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83.

—83—



«Te me ensartaste en el ojo y también en el corazón» dijo hablándole de amor entre reclamos, mirando al reloj discutir en solitario: respirar ya no pesaba tanto.

Las agujas no pararon su ritmo, igual sucedió con su ausencia. Con tristeza en cada esquina de su entorno; seguiría a solas tal y como lo estuvo desde ese día de noviembre en que nació de una no maternizada. Partía sin adioses escondiéndose de la vista de quienes evitarían que se marchara. La de melena incendiaria lo penaría a mares quizás pasada de años entendería ahora que sabía lo que era enamorarse, pero «¿y él?» se preguntó vacilando en si hubo afecto de su parte.

«La verdad es que ya nadie muere por un amor truncado. No, yo no te haré falta» y el aire lo contradijo enviándole la compañía de quien amaba. Se plantó a orillas de su infierno a rezarle los cargos a ese otro él que, manifestándose etéreo y constante, avanzaba para dar el primero de muchísimos pasos.

Buscándole para transmitir su presencia; le escribió deseos con su aliento. Le dio a beber amargo tabaco mientras acortaba la distancia entre ambos, con una flor de vainilla le acarició el cuello, nombrándole lo atrajo hasta apresarlo en sus brazos.

«Niégame, niégate» pidió y Reuben no pudo responder.

Con igual cantidad de ganas y pudor; entregó su rendición. Sonreía al deslizar sus dedos temblorosos sobre la suavidad que habitaba en sus mejillas, le ardía el cuerpo de tanto postergar ese ansiado momento: el tiempo se le detuvo cuando con sus pulgares le recorrió el mentón.

«Aquí, justo aquí entre los brotes de tu barba, es adonde me quiero morir, amor, amor... si quieres juega: escóndete, yo quiero hallarte pero antes... » y besando a la nada, lágrima tras otra volvieron a bajar en picada porque para vivirlo levantó las manos y por tocarlo, atrapó el espacio de lo que solía compartir a su lado.

La agonía lo atravesó cuando descubrió que se abrazaba al aire.

El llanto le apagó la fiebre y de inmediato le remojó la memoria. Aquello no era más que una mera fantasía; sueños vívidos, su maldición eterna. La desdicha de tener tanto atascado en la garganta por quien no tenía ni una pista sobre su ubicación, era su realidad exacta.


—¿Ella tampoco sabe dónde está?— preguntó para traerse de un buena vez a la tierra raspándose el alma de un solo tirón, alborotando el aire desabrido con puro dolor.

—¿Puedo responderte con una mentira piadosa?

«No» dijo a labios sellados —Transparencia, eso es misericordia no las verdades a medias.

—Llamó creyendo que pues...— y tras dar un suspiro ahogado Oneida Cassiani chasqueó la lengua, yendo contra sus principios quiso adobar la verdad. El delirio que recién había visto fue demasiado sublime como para matarlo con la simpleza de lo real —Ambos sabemos que... no está aquí... seguimos en el mismo lado de la acera.

Reuben Costa estrelló su espalda contra la pared y quiso fundirse con el concreto. Una, dos y tres veces se golpeó la cabeza, cuestionándose «¿entonces dónde?» volvió a quedar tendido en el suelo sin medir el esfuerzo que le tomaría levantarse. Cada que lo intentaba, caía peor que la vez anterior.

La terquedad de lo que solía ser su espíritu de lucha ahora se mofaba del hombre mancillado.

«¿Para qué me molesto si aquí es a donde pertenezco? Esto me pasa por ansiar más de lo que debo» se decía embargado de miseria «¿Qué me costaba seguir como estábamos?, ¿por qué no vi que todo era demasiado perfecto como para que él formara parte de mi cotidiano? ¡Lo eché a perder una vez más y lo peor es que por culpa de mis acciones, incluso herí a terceros!» se recriminó muy duro sin poder concebir el odio y el rencor de Gail hacia su persona y todo por involucrar sentimientos justo donde ella le advirtió que no los mezclara —¿Para qué lo intenté si yo..? ¡Yo no merezco amor!— y Oneida, al escuchar esas últimas cuatro palabras: sintió que el pabellón del oído se le quemaba.

