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78.

—78—




Quitando la algarabía de los preparativos para el Festival de la Colecta y la melancolía del adiós junto a la despedida, el lunes transcurría normal. Igual que cualquier otro día de clases con todos sus altibajos y pormenores para ser considerado como cotidiano.

Pasaba así para todos, hasta para una enamorada Nina Cassiani quien entre sus amigos y compañeros se comportaba de manera regular, según las normas que regían sus hábitos y conducta. Así lo demostraba quedándose taciturna en su tan famoso y reconocido silencio, el mismo de cuando hurgaba adentro de su cabeza para expresarse como consideraba que era lo correcto.



—Tengo una duda —se animó a decir después de pensárselo tanto y como siempre, poniendo en orden la composición de sus ideas a modo de no causar ningún tipo de escozor, hizo una pausa y esperó por la reacción de las otras personas con quienes conversaba.

Desde que Nina aprendió a razonar, cuidaba lo que dejaba salir de su boca y cada que hablaba, lo hacía con prudencia; su mejor carta de presentación, ya que fingir o mentir no eran su especialidad y todo se debía a que nunca le fue fácil el ocultar sus verdaderas emociones y sentimientos.

Ya fueran buenas, malas, inapropiadas o sin clasificación, Nina siempre quedaba al descubierto por la naturaleza de su espontaneidad y en esta ocasión, estando entre Gail y Moira, no podía esconder ni una poca de la angustia que le desteñía las pecas de la cara.



—Habla sin miedos, Nina —le contestó Gail Hooper sin verla, pues sus ojos estaban ocupados en lo que dibujaba con mucha destreza: el sketch en el que interpretaba la visión del vestido con el que Moira Proust pretendía que la pelirroja se asemejara más al concepto de Perséfone para lo del Festival.

—Este —dijo Nina señalando el bosquejo y notando que podía hablar con tranquilidad, continuó —Es el frente y esto otro, la parte de atrás, ¿verdad?

—Si —afirmó Moira y de forma automática, giró la cabeza para ver a Nina —¿A qué viene la pregunta?

Conocía de primera mano la incapacidad de su única y mejor amiga para engañar si se le confrontaba con la mirada y Moira nunca escatimó en usar sus ojos penetrantes como artimañas para desentrañar esas verdades por más y mejor enterradas que estuvieran en los adentros de Nina, tanto que siempre supo más cosas de las que la misma Nina lograba dilucidar de sí.

Mas el humor de Moira últimamente transitaba a toda velocidad. Atrapado en los vagones de una montaña rusa, estando un rato en el cielo con el vértigo de la euforia y en instantes en el suelo, sintiendo que ahí se le acababa la vida; cambios tan marcados la tenían opaca y nublada.

Moira Proust estaba frágil. A punto de quebrarse para dejar salir todo lo que llevaba a cuestas y una vez que eso estuviera afuera, tal vez nada volvería a ser lo de antes ni para ella ni para quienes acostumbraban rodearla.

Llevaba semanas en las que su temperamento flaqueaba con el más mínimo roce y ni se diga cuando se le daba un apretón. Su estado de ánimo era similar o peor de enclenque que la resistencia de las copas de utilería que se hacen añicos en cuestión de un tres por dos y por eso, junto a otro motivo más, no logró descifrar la verdadera incertidumbre de Nina.

O quizás también porque la Nina Cassiani que creía conocer de la "a" a la "z", ahí ya no estaba como tal.



—Sabía que te quejarías de usar algo así, no tiene caso seguir —dijo Moira sin darle tiempo de respuesta a su amiga y más tardó en dejar salir su molestia que en querer arrebatarle la libreta de bocetos a Gail, pero Nina le atajó la mano y la detuvo.

—¡Me encanta, me gusta muchísimo y eso que apenas y está en papel! —contestó Nina sin un granito de mentira blanca porque lo que decía era verdad.

Siendo de dominio público que la pelirroja no tenía ni idea de lo que estaba en boga y lo que no, también se sabía de ella que sí era capaz de apreciar y hacer justicia a la belleza en todas sus formas de expresión y ese vestido, ahora de papel, era mucho más que espléndido. Esa prenda de ensueño hasta podría llegar a considerarse inconcebible si no estuviera segura de que Moira y Gail tenían la capacidad de hacerla realidad.

—¡Uf!, imaginármelo puesto me deja sin aliento, Nana. Te va a quedar fuera de este mundo y está claro que no podría pensármelo si no estuviera dibujado con esa excelencia. Hooper, te felicito.

—No seré aclamada como Lean y quizás mis bocetos, según los coleccionistas académicos, no son cuadros ni pinturas dignas para ocupar la pared de un museo, pero sé muy bien lo que hago. Me sorprende y alegra que puedas reconocerlo a pesar de que no sepas ni lo de una cabeza de alfiler sobre modas —repuso Gail sonriendo para ella misma y muy orgullosa de su habilidad plasmando en el ledger, demostrando que no en balde había crecido entre las pinturas y canvas de Leandro.

Desde pequeña a Gail le encantaba verle a él hacer su arte y de los recuerdos que más atesoraba, uno era el de cómo los lienzos perdían su blancura con el pincel siendo guiado por su hermano y el otro; el olor del aceite de linaza, aguarrás, tabaco y mar inundando el ambiente de la cabaña en la playa propiedad de su abuela Aída y la voz de ella contándoles de sus amores parisinos y cantando las melodías de Edith Piaf.

