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73.

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Al cerrársele la puerta ancha de la casa tras la espalda, Nina Cassiani supo que había llegado la hora de admitir que desde que conoció a Darío Elba, no sólo se le había trastocado el orden de la materia; por él, lo que una vez consideró su mundo entero ahora se le deslizaba del cuerpo y el albor de una nueva realidad se plantaba sin armisticio en su cabeza.

Suelta de todos los tendones existentes y ficticios que la sujetaban, perdió el control de las articulaciones y la luz se le apagó como el anticipo de un severo desmayo que murió con el choque grosero de sus rodillas contra el piso de piedra pizarra. Lo que aguantaron las rótulas le resonó en toda la estructura ósea y un eco afligido se le encajonó en los costillares, pero no hubo queja ni el auxilio de terceros solo el de la naturaleza que le ordenó abrazarse para darse consuelo y así, sintiendo lo que quedaba de ella misma, fue que sus manos palparon una prenda que antes no le pertenecía, la escudaba.

De reconocer quien era el propietario y de cómo había obtenido esa ropa masculina, Nina urgió de hacerse una mordaza para encarcelar el grito que tenía encendido en la garganta e ilusa se tapó la boca con las manos gravemente entorpecidas envueltas con lo mismo que la incitaba. No logrando enmudecer, sino mas bien avivar la llamarada, de un jalón se quitó la cánula y se obligó a callar respirando el aroma impregnado en las fibras pretendiendo que el perfume le sirviera de sedante y equivocándose en dimensiones épicas, ahora un cosquilleo le estremecía la inocencia porque entre los hilos de la tela, dilucidó a Darío mirándola.

Su mente debía de estar jugándole una mala pasada. Él no podía estar ahí porque hace poco más de cinco minutos, estando al pie de las gradas de su casa, lo había despedido diciéndole: —"Hasta mañana, amor".

Cuando recordó haberle nombrado con esa última palabra, le quemó vestir la camisa y contrario a intentar quitársela, le clavó los dientes al tejido mientras sus dedos repasaban minuciosos, uno por uno, el surco de botones y creyendo que lo que acariciaba eran las vertebras viriles de su columna, tuvo que usar el suelo como balsa. Con las entrañas hechas puño, le llegó un viento a empujarle la marea, pero no fue un soplo de Eolo el que su piel percibía, era su aliento con aliño de bergamota el que le paseaba por el cuello, marchando en desfile por los diecinueve puntos de sutura, sentó refugio sin recato en la hondura de su ombligo y con ello, a Nina una fiesta de mascarada le bailaba con euforia en la espalda baja.

Presa de la sensación de estar sin salida en lo que parecía ser la red de un cazador, se le estrujaron las venas y doliéndole los poros por tenerlos alarmados con constancia, no tenía pensado huir, pretendía quedarse porque quería más de lo que estaba viviendo y por eso, una risa de plenitud le nació en la cara.

Así se enteró conquistada, pero no por asedio. Las murallas que cayeron de su fuerte no cedieron por la fuerza, fue por voluntad que ella le dejó a él y solo a él, entrar hasta su santuario.

Y con admitirse esa verdad, tuvo suficiente para que apareciera una jauría de agitaciones a desnudarle, sin lástimas ni reservas, la savia de su primer gran amor que antes de esa madrugada permanecía cautivo en el cosmos de sus más íntimos sueños, unos que ya no eran utopías ni tampoco extrañas y vívidas fantasías como quería continuar creyéndolas.



—¡¿Ay Dios, yo de verdad acabo de besar a Darío Elba?! —se preguntó Nina Cassiani alzando la voz y tocándose con los brazos la cabeza completa, repasó —¡Yo besé a Darío Elba!

Se puso de pie y quiso saber si estaba adentro de su propio cuerpo; cerciorándose de que esa fuera su carne, se buscó la capital de la nación y se extravió en el paraje de sus tierras, porque para ella, a causa de Darío hasta los huesos le latían ya no solo el corazón.

Sin tener que ver su reflejo, se sorprendió irreconocible y gigantes gotas de felicidad brotaron sin remedio de sus ojos abiertos de par en par; cuando hizo un recuento de lo sucedido en ese sagrado domingo de octubre con el manifiesto a coro del preludio de la afinidad recíproca que ambos se tenían desde hace bastante.