—¡Vuelve a decir o a pensar eso y verás que mal te irá!— le dijo en lo que le lanzaba uno de sus altísimos zapatos. Nada le importó herirlo, quería reprenderlo con la severidad que otorgaba el caso —¡Te voy a enseñar qué es..!— y ante la mirada desolada de Reuben, Oné no pudo hacer más que morderse con gran frustración. Aportar al silencio le resultó insoportable.

En "San Martín", la disonancia del corazón de Reuben era lo único que se escuchaba y si aquel músculo no perdía su función: se debía a la naturaleza que se empeñaba en no dejarlo ir aunque él lo deseara.

Algo que notó Oné y que le preocupó demasiado.

Por eso, quitándose el otro zapato caminó despacio y buscó también el piso para recostarse, con su mano derecha tomó la izquierda de él para sentirle y con el brazo que le quedaba libre, al palpar lo angustiado que seguía, intentó apaciguarle usando como remedio un tierno abrazo pero la calidez de ese mimo en el que Oné confiaba a ciegas no surtió el efecto esperado. La penuria de Reuben era contagiosa y aplastante, pocos minutos bastaron para que a ella se le consumiera su admirable estabilidad: una característica que sólo residía en sus nervios. La de en medio de los Cassiani Almeida siempre actuaba y pensaba con la cabeza fría aún en las crisis más crueles que le tocó atravesar.

Por eso, flaqueando y hasta un tanto infantil, se cuestionó —¿Me pasé al hablarle de ese modo a Gail?

—La trataste como a Nina— respondió Reuben y usando un mínimo de la cordura que le quedaba, continuó —Le hablaste como me hablas a mí. Lo hiciste igual que lo haría una hermana que quiere bien a un menor. No le diste nada con lo que no pueda lidiar. Ella es aún más fuerte que nosotros dos.

Oneida hizo un mohín, disconforme volvió a callar y se limitó a sus pensamientos.

«El problema es que parte de su fortaleza viene de la seguridad de saber a Leandro a su lado. Sin él, no le queda nadie» se confío Oné para sí estando equivocada, pues Gail con o sin su hermano nunca estuvo sola y eso era lo que pretendía demostrar Leonel a pesar de no tener la menor idea del cómo menguar su llanto. Sabía que el desahogo acarreaba bien pero consideraba que su hija ya había llorado demasiado. Nunca esperó verle tan expuesta y que se apretara con su pecho con uñas y espasmos; le atosigaba de sentires desesperados al grado de que ya tenía los ojos cristalinos y dispuestos para permitirse un par de lágrimas.

Estando a punto de empapar sus pestañas, el adulto castró su llanto pero no debido a sus años: algo en sus adentros le demandó aguantarse. Realmente confundido por tanto que vivía, prefirió actuar según ese instinto al que denominó de paternal pues, el afloro de querer proteger a Gail hasta del viento se debía a que era parte ella y viceversa.

Siendo más que carne de su carne, con Gail compartía fibras, espíritu y venas.

Como padre, Leonel deseaba con todas sus fuerzas arrancar el miedo que tribulaba a su hija, como ser humano: rogaba por intercambiar de cuerpo para evitarle el dolor por el que estaba pasando. Quería desaparecerle el sufrimiento como por arte de magia aún sabiendo de que con quitarle la carga de encima, no la ayudaba. Si algo tenía claro era que su misión se basaba en darle la mano pero sin empujar ni coaccionar y el proceso específico de tal hazaña no estaba documentado en ningún lado. Ahora entendía que nada de lo leído resultaría eficaz porque su Gail era una chica que no poseía molde estándar.

El manual de "¿Cómo tratar con mi hija?" debía ser escrito con su propia tinta de padre usando nada menos que la experiencia y para conseguir eso: solo le quedaba intentarlo y equivocarse.

