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87.

—87—


—¿Soy mala hija por no recordar la primera vez que te vi, papá? —preguntó un tanto temerosa de encarar sin prejuicios a su memoria.

Repasando lo que fue su infancia; aceptaba que de niña actuó por coerción para satisfacer a Bianca pero, a medida que se estiraba: mucho de lo cometido hacia Leonel fue a complacencia propia. Su voluntad ejecutora obedecía gustosa a la cabeza que le descansaba sobre los hombros.

Por eso, ahora, en su mirada desteñida de negro; habitaba un severo remordimiento.

Con los ojos todavía humedecidos, Gail inspeccionó cada centímetro de su padre y de inmediato estremeció. Reconociendo que él si estuvo aun cuando no parecía estarlo; su papá se asemejaba a las nobles tablas que forman parte de la estructura de su cama. Trozos fundamentales de madera que se omiten aunque soporten el peso de majestuosos árboles extintos, metales caprichosos de entramado casi divino y por supuesto: el cuerpo orgulloso de una hija ingrata.

Una que había herido y dejado un sin número de marcas en la fibra y espíritu de ese hombre que, en vez de darle ojo por ojo, la amaba con cada uno de sus pálpitos.

—El malo sería yo si no recordase la fuerza con la que cerraste tus puños para saludar al mundo —y sonriéndole al recuerdo de verla nacer, tomó aquel par de manos delicadas y las guardó entre las suyas para llevarlas adonde tenía el corazón.

Torpe y hasta descuido, cada gotita de cariño que Leonel lograba depositar en sus hijos nunca fue con el afán de lucrarse. Tampoco actuaba por cumplir con el deber que implica la paternidad porque ese sentimiento que se le desprendió cuando les escuchó el primer llanto, tan natural como el respirar, mucho menos provenía de fábrica. Por tal razón nunca consiguió predestinar cuando usarlo: lo vivía a sabiendas de que podría llegar a errar.

«Sería una muerte bendita» se dijo para después darle a Gail la muestra más pura de amor que las palabras le permitían expresar: —De mí puedes hacer lo que quieras, hija. Mientras tus actos te procuren bien, yo no tendré queja.

—Lo correcto sería que me reprendieras por causarte daño —protestó ella reconociendo su grado de peligrosidad y sintiéndose cual granada que deshace huesos y carne, reflexionó: «No dejes que yo sea un monstruo al que, por ser tu consanguíneo, no puedas aleccionar» Gail creía que quizás palabras firmes o vedas de algún tipo la alejarían para siempre de ese rumbo nocivo que ya había saboreado.

Por eso, acudiendo la cabeza, suplicó —¡No quiero ser como ella, papá. No me dejes ser como ella!

La densidad de aquel sentimiento, sofocante hasta para quien se considerase de extrema fortaleza, a Leonel le preocupó demasiado. Gail se refería a Bianca con un sustantivo que pululaba ira, rencor y desencanto. Algo no bueno para los hijos, la madre ni para él como ser humano. Oprimido y sin poder ignorar lo que podría llegar a suceder, prefirió esperar porque su instinto básico de papá ya comenzaba a despertarse y no desperdiciaría la oportunidad que se le había presentado para "jalarle las orejas" a su hija por una cuestión que consideró de extrema importancia.

—Hay razón en tus palabras y concuerdo con la mayoría de ellas —certificó con la expresión facial que le otorgaba ser el adulto entre los dos. —Sin embargo, antes de proceder con ese tema debo hacerte un grave llamado de atención por esto.

Y del bolso que traía consigo, el mismo que le sirvió para transportar al burrito de manta Sabanero, sacó una especie de caja que parecía a prueba de balas pero ésta, en vez de almacenar municiones: contenía una gran cantidad de insulina.

—Tengo que saber qué te pasa.

«Pasa que me enamoré» y con la piel del rostro y cuello ardiéndole, después de admitir para sí lo que le sucedía, lo que le sobraba del cuerpo; Gail lo sintió expuesto. Quiso enmascarar ese rubor que supo acumulado en sus mejillas y ansiaba con desespero ocultarse de sus propios sentimientos, pero su padre no la complació ni le dio tregua. Volvió a tomarla entre sus manos sin forcejeo y al poco rato, ella abandonó todo intento de resistencia. No hubo improperios ni ofensas por parte de su boca, únicamente un suspiro ronco se le escapó de la garganta y minutos después, esquivando los ojos afilados de Leonel, confesó: 

—Eso... eso no es mío.

—¿Hay una razón válida para que tengas semejante dotación de tal medicamento o es que esto no es lo que aparenta y es algún tipo de droga camuflada?

—¡Papá, ¿cómo se te ocurre?! —le cortó. —Sí, sí es insulina y es... es que, eso, eso lo tengo porque... es de una amiga.

—¿La hija de Kostya es diabética?

—No, no es de Romee. Le pertenece a otra de mis amistades.

—¡¿Tienes más amigos?! —gritó él realmente asombrado.

Por la emoción que destilaba, tan genuina y sin una pizca de malicia, Leonel no necesitó disculparse por lo que podría ser un grosería y ofensa para la inhabilidad social de su hija al no tener más amigos que los gemelos Grigorieva.

—Bueno, al menos pretendo su amistad. —y otro suspiro de distintiva naturaleza se manifestó desde lo más profundo de sus entrañas.

Así perdió fuerza el tono de voz en Gail al pensar en la única y verdadera propietaria de aquel kit de insulina. Había más de una y mil razones válidas para mantener tal sustancia a la mano. Tan accesible como restringido, igual que todo lo que sentía por Moira.

—Por algún lado se empieza —repuso Leonel con cautela intuyendo hacia dónde y de qué forma se inclinaba su hija respecto a la susodicha amiga. Sabía que ella no se tomaría tantas molestias si tal persona no representase algo de gran valor para lo que quería en su vida.

—¿Y qué pasa si no sabes ni por dónde empezar? —quiso saber, delatando entre dientes que sus pretensiones rozaban ya la causa perdida.