—¡Él vino a dejarme por escrito en plena vía pública que ... y-yo ... que yo le gusto ... é-el ... él ... con una canción me explicó que se enamoró de mí y ... y-y ... y se las arregló para subir hasta mi ventana y dejarme dicho con una rosa viva que ... q-que ... me quiere ... él me quiere a-a ... a mí! —se dijo, a modo de soliloquio, la pelirroja en medio de un tartamudeo crónico y luego se echó reír con nervio pero a carcajadas libres de pudor o vergüenza.



Colapsando, por culpa de las emociones precipitadas que llegaban una tras otra, Nina se contempló extremadamente volátil y estaba al tanto de que esa condición, no le convenía en nada por lo que trató de auto preservarse, de guardar un poco la compostura, pero todo lo que intentó fue en vano ni siquiera consiguió que la cánula le calzara con las fosas nasales porque tenía cada átomo de su constitución física alardeando el poder hacer tangibles lo que comúnmente se conoce como alma y espíritu; dos soldados que querían desertar del frente de guerra que defiende su vida porque tenía los sentires desordenados.

Había de todo en ella y en demasía, apabullada como lo estaría cualquier persona cuando se sabe enamorada y sumando también la nimiedad de sus años, no tenía registrado en su aprendizaje la fórmula perfecta de cómo arreglarse.

Realmente asustada, de repente el vaivén se detuvo igual que una catarata estrepitosa hecha cristal en pleno invierno e inmutable, sintió romperse el hielo a punta de fuego. Le manaba calor de las orejas y ese músculo hueco que bombea su sangre, se le había atascado en la tráquea. Pasmada por tanto y por todo, detuvo su respiración de manera involuntaria, su cerebro no procesó que tenía que respirar, pero el gas artificial que recibía por la cánula le saturó la nariz y le secó los ojos lo que le recordó que tenía que tragárselo si es que de verdad quería vivir.

Nina Cassiani no podía creer lo que acababa de suceder, le costaba dar crédito a sus propias acciones a pesar de que conservaba intacto y conservaría para siempre, ese sabor en su boca que desde un inicio imaginó beber de los labios de Darío Elba y unido a esa delicia, un hormigueo todavía le recorría el cuerpo de principio a fin, porque el roce de los brotes matutinos del vello facial en el rostro de Darío, acabaron por despertarle unas ganas insaciables de gastarse junto a él los años venideros con cada una de sus estaciones restantes, aguardando por la aurora y el atardecer bajo el amparo de una misma sábana.

En su inocencia tardía, lo recién acontecido en una de las Cinco Esquinas, aunque según otros no daría para tanto por ser mundano, básico y sencillo, para ella todo iba muchísimo más allá de lo que esperó o algún día llegó a imaginar y quería retenerlo, recogerlo, atarlo y hacerse un algo con lo que estaba viviendo y como eso no se podía, tuvo un momento de flaqueza y la terquedad de su raciocinio hecho duda se dejó entre ver en su entendimiento.



—¡No, no puede ser, tengo que estar soñando! ¡Si, si, si todo esto tiene que ser uno de mis tantos sueños, de esos sueños locos con los que desvarío cada noche desde que vi a Darío todo mojado y sin camisa, ¿verdad, Bloise imaginario?! —le consultó con desespero a su amigo que tenía a la par.



Javier Bloise miró estupefacto a Nina Cassiani y sin poder evitar que el pánico le abarrotara la cara, llegó a pensar que a ella se le había estropeado el engrane que le atornillaba el cucú de su inteligencia porque esa no se parecía en nada a la chica que él conocía.

Esa frente a él ya no era la pecosa de melena roja con la que se relacionaba desde hace más de diez años, aquella que nunca se había dejado ver débil ni en la infancia o en la pubertad, se evaporaba. La Nina que daba pasos firmes y que le sacudía a los suyos las locuras e impulsos de la edad, parecía extinguirse y no precisamente por alguien que fuera su familiar.

Presenciar a Nina Cassiani hecha un manojo pueril y sin formas por Darío Elba, causaba en nueve letras: conmoción.

