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ᴄᴀᴘíᴛᴜʟᴏ 4

Capítulo 4

—Esta es su habitación. Las camas se las reparten como más cómodo les sea. —Nos informa Lillian haciendo espacio para que podamos entrar.

No pasan ni tres segundos cuando Caroline ya tiene muy decido cúal será la suya. Corre hasta dejar su mochila sobre el colchón de la que está en el lado derecho. Como si quisiera comprobar que es la mejor, sube con dificultad y comienza a dar pequeños brinquitos sobre ella, luego levanta el pulgar en señal de aprobación.

Al entrar se puede distinguir el azul opaco en las paredes, dos camas personales y a los costados la mesita de noche que corresponde a cada una, un felpudo en el suelo, una mesa de estudio, un escaparate empotrado y una ventana justo frente a la entrada. Ya que Caroline escogió su cama, no me queda más remedio que tomar la que se encuentra junto a la pared del extremo izquierdo.

Avanzo hasta mi lado. Toda la pared que me corresponde está decorada con posters que nunca había visto. Dejo la mochila sobre el colchón, mi atención está puesta en intentar reconocer las bandas. La química de los integrantes traspasa incluso el papel de promoción. No tengo idea de cuál género musical hagan, pero un baterista pelinegro de ojos azules y el guitarrista pelirrojo que está a su lado me causan curiosidad, cabe destacar que son bastante guapos, serían el delirio de cualquier adolescente. No creo que estos afiches sean para mí. En el hospicio podrían catalogarlo como el boleto clase VIP para un castigo seguro.

—No te preocupes por eso, Ash los recogerá más tarde —La voz de la rubia hace que me sobresalte. Estaba tan entretenida viendo a los chicos, que no me di cuenta de que Lillian se acercó. Coloca una mano en mi hombro. Observamos los posters—. Pero si te incomodan los puedo retirar ahora.

No tengo idea de quiénes son ese grupo de cinco chicos, pero no me incomodan en lo absoluto. Otras bandas también decoran la pared, intento reconocerlas, cosa que es inútil porque en el hospicio no se escucha esa clase de música, y esa aparenta ser bastante agresiva, creo que le llaman metal, no estoy segura de ello.

Antes, en reuniones que se hacían con otros centros de cuidado infantil, hablaba con algunos chicos que vivían la misma situación que yo. Ellos me explicaron que no todos los centros de ese tipo son religiosos, o siguen parámetros tan estrictos como a los que fui sometida. Todos concordamos en que el problema no es que fuese un centro religioso, sino la manera en que nos coaccionan cuando pertenecemos a ese sistema. No te permiten expresar tus gustos, vives sumisa a lo que ellas imponen e intentan justificar todo con "Es tu deber". Siempre he pensado que no son las creencias, ni la religión; son las personas las que manchan con sus actos el nombre del señor y lo utilizan como escudo para justificar sus errores ante la mirada del mundo. No generalizo, creo haber escuchado que hay hospicios que no tienen nada que ver con el mío. Pero el karma acumulado en otra vida decidió enviarme por dos años a un nido de víboras y aves de rapiña, de las que por fortuna pude salir ilesa.

Toma esa, Karma.

Lillian carraspea. No quiero dilatar más la situación así que vuelvo a mirar los posters con disimulo, nunca tuve este tipo de cosas, la verdad es que no me incomodan. Supongo que puedo acostumbrarme. Me encojo de hombros.

—Se pueden quedar, me gustan. Nunca tuve cosas de este tipo —susurro. Ladeo la cabeza en su dirección—. Quiero ser la típica adolescente con posters en las paredes.

—Vale. Pero de todas formas Ash los vendrá a buscar más tarde, son suyos y los va a utilizar para decorar su nueva habitación. Si quieres me dices cuales bandas te gustan e intentamos conseguirlos en la tienda del pueblo. Hay muchos en ese lugar.

—Yo.. pensé que esta habitación estaba libre —profiero, confundida—. Si este es el espacio de alguien, Caroline y yo nos podemos acomodar en otro sitio.

—No, no, no te preocupes —Le resta importancia con un movimiento de la mano—. No quise decir que estás ocupando el lugar de alguien. Tuve una conversación con Ash y comprendió que es más cómodo para ustedes dormir juntas. Compartirá habitación con otros compañeros.

