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—Cómo; algo tan hermoso y divino puede ser tan... ¡tan infinitamente cruel y complicado! ¡¿Cómo, cómo, CÓMO?!
Y aquellos "cómo" junto a todos sus "porqués", quizás por carecer de experiencia o porque tal vez no se atrevía a contestarlos con la verdad; Javier Bloise los silenció antes de que se asomaran por la grieta que le cortaba los labios.
Su boca de diecisiete, embellecida de prohibiciones, contrariando a la naturaleza de su lengua sensata; a diario mataba al amor callando. Engullir gritos no medicados en Bloise se volvió cual palpitar lo es para un condenado a la silla eléctrica; un hábito desgastante con el que no sólo se maltrataba el palacio de su garganta: cada que jalaba del gatillo para asesinar palabras, hasta la punta de sus dedos pulsaba quejándose porque callar, a pesar de ser el más serial de los crímenes mundanos, a él no le eximió de sensibilidad. Ni su imaginario se libraba de duelo: tenía los ojos demasiado abiertos y despiertos para ver que con lo efímero nunca podría hacerse y con la realidad, su realidad, chocaba con lo horrible de la fe ciega.
«No ver el reloj ni el calendario. No veas el reloj ni el calendario ¡No mires el maldito reloj ni el puto calendario!» se decía al descubrirse en el espacio terrestre, acompañado de la presencia inequívoca de los artefactos medidores del tiempo. Cachivaches que no tenían otra función que no fuese la de confirmar que se evaporaba pues él; una víctima más de lo que había sentenciado irrepetible para la de los ojos lavados en negro y la del sol opaco, también expiraba como Colegial: uno que vivía contando días restantes exigiéndose un esfuerzo sobrehumano que le quebraba más allá de las vértebras en su espalda.
—¿Cómo me permití el acabar así? —se reclamaba arrepentido; enfrascado en el querer sin poder de su propia inmensidad, un sujeto: —Yo, por vos... —volvió a herirse conjugando dos afectos parecidos, ambos, dantescamente distintos —¡Ay Marcelo! ¿cómo, amigo? ¿Cómo salvarte y salvarme? ¿Cómo, si la verdad afuera o dentro de mi garganta, causa mal? ¿Cómo sigo? ¿Cómo ocupo un espacio que no me corresponde llenar? —y retorciendo su cuello con las manos, Bloise deseó poseer una llave que le durmiera el motor hasta que la flor de su abril se cerrase.
Sus venas latieron además de sangre fresca; humanidad, recordando así que el pecado no estaba en su cuerpo ni tampoco en lo corto de sus estaciones, recapacitó: «No. No es culpa de la adolescencia» y tras expeler tan amarga y realista resolución, dejó que sus manos cayeran.
La derecha se estancó en su pecho, en la otra su puño se cerró con fuerza.
—Vos, —se dirigió ésta vez entre susurros al pequeño humano, fruto nacido de las uniones consideradas como normales, que estaba bajo su guardia —Angelito sin mancha; a vos si te harán caso. Hazle un favor a este árbol torcido que soy yo. —se llamó a sí como juró no tildarse jamás, pues Bloise era realista y estaba consciente de que, aún si se hubiese enamorado según lo legal, el amor al igual que el dolor, no distinguiría a su favor. Fue por eso que después de suspirar, rectificó su petición y la volvió querella. —Adiel: ¡pide la línea directa con Dios y dile que digo yo que para qué inventó el amor si antes de saber que tal cosa existía yo era feliz respirando!
Y el infante que a duras penas digería que ya no podía residir en la calidez del vientre que le dio protección, respondió manifestando incomodidad e hinchó los pulmones para encumbrar las cuerdas vocales. Bloise, todavía enervado y con el ánimo bastante inquieto, le tomó en brazos con la intención de aliviarle, pero la desesperación del chiquito siguió adelante.
El pum-pum de ese corazón que su oído primitivo ya estaba acostumbrado a escuchar alegre, no transmitía paz.