Bloise, estando todavía boquiabierto y con ganas de correr despavorido por pensar de que si Fahrenheit perdía las riendas de la cordura el mundo entero se iba por el desagüe, se plantó con fuerza e intento desatascarse de la perplejidad poniéndose las manos en la sien para buscar una respuesta a la titánica incongruencia que presenciaba y hallándola con más prontitud de la que suponía, se admiró de lo que estaba apreciando y al comprender lo que veía: marcó una sonrisa sin precio en su rostro de hombre también en formación.



Esa frente a sus ojos, emergiendo igual que una isla nueva en alta mar, era la mujer compleja que habitaba en Nina, pero la que nunca se había mostrado como tal.

Asomando a penas un indicio de su extensa geografía, ahí estaba, creciendo esplendorosa y caótica con toda su flora virginal y fauna salvaje, sin catálogo ni mapas de su cartografía y con el máximo grado de pureza con certificado de adolescencia; acababa de ser descubierta por el único explorador que fue capaz de encontrarla, trayendo consigo la bruma de lo extraordinario sacó a flote preciosos y también mortales tesoros brutos: sus sentimientos más íntimos y voraces que reposaban igual que lava volcánica, bajo gruesas lajas de menosprecio y olvido por madurez forzada.

Nina Cassiani a poco más de dos meses de cumplir diecisiete años, estaba en la línea de salida para iniciar una etapa fundamental de su vida que ladeándola, obvió cursar. Ocupada en cosas que a su edad carecían de común interés para los demás porque no era hora de vivirlas, nunca anotó entre sus planes el enamorarse y mucho menos experimentar la diversidad y las repercusiones de lo que ese estado de gloria e incertidumbre traía consigo amarrado.

Bloise se espantó los pensamientos porque vio en Nina lo que él mismo atravesó hace un tiempo atrás cuando abrazó su inclinación sexual por los de su mismo género y se abofeteó el desconcierto para darle la mano y ayudarla.

Nunca abandonaría de su memoria aquel momento en que ella, aún en medio del dolor fresco por la enfermedad que aquejaba a su padre, lo ayudó como pudo guiándolo primero a aceptarse y después a dar la lucha justa que todavía hoy en día le afectaba y aunque él no era el más apto para brindar un consejo porque no contaba con la suficiente experiencia como para saber con certeza lo que debía de hacer, estaba consiente de que de alguna manera tenía que zarandearle la humanidad a su amiga para que valorara a totalidad, que todo a su alrededor era de verdad.

Aquello que Nina quería creer como una clase de ensueño, distaba de serlo pues era su realidad y los sentimientos desatados no solo rondaban en el aire, para cualquiera que lograra entender una pizca de lo que es el querer, aunque torpes, los afectos de esos dos eran tan concretos como La Tierra siendo el tercer planeta en el Sistema Solar.



—¡Que sí, todo pasó y está pasando, Nina y lo mejor es que esto: está apenas que empieza! —le contestó muy seguro y con felicidad mientras le quitaba de la cara mechones empapados de lágrimas, luego le acomodó la cánula nasal e intentó deshacerle con el índice el nudo que tenía en el ceño y le dijo —Es más, toma, por si te quedan dudas, aquí tengo una instantánea que lo comprueba —y extendiéndole el cuadrito de papel, Nina vio que ahí, en un área de 3.5 x 4.2 pulgadas, sí estaba ella enganchada a él.

Era ella, Nina y él, Darío con sus cuerpos unidos como hidrógeno y oxígeno formando agua. Esas dos personas en la Polaroid, no podían ser el retrato de apariciones ni la mofa de un programa de retoque de imágenes y por eso ella comenzó a temblar.

Con ese pedacito de prueba, ya no quedaba espacio en ningún resquicio de su inteligencia para la incredulidad.

El brazo le titilaba al prestar la fotografía a su madre y ésta, en vez de agarrar lo que la hija le ofrecía, la tomó a ella y la envolvió con su cuerpo de señora y la abrazó tan fuerte hasta transmitirle el confort necesario para que se asentara.

Le calmó el llanto y lo convirtió en sollozo. Sabía que Nina se había enfrascado entre "el sigue y el detente" porque ella misma se lo había dicho: "—Tengo miedo" y por eso la arrulló diciéndole al oído que no había porqué temer a la inmensidad que la esperaba.

