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Siendo biblioteca, la del Colegio hacía gala de su nombre. Letras conjugando historia, pasado, presente, futuro; magia y ciencia, página tras página el conocimiento se hilvanaba. Con el saber volviéndose infinito; el inventario requería estanterías buscadoras de un cielo sin límites aunque en la Tierra, algo feneciera.
El refugio se debilitaba.
Lo sagrado perdía propiedades.
Monstruos sin misericordia; cuerpo y mente en marcha hacia lo irrefrenable.
A Nina y a Otis nunca les fue fácil aligerar el peso de su carga. Lo poco que les quedaba de inocencia se desfiguraba; aquel velo rasgado ya no filtraba lo volátil de su realidad.
Otis nació dolido.
Con tan solo cinco años sabía tener voluntad para seguir viviendo. Entró al quirófano como cordero; obediente y en silencio. Sin miedo sonrió a los cirujanos cuando éstos le rajaban el pecho. Se alegraba al despertar, de noche se identificaba con Job: medio tocado por el diablo e igual de bendecido por Dios.
Nina se formó doliendo.
Embrión invasor, feto que provocó profunda depresión. Dijeron que iba a desprenderse, que no llegaría a término en ese útero en peligro de extinción. Contra pronóstico emergió al mundo. Exenta de dolor propio, pero no de sufrimiento ajeno. Su primer llanto sonó a condena.
Creció centímetro a centímetro.
Irguiendo la espalda, caminó hasta donde no lo tenía permitido. Contradijo cada "no" soltando la lengua como periquito en cosecha de mango, aprendiendo a observar y a escuchar; también presenció.
Terceros le dejaron marca. Amor le besó cada átomo; ella convirtió el verbo en acción.
¿Cómo querer a ese desconocido que se ausentó por años? «Fui un idiota, un desnaturalizado. Dame una oportunidad para darte todo lo que te debo» César, versión moderna de un hijo pródigo, volvió por ella.
Acompañado de buenas intenciones, él se hizo padre. Ahogado de arrepentimiento; infectó de raciocinio atemporal la ternura de su hija quien, en vez de averiguar el funcionamiento de juguetes, abrió la sencillez de su cerebro para lo complejo del perdón. Esa fue la primera lección que Nina aprendió sobre el amor.
Por eso, cuando ingresó al Jardín de Infantes buscó parámetros. Formas para graduar en escalas el amor. Le preguntó a otros como ella si sus madres enjugaban los ojos con frecuencia. La suya lo hacía cada que le cepillaba el cabello. «Claro que me gustan tu mechas y pecas, pero no dejan de lastimarme. Saliste igual a él» Así se bañaba la pequeña Nina. La cabeza: con culpa, no con champú y agua porque la expresión en el rostro de su mami parecía ser la de alguien metiendo la mano en una zarza que arde.
Nina se sintió como un exótico cardo, bonita pero no agradable para ser acariciada. Deseó no lastimar porque el amor podía herir sin consultar.
Un día juntó todo lo que había en casa que pintara de negro.
Sentada frente al espejo empotrado del baño, Sandro la descubrió y detuvo lo que creyó que sería la obra de una traviesa terca; le costó convencerla de que él conocía a muchísimas mujeres que morirían por tener la melena al natural de rojo incendiario. Esa tarde, mientras abrazaba a su hermano Nina aprendió el concepto de aceptación; al caer el sol le llegaría la hora de aprender a aceptar y a perderle miedo al olor que despiden los problemas.
Nina siempre supo que el contenido de las botellas ámbar aflojaba la boca. Era el alcohol el desgraciado, no su Sandro. «No es mi responsabilidad cargar con ustedes. Yo no pedí ser el hombre de la casa. Estoy cansado de tener que pensar en tres estómagos cada que trabajo» Conocer los efectos del estado de ebriedad, a ella le desató una especie de empatía extraña. La primera carta de Nina para Santa no tenía un pedido conciso, preguntó si era muy difícil que le adelantaran unos años. Sus intenciones, ser útil y ayudar haciendo lo que a su hermano mayor le tocaba: trabajar.
Nina pensaba en cómo ganarse el pan cuando sólo tenía cuatro años.