«¡No te atrevas a darle palmaditas porque pensará que la tratas como a un Poodle y mejor ni hables que nada bueno saldrá de tu bocota!» se auto ordenó bastante ofuscado y tal malestar no provenía de que le incomodara la humedad de sus mocos; es que esa era su primera vez sirviendo de consuelo. Ese lunes Leonel estrenaba una experiencia nueva y sin embargo, aunque nunca había servido de pilar para nadie, estaba consciente de que con una ruptura como la de Gail no se podía lidiar a la ligera porque a leguas quedaba demostrado que ni para la dueña de la revolución era fácil asentar la esencia de su envase.

En Gail, su yo interno se había levantado para revolcarle a gusto los tres tiempos y el ayer: le pesaba demasiado. Los ecos, antes murmullos, ahora gritaban y su punto de quiebre aparecía cuando su conciencia le repasaba su compartir con su mejor amiga la insensibilidad.



«Quiero que seas más grande que yo. Más grande y fuerte que un roble, quiero que alcances al sol, quiero que sobresalgas del bosque como lo hacen las secoyas» recordó que fue lo que le dijo Leandro aquella mañana de hace cinco años cuando, pensando en que ya no podía, en su cabeza se presentó la turbia idea de darse fin con sus propias manos.

Por aquel entonces Gail tenía trece pero aun ahora, cinco años más tarde, se acordaba demasiado bien que dicha mañana cuando su hermano irrumpió en lo que todavía es su sagrada habitación monocromática, él de nuevo lloriqueaba.

«¿Cómo mierdas puedo ser yo la que tiene una vagina si es él quien se comporta como vieja?» se preguntaba altanera y feliz de que esas niñerías no le afectaran pues Gail solo escuchaba "mariconadas", un despectivo que aprendió de la lengua de Bianca, y tales mariconadas de Leandro la hastiaban.

Si, de niña se desvivió por él pero al crecer ya no y no sólo porque Bianca había dejado muy explícitas las consecuencias de frecuentarlo, el cariño y las muestras de amor: a ella le hacían roncha. Se volvió individualista y su relación cambió de mutua a unilateral porque Gail así lo pidió —No me busques a menos que yo te llame— le dijo y Leandro acató la orden con tal de no perder del todo la cercanía de su hermana menor.

¿Cómo podía abordarla para decirle que él como ser humano se estaba desmoronando si ella no le permitía ser espontáneo?

Ese día era viernes y aunque tocaba ir a estudiar todavía no era hora de levantarse, los sollozos la exasperaron más que de costumbre. «Odio cuando olvida que es él quien carga las bolas, a veces parece que no somos sangre, quisiera que no fuera mi hermano» admitió y continuó musitando todos los desperfectos que había en Leandro, nada bueno rescató ni siquiera las veces que él recibió castigos injustos para que a ella nadie la tocase.

Por estar criticándole debilidades, no entendió ni una de las palabras que le decía al oído como despedida, optó por ignorar sus "te amo" e intentando volver a dormir como si él no existiera: lo anuló por completo.

Cuando Leandro invadió un pedacito de su cama queriendo abrazarla, Gail estalló. A empujones lo sacó de su espacio y después: le estampó la puerta en la cara igual que lo había hecho con Leonel año tras año. Aquel sería el último adiós y ella lo rechazó sin piedades, luego volvió a lo suyo sin contemplar ni una pizca de lo que tendría que enfrentar. No fue hasta en plena clase de Moral cuando el Señor Douluz ejemplificaba qué era empatía, que Gail sintió algo adentro de sí rasguñándola.

Ahogándose y con todas las tripas hechas un remolino, salió corriendo del salón de clases sin tener permiso del Profesor porque de una mísera grieta: surgió un abismo que se la tragó y escupiéndola hecha pedazos, la dejó destartalada porque su cerebro al fin había comprendido el mensaje que horas atrás no quiso procesar.
«Por amor tienes que detenerlo, porque te amas debes de encontrarlo. Gail: tienes qué» se repetía mientras buscaba la ruta más corta que la llevara al Taller de Artes Plásticas.