Le comentó que aunque cada humano experimentaba de maneras distintas esas sensaciones que en esos momentos a ella la desbordaban, así era como se debía sentirse el ser querido por alguien más que no formara parte consanguínea de la familia. Le confió en secreto que ese sentimiento lo vivió hace cuarenta años cuando se enamoró del que es su papá y le afirmó que a pesar de que César por su condición no pudiera contárselo él mismo, estaba segura de que también se intimidó por culpa del amor.

—Todos le temen más de una vez al amor, hija, porque ese, es un eterno desconocido. No ataca ni una sola vez por igual ni tampoco discrimina a la hora de hacer de las suyas, ya sea que se nazca hombre o mujer a todos nos va parejo y por tanto, nadie tiene la respuesta verdadera de cómo resistirle o de hacerle frente y cuando llega, no te avisa ni se anda con cuentos, así sea que te lleve al cielo o te tenga más abajo del suelo: no queda de otra más que ser fuertes y agarrarse de donde sea que puedas afianzarte.



Nina Cassiani aceptó esas palabras como la miel sobre la piel irritada por una quemadura y al escuchar el nombre "César" se acordó de quién era ella y restregó su rostro lloroso contra el pecho de su madre y luego de limpiarse los ojos para poder ver con algo de claridad, se dirigió con parsimonia a la habitación donde estaba su padre.

Llamó a la puerta como siempre lo hacía y según sus recuerdos, cuando la voz de tenor le indicó poder pasar, allí con el abundante olor de la asepsia, descobijó su reciente incursión a la selva inhóspita del amor y sin preámbulos de ningún tipo, ilustró con destreza cada cosa que había dicho y hecho hace solo instantes sobre la acera desierta un domingo en plena madrugada.

Comenzó su relato contándole que sintió un desgarre en una parte de sin nombre de su cuerpo de solo ver las maletas en la puerta de la panadería por creer que Darío se marchaba y que cuando él se cruzó la calle y lo tuvo frente a frente; mientras le confesaba lo que sentía por ella, arrancó sin vehemencia cada pálpito que tenía porque quiso entregárselos y de poder abrirse la cicatriz de su pecho, le hubiese expuesto todo lo que pasaba. Le habría encantado diseccionar su anatomía para decirle:

—"Mira lo que me haces cuando me hablas, reconoce como tuyos los estragos del paso de tu voz más allá de mis oídos. Esto que ves, es solo un céntimo de lo que me pasa".

Nina quería enseñarle a Darío, así como a su padre, el proceso visible de la transformación estaba atravesando, pero a falta de una radiografía que desmembrara el amor, se acogía de los verbos, adjetivos y a su florida imaginación. Por eso explicó también que aunque retaba a la lógica y a la razón, de ver cómo el mentón de Darío se movía nervioso al hablar, pudo notar adentro de su cabeza a la red de sus neuronas en sinapsis activarse como faroles por las formas únicas con las que le expresó que la quería y que cuando ya no pudo más, doblegada por el deseo de ansiar más que palabras, lo besó de forma inapropiada y brusca reventándole el labio hasta hacerlo sangrar.

Nina hizo una breve pausa porque se tapó sin cuidado la boca, pues cada vez que hacía memoria de su intromisión al rostro de Darío, se le venían de golpe todas las emociones y le desencadenaba un frenesí sin antecedentes, revolviéndosele el río de sentires sin poder dominarlos.

Haciendo lo que podía, tomó aire y empujada por esa fascinación, con la mirada fija en la gráfica del monitor cardíaco que reflejaba el pulso sin variables de su padre, le contó un tanto abochornada, un disparate salido de las páginas de Bram Stoker.

Para ella, la sangre de ese a quien quería no solo sabía a hierro como era lo debido, sabía a todo a lo que su paladar hallaba gustoso y placentero. Nina supo que, con el hurto de un beso a Darío, había sorbido su alma y ésta sabía a té con libros hechos de flores de Mirto. De esos labios, degustó café recién molido entintado de música añeja y jalea de frutas exóticas hechas manjar de agonía, porque un dulce sabor a dolor la acompañó en el delito por la mesura con la que él se refrenó con valentía ante los impulsos que ella no pudo controlar.