—Pues lo intentas una vez, otra más y las que sean necesarias para arrancar porque: "you may have to fight a battle more than once to win it" [1], Margaret...

—Thatcher — completó Gail el nombre de esa grandiosa mujer a la que ambos admiraban por su tenacidad.

Ella, apaciguada volvió a sonreír. Leonel hacía tanto con muy poco que dejó de verlo como a un salvavidas improvisado; lo miró como a su amigo y sintió más que curiosidad por saber lo que sería de ellos —¿Como nosotros?

—Sí, justo así construiremos un nosotros, nosotros. ¿Te gusta cómo suena? —apretujándose a su pecho Gail asintió y Leonel, sobrado de motivación no flaqueó en avanzar —Llámame acelerado y alcahueta por querer hacer uso de mi potestad para sacarte de aquí a mitad de horas clase, pero: ¡vámonos y hagamos algo de todo lo que nos debemos! Anda, regálame un sí.

Gail, antes de responder, volvió a suspirar y experimentó un breve retorcijón en las costillas. Una lucha entre "el quiero, debo pero no puedo" se apoderó de sus pensamientos.

—Pedí demasiado, ¿verdad? —dio por un hecho al no tener respuesta inmediata.

—Tengo más que claro mis ganas de querer irme con vos. Me caería bien respirar otros aires a tu lado, pero: no puedo. Tengo responsabilidades allá arriba —dijo, demostrando cualidad de liderazgo innato —Estamos armando lo del Festival de la Colecta y nos falta coordinar casi todo, ¿hago mal en elegir cumplir con terceros por sobre vos? Pido tu consejo de padre y también tu criterio de hombre ocupado. Te valoraré como lo que eres, una unidad.

—No hay nada de malo en ser responsable siempre y cuando no nos dejemos estrujar ni someter por la obligación. Dime: ¿disfrutarás volver con tus compañeros y terminar lo que están planeando?

—Si —respondió decidida. Lo que sería su último Festival como Bachiller del Colegio Jesuita le despertaba muchísimas expectativas. —Quiero acabar esto como lo hacen los grandes.

—Pues entonces: a por ello. Ya habrá tiempo para nuestro nosotros.

—Como cuando me enseñes a tocar tu Steinway, por citar un ejemplo.

—¡Esa sí es una verdadera sorpresa, créeme que nunca pensé que tenías interés por el piano!

—Es que era uno de mis secretos más oscuros y, ahora que lo sabes: promete que vas a enseñarme, pero ¡te advierto que soy medio lerda con eso de la notación musical! Tendrás que tenerme mucha paciencia y no desistir al ver la miseria de mis habilidades. Y ya que hablamos sobre ese tema: promete que para y por mí tocarás otras piezas cuando estés en casa. Dejas un olor a tristeza cada vez que te sientas frente al piano y creo que de eso, ya hemos tenido más de lo necesario.

Leonel soltó una carcajada con la cual ocultó su motivo real para interpretar melodías deprimentes. Devorado por la soledad, había asimilado que su casa estaba habitada por la frialdad de los muebles y de ninguna otra cosa más. Eran las octavas del piano lo que le ayudaba a purgarse, por eso su repertorio no incluía nada que destellara alegría, mas ahora tenía motivos para rebozar felicidad.

—Te prometo atiborrar el ambiente del salón de música con salsa y cumbiones si que son de tu agrado.

—¡No, hombre, tampoco te pases! —pidió Gail entre risas y empujándolo con el hombro.

Hablando de todo y nada, el tiempo fluyó con gracia. La amenidad se apoderó de ambos y hubo gestos sencillos repletos de mil significados, también había miradas de seriedad donde los dos parecían buscar lo que se guardaban para el otro. Trazaban líneas guías de sus mapas y cada tesoro que descubrieron por el camino, se les grabó para la posteridad. Gail halló empatía y miles de formas de "te amo" rezagados. Leonel, por su parte, vio a su hija transitar de la adolescencia a la madurez sin forzarse, también logró apreciar a los arrebatos de su mocedad aplacándose para el bienestar de ella y por consecuencia, el de aquellos que la rodeaban.

De un momento a otro, padre e hija se contemplaron como si estuvieran frente al espejo e igual que Otis usaba su cuerpo para reflejar el de Nina; Leonel encontró en ellos el paso de un mal en común, mas no compartían un padecimiento si no los estragos causados por una misma persona.

«Los humanos no somos una enfermedad», caviló y esa manera supo que le había llegado la hora: para ese día le quedaba un argumento más por exponer.
Armado de nada más que valor, el hombre tragó grueso y trató de espantarse el temblor que quería apoderarse de su quijada.

—Tu mamá no es un monstruo —dijo a secas y muy seguro a pesar de que arriesgaba todo lo que había ganado.

Gail se apartó para no lastimar a Leonel porque en toda ella palpó una especie de púas listas para hacerlo sangrar y sabiendo muy bien a quién pertenecía ese legado tortuoso, se sintió tan peste como la muerte. Clavó los ojos a la pared y agradeció que ésta fuese un objeto inanimado que no pudiese experimentar el dolor que le profería con la mirada; rezongando, un palabrerío inteligible se le coló entre dientes para dejar ir un poco de rabia.
Al cabo de un rato, aunque la furia hacia Bianca le bullía peor que volcanes remodelando la faz de la Tierra; se dispuso a escuchar para tratar de entender las palabras de su papá.

—Y entonces, ya que diferimos, ¿cómo la defines?

—Como lo que es: una persona que se equivoca, una que todavía no ha conseguido enmendar ni reconocer sus errores y sí, recae en lo mismo una y otra vez pero eso no la deshumaniza ni la vuelve escoria. No te pido misericordia para ella por cuestiones de respeto a su figura materna y tampoco lo hago por hondear los principios del feminismo que con tanto ahínco proteges, pero: los monstruos de verdad carecen de género, Gail y te juro que Bianca, aunque lo pareciera, no es ni más ni menos de lo que somos nosotros dos.