Música que, con la oreja pegada en la vieja radiola que su abuela le heredó, Gail aún escucha sin negar la nostalgia que cada canción arranca de su bravo corazón.

Así fue como, a regañadientes de su madre, de Leandro aprendió sobre Fundamentos del Dibujo. En aquellos días de verano que parecían no tener final, Gail asimiló más que lo suficiente para ahora poder des construir la figura humana y así crear sketches tan sencillos como intrincados que parecía imposible que siguieran siendo parte del bocetaje.

Gail con solo escuchar, sabía dominar las líneas y formas para interpretar a la perfección ideas como las de Moira, quien por no tener cimientos sobre teoría, todavía no lograba expresarse bien en papel pero sí en la práctica con telas y máquina de coser.



—¿Cuál era la pregunta? —insistió Gail todavía sin ver a Nina.

—Es... sobre —suspiró y se mordió el labio.

Habiendo presenciado la actitud de Moira, comenzó a creer que a lo mejor su incertidumbre estaba sobrevalorada y no merecía atención ni alboroto, por eso siguió pensando en sí continuar o no. Pero la duda le pesaba bastante como para hacer que se le bajara la temperatura y como a leguas se le notaba la ansiedad y ya no podía maquillarla, de una vez por todas expuso como pudo el motivo de su angustia.

—¿Con qué se cubre.. cómo te tapas... ay, qué tipo de brasier se usa con un vestido así? —finalizó mirando hacia el piso con gran vergüenza, sintiéndose más ignorante que un niño de cinco años respecto a la ropa íntima femenina.

Pero Nina y su incógnita no carecían de importancia. Su pesar sí tenía razón de ser.

Con un escote frontal que según los cálculos de la pelirroja, llegaba muy cerca del ombligo, ella estaba segura de que los brasieres convencionales no iban con ese tipo de vestido y aquel desechable que Hirose le obsequió para usar la vez del almuerzo en casa de Darío Elba, tampoco y un deportivo mucho menos.

En resumidas cuentas, Nina no hallaba cómo cubrirse los senos y eso la tenía en alerta máxima y más cuando pensaba en otra tribulación aún mayor.

Nina Cassiani, vestida así para el Festival, estaba dudando de poder usar bragas.

El motivo: la maravilla que Moira diseñó especialmente para ella, por la parte de atrás no cubría nada de nada porque era igual de escotado que al frente y dicho escote iba más allá de donde la espalda pierde su nombre.

Y Nina que en ese momento ni se acordaba de los inconvenientes estéticos de sus cirugías de lo mucho que le gustaba el vestido y de las ganas que tenía de agradar a Darío mostrándoselo puesto, lo que le preocupaba era que le llegara a suceder lo que a una famosa modelo. Que en una alfombra sépase de qué color, el viento le jugó chueco y por las cámaras; en el internet quedó registrada una fotografía con su tan cotizada mercancía sin un rastro de tela que protegiera esa zona y con ello hubo miles de disculpas, comentarios lascivos y hasta pleitos legales.

Nina tenía claro, porque Oneida así la instruyó, que una mujer mientras se sienta cómoda y así lo quiera: puede vestirse de la forma en que le plazca y se le debe de respetar su cuerpo y dignidad sin importar que lo que use no deje nada para la imaginación.

Pero ella no quería mostrarse a nadie más que a ese él en específico y sólo Dios sabía con exactitud la fecha de cuándo y cómo si es que eso entre ellos se llegaba a dar.



—Simple —contestó Gail Hooper muy seria y como sabía lo que se avecinaba por culpa de sus palabras, se no aguantó las ganas de ver a Nina mientras le decía:

—No se usa nada ni arriba ni abajo.

Como la expresión de terror en el rostro pecoso era apremiante, Gail se echó a reír a carcajadas que resonaban por todo el salón de clases lo que le valió que todos los demás, incluyendo a Darío Elba, la volvieran a ver.

—¡Voy a extrañar tu cara de cuando te piensas sin nada bajo la ropa, RedSkull!, ¿de dónde otra con tu inocencia? Pero ya, ¿la pregunta va en serio o me estás jodiendo? —y como Nina asintió que de verdad esa era la razón de su preocupación, Gail exclamó —¡Ay dime ya cómo le haces para bañarte, ¿o es que te bañas en camisón?!

—Basta —reclamó Moira con propiedad, callando a Gail en segundos sin dejar que nadie más se le uniera al juego de palabras y soltándose de Nina que aún sostenía su mano entre las suyas, amenazó a la de melena negra con el dedo índice sin que le temblara el pulso —No sigas Hooper.

Detestaba con toda el alma que Gail se mofara de la ingenuidad de Nina porque Nina, para Moira lo significaba todo.

Por Nina, Moira con gusto recibiría toda la ponzoña de Gail y sin quejarse, porque nada de lo que ella le dijera contaba con la capacidad para lastimarla pues suponía que no le guardaba ningún tipo de empatía. Sin embargo que Gail hablara de Nina estaba en otro plano y Moira no toleraba que nadie tocara a la pelirroja bajo ninguna circunstancia y esa regla aplicaba para todos en ese Colegio.

Y la número uno de la lista de Moira Proust, hasta ese momento, era la mismísima Gail Hooper.

—Era una broma y lo sabes bien —se explicó Gail y dejando de lado el lápiz negro con el que dibujaba, se dedicó a explorar los ojos de Moira.