—¿Segura?

—Segurísima —afirma. Dedica una sonrisa amable que tardo en corresponder. Luego mira a Caro que ha comenzado a desempacar, y con desempacar me refiero a esparcir todo sobre la cama sin cuidado alguno— ¿Tienes hambre? Es que casi no probaste la tarta, si quieres puedo preparar otra cosa —Mi hermana la mira, arruga sus cejas en un gesto confuso—. Seguro fue un viaje muy largo, no tengas pena, si deseas que prepare otra cosa me lo dices.

Caro mira en mi dirección, pidiendo permiso. Le sonrío y ella me imita mientras asiente repetidamente hacia la señorita Lillian, la cual queda más que complacida con la respuesta de mi hermana.

—¿Qué te gustaría? Esta mañana la confitería del pueblo nos envió helados.

Mi hermana me mira, luego baja la mirada al suelo, tiene vergüenza. La conozco. Seguro desea otra cosa y le da pena decirlo.

—¿Qué deseas?

Juguetea con sus manos, esta vez pasa la mirada entre ambas con más seguridad.

—Un sándwich.

Lillian asiente y me pregunta si también deseo comer algo, a lo que respondo que no. Mi estómago lo surcan una estampida de elefantes producto a los nervios, si como algo, es posible que acabe sobre el suelo del baño devolviendo todo, y como es de esperarse, no es algo que me apetezca. Es una mejor opción desempacar, ya que es un proceso que odio con todas mis fuerzas, y mientras más rápido me quite esa tarea de encima mi Maia interna dará brinquitos de alegría a modo de agradecimiento.

—Bueno, ¿me acompañas a la cocina? —pregunta Lillian. Mi hermana mira con indecisión su mano abierta—. Así puedes ver todo lo que hay y decidir qué le quieres colocar a tu sándwich.

Podría oponerme o sentirme insegura, pero no creo que la señora vaya a hacerle algo a mi hermana, además, es familia de Susana y eso hace que al menos le tenga un 60% de confianza. Mi hermana sabe que no la dejaría ir si sufre algún peligro, por eso acepta la invitación.

Una vez que salen del espacio, tomo varias de mis prendas y me dirijo hacia el closet que queda del lado derecho, cerca de la cama de Caro. Me concentro en doblar toda la ropa que me han donado y colocar lo necesario en percheros. Procuro dejar un espacio para la ropa de mi peque.

Luego de que todo está más o menos doblado—no es que se me dé muy bien el arte del orden—, volteo para buscar lo que me falta. Son dos pasos los que propino antes de casi sufrir un infarto al ver un chico sentado sobre mi cama. Su espalda está recostada a la pared de posters, sus piernas cruzadas y estiradas sobre mi cama. El chico ojea con lentitud la pequeña biblia que Susana se encargó de empacar. Es molesto que tomen mis cosas sin autorización.

—¿No te enseñaron a tocar antes de entrar? —inquiero. Cruzo mis brazos para dar más énfasis a las palabras.

Aprieto los labios. El chico ha decidido que es mejor ignorarme y es más interesante pasar con aburrimiento las páginas del libro.

—No soy fan de que toquen mis cosas. —informo.

—Y yo no soy fan de que me quiten mis cosas —reprocha—. Que curioso, ¿no? Tenemos algo en común.

Me quedo un poco confundida con su respuesta, acabo de llegar, ni siquiera conozco a nadie aquí para que ya vengan con quejas. Debe ser otro chico de la casa porque anda en pantuflas, pantalón y suéter de algodón, vestido de negro por completo. Parece percatarse de mi confusión porque levanta la vista hacia mí. Me analiza.

—No sé a qué te refieres.

Me mira aburrido, como diciendo ¿en serio? Encojo mis hombros y trato de no concentrarme en que sus ojos son de un azul muy claro, o que tiene las cejas gruesas, el cabello castaño oscuro y los labios carnosos. Alejo cualquier pensamiento cuando veo que me observa como si fuese un bicho asqueroso e insignificante. Si pretende intimidarme anda por mal camino.

Me mira de arriba a abajo. Un amago de sonrisa surca sus labios al detenerse en mi pantalón, o en lo que queda de el. Mis mejillas se encienden.

—¿Qué le sucedió? —pregunta. Su barbilla señala la parte rota de mi prenda.