—No bebito, no botes lagrimitas por un loco —pidió arrullándole —Por mí no llores, sobrinito y si te soy sincero; uno no debería de darle el gusto a nadie. Por esa razón, un consejo: no te enredes con tus mismos pasos. No hagas lo que yo y ahórrate este mal trago; jamás de los jamases caigas por tu mejor amigo: menos lo hagas si el susodicho te es idéntico en cuerpo pero no de mente ni de corazón ¡Ah, pero qué arrevesado! Te pido lo que ni yo puedo lograr —se derrotó porque sabía que Adiel Corcio, primogénito de la hija mayor de los Bloise Harquim, durante cualquier etapa de su vida acabaría errando en el amor porque, eso de querer y ser correspondido en alguna de tantas; era similar a ganar la lotería.
Estadísticamente posible pero, improbable de pronosticar el con quién y el cuando.
—Ay sobrinito, sé que debería estar estimulando tu intelecto y no ensuciándote con mis tonteras, pero aquí te va otra: ¿crees que algún día podré encontrar la otra mitad de mi naranja, hacer y beber jugo de un mismo vaso sin tener que borrar la huella de mis labios porque con quien lo comparto; es alguien que siente y quiere exacto como a mí me pasa? —preguntó desconsolado al recién nacido que inevitablemente mojaba sus pestañas y Bloise, incapaz de hacer de niñero así como de sostenerse por sus propios medios, aceptó que no daba para una más. —¿Sabes? Mejor ya no digo nada porque yo sólo sé hacerte llorar, ya lo dijo Amalia: estoy bastante descompuesto y un descompuesto no sirve para darte lo que necesitas. Hasta Rosalía, que no siente ni un pelín de agrado por vos, despeñaría mejor este trabajo porque ¿cómo contagiarte un poquito de seguridad si tiemblo? ¡Tiemblo Adielito, tiemblo sólo de pensar que por lo de hoy; Adler no querrá volver a verme jamás! —dijo camuflando su quebranto para que el niño no se precipitara, mas no había vuelta de hoja. El primer capítulo de "tío llorando a la par de su sobrino" se tupía de renglones tristes adobados de sal. En la historia; escena tras escena era imposible identificar quién de los personajes se hallaba más vulnerable. Si el niño que, empático, entrelazaba su ignorancia con el sentir de su familiar o si el afectado directo que con cada lágrima, perfeccionaba su destreza para desfragmentarse.
«¿Qué es lo que me pasa?» se cuestionó Bloise cuando en medio de su calvario un sonido que escapó al entendimiento de su oído, provocó que la melodía en su corazón se saliera del pentagrama. Embobado de vértigo, comenzó a transpirar helado y cual enfermo; sus entrañas a tirones pelearon unas con otras y un miedo irracional al segundo que seguía después del otro, emprendió alza y en él, hasta donde el recuerdo le indicó, no funcionaba así el desahogarse. «Cálmate que esto no es algo que no hayamos vivido antes. Inhala. Exhala. Inhala. Exhala...», pero aquella crisis de ansiedad y angustia pura, no se detenía con mantras. Estando realmente asustado, el adolescente depositó al niño en su moisés para auxiliarse con la famosa, pero indeseable, "chupeta solo en caso de extrema urgencia". Pensaba que si el bebe cesaba, él podría mermar su inquietud, mas no por el llanto de Adiel es que tenía los vellos de punta: era el timbre de su casa lo que le encendía desesperación y con cada ring-ring, de pies a cabeza, Javier Bloise se desbarataba.
Sin entender que el desmadre en su cuerpo eran alarmas; advertencias de que la realidad llamaba a su puerta, continuó pidiéndose: «Inhala. Exhala. Inhala. Exhala...» pero su corazón, rebelado, bailaba suelto entre sus costillares. Escalofríos le recorrían de nervio a huesos y desposeído del control en sus piernas, a Bloise los pasos comenzaron a pesarle. La vista se le atiborró de nubosidades y acabó por desconocer la verdadera distancia entre el recibidor y la puerta. Para poder cumplir con el trayecto, el tiempo, estancado según su percepción; volvió los segundos interminables horas. A Bloise le pareció que transcurrió un día porque cuando por fin consiguió asomar el ojo por la mirilla, el lunes lluvioso de octubre había perdido su tizne y en lugar de bruma: tras de la puerta de su casa divisó un puñado de colores que parecía flotar.
—Globos ¿bajo una rayería? —se preguntó dudando por lo que talló de nuevo sus párpados hasta aclararlos. —Hnm. Ya entiendo. ¡Bravo, qué bonito es querer y que te correspondan! —dijo alabando, irónico, con las palmas al distinguir que a la mano de una persona le nacían flores.