La situación ahora parecía la de dos serpientes igual de venenosas viéndose fijamente a la espera de la primera señal de movimiento para atacar y defenderse. O al menos así lo veía Iris Betancourt a la que solo le faltaba el bote con palomitas para sentir que estaba en su casa viendo en tercera dimensión el canal de los animales salvajes, pero lo que sucedió, lejos estaba de ser lo que por norma dispone la madre naturaleza.

—Podemos darle un mejor uso a este dedito, ¿no lo crees así? —añadió Gail a modo de susurro —Como por ejemplo, el enhebrar una aguja a su hilo y también para...

Y una risa muy extraña que surgió de Moira interrumpió lo que Gail decía, porque ésta última jugueteaba con el dedo de la de baja estatura, consiguiendo así que dejara de retarla sin usar la fuerza.

El escenario no era el usual para el confrontamiento de ellas dos y si la expresión de Moira Proust ya era extraña, aún más resultaba ser el proceder de Gail Hooper para aquellos que suponen que la conocían y que no se perdieron de ninguna de sus muecas y que determinaron que aquello que veían, era más que un gesto para mantener la paz y las buenas costumbres de convivencia en el aula.

Gail no se dejaba amedrentar por nadie y en su registro de altercados, una vez quebró un dedo índice y dos más, los mordió hasta hacer sangrar cuando tenía menos edad y lo que la hermana de Leandro Hooper acababa de hacer, que según las ínfulas de los Uberti bien podría interpretarse como un acto de humillación, para ella lo valía todo.

De ver a Moira a los ojos, Gail sentía alivio y satisfacción de que ya no estuvieran llorosos. Redimiéndose por haberle tratado mal hace unos momentos, le causaba alegría ya no ver tristeza en ellos y en vez de eso, una especie de rabia apaciguada a medias se hacía de lado para que de nuevo, su mirada afilada y aguda emergiera a todas sus anchas.

Justo lo que a Gail le gustaba contemplar detrás de los párpados de Moira.

—No te preocupes, existen brasieres especiales para estos escotes —explicó Gail ahora intentando sosegar a la pelirroja que parecía iba a ir a parar en el suelo y por eso había desestimado todo lo sucedido entre Gail y Moira —Además que no permitiría que vos o alguna de nosotras ande por ahí sintiéndose insegura.

Y eso que Gail Hooper decía, era una verdad irreprochable. Aún siendo cruel y hasta despiadada para tratar a las personas, ella nunca mostró irrespeto o burla por la imagen física de sus compañeras. Intentaba ayudarles a cambiar para que ganaran confianza no para hacerles creer o ver lo que no eran o lo que no querían ser.

A Gail, su abuela, una refinada y exquisita dama del siglo pasado con aires andróginos, clásicos y bohemios, le enseñó que ser mujer nunca sería trabajo fácil y una parte de esa gran labor; empezaba en el cómo los demás recibieran la impresión de la femineidad y para transmitir eso es que existía el vestuario.

No para esconder o enseñar la piel.

—Y ya deja de pensar cuánto costará, yo me encargo —solicitó Gail cuando Nina ya no tenía miedo de sentirse expuesta, pero la típica expresión de estar haciendo cuentas la poseía como si del fin del mundo se tratase —Vuelvo en un minuto.

Gail se estiró haciendo que todo el esqueleto le sonara por llevar ratos de cuclillas y después de acomodarse el uniforme, fue hasta donde estaba su bolso para sacar unos papelitos cuadrados en color negro y una plumilla con tinta blanca; dibujó algo velozmente y buscó a alguien en específico para entregarlo, a Darío Elba.



—Hay algo que quiero pedirte, te veo afuera.

—Claro —le contestó y en seguida fue con ella.

—Necesito esto —dijo en lo que cerraba la puerta metálica de la 2-4 a sus espaldas y luego de verificar que estaban a solas, extendió el papel donde recién había dibujado lo que pedía.

—Cuando hago las compras de mi casa, una de las carretillas del supermercado la cargo hasta rebalsar con todos los tipos de toallas femeninas habidas y por haber y eso lo hago porque forma parte de mi lista de prioridades —confesó Darío Elba mientras parpadeaba viendo lo que Gail Hooper le había dibujado en esa nota y después de llevarse una mano a la frente, siguió hablando:

—Para que el dispensario esté siempre lleno de lo que las quince necesitan cada veintiocho días, no mentiré que la gente me mira como si yo no perteneciera a este planeta. Al principio, la pena sin razón quiso hacer de las suyas y eso que lo que compraba eran toallas que bien podrían ser el favor de un hijo para su madre. Ahora con esto que me pides, no te voy a negar que me sentiré un tanto fuera de lugar al ir por este tipo de ropa para la hermana menor de mi mejor amigo, pero no es algo que no pueda hacer. Mañana a primera hora los tendrás. Negros y en copa A, ¿verdad?

—Si, todavía soy copa A. Gracias por recordármelo. Mira que no me alcanza con verme al espejo a diario —replicó Gail un tanto ofendida —Y no serán negros, búscalos en tono nude y esa no es talla la que debes de comprar, porque no es para mí.

—Entonces, ¿por quién tengo que ir a la tienda de lencería? Esto es...

—Para tu novia.

—¿P-p-para mi qué? —preguntó Darío —¿Para m-mi novia?

Y el color en las mejillas de Darío más la agitación que denotaba su rostro, para Gail no tenían precio y aunque quiso tragarse la risa, no lo logró.

