ¿Por qué soy yo la que tiene que confiar?
Suelta mi muñeca y se pone de pie. Lo sigo con la mirada hasta que recoge su mochila. Sé que no tiene intención de continuar conversando. Me pongo en pie e intento buscarlo con la mirada. Ashton se acomoda el cabello, parece frustrado, como siempre. Tratando de hacerlo entrar en razón, le digo:
—Es agotador que te comportes así, lo único que he hecho es intentar comprenderte. Te demuestro que no estás solo. Si te abrí un poco mi corazón es para que entiendas que todas las personas libramos batallas internas y que a veces, verse en el espejo ajeno nos ayuda a comprender que el nuestro está empañado.
No me había dado cuenta de que estaba caminando. Ahora Ashton está muy cerca, puedo notar como toma respiraciones profundas y sus ojos se encharcan. El punto es que no quiero que se contenga, necesito que Ashton deje salir todo lo que lo ahoga para que se pueda sentir mejor.
—Y-yo no estoy bien —susurra. Sus ojos son un atardecer oceánico donde el rojo y azul se fusionan—. Por más que lo intentes no vas a entender todo, me vas a juzgar. Las personas siempre lo hacen, Maia. Y... de verdad no sé si pueda soportar eso de nuevo. A veces prefiero callarlo todo, tragarlo, ¿comprendes? Porque sé que si me tambaleo sobre mis propios comentarios, no puedo caminar sobre la cuerda floja de los ajenos.
—No tienes nada que demostrar, Ashton —digo. Lo tomo del brazo cuando hace ademán de irse—. Son tus guerras, tus heridas, no tiene que preocuparte lo que el mundo pueda pensar. Nadie tiene derecho a juzgarte.
—Debemos regresar —Me ignora—, tienes que curarte los raspones.
—Ashton.
—Dejémoslo aquí.
Camino con molestia hasta que llegamos a la gran casa y mi cabeza lo único que hace es reproducir una y otra vez la conversación. Giro el pomo y desde la entrada se escucha el barullo que hay dentro. A paso acelerado subo hasta el piso de arriba. Claire está sentada sobre su cama, la puedo ver porque su puerta está abierta. Me dirijo hacia la mía, aún así siento los converse de Ashton sobre el piso de madera.
—Maia.
Volteo. Por alguna razón me encuentro molesta.
Ashton está parado en medio del pasillo. Su pecho sube y baja, asumo que producto a lo rápido que caminamos.
—¿Qué quieres?
Tiene la mirada fija en los dibujos de la pared, las manos en los bolsillos. Puedo ver que este es el chico cerrado que conocí el primer día. Aprieta con fuerza los labios y luego deja escapar todo el aire. Me mira directo a los ojos.
—Estoy seguro de que él también te extraña.
Y con eso gira para perderse entre las escaleras.
➻➻➻
Mis pies duelen mientras corro por el patio trasero. El pecho me arde producto a las carcajadas e intento ralentizar el paso cuando siento que estoy fuera de peligro. A lo lejos veo una vieja canal oxidada, creo que la parte trasera puede servirme de escondite.
—¡Pillada!
Resoplo cuando siento una pequeña mano adherirse a mi pierna.
—¡No puede ser! —Protesto, cruzándome de brazos. Salgo de mi escondite y miro la sonrisa triunfante de la niña pelirroja—. Creo que ya no juego. Me cansé.
—¿De perder? Llevas tres rondas y no ganas ni una.
Le lanzo una mirada a la niña, la muy diabla porta una sonrisa de suficiencia en el rostro.
—Puedo ganarte.
—Ya, supongo que eso te dices para sentirte mejor.
—En serio, te voy a ganar pequeña mocosa. Ahora esto es personal.
—Es lindo que tengas retos, Maia. La seño de la escuela siempre dice que debemos tener alguna motivación —Alejandra sonríe, le faltan los dos dientes delanteros—. Pero soy la ganadora suprema en el pilla pilla. Si fuera tú buscaba un reto más fácil.
Ni siquiera me da tiempo a responder. La pelirroja sonríe y se lanza a correr detrás de los otros niños. Quedo con la boca desencajada.
Molesta, me dirijo hacia Débora que está sentada en el arenero junto a mi hermana y el niño de gafas que vi la última vez en la cafetería. La morena suelta las paletas de arena cuando ve que me acerco. Es tal la sonrisa que porta, que entrecierro mis ojos. No soy buena perdedora.
—Por esa cara que traes deduzco que has perdido por tercera vez.
—Son pequeños, los dejé ganar.
—Claro, porque Alejandra no te pateó el trasero en el pilla pilla.
Su ironía provoca que el otro niño comience a reír.
—No perdí, ¿ok? La dejé ganar.
Veo que a su lado hay un espacio libre, camino hasta allí y tomo asiento. Trato de no perder mi pose de indignación. Aprieto mucho más los brazos cruzados sobre mi pecho.
