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De lo que está hecho el amor



Notas iniciales:

Primero que nada, pedir disculpas si es que este capítulo se siente un poco más corto que el resto. Explicaciones abajo.

Y segundo: Quería informarles que finalmente me convencieron de animarme y participar en los #PremiosKatsudon2017 que son organizados por @pandapoker

Este omegaverse, e historia en general, quizá sea uno de los más aburridos que hay por allí. Pero pensé ¿por qué no? Quizá pueda entretenerles un poco. Estará participando en el "programa lobuno"

Nuevamente, muchas gracias por leer.

Los nombres son cosas maravillosas.

Una palabra que puede encerrar en sí misma un universo.

Quizá era por eso que los padres tomaban tanto de su tiempo para pensar en uno para sus hijos, pensando en las millones de posibilidades, en intrincados significados, en grandes historias y en tradiciones ocultas en las letras.

Victor sabía exactamente lo que significaba su nombre. No era algo complicado, y no era necesario darle demasiadas vueltas.

Victor significaba victoria. Era una petición al futuro y una predicción. Un presagio de buena fortuna.

Su nombre había sido vitoreado por masas alrededor del mundo, había sido gritado con pasión y había sido la causa de que muchos rompieran en llanto. Había sido soltado entre sollozos, murmurado como un secreto. Susurrado a su oído, invitante.

Pero, en ese momento, cuando su nombre había sido murmurado por la contrita de voz de Yuuri. Victor era el sonido más dulce del mundo.

Su pequeña ancla al mundo.

Su pequeño llamado a la salvación.

Hubo un largo silencio en la línea, como si ninguno supiera qué decir después.

Y, nuevamente, Yuuri entonó su nombre.

Como si estuviera recitando algo. Algo muy, muy querido.

—Estoy aquí, Yuuri—Respondió él, dejando que su cuerpo cayera y el celular terminara aún más cerca de su oído.

—Victor...

Victor cerró los ojos, como si de esa manera pudiera sentirse más en conexión con la voz de Yuuri. Como si así pudiera sentirle más cerca.

—Estoy aquí.

Y, en el silencio, dejó que una sonrisa se formara en su rostro.

Estoy aquí.

Yuuri había visualizado un posible encuentro con Victor de muchas maneras.

Su imaginación había volado sin su permiso, tratando de crear un posible escenario donde los pequeños mundos que eran Victor y Yuuri colisionaran nuevamente.

En alguna competencia, durante las clasificatorias. Quizá en el Grand Prix.

Como si empezaran todo de nuevo.

Como si tuviera que aprender nuevamente quién era Victor. Casi como si por el simple hecho de que quería una nueva vida, pudiera eliminar todo lo que ya había pasado.

Pero con Victor siempre había sorpresas.

Y, esta vez, no había grandes escenarios, ni dramáticos ángulos o luces enceguecedoras. Tampoco había un mar de gente, con miles de periodistas deseosos de tomar una vista de alguno ellos, o listos para escribir kilométricos artículos sobre miradas indiscretas o silencios helados.

Sólo una línea solitaria, la oscuridad de su cuarto, y ellos dos.

—Estoy aquí.

Le había respondido Victor, hablando de una manera tan suave y rebosante de cariño, que Yuuri no podía creer que era el mismo hombre que había estado decorando todo foro deportivo habido y por haber con una expresión de miseria hace tan sólo unos días.

Yuuri no pudo evitar que el oxígeno le abandonara. Había mil cosas que hubiera querido decirle.

Dónde.

Cómo.

Qué es lo que estás haciendo.

En qué se supone que estás pensando.

Había tanto que quería saber. Empero, de entre el mar embravecido que era su mente, una idea era la que se alzaba por sobre todas las demás.

—Estás aquí—reafirmó, acunando el teléfono con ambas manos, presionándolo contra su rostro con cariño. Cerrando los ojos y dejando que la primera sonrisa sincera que hubiera tenido ese día se esparciera por su rostro—Creí que te había perdido...

Dijo, dejando que el pequeño rastro de lágrimas que se escapaban sin su permiso corriera de manera libre. Sintiendo que un gigantesco peso había sido quitado de sus hombros.

Yuuri pudo jurar que Victor le respondió, y aún si él ya no tenía palabras para Victor, dejó que el silencio compartido por ambos los arrullara hasta dormir.

Otabek había estado en Rusia antes, pero nunca para algo como esto.

Había visitado el país para competencias, entrenamientos, y alguno que otro espectáculo donde había sido invitado. Visitas que, de alguna manera, habían terminado de marcar diferentes fases en su carrera.

Pero, esta visita se sentía mucho más importante.

No había hablado con Yuri, pero sí con su entrenador. Era un poco extraño hacer las cosas así, más cuando Yuri era su amigo. Pero Otabek estaba acostumbrado a tener un trato cordial con casi toda la gente. Siempre había tenido que luchar por las cosas que quería, y casi siempre sin ayuda. Así que, viendo la pintura completa, hablar con Yakov no era realmente tan aterrador.

El viejo entrenador había sonado complacido, o al menos todo lo complacido que Otabek creía que el hombre podía sonar. Yakov le había dado la dirección de Yuri, la de ese nuevo departamento que él había estado tan ansioso por conseguir, junto con lo que parecía una muy sutil aprobación y algo que no esperaba escuchar.

'El abuelo de Yura está con él'

Aquello había logrado que Otabek detuviera su tren de pensamientos un momento. Yuri siempre hablaba de su abuelo y, aunque no lo dijera en voz alta, su añoranza destilaba claramente por cada una de sus palabras. Si hubiera sido una situación cualquiera, Otabek probablemente hubiera dejado que Nikolai acaparara todo el tiempo de Yura. Empero, esta vez no era así.