Nina Cassiani no se guardó nada, se expuso ante su progenitor como si de un juicio de brujas se tratase y no escatimó en perjurarle que ese hombre la tenía cuerda y loca a la vez, le confesó que danzaba con la demencia cada que estaba a su lado y resumió que a fin de cuentas que no tenía idea de si podría volver a hacer uso de la prudencia, la moderación y la sensatez, pero a cambio de eso si tenía convicción de una sola cosa que aceptaba como credo y ésta era que quería más y más de eso que le dejaba la piel en carne viva, porque eso tenía un efecto sobre ella que la incitaba y la saciaba en medidas exactas.

Darío sin saberlo y sin proponérselo, se había convertido para Nina en el punto inicial en un círculo: nacía en él, crecía en él, se desarrollaba en él, encontraba plenitud solo en él, alcanzaba el ocaso con él y fenecía también por su causa solo para volver a empezar otra vez y ella sabía, no por experticia si no de ver en espejos ajenos, que tenía que hallar sosiego porque el límite entre las buenas pasiones y la lujuria, era tan delicado como el papel de seda que atenúa la luz que emiten las llamas volubles invocadas por las lámparas de aceite.

César Cassiani, postrado en la cama de siempre en su posición de marioneta de los tubos y sondas que lo retenían en este mundo, solo escuchaba sin conciencia en el más allá de su laguna clínica, el recital en prosa y verso que su hija declamó motivada por Darío Elba y Nina Cassiani reposando sobre su costado derecho, sabía que si él hubiese podido, después de todo lo que ella acababa de rezarle, la abrazaría e intentaría por todos los medios esconder el color de sus mejillas ante su mirada.

Si Nina no sabía mentir era por la gracia genética de le transmitió su padre porque era él quien tendía a sonrojar como un tomate y a fundir su rubor con el de la melena también colorada que dio como herencia. Tanto se parecían ellos dos que cuando la pena lo alcanzaba, haciéndole quedar siempre como un niño delatado cada vez que le sucedía: César se estancaba y todo lo que su hija acababa de contarle, ameritaba usar todo el rojo que con el que pudiera manifestar su nerviosismo, porque su hija menor estaba creciendo, Nina se hacía una joven mujer justo frente a sus ojos.

Por eso mismo, después de bajar cien tonos del rojo en su cara y de tragar saliva para aclararse la garganta, César Cassiani habría tosido y reduciría el metro con ochenta que medía agachándose para estar a su mismo nivel y le diría a Nina:



—"Usa la cabeza, hija. Dale espacio a la razón, disfruta pero no te precipites".



Él se metió en mi cabeza y tiene mi corazón —contestó la pelirroja con la verdad que no podía negar mientras veía la respiración coaccionada en el regazo de su ascendiente mostrándole esa otra cara constante de su realidad y que tenía raíces demasiado profundas que la llevaron a sentarse en el borde de la cama y quedándose en silencio, se dedicó a pensar.

Así se las arreglaba Nina desde el coma de su padre. Hablaba con ella misma mientras creía que dialogaba con él y dejaba salir todo lo que la intimidaba por más minúsculo que llegara a parecer, ella lo llevaba hasta la cima de la más empinada montaña e igual que una bola de nieve rodando cuesta abajo: creaba una avalancha y luego de ver el desastre que había causado, callaba.

Repasando sus propias oraciones, se enfrentaba crítica al absurdo de su incoherencia y separaba meticulosa el proceder de sus futuras acciones sin olvidar que no debía volver a reincidir donde conocía que tenía desventajas y sabedora de que por estar enamorada había tocado fondo con la razón, no podía perder su individuo aunque éste estuviera en formación incesante.

Nina no pensaba fragmentarse por Darío, sino solidificarse y amoldar un todo de lo viejo, lo nuevo, lo bueno y lo malo porque a fin de cuentas, se supone que de eso se trataba ser adolescente.