Cuando por fin llegó, lo que vio la estranguló con brutalidad: las obras de Leandro no estaban en ninguna parte. Los vestigios de la existencia de lo que fue su hermano se resumía en bastidores vacíos y lienzos blancos pero Gail se negó a darle el crédito respectivo la lectura visual porque no quiso asimilar lo que a penas se asomaba y cerrando los puños: se obligó a pensar como lo haría un adulto de treinta y tantos, intentando por todos los medios calmarse descifró el actuar de alguien a quien no se dio la tarea de conocer a totalidad. Sonrió como enajenada al redescubrir en su memoria un lugar específico en el que aún no buscaba.

Omitiendo a beneficio que el cuerpo le tiritaba de solo levantar el brazo para mirar su carísimo reloj, un Treasure Aluminium Gold se antojó en su paladar. Su alma enviciada le demandó un cigarrillo y esa ansiedad le hizo surcar de prisa las escaleras con doble propósito: su hermano debía estar en la azotea porque ellos compartían ese nocivo snack a la misma hora y en el mismo lugar.

A Gail, un tipo de consuelo absurdo le sirvió de disfraz: todo seguiría su curso, la monotonía, el desplante usual, las clases aburridas, el sarcasmo e ironía siendo su escudo de vida y sin embargo, no entendía a porqué cuando con su mano derecha se gastaba el combustible de su encendedor; con la otra desfiguraba la caja de cigarros y en vez de que la inundara la adrenalina de que quizás fueran a atraparlos fumando otro sentimiento la embargaba.

Su corazón se estiraba y contraía de formas extrañas, de un rato a otro se sintió enferma, debía ser un bajón de nicotina y creyó que el malestar se iría al echarse dos que tres cigarros al lado de su hermano. Hablarían de todo como si lo de la mañana hubiese pasado pero nada de lo previsto sucedió cuando los escalones se acabaron.

Gail quiso arrancarse hebra por hebra sus negros cabellos porque se le agotó la esperanza.

La púber inmutable se agazapó a la par de la malla que la separaba del vacío y llorando en silencio, en una esquinita comprobó con el aire limpio de tabaco y vainilla que su Leandro no estaba y así, sin poder agarrar ni un poquito de aire, apareció el dolor junto a la soledad para devastarla: a casi un año de la partida de su amada Abuela tendría que volver a visitar el mausoleo familiar porque para la hora que era su hermano ya debía de habitar en el más allá.

Un olor de flores hechas ofrenda la golpeó en el estómago, embestida por una marea alta que le ablandó las piernas, tocó el suelo. Con los huesos entumecidos presintió que no lograría ponerse de pie y mucho menos omitir ni nadar en contra de la satisfacción del rostro de su madre cuando se enterase de la ausencia eterna de Leandro.

Y al recordar a Bianca, Gail anhelaba arrancarse el tacto con tal de dejar de sentir. Asqueada de su propia persona no evitó regurgitar a la luz el enorme motivo de su pena: escaseando gente que quisiera acercársele, sin su hermano ya nadie la amaría por lo crudo de su carácter justo como le sucedía a su madre.

Leandro era el único que no desistía ante sus desplantes. Por más que lo repeliera con las formas más horribles que un humano podía soportar, él no se cansaba ni fastidiaba de dicho comportamiento y no porque lo creyera correcto ni parte de la personalidad definitiva de su hermana menor: a diario le decía que consideraba que todo aquello era una fachada y aquel armatoste de insensibilidad y desapego si estaba muy bien construido, pero no era inquebrantable.

Y Leandro sabía como erradicar esa carcasa: haciéndola reír y vivir de verdad.

—Deberías de reír a menudo, así te ves muchísimo más guapa— retumbó en los oídos a Gail. Ese había sido el cumplido más honesto que alguna vez recibió y tal halago provenía de una fuente confiable: del leal e inseparable mejor amigo de su hermano.