—Una rama.

Inclina la cabeza. Tiene la mirada fija en la piel desnuda de mi muslo.

—Tengo una pregunta para ti.

Ruedo los ojos. Todavía no entiendo porqué no se larga, podría decírselo yo, pero ajá, dudo que el chico me haga caso. Resignada, aprieto la biblia que logré quitarle.

—¿Cuál?

—¿Qué se siente llegar, dar un poco de lástima y obtener la mejor habitación? —frunzo el cejo, trato de analizar lo que dice—. Espera, cometí un error, quise decir mi habitación. —rectifica haciendo énfasis en las dos últimas palabras.

Ya entiendo, entonces estoy inmersa en tanto reproche por una habitación que no pedí, y ahora tengo a este chico sentado sobre mi cama, bueno, la que fue su cama, haciendo reclamos sin sentido. Lo miro unos instantes, casi sin pestañear.

—Mira, no quiero problemas. ¿Entiendes? Acabo de llegar y todo el rollo. Lo único que debo decirte es que esta ya no es tu habitación, ahora es mía y de mi hermana —respondo lo más calmada posible. Enarca una de sus cejas ante mi respuesta. Dejo el libro sobre la mesita de noche, meto las manos en los bolsillos de mi sudadera y me encojo de hombros en una pose casual—. Y en cuanto a la lástima, ¿qué puedo decir? No es que todos estemos pasando por una situación diferente. ¿O me equivoco?

Mi comentario parece sentarle mal. No quiero juzgar de mala manera al chico, nunca he tenido problemas con personas de mi edad, espero que este no sea el primero. Se levanta de manera brusca, retrocedo un paso, debido a su altura estoy obligada a levantar la barbilla. Ahora viéndolo un poco de cerca, noto que tiene la cara muy delgada, los pómulos definidos y los rasgos alargados. Me recuerda a cuando bajamos tanto de peso que no concuerda con nuestros rasgos faciales. También lo decoran unas sutiles ojeras que resaltan ese azul peculiar en sus pupilas, aunque eso no opaca que sea guapo, de una manera muy peculiar, pero lo es. Aparenta ser mayor que yo, le calculo unos diecisiete años.

—Tú y tu pulga pueden regresar por donde mismo han venido.

Retiro lo de guapo.

—Mira, hasta ahora he soportado tu berrinche, pero con mi hermana no te metas. Si acepté la habitación fue porque la directora dijo que no habría problema, así que déjame en paz —Clavo el dedo índice en su pecho—, y antes de hablar sobre mi hermana lavas tu boca con jabón.

—Típico de Lillian traer personas conflictivas a la casa —Aparta la mano con brusquedad—, y típico dar mis cosas sin mi consentimiento.

—Bueno, pues eso se lo reclamas a ella. Le puedes escribes una carta, no lo sé. Déjala debajo de su puerta si quieres. A mí no me vengas con reclamos porque no tengo nada que ver con esto.

—¿Te crees muy graciosa? No me causa gracia tener que mudarme por tu culpa.

—Pues sí, soy graciosa, me gusta esa faceta mía. Y también soy lo bastante directa para decirte que no hay necesidad de ser grosero con alguien a quien no conoces y que no tiene la culpa de tener que vivir aquí.

Ambos nos quedamos viendo por un tiempo. Siento una sensación de impotencia, pero la aparto de mi cabeza porque estoy más ocupada pensado qué otra cosa puedo responder. Nos miramos sin pestañear, sus iris cada vez más dilatados, mis labios más fruncidos. Si soy sincera, parecemos dos idiotas.

—Que bien que ya se andan presentando —A pesar de que conozco a Lillian desde hace sólo unas horas, es fácil reconocer su voz. Giro mi cuerpo para verla entrar seguida de mi hermana, la cual trae su sándwich en la mano. Queda frente a nosotros, pasea su vista entre ambos—. Maia, supongo que conociste a Ashton. Es el chico que te mencioné antes, al que pertenecía la habitación.

Lo miro de soslayo.

Sí, ya lo conozco, y su presencia es peor que un dolor de ovarios comprimidos.
Si hay algo peor que mi etapa sincera, es mi lado infantil. Este aflora en momentos de incomodidad, empujándome a una respuesta que no puedo catalogar como la mejor.