Deslizándose contra la pared cual gota de agua en caída libre por el vaho de un cristal empañado, Bloise se contaminó de celos. Jurando que por él nadie daba un peso; creyó que las ingratas e infames florescencias iban dirigidas hacia alguna de las novias de la casa. Los que hacían de pareja de sus hermanas no escatimaban para agradarles aunque, eso de enviar a un delivery bajo la tormenta no era tierno si no, excesivo y pretencioso. Por su crianza, el muchacho obvió su malestar ya que así como le enseñaron, terceros no tenían culpa de su molote de sus emociones: quien estuviese de pie frente a la puerta, no merecía mojarse demás por lo que se apresuró para recibir el supuesto encargo y así liberarse de compromisos morales, pero a Bloise su cuerpo siguió jugándole chueco. Queriendo correr los seguros, encontró que tenía la coordinación terriblemente atarantada: siendo los cerrojos de siempre, esos que desobedeció una y mil veces, no logró habilitar las cerraduras hasta después de varios intentos y, como si aquellas trancas fuesen disparadores del espacio y tiempo, cuando la ventisca pidió pasar; los segundos volvieron a fluir como él conocía que funcionaban pero, había una discrepancia de su realidad.
Javier Bloise sonrió con una lágrima saludando por su mejilla.
«Engáñame. Engáñame. Engáñame» musitaba a medida que sorbía el aroma que especiaba al viento.
«Ilusión: me gustas» continuó insistiendo incrédulo como buen apostata porque, acostumbrado a maquinar sus propias fantasías, Bloise no se convenció ni cuando la mano que se vestía con agua atropelló su piel.
Resultaba errático darle crédito al fondo de la locura, mas la locura no poseía ese tono masculino que le despertaba felicidad en medio del sufrimiento.
—¡No sé cómo pedir perdón! —explicó Marcelo Adler tiritando —¡Pero eso y mucho más es lo que te debo! ¡Perdón, perdón por pensar en mí cuando sólo tenía que buscar lo compartido para saber que te hacía daño! ¡Perdón por exponerte a lo que temes, perdón porque después de tanto, sigo sin conocerte!
—Me... me... mm-me —tartamudeaba Bloise cuando aceptó como parte de la materia al Marcelo frente a él. —Todavía... ¿me guardas aprecio? ¿De verdad me guardas aprecio cuando fui yo quién te dejó botado? ¿Estás... estás aquí para mí?
—Quería devolverte lo que te quité. —certificó entregándole a Bloise lo que éste creyó que pertenecía a las mujeres de su familia —Quiero volver a verte reír. Quiero verte feliz.
—Esto... ¿es mío? ¿Son mías?
—Para decir lo siento, —y con la mirada puesta en los ojos de su amigo, Marcelo comenzó a quitarse un complejo: —Te he traído flores... ¡pero no te preocupes: entiendo si te incomodan y está bien si decides regalarlas a otra persona! ¡Pierde cuidado que tus manos no quedarán vacías porque mira: también te traje malta, semillas de marañón para tostar y, y... logré comprar aquel juego de video que solíamos jugar hace años! ¿Si te acuerdas, Javi? Dime que sí te acuerdas. Por favor, dime que no lo olvidaste.
Marcelo, exhalando sincero arrepentimiento, hablaba sonrojado.
Siempre pintaba sus mejillas cuando hacía lo correcto y ésta vez lo correcto era comparecer con humildad ante su amigo y por eso buscó ayuda, incluso, donde nunca creyó solicitarla: en la singularidad de Lindo que mezcló realidad y ficción para explicar porqué Bloise rehuía de la sangre.
—Hasta en el relato griego, uno es el igual del otro. Hades es tu hermano, Zeus y vos: vos lo condenaste a las tinieblas.
—¡No me agarres de base porque lo que te digo es serio, Lindo y a pesar de que voy requete mal en Historia, te juro que no es un viaje por los siglos lo que me urge!
—¿Y qué es lo que te urge, oh Dios que nos mira desde un falso cielo?
—¿Dios, yo? ¡Ya quisiera serlo, Lindo, porque si lo fuera y de tener poder más allá de lo humano: lo invertiría en suspender el tiempo para así no perder a mi amigo porque él se me va y me niego, me niego rotundamente a que sea mañana si Bloise no está!
—Adler: no se pierde lo que se destierra.
—¿Desterrar?, ¿pero y de cuál destierro me estás hablando?