—¡Pero si eres igualita a mi madre jugando al bingo! —se burla— Las dos son pésimas perdedoras.
—No puedo creer que me haya ganado una niña de ocho años. —siseo.
—Ya ves que la edad no importa para ganar al pilla pilla. —Se carcajea. Ambas vemos como Claire sale de atrás de un castillo de plástico, pero no es lo suficientemente sigilosa para que la niña no la vea— ¡¿A qué esperas Alejandra? ¡Corre que aún te faltan chicos por atrapar!
La estridente voz de la morena alarma a todos. Claire gira en nuestra dirección con enojo, pasa el pulgar a lo largo de su cuello en forma de advertencia, su molestia me hace gracia. Me río mientras le señalo a la niña que ya ha comenzado a correr en su dirección. Se puede notar el pánico en sus ojos y comienza a correr desesperada. Algunos chicos aprovechan ese momento para cambiar de escondite.
—Mira que bonito.
Bajo la mirada hacia mi hermana que está sentada en el suelo de arena. Sonriente, me extiende un pequeño castillo de legos. Todos están muy bien apilados creando detalles en la estructura. Lo máximo que he logrado hacer con legos desde que llegué aquí es una torre, por lo menos sé hacer torres muy altas, o edificios, si achicas los ojos y los miras desde muy lejos, tal vez se parezcan a uno decente.
—Que hermoso, ¿tú lo hiciste?
Niega con la cabeza.
—Lo hizo Josh, pero le daba pena mostrártelo.
Miro al niño rubio, es lindo que se sonroje.
—¿Eres Joshlio? —asiente y sonrío— Es muy hermoso lo que has hecho.
—Gracias. —responde con voz tímida.
Débora me codea. Ambas comenzamos a reír.
—Josh nos ha dicho que de grande quiere ser arquitecto. —comenta la morena.
Miro al pequeño y este se sonroja más aún, es algo muy gracioso de ver. Aparenta tener unos años más que mi hermana.
—¿Es lo que te gustaría? —asiente—. Es muy maduro de tu parte. Algunos niños a tu edad quieren ser astronautas o princesas.
—Quiero crear grandes edificios —responde, acomodándose las gafas—. Si quieres cuando crezca te puedo regalar uno.
—Me encantaría.
—¿Y para la tía Debi no hay nada?¿Ni una chocita en el bosque?
Todos reímos ante la fingida cara de pena de Débora.
—Ay no, pobre tía Debi. —lamenta mi hermana que va corriendo a abrazarla para brindarle consuelo.
—Tranquila, yo te regalaré una ciudad. —Se apresura a decir Joshlio.
—Y yo la rosearé con mi polvo de hadas para que siempre esté bonita. —Le dice Caroline enganchada a su cuello. Debo admitir que es lindo verlas así.
—Vaya, me han prometido una ciudad roseada con polvo de hadas. Tengo la mejor suerte del mundo.
Observo a la morena y su cara es de completo orgullo. Rompo a reír aún más si es posible, Débora llena a mi hermana de besos.
—¿Tú también quieres?
Mis ojos se abren de par en par al sentir mi cara siendo acribillada por un ataque de besos de las dos. Me intento apartar, pero las risas no me dejan.
—Listo —sonríe la morena al alejarse. Quedé un poco aturdida—. Y ni se te ocurra decir Iugh o algo de lo que dicen esos jóvenes amargados con la vida.
—Se llama apreciar el espacio personal.
—Para la tía Debi no existe tal cosa, así que prepárate para ser apapachada de vez en cuando.
—Yo quiero ser apapachada —anuncia mi hermana. Nos mira con curiosidad— ¿Qué es ser apapachada?
—Es lo que le acabamos de ser a tu hermana.
—¡Entonces quiero apapachos! Apapachos para mí y para mi amigo Josh.
El pequeño y yo nos miramos. El pánico en los ojos del niño me sacan una carcajada tan fuerte que incluso Alejandra frena a la distancia. Aunque al instante comienza a correr de nuevo, perder para ella no es una opción.
Me encanta este lugar. La energía, la forma en que los niños se sienten libres.
A lo lejos veo a Claire corriendo, pero no es tan rápida y es derribada por algunos niños. Susana y Lillian no se quedan atrás, la rubia está escondida dentro del castillo de plástico y a Susana ya la han atrapado. Me hace recordar a aquella tarde en que la vi correr detrás de algunos niños en aquella reunión del hospicio. La diferencia es que esta vez trae una falda un poco más corta—no exagerada, sino un poco por encima de las rodillas—y el cabello en un desordenado moño azabache. El niño, que es quien ahora tiene que pillar, está junto a ella. Se agacha con cuidado hasta quedar a la altura del pequeño, desde aquí la vemos señalar el castillo mientras secretean algo.