Ese mismo chico que también le prometió que, aunque ella no lo considerase ni como a un conocido, siempre estaría para auxiliarla: Darío Elba.

Juntando gotitas de valor se irguió y con torpeza se echó a correr cuesta abajo con el gimnasio del Colegio como meta. Irrumpiendo en la lona del cuadrilátero ni bien alcanzó a distinguir a Darío, Gail suplicó a gritos reprimidos por un poco de ayuda y un cachito de misericordia.

—No puedo con tanto— logró decir reconociendo su debilidad ante lo que afrontaba y en esa ocasión no hubo bofetadas, malos tratos ni repulsión a pesar de que el boxeador estaba empapado de sudor. Luego de explicarse a duras penas, Gail se desvaneció y los brazos de Darío volvieron a servirle de colchón pues él no dejó que el suelo se burlara de su estado.

Cuando reaccionó no conseguía distinguir adonde estaba, le dolía la cabeza y escuchaba un zumbido de abejas hasta en las muelas. Quiso levantarse y el cuerpo no siguió sus órdenes, a punto de caerse de la camilla en la que Darío la había depositado se creyó muerta porque al enfocar la vista vio a su hermano.

Sonriéndole con felicidad plena, una lágrima de él se precipitó y ella, en el segundo que sintió la calidez de esa agua bendita refrescándole el alma: le devolvió una sonrisa que tenía la fuerza suficiente para crear mil universos complejos.

—Eres un llorón de mierda, un idiota por ponerme semejante carga, un cobarde por querer matarte pero así, con todos tus defectos: te amo— y de esa manera, de la boca de Gail salió su primer "te amo". Dos palabras en las que ella no creía, cinco letras que consideraba sobrevaloradas hasta cuando provenían de su fallecida Abuela.

Desde entonces, el "te amo, hermano" no abandonó su vocabulario, no hubo día venidero en que no expresara sus sentimientos por él porque sólo entendiendo lo que podía ser llegar a perderle, le hizo amarlo y no por una vil co dependencia. Nunca más se negaría a escucharlo y a comunicarse en formato de diálogo.

—Perdóname por no saber escucharte y también porque no puedo si te vas— confesó Gail abrazada al torso de Leandro —Quédate, te necesito más de lo normal, yo no puedo si no estás.

—Siempre hallaré la ruta de regreso a tu lado, amada Le Petite Hooper— le juró Leandro en aquel entonces —Nunca estarás sola.



«Pero sí lo estoy, creo que ha sido así desde que tengo uso de razón y lo peor: es que yo me lo he buscado» se dijo Gail justo ahora en su tercera vez que la soledad se la comía pedazo a pedazo. En su cuerpo, palpaba millones de huecos que le insinuaban desamparo. Se sentía desnuda y asediada por un invitado maldito al que no conseguía ignorar.

Leonel Hooper tenía razón, su hija padecía de miedo y aquel mal tenía raíces crónicas. Si de madera se tratase: no había astilla que no estuviera corroída por el pánico.

El miedo de perder a Leandro desembocaba en la idea de vivir en soledad, Gail seguía creyendo que nadie la amaba por sus tantos desperfectos y de reconocer sus fallos: aparecía el terror por lo que había descubierto con la ayuda no grata de su madre. No quería ser el reflejo de Bianca porque ella no era para nada agradable y al verse y encontrar rastros enfermizos de su comportamiento en sus modos de actuar: se horrorizaba. Enfrentar a la sociedad que había forjado a su alrededor se volvía traumático. A ratos, cuando apretujaba los dientes hasta sentir los nervios de éstos, ese dolor le parecía más tolerable que el de encarar lo que le esperaba en el mundo exterior.

Cada dardo envenenado que lanzó a sus compañeros de Colegio ahora se le regresaba multiplicado y estando así descosida a totalidad; no iba a poder remendarse ni con parches prestados porque aunque fueran parte del Manto Sagrado no calzarían con el diámetro que de lo que necesitaba reparar de sí.