'Qué bueno' Había sido lo último que Yakov le hubiera dicho 'Qué bueno que también vayas a verlo'

'Yura necesita un amigo'

Otabek había estado de acuerdo.

El taxi giró en una calle un poco angosta, logrando que regresara a la realidad. Una nevada había golpeado Rusia la noche pasada, nada demasiado fuerte, pero lo suficiente como para que los conductores tomaran precauciones extras para con la tracción de los neumáticos.

—Puede detenerse aquí—Pidió Otabek, antes de que el auto se arrimara a una avenida y él pudiera pagar y dejar la comodidad y el calor del vehículo. Aún había un par de cuadras que lo separaban del hogar de Yuri, pero así era mucho mejor.

Otabek caminó sin prisa, tratando de hallar sentido en el fondo decorado con el blanco de la nieve y en el patrón de los pequeños copos que ya comenzaban a precipitarse delante de él. La luz de las farolas iluminaba todo haciendo que el reflejo de esta en el blanco impoluto del lugar resaltara con más fuerza, era casi como si el mundo entero estuviera intentando dibujarle un camino.

Cuando Otabek llegó finalmente al lugar, se detuvo un momento, sus dedos estirados descansaron sobre la madera de la puerta, como si estuvieran intentando tantear el terreno. Tomó una bocanada de aire, antes de decidirse por tocar.

No pasó mucho antes de que alguien le abriera. Era Nikolai, quien le saludaba con una sonrisa.

Otabek respondió el gesto de manera educada. Él no conocía personalmente a Nikolai, pero recordaba su rostro de las fotos que Yuri siempre le mostraba. Otabek dejó que su mente se preguntara vagamente si Nikolai le conocía a él por las fotos de Yuri también.

—Otabek—le saludó, haciéndose a un lado—Adelante.

—Gracias.

Otabek fue llevado hasta la pequeña sala del departamento, donde Nikolai le pidió que esperara un momento. Otabek había escuchado bastante sobre el nuevo hogar de Yuri, desde chácharas larguísimas y emocionadas hasta quejas de vecinos ruidosos y paredes demasiado delgadas. Pero hasta ese momento le había sido un poco difícil imaginar en qué clase de lugar podría vivir su amigo.

El lugar no era muy grande, aunque eso ayudaba a que el sentimiento de calidez y la sensación de acogida se mantuvieran presentes. Las paredes parecían casi desnudas, aunque en la pequeña mesa que decoraba el centro de la sala había un largo grupo de fotos: paisajes, fotos de su abuelo, una foto de su gata, y algo escondida, estaba, la foto de Hasetsu.

Esa foto siempre le hacía sonreír. Yuri la había conservado con particular cuidado, a pesar de que siempre solía quejarse mucho de esta y de todos los recuerdos que le traía.

Otabek pudo escuchar la voz de Nikolai viniendo desde un pasillo aledaño, diciéndole a Yuri que alguien había venido a buscarlo. Se puso de pie, intentando arreglar un poco su traje y usando una de sus manos para arrastrar cualquier rastro de cansancio que pudiera estar restregado en su rostro.

Cuando Yuri finalmente estuvo frente a él, Otabek no pudo evitar que una sonrisa estirara sus facciones, haciendo que casi quisiera reír ante la clara expresión atónita del otro muchacho.

—Yuri.

Le dijo, a modo de saludo.

He venido por ti.

—Hábleme, señor Nikiforov—El terapeuta tenía una sonrisa tranquila, mientras le miraba sentado frente a él con una de sus manos jugueteando con una pluma casi imperceptiblemente y aferrando una libreta con la otra. Su agradable y conciliadora esencia de beta llenaba el ambiente, intentando crear una atmósfera agradable y segura. Invitante al diálogo—¿Cree que haya algo malo ocurriendo ahora?

Victor creía que ya había pasado demasiado tiempo lejos de casa.

Regresar a Rusia se había sentido casi como una experiencia extra corpórea. La despedida de Chris como el prólogo de algo que aún no entendía, y el tiempo que había durado el vuelo como la cuenta regresiva de una bomba de tiempo.

El personal del aeropuerto le había dedicado un par de miradas que habían durado unos segundos más de lo necesario, quizá intentando reconocerlo. Probablemente más de uno allí lo hubiera hecho, pero ninguno había intentado hacer un escándalo al respecto.

Antes de regresar a su hogar, Victor había pasado a recoger a Makkachin al hogar de Yakov y Lilia. Victor había estado preparado para un efusivo y gigantesco perro listo para saltarle encima y llenarlo de lamidas y pequeños gemiditos de reproche por haberle dejado solo tanto tiempo, pero no había estado listo para la increíblemente extraña expresión de alivio que había puesto Yakov al recibirlo.

Victor creía que tenía mucho que agradecerle.

—Usted no tiene una manada, ¿verdad? —Instó el otro hombre, ante el mutismo que Victor había estado regalándole hasta ese momento.

Eran preguntas muy directas, que buscaban respuestas iguales.

'Tengo a mi perro.'

Es lo que le habría gustado responder antes.

Parecía una respuesta cínica y desinteresada, pero era verdad. Victor podía tener una relación muy estrecha de trabajo con Yakov, pero no era su cachorro. Podía ser muy cercano a sus propios compañeros de rink, pero ellos no eran sus hermanos. Y los lazos de manada que terminaban uniéndolos eran más producto del respeto y la costumbre que de esas fueras invisibles que solían unir a las familias, llevándoles a actuar sin que tuvieran que darle muchas vueltas a un asunto.

Victor no podía negar que era cierto que su caniche había sido su única familia durante mucho tiempo.

—No. No la tengo.

Él no había buscado una luego de la muerte de sus padres. Su propio padre no parecía demasiado cercano con el resto de miembros de su familia, y su madre nunca había tenido la oportunidad de mencionar quienes eran sus padres, o si tenía hermanos o hermanas. Victor creía que sus padres habían intentado construir una desde cero.