—No sabía que Susana era chivata. —comento en broma a Débora.
—Normal. Si yo le dije a Alejandra tu ubicación. —responde tranquila. Abro la boca de par en par, incrédula ante su actitud tan serena.
—¡Entonces no perdí!
—¡Dios, si que eres igualita a mi madre! —Se burla.
Me cruzo de brazos y espero hasta que veo la cabellera de Lillian salir de la estructura. Mira en dirección a Susana y comienza a correr. Susana la ve pero tampoco es rápida y la rubia la derriba provocando que caigan sobre algunas hojas. Ambas se quedan allí un rato, sus carcajadas llegan hasta donde estoy. También veo algunas hojas otoñales que vuelan cuando las lanzan al cielo.
—Se ven muy lindas juntas. —comento.
—Son mi dupla favorita.
—¿Cómo terminaste trabajando aquí?
—Siempre he tenido mucho amor para dar —Sonrío porque eso me recuerda a la primera vez que la vi—. Mi familia no es muy unida. Todo el mundo vive en su burbuja y yo soy muy hogareña, de crear reuniones e intentos familiares. Soy la típica pesada que siempre intenta unir a todo el mundo.
—No creo que seas pesada.
—Bueno, gracias —Me da un toque en la nariz—. Como no puedo crear una familia por mi misma, decidí aliarme con Lillian, y ya ves, ahora tengo más de quince hijos.
Señala llena de orgullo a los pequeños que juegan en el patio.
Apoyo la cabeza en su hombro, definitivamente estoy ante una gran mujer.
—Soy profesora y como adquirí mucha preparación Lillian me aceptó, además de que también formo parte de varias ONG. Puedo ayudarla en la casa y también a los peques con sus deberes, dime si eso no me hace una tía genial.
—Eres genial, tía Debi.
—Gracias.
—No quiero ser indiscreta...
Mi indecisión la divierte. Con un movimiento de la mano me anima a continuar.
—Creo que no existe alguien más indiscreto que yo, estoy adaptada al chisme, puedes preguntar lo que quieras.
—Emmm... ¿A qué te refieres con no poder crear una familia por ti misma? A lo mejor tu familia no es muy unida, pero eso no significa que no tengas una.
Mi pregunta la deja unos instantes en silencio. Me pregunto si fui demasiado lejos o toqué un tema delicado.
—Me refiero a que no puedo procrear —responde con lentitud—. Aunque igual los tengo a ustedes. Créeme, me siento muy bendecida por eso.
—Nunca había conocido a alguien como tú —confieso. Apoyo la cabeza en su hombro—. Te conozco desde hace muy poco y ya te quiero un montón.
—Dios, me ha dado ganas de llorar. ¿Me das un abrazo? —No puedo evitar mi cara de alarma, la morena comienza a reír— Lo de aquella vez fue sin querer, no volverá a pasar.
Me dejo abrazar y esta vez me siento en los brazos de un oso gigante. Duramos así unos segundos, no la apresuro, le doy su tiempo.
—¿Ya hiciste la tarea? —pregunta con la voz amortiguada contra mi cabello. Me quedo callada sin saber qué responder— Tienes que hacer los deberes en cuanto entremos. ¿Entendido?
Rompo el abrazo y llevo la mano a mi frente a modo de saludo militar.
—Entendido mi capitana.
Todos comenzamos a reír.
A lo lejos puedo ver como Ashton sale de la casa. Trae su capucha puesta, camina despacio y se sienta junto a Tony en los columpios. Joshlio los ve, toma su castillo y se va con ellos. Observo cuando llega y Ashton le revuelve el cabello, es notable lo cercanos que son los dos. El niño le extiende el castillo, ambos chocan las palmas. Se quedan allí un rato, pero luego Ashton regresa a la casa dejando a Joshlio y Tony solos.
También llega una pareja. Son una señora pelirroja y trigueño muy bien vestidos. La mujer alza la mano para llamar la atención de Lillian, esta última en cuanto los ve, se apresura hacia donde están. Se saludan con un beso en la mejilla y todos entran a la casa.
Después de unos minutos decido entrar a la mansión porque Débora comenzó a ser repetitiva con el tema de las tareas. No pongo peros porque es cierto que necesito buenas calificaciones para conseguir alguna beca, si quiero estudiar en Londres me corresponde esforzarme. Dejo a mi hermana jugando y entro por la puerta trasera. Nunca había entrado por aquí, noto que esta parte inicia con un pequeño recibidor y luego se une a la cocina. Me preparo un sándwich y, mientras lo como, voy rumbo a la escalera. En mitad del pasillo tropiezo con una piezas esparcidas por el suelo.
Noto que son piezas de un juguete. Me agacho y tomo la estructura de legos.
Es el castillo de Josh.
