8.
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Marzo, un lunes.
Este año el verano había azotado al país sin clemencia, el sol aprovechó a conciencia sus tremendos poderes y muchos distritos estaban a secas.
Nada más quedaba volver la vista al cielo con la esperanza de que alguna nube apareciera y que por milagro de San Juan lloviera o al menos las nubes pudieran detener un rato al implacable rey astro.
Nina se levantó como siempre, desayunó en "San Martín" según la costumbre: esta vez jugo de manzana y pan brioche especiado.
Rhú estaba con ella a la mesa acompañado de una taza de café negro y un trozo de torta de novia.
—¿Está difícil? —dijo Nina a Rhú que marcaba con fluorescente un grueso libro de páginas desordenadas de tanto uso.
—Vale el 30% no me quiero arriesgar. Además que no todos tenemos una súper memoria como la tuya Cabeza de Remolacha.
—¡Já! En todos estos años jamás me ha defraudado y lo que no aprendí en semanas no voy a aprenderlo en una sola noche —se jactó muy orgullosa de su gran y excelente memoria.
—¿El tuyo de que es? —preguntó Rhú pues sabía que ella estaba también en semana de exámenes.
—Química y en la tarde uno de Historia —contestó luego de tragar un bocado.
Rhú sonrió y siguió marcando párrafos que consideraba importantes, tomó un sorbo de café y aún con la mirada obligada en las páginas del libro dijo:
—A veces tengo la sensación de que tus profesores se limitan a leer tu nombre en el encabezado y te califican con 100 sin necesidad de leer el resto.
—¿Dudas de mi intelecto o de mi memoria? —preguntó Nina con un dejo de supuesta molestia en la voz, ya que le era imposible enojarse con él.
—¡Ni de una ni de la otra!. Solo que he visto tus exámenes y se te pasa la mano: con una respuesta llenas casi una hoja. Debe de ser algo tedioso calificarte, yo no lo haría pues sé que como tu profesor en algún punto sabrías, incluso, más que yo. ¿Para qué me quedaría a darte clases si no las necesitas?. Me pondría muy muy muy triste y me haría la pregunta filosofal del cangrejo: ¿y yo que hago aquí?. —dijo moviendo las manos como si estas fueran tenazas.
Nina que tomaba jugo en ese instante le hizo un guiño a Rhú y él correspondió tocándole con el índice la frente, ella pasó ambos brazos por encima de la mesa y lo tomó por el cuello de la camisa y unieron sus frentes.
Estaban acostumbrados a tener este tipo de juegos y al contacto físico, incluso cuando Nina era pequeña le encantaba treparse en Rhú como si fuera un árbol hasta quitarle el gorro de panadero. Dicho juego inocente terminó cuando ella entró a la adolescencia: aunque quería a Rhú como a nadie más en el mundo, ya no podía jugar con él de esa manera.
Sin necesidad de palabras él comprendió sus razones, además de que para aquel entonces Rhú ya no era un adolescente sino un hombre hecho y derecho.
Aunque algunas viejas costumbre aún estaban presentes como la de abrazarla desde atrás para "clavarle" su afilada quijada justo en la cabeza y la de ella soltarle a como fuera los tirantes del delantal.
Ahora, Nina tenía 16 años recién cumplidos en enero y acercarse a ella era doloroso para él, pues "Nina, Mina, Fina, Lina, Pelufina, cabeza de cerilla" ya se había extinto y una hermosísima mujer de largo cabello flamante y verdísimos ojos esmeralda se plantaba a su lado cada día y de madrugada.
¿Cómo negar que él la sentía a ella?.
Fue por eso que cuando se sintió a escasos centímetros de su rostro y justo antes de caer perdido en aquella laguna de sus ojos la soltó casi de inmediato.
De un tiempo hacia acá en ciertos días Rhú "sentía" a Nina bajo su vientre con más fuerza que la de costumbre y eso realmente le molestaba cuando sucedía.
—Si no te apuras te deja el autobús, termínate ya ese pan —dijo para encontrar una salida a la situación que se le estaba presentando.
—¡Si Señor! —respondió Nina saludando como lo haría un cadete a su Capitán.
—Por cierto: lleva paraguas pues hoy va a llover.
—¿Acaso no has visto el odioso sol que nos está retostando?.
—Como quieras, luego cuando te mojes y te resfríes no digas que no te lo dije.