Quizá, si hubiera funcionado, Victor hubiera terminado teniendo muchos hermanos, luego sobrinos, y quién sabe qué más.

Era algo que Victor pensaba a veces, cuando era más joven. La idea de ser parte de una gran familia. Aunque, él sólo era una de las ramas desnudas en el gigantesco árbol que su mente se encargaba de construirle a los Nikiforov siempre. Sin nuevas nacientes. Sola, pero siempre rodeada de vida.

—Pero la tenía—contempló el otro hombre, mirándolo con una expresión que no dejaba nada explícito.

Victor asintió lentamente.

Yuuri y él.

Ellos y su pequeño mundo de dos.

—Sí, la tenía.

Dijo lentamente, mientras volvía a asentir, como si fuera bueno que finalmente lo reconociera.

Hablar de ellos en tiempo pasado era extraño. Victor lo había reconocido para sí mismo, lo había sentido, había dejado que la realización se hundiera en lo más profundo de su mente, matándolo un poco por dentro, pero quizá nunca lo había terminado de aceptar.

Había intentado recuperar algo que ni siquiera sabía si se podía recuperar, casi como si se removiera como un demente en un metafórico charco de lodo, hundiéndose más y más en sus desesperados intentos por escapar.

Quizá aceptar que lo suyo y lo de Yuuri había llegado a su fin era el primer paso que debía dar. Detenerse y ver bien a su alrededor. Notar dónde estaba y dejar de patalear, ponerse de pie e intentar arrastrar sus pies fuera. Uno a la vez.

El hombre frente a él parecía feliz.

Victor nunca había ido a un terapeuta, y no sabía si realmente sería de ayuda. Ni siquiera estaba seguro de qué se suponía que debía hablar con alguien así, pero quería intentar.

Quería hacerlo por él mismo.

—Siéntase libre de decir todo lo que quiera—le animó, mientras anotaba un par de cosas en la libreta. Victor aguantó las infantiles ganas que tenía de intentar levantar la vista y espiar qué podía ser lo que había escrito sobre él—¿Cómo es que el tratamiento funciona para usted? —dijo un ejemplo, en una de las cosas que Victor guardaba como más sentidas para él—Las rupturas de lazos no son fáciles. Me alegro de que esté buscando ayuda.

La pérdida de un lazo, Victor notó, no era sólo alterar el funcionamiento normal del cuerpo. Era cambiar tu vida entera, era casi arrancarte una parte de ti mismo. Una parte tan intensamente arraigada a ti, que parecía casi imposible poder vivir sin ella ya.

Victor quería recordar cómo era sentirse vivir completo nuevamente.

—Gracias—Dijo, de manera sincera—Creo que sí hay un par de cosas de las que podría hablar...

E, intentó pensar en qué podía decir. Dándole forma a los diferentes cuestionamientos que lo hubieran estado agobiando desde que todo aquello hubiera empezado.

Y, así, mientras charlaba con el terapeuta, su mente intentaba concentrarse en lo que podría estar esperando por él en casa esa noche. Pues, era posible que recibiera una nueva llamada de Yuuri.

Todo el mundo en la pista parecía haber notado el cambio de Yuuri.

Él podía darse cuenta por las miradas que más de uno le dedicaba cuando creía que no estaba atento. Sin embargo, eran lo suficientemente discretos y considerados como para no decir nada de eso en voz alta. Ninguno le había mencionado el cambio en su actitud, en cómo se desenvolvía, en cómo era que parecía vivir. En todo.

Ni siquiera habían hablado sobre el escándalo de Victor.

Yuuri no sabía si era algo que Celestino les había pedido como un favor a todos los que usaran ese lugar para entrenar, o si era algo que simplemente nadie quería traer a colación.

No importaba. Yuuri no necesitaba pensar en Victor como una imagen para el mundo, o como el último rostro adornando las revistas, mucho menos en Victor; la estrella que dejaba el reflector.

Yuuri sólo quería pensar en Victor como el hombre que estaba al otro lado de la línea en las noches.

Cada día, después de regresar de la pista, Yuuri pasaría las primeras horas en la cocina. Phichit y él habían diseñado un simple horario donde siempre estaban turnándose para cocinar, haciendo su convivencia mucho más agradable y fácil. Ambos comerían en la pequeña mesa de la cocina, haciendo algún comentario amable sobre la sazón del otro o quejándose de que su compañero no tenía la suficiente imaginación como para cocinar algo además de los mismos tres platos todo el mes.

Luego esperarían un momento descansando en la sala, donde hablarían de su día viendo el noticiero.

A veces Yuuri llamaría a sus padres, a veces no. Algunas veces recibiría un mensaje de Yuuko, otras tantas no.

Todo aquel proceso parecía casi como un ritual de preparación para lo que venía luego.

Phichit le sonreiría como despedida, tomando a sus pequeñas mascotas para que se despidieran de Yuuri también, deseándole buena noche.

Yuuri se encerraría en su cuarto, dejándose caer en la cama y tomando su celular con una de sus manos. Observaría el número en la pantalla y esperaría otro poco.

Habría ocasiones donde no sería capaz de marcar, y se pasaría el tiempo sólo contemplando el nombre y la foto de Victor que brillaban casi con una potencia enceguecedora en medio de la oscuridad de su habitación.

Empero, más veces que las que no, Yuuri llamaría; esperando escuchar la voz de Victor.

Y la respuesta que siempre obtendría sería su nombre.

'Yuuri'

Susurrado con una calma y suavidad tal, que Yuuri era capaz de olvidar todo lo que ocurría con el resto del mundo por un momento. Era un tono tan mágico que le hacía recordar cómo se había sentido regresar a casa después de tanto tiempo y volver a sentir el apoyo de la intrincada maraña de conexiones que era su familia.