—De ese cuando exiliaste a tu amigo, sobre eso es de lo que hablo.
—¡¿Y cómo lo voy a exiliar si lo que quiero es recuperarlo para que esté a mi lado?!
—Estaba a tu lado cuando se despeñó. Lo empujaste a...
—¡Si, si, si eso ya lo sé porque me lo hicieron ver y me odio, me odio hasta el cansancio por no haberme percatado antes! ¿Cómo puede ser que el de la cara estática sí sepa que mi mejor amigo le teme a la sangre y no yo? —explicó colérico al recordar la propiedad con la que Otis Maier le habló sobre el temor de Bloise.
—No es a cualquier sangre a la que Bloise teme y el de la cara estática lo sabe porque se tomó la tarea, lo sabe a pie de letra porque a él le duele Bloise y a Bloise, le dueles vos y este su pesar aunque puede escapar de tu imaginación, no lo hará en tu comprensión. Si lo quieres, ve por él y quédate para siempre. Regrésalo, abrázalo olvidándote del resto. —le animó el muchacho sonriendo con tranquilidad.
—¡Ay, Lindo, lo que me dices suena precioso, pero no le veo patas ni cola, ¿no ves que de por sí estoy todo enredado?! ¡Por favor, ayúdame sin usar códigos raros!
Jeremías Lindo suspiró. Taciturno trató de explicarse una vez más:
—Si sabes que Bloise siempre está para nosotros, ¿verdad?
—Es imposible negarlo.
—Y también habrás notado que, de alguna u otra manera, él no pierde oportunidad para hacernos reír y Bloise nos hace reír porque él es feliz y él es feliz porque no es gris ni de un color fijo. Bloise es de todos los colores pero, para tener color hay que tener luz y hoy su luz quiso apagársele.
—¡¿Pero y cómo le regreso su luz o el color?!
—Devuélvele lo que le quitaste.
—¡¿Y cómo si no sé exactamente qué es?!
—Empieza por reconocer lo que se rompió, después siente a ojos cerrados: para Bloise abre tu mente y aunque sea, una válvula de tu corazón.
Y tras esa respuesta que de buenas a primeras sonaba incongruente, Marcelo Adler se vio obligado a visitar su lugar menos favorito del Colegio: la Biblioteca. De ahí salió con olor a incienso, con dos que tres reprimendas de Míster O además de una serie de frívolas miradas desafiantes de parte del Señorito Vice Presidente que le puso traba tras traba antes de cederle lo que solicitaba: un libro sobre Historia griega, material con el que Adler entendió una parte de lo que Lindo hablaba. Lo de "cerrar los ojos, abrir la mente y un cachito de corazón"; tenía de escarbarlo porque ni uniendo los mejores títulos disponibles sobre Anatomía y Psicología juvenil, logró comprenderlo. Ofuscado y sabiendo que algo invaluable se le iba de las manos, Adler no esperó más y se fugó de la clase restante. Su propósito contrastaba de principio a fin de sus decisiones consideradas habituales pues; no se iba para deleitarse con los encantos de uno de sus tantos amoríos fugaces. Se iba porque quería, aunque no supiera cómo, devolverle luz, color y alegría a Javier Bloise.
Atiborrado y sumamente confundido, como simple humano que ansía no irse de bruces contra el precipicio, para poder continuar necesitó de una breve parada. Buscó refugio en la confiabilidad de su propio espacio pero, cuando abrió la puerta de su habitación: una avalancha de memorias le cayó encima para asfixiarlo. Ahí en su cuarto, recuerdo tras otro el muchacho convaleció por causa de sus mismas acciones; la verdad junto a sus omisiones, hizo presencia y así como Nina Cassiani le había preguntado: "¿qué fue lo que te pasó?", su conciencia lo confrontó y no lo soltó hasta hacerle entender qué hacía mal con su amigo y también para sí mismo cuando, atemporal, dañó su físico y su mente. Marcelo, viéndose convertido en hombrecito fermentado en el tonel del sexo, entendió que él jamás podría recuperarse y eso; el saberse transitando una vida apresurada, lo llevó al llanto.