«Ojalá pudiera irme en lágrimas» pensaba Gail entre tantas cosas estando todavía prensada al cuello de su papá y éste, mientras tanto, no conseguía nada de lo que se había propuesto y se daba una tunda magistral en la adultez responsable.

«¡Tengo que ser fuerte y a la vez vulnerable y aunque no sepa cómo: no puedo darme el lujo de quedarme sin hacer nada. Mi niña me necesita!» se reclamaba Leonel a golpes de pecador sumamente arrepentido por no haber aprendido de las formas de su madre.

Aída solía ostentar el título de "roca suave" en la familia Hooper y de hecho, ella era la única persona con sensibilidad y carisma con la que alguna vez topó en su vida y ahora que ya no estaba, se devanaba los sesos intentando buscar su proceder ante la situación que atravesaba.

«Nací de ella y algo, aunque sea una pizquita de su ser debe haber en mí» pensaba y en eso, una voz lo sacó de lo abstracto y confuso de su cabeza.

—¿Qué es lo que quieres?— le dijeron y por más que buscó con la vista, no vio a nadie más que a él y a su hija. El pasillo adyacente y las escaleras de caracol continuaban vacías pero la voz seguía hablándole —¿Qué es lo que quieres?, ¿qué es lo que deseas?— volvió a preguntar y aquella voz de pronto le resultó conocida pues era la misma a la que él antes no estuvo presto a escuchar.

Era Aída hablándole a través del recuerdo y esas tres preguntas que repetía con constancia y afecto fueron las mismas que ella le hizo a él hace décadas cuando Lisandro, pensando en capitales, le impuso a Bianca como esposa.

Quoi veux-tu pour toi, qu'est-ce que tu as besoin de vivre?— dijo Leonel en el idioma natal de Aída sin pensar que acababa de mezclar su pasado y el presente. Dejando caer los hombros, presintió que Gail se iría de su lado.

—Quiero... quiero ser más como yo y menos como ella, ¡pero resulta que me doy cuenta que no sé quien soy!— expresó Gail sumamente sorprendida de lo que decía porque estaba hablando con sinceridad absoluta sobre algo que ya no podía seguir ocultando.

—Vivo bajo la superficie, le temo al mar abierto y también al asfalto. Cada paso que doy, lo hago con la presión de estar calzando algo que no quiero usar y así camino larguísimos trayectos pensando y repensando en no cometer lo que sería un error para ella y con eso lo único que he logrado: es acumular daños internos que ahora me supuran por la cara— contó en relación a su madre, pero como Bianca no era la única espina que tenía trabada en su corazón: regresó a su punto de inicio.

El ciclo sin fin con el que no podía más.

—Lo que más deseo para mi vivir es tener a mi hermano a mi lado, ¡quiero que no me falte nunca pero no porque dependa de él sino porque lo amo pero soy tan simplona y sin gracia que ni siquiera puedo ubicarlo! ¡Él sabe dónde estoy las veinticuatro horas del día y no porque me espíe, no me ha pegado un localizador en la espalda ni ve a través de mí como si yo fuera una bola de cristal pero me conoce tanto como para intuir cada uno de mis pálpitos pero yo no puedo decir lo mismo de mí sobre su persona!

«¡Oh Virgen Santísma, funcionó!, ¡si funcionó!» pensó Leonel y el ritmo cardíaco se le aceleró al extremo «Ok, no te emociones. Calma. Cálmate. Aquí lo único que importa es ella y con ella: a seguir adelante. No te muevas en falso. Mira por donde caminas y no aflojes el paso» repuso y al bajar la mirada, vio sus zapatos lo cual hizo que también observara los de su hija.

—Tus zapatos. Gail, tus... — y ella volvió a ver los objetos que su papá le señalaba.