Digería limitaciones económicas cada que comía, no engordaba pero no por querer ser la imagen y semejanza de un raquítica Barbie; ahorraba bocados para más tarde. Una dieta forzada para una Nina que creció en un mundo de grandes hecho para grandes. Una niña que ni así dejaba de sonreír, ella prefería ver el vaso medio lleno y no medio vacío.
Se desarrolló para dar una talla que no le correspondía y a veces quedaba en el medio: sin discernir el comportamiento de quienes le rodeaban. Justo lo que le pasaba con su hermana Oneida.
De carácter fuerte y contundente, pidiendo la complicidad de un par de ojitos esmeralda, la de en medio de los Cassiani solía escaparse de madrugada. No había cerrojo ni seguro de ventana que la joven Oneida respetase, tampoco orden o mandato de sus mayores inmediatos. «No tengo por qué ser un ejemplo. Yo solo quiero ser. Déjenme ser» Un día, leyendo donde aún no era tiempo de leer, Nina se topó con un tal Charles Darwin y dado a que ese señor contradecía al Sacerdote igual que lo hacía Oneida; lo imaginó como al santo personal de ella. Le prendió una vela pidiendo que le ayudara a saltarse eso que parecía ser la causa de toda la locura en su hermana: la adolescencia.
Casi irrisorio, una década después la pelirroja volvía a querer lo mismo: un pase directo de sus años dorados a la adultez.
Ahora, mientras abría los primeros pétalos de la flor de su juventud, no solo quería poder devengar un salario o actuar siempre bien para no equivocarse: es que tenía que corregir lo que consideraba el error magistral de su vida. Ansiaba con desesperación resarcir un daño que de nuevo, por su culpa, mancillaba y hería a todos los Cassiani Almeida y en especial: a esa persona a quien ella no quería dejar ir, papi.
—Él podría estar sufriendo y... y yo soy muy egoísta por desear que abra los ojos sin saber por lo que está pasando. He dado por un hecho que está en una clase de reposo, pero: ¿y si realmente está soñando cosas horribles sin poder despertar?, ¿y si se quedó estancado en un instante? O peor aún ¿qué tal si lleva dos años sin poder descansar y sufriendo sin salir del encierro de su mente? —dijo mientras los ojos le llovían como rotos.
La vasija que a Nina tanto le costaba rearmar, se le estaba desbaratando.
—Escúchame —pidió Otis —Escúchame, Nina, por favor, escúchame.
El ruido del dolor resonaba muy alto. Le pasaba cada vez con más frecuencia que un cúmulo de pensamientos la mareaban, le provocaba taparse los oídos negándose a todo con la cabeza. Nina no quería nada de nada, no oír, no ver, no saber, no entender, pero Otis no desistió.
Nina tenía que escucharse.
—¿Qué tanta fe le tienes a los números cuando se combinan con las ciencias?
—¡No puedo ponerle fe a la ciencia ni a los números porque ambas cosas son exactas! —gruñó enojada. —¡La vida no es una constante es una...!
—Una variable. Inestable. Inconstante y mutable. La vida admite flexión. Por eso: mírame Nina, mírame.
Otis Maier pedía que lo volviese a ver y que se viera a ella, él iba a usarse. Se convertiría en el espejo personal de su Señorita Presidenta porque necesitaba recordarse.
Se aflojó la corbata y se deshizo del chaleco del uniforme. Uno a uno abrió los botones y cuando quedó solo en una sencilla camisa interior: la levantó hasta dejarla tras de su cuello. Nina se rehusó a ver y no porque a escasos centímetros tenía un torso desnudo en formato masculino al que, de paso, no era la primera vez que contemplaba.
Es que ver a Otis Maier era equivalente a inyectar epinefrina en un ser sin venas ni corazón; una adivinanza saber cómo respira quien tiene el aire viciado con desesperanza. El ascenso del infierno sin alas ni guías divinas porque: el de arriba da medios o métodos, no las dos cosas al mismo tiempo.
—¿Cuando debió abrirse una fosa a mi nombre? —preguntó el muchacho sin ningún temblor porque él tenía autoridad para hablar sobre ir y volver del más allá.