Lloró censurándose la boca porque él, al igual que Gail, detestaba saberse en la debilidad de las lágrimas y por eso, entre sollozos prefería perder la tráquea antes que gritar como su desconsuelo lo demandaba. El despertar tardío de su juicio terminó mancillándolo a beneficio, pero todo en él dolía demasiado y un ardor en su piel fue insoportable. Como si sudara ácido, desesperado se sacudió de pies y cabeza, pero la quemazón no desapareció ni disminuía por lo que clavó sus uñas en la carne tratando de limpiarse. Algo que ya había hecho antes y de lo que conservaba sendas marcas. —¡Ojalá pudiera hacer igual con mis males! —bramó pensándose sucio e indigno porque sobre las paredes de su cuarto: retratos de, alguna vez niños ahora niños de traje adulterado, inocentes se difuminaban.
Esa era la luz que, en los dos, él apagaba.
—No puedo nacer de nuevo, pero por vos: yo me detengo. Sé bien cuál es mi enfermedad —dijo cuando alcanzó un poco de sosiego que, equivocado y a la vez certero, demostró que por la realización de someras fantasías sexuales, había descuidado lo verdaderamente importante: a una persona por la cual estaba dispuesto a entregar el alma si el diablo le pidiese un canje, pero en esta ocasión algo más cruel que el demonio demandaba pago y por eso, bajo la lluvia y armado sólo con una cápsula de vacío en su pecho más su bicicleta, Adler salió a cazar lo inalcanzable.
Tiempo.
Tiempo, glorioso tiempo era que debía, porque quería, compensar y no pausar. Tiempo maldito que no conocía de misericordia porque, con cada tic-tac; niños infectados de hombres, se consolidaban para no volver a surgir más.
Adler sabía que tenía que correr aunque le faltase la fuerza por lo que, vestido de miedo pero empuñando el corazón, se dispuso a seguir el consejo de Lindo: sentir con los ojos cerrados y por eso, cuando se le presentó un antojo voraz por recorrer calles del ayer perdidas entre el smog y la neblina de su memoria, no lo pensó y se dejó llevar; abrazado a otra oleada de reminiscencias por fin comenzó a aclarar su ceguera. En la ruta que él y Javier fraguaron entre la niñez y la adolescencia, recordó que su contraparte siempre se detenía frente a un amplísimo escaparate. En aquel entonces y durante años, Marcelo no comprendió la fascinación de Javier por lo que se resguardaba tras dichos cristales, hoy no sólo se maravilló: irrumpió en el lugar y pidió una de cada una convencido de que entre tantas, alguna debía significar "perdón, amigo, perdón".
—Si me acuerdo, Marcie —contestó Bloise en el presente, sonriendo para no llorar —No olvido ese día que supimos de mi odio hacia cerveza, la investigación fue clara y nos dijo que lo mío es morir ahogado en malta ¡¿Cómo olvidar que nos sentimos la ley del universo cuando descubrimos de dónde provenían las semillas de marañón y...?! —ahí paró la euforia del recuerdo. Lo que seguía, a Bloise le causaba serio escozor. —También recuerdo, como si fuese ayer, cuando echamos a perder nuestro juego de video legendario. Fue un día negro; peleamos, peleamos porque esa tarde en la vida real y en la virtual: te me adelantaste y desde entonces llevamos... llevamos dos años, veinticuatro meses diciendo: "repongámoslo, vamos a comprarlo" pero no es el disco lo que jodimos. Desde ese día hay algo que nos impide ir a un mismo ritmo. A veces soy yo quien te marca los pasos, a veces; vos. —explicó a medias su concepto de "nos estamos alejando".
Él porque una tarde de hace dos años; se entendió enamorado y Adler por tropezarse, desde hace también dos años, con su piel y el deseo.
—Quisiera hacerme con mil formas para compensarte. —le contestó.
—¡¿Pero y qué más podría pedirte si hasta fuiste en contra de tus preceptos al contribuir con el negocio que deja a las abejas sin su alimento?!
—Y hablando de eso: en mi lista de deudas suma que nunca te pregunté la razón por la cuál te rezagabas en ese aparador, bastante tarde pero creo que lo he comprendido. Es porque te gustan las flores, ¿verdad?
«Tanto o más de cómo me gustas vos» debía responder Bloise y sin embargo, se limitó a sacudir la cabeza con demasiada emoción para luego esconder la cara en el ramo.