—Oh vaya, pensé que como siempre decías Ash, se trataba de una chica, algo así como Ashley. —respondo con ironía.

El chico ni siquiera es para tanto, puede que todo esto sea producto de una mala primera impresión. Le dedico una mirada corta a Lillian que tiene sus ojos muy abiertos, algo perpleja. Luego me enfoco en el intruso, quien detalla con aburrimiento mi rostro. Tiene una pizca maliciosa en sus ojos que han quedado en dos rendijas azules, casi como si esto le divirtiera. Relame sus labios antes de hablar.

—Si lo que deseabas era que te mostrase la diferencia entre Ashton y Ashley, sólo tenías que pedirlo, ser directos hoy en día es algo bastante común. No hay necesidad de soltar comentarios baratos. ¿Ashley? ¿En serio? ¿No se te ocurrió algo mejor?

El regaño que Lillian propina a Ashton se escucha lejos. Puedo apostar que en este instante tengo las mejillas encendidas, pero no por vergüenza ni nada parecido, sino porque mi mente maquina el momento exacto en que mi puño va a parar a su cara, y a la vez enciende ochenta mil alarmas para que no haga tal barbaridad. Acabo de llegar, no puedo tener problemas. Me siento orgullosa cuando escondo los puños en los bolsillos de mi sudadera. Le regalo una mirada ácida.

—Ash, basta —Ninguno da su brazo a torcer. Ambos seguimos en un duelo de miradas estúpido al que no me pienso dar por perdedora—. Chicos, basta ya.

—¿Quieres? —pregunta una voz dulce.

Mi hermana es la única que logra romper nuestro contacto visual. Me alarmo al ver como se aferra a la sudadera del chico, no tiene reparos en extender su mano y brindarle algo de jamón que sobró del sándwich.

La mirada del castaño cae sobre ella, se toma su tiempo observándola. Tiene el ceño fruncido. Juro que lo golpeo si le dice algo inapropiado. No soy fan de la violencia, pero con mi hermana nadie se mete. Mucho menos él.

Podría apostar que su mirada se torna diferente, sus cejas enmarcan una expresión confundida. Luce consternado cuando observa a la pequeña de rizos dorados y ojos castaños que lo mira expectante. Me planteo llamarlo, o que Lillian lo haga, porque en cierta forma es raro que haya quedado en un trance en el que alterna la mirada entre mi hermana y yo. Sólo después de encontrar lo que sea que haya buscado en algún archivo mental, se coloca la capucha de su chándal y sale acelerado de la habitación.

Me es imposible no mirar hacia la puerta. Estoy toda confundida. ¿A ese chico qué le pasa? Las tres nos quedamos con un signo de interrogación gigante en el rostro.

—Vaya, supongo que debí presentarlos primero. —susurra Lillian.

Ignoro eso último. El peso del viaje en carreta y todo el cambio en mi vida que supone la mudanza, me provocan una punzada en la cabeza. Aunque tanto cambio no es, aún no es como si todo estuviese resuelto. Mi vida continúa siendo una mierda.

—Señorita Lillian, ¿usted cree que podamos descansar un rato? Es que ha sido un largo viaje.

—Oh, claro que sí —responde alzando las cejas—. Espero que se sientan cómodas, más tarde puedo enseñarles las instalaciones. Si necesitan algo estaré en mi oficina o en la cocina, ambas se encuentran en la planta baja —Asiento. Lillian esboza una sonrisa de boca cerrada y atraviesa la habitación, cuando queda bajo el marco de la puerta, voltea—. Lo siento por lo de Ash, no sé porqué se comportó así. En esta casa no solemos tener problemas entre los chicos. Espero que este no sea el primero.

En cierta forma, muy pero muy pequeña, entiendo su razón para estar enojado. Vamos, que en su mente soy la culpable de que no tenga su habitación, y podría decirle a Lillian que me cambie para otra, pero sé que eso no va a suceder. Si el chico no hubiese sido tan grosero, tal vez consideraría hacerlo. Por el momento me limito a asentir y recostarme en la cama.