—Antes de nacer. —y a Nina se le venía a la memoria la voz de su padre: «Eres la perfección hecha carne. Me siento honrado de poder verte, eres la creación que no pude llegar imaginar»
—¿Cuántas veces morí bajo la luz del quirófano?
—Dos. —contestó ella y una súplica se tomó su cerebro: «¡Regresa. Regresa, por favor hermanita: regresa. Nina, regresa que te daré mi vida si hace falta, no te vayas!»
—¿Qué pasó la segunda vez que me operaron? —y a Otis se le vinieron las lágrimas.
— Tenías siete años y ella... ella... tu mami pensó que no sobrevivirías y... no pudo más. Se fue a dormir para ya no despertar creyendo que podría hacerte compañía ahí donde el tiempo no se nos acaba. —Nina sintió que la tomaban en brazos y en su oído, escuchó un arrullo de su madre: «No me arrepiento de haber elegido tenerte. No puedo si no estás. Te amo de pies a cabeza, de adentro hacia fuera. Al derecho y al revés: te amo, hija»
—¿Por qué seguí viviendo, por qué sigo en esto? —quiso recordarse Otis.
Continuar por la vida con el suicidio de su progenitora no era de valientes ni de tontos y por eso, Nina sintió un punzón en el cuerpo; una aguja que por nombre tenía Oneida: «Si vas a continuar que sea por y para vos misma. Ámate y levántate Nina, mira siempre hacia delante»
—Porque te amas, Otis. Sigues porque te amas porque la amas a ella aunque ya no está.
Otis sonrió y lloró a la vez.
Le costó un poco retomar la palabra, tenía que hacer una última pregunta para saber que a Nina ya no se la tragaba el fango. Se lo debía porque ella también le había servido a él cada que se derrumbaba. Los libros eran testigos de que aquellos dos se entendían penando, apoyándose en lo que quedaba del otro se rearmaban. Como en una carrera de relevo, se intercambiaban la carga porque lo único que importaba era seguir aunque el camino se hiciera no viable.
—¿Cuántos puntos tengo? Nina, por favor, mírame.
Nina miró y volvió a contar cada punto de sutura que hacía de Otis el mejor espejo de carne.
—Cuarenta y cinco. —respondió y luego lo abrazó con tanta fuerza que a los dos les costó rellenar los pulmones de aire.
Abrazarlo a él era como asirse de sí misma porque el corazón de Otis latía igual que el suyo: impar y quejumbroso pero sobre todo; ganoso de seguir doliendo y viviendo. —Perdóname.
—Sólo si prometes no darte por vencida, Señorita Presidenta.
Nina sonrió, ya antes había prometido no derrotarse.
Se lo prometió a Reuben en el momento preciso en que le huía la sangre, volvió a prometerlo a la familia entera cuando se expulsó del exilio con el que se protegió. Renovó su promesa al conocer la espiritualidad de Leandro y a Darío le juró no correr ni estancarse: le prometió caminar a su lado.
Nina se vio en los ojos y en las cicatrices de Otis y sí, volvió a ver a un ratoncito de laboratorio.
Vivía en un laberinto muy intrincado y siendo uno de los los sujetos en etapa de adolescencia más diligente, a veces quería roer las paredes y llegar adonde quería saltándose todos los obstáculos. En ocasiones, se confundía y estancaba creyendo que no daría ni para un respiro, pero: volvía a intentarlo aunque la inocencia y lo sagrado de la ignorancia ya estaba perdiendo su efectividad, Nina siempre quiso comerse su vida en compañía de los que amaba.
—Lo prometo —dijo y comenzó a vestir capa tras capa a la voz de su conciencia hecha persona —Pero tienes que prometer que cuando construyas un corazón de movimiento perpetuo que nunca se apague; abrirás mi pecho y dejarás funcionando en mí la creación de tus manos.
Otis Maier asintió riéndole a su propio reflejo.
Su promesa no era vana aunque de momento se fundamentaba en una ilusión, el deseo de un enfermo destinado a una muerte temprana, mas él se había jurado no descansar. Trabajaría arduo para aportar a la vida con un aparato que reemplazase a todos aquellos músculos de ventrículos y válvulas que tenían fechas, como en su caso, de expiración exacta.