—Pues que bueno, ya no temo darte el resto. Cierra los ojos y promete no ser muy duro si vas a burlarte. —dijo el muchacho al poner sobre la cabeza del otro cientos de blancas corolas enlazadas. —Un título para mi amigo, una corona para mi hermano; mi igual. Bloise, Hades, como sea que quieras que te llame: yo no pretendo ser tu Dios. Mi lugar está a tu lado, perdóname por adelantarme. Perdóname por habernos ensuciado.
«Señor, dame fuerzas» suplicó Bloise que no se había enamorado del idilio físico que representaba su amigo, eso lo sabía bien desde muchísimo antes de que le obsequiara flores. Descubrió que había caído por lo que hacía de Marcelo Adler una persona. La bravura de su ser, sus preceptos para con los animales y la naturaleza mejor enfocados que el norte de una brújula, sus bromas sagaces, sus ocurrencias sin pies ni cabeza; lo torpe y descuidado de su forma de querer era el conjunto que de él amaba. Su sinceridad lo rendía y resucitaba.
—¿Bloise?
—Dime.
—No pierdo ni una raya de masculinidad si admito que te va el estar entre botoncillos y hojitas ¿verdad? Por que las flores te sientan bien ¡carajo, sí que te ves guapo!
—¡VOS: TODAVÍA MÁS! —gritó Javier Bloise emocionado por el cumplido que le soltó y enrolló la lengua por igual. —Ah, que tonto. Redundo en lo obvio, si todas las chicas...
—No quiero hablar ni pensar en mujeres. —le cortó decidido y a secas.
—¿Y eso? ¿Quién te trató mal?
—No, no, nadie me ha hecho más mal que yo mismo, Bloise, creo... creo que el haber gastado mis sábanas antes de lo debido me ha... —pero Marcelo no logró completar su dilucidación porque miró a su amigo de pies a cabeza, recayendo, como ya lo había hecho desde que éste le abrió la puerta, en que Bloise tenía pleno derecho de adolecer a su manera. —¡Ah, pero y yo que digo! Javi, por favor escúchame.
—¿Si?
—Vos, eres un mundo aparte.
—¿A que me equivoqué otra vez de planeta?
—¡Estás donde te necesitamos! —le aseguró rechazando la sola idea de que Bloise no existiera ahí con él en la Tierra. —¡Estás donde yo te necesito!
—No sigas Adler, que luego me creo el muy-muy y que salgo flotando por mi ego inflamado —bromeó para no desmayarse —Por cierto: ¿no te conté que hoy, antes del almuerzo, el Profe Elba me...? ¡Ey, pero pasa ya, hombre, que te va a dar lo que le dio a Nina si sigues aquí afuera mojándote!
Marcelo a pesar de que moría de frío, vaciló. Volvió la vista hacia el primer escalón de la vivienda de su amigo y preguntó: —¿De verdad-verdad puedo pasar?
—Mi casa es tu casa y así será hasta que partamos al otro barrio ¡aunque quién dice que no podemos venir a jugar al poltergeists de cuando en cuando! —aseguró Bloise tomando de la mano a su amigo para animarlo a pasar.
—¿Seguro que no interrumpo nada de nada? —y como el otro puso cara de no entender, Adler le llamó la atención chasqueando los dedos —¡Despabila!
—¡Ah, ya sabía que esto era pura mentira! ¡Lo que me pasa por drogarme con desodorante ambiental, estúpido alucín de...!
—No Bloise, no estás dormido ni soñando. Lo que digo sobre interrumpir va porque andas en ropa interior, tarado.
—Sé que ando en chones, pero el poder ancestral del taparrabo no me da sabiduría para entender tu punto. Explícame ¿si? —pidió Bloise poniendo cara de buzo perdido en el espacio sideral.
—A ver, Javi: hace un frío de perros ¿verdad?
—Ajá y por eso mero te digo que te metas de una vez. Necesito cerrar la puerta ¡que me está calando fuerte el chiflón!
—¡Ay, mijo, con usted no se puede ¿o es que me lo dejaron bien jugado?! —exclamó frotándose las sienes, —Es que si paso a tu casa, salgo sobrando.
—¡Pero si entre los dos lo único que sobra son las ganas que le tengo a lo que me trajiste de comer!
—¿Y qué harás con "la otra visita"? —dijo haciendo la señal de comillas con sus manos.
—Adler, yo sé que amas a los animales, pero los zancudos: fuchi... ¡Perdóname pero discúlpame que a esos bichos no podemos contarlos como visita! ¡Dan dengue, malaria y...!