—¡Elba, sé que no balbuceas porque es ropa íntima para ella, es porque te explota el corazón cada vez que te acuerdas de que Nina es real y de pensarla a tu lado te pones a desvariar, ¿verdad?!

Darío, antes de contestar, intentó calmarse con un suspiro en el que bien se le podría salir la pleura de los pulmones. El pobre, al exhalar parecía que empequeñecía.

—Es que dijiste "mi" y "novia" y yo aún no...

—¡¿Qué no qué?!

—Sabe lo que siento, pero con la formalidad debida: aún no se lo he pedido.

—¡¿Y qué estás esperando?! —replicó Gail con fascinación y asombro —¡Ay por San Ignacio, no me digas que te estás aguantando a que esto se acabe!

—Trato de hacer lo correcto y aunque te suene absurdo, es la primera y la última vez que de mi boca saldrán esas palabras y sí, muero por hacerlo y también por eso me detengo. Lo siento por volver al romanticismo clásico, pero eso es lo que anhelo, eso es lo que deseo. Disculpa si con eso te ofendo, Gail.

Darío sabía que a Gail, como lo diría Roque Dalton, "el amor le cae más mal que la primavera" y sin embargo, de un tiempo acá había visto que ese desdén por el afecto, menguaba en ella. La notaba distinta y más receptiva a las muestras de cariño, como si en el fondo ansiara de alguien en silencio y Darío no se equivocaba.

Dándose la vuelta, Gail sentía harta envidia de querer estar en los zapatos de Darío o Nina y haciéndose la dura, intentó seguir negando la verdad sobre sus sentimientos —Así está bien. Lo que haces, Nina lo merece.

—Todas las mujeres lo merecen —le corrigió Darío —Mas lo que siento, sólo ella lo provoca, por tanto esto que siento le corresponde, es de su pertenencia.

—Por eso y otras razones podría decirse que te quiero tanto como a Lean. Que tu percepción y el valor que nos das, no cambie nunca en tus modos para tratarnos ni tampoco lo que piensas sobre nosotras —pidió Gail.

Conociendo a Darío desde que adquirió conciencia, Gail siempre supo que a él, los únicos crímenes que se le podían achacar, uno era el de no haber entregado el corazón antes de Nina y el otro, el de ser como una especie de droga.

Adictivo por saber complacer y complacerse en medida igualitaria.

Independientemente de con qué mujer llegó a involucrarse físicamente, Darío nunca lastimó, maltrató ni menospreció a nadie y de su encanto y carisma jamás usó ni una gramo para obrar con malas intenciones ni con Debra Ponce quien sí tenía mucho por lo que responder en materia de hacer mal contra Darío.

—Yo también te quiero Le Petite Hooper y no, nunca dejaré de ser lo que soy ni lo que me enseñaron a ser. Así me gusto a mí mismo y si cambio, te prometo que será para bien.

—Amén.

—Gail, espera —pidió Darío y la detuvo poniéndole una mano sobre el hombro —Solo será un momento, por favor escúchame. Hay algo más que tengo que decirte antes de que te vayas.

—Dime.

—No era mi intención hacerte mal con lo de la talla de la copa. Al pensar que era para vos, con decírtelo sólo quería cerciorarme de comprar lo correcto, perdóname si sonó de mala forma o si te lastimé —se disculpó con mucha sinceridad Darío.

Gail volvió a ver a Darío y sonrojó —No te preocupes, no ha pasado nada. Deja así —pero él, que la conocía bien, sabía que debía sanar su error.

Un número de talla no define que tan mujer eres porque tal cual, eres hermosa. Nunca jamás pienses lo contrario y si algún día alguien quisiera hacerte sentir que no es así, avísame que sea quien sea se merece con toda la razón del universo el ser colgado por los genitales. Eres muy guapa Gail, te lo digo como tu hermano mayor postizo y con el debido respeto que te corresponde, también lo digo como el hombre que soy.

Gail Hooper ahora sonreía como no solía hacerlo y se sentía inmensamente feliz.

Ella estaba segura de lo que tenía en su belleza y también de sus desperfectos, pero como todo ser humano a veces se sentía inconforme de sus atributos. En su caso; de la escasa medida en su pecho y si bien podía comprarse lo mejor de lo mejor en implantes sintéticos, Gail aceptaba su cuerpo y así como era: lo amaba. Que Darío Elba le halagara con sinceridad y sin intenciones vanas, la hacía ganar más confianza.

—Y tampoco creas que sólo eso sé de vos, recuerdo mucho de tu persona —añadió Darío como cuando los hermanos mayores hacen memoria del convivio de sus infancias al lado de sus hermanos menores y Gail, apenada y ahogada en risa, le hizo ademanes de que no siguiera hablando y Darío sin dejar de sonreírle, la respetó.

—Creía que me habías olvidado —dijo Gail viendo de frente a Darío como el primer día en que Leandro los presentó hace muchos años atrás.

—No se te puede olvidar.

—Por no dejarme de lado, por recordar y recordarme lo bueno que hay en mí: gracias —y en lo que se encaminaba a la puerta, Gail agregó:

—Y a ver, dime Elba, soy hermosa, guapa ¿y qué más?

—Linda, sagaz...

Y así, con Darío alabándole a sus espaldas, Gail se sentía indestructible y capaz de conseguir lo que quisiera y con ese sentimiento de auto confianza enaltecido, se acercó de nuevo a la mesa donde estaban Nina y Moira para seguir con su boceto. Después del de Nina, le faltaban veintinueve más.