Otis era como Nina: feliz hasta donde no se podía serlo, pero no desatendidos de sus problemas. Estando en medio de tribulaciones; ellos encontraban la manera de hallarse. Viviendo en una especie de realidad medio pintada, en las pupilas de ambos todo tipo de ansias se desbordaban.
Ansias futuras: revivir a un padre, hacer de una máquina un corazón.
Ansias inmediatas: besar una vez y otra más o al menos, si de Otis se hablaba, decirle a quien le atraía pues, eso, pero: ¿cómo?, si de escucharle la voz a él le quedaba flotando el alma.
—¡Niiina, Niiinaaa! —gritaba Javier Bloise como perdido en la jungla. —Niiina, ¿dónde carajo estás? Mira que si no te encuentro tu am... ¡tu amiguito se nos despapaya!, ¿pero qué le hiciste al pobrecito, Nina?
—Shhh. —intervino de inmediato Míster O que fue sacado con brusquedad de su estado de meditación —¡Señorito Maier, ¿está bien?! —preguntó al ver que el Vicepresidente del Club de lectura estaba con la parte superior del uniforme desgarbada, con cara de haber llorado y para rematar: pálido quizás de tanto temblar. Con Nina a su lado teniendo los párpados inflamados; parecía que el buen par de amigos había reñido hasta las mechas.
—Él está bien —certificó la pelirroja —Sólo se asusta cuando la gente aparece como Bloise, pegando alaridos de mono en jaula.
—Nina no mientas, si le hiciste algo a Mute: debes confesarlo. Si yo pude, vos también. Aquel fatídico día en que, aclárese que fue sin querer, lo dejé inconsciente por un pelotazo que salió de mi raqueta, yo asumí responsabilidad. Bien pude dejarlo tirado en las graderías, pero no. Le hice frente y aunque el cuerpo me temblaba como maraca porque creí que lo había matado: lo auxilié. Sé que no debí darle RCP, pero lo hice porque no quería que muriera y porque tampoco podría vivir en el bote o de visita permanente en el manicomio...
—Yo... y-yo.. yo, bien —irrumpió a Bloise la voz de la presunta víctima.
Tartamudeando, Otis parecía que se iba a quedar sin lengua. Resultaba increíble que ese mismo chico que ahora estaba frente a Bloise, Nina y Míster O; hace segundos dominaba las palabras con certeza.
Un comportamiento común para quienes sabían que Otis siempre se "desajustaba" ante la presión social.
De lo que pocos estaban al tanto es que cada vez que Otis veía a Bloise: todo su ser se venía abajo.
Ante sus ojos, ese chico desprendía un algo que a él le deleitaba desfragmentar aunque éste ni siquiera lo volviese a ver en calidad romántica. Para Otis Maier, Javier Bloise hacía de su amor irreal, pero un día, quizás por haber cansado a los santos con su petición; ocurrió un milagro con traje de desgracia.
Por ese golpe que recibió mientras el tenista se lucía tras la malla: Otis no sólo pudo acercársele; le probó los labios. Su inalcanzable se volvió más que tangible a sus quince años.
Él no mintió, sí quedó inconsciente con el cuerpo tendido entre los asientos de la gradería pero, cuando su olfato sintió una varonil mezcla de perfume y sudor: Otis volvió en sí y quiso abrir los ojos, mas no pudo ni se atrevió.
«Ha de ser uno de mis tantos sueños» se decía a medida que la voz de Javier Bloise se hacía más clara y ese habría sido el día de su vida de no ser porque su corazón le traicionó. Otis no pudo con la resucitación que le brindaban los tiernos y carnosos labios de Bloise, la adolescencia se le manifestó en la entrepierna y en el instante en que se ordenó calma: el ritmo cardíaco se le salió de curso. Sumado a eso, la presión que aplicaban las manos del tenista sobre el tórax del caído no era la indicada y sin querer, sobre estimuló un corazón al que había que tratar con pinzas y guantes.