Como una invisible red de seguridad que había detenido su caída en el momento indicado.

Escuchar a Victor del otro lado de la línea era separarse por un momento de todo. Vivir en un espacio sonde sólo existían sus voces, y donde el tiempo era infinito.

Victor estaba acostumbrado a las ruedas de prensa, a las sesiones de fotos y a las constantes entrevistas rápidas que los reporteros querían hacerle ante de que empezara un evento. Victor era muy familiar con todo lo que implicara tener una vida pública de interés masivo.

Sin embargo, había perdido un poco la noción de cuánto había pasado desde la última vez que hubiera sido invitado en un programa de charlas en la televisión. El ambiente en el camerino siempre parecía demasiado conglomerado, con miles de personas caminando a su alrededor y más de un par de manos listas para hacer arreglos en su rostro.

Cuando una de las maquiladoras, una jovencita alfa que parecía apenas haber cumplido los veinticuatro, terminó; Victor no tuvo tiempo siquiera de agradecerle antes de que alguien ya lo estuviera empujando hacia el set.

Cuando las luces de los reflectores finalmente llegaron a sus ojos, Victor tuvo que detenerse un momento, pestañear un par de veces y evitar que su rostro hiciera una expresión de molestia.

El sonido del equipo preparando las cámaras y de una mujer susurrándole algo al presentador que estaba sentado junto a él se había convertido en algo tan quedo como el zumbido de un insecto, haciendo que Victor pudiera intentar concentrar su atención en las expresiones de las personas que ahora los rodeaban.

Los camarógrafos y tramoyistas tenían sendas expresiones de sorpresa, como si realmente no pudieran creer que lo estaban viendo en persona. El presentador, quien parecía ya haber terminado de recibir las indicaciones finales, pues ahora le dedicaba una mirada penetrante.

Victor no podía reconocer su esencia, aún si trataba de afinar su nariz. Probablemente era porque lo único que podía captar era una cantidad casi ridícula de colonia, emanando un aroma demasiado penetrante y casi meloso. Olía como un falso beta.

Victor sabía que más de una persona hacía eso, tratar de hacer sus esencias más llamativas con perfumes y colonias. Omegas intentando oler más dulce para conquistar a alguien, alfas intentando suavizar sus esencias antes de una entrevista de trabajo, betas de bajo nivel intentando incrementar su atractivo esparciendo un poco del dulzón aroma omega antes de una noche bailando en algún club. Pero era la primera vez que Victor olía a alguien que intentara imitar la esencia de un beta.

Quizá era una manera no verbal de demostrar que el programa y el ambiente en general era un lugar abierto al diálogo, una manera de intentar eliminar cualquier clase de sensación de peligro o amenaza.

Era un gesto muy amable, pensó Victor. Así que cuando el conductor finalmente le regaló una sonrisa que bien podía tener escrito bienvenido en todos los dientes, Victor se encontró más que contento de devolverla.

—Bienvenidos, y buenas noches.

El presentador saludó al tiempo que uno de los camarógrafos le hacía una señal. Dio un par de cordiales saludos de rutina, y repasó brevemente todos los temas que se tocarían esa noche, para finalmente girarse nuevamente hacia él y decir con tono solemne.

—Una entrevista con la estrella mundial de patinaje Victor Nikiforov.

Victor sabía que había un millón de cosas que querían preguntarle, mil temas de los que podrían hablar y un millón de preguntas que él podría responder. Empero, ese no era el momento para cosas así. En ese punto, que Victor diera declaraciones, parecía únicamente una cortesía. Todas las personas importantes ya habían tenido larguísimas charlas con él, todo el papeleo y los trámites ya habían sido hechos y oficializados, y casi todas las disculpas ya habían sido ofrecidas.

Aquello no era más que una simple formalidad.

—Ya no más.

Dijo Victor, adornando su rostro con una sonrisa y regalándole su mejor expresión de portada a las cámaras.

El presentador no dudó en colocar una cara de pena, mientras soltaba un pequeño quejido de decepción.

Victor sólo le dedicó una mirada comprensiva.

—Ahora vine a hablar de mi carrera—Dijo, decidiendo que tenía que tomar el control de la entrevista si quería que todo terminara funcionando—Siento que la gente que me ha seguido durante todos estos años se merece una explicación.

La mejor explicación que Victor pudiera darles.

—Ha habido muchos rumores dando vueltas—dijo el presentador, como si de pronto hubiera recordado algo importante, mientras revisaba un grupo de hojas que había terminado abandonada en una parte del escritorio—desde el incidente del mundial...

—Oh, sí—interrumpió Victor. Decidiendo que, si hablarían de aquel campo minado de emociones, al menos él debía ser quien llevara la batuta—Es algo que- estoy solucionando.

Victor no había vuelto a poner un pie sobre la pista, y tampoco había vuelto a pisar el rink. Pero sí había ido a casa de Yakov, había visto a Mila y también había hablado con Georgi. Aunque no con Yuri.

—Pero el día de hoy vine aquí a decir otra cosa—Victor unió sus manos sobre la mesa, entrelazando sus dedos, en una clara posición que no iba a aceptar negativas o golpes en contra—Miles de teorías han salido, especulando sobre qué es lo que haré ahora. Tratar de desmentir todas o dar demasiadas explicaciones no sirve. Realmente tampoco creo que sea necesario—Tomó un respiro—Así que decidió que la mejor solución era simplemente ser honesto.

Victor pudo sentir cómo la vista de todos parecía fija sobre su persona. No únicamente la del presentador y la de los trabajadores del lugar, sino también los miles de pares de ojos que podían verlo a través de la cámara. Perforando, como cuchillas.