Eran las cinco de la mañana, cuando Nina Cassiani apagó el rumor de su mente y usó la voz para prometerle a su padre dar la talla ante lo que se aproximaba. Dijo que se esforzaría con tesón porque había encontrado la manera de cómo sonreír de manera enérgica y eso no solo le gustaba, le encantaba y quería continuar por la alameda de la vida con todo lo que traía al ritmo que pudiera, cayéndose de cuando en cuando, tomando vuelo y tropezándose con la nada, pero no sola, sino tomada de la mano de Darío Elba como su acompañante.

Amarse y amar, todo lo cambia y por Darío, Nina estaba resucitada y sin ningún tipo de arrepentimiento por subsistir. Realizada y feliz por sentir, en nada se parecía a la tristeza y amargura con la que cargaba como su cruz y equipaje desde hace bastante.

Ya no se reclamaría más nada que no fuera el haberle gritado a su familia entera el día en que se despertó maniatada a una camilla en la Unidad de Cuidado Intensivo en el Hospital de Infantes, exigiendo que la dejaran morir y que usaran lo que pudieran de sus órganos para traer al primer hombre al que amó de regreso a donde creía que pertenecía porque, después de esa madrugada al fin comenzaba a perdonarse el pecado de continuar con vida y ya no quería ocupar ese lugar que no le correspondía llenar.

Ya no deseaba ponerse en los zapatos de su padre y ser ella quien se pasara los años en esa habitación enclaustrada en su mente sin poder avanzar porque Darío le había ayudado a quitarse la venda de los ojos con la que se había cegado a voluntad. Demostrándole que no había necesidad de correr detrás del ejemplo de aquel gran señor, Darío le hizo recapacitar de que tampoco tenía porqué estancarse o privarse de la maravilla de tener vida, pues para honrar la memoria de su padre lo único que tenía que hacer era: ser ella misma y caminar, como pudiese, para alcanzar lo que realmente codiciaba de su propia existencia y llámesele enajenación o inmadurez, pero lo que en esos instantes, los que seguirían después de esos y los siguientes también Nina quería sentir hasta la última consecuencia del amor.



Al salir de la habitación que una vez fue el lecho nupcial de su progenitores, Nina seguía viéndose enamorada, pero tranquila y serena. Había purgado con y sin su padre lo que necesitaba dejar salir para reconocer sus nuevas fortalezas junto a sus fragilidades. Todos aquellos que la conocían, estaban sabedores de que con cada irrupción a ese lugar blanco, ella componía los contrapesos de su carga hasta hacerlos manejables para sus hombros y se balanceaba, como trapecista graciosa, sin huir o renegar de su realidad ya fuera que ésta se vislumbrara oscura como la brea o ígnea como estrellas en nacimiento.

Mas la cuerda sobre la que se erguía Nina para caminar, no estaba trucada ni era ventajosa, era como la de todas las demás personas; floja y con los tirones violentos característicos de la inseguridad y con las ráfagas de los problemas queriendo lanzarla al vacío que la circundaba, pero ella, aunque estaba en la premura de sus abriles; intentaba hacer malabares con sus desgracias con lo único que tenía: el crisol de sus dieciséis inexperimentados pero furiosos ventarrones.

Era un nuevo día adentro de lo mismo, pero para Nina todo se veía distinto de cómo se pintaba antes y no es que un velo hubiera filtrado el mundo ante su miopía o que el espectro luminoso se desfragmentara único solo ante sus ojos, es que de verdad tenía ganas de engullir y lamer las semillas de su vida, era como si el manantial en la represa que contenía a su persona hubiera reventado los muros y corriera con todo su caudal para remojar aquellos lugares austeros de humedales.

Por eso, a horas razonables del domingo, solicitó a su madre el permiso de ir a buscar al Doctor Uberti para que re valorara el dictamen que ya antes había dado por sentado y así le recortara esa semana pendiente de reposo de la cual consideraba ya no prescindir más.

Quería reincorporarse al Colegio el lunes que estaba a la vuelta del siguiente amanecer, iba a consumir todo el tiempo que pudiera con sus compañeras y amigos que muy probablemente, después de graduarse, ya no volvería a frecuentar por pasar a ser estudiantes universitarios y por las separaciones de caminos que dicho gran paso traía incluido como era de esperarse.

Pero además de lo anterior, no negaría que también anhelaba estar cerca de Darío aunque tuviera que maquillar capa tras capa, durante los días educativos faltantes, sus verdaderos sentimientos hacia él.