—No sé cómo, después de todo lo que nos ha hecho, logras verle su constitución humana. Lo siento, pero no lo entiendo.

—No puedes porque es tu resentimiento el que habla —contestó sin lugar a dudas —Sí, nuestra historia como pareja empezó con un gigantesco paso equivocado y yo no soy ni seré un santo, pero con ella todo es una odisea. No voy a negarte que con cada intento lo que he logrado es puro retroceso, sin embargo, en estos veintitrés años mal compartidos si algo aprendí fue a saberla mejor que al número de mechas que me faltan en la calva.

—¿Y qué certeza obtienes viviendo el calvario de Bianca?

—La máxima: que con todos los desperfectos que pueda achacarle, la amo. La amo y no porque sea la mujer que me tocó como esposa. La amo no por ser la única a la que he conocido con el cuerpo ni porque haya sido su vientre el que me bendijo con descendencia. La amo porque detrás de toda esa bruma negra y ácida hay un ser humano que de formas inesperadas es mi igual y por lo tanto; si hay algo loable y bueno en la persona que es Leonel, también lo hay en Bianca.

Gail sintió como cada vena de su cuerpo se llenaba de sangre y con un calor abrazador envolviéndola: el veneno que le salía por su madre fue cediendo. Lágrimas distintas de las que había llorado, rodaron y apoyada del torso de su padre: un enorme trozo de todo lo que sabía percudido de sí se desprendió de su ser. Lo que significaba "familia" hacía eco en ella y cual pieza perdida de un rompecabezas, se sintió parte de algo bastante chueco pero irremplazable. Se prometió buscar amor en esas larguchas y flacas extremidades que creía abstemias de tal sentimiento porque en realidad no lo estaban. Iba a escarbar hasta que le sangrasen las manos para extraer lo bueno que había en Bianca porque valía la pena, no por ser mujer si no porque otro humano creía en ella y según había aprendido en su formación moral; la esperanza más la convicción son el primer paso de lo que conduce al cambio.

Tras jurarse no desmayar rumbo a su nueva propuesta de vida, la despedida se les hizo inminente. Leonel tenía que hacer eso para lo que su abuelo Lisandro le había entrenado; acrecentar el patrimonio familiar. Gail por su lado, moría de ganas por subir al salón de clases, alucinaba con la realización del Festival pues aquel evento que se daría en cuestión de días, con las nuevas ideas que aportó su papá no sólo sentaría un nuevo precedente; tardaría décadas en ser superado y años de años para borrarse de la memoria de todo el que tuviese el privilegio de participarle.

—Gracias por contribuir —dijo al recibir el cheque por diez mil dólares que Leonel le había autorizado. Cuantiosa cifra que Gail pensaba destinar como póliza si en un dado caso no lograban llegar a la meta por recaudar.

—Es un dinero bien usado. Beneficia al hospicio y me satisface a mí. Esa hermosa sonrisa no tiene precio, ¿ya te han dicho cuán bellísima te ves cuando ríes?

Atacada de tiernas cosquillas, la hija redimida le dijo a su padre: —Ya, para, no me digas que me la creo.

—Créelo, cree una y mil veces más cuánto te amo porque te amo.

Mientras reía de legítima felicidad, Gail le tocó la frente y sin pesarlo, lo persignó pidiendo a ese Dios en el que a poquitos ya creía, que cuidase a su padre durante su camino al trabajo y con ese gesto, Leonel se supo inmortal. Su amor por ella hacía de escudo y su bendición se convirtió en lanza para vencer cualquier obstáculo que tuviera que enfrentar.
Luego de darse un postrer y cariñoso abrazo, diciéndose "hasta luego", la figura de Leonel se difuminó por uno de los pasillos adyacentes a la escalinatas de caracol. A larga distancia pregonaba a viva voz cuánto quería a su hija y ésta, animada por esos "te amo" que se le volvieron infinitos, tomó el camino contrario y se echó a correr sin ataduras.

Por primera vez en muchísimo tiempo, la chica de negra melena corta volvió a saberse libre y dueña de su espíritu. Se acomodó el bolso donde llevaba a Sabanero más lo otro que había llevado Leonel y saltando, cantó lo primero que le llegaba a la mente.
Viviendo a pedacitos su esencia: frente al Centro de copiado, se imaginó una rayuela. Sin peros de ningún tipo, jugó y disfrutó a plenitud de la inocencia que retenía tras capas y capas de adultez apresurada. Se reclamó «que tarada fui» un par de veces, y después gritó: —¡A la mierda mis complejos habidos y por haber! —Poco o nada le importaba que llegasen a tildarla de enajenada mental e infantil, expresó al máximo su algarabía al tomar un impulso olímpico para deslizarse por el piso mediante la suela de sus no femeninos zapatos.

En uno de sus tantos arranques, le dio por cerrar los ojos y justo por eso, ella más una docena de libros cayeron al piso. Tal fue el golpe que si el contenido de su bolso seguía intacto se debía a que estaba más que bien protegido. El inicio de quejido se apagó más rápido de lo que surgió y Gail no necesitó de abrir los párpados para intuir que la contraparte involucrada en el accidente debía ser Nina y, seguramente, Bloise.
Según ella, en cualquier situación que involucrase libros y que se diera tras las paredes de ese Colegio siempre estaría la pelirroja y por consecuencia, su mejor amigo que hacía de su cargador personal de árboles muertos y la intuición de Gail no había fallado.

Uno en el suelo y la otra de pie, los adolecentes la miraban atónitos y asustados.

—¿Qué? —les preguntó cuando no les escuchó más que silencio.

Javier Bloise, pálido, parecía que había olvidado respirar. Nina Cassiani; tan roja como el azafrán se había tapado la boca para obedecer a su prudencia pero, una especie de miedo se le escapaba y provocó que Gail se sintiese incómoda.

—¡¿Qué pasa?! —dijo ya alarmada.