Por un pequeño momento se preguntó si Yuuri lo estaría viendo en ese momento en alguno de los servicios de streaming que parecían abundar por toda la red, si lo vería luego como una nota de medio minuto en algún noticiero o si lo leería como un titular en alguna red social.

Quizá Yuuri ni siquiera quisiera verlo, pues la siguiente declaración Yuuri ya la sabía.

—Y la única verdad es, que ya he terminado—declaró, sonriendo aún más ampliamente—La anterior fue mi última temporada.

—Esa entrevista salió bien.

Victor se acomodó mejor en el sofá, mientras maniobraba el teléfono y acomodaba mejor a Makkachin, quien claramente se sentía algo abandonado después de tanto tiempo separados. Chris sonaba contento desde el otro lado del teléfono. Mucho más de lo que había parecido antes.

Victor asintió, aún si él no podría verle. Su repentina llamada lo había tomado un poco desprevenido. Ya que, aunque estaba seguro de que la noticia estaría esparcida casi mundialmente para ese momento, creía que tardaría un poco más en crear eco.

Aunque Chris siempre había sido bastante hábil para saber exactamente qué era lo que Victor estaba haciendo con su vida.

—Lo sé—admitió, incapaz de poder quejarse realmente por el curso que habían tomado las cosas.

Chris le respondió algo que no terminó de escuchar bien, el sonido de su voz estaba siendo opacado por el sonido de muchas cosas pesadas moviéndose en el fondo.

—¿Todo bien?

Preguntó, elevando una ceja y acariciando a Makkachin tras la oreja.

—Sí, sí—respondió Chris, en el mismo momento que el sonido de algo siendo arrastrado resonó como eco de fondo—Sólo que Francis está haciendo un montón de cambios aquí.

Una risa ahogada le llegó a Victor, haciendo que él imitara el sonido.

— El bebé debe ser del tamaño de un chícharo ahora, pero él cree que ya necesita un cuarto.

Se quejó Chris. Victor se mantuvo silente un momento, antes de suspirar en el auricular.

—Es un poco más grande que eso—susurró, fijando su mirada en ningún punto en particular.

— ¿Victor?

—Tienes casi el mismo tiempo que tenía Yuuri cuando nos enteramos—Respondió, dejando que su mano abandonara su lugar junto a Makkachin—El bebé era más grande que un chícharo.

Tan sólo un poquito más grande, pensó Victor, mientras fingía imitar la pequeña manchita que recordaba haber visto con sus dedos. El pequeño espacio entre su índice y el pulgar parecía completamente diminuto. Empero, para Victor, era casi como un mundo.

—Victor...

Él aún tenía las ecografías guardadas en un cajón en su escritorio. Ecografías, pruebas, exámenes de sangre, incluso frascos con medicina que Yuuri no había llegado a tomar. Todas estas guardadas muy separadas de todo lo demás, descansando sin ser molestadas. Guardadas junto a sus anillos.

Una pequeña cápsula de tiempo con sus recuerdos. Todo lo que él y Yuuri habían sido y, todo lo que hubieran podido ser.

—Debes cuidarlo mucho, Chris.

Dijo, antes de que una sonrisa se le escapara, rasgando las comisuras de sus labios. Dejando que la nostalgia se expandiera por él, y recibiéndola con amarga aceptación.

Victor había intentado recuperar a Yuuri aferrándose a lo único que creía que le quedaba. Intentando hacer lo único que había estado a su alcance. Pero, al final, Yuuri había regresado a él por voluntad propia.

Quizá lo que ellos tenían ya no eran sólo ruinas y escombros. Quizá, podían intentar buscar entre los remanentes que quedaban después del desastre y crear algo nuevo.

—Claro.

Victor no podía verle, pero sabía que Chris también estaba sonriendo.

—Y, sabes—le comentó, acomodándose nuevamente—He estado pensando... en qué haré ahora.

— ¿Además de ofrecerte como coreógrafo?

Él asintió, dejando que su mirada viajara lenta y sinuosa, deteniéndose en el viejo tocadiscos que aún adornaba su hogar. Recordando las tardes donde la música era su única compañera, recordando sus fútiles intentos de cachorro por intentar tocar el piano, intentando quitar el polvo a los libros llenos de conocimiento en los estantes de su memoria.

—Sí...

—Eso salió bien.

La voz de Yuuri era sincera, aunque probablemente Victor podría detectar el ligero tono de inseguridad que cubría sus palabras.

Y no era que Yuuri no creyera en lo que decía. En la escalada de éxito y desastre, la entrevista de Victor había tenido casi todas las de terminar en el fondo de la escala. Yuuri creía que, con suerte, el hecho simplemente estuviera flotando en un número medio entre el escándalo y algo más.

Yuuri tenía casi como regla personal el no mencionar nada que estuviera relacionado con la carrera de Victor mientras sostenían sus conversaciones nocturnas. Estaba interesado, después de todo, únicamente en saber que ocurría con Victor.

Pero era algo que no podía seguir aplazando o ignorando. El hielo y todo lo relacionado a este había jugado un papel titánico en la vida de Victor hasta ese momento. No era algo que desapareciera de un momento a otro.

Mentiría si dijera que esa decisión no terminaba de sentarle mal. Era casi como perder una parte de su vida, una manera demasiado repentina y violenta de cerrar una etapa.

Pero él no podía forzar a Victor a nada. No podía realmente opinar sobre el curso que Victor le quisiera dar a esta.

Era mucho con que le permitiera saber a través de su propia boca, era una manera especial de ser un espectador.

—Gracias—Le dijo Victor, sonando cansado, pero contento.

Como si estuviera en paz.

Yuuri sonrió, Victor ahogó un suspiro.