Dejo escapar un suspiro cuando apoyo mi cabeza en la almohada. El techo gris tostado queda frente a mí, los colores son un poco deprimentes, intento no fijarme mucho en ello. Mi mente divaga entre las veces que dormí en el suelo de aquella casa hogar, todas las noches sin comer, pasando frío. Tantos días en los que quise ver a Caro feliz, jugando con otros niños o aunque sea recibiendo una pequeña parte de todo eso que ella merece. Mi pequeña sólo ha probado una tarta de chocolate dos veces, la primera vez fue en un cumpleaños, la segunda fue esta tarde. Caroline no ha tenido una infancia feliz, bueno si lo vemos de manera general, ninguna la ha tenido. Me faltan muchas cosas, pero todas quedan opacadas porque para mí ella es mi mundo. Una sola sonrisa suya es mi tarta de chocolate, la mejor del universo, una con doble relleno y chispitas de colores.

Un peso hunde la cama y sus rizos se dispersan por mi abdomen, deja descansar su brazo sobre mi cintura. Permanecemos así, en silencio las dos, como dos mitades perfectas la una para la otra. Tan sólo tengo dieciséis años, pero la vida me ha golpeado muchas veces. Dicen que todos pasamos por pruebas duras en algún momento, pero es triste ver como a los cobardes les refuerzan la armadura. Hoy en día puedo decir que no soy cobarde, he sufrido golpes y caídas desde pequeña, mi historia es triste y mi camino empedrado, mas no pienso remolinarme en mi desgracia, ni esperar que alguien mágicamente reescriba mi historia. Ya esperé eso una vez, él prometió volver y nunca lo hizo.

Es bastante injusto reclamarle a un niño por aceptar una oportunidad que había estado esperando tanto tiempo, y no son celos, fue bastante inteligente de su parte tomar esa oportunidad, si yo tuviese puestos sus zapatos, hubiese hecho lo mismo. Pero es bastante agridulce el sabor de despertar una mañana y ver que ya no estaba. Que se había llevado mi cariño y esperanzas consigo dejando un paquete de crayones desgastados que acompañan cada uno de mis dibujos. Es lo único que me queda de él, cilindros que colorean mi vida cada vez que los uso.

Él está presente en cada desahogo.

Cierro los ojos para intentar descansar. No sin antes sentir, como después de mucho tiempo, una lágrima caprichosa rueda por mi mejilla hasta caer en la almohada.

➻➻➻

—Vamos Maia, despierta —La luz de la habitación golpea mis pupilas cuando intento adaptarme a la claridad—. Es hora de la cena, dormiste toda la tarde y ya se ha hecho de noche. —farfulla Susana.

Aprieto los ojos para refrescar la vista, luego los vuelvo a abrir. Susana me extiende una mano. La tomo y me incorporo en la cama. Supongo que en algún punto me quedé dormida. Caro juega con una muñeca de trapo sobre su cama, no tengo idea de dónde sacó eso, no recuerdo que tuviese una muñeca así. Me fijo en que no trae la misma ropa de esta tarde. Ahora tiene un vestido azul que hace juego con sus medias, el cabello recogido en un moño y unas zapatillas blancas.

—La vestí hace un rato, ya está bañada.

Esbozo una sonrisa a modo de agradecimiento. Susana se acerca y deja una toalla a mi lado junto con un cepillo de dientes. Cuando se incorpora pasa algunos mechones de cabello por detrás de sus orejas, ese gesto hace que me quede mirándola perpleja, parece darse cuenta porque sus mejillas se sonrojan un poco. Trae el cabello suelto. Creo que mis neuronas quedaron congeladas. Quizás estoy en un universo paralelo.

—Te daré unos minutos para que te duches, no tardes mucho para que bajes a cenar. El baño de chicas está al final del pasillo a mano derecha.

Como la indiscreta que soy, no puedo salir de mi pasmo. No trae el típico hábito, sino un vestido color ciruela que cae suelto hasta sus rodillas, con un escote discreto. Parte del cabello se encuentra recogido, el restante reposa sobre los hombros. Tiene aretes de perlas y algunos anillos en sus dedos. El crucifijo es el toque final a su vestuario. Está hermosa.

—Vale. —Aunque más bien emito un susurro raro.

—Y cubre los tatuajes. Ya Lillian lo sabe, pero no queremos que los niños lo noten.