Porque si los chicos de la 2-5 creían que solo Borya Grigorieva iría vestido glorioso como un dios, los catorce restantes estaban muy equivocados.



Darío Elba, acompañando a Gail Hooper de regreso al salón, ese lugar que dentro de poco dejaría de ser su aula como Tutor, no pudo evitar contagiarse de los sentires de los treinta que estaban ahí y por eso, aunque había un poco de descontrol; les dejó compartir un rato más entre ellos antes de pedirles un poco de orden y calma.

Le agradaba verlos ser adolescentes, inquietos y explosivos por cada paso que daban y se sentía realmente realizado cuando al acercárseles, estos le permitían entrar en su mundo con toda confianza y Darío intuía que ese enorme privilegio lo había ganado con su trabajo realizado no sólo con sus alumnas, también con las charlas cruzadas que mantuvo con los jóvenes de la 2-5.



—¿Qué hacen, chicos? —preguntó a Bloise, Adler y Andrew que estaban cada uno con la mano en su quijada viendo el dispensario que él había fabricado y empotrado en una de las esquinas del salón de clases.

—Filosofamos sobre toallas femeninas —le contó Bloise.

—Oh, ya veo —dijo Darío con seriedad y adoptó la misma posición de los tres —Es un tema bastante esencial, y díganme ¿qué enunciados conciben?

—Aparte de que los colores de los empaques son visualmente atractivos y que las que están aquí, fueron acomodadas según el círculo cromático, concluíamos en que es muy difícil ser mujer —contestó Andrew.

—Hay demasiadas toallas. De muchos tipos y formas. Unas son muy gruesas, otras tan delgadas que parece que no ayudarían en nada y eso que está allí —dijo Adler señalando algo en específico —Ni idea de para qué es.

—Es de las que se usan post parto —explicó Bloise.

—Pero aquí nadie ha dado a luz, ¿o sí? —quiso saber entre asombrado y curioso Andrew —¡¿No me digan que una de las chicas estuvo embarazada y ni nos dimos cuenta?!

—No, idiota —intervino Bloise y de dio un zape a su amigo —Son muy útiles para cuando el flujo menstrual es demasiado fuerte y las descargas no las soportan ni las toallas que dicen ser para flujo abundante.

—Parece un pañal para la incontinencia de los que usa mi Abue Fermín y él dice que son incómodos. No debe de ser muy agradable el andar con eso por el tiempo que dura el período.

—Es verdad Adler, pero por lo general y si necesitan de esas, las usan sólo los primeros días y de eso a mancharse o a lastimarse con una toalla común y corriente de seguro que las prefieren millones de veces y por cierto, ¿dónde las consiguió? —preguntó Bloise a Darío que escuchaba muy atento al trío de jóvenes pensar un rato en lo complejo de la vida de una mujer —A Pablo, el esposo de mi hermana mayor Lety, le costó dar con ellas.

—Rastreé a los proveedores y fui a la distribuidora para comprarlas —respondió Darío.

—¿Me pasaría la información? Con el nacimiento de Adiel es capaz que a Rosalía y Amalia, mis otras dos hermanas, se les antoja hacerse mamás y después no encuentran ni debajo de las piedras esas susodichas toallas.

—Con mucho gusto se lo doy y ¿cómo está su hermana?

—Sin saber qué hacer para combatir los pezones agrietados —dijo Bloise y cerró los ojos al recordar la cara de dolor de su hermana mayor que estaba en sus primeros días de lactancia y como el imaginarlo causaba congoja, los cuatro hombres se llevaron las manos a los pectorales y sacudieron la cabeza estremeciéndose —Pero aún con todo y todo, ella es feliz de tener al bodoquito en su regazo y yo no me aguanto las ganas para que aprenda a hablar y me diga Tío Bloise. Adler dice que se parece a mí y yo también lo creo, ¿verdad Andrew?

—Se ve como una pieza de esas raras que exponen en el Guggenheim de New York —dijo Andrew ladeando la cabeza.

—Los recién nacidos no suelen ser muy bien parecidos, pero tampoco le digas así a mi sobrino, que tu mamá nos enseñó fotos tuyas y vos tampoco eras una monada cuando naciste, Andrew —y le dio otro zape pero con más fuerza.

—¡Ay ya no me golpees que no hablo de Adiel! ¡De por sí, él será más guapo que nosotros tres juntos! —se explicó el reprendido —Hablo del sagrario este que tiene las toallas sanitarias.

Había mucho orden adentro de ese dispensario y para Mike Andrew, la forma de acomodo era muy peculiar y lo tenía embobado.

—Eso es obra de las manías de Melie.

Y tanto Darío como los demás que estaban ahí volvieron a ver a ese otro que se les acababa de unir, Jeremías Lindo.

—Eso es verdad, es Braun quien las pone en ese orden y no le importa si tiene que hacerlo más de veinte veces al día, a ella le gusta que se mantengan así —confirmó Darío.

—Hace lo mismo con la gaveta de mis calcetines y ni se diga con mis camisetas. Por ella tengo unas de colores medio estrambóticos con tal de que no se corte la secuencia que quiere darles y si creen que eso es poco, mejor ni se imaginen su closet y el mueble de los zapatos. Tío Mefis, Andrea, Marce, Profe, ¿puedo unirme a la conversación? —saludó Lindo.

—¡Puedes, pero deja de ponernos sobrenombres de niñas! —se quejó Adler —¡No me digas Marce!

—Pero si te llamas Marcelo, Marce.