—¡Serás bruto, no te estoy hablando de los zancudos! ¡Me refiero a la chica que te tiene en pelotas! ¿Por qué otra razón andarías a pelo cuando hace un puto frío de mierda, sino es porque tienes visitas de esas que le dan a uno calorcito en la cama?
—Aquí, en mi plaza y donde sea: estoy solo. No tengo pareja —confesó Javier cuando entendió que su falta de ropa, bajo esa condición climática, se prestaba para interpretar calenturas desenfrenadas. Por dicha razón, aclaró: —Sigo soltero. Tan soltero como el creativo dueño de un puesto de jalapeños bajo el sol de Querétaro, tanto así que la única compañía que tengo es la de mi sobrinito y es culpa de la que lo parió, o sea, la loca de mi hermana que yo ande en calzones. —contó la razón del porqué había atendido a la puerta en paños menores —Es Leticia, la mami de Adiel la que nos obliga a mantener ésta temperatura con el calefactor porque según un "libro" que jamás debió ser escrito, esto le dará seguridad a su hijo para encarar al mundo exterior, mientras yo estoy obligado a volverme charco con semejante calor ¡Estoy peor que Miss Aldana con su menopausia y hasta me siento solidario, juro llevar la fiesta el paz, pobrecita la doña!
—¿Así que es de padres cultos el hacer sudar a lo marrana al tío Bloisi?
—¡Imagínate! ¡No cuadra, ¿no?! Porque a nosotros no nos criaron con esas tarugadas y en mi caso: aquí estoy; medio loco, medio cuerdo ¡pero todavía me manejo!
Marcelo Adler soltó una carcajada, desechó del todo sus conjeturas y sin esperar más, aparcó su bicicleta para aceptar la invitación de Javier Bloise.
—Ahora si: bienvenido seas, es un gustazo tenerte en casa ¡pero debiste esperar a que dejara de llover! ¡Estará verde jódemelavista sacar ese lodo a la cadena y ojalá todo acabase con esponja y detergente: estás que escurres y no sé si te haga bien mojarte la herida!
—No te preocupes por eso. Meza me envolvió con un plástico de esos de cocina y mira, bueno no, mejor no mires pero de ahí estoy sequito.
—El problema está en que no se puede decir lo mismo de lo que resta de tu cuerpo ¡Parece que te bañaste de aquí a tres mil reencarnaciones! Pero vos tranquilo y yo nervioso, ahorita te paso un juego de ropa ¿seguimos siendo de la misma talla?
—Si y respecto a eso: ¿tu mamá te sigue comprando "por si las dudas" en algodón? Es que me he vuelto muy sensible de esos lares —preguntó y contó el invitado refiriéndose a que las progenitoras de ambos compartían la costumbre de comprarles ropa interior extra por si acontecía alguna eventualidad que requiriese del uso de dichas prendas en estado inmaculado.
—Cada que puede. Hay como mil campos de algodón cosechados en mi gaveta y hasta tengo... —se cortó Bloise al percatarse lo que hacía su amigo mientras hablaba. —P-ppor... ¿pero y por qué te estás desnudando? —preguntó pálido y a la vez acalorado porque al volver la vista: Adler se desprendía de las telas que le tapaban el cuerpo.
—Ya lo dijiste: toda mi ropa está peor que recién sacada de la lavadora y pues, que me enfermo idéntico a Nina: no, gracias. Aquellos tubos más ese tanque con líquido sanguinolento ¡puaj! Todavía tengo pesadillas...
—¡Pero al menos espérate a llegar al baño que te pueden ver!
—¡¿No que sólo estás con tu sobrinito?! —quiso confirmar Adler y de inmediato se llevó las manos a su entre pierna desnuda. —¡Ay no, no me digas que aquí está Rosalía!
—No, la fogosa de mi hermana no está. Anda con Pablo y Amalia intentando que a Leti se le baje el demonio del estrés post-parto.
—¡Uf! ¡De la que me salvé! —exclamó el muchacho relajándose y poniendo los brazos tras el cuello, volvió a dejar su miembro al descubierto.
—Puedes... — y el "dejar de torturarme", Bloise se lo guardó para si.
—Por vos todo lo puedo, Javi, así que dime qué se te ofrece.