Leonel, a quien le escaseaba el ingenio, apretó los ojos y hasta se mordió la lengua en un esfuerzo que pareció sobre humano para poder soltar las palabras y hablar. Iba a continuar porque ya tenía la manera correcta de demostrarse a su hija aunque tuviera un desorden revoloteando en su corazón de padre.

—No usas los reglamentarios porque no son cómodos para tus pies y aunque bien pudiste encargar unos con medidas especiales: preferiste usar el modelo de los chicos. Poco o nada te importa que literalmente son masculinos pues éstos son de tu agrado. Tus uñas las llevas cortas y siempre las esmaltas de negro. Sé que no lo haces por seguir una tendencia ni para ser parte de una subcultura: es que así te sientes bien resaltando a tu modo cuán femenina eres. No cualquier mujer puede llevar el negro y verse clásica y a la vez contemporánea— le aseguró sin mentiras de ningún tipo y después se quedó en silencio por breves segundos para hallar cómo decir lo siguiente debido a la naturaleza del tema a tocar. Había llegado la hora de explicarle que con lo poco que sabía de ella, conseguiría ayudarle a levantarse porque su hija no era copia ni réplicas de nadie más que de sí misma.

—Cuando cumpliste quince años, tu mamá quería que de regalo firmase un consentimiento para que te pusieran implantes en los senos. Ese día reñí con ella y no le di tregua: no hubo forma de que me hiciera asentar mi rúbrica en ese papel. Al salir de la habitación, me di cuenta de que escuchaste todo y pensé que estabas tan molesta conmigo que no pudiste hacerme ni una mala cara y menos uno de tus usuales desplantes y creí que por eso te echaste a correr. Pasé meses reprochándome el frustrar aquella operación, pero nunca me retracté porque para mí, mi hija es preciosa tal y como es y aunque no lo he escuchado de tu boca: años después tengo la seguridad de que si ese día no me mataste con tus palabras, es porque te alegraste de que yo no accediera a cambiarte. Te he visto frente al espejo y no he captado lo que otros papás cuentan sobre sus retoños adolescentes porque mi hija es distinta del resto, ella brilla con lo que tiene y hasta con lo que los demás creen que le hace falta...— los ojos cristalinos de Gail pidieron una pausa.

Un indicio de sonrisa emergía en la comisura de sus labios por apreciar a ese hombre al que a pesar de que no le dio oportunidad de acercársele, se dio la tarea de hurgar para conocerla porque al igual que Leandro él la amaba así como era y con las migajas que dejó sin intenciones por el camino, ahora estaba restituyéndole el alma.

Papá acababa de hacerle ver que en medio de todo lo que hacía para complacer a Bianca, siempre fue ella misma aunque a grandes rasgos no lo notara.

Movió sus dedos adentro de la horma de los zapatos y gozó de la amplitud de aquel espacio estirándolos a su antojo, el permitirse tal comodidad le hacía bien a su cuerpo y también a su forma de pensar. Por medio de algo tan simple como lo fue escoger un calzado, Gail conoció el significado de libertad: una que era suya y de nadie más no se podía calcular.
Mirando sus largas manos, comprobó lo bonito del contraste de su piel con el negro en sus uñas y eso la tenía enamorada. Amaba que debido a su estructura ósea no perdía la elegancia, ya fuera que las pintara de negro lustroso, escarchado, metálico o mate: sus manos quedaban delicadas e incluso se veían artísticas cuando las perdía entre pliegues al explorarse y dicha incursión a su intimidad siempre le recordaba algo muy importante.

Segurísima que no cualquiera podía darse ese lujo de presumir tal belleza, bajó la vista y la posó sobre su copa de talla A.

Papá había dado en el clavo, ella nunca se pondría nada sintético ahí ni en ninguna otra parte. Suficiente tuvo con soportar aquella prenda especial con la que se le corrigió la postura de la espalda y qué decir de ese desgraciado corsé de fantasía con el que le formaron la cintura a la brava. Por esas razones y otras tantas, el día que Leonel se negó a firmar por un par de siliconas, Gail si estalló pero no en rabia sino en un sentimiento que no había experimentado hasta ese entonces: la satisfacción de tener propiedad sobre su cuerpo justo como ella lo quería, sin nada que no fuera parte de su propia carne.