Mientras Otis se sumía en la oscuridad feliz de irse habiendo besado al chico de sus desvelos, Bloise lo cargaba a cuestas. El mejor amigo de Nina, un año menor que el agraviado, no se dio por vencido. Sacó fuerzas de la voluntad hasta llegar a la enfermería y se quedó al lado de la camilla encarando su tortura. En el instante en que Otis reaccionó: Bloise se disculpó frenéticamente pero el afectado no pudo ni sonreír. Estático y con los ojos más exorbitados que de costumbre, el otro pensó que lo había "arruinado" y como si de un aparato que emite sonido se tratase: Bloise se acusó ante todos de haber dejado a Otis en "Mute".
De ahí el apodo para alguien que desde antes del incidente ya hablaba solo lo necesario.
—¡Ay Santísimo. Mute. Por la sangre de Cristo, pero si puedes hablar! —afirmó Javier Bloise que estaba extasiado y casi tocando las puertas del paraíso. —¡Y yo que juraba que te dejé tocado por lo del pelotazo! ¡Muchachito, ingrato, ¿sabes con el mal de conciencia que he cargado todos estos años?! ¡No, Mute, qué bárbaro. Si hasta perdí la cuenta de cuánto he intentado sacarte palabra y vos pero ni un pujido te dignaste en darme! ¡Deshora sobre tus piezas mecánicas, Mute. Deshonra también sobre tu vaca y a lo Shakespeare: mala fe...!
—Bloise: te pasas de dramático. —cortó Nina el único párrafo que éste se sabía de Romeo y Julieta —Si te le acercas así de intenso: Otis tiene motivo de sobra para no querer decirte ni pío —añadió mientras le acariciaba la espalda al mencionado a modo de tranquilizarlo —Y ya deja de llamarlo Mute, dirígete a él por su nombre o apellido.
Otis sintió cosquillas en todos lados, desbordado, se echó a reír de puros nervios.
Tanto reía que Míster O resolvió alejarse, confiado de que el Señorito vicepresidente no tenía ningún problema. Bloise por su parte decidió aprovechar los buenos ánimos y pedir disculpas de manera civilizada porque desde siempre sintió la necesidad de hacerlo.
—Otis, ¿podemos hablar?
—Uno de mis niños de papel me está llamando —dijo Nina y luego de agarrar por los brazos a los dos chicos, pareció que se evaporaba entre las estanterías.
Otis se quedó donde Nina lo dejó, sin poder moverse y con la garganta seca, rezaba para que el efecto de su medicina no fuera a fallarle.
—Nunca quise hacerte daño. —comenzó Bloise con la cabeza gacha. —Y es verdad lo que dije hace un rato: en aquel entonces me afligí, pero primero por mí y después por vos. Si vacilé, Otis, perdóname por eso y también debes perdonarme por recapacitar: no me queda duda de que habrías estado mejor si no me pongo a inventar para ayudarte. Debí llevarte con la enfermera cuando te vi caer. Debí gritar por ayuda y no actuar como un héroe cobarde.
Siempre que Javier Bloise se acercaba para hablar: Otis Maier prefería darse la vuelta porque presentía que iba a gritarle que le gustaba. Hoy no huiría a pesar de que una parte de si quería desaparecer, él deseaba existir. Bloise se dio cuenta de la indecisión e incomodidad de éste y a diferencia de las otras ocasiones en que lo había abordado casi lanzándosele a ruegos de perdón: se detuvo para darle su espacio.
—Está bien. Entiendo si quieres que cierre la boca, sólo déjame decirte una cosa más: tu voz es muy bonita. Ojalá estos días se vayan pronto, quiero volver a escucharte, me tendrás más que atento cuando des el discurso de nuestra graduación. Gracias.
—¡Por favor no te vayas! —gritó Otis a todo pulmón y con los ojos apretujados.
«Quiero hablarte. Quiero conocerte. Quiero tanto de vos que me carcome el pánico. Por eso siempre te guardo silencio, pero cómo quisiera que me leyeras la mente. A veces creo que voy a morir sin que sepas lo mucho que me encantas. De los dos: aquí soy yo el cobarde»
Otis irradiaba tanta desesperación que a Bloise se le apretujó el pecho y sintió una especie de miedo que no supo interpretar aún cuando ya lo conocía; esa sensación la experimentaba cada que Adler se apoya en su hombro para descansar.