Una tarea loable que no sería fácil para ninguno de los dos, porque tanto Darío como Nina se hallaban en el mismo plano en materia del querer.

Y por eso Doña Maho tenía recelo de lo que le pedía su hija y se lo pensó mil veces antes de decirle "tal vez". La había visto completamente inestable de salud y turbada de emociones, todo lo que había visto que le sucedió era un pase directo a negarle su permiso, pero sabía que aunque le pusiera una veda: ella no se detendría y no por que fuera desobediente, sino porque lo que Nina acababa de iniciar era un trayecto pausado que tenía que dejarla recorrer porque era lo normal, era lo que tarde o temprano debía de hacer.

No le era posible acompañarla hasta el consultorio de aquel Neumólogo porque Nina no concebía dejar a solas a su padre y dado a que tampoco disponía de un vehículo propio y Bloise ya se había marchado, con la mano en la responsabilidad y otra en el corazón, Doña Maho la encomendó a Dios y a la Virgen para que se la cuidara allá donde ella no podría aguantarle el amor. La envió en taxi porque el Dr. Uberti tenía su clínica en una de las zonas más exclusivas de la ciudad y además de eso, el servicio público de autobuses los domingos pasaba cada dos horas. Horas que la enamorada estaba dispuesta a sacrificar con tal de conseguir lo que quería.

La madre le deseaba bien a su hija, pero en el fondo su intuición de mujer del siglo pasado, le sermoneó todo lo que pudiera llegar a pasar al permitirle a Nina el presentarse al Colegio al día siguiente. Si Darío o Nina no lograban controlar lo que sentían el uno por el otro: quedarían expuestos ante la mirada sin piedad de un público con doble moral que los tacharía de impúdicos, porque no se tomarían ni la molestia de escuchar su historia y menos tendrían la gentileza de verlos como lo que eran realmente; solo un hombre y una mujer de entre millones.

Encasillándolos bajo estereotipos, su relación sería recibida como un capricho de calenturas juveniles, porque no aceptarían que más allá del costoso traje de Darío y del gastado uniforme de Nina, únicamente estaban dos seres humanos iguales, puesto que para la sociedad es más fácil el creer con fe ciega que todo lo correcto ya está asentado y lo que no, se prejuicia de la forma más dura y cavernaria antes de hacer el mísero intento de comprender, pedirles aceptación y tolerancia a las masas, es peor que vaciarles los bolsillos con descaro.

Así como pasó cuando la mujer se cuestionó porqué no podía salir de casa para aprender y trabajar como lo hace un hombre o cuando los primeros primos y hermanos se negaron a casarse entre sí por imposición para conservar un linaje. Exacto como sucedió cuando una persona de hermosa piel de color quiso ostentar los mismos derechos de una que tenía la epidermis pálida, igual que los países cuando quisieron declarar independencia ante las colonias o cuando los estudiosos de los siglos antiguos, declararon que los fenómenos naturales no tenían su porqué en Dios, sino una explicación científica. Todo lo anterior, en sus inicios se vio mal, era pecado mortal y digno de ser castigado por la Inquisición, pues lo consideraban un total irrisorio, actos amorales que corrompían los cánones de la decencia y el simple hecho de esa insinuación para el amor de Nina y Darío, era el temor rabioso más grande de Doña Maho de Cassiani.

Con eso en mente, por varios minutos y mientras repasaba con sus dedos las cuentas del Rosario, Doña Maho sentada al lado de su esposo, quiso que el Doctor Uberti no cambiara su palabra y que mas bien le extendiera la incapacidad a Nina hasta que el período escolar se acabara.

Pero en el consultorio del galeno mandaba la ciencia y sus hechos demostraban que la chica de cabellos rojos que estaba ante él, no tenía porqué seguir guardada en casa.

De la neumonía quedaba nada más una tos normal atrasada y de la incapacidad pulmonar, lo que cualquier paciente con una afección cardíaca podía ser capaz de controlar tal y como lo había hecho Nina al regularse el flujo del oxígeno artificial que consumió según se lo demandaban sus necesidades especiales.