—A-h, ah. Nada. —balbuceó él y en seguida devolvió la mirada al piso.

Siendo el único nacido hombre en el seno de una familia donde antes sólo había hijas, su tan adolorida experiencia le preparó para poder responder a lo que Gail preguntaba. Consiente de que debía tener un alto grado de delicadeza y muchísimas ganas de querer seguir vivo, Bloise expresó:

—Sólo... e-s, es que... q-ue... que se te ha corrido un poquito el maquillaje, ¡pero nomás tantito y en todo caso: te sigues viendo más bonita de lo normal!

Gail se puso de pie y se dirigió hacia Nina quien tenía la reputación de no poder ni saber mentir y mientras ésta se ordenaba morderse la lengua, la recién reconciliada logró verse en el reflejo de los lentes de la miope y cuando alcanzó a distinguir que el contorno de sus ojos parecía maquillado como para película de horror; se sobresaltó.

Nina, que tenía la respiración agitada de Gail colándosele por las fosas nasales, sucumbió ante el acercamiento. Apretujando los ojos, dijo sin más:

—¡Te pareces a Túngaro!

Bloise no pudo contenerse y aunque ya se veía sin testículos por la segura patada que recibiría de Gail: se echó a reír por la comparación y literal semejanza entre la chica en cuestión y el animalito que tan bien conocía.
A la afectada se le formó una perfecta línea horizontal en los labios, si acababa de atravesar por una especie de metamorfosis; definitivamente prefería que la comparasen con una efímera e insulsa mariposa antes que una de las tantas alimañas desagradables bajo el cuidado de Marcelo Adler.

Mirando a Nina y Bloise con enojo, Gail ya veía surgir su dosis de sarcasmo justificado, mas se contuvo para tratar de entender algo que de buenas a primeras no tenía ni pies o cabeza porque el mencionado "Túngaro", no era más que un sapo común y corriente predestinado a morir bajo el ardiente sol de verano.

El año anterior, la municipalidad había ordenado trabajos de recarpeteo y asfaltado de las calles cercanas al Colegio. El olor a brea inundaba todo el recinto y no había ventana que se pudiera mantener abierta porque la peste solo se acrecentaba con el calor incesante del exterior, pero Nina; sacrificó a su magnífico olfato y prefirió pegar la cara a las uniones de los cristales con la firme esperanza de que en algún momento le llegaría un poco de brisa no contaminada.

Aquel día, Nina volvió a usar su cerebro para otra cosa que no fuera abstraerse de su desgracia. Por aquel tiempo, ella nunca estaba presente en la realidad que la circundaba por lo que fue una verdadera rareza verla expresar sus emociones para pedir con ansiedad un permiso y así abandonar la clase.

Corrió hasta el cansancio a la oficina del Director para conseguir otro permiso: necesitaba salir de las instalaciones porque a pesar de que su vista no era de halcón; estaba segura de que en la calle del frente había un animal que urgía de auxilio. El Señor Garita, compasivo y animoso de quizás volver a verle reír, no sólo le dio permiso; la acompañó al portón principal y aplaudió su gesto de humanidad para con la no tan agraciada especie que resultó ser un gran sapo que parecía destilar brea de los costados.

Mientras Nina le hablaba al anfibio como si fuera un paciente de la sala de urgencias extremas, nadie, aparte de Garita y Meza quería acercársele al herido. Ni siquiera Iris Betancourt, quién soñaba con ser bióloga de la vida silvestre, pensaba ponerle un dedo sin antes saber si el espécimen era venenoso o no. Solo hubo alguien más que comprendió la angustia de la pelirroja: Marcelo Alder.

Amante sin discriminación de cualquier forma animal.

Entre los dos y gracias a un preparado químico del Profesor Meza, el bautizado por su canto como "Túngaro" quedó limpio y presentable y Nina, de ver los ojos agradecidos del sapo, una chispa de alegría le regresó a ese cuerpo que poco a poco se dedicaba a morir en vida por inoperancia.

Para Gail, la moraleja recién aprendida de la comparación de ella con Túngaro terminaba por reforzar lo que había comprendido gracias a su padre porque, si un ser no agradable a la vista ni al tacto podía devolver un poco de luz a un alma opaca, ella también podía lograrlo. Recapacitó que no había despertado gusto por su compañía en Moira o en otros, no por su físico si no por su mal carácter y sin embargo, aún así había quienes no temían en acercársele para ayudarla amándola con gestos sencillos e intrincados.

—¿Te sientes bien? —quiso saber Bloise al ver que Gail en vez de golpearle, lo miraba sonriente.

—Bastante.

—¿No necesitas ir a la enfermería? —insistió Nina.

—Que estoy bien. Gracias por la preocupación y también por compararme con el sapito Túngaro, que a ésta —dijo señalándose —Le aman con o sin su brea sintética mal llamada ironía y sarcasmo. Acompáñenme a Contaduría y nos apuramos para volver a con los demás y así finiquitar los pendientes del Festival.

—¿No pasamos primero al baño? —consultaron los restantes al unísono.

Gail miró a uno a uno a compañeros y aceptó que, a pesar de que ella se veía preciosa con el rastro de su llanto hinchándole la cara como un globo, otros no entenderían. Nina y Bloise eran las personas más comprensivas y sinceras con los que pudo llegar a relacionarse y si ellos decían que lo mejor era ir a refrescarse la cara pues había que hacerlo.

—Está bien. Vamos que vos también necesitas desaparecer ese montón de lágrimas secas. Un poco de agua te ayudará a nivelar ese ojo gacho que así como andas, das pena.

—¿Por qué no me dijiste que me veía mal? —le reclamó Nina a Bloise.

No quisquillosa de su apariencia, siempre consideraría que el mejor accesorio para embellecer a su cuerpo eran libros como esos que su amigo levantaba del piso pero, tampoco quería provocar lástima y mucho menos preocupar a Darío al mostrarle una mirada maltratada.