—Deberíamos de tener uno de estos en el salón de nosotros —continuó Andrew hablando sobre el mueble de toallas y por eso ni se inmutó cuando Lindo lo llamó "Andrea".

—¿Y con qué lo llenamos? ¿Con condones y botes con espermicida? —contestó Bloise a Andrew y Lindo se tapó los ojos con ambas manos mientras se reía de las ocurrencias del Presidente de su sección.

—A mi no me vendrían mal —dijo Adler y levantó la mano como si la propuesta fuera a someterse a votación —Hay que estar siempre preparados, uno no sabe cuando tendrá de ese tipo de necesidades y todo acabe en una emergencia.

—No creo que sea del agrado de Miss Aldana el tener uno de esos, Adler. Es más, creo que nadie en el colegio aprobaría que hubiese un surtidor de preservativos para los estudiantes porque la primera impresión sería la de que les incitaría a usarlos —repuso Darío antes de retirarse.



Llevaba en mente que aunque en el Colegio no debería de haber una máquina que dispense condones como si fuesen caramelos, siempre consideró pertinente que los demás tutores, igual que lo hacía él, sí tenían que hacer hincapié en el uso de estos para los estudiantes que eran sexualmente activos.

Darío Elba sabía el peso de lo que había entre sus manos cuando aceptó el puesto en el que se desempeñaba. Ser Tutor para él no solo fue hacer de burócrata; él era un consejero y no se tomó a la ligera pero ni una sola inquietud de sus alumnas y entre esas estaban las que eran de origen sexual y que él abordó con transparencia y con la mente abierta para tratar ese tema con nada más que la pura verdad.

Pero Darío tampoco fue un inconsciente, permisivo o flojo, siempre fomentó la responsabilidad sexual y ese fue un tema al que estuvo presto a dialogar con todo el profesionalismo y la calidez humana que era su persona y una forma de ayuda que él no descartó para con sus alumnas; fue el abastecer una de las gavetas del escritorio en su oficina con condones femeninos y pruebas de embarazo instantáneas para suministrar y proveer a discreción dichas cosas a aquellas señoritas que en su momento buscaron de su confidencia hallando en él muchísimo más de lo que necesitaban puesto que Darío jamás olvidó lo que en realidad es atravesar esa etapa en la que ellas se encontraban.

Porque aunque sonaba ilógico y hasta trillado, muchos adolescentes y sin distinción de género, preferían tener sexo sin protección antes que pasar, según ellos, por el bochorno de ir a la farmacia a comprarlos. Por eso después venía el rechinar de dientes cuando de sus travesuras de sábanas fecundaban un hijo o se contagiaban de enfermedades de transmisión sexual que podían llevarlos a la tumba.

Darío quería proteger, empoderar y hacer fuertes a sus alumnas en todos los aspectos posibles y por eso, también tenía a la mano el número telefónico de una experta ginecóloga para remitirlas, ya fuera que tuvieran actividad sexual o no, para que les instruyera apropiadamente en los distintos métodos de anticoncepción existentes y para que se hicieran las auscultaciones de régimen y fue de ese modo que sin querer, que la familia Sauterre supo que su hija sufría de padecimientos en los ovarios.

A Darío, las molestias del período de Camille le preocupaban demasiado. No le parecía en nada normal las condiciones en que sangraba con irregularidad y era por ella que se había rebuscado por las toallas femeninas post parto para que ya no pasara más penas cada vez que se manchaba por menstruar a cántaros.

Implorándole que llamara a dicha ginecóloga, porque la chica en cuestión tenía miedo de que sus padres pensaran que había perdido su virginidad para necesitar de tal especialista, se logró descubrir los indicios de una enfermedad que bien se hubiese convertido en un mal peor por no ser tratado a tiempo y el día en que Camille supo que por dentro de poco dejaría de quedar como hojita caída por causa de su período, le lloró a Darío de lo agradecida que estaba.

Sin el consejo e insistencia de él, quizás habría pasado mucho tiempo en que se animara por su cuenta el pasar cita por sus dolencias que creía eran parte de sus diecisiete años.

Todo lo anterior, Darío lo hacía con el único motivo de asistir de manera íntegra, humana y personalizada, porque a ninguna de las quince señoritas que se hallaban bajo su tutela podía abordarlas de la misma manera ni siquiera para reprenderlas o llamarles la atención por alguna falta y eso, contemplaba a Nina Cassiani.



—¿Puede venir un momento a mi escritorio? —le pidió Darío a la pelirroja cuando pasaba por su lado y ella acudió de inmediato.

Darío se acomodó en su silla, sacó su carpeta, el talonario de boletas, su pluma fuente y mirando a Nina sin ningún tipo de flaquezas, le preguntó:


—Conoce el reglamento, ¿verdad?

—Al pie de la letra, ¿por qué? —contestó Nina también sin sonrojos ni sobresaltos.

—¿Me explicaría el por qué usa la falda mucho más arriba de lo permitido según el código de vestimenta? Si no cuenta con una justificación válida y pertinente, debo hacerle un llamado de atención por escrito y adjuntarlo en su expediente académico.

Y Nina Cassiani, que tenía una causa con su justificación, le sonrió triunfal a Darío Elba igual como lo haría sin tener sentimientos de por él de por medio.