—¿Que no te diga como el agua escurre por mi cuerpo metiéndose hasta en el último resquicio de mi piel? —le dijo Nina mientras pasaba coqueta a su lado dejándolo con las mejillas encendidas.
—¡Niña malvada! —logró gritarle ya cuando ésta estaba al otro lado de la calle.
—¡Lo siento! —contestó y se volvió para tirarle un beso, Rhú lo cogió en el aire y se lo llevó contra el pecho.
"Un día de estos, Nina, vas a matarme" – se dijo para sí abriendo la mano mirándola fijamente y encontrándola vacía.
Nina otra vez se perdía, otra vez, más allá del pavimento.
Ese lunes de marzo fue el más bochornoso de todo el mes entero, a las diez de la mañana Nina miraba al cielo esperanzada por encontrarse con la nube que le predijo Rhú, pero no había rastro de nubes en ningún cuadrante del horizonte del colegio, solo un bizarro sol al que Nina le sacó el dedo medio un par de veces.
Había acabado con el examen teórico de química hacía ratos, pero seguía sentada en su asiento, ya que nadie tenía permiso de levantarse hasta que sonara la campana.
Llegada la hora del almuerzo, Moira y Bloise jugaban con la comida como era su costumbre mientras Nina en la solemnidad que la caracterizaba se devoraba el suyo en una esquina de la mesa en total silencio. Para Nina la hora de comer siempre era sagrada y nada nunca la perturbaba pero justo hoy y para colmo de males estaba sudando a chorros porque "alguien" que quizás padecía de hipotermia ordenó que se sirvieran únicamente sopas y cremas en el menú de ese día, el día más caluroso del año.
"Cuanto te odio sol, con todo mi corazón, como te odio" —pensó justo cuando el reloj marcaba las tres de la tarde, ella había terminado el examen de historia con poco entusiasmo de tanto calor que hacía y mientras se aflojaba la corbata que la estaba asfixiando, levantó la mano y dijo en voz alta:
—Permiso para quitarme la corbata.
—Por mí quítense toda la ropa si quieren —contestó Emiliano Prego, el tutor —siento como si estamos en una olla de presión – dijo quitándose la corbata también y arremangando su camisa.
—¡Proust lo que dije no era específico, abróchese la camisa interior por favor! —le gritó acalorado Prego a Moira que tenía la mala costumbre de jugarle despiadadas bromas a los profesores y estaba ensañada con sacar de sus casillas a Prego.
—¡Solo seguía ordenes Señor! – se atrevió a contestar.
—¡Una más y le mando boleta!.
—¡Cuando quiera! —le remedó una vez más.
—¡No me tiente Proust! —dijo el tutor que tenía ya el block en las manos y se buscaba el bolígrafo.
—Disculpe que me entrometa Señor Prego, pero no le haga caso a Moira, la pobre debe de sufrir un golpe de calor, se deshidrató y creo que ahora si la hemos perdido, se le fritó el cerebro —interrumpió una desesperada Romee Grigorieva tratando de salvar a la insalvable Moira.
—El cerebro lo tiene frito desde que nació, pero el punto no es ese, dejen de discutir que se acaloran, se hiperventilan y vamos a morir en este sopor de locas —solicitó Nina
—Moción secundada —contestaron al unísono las catorce niñas restantes
Pasado el incidente de la ropa, el ambiente se apaciguo de nuevo, Prego concedió permiso de pernoctar sobre la mesa mientras él se abanicaba con los informes que debía estar llenado.
A las cuatro veintisiete el salón de la 2-4 se tornó opaco y tanta era la congoja que les agobiaba que nadie lo había notado hasta que Gail Hooper con la mirada perdida en el ventanal preguntó señalando el cielo.
—¿Alguien sabe si había eclipse hoy?.
—¡Que no hay eclipse hasta dentro de siete años!, ¿qué ya nadie me presta atención cuando rindo informe del club de astronomía? —levanto la voz un poco molesta Camille.
—¿Entonces adonde se fue el sol? —reclamó Hooper con cara de escepticismo.
Nina que estaba con la cabeza aplastada sobre una pila de libros volvió a ver hacia la ventana que tenía muy cerca y abriendo los ojos de par en par exclamó:
—¡Reuben Costa tenía razón!.
En pleno marzo, tal y como se lo habían advertido esa misma mañana aquel firmamento se había ennegrecido de nubes tormentosas.
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