Una guerra eterna entre el querer amar y el aguantar.
Bloise quiso quedarse, quiso estar al lado de Otis sin más sonidos que el de Nina cuchicheando con los libros a cinco pasillos de distancia.
El tiempo corría lerdo, pesado y hasta melancólico para un Otis que juntaba todo de sí para hablar como persona normal.
—Nada de lo que pasó fue tu culpa. —dijo después de hacer uso desmedido del autocontrol. Distrayéndose con un accesorio que siempre cargaba en su mano izquierda, logró ver a Bloise a los ojos. —No hay nada de qué disculparse. No tengo ni te guardo ningún tipo de rencor.
—Yo no sabía que padecías del corazón.
—No es algo que debías saber por anticipado, aunque quizás esta pulsera debería de ser en neón radioactivo y no de acero. —añadió sonriendo y mostrando su condena escrita en metal.
—Podrían usar una camiseta. Se lo he dicho a Nina... —y Bloise no pudo decir más porque, de nuevo, Otis reía como niño atacado por cosquillas imaginarias. —Lo de tu risa va en serio. Eres bastante agradable cuando ríes. Millones de veces mejor que cuando el pavor se apodera de tu expresión facial.
Y ese halago comenzó a soltar el nudo con el que Otis se amarraba.
—Gracias. A mí me gus... a mí también me agrada bastante la forma en que tu... —y la mirada de Otis se perdía en el recuerdo de su boca siendo tocada por los labios de Bloise. Eso lo retuvo.
—Ey, si vas para el suelo: avísame y te hago barra. —a Bloise le preocupó que de repente Otis se veía como medio dormido, a punto de ceder ante un desmayo.
—No. No. Estoy bien. Es que a veces me... yo me... yo soy algo raro.
—Creo que tu nivel de rareza es aceptable. Me han dicho que la clave no es pretender, es ser y ya que hablamos de lo que uno es: ¿te gusta la fotografía? —preguntó Bloise enfocándose en el aparato que veía y que supuso que pertenecía a Otis. Con tal gesto buscaba que el chico ganara confianza.
—Bastante.
—¿Pero no te pareces a la mamá de Nina?
—Me acuso de siempre tener el dedo sobre el disparador —aceptó levantando la mano y enrojeciendo.
Bloise vio como las mejillas de Otis se coloreaban a medida que temblaba y eso, le pareció tierno.
—Conozco muy bien la cámara de la señora Cassiani. Una verdadera reliquia funcional, si me lo preguntan. —él había reparado la Polaroid de la madre de su Señorita Presidenta una vez que casi se daña para siempre.
—Que bueno que pienses así sobre "atrapar momentos", ¿es mucho pedir que inmortalicemos esto? —dijo abriendo las manos —La primera vez que consigo sacarte palabra, porque aquí entre nos: sepa Jude si estoy soñando, pero ¡que bien se siente hablarte! Me gusta hablarte.
Otis siempre había deseado tener una fotografía de Bloise y aunque le sobraron oportunidades para hacerse de una imagen de su amor secreto: nunca tuvo el valor para oprimir el botón.
—Tardaré un poco en enseñarte el resultado. Mi cámara es análoga y aún me quedan varias tomas en el rollo.
Javier Bloise se tomó la contestación como un "sí" y se plantó frente a Otis. Éste tenía el uniforme desordenado y sabía, porque desde que lo noqueó estuvo al pendiente de él, que Otis no era de andar con la corbata malhecha ni el cuello desajustado. —O los dos con look desaliñado o como niños bien portados.
—Lo segundo —contestó sin esperar que Bloise se tomara la molestia de terminar de vestirlo.
La imaginación de Otis comenzó a volar y a volar.
Su cerebro le dijo que Bloise sería quien le haría y desharía la vestimenta; tras horas de pasión esos dedos le acicalarían para volver a causar desorden una vez y otra más. Otis dejó de estar consciente cuando Bloise pasó por su cuello, se vio abrazándolo y por un segundo, su ayer se cruzó con el presente. El recuerdo de sentir esos labios contra los suyos, renació.
Ese par de labios que estaban a escasos diez centímetros de él.