—Tengo tres hermanas. Créanme que sé qué opinar sobre la apariencia física de una mujer. Mi aparato reproductor y yo sabemos muy bien cuando hacernos de la vista gorda. Además que a otro pisotón como el que me dio Doña Maho, no creo poder sobrevivirle mis queridas y lindas señoritas. —contestó bastante serio y acongojado al separarse de ellas porque el camino a los sanitarios los dividió.


—¿Por qué estabas llorando? —le cuestionó a la pecosa al estar segura de que se hallaban a solas.

Gail creía que ese par de ojos de esmeralda ya había llorado lo suficiente como para no volver a parir una lágrima más y sumado a ésta convicción, consideraba que con el arribo de Darío a la vida de Nina, habría bajas en su tristeza y un aumento tangible en las alegrías de ambos como pareja.

Nina se mordió los labios y se miró. Vio su figura y luego la de su compañera; frente al tocador sólo había un par de adolescentes marcadas por el llanto: denominador que les agriaba los años pero por motivos y cantidades casi bizarras.

—Olvídalo, no entenderás —dijo viéndola a través del espejo para luego enfocar la vista en los lavabos.

—Pruébame —le insitió —Puede que te sorprendas.

Nina resopló y al ver que Gail se había quedado esperando, no quiso ignorarla y atendió a la pregunta —Es que hace un rato... te vi... con tu papá.

—¿Y crees que no comprendo que hayas tenido celos o envidia? Si de por sí es algo normal que viene con la naturaleza humana y, al menos yo, me alimento de eso entre tiempos, Nina.

—Desconozco de tales manifestaciones —respondió Nina con la verdad, pues nunca había experimentado ni una cosa o la otra —En lo personal, me alegra como no imaginas que te hayas dado una oportunidad pero, verles sí despertó algo en mí. Me recordó cosas que yo solía hacer con el mío, cosas que por mi obstinación desde hace dos años ya no podemos hacer. Ya te estarás dando una idea de la raíz de mi quebranto y comprendo que no me entiendas pero gracias por preguntar. —finalizó con una pizca de recelo.

—Lo siento —expresó Gail entendiendo el por qué Nina no se desahogaba del todo.
—Perdóname por haber visto de menos a tu papá.

Gail se excusó con sinceridad por haber ofendido a César Cassiani en una ocasión donde Nina, para una tarea en Primaria, llevó con mucho orgullo a su papá para que explicase en qué consistía su trabajo. Gail, de entonces nueve años, se mofó de todos los padres. Ni el suyo salió librado pero con César no tuvo reparos.
Nina, sentada en su lugar y rodeada de un nubarrón de cuchicheos y risas burlonas, se hacía de oídos sordos. Mantenía la compostura y guardaba silencio acatando a los guiños con los que su padre le pedía tolerancia, mas a la hija obediente se le acabaron los recursos cuando la pequeña clasista ignorante se empecinó en desacreditarlo y, para sorpresa de todos: cuando Nina abrió la boca no mostró piedad y contraatacó reventando en Gail una llaga de dimensiones impensables.

—Lamento haberte dicho que tus padres no se amaban y que por consecuencia: tampoco te amaban.

—Me dolió —admitió Gail. Aquellas palabras con las que la pelirroja se defendió, le zumbaron por una década en los rincones más privados de su conciencia. —Siempre me pregunté cuánto habías disfrutado el dejarme más que callada.

—No creas que salí sin mancha —le contó Nina que también había penado su falta por largo tiempo; por más que se confesó nunca pudo expiar la ofensa. —¿Por qué crees que después preferí no determinarte antes que arremeter donde siempre supe que te haría daño?

—Pero me lo merecía. Me lo tuve bien ganado por atacar a tu papá y sé que lo que hice contra él y vos no tiene explicaciones pero por aquellos años, la envidia me manipulaba. Por eso también merezco la rabia de Braun. Le jodí la vida a Lindo, con ellos la cagué y la cagué en grande —reconoció Gail el pecado mayor de su lengua; cuando, sin escrúpulos, le reveló a Jeremías la verdad sobre su progenitora.
—Fue mi Abuela quién me hizo ver el mal que había hecho. Esa vez me castigó sentenciándome con que ella no tendría paz si yo no enmendaba esa falta en específico pero, de nuevo, pasé sus palabras por alto. La llamé dramática y no quiero recordar cuántas cosas más. Sólo hasta que falleció entendí que le había fallado harto. Sé que ella ya no está y quizás puede me lleve la vida entera, pero quiero intentarlo. Mi arrepentimiento es serio y veré qué hago pero por el momento mejor no le doy mas vuelta a esa tuerca porque me volveré a desarmar, mejor cuéntame que hacías afuera del salón cuando me viste con mi papá; quién hoy me dijo lo mucho que me ama —le aseguró mientras le sacaba la lengua y reía con amenidad otra vez.

—Apela usando nada más que la sinceridad —aconsejó Nina muy consciente de lo que Gail hablaba. —Puede que Braun se cierre, pero con tal de ver a Lindo feliz hará lo necesario. Con lo otro: desde luego que tu papi los ama, de sus sentimientos por ustedes no me queda ni una duda —dijo refiriéndose también a Leandro
—Y en cuanto a lo que me preguntas, es una larga historia. En resumen: se armó un pequeño gran escándalo por la manera en que te desmoronaste y aunque no entiendo muy bien por qué, pero mentí a tu favor y antes de que se me olvide: se supone que estás menstruando como posesa...

—¡¿Mentiste por mí?! —le interrumpió realmente asombrada.

—Mis hormonas locas me obligaron —respondió con gracia y en lo que afirmaba con la cabeza, Nina de repente se acordó de algo muy importante. —Gail, ¿podemos hablar sobre Moira?

—¿Por qué?, ¿le sucedió algo? ¡¿No me digas que tuvo un bajonazo de insulina?!, ¡tengo que subir de inmediato ¿o es que ya se la llevaron en camilla?! ¿En qué hospital está?