Ahí, mientras estaba en el salón de clases, ella lo trataba como siempre lo había hecho. No le voceaba como cuando estaban a solas, pero tampoco le llamaba "profesor" porque sentía que ya no podía decirle así. Darío, por su parte se refería a ella como "Señorita" o solo como Nina, tal y como ella se lo había pedido el día en que se presentaron como alumna y tutor y la trataba como a todas las demás y por eso le pedía que explicara el porqué vestía la falda del uniforme tan corta.

—Si. Deme un momento —dijo Nina y se fue a donde estaba la mochila que ahora se servía de bolso para traerla hasta el escritorio de Darío —Tenga —y entregando una nota que venía escrita a mano sobre una hoja parte de la papelería del Colegio, Darío leyó:

Estimado Señor Tutor Elba.
La señorita Cassiani Almeida tiene permiso de la Dirección para usar por el día de hoy la falda extremadamente corta debido a que tiene "problemas de crecimiento".
Atentamente.
Ephraím Garita-Hidalgo.

—No hay boleta si cuento con ese permiso y sé que sólo aplica para el día de hoy, pero para mañana traeré otra que si cumple con las medidas. Lo mejor: no tuve que invertir ni un cinco, el Señor Director me donó una de la caja de "Perdidos y encontrados" que no fue reclamada en años y está totalmente nueva —repuso muy orgullosa Nina mientras Darío, agraciado, reía del ingenio para librarse una vez más de una posible amonestación usando su honestidad unida a su perspicacia.

—¡No se vale. No se ría. De verdad no tiene idea de lo que me costó entrar en la falda hoy en la mañana! —le pidió Nina.

Con su familia teniendo una economía bastante apretada, Nina siempre le sacaba provecho máximo a los uniformes colegiales y como ese era su último año, tanto ella como su madre consideraron que no había necesidad de comprar un conjunto nuevo a principio del ciclo escolar a pesar de tener que lavar, secarlo y plancharlo a diario para poder usarlo el siguiente día.

El problema es que Nina durante su recuperación no volvió a ponerse ninguna pieza de su uniforme y menos esa falda.

Pasándosela en bata hospitalaria y después en ropa para dormir, definitivamente la vida en pijamas para Nina era celestial y despreocupada y por andar holgada no se dio cuenta de su cuerpo continuaba estirándose y contorneándose hasta esa mañana cuando quiso ponerse la falda, ésta no le entraba.

No al menos en el método tradicional en que las faldas se colocan primero metiendo las piernas para hacerlas llegar hasta la cintura porque a Nina su falda de siempre, ya no le pasaba de las caderas.

Pegando el grito en el cielo y estando frustrada y aturdida, no se le ocurría qué más hacer. Si esa ya no era de su talla, ninguna de las otras de años pasados le quedarían.

Doña Maho aún estaba renuente de mandar a su hija, pero al verla entristecer le dio la respuesta para su problema.

—"Métela por la cabeza, probablemente la pretina te quede más arriba de la cintura y se verá extraño, pero el chaleco del uniforme se encargará de ocultarlo" —le contó la pelirroja a Darío la solución de su madre. Razón por la cual la falda le quedaba demasiado corta para lo reglamentario.

—Me alegra saber que continúa creciendo y desarrollándose, Nina. Es una buena señal de que está saludable y de que su licencia médica fue de total beneficio a su persona.

—Gracias, pero creo que en vez de crecer para arriba, lo hago hacia los lados —contestó poniéndose las manos en las caderas y dándose palmadas —Aunque aún tengo fe de estirarme unos cuántos centímetros más, ¿puedo retirarme?

—Si, adjuntaré esta nota al registro más tarde.

Darío guardó la justificación en su carpeta y cuando Nina daba el primer paso para irse, tuvo el impulso de preguntarle dos cosas más.

—Nina —la llamó bajando la voz porque lo que quería consultarle estaba en los dos extremos; de origen estudiantil y a la vez personal. Darío tenía que hallar la manera de cómo no mezclar ambas cosas y seguir demostrando su madurez profesional.

—¿Si?

—¿Cómo hace la Señorita para venir bajo la lluvia desde tan lejos y no traer ni una gota de lodo en la suela de sus zapatos? —preguntó de manera impersonal, como si no hablase de ella sino de alguien más.

—La Señorita usa un traje de Caperucita —le siguió la corriente, Nina —Pero no de color rojo, son tres piezas azules que le cubren de pies a cabeza y además, un bello paraguas oriental con el nombre de quien se lo obsequió grabado en forma de kanji en el mango, la protege del aguacero.

—¿Y cómo hace para traer 415 litros de oxígeno con ella?

—Los guarda acá —y le enseñó su tanque Little Boy que estaba adentro de la mochila que usaba.

La mochila era de cuero y muy bonita para ser bastante masculina porque antaño, perteneció a Sandro.

—Pero eso, no debería de ir ahí.

—La Señorita sabe que debe cargarlo en la espalda y tenerlo listo para cualquier emergencia, pero los choferes de autobús no la dejan subir al transporte público sin tener los permisos municipales porque el gas que hay en el tanque, es altamente inflamable. Por eso, rebelándose, lo escondió e infringió como cinco leyes con las que podría ir a la cárcel.

—Sabe la Señorita que sería menos problemático si se hubiese venido conmigo en la mañana cuando pasé a su casa a darle los buenos días, sabe que es permitido que yo la transporte en mi vehículo en calidad de su responsable para poder traerla a salvo hasta acá, es permitido, bien visto y no causaría problemas. Pero a la Señorita o se le olvidó o actuó por impulsos, porque en vez de eso, me obsequió una caricia de sus labios y con eso me dejó muy pero muy deschavetado.