Confusa, continúo devorando el sándwich mientras sostengo lo que queda del juguete del niño. Iba a subir las escaleras, pero veo una cabellera rubia sentada en los escalones. Me acerco y tomo asiento a su lado.
—Creo que esto es tuyo. —Le extiendo el juguete.
—Ya no lo quiero.
Mis cejas caen. Llevo la vista de los juguetes a él y viceversa.
—¿Pero qué pasó? ¿Tú lo rompiste?
—Ya no quiero ser arquitecto. Ni construir castillos ni edificios.
—¿Qué? ¿Y eso por qué? ¿Qué pasó?
—Mi hermano dice que es un sueño tonto. —murmura.
¿Quién puede ser tan cruel como para decirle eso a un niño?
—No, eso no es verdad.
—Sí lo es.
—Escucha esto, Josh —El niño fija sus ojos verdes en mí—. El día en que el hombre deje de soñar habrá perdido su razón de vivir. Ningún sueño es tonto. Todos somos soñadores por naturaleza, la diferencia está en cuanto empeño pongas para hacer esos sueños realidad.
—Pero...
—No hay "pero" que valga. Si no quieres ser arquitecto, o astronauta, o médico, será porque tú lo decidas así. Son tus sueños, solo tú tienes el poder para decidir sobre ellos. —Le dedico una media sonrisa. Él también lo hace— ¿Entendiste?
—Entendí, pero... ¿No crees que hay muchas personas en el mundo que tienen mi mismo sueño? ¿Y si ya todos los cupos de sueños de arquitecto están tomados y me quedé fuera?
—Apuesto a que tienes un cupo súper reservado para poder cumplir ese sueño tuyo.
Baja la mirada al suelo.
—¿Y hay personas que se han quedado sin cupo? Seguro que sí. Según mi profesora en el mundo hay muchas personas, no creo que todas alcancen su cupo para cumplir sus sueños.
Este niño me deja impresionada. Busco en mi mente algo para responder.
—Veámoslo de otra forma. Todos nacemos con un cupo ilimitado que vamos rellenando durante nuestra vida. Nos da la opción de poner cuantos sueños queramos, pero hay una condición.
—¿Cuál?
—Esforzarse. Poner empeño para cumplir cada sueño, aunque sea pequeñito.
—Es decir que no hay gente sin cupo, sino gente floja.
—Eres muy inteligente, Josh.
—Eso me dice la tía Debi —concuerda. Asiente y se pone de pie—. Buscaré a Caro para que me ayude a armarlo. Gracias por hablar de cupos conmigo. ¿Alguna vez te gustaría que hablemos sobre edificios?
—Me encantaría, pequeño Josh.
Termino mi sándwich y subo al piso de arriba. Pienso en subir a la azotea, ya es tarde y me imagino lo hermoso que ha de verse el atardecer desde allí. Avanzo por el pasillo y voy a subir, pero unos sonidos extraños procedentes del baño de chicos me alarma. Cada vez que doy un paso, el sonido se intensifica. Sucede cada cierto tiempo, como si fuesen arcadas. Preocupada porque sea algún niño, entro al baño, el cual es exactamente igual al de chicas. Las arcadas se repiten, mi piel se eriza por completo. Camino hacia los cubículos notando que la mayoría están abiertos a excepción del último.
—¿Hola?
No hay respuesta.
Quedo frente al cubículo de donde proceden los sonidos. Giro la manilla con lentitud. Miis ojos se abren de par en par al ver al chico sentado en el suelo. Jala la cadena y con el dorso de la mano limpia su boca. Con un gesto de dolor, apoya la cabeza en la pared del baño. No esperaba verlo a él.
—Vete. —demanda.
—¿Estás bien? ¿Qué te sucede?
—¡Que te vayas!
—Ashton... —Me enoja que me hable de esa forma, pero se le ve muy afectado. Me acerco y me agacho frente a él. Recoge sus piernas hasta el pecho y apoya la cabeza entre ellas. Parece un niño desconsolado y eso no me gusta, puede que no seamos buenos amigos, pero no quiero que sienta que está solo— ¿Qué te sucede?
—No quiero tu lástima.
—No la tienes —digo con calma. A mí tampoco me gusta generar ese sentimiento—. Estoy aquí para escucharte.
Apoyo mis manos sobre su antebrazo. Ashton levanta la cabeza, sus ojos se clavan en los míos. Me sumerjo en la profundidad del azul en sus iris. Estoy tan cerca que su agitada respiración se pierde por cada rincón de mi cara.
—¿Querías ver mis heridas? Aquí las tienes.
—¿Estás enfermo?
Una punzada surca mi pecho al notar que en su rostro se dibuja la sombra de una sonrisa triste.
—Estoy jodido.
IG:c_valdes15
Twitter:cafecito_1503
*Inserten todos sus corazones rotos aquí.
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