Lo acepto porque no sirve de nada refutar, cuando me los hice sabía a lo que estaba expuesta. Cuando se lleva a cabo el proceso de adopción, hay muy pocas probabilidades de que adopten a una adolescente rebelde que decidió tatuarse de forma clandestina. Los hice porque me sentía tan aprisionada, tan claustrofóbica, que me quise dar un momento de libertad. Son una marca que me cierra muchas puertas en cuanto a la adopción, pero también son la pomada que cubre mis heridas de guerra. No soy un ejemplo, por eso no quieren que los vean otros niños para que no lo confundan con algo que pueden hacer.

Aunque, vamos, dudo que en este pueblo en el fin del mundo alguien tatúe.

Tomo una sudadera amarilla y unos shorts. El clima otoñal me ayuda mucho en la misión: tapar tatuajes. Le digo a Caro que me espere y me encamino hacia el pasillo.

El piso de madera rechina bajo mi peso, mientras avanzo observo los dibujos y cuadros que adornan las paredes pintadas de un marrón claro. Están iluminados por las lámparas gigantes que cuelgan del techo. Soy una gran fan del dibujo, amo hacerlo, es una de las pocas formas que encuentro para desahogarme. Dame crayones, pinceles, lápiz, papel, pinturas, y soy tan feliz como Winnie Pooh con un tarro de miel.

Según el conteo de las puertas, son ocho habitaciones y dos baños en este piso. Por un instante me pregunto cuál será la del chico amargado, pero alejo ese pensamiento de mi cabeza porque es algo que poco me importa.

Sigo las indicaciones de Susana y me adentro a lo que vendría a ser el baño femenino. Es muy grande, tiene dos lavamanos, tres cubículos y dos duchas, da cierto aire a baño de gimnasio. Entro en una de las duchas.

Tardo unos minutos en asearme porque mi pelo no paraba de soltar tinte negro, e intenté que no me diera un patatús cuando creí que el suelo se había manchado, tuve que pasar mi pie como si fuera una esponja y ayudarme del agua para quitar el tono negruzco que tomaron los azulejos. ¿Con que clase de tinte se me ocurrió teñirme el cabello? ¿Qué era eso? ¿Carbón? Me visto, salgo y limpio parte del vaho que hay sobre el amplio espejo en la zona de lavamanos.

Me es inevitable no hacer una mueca cuando me reflejo. El cabello cae húmedo junto a mi rostro. Mis ojos no se ven tan cansados, tampoco estoy tan pálida. Ahora que traigo el cabello más oscuro, mis ojos avellana resaltan un poco más y el carmín de mis labios se hace más pronunciado. No soy nada del otro mundo, tampoco tengo una belleza exuberante, me considero una adolescente común con un grano un poco grande en la frente—tengo la esperanza de que se largue pronto—, y estoy bastante conforme con la idea de lo que soy.

Me aseguro de tapar bien el ave en mi muñeca y la flecha en forma de ancla en mi antebrazo, ese es el más grande, pero como el ave está situada en un lugar más visible, es el más complicado de ocultar. Regreso a la habitación en busca de Caro. Ella me guía por el pasillo y la amplia escalera de madera que da a la planta baja, puesto que ella alcanzó a ir a la zona de la cocina cuando fue con Lillian a por el sándwich.

La estructura del lugar es bastante antigua. Es como una vieja mansión, pero limpia y bien organizada. Una lámpara de cristales cuelga del techo dándole a todo un plus de elegancia.

Avanzamos hasta quedar frente a la puerta de doble hoja de esta mañana. Estoy nerviosa, no es que me importe caerle mal a alguien. Siempre da miedo ser la nueva y más cuando estás rodeada de personas con una edad similar a la tuya.

—Duele.

Miro la mano de mi hermana, apenada aflojo mi agarre. De tantos nervios ni siquiera mido mi fuerza.

—Lo siento, pequeña. Estoy nerviosa.

Abrimos la puerta de doble hoja, nadie parece hacernos caso. Es mi hermana quien toma la iniciativa de comenzar a caminar. Parezco pollo asustado mirando todo. Es el espacio más amplio de todo el lugar, tiene grandes ventanales, mucha iluminación, paredes con dibujos irregulares. Varios niños corren, otros juegan en sus mesas infantiles o juguetean con la comida.

Caro entra muy campante y la sigo por todo el comedor. El lugar está hecho un desastre, pero he de admitir que la energía alegre es contagiosa.
La pequeña me guía hasta una señora obsesa y afroamericana que está sentada en una de esas pequeñas sillas infantiles. Lo cual me causa mucha gracia ya que el mueble pareciese dar sus últimos suspiros.