Sus manos reaccionaron alzándose en busca de esa quijada que anhelaba recorrer, poco le faltó para dar el paso del no retorno pero cambió de curso. Posando sus manos sobre las de él, dio un breve apretón a la piel ajena. Se estremeció.
El cuerpo de Otis le dijo a su dueño: «Te detienes, avanzas o te abandono. Yo puedo más» y cuando Bloise ajustaba el nudo de la corbata, sintió escalofríos.
Javier Bloise tragó saliva. Sólo en una ocasión había irrumpido el espacio mínimo de otro hombre y esa única vez; dio su primer beso en igualdad masculina. «¿Qué estoy haciendo?» se dijo y de inmediato cayó en cuenta de que había tomado una licencia que podía leerse de muchísimas formas. En especial: esa que había procurado ocultar.
—Lo siento. No vayas a pensar que yo soy...
—Ah. No. No. Tranquilo. Yo tampoco soy...
—Eso —dijeron al unísono y eso; negar su gusto por los de su mismo género, les dolió demasiado.
La sonrisa que quedó atrapada en la cámara hablaría por ellos más tarde.
—Tengo que irme.
—Igual.
—¿Después de hoy podemos decir que somos amigos? —Bloise quería tener y sentir libertad de seguir hablándole. —¿Al menos ya no arderé en el infierno? —y cuando Bloise dijo "infierno" se acordó de lo que le enviaron a hacer —¡Ay, casi se me olvida! ¡Nina que dice el Señor de allá abajo que regreses!
—¡Qué no grites en la Biblioteca, carajo! —replicó entre susurros gritados —¿Y de cuál "Señor" me estás hablando?
—Pues tu am... —"amor" estuvo por decir pero luego recapacitó porque se suponía que era Moira la que soltaba verdades al aire no él —¡Tu amiguito del inframundo, o sea tu otro yo, Hades, tarada!
—¿Hades? —preguntó Otis extrañado.
—Si es que... hnm, ¿cómo te explico? A ver, esto es información confidencial, Otis. Nos tocó jugar a La Jaula para lo del festival y al tutor de la 2-4 se le ocurrió hacer una cosa combinada con religión griega. Entonces, antes de que me haga más bola de lo que ya me estoy haciendo, sólo tengo autorización para decirte que yo soy Hades y Nina es...
—Perséfone —repuso Otis sonriéndole a la pelirroja que venía con un carrito cargado de libros.
—Sé que eres de fiar Otis. —señaló ella —Pero igual te pido que no le vayas a contar a nadie. Nuestra dinámica para el Festival es secreta. —aseguró recordando lo poco que se avanzó sobre el tema durante la ausencia de Darío.
—Prometo no decirle nada a nadie.
—Ese es mi amigo —y Bloise levantó el puño para chocarlo con el de Otis.
Los tres adolescentes se despidieron, Nina de abrazo y beso. Bloise y Otis con apretón de mano y en lo que el tenista se quejaba del peso de los libros que Nina pretendía que le llevara, a Otis le urgió saciar una duda.
—Hipotéticamente hablando: si yo quisiera comprar a uno de ustedes, digo, a una de la sección 2-4 para pasar el Festival entero con dicha persona, ¿qué tendría que hacer?
—Hipopotamente hablando...
—Hipotética, Bloise, no "Hipopota".
—Hipopotamente hablando, niña sin educar que lo interrumpe a uno en el habla. —insistió Bloise al ver que Otis reía por la ocurrencia de su palabra mal dicha adrede —Tendrías que pasar una serie de pruebas. No cualquiera podrá hacerse de uno de nosotros, ese es el chiste. Somos exclusivos y bastante caros si al precio nos referimos.
—¿Pruebas?
—Si, pero en tu caso saldrías bien librado. Sé que comes libros como Nina y una de las pruebas es un mini examen de historia. Muy originales nosotros, ¿no?
A Otis Maier le brillaron las pupilas con emoción y alguien lo notó.
—Ay, Otis bandido —dijo Nina —Bien guardado te tenías que estás interesado en una de mis compañeras. Suelta la sopa y dime con quien quieres salir ese día.