—A Bianca no le agradan tus zapatos, tus cientos de botes de esmalte negro y menos la talla de tus pechos. Tampoco le gusta que escuches a Edith Piaf ni concuerda con el corte de tu cabello o con la ropa que te hace ver ambigua, cree intentas copiar a tu hermano por eso te prohibió verlo pero lo tuyo no es un caso de imitación ni rebeldía: esas y otras cosas más son tus gustos y quizás se queden como están. Sin embargo, lo que hoy te atrae puede que mañana cambie e igual sucede con las conductas. Así como no estás de acuerdo en usar algo que no te trae comodidad o que da otra impresión de tu forma de pensar, así puedes deshacerte de todo lo que sientas que te hace daño. Por ahí dicen que nunca es tarde para enmendar y sé que Leandro se pondrá muy feliz de verte mejorar a bienestar y no te preocupes que él jamás se desprenderá de tu lado. Si no ha podido atenderte sus motivos tendrá, no olvides que ya no es un niño temeroso, él ha crecido y no volverá a intentar lastimarse de nuevo. Darío le enseñó a cumplir sus promesas y por el amor que se tiene a sí mismo, a vos y a Darío: vivirá cueste lo que le cueste. Mis hijos nacieron igual de frágiles que valientes porque en el camino se hacen fuertes, si no mírate: lo grande que eres no viene de herencia, es un reflejo de lo mucho que tienes adentro.

Gail por fin había parado su llanto, las palabras de Leonel le hablaron con la verdad sobre todo lo que la tenía descomponiéndose. Tenía mucho trabajo por delante, un camino nuevo que zanjar y muchísimas cosas que cambiar y de entre lo primero: estaba su perspectiva hacia su padre.

Aun no entendía cómo funcionaban los lazos entre ellos dos mas trató de hacer un primer acercamiento y recostándose en uno de los hombros de Leonel, hizo que él se sintiera desde ese momento y para lo que le quedaba de vida: el hombre más feliz y privilegiado del mundo entero. Ahora con ese gesto tan sencillo e invaluable tenía la confianza para seguir y avanzar en su tarea como papá.

—¿Puedo añadir algo?— preguntó muy emocionado y Gail movió su cabeza asintiendo.

—Quisiera que tengas en mente que si me lo permites: estaré a tu lado con la única intención de ayudarte. No te pido nada a cambio más que una oportunidad y ésta se dará bajo tus condiciones, prometo respetar tus términos. Hija, yo sé que no soy un padre ejemplar, pero...— Leonel ya no pudo continuar con lo que deseaba decir porque Gail dio un brinco y él salió disparado centímetros lejos de ella.

Creyendo que la había asustado, se tapó la cara e internamente se reclamó por intentar más de lo ya conseguido. Se dio un golpecito en la sien arrepentido de no haberse callado y cuando estaba por repetir  la acción: ella lo detuvo.

La mano suave Gail se interpuso entre el golpe y enlazando sus dedos con los de él, le hizo que la viera para enseñarle la causa de su sobresalto: su celular vibraba avisando que tenía una llamada entrante de nada más y nada menos que de ese a quien tanto amaba.

—Oh, entiendo— dijo Leonel y se puso de pie.

Ya había hecho más de lo que pudo llegar a imaginar y ahora, con la seguridad de que Leandro si existía en el mismo plano físico que Gail se pensó como un pelo entre ambos y ya que siempre era excluido de la ecuación, con dolor prefería marcharse. Consideraba que él y su sola presencia salían sobrando.

—Bueno, y-ya ya me voy. Que tengas un buen día— y cuando quiso retirarse Gail lo tomó del brazo y muy seria le indicó que se sentara.

—No he dicho que te vayas porque no quiero que lo hagas. Quédate. Quédate a mi lado, papá.

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