Nina retuvo a Gail por el chaleco del uniforme para que no corriera como desquiciada por una alarma de salud que no existía —Ya, cálmate. Sus niveles de glucosa son los indicados y sin más preámbulos sobre lo que tengo que hablar es una queja. De vos aprendió más que lo necesario para hacerse valer por sí sola... —y, en lo que pelirroja exponía el cambio radical que había presenciado hace un rato, Gail no pudo evitar la falta de color en su piel.

Sabía hasta donde había empujado a Moira y con lo recién hecho a la pelirroja y, momentos antes, a ella misma; comprobaba que la había subestimado. La amante del amarillo se había transformado en una bestiecilla que ya no diferenciaba a la hora de hacer destrozos y tal comportamiento era su responsabilidad.

O al menos de eso quería convencerse, Gail prefería mil veces cargar con toda la culpa antes que dar el brazo a torcer ante otro motivo que deseaba con el alma que quedase en meras suposiciones.

—No sé cómo tratarla. Yo no sé cómo dar cariño —confesó ella demasiado en una sola frase. —Pero no es tarde para enmendar. No quiero darme por vencida. Puedo... puedo aprender con mi papá y así demostrarle a Moira que yo puedo... que yo la quiero como... a mi... Nina, mira, yo a ella, a ella... —y Gail, con sus sentimientos a punto de reventarle en la tráquea, se obligó a tragárselos. Tosió un par de veces, quejándose de que quizás debía reducir su dosis de tabaco y cuando estuvo recompuesta, dijo para cerrar el tema: —Arreglaré lo que tenga que arreglar. Gracias. Te debo una muy grande por lo que hiciste por mí allá arriba.

A Nina le alegraba ayudar sin esperar nada a cambio, pero debido a que su cerebro todavía procesaba de manera clínica los estragos de un coma, iba a aceptar el ofrecimiento de Gail.

—Puedo... ¿puedo pedirte algo específico? —dijo vacilando.

—Claro.

—Hace un tiempo me ofreciste un documento de identidad alterado, ¿todavía puedes dármelo?

Gail se quedó en blanco, sin entender lo que Nina le estaba pidiendo, volvió a recapitular: —Espérate, ¿me estás pidiendo un...?

—Un documento como el que tienen la mayoría de las chicas del salón. Sé que lo único falso que tienen es la fecha de nacimiento, el contacto que te los facilita trabaja en el Registro y a menos que se consulte el folio: nadie sabrá que no es verídico en su totalidad. Como pago por haberte cubierto, eso es lo que te pido; una identificación con mi nombre y fotografía. No necesito mucho, sólo que diga que tengo la mayoría de edad.

—Esto no me lo estás pidiendo para poder entrar a un bar o discoteca como lo hacemos nosotras. Tampoco lo ocupas para sorprender a Darío con la reservación de un motel...

—¡Gail!

—No pienso ayudar si antes no me dices para qué es, Nina ¡Si te consigo ese pedazo de plástico podrías infringir quien sabe cuántas leyes y tal osadía no es propia de tu conducta! Algo muy grande estás tramando.

—Es para un regalo.

—Habla. Eso no es suficiente.

Nina puso las manos sobre el lavabo, respiró hondo y exhaló. Habló confiando su razón sin guardarse nada y cuando Gail comprendió la otra gran cruz con la que Nina cargaba a cuestas, admiró su fortaleza pero también la llamó idiota porque tenía que serlo para enfrentarse a solas ante la posibilidad de un problema tan grave.

— ...mira lo que te pido como un obsequio para mí misma y también para Darío. Él merece conocerme hasta la médula ósea.

—Supongo que me estás pidiendo total confidencialidad —confirmó llevándose las manos a la cintura. Para Gail, ocultar una verdad era cosa de su cotidiano pero sus mentiras no incluían la vida de otro pendiendo de su silencio. —Y qué va a pasar si..., bueno, eso que no quiero ni pensar. Acaso... ¿tendré que poner avisos en los postes de que si hallan el cadáver de una pelirroja suicida, me llamen?

—¡No quiero morir, quiero vivir, Gail. Quiero vivir! —exclamó cerrando los puños como si se alistase para noquear al destino.

—Deberías decirle a tu hermana, ella todo lo comprende. Estoy segura que sabrá entenderte.

—No hasta que sea la fecha indicada.

—¿Y cuándo será eso?, ¿cuándo ya no haya marcha atrás? ¡Si de por sí ya te esperaste demasiado, Nina, tardaste demasiado!

—Sabré la verdad junto a Darío en la víspera de año nuevo.

—¡Ah, qué romántica! —la ridiculizó con ironía.

—No sé para que te cuento cosas de las que no quieres darte a la tarea de entender. No me hagas ningún favor, únicamente guarda silencio.

—Te gusta complicarte la vida y a mí: complicar la mía. Te conseguiré lo que me pides pero, llegada la hora, no irás sola. Sé que no somos amigas del alma pero irás conmigo quieras o no ¿Necesitas dinero?

—He ahorrado —contó a sabiendas de que le faltaba bastante para cubrir el costo total de su tan valioso regalo. —¿Trato?

—Trato —afirmó Gail con angustia. Nunca pensó que Nina se abriría con ella como lo estaba haciendo. No quería aceptar que se la tragaba el pánico, pero para lo que Nina estaba por hacer no la dejaría sola. —Ven.

De uno de los bolsos de su falda a rayas sacó un lápiz delineador negro, afiló y limpió la punta con habilidad y sin tener consentimiento; Gail le quitó a Nina los lentes para dibujarle una pulcra línea en el párpado inferior.

—Se le moverá el piso cuando te vea. —dijo al terminar y a modo de broma, Gail alzó las cejas para hacerlas bailar con su singular destreza.

—¡Entonces mejor bórralo porque no deseo ni pretendo sacudir la superficie donde a duras penas y nos mantenemos de pie! —dijo Nina muy severa y trató de quitarse el maquillaje, pero Gail se lo impidió.