—No, no es que si "puedes": Adler a la regadera y es una orden. Sácate la lluvia; consejo patrocinado por la mamá de Fahrenheit. Iré por lo que me pediste y también por una bata afelpada antes de que te de la quiebra huesos ¡Y ya, sáquese pa'l baño, ushale!
—¿Bata afelpada? ¡Pero para qué quiero eso si estoy que me sancocho con el efecto invernadero que es la calefacción de tu casa, ya perdí dos que tres kilos y no llevo ni diez minutos aquí dentro! ¡Esta mierda es peor que un sauna: de vestirme sería para quedar esqueleto y mejor deja así, andaré en bóxer para hacerte barra! —decidió el muchacho atravesando la sala con total despreocupación, exponiendo así la espalda a su amigo.
—Esto... no es otra cosa que obra de tus manos —dijo Bloise con total seriedad. La ilusión por colindar con el cuerpo de Adler a escasos centímetros, en él se desvaneció por completo. Tan molesto como dolido , poniendo sus dedos sobre las medias lunas que había cerca de los omoplatos de Marcelo, recorrió uno a uno los arañazos. Ya antes había presenciado ese grado de maltrato, pero en esta ocasión, Bloise no alimentó al silencio: —¡Semejante pendejo: de tener alas te las habrías arrancado! ¿Qué no entiendes que cada vez que te lastimas...? ¿Por qué putas crees que te deje allá en los casilleros y salí corriendo? ¡No puedo verte herido, tu sangre, Marcie, tu...!
—No fue por la sangre que te fuiste, —contestó Marcelo y volviéndose hacia su amigo, no le importó la falta de ropa; quiso sentir y expresarse derrumbándose en sus brazos —Me dejaste porque tienes miedo de perderme y ese mismo miedo: yo también lo padezco. Tengo pavor de perderte, Javi y por eso, las alas que me quité, no interesan.
—Me enseñaste que las aves, sin sus alas y su libertad: entristecen hasta unirse con la muerte y no sé si en realidad quiero saber cuales son tus planes, pero lo que vayas o dejes de hacer, por favor medítalo bien. Cada que te dejas una cicatriz es porque algo en vos va a cambiar y yo, así como eres... ¡Yo no quiero estar si no estás, Marcie y si es de ir al otro lado de la galaxia, quiero acompañarte, prometo no rezagarme!
—¿Para qué el universo, Javi, si ni sé caminar? Además, las alas que realmente me importan no puedo ni quiero arrancármelas; mis alas son nuestra amistad y contrario a irme, lo que pretendo demostrarte, pasando cada segundo que pueda aquí con vos, es que te quiero y para eso: no tienes que prometerme nada. Sólo permíteme recuperar lo que nos estuve arrebatando, déjame estar así como estamos: uno al lado del otro, hermano.
«¿Cómo; algo tan majestuoso puede ser tan malditamente incierto? ¡¿Cómo, cómo, CÓMO?!» volvió Javier Bloise a cuestionarse.
Tan feliz como triste; sentenciado a vivir, quizás, a perpetuidad en las cariñosas rejas de la amistad: siendo prisionero a voluntad de su cuerpo y también del de Macerlo Adler, Bloise fue abatido por la misma absurdo de hace un rato. «¿Será éste es mi destino por querer a un él y no a una ella?» y recayendo en lo ilógico, elevó la mirada al cielo desesperado por un buen augurio de lo místico cuando a poquísimos kilómetros terrenales, se exponía un claro ejemplo de que, si de amor y querer se trataba, el golpe junto a su caída no discriminaba pues otra pareja, una no extraordinaria y cuasi tradicional, padecía también de severa inseguridad.
Él, sin poder dar un paso más allá del umbral de aquella habitación desabrida, sorteaba sin barco las olas de un océano infestado de duda y ella, recluyéndose en el infinito, antes que herir prefirió calzarse una sonrisa lluviosa; saludar y despedirse ignorando la necesidad que reinaba en su paladar, pero el silencio, sabio, por sanidad conocía hasta dónde no callar:
—¿Cuánto crees que nos dure esto, amor?
—¿Qué cosa? —se atrevió a responder Darío Elba, severamente desarmado por el trasfondo de esas seis palabras, el preludio de otras tantas: la noche de ese lunes de octubre, abrazándose a su querer, se alistó para aprender a amar a la incertidumbre de lo que había o no en la sangre que habitaba el cuerpo y alma de Nina Cassiani.
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