Sabía que era un tema complicado, y si Victor quería dejar la línea de conversación zanjada allí, Yuuri no se lo podría reprochar. Siendo sincero, muchas veces creía que ni siquiera sería necesario que Victor tuviera que hablarle de algo durante las noches para que se sintiera mejor.

Si pudiera, le bastaría sólo con escuchar su respiración todo el tiempo. Saber que estaba allí.

—Puedo imaginar que cosas dirán de mí ahora.

Aunque el tono de Victor era casi juguetón, como si intentara iniciar una broma, Yuuri sintió que algo picaba con fuerza contra su estómago.

Yuuri era familiar con las redes sociales. Con los malos comentarios que estas podían traer, al menos.

No eran una vista que quisiera para los ojos de Victor.

—No lo hagas—Pidió. No era necesario que Victor los leyera, los buscara, o que incluso los imaginara. Sólo eran palabras vacías. —No tienes que preocuparte por lo que diga el resto del mundo.

Porque Victor ya no les debía nada.

—Sólo concéntrate en mí.

Una pequeña risa abandonó la línea, y Yuuri no pudo evitar sentir un ligero sonrojo adornar su rostro. Recordando con algo de vergüenza la nostalgia que le traía esa línea.

—Siempre.

Respondió Victor, haciendo que el calor en su rostro sólo se coloreara más y su corazón diera un vuelco en su pecho.

—A-ahora—intentó aclarar su voz—Cuéntame cómo estuvo tu día.

Los dedos de Victor viajaron por sobre las teclas. Presionando con maestría y delicadeza, dejando escapar una y luego dos notas.

Repitiendo la secuencia una vez tras otra. Tocando escalas como cuando era un niño y tenía que practicar para recordar que nota era cual.

Mi-Fa-Sol-La-Si-Do'.

Cambiando sólo cuando sintiera que sus dedos finalmente podían correr con libertad, intentando esta vez con una sucesión y logrando un acorde.

Do-Mi-Sol-Do'.

Victor podría reírse allí mismo. Los arpegios nunca habían parecido tan divertidos.

Si tenía que ser honesto consigo mismo, debería admitir que le hubiera gustado comprar un piano de cola. Como esos gigantescos y brillantes pianos pulidos que veía a veces en la televisión cuando era un niño, pero hasta él sabía que era bastante imposible que lograra meter semejante instrumento a un apartamento así de fácil. Un teclado electrónico era lo más cercano que había podido conseguir en tan poco tiempo, suficiente para que empezara a desempolvar lo que había tratado de aprender alguna vez siendo cachorro.

Así era como casi se había vuelto un ritual que durante las noches Makkachin buscara el calor de su amo, acurrucándose a un lado de sus pies mientras Victor intentaba recordar cómo era tocar a base de escalas y arpegios.

Aquel teclado ya tenía dos semanas en la casa de Victor cuando su terapeuta se enteró de que lo había comprado.

—¿Hay algo de lo que quiera hablar, Señor Nikiforov?

Le había preguntado, pues de seguro Victor tenía una expresión diferente en el rostro aquel día. Sus sesiones normalmente pasaban entre recapitulaciones de los estados de ánimo de Victor, su día a día y si había ocurrido algo que lo alterara. Si había extrañado algo particularmente o si había sentido la necesidad de hacer algo fuera de lo común.

Victor nunca parecía realmente dado a responder las preguntas, pero lo hacía de todas maneras.

—No realmente—había dicho Victor en un inicio—Pero creo que me siento un poco más cómodo aquí ahora.

Su interlocutor parpadeó un momento, e hizo un movimiento con la cabeza; como si le invitara a elaborar.

Victor se atrevió a sonreír un poco más, sin mostrar los dientes.

—Es como si estuviera encontrando un nuevo orden a todo.

Aquello hizo que el hombre le regalara una nueva sonrisa.

Victor a veces creía que eso era lo único que tenía para él.

Rio con un tono que destilaba sólo un poco de amargura.

—Lamento sí parece que sólo lo use como si necesitara afirmar qué es lo que estoy haciendo.

—Oh—Bufó su terapeuta, negando con una de sus manos, siendo la primera vez que Victor le viera hacer una expresión además de sus continuas sonrisas—No piense así, Señor Nikiforov. Está bien—afirmó con seguridad, antes de tomar nuevamente su libreta con una seguridad que a Victor le daba confianza, pues le recordaba mucho a cómo él lucía antes—Todos queremos un poco de validación a veces.

Victor sabía que era verdad, hasta cierto punto. Empero, eso no evitó que soltara la risa más larga que hubiera tenido frente a alguna persona en mucho tiempo.

—Lo siento—Se apresuró a disculparse, cubriendo su boca y negando con la cabeza un par de veces, mientras intentaba calmar su respiración—-Es que eso suena como algo que yo le hubiera dicho a Yuuri.

La mente de Victor viajó al piano en ese momento, donde sus dedos tocaban notas seguidas, formando algo que sonaba como una melodía.

—Su ex esposo.

Sostuvo el hombre.

Aquello no sonaba bien. Yuuri era mucho más que su ex esposo. Y, aquella palabra, nunca sería suficiente para describirlo.

Sin embargo, Victor se encontró asintiendo.

—Sí—le dijo—Yuuri.

El terapeuta pareció dudoso un segundo. O quizá, sólo era la imaginación de Victor, que parecía siempre dispararse cuando el nombre de Yuuri entraba en la ecuación.

— ¿Está bien si hablamos de él también? —Era una pregunta, aunque parecía que había una orden escondida entre esas palabras.

—Claro.

Afirmó Victor. Él siempre estaba gustoso de hablar de lo que amaba.

Yuuri y Phichit comenzaron con sus estiramientos como lo hacían todas las mañanas. Ya habían pasado tres meses. Tres meses de entrenamiento continuo, de visitas al médico llenas de consejos y cambios de dosis para ayudarle a controlar sus hormonas nuevamente, y tres meses de larguísimas llamadas por teléfono.