—Ella no pudo no besarlo, trató pero no lo logró y al no decirle que vendría, deseaba darle una sorpresa. Quería demostrarle el bien que ha hecho en ella y verlo sonreír así como lo hace en estos momentos y no mentirá, la Señorita también extraña su ritual de recorrido en autobús, esa es parte de sus locuras. Usted con su té y yo con mi esmog de la capital.

—Si la Señorita es feliz, yo también lo soy. Gracias por estar aquí, gracias por hacer tantísimo para volver.

—No, a usted las gracias por recordarle a la Señorita de lo que se perdía si se quedaba de más en casa. Tenía razón, extrañaré esto, de por sí ya lo extraño y eso que aún no se acaba. Gracias por regresarla a donde pertenece: aquí con sus compañeros. Gracias Darío Elba por ayudarle a la Señorita a sanar por dentro así como por fuera —agradeció Nina Cassiani realizada de poder estar entre los suyos y también junto a Darío que se sentía en igual medida de extasiado hasta que de repente, su corazón perdió sosiego y comenzó a latir preocupado de ver a una de sus alumnas al borde de las lágrimas viniendo en dirección hacia donde estaban ellos dos.

Darío Elba se puso de pie para salir a su encuentro y de la prisa, la silla cayó haciendo un gran escándalo lo que provocó que las miradas de todos se dirigieran a él. Nina Cassiani, que estaba de espaldas, no se atrevía a darse la vuelta y sin saber quién se había acercado y por no lograr entender la reacción de Darío, temía lo peor y apretando los puños, contuvo la respiración.

Más tardó en sentir alivio Nina que en volver a sofocarse por escuchar a una voz que nunca había presenciado nerviosa, temblar.

—No puedo encontrarlo —sollozó la chica escondiéndose en el pecho de Darío y por estar muy alterada, las palabras salían a rastras entre sus dientes —No contesta mis llamadas y tampoco está con él. Darío, dime que sabes dónde está mi hermano y si no averígualo, te lo ruego.

Exacta y desde hace muchas horas, era la misma pregunta que se hacía Reuben Costa por su amado Leandro Hooper y desesperado; un dolor le hacía trizas el alma, creyendo que todo entre ellos dos, se acabó antes de siquiera haber comenzado.

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('⌣'ʃƪ)

¡Hola!, ¿qué tal están?

Emme por acá, haciendo su sábado sin más intenciones que el estar echada en el sofá x'D y antes de que linchen, lancen piedras y chanclas, aclaro que con este mensaje/comunicado de los que ya saben que no acostumbro a hacer, no pretendo dar una mala noticia.

El motivo es contarles que dentro de dos días

12 de junio de 2017

Nina cumple un año de existir en Wattpad.

♡^▽^♡

Así es. Hace ya casi un año que publico la historia de la pelirroja en ésta plataforma y desde ese día emprendí con ustedes, mis queridos amigos lectores, un viaje que les juro que no me esperé que sucediera como tal.

Durante lo que llevo escribiendo, he tenido altibajos de todo tipo. Mi salud, mi trabajo (del qué hay días en que me sobra hasta para regalar) y ni se diga mis responsabilidades con la U, pero a pesar de todo, sigo aquí pensando en Nina de igual forma en que lo hago en ustedes porque cada vez que interactúan con la historia me impulsan, de una u otra forma, a seguir adelante.

Mediante las líneas de Nina, he conocido gente maravillosa de todas partes del mundo. Señoritas y Señoritos me han brindado su amistad sin condiciones junto a su apreciación sobre la historia y los personajes y todo es tan increíble que a veces dudo de la realidad.

Jamás esperé nada a cambio por mi forma de escritura y su contenido y es tanto lo que me brindan que de nuevo y por esa razón, quiero agradecerles.

¡Millones de gracias por estar aquí, por leer y sacar pedacitos de su tiempo y compartirlos con Sleepy Girl!

Como esto es algo parecido a un cumpleaños, creo que lo más propicio para celebrar la fecha es obsequiarnos algo.

De mi parte y como habrán visto la forma en que cerré el capítulo 78, lo que continúa es sobre lo que acontece entre Reuben y Leandro y si, les dejé con la incógnita, pero ésta no durará mucho. El 12 de junio tendrán el 79 disponible para leer.

Ese mi presente para ustedes.

Ahora quisiera preguntarles si gustarían de hacer algo para rememorar a Nina sin descontar, claro, lo que siempre ha estado a la mano que son las estrellas/votos y comentarios que ya le obsequian y que no negaré que me agradan a montones y que en muchas ocasiones me han levantado los ánimos como no lo imaginan.

A quienes ya votan/comentan: ¡gracias! y a quienes aún no lo hacen, creo que si se le obsequian eso a Nina yo me sentiría como Darío cuando ve las pecas/estrellas en esa espalda constelada.

Por si se animan, desde ya las gracias y si no, saben que yo igual les respeto y aprecio como lectores.

Si alguien tiene otra idea, será bienvenida. Me gustaría leer qué se les ocurre.

Y para no molestarles más, acá les dejo una imagen que contiene todas las portadas con las que algunos de ustedes conocieron a Nina.


De izquierda a derecha y empezando desde arriba, ahí están las "ropas" que ha usado la Señorita Bonita desde que puso a correr acá en Wattpad.

¡Feliz fin de semana amigos lectores, gracias por el año que han compartido aquí, creciendo conmigo al lado de Nina!

('⌣'ʃƪ)

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