—¡Pero bueno! ¡Mira quienes llegaron! —exclama. Caro suelta mi mano y va corriendo a abrazar a la señora que le espera con brazos abiertos—. Pequeñaja, ¿a quién me has traído?

—Es Maia, mi hermana.

La señora me dedica una sonrisa gigante que correspondo con una de boca cerrada. Caro está en sus brazos y eso me incomoda. No quiero parecer posesiva, pero acaba de conocer a esa mujer y no es para que le tenga tanta confianza.

No tengo idea de en qué momento la conoció, pudo haber sido cuando fue con Lillian a por el sándwich.

—Soy Débora —informa la señora. Como no quiero ser maleducada, extiendo mi mano para estrechar la suya a modo de saludo. Un jadeo de sorpresa se me escapa cuando siento mi mejilla y pecho aprisionados en un inesperado abrazo—. Pero tu puedes decirme Debi o algún diminutivo cool y sexy de esos que se ponen ustedes los jóvenes.

Está demás decir... que no entiendo un comino. Su cuerpo me impide el paso de aire por lo que intento separarme en busca de oxígeno, algo imposible porque ella me aprieta mucho más cerca de si.

—No te resistas querida, abraza a la tía Debi —Comienzo a ver borroso debido a la falta de oxígeno, la posición incomoda tampoco ayuda. Me tiene tan aprisionada que no puedo forcejear—. Seguro que allá de donde vienes todas tenían esa cara estirada y mirada del demonio. Pero aquí vas a recibir todo el amor que este chocolate dulzón puede ofrecer.

Intento asentir, pero ni eso puedo. Por lo que me abruma el miedo de morir en manos del primer abrazo que me da alguien que no es ni mi hermana, ni Lucas.

—Débora, la asfixias. —Alguien parece apiadarse de mí, no reconozco la voz. Mi única preocupación en estos momentos es morir en brazos de esta señora que me da tanto amor que me está matando, literalmente.

Afloja el agarre, aprovecho para salir disparada hacia atrás en busca de oxígeno. Tomo profundas bocanadas. Intento aliviar los pinchazos que envían mis pulmones.

—Vaya, lo siento.

La expresión apenada de la señora apacigua toda la sarta de maldiciones que estaban pasando por mi mente. Aunque eso no evita que lance una mirada mordaz.

—Sí, si un poco más y te disculpas en el funeral de la chica. —reprocha una pelinegra asiática que está sentada en la misma mesa, supongo que fue ella quien habló hace unos segundos.

—Soy Claire —sonríe—. Lo siento por lo de Débora.

—Debi. —farfulla la señora.

— Uhm. Lo siento por lo de Debi —rectifica rodando sus ojos—. Ella es un poco... cariñosa excesiva. Parece no darse cuenta de que es un arma mortal rompe huesos.

La miro confundida.

—¡Hey! —La señora gira un poco para poder replicar— Yo no soy... ¡Eliot deja eso!

La mujer se levanta todo lo apresurada que le es posible, no es una exageración decir que casi siento el suspiro de alivio que emite la silla. Pasa por mi lado y curiosa volteo para ver a dónde se dirige.

¿Acaso está loca?

—¡Eliot, ya te dije que eso no se hace!—chilla en dirección al niño que está en el suelo. El pequeño la mira con inocencia, su cabello y ropa están húmedos por el jugo que está vertiendo sobre si. Otra niña un poco mayor hace de regadera mientras exprime el contenido de su jugo sobre la cabellera castaña— ¡Suliet! ¡¿Qué haces?!

Miro entre divertida y asombrada la situación. Alguien abraza mi cintura. Desvío la mirada hacia la mata de cabello rubio adherida a mí.

—¿En dónde nos hemos metido, Caro? —Le pregunto. Aunque supongo que es una interrogante tanto para a ella como para mi misma.

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Twitter: cafecito _1503

Holis ¿Como estás? ¡Espero que bien! Que loca la Debi XD

¿Crees que este será un mejor lugar para las peques? ¿Qué te dice tu corazoncito?

Espero que te haya gustado el capítulo. Presiona la estrellita si fue así.

Como siempre les pido, dejen su corazoncito aquí <3

¡Besos para esas mejillas!

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