—¿Escogerías caer antes que sacrificar a Darío?

—No vacilaría ni por una fracción de segundo. No me perdonaría jamás que le señalen de inmoral por despertar en mí lo que siento. Prefiero poner mi cuello antes que verlo a él humillado.

—A veces me suenas como de otro mundo. Distas tanto de nosotras porque hasta yo, que no soy amante del contacto físico, usaría cada esquina que pudiera para emborracharme de besos robados. No perdería oportunidad para colarme bajo su ropa entre cambios de clase, pero vos, vos preferirías matar lo que sientes con tal de no lastimarlo. Ojalá y un día pueda experimentar un gramo de lo inmaculado que es tu querer. Yo sí sé que es envidiar y te envidio, Nina, te envidio pero no deseo mal y sé que saldrás triunfante. Sé que ustedes ganarán.

—No es por lo que Darío representa en el Colegio que me abstengo. Lo que hacemos es por respeto hacia nuestra persona, por eso nos procuramos bien pero no deja de doler. Me duele y no llevo ni medio día de batalla, te juro que no imaginas lo que me cuesta no darle un abrazo. Quisiera poder reír con la soltura que sé a él le gusta ver en mis labios, pero de hacerlo: todo habría acabado.

—Enamorarse construye y destruye —concluyó Bloise quien haciendo honor a su apodo, apareció sin avisos casi de entre la nada.

—Si sabes que estás en el baño de mujeres, ¿verdad, metiche?

—Ya he estado aquí antes. Hace ratos vine a tocar puerta por puerta en busca de Nina.

—¿Y por qué me buscarías en el baño?

—Él me dijo que estabas en "esos días" y yo quise contradecirle pero insistió tanto que me hizo dudar. Me acordé de que a Rosalía, mi hermana la que me lleva cinco años, se le viene cuando está bajo estrés y vos tienes mucho de eso sobre los hombros, ¿me puedes delinear a mí también?

—A veces eres tan comprensivo con la mujeres que dudo del por qué no tienes novia.

—Digamos que disfruto de mi tiempo de soltería y de poder tomarme toda una lata de refresco de malta a solas —y en lo que Gail delineaba a Bloise se miraron a través como lo que eran; enamorados ocultos bajo la línea de la amistad.

—Siempre fuiste mi primera opción Bloise, pero eres demasiado.

—Me halagas y también me perturbas —contestó sincero el muchacho uniendo la conversación con algo que una vez le propuso Borya. —Gracias por preservarme, Hooper.

—No te gastes y cuando te llegue la hora, bueno... ya sabes.

Nina comprendió que aquellos dos acababan de hablarse en un código que desconocía e intentó descifrarlo, pero el sonido de su estómago suplicando por comida no le dejó prestar la atención indicada.

—Lo siento —se disculpó cuando Gail y Bloise alzaron una ceja buscando la fuente del escándalo —Parece que tengo hambre.

—¡La panza te chilla como de peón de finca, Fahrenheit! ¡Hay que aplacar a lo que sea que te esté pidiendo bocado antes de que se te forme un agujero negro y nos tragues! Iré a la cafetería, pero antes dame uno de los tres permisos que andas. Mira que tienes tan trastornado al pobre de Darío que para que yo pudiera salir a buscarte, me escribió en el brazo una autorización. —dijo tapándose la cara y mostrando el antebrazo izquierdo, las jóvenes leyeron:

"Yo: Darío Elba, Tutor de la sección 2-4 y temporalmente también de la 2-5; autorizo a Fausto Javier Bloise Harquim para que salga del aula por motivos estomacales. Gracias."

—Lo sé, suena a que tengo diarrea y ¡ay lo que hace uno por la amistad y el amor! Los ángeles me protejan de olvidar que existe el papel si es que algún día corresponden mis a afectos contrariados —rogó el chico mientras se alejaba.

Poco tardó Bloise en regresar con tres empanadas e igual cantidad de refrescos. Sentados en el pasillo de Logros y virtudes estudiantiles; las fotografías de muchos alumnos insignes hicieron de espectadores del refrigerio atemporal. En silencio, cada uno comía lo suyo con parsimonia, pero en Nina; bocado tras bocado más comida le pedía su aparto digestivo y comenzó a preocuparse por no conseguir saciedad. Analizó las posibles causas del aumento en su apetito y cuando encontró la más cercana a su realidad, promulgó:

—Hnm. Interesante. Según McLean: mi cerebro paleomamífero [2] le está ordenando a mi cuerpo prepararse para la reproducción.

Nina creía que sólo había pensado, pero las reacciones de sus compañeros indicaron todo lo contrario. A Bloise se le atascó un pedazo de empanada en la garganta y a Gail se le vino el jugo de uvas por la nariz.

—¡Si se van a ahogar por lo menos avisen! —les reclamó al ver que por socorrerlos ya no podría acabarse su merienda porque el pedazo que le restaba había volando por los aires.

—¡Si vas a decir que te quieres follar a ...!

—¡Yo no dije eso!

—¡Tengo incorporado el traductor Nina nivel avanzado! ¡A mí no me engañas, pecosa, porque precisamente eso fue lo que dijiste!

—¡No me estás ayudando Bloise!

—¿Y quién dijo que quiero ayudarte? ¡Si lo que veo no tiene precio, mi amiga, la que nunca sacaba la cabeza de los libros: al fin se enamoró de pies a cabeza!

Nina Cassiani quería contradecir a Javier Bloise, pero no lo consiguió. Nunca, antes de enamorarse de Darío, se pensó destilando afecto con suspiros anacrónicos y entrecortados.

«Me voy a enfermar y no precisamente del corazón ni de los pulmones» se decía con las manos enterradas en la cara por hallarse pensado de nuevo en Darío y el sexo.

—¡Ah! Y a eso que haces le llamamos "masturbación mental".

Nina no pudo ni hacer el intento de discutir, se quedó con la espalda pegada a la pared, abanicándose y mordisqueando tentaciones de aquellas con las que se soñaba.