—Haz mejorado mucho, Yuuri.

Le dijo Phichit, mientras él abría la pequeña portezuela del rink y el aire frío del hielo les daba directamente contra las piernas.

—¿Uh?

Preguntó él, girando ligeramente el rostro y enarcando una ceja en clara señal de confusión. Phichit pareció encontrar su reacción particularmente divertida, pues su sonrisa llegaba hasta sus ojos y era difícil de ignorar.

—Quiero decir—Empezó, escabulléndose por un lado de Yuuri y entrando al hielo antes que él, dando un par de deslizamientos a un lado y tomando un poco de distancia—Una cosa es verte en la pista. Pero verte practicar también es todo un espectáculo. Me alegro de poder volver a verlo.

Yuuri sintió que sus mejillas se coloreaban de un rojo incandescente.

—No soy tan bueno.

Yuuri aún sentía que su cuerpo estaba recuperándose de todo el tiempo que había estado fuera de la pista y de todo el estrés al que había estado sometido. Volver al hielo era reconfortante, pero había ocasiones en las cuales Yuuri aún podía sentir que algo no terminaba de encajar totalmente. Y, en momento así, era cuando agradecía que Celestino le dejara quedarse horas extras hasta que sintiera que su preocupación podía quedarse un poco más como un recordatorio en alguna parte de su mente y no como un fantasma que lo terminaría atormentando en su día a día.

—No es sólo eso.

Aseguró Phichit, acercándose hacia le borde de la pista nuevamente y estirando una de sus manos, como si estuviera ofreciéndole ayuda a Yuuri para entrar. Yuuri no era un principiante, y había perdido la cuenta de hacía cuántos años atrás había dejado de necesitar ayuda para entrar a la pista. Pero eso no evitó que aceptara la mano de su amigo, tomándola y dejando que él los deslizara hacia el centro del rink.

— ¿Entonces? —cuestionó mientras aún les sentía avanzar por el hielo. La sonrisa de Phichit no se había mermado en lo más mínimo.

—Es algo que está en todo tu rostro, Yuuri—Le informó, sonando bastante críptico, aunque probablemente esa no fuera su intención.

Yuuri no pudo evitar sonreír, ya que ni siquiera podía culparlo de decir cosas extrañas. Él creía saber a qué se estaba refiriendo.

Sus tristezas espontaneas ya no eran tan comunes, y aunque parecían estar presentes siempre, esperándolo como una sombra lista para abalanzársele encima; Yuuri ahora creía que podía ver la luz del día siguiente filtrándose por entre los pequeños hoyos que de sus inexistentes cuerpos.

Quizá no era algo que cualquiera hubiera notado de manera inmediata, o incluso algo que muchos hubieran considerado importante. Pero para Yuuri, era casi como ver todo con una nueva luz.

Era quizá, darle un nuevo sentido al mundo que era suyo ahora.

—Y—preguntó Phichit de nueva cuenta, soltando sus manos finalmente y alejándose un poco, listo para comenzar las vueltas de calentamiento—¿Ya tienes un tema para esta temporada?

Yuuri le vio un momento, con sus movimientos gráciles y tomando impulso. No tardó en unírsele, antes de que Celestino comenzara a guiarlos por los regímenes que había preparado para cada uno de ellos.

Un cosquilleo muy familiar se expandió por la base de su estómago, y una casi tímida sonrisa intentó escapar por sus labios. Yuuri la detuvo, mordiéndoselos.

—Creo que sí.

El teléfono de Victor sonó de nueva cuenta, ya no era una sorpresa que el rostro de Yakov fuera el que lo saludara cada vez que eso pasaba. Si Victor intentaba hacer cálculos mentales, había recibido más llamadas de ese hombre en esos últimos meses que en la última década.

Tanta preocupación hacía que Victor sintiera algo que le provocaba querer reír como un niño pequeño. Muchos dirían que era encantador, Yakov probablemente sólo terminaría bufando y rodando los ojos.

Pero, si él debía ser sincero, sólo había una manera de describir aquel comportamiento. Era un gesto lindo.

Victor no le hizo esperar para contestar.

—Hola, Yakov—Saludó, mientras caminaba desde la cocina hacia la sala—Estoy bien—respondió casi de manera automática. Ya que esa siempre solía ser la primera pregunta que le soltara a Victor cuando tuvieran que hablar.

Yakov murmuró un par de cosas que sonaron muy parecidas a 'Chiquillo sabelotodo' que casi lograron que Victor se riera sin pena allí mismo. No lo hizo, Yakov probablemente le habría cortado si lo hubiera hecho.

—Espero que te estés alimentando como una persona, Vitya.

Victor fingió una expresión de incredulidad, con la mejor expresión teatral que tenía, aún si Yakov no podía verle.

—Claro que estoy comiendo apropiadamente—refunfuñó con un falso retintín—He estado aprendiendo a hacer más recetas caceras—admitió con un pequeño deje de orgullo destilando de sus palabras—No es tan difícil como lo ponen, ¡En serio!

Terminó coronando con una risa limpia y clara, antes de dejarse caer en el sofá más amplio del salón. Junto a este su portátil estaba encendida, Makkachin dormía plácidamente en el suelo; ajeno al ruido que pudiera hacer el mundo.

—Si tú lo dices...

Victor era capaz de reconocer el tono incrédulo de Yakov a mil kilómetros a distancia. Una parte suya habría querido poder ver su rostro en persona, sólo para deleitarse con la manera tan graciosa que tenía su ceño de fruncirse cuando parecía estar particularmente dubitativo de cualquier cosa que saliera de la boca de Victor.