—A la de menos y te dejo sin Perséfone, Hades —se encubrió Otis mucho mejor de lo que esperaba. —¿Qué te parece gastarnos ese día perdidos entre pilas de libros? —y ahora era a Nina a quien le brillaban los ojos.
—Eh. No. Negativo. Eso no puedes hacerlo. —corrigió Bloise —Esta mujer tiene que quedarse a mi lado todo el rato. De lo contrario me pongo triste y que suelto al perro de tres cabezas y se come a la gente, ¿eran tres, verdad? Algo así entendí que era el cuento. El punto es que ni ella o yo estaremos disponibles para nadie, esas son las órdenes que tengo que seguir.
—¿Órdenes?
—¡Qué digo órdenes, es que soy muy guapo y ya vestido de dios griego me raptan y así se perdió Colón en América. Por eso Nina va a cuidarme, soy mercancía re codiciada!
—Te pasa por tener las carnes bien puestas, mi querido Hades y ya vámonos que no quiero que me jalen el mecate, me hubieras avisado para subir. Otis, te veo luego del almuerzo.
—Si hace ratos que te estoy llama y que llama y tu teléfono no da ni tono. —reclamó Bloise.
—¡Ay, es que me quedé sin un cinco de saldo y no puedo recibir llamadas!
—¿Y cómo mierdas se te ocurre venir hasta el Colegio sin un peso para comunicarte? ¡Muchachita con retraso en las funciones básicas!
—¡No, Bloise, no vayas a hacer lo que estás por hacer, no me...!
Y Nina se quedó con la palabra en la boca. Su celular vibró en cuestión de segundos por un mensaje de entrada notificando que había recibido una transferencia de saldo por veinticinco dólares. Un regalo que salió de la cuenta del teléfono de su amigo Bloise.
Mientras Otis veía que aquellos dos se alejaban, en su cara se pintaba una sonrisa de oreja a oreja.
—Voy a robarme a Hades. —dijo en voz alta, olvidando que no estaba solo.
Pero no era de Míster O de quien Otis se había descuidado y por eso: ahora un extra conocía algo que la pelirroja se guardaba para su persona íntima, volubilidad.
—Y yo a Perséfone. —aseguró el otro estudiante que había arribado con Otis a la Biblioteca.
—Ella no es el tipo de chica que te gusta y ni siquiera va a determinarte. —contestó Otis cuando reconoció esa voz que la había escuchado por años.
—Sí, tienes razón. Enciclopedia es la mujer con la que yo soñé jamás. Con lo segundo: estás rotundamente equivocado.
—Te he dicho que no le digas así. Llámala por su nombre o apellido.
—Vale, corrijo: me robaré a la pelirroja de la 2-4. El día del Festival, tendré una cita con Nina Cassiani.
—Suerte con eso.
—No es cosa de suerte, todo depende de la precisión. Quedarme con ella es cuestión de mecánica. Lo mismo que estoy seguro que harás con tal de volver a besar a tu Bloise. Así que: ¿compañeros de salón, de crimen y andanzas?
Otis quitó toda expresión de su rostro y no porque ésta persona supiera de su enamoramiento por Javier Bloise; él mismo se lo había confiado hace un tiempo atrás. Su cara se volvió neutra por pensar en Nina.
No iba a traicionar a su amiga, pero por el otro extremo estaba su imperiosa necesidad de estar a solas con Bloise. Conseguiría salir con él a como diera lugar, de eso no le quedaba ni una duda y desperdiciar la oportunidad que tenía en la nariz sería imperdonable. Además, quien le pedía ayuda también era su mejor amigo que, de paso, estaba libre de novia y no era un mal tipo aunque sí un poco impetuoso y precipitado. Según Otis, nada que alguien como Nina no pudiese manejar.
—Si llegas a incomodar a la Señorita Presidenta o a querer propasarte: te juro que te dejo botado con el proyecto final. Aplazarás y eso aplica también para tu otro yo, ¿estamos?
El ya no tan adolescente asintió y ofreció la mano.
—Dīvide et īmpera —se dijeron al sellar su travesura. Poniendo el punto inicial de una línea que, definitivamente, Darío Elba no contaba con que tendría que atravesar.
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