—Tal parece que le booteamos el sistema.

—¿Y si le ponemos un libro en la cara para reiniciarla?

Dicho y hecho. Aquel aroma a páginas gastadas no duró en regresar a Nina a la tierra, sin embargo, nada de lo que sentía por Darío feneció. Por cada escalón de camino a su salón de clase lidiaba palmo a palmo con sus impulsos y la razón. Se ordenó calma hasta hacer que su voz interna sonara a disco rayado y ya estando de pie frente a la puerta metálica de la 2-4, la convicción de no ceder para salir triunfantes fue la armadura con la que se vistió.



—Tome —y entregó la mano de Nina —Le dije que confiara en mí. Estaba comiendo libros y botando moco con Otis quién ya es mi amigo; no ahogada en la taza del baño como usted creía.

Darío Elba sonrojó, primero por sentir el tacto de quien amaba y después por ver enmarcados esos hermosos ojos verdes que le hacían delirar.

—Gracias, Bloise. —expresó Darío bastante atolondrado
—Discúlpeme, no volveré a poner en duda sus palabras si de hablar sobre Nina se trata.

—¡Ay, me hace sentir importante! Écheme más flores, pero espérame un ratito que iré con Adler por mi artilugio espanta dimensiones desconocidas. Temo por la integridad de mi yo en ésta realidad, ¿no ve que el mundo está patas pa'arriba? Si no me cree: tenga. También le he traído a este clon que dice ser Hooper. A diferencia de la que consideraríamos como "la vieja confiable", éste modelo sabe reír sin espantar.

—¿Ah si? ¡Espérate y te forro con papel de aluminio desde las bolas hasta los pulgares! —le retó Gail pero como siempre, Bloise ya se había esfumado por una esquina y se perdió entre los demás que había en el salón.

—¿Estás... están bien? —preguntó Darío al notar cosas distintas en sus dos estudiantes.

Gail se veía, por decirlo de alguna manera: limpia. Como si una parte hostil de su presencia se hubiese erradicado. Una barrera invisible había caído y a leguas se podía apreciar un espíritu afable. A Nina Darío la descubrió apaleada, extrañamente quieta pero con las ganas de vivir alborotadas. Supo que había llorado y aunque se reprochó no haber estado para reconfortarla, le alegró que se hubiese levantado.

—Cosas de adolescentes y por cierto: ya hallé a Leandro.

—Igual, pero no supe sobre él de la forma en que esperaba —contó Darío refiriéndose a una llamada telefónica que recién había recibido por parte los Agentes Bancarios que velaban por la cuenta mancomunada que los tenía a ellos dos como titulares. Los personeros del Banco le comunicaron que Leandro se había presentado a la Institución temprano por la mañana para retirar la parte que le correspondía de un fondo a largo plazo que Aída y Amira les dejaron como parte de una herencia compartida. —Espero que los tres podamos charlar más tarde. —alcanzó a añadir antes de que le dieran un empujón por la espalda.



—¡¿Qué hacen ustedes dos juntas?! —preguntó Moira con enfado al ver que Gail y Nina confraternizaban y en seguida se plantó en medio de las dos para separarles.

—Nada que no puedas hacer con ambas, pero por el momento: ven que hay algo que nos concierne solo a nosotras. —replicó Gail con propiedad.

La tomó de la mano y se la llevó pero no de manera brusca como siempre la atrapada. Con suavidad logró engarzar sus dedos a los de ella mientras se agazapaba para colarse en el salón y, aprovechando que nadie se había percatado de su regreso, buscó refugio en una esquina donde a penas y había oxígeno para respirar.

Moira quiso zafarse pero Gail la atrincheró, le cerró todas las salidas y le acercó su boca a las mejillas. Ésta sintió miedo en Moira y se odió por saber que ese pavor ella misma lo había provocado. Viendo que la perdía como agua entre las manos, decidió que tenía que hallar la manera de empezar todo de nuevo y preferentemente, desde cero. Gail dobló la espalda y con su mano apartó un mechón que hacía de cortina en la oreja de Moira, agarró más que valor y sintiendo el lóbulo de ella en sus labios, dijo:

—Quiero hablar con la Moira de antes. A esa que sé que está ahí dentro: necesito decirle que regrese y a ésta Moira que me mira con indiferencia para ocultar que me teme; prometo que voy resarcirle por todo el mal que le he causado. Perdóname, perdóname por haberte obligado a tanto, perdóname por haber querido cambiarte cuando lo único que tenía que hacer era decirte: que me gustas tanto.



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[1] Traducción: "puede que tengas que luchar la misma batalla varias veces para ganarla"
Frase célebre de Margaret Hilda Roberts, mejor conocida como Margaret Thatcher (1925 - 2013); ex Primera Ministra de Gran Bretaña y Reino Unido.
Primera mujer en la historia de su país en ostentar tal cargo.

Personaje ilustre muy admirado tanto por Gail y Leonel Hooper cómo por Nina y Oneida Cassiani y sorpresivamente también por Doña Pastora Echegaray.


[2] Cerebro paleomamífero.
Término acuñado por Paul MacLean para la composición de su sistema sobre el "Cerebro Reptiliano" también conocido como "Complejo-R o Cerebro triúnico/triuno" donde el órgano mencionado estaría formado básicamente por los ganglios basales, el tronco del encéfalo y el cerebelo.

El cerebro paleomamífero vendría siendo el "Segundo cerebro o segunda capa" y se le responsabiliza de algunas emociones como la que sentimos al alimentarnos y al reproducirnos, entre otras tantas.
Por tal razón, Nina asocia su incremento de apetito, primitivamente, también con sus ansias físicas por Darío Elba.

Sin embargo, la idea del cerebro triúnico es considerada por los neurocientíficos como un mito que únicamente sirve para explicar de manera sencilla algunas funciones de las regiones cerebrales, de lo cual Nina está más que al tanto.

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