Tuvo que evitar rodar los ojos con gracia mientras se acomodaba mejor en el mueble, girando su cuerpo para observar de mejor manera la pantalla de la computadora y darle una leída rápida a todos los titulares que parecían decorar las páginas deportivas. Si sus cálculos no eran errados, en un mes y unas cuantas semanas sería la clasificatoria del torneo de Chigoku, Shikoku y Kyushu, donde Yuuri haría su primera participación.

El evento donde Victor había hecho su primera aparición como un entrenador real.

Era hasta casi gracioso.

— ¿Y has pensado ya en alguna de tus propuestas? —Preguntó entonces Yakov, cambiando un poco su tono por uno más sobrio y serio.

Victor siguió repasando las noticias.

—No he preparado una coreografía para nadie aún—admitió—Pero hay varios interesados—Victor, y posiblemente Yakov aún más, había estado algo preocupado ante la posibilidad de que la gente estuviera reticente a trabajar con él luego del último escándalo en el que había estado involucrado. A nadie le gustaba un alfa descontrolado y violento, aún si era alguien como Victor—He visto a un par de Juniors que realmente lucen prometedores—Victor agradecía que las cosas no hubieran sido así.

Eran sólo programas para exhibiciones, intrincadas y divertidas coreografías que Victor solía pensar mientras pasaba su tiempo con las teclas y las notas.

El mundo no estaba listo para él como entrenador de tiempo completo aún. Y, la verdad era, que Victor tampoco lo estaba.

—Eso está bien—le animó Yakov, sonando genuinamente aliviado—¿Y cómo van las cosas con tu proyecto?

Victor parpadeó. Pues era la primera vez que Yakov preguntaba seriamente y no simplemente para regañarlo.

—Mi proyecto—Repitió Victor—Ese también está bien—Confesó antes de reír. No estaba mintiendo. Pero había cosas que aún no quería revelar—Me estoy esforzando.

Yakov se mantuvo en silencio por un par de segundos.

—Vitya—le llamó—¿Estás bien?

Finalizó.

Esa pregunta solía ser un rompe hielo. Una formalidad de inicio de conversación. Nunca un tópico real.

Victor se preguntó: ¿Realmente estaba bien?

No estaba seguro. Empero, creía que ya estaba llegando allí.

—Lo estaré.

Y esta vez, parecía verdad.

Yakov y él intercambiaron una escueta despedida, y antes de que terminara de cortar la llamada, la página de su computadora ya se había actualizado.

Ni siquiera había sido necesario que buscara el nombre de Yuuri para que apareciera. Pues, entre la actualizaciones, grande y justo en el medio, allí estaba.

Los kanji de su cartel que se podían ver en la fotografía estaban escritos con una pulcra caligrafía, y el profundo negro de la tinta contrastaba de manera muy elegante con el pulcro blanco del fondo del cartel.

Victor sólo tuvo que dar una rápida mirada al artículo para saber exactamente cuál era el nuevo tema de Yuuri.

Era hermoso.

Casi tanto como el amor.

Las cámaras soltaban sus luces una tras otra, casi como una ráfaga apabullante. Sin sus gafas, era un poco difícil de ver más allá del inclemente brillo, pero Yuuri no estaba nervioso.

La última vez que había estado parado allí, su estómago había sido una maraña infinita de nudos, sus palmas habían estado sudorosas y su mente tan perdida en el mar de sus pensamientos que casi no había escuchado al presentador pedirle que expusiera su tema de la temporada.

Ahora, Yuuri estaba seguro. De una manera casi increíble. Pero lo estaba.

A su diestra, el periodista Moroka parecía más que contento. Aquel hombre siempre había sido más efusivo de lo que uno esperaría de un beta. Como si de verdad estuviera feliz por todo lo que ocurriera en la vida de Yuuri.

Era un poco triste, pensar cómo era que otros; tanto Moroka, Phichit, Victor, parecían más involucrados en su propia existencia que él. Como si el resto del mundo pudiera encontrar su simple persona como algo excitante y emocionante, pero Yuuri sólo pudiera ver un patético color sepia que se perdía en un mar de otros como él.

Pero ya no más.

Yuuri había decidido que tomaría las riendas de su vida.

—Su tema, competidor Katsuki.

Dijo Moroka, mirándole y haciendo un además con la mano, señalando hacia adelante.

Yuuri dio un par de pasos hacia adelante, antes de girar su cartel.

—El mañana.

El futuro y todo lo que este podía traerle ese último año. Todo lo que podía tomar aún de su carrera y de su vida.

Todo lo que podría construir después de esta.

Todo lo que aún le esperaba, y todo lo que estaba allí para que él intentara tomarlo.

Yuuri había decidido tomar las riendas de su vida.

Así que sólo quedaba vivir, e ir hacia el mañana.

Notas finales: ¿Se notó un poco el cambio en el enfoque de la historia? Espero que no moleste mucho. Hasta hace poco era el mundo, Victor y Yuuri. Ahora, parte de esta historia sólo debe ser de ellos.

El capítulo que sigue es uno paralelo a este. Que, espero, salga un poco mejor que el actual.

Nota extra: Estuve batallando varias horas intentando subir esto. Mi país está sufriendo de muchísimas lluvias entre otras cosas y no ayuda con la conexión a internet. Así que entre esto y enviar mi trabajo de investigación al doctor a tiempo siento que me volveré loca. El día de mañana (Hoy, bueno) tengo una pequeña actividad para recaudar víveres y donaciones, justamente por ese problema. Después, somos encargados de una campaña de donación de sangre. ¿Escuchan eso? Soy yo, gritando.

Deséenme suerte, y que Massiel no se muera de sueño en media campaña.

Nota número 2: En mi perfil de mensajes dejé un pequeño resumen de un posible futuro proyecto, por si a alguien le interesaría saber sobré qué podría tratar.

Siguiente: Mi amigo

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