El Doctor Lyon Uberti mientras auscultaba a Nina la vio con otros ojos porque su paciente cargaba y sin quejarse el tanquecito en la espalda, algo que le resultó anómalo para lo que creía conocer de la chica en cuestión, pero lo que más le dio curiosidad fue el colorete extraño en el rostro lleno de pecas y por eso le preguntó, sin mucho afán, qué era lo que la tenía tan rosa.

Nina le contestó que se había enamorado y que sus afecciones, eran correspondidas y luego le sonrió con un fulgor que él no esperaba.



—Ah, tu cerebro anda embriagado de neurotransmisores —dijo de manera llana —Al parecer, a tu organismo le cae bien ese estado, que lo disfrutes mientras te dure ­—añadió el eterno soltero que tenía como esposa a su carrera médica y a ningún humano con quien darse calor por las noches. Por eso era fácil de hallarle los domingos y feriados en su clínica privada y cuando no estaba ahí, era porque andaba en uno de tantos congresos internacionales para que las nuevas generaciones de neumólogos le alabasen por sus logros profesionales.

Nina Cassiani no le prestó más atención de la necesaria al comentario y no por ser una tonta, era de su conocimiento que había todo un proceso químico en su cerebro y en otros órganos de su cuerpo que la tenían tal cual estaba y por eso mismo sabía que no había ni un compuesto sintético que le llegara a los talones a lo que Darío Elba le provocaba.



De lo contrario ya existiría en las farmacias un catalizador junto a su vacuna para el amor.



—Listo —concluyó el Doctor Uberti al retirar la hoja membretada de la impresora y luego buscó un sobre blanco porque los que tenían su logotipo se le agotaron y la insulsa de su asistente no los mandó a pedir con tiempo de precaución —Toma, chiquilla y que tengas buena vida —habló sin mirarla cuando la encaminaba hacia la puerta —Te diría que te voy a extrañar pero mentiría, aunque sí me harán falta los rumores que salían de tu sistema respiratorio. Todo el artefacto tuyo sonaba de manera muy peculiar. Si volvieras a enfermarte, ya sabes donde estoy y te aviso que solo porque eres digna de ser un sujeto de estudio médico, puedes venir sin llamar.

—Gracias por todo —contestó Nina dando la mano y el Doctor copió la despedida y después le dio algo parecido a las palmadas que se le dan a los cachorros en la cabeza.

Nina dio los primeros pasos afuera del consultorio caminando muy decidida, en su mano tenía lo que necesitaba para que el Director Garita le autorizara el regreso al Colegio y de tener ese simple papel, se le inundó el aura de suspiros azucarados. Apretujando el sobre contra su pecho, buscó la parada de taxis más cercana y se regresó a su casa en lo primero que pudo aunque le saliera extremadamente caro. No dijo ni pío ante la alta tarifa que registró el taxímetro que tenía toda la facha de haber sido modificado, porque con esa suma pagada mediante los ahorros de su cochinito, bien le alcanzaba para dos libros nuevos y hasta le hubiera sobrado para comerse un helado triple y en crocante cono waffle.

Consideró que privarse de eso con tal de volver a ocupar su asiento en la 2-4, era una nada comparado a todo lo que esperaba vivir y por eso mismo lo que sobró del domingo, fue una verdadera atemporalidad. El tiempo para Nina Cassiani, había comenzado a correr de manera extraña.



Ansiando que se acabara el día, penó la espera en su habitación estando sentada frente a la ventana con sus amigos de papel. A ratos apartaba la vista del libro con el que se entretenía y leía lo que estaba escrito en el asfalto resurgiéndole así los dobles pálpitos de la primera vez, pero le mataba el clímax cada vez que pasaba un auto sobre las letras que le había obsequiado Darío y eso le daba cólera. Más tardaba en enojarse que en echarse a reír por los vecinos que se detenían a inventar teorías sobre a quién iba dirigido el mensaje y aún más de cuando se preguntaban quién había sido el que tuvo el coraje de manchar la sacrosanta calle.

Cuando la noche surgió para Nina empezó el conteo regresivo, pero para esas horas ya no estaba sola. Reuben Costa se le unió a la penitencia por aguardar el siguiente día pues ni él o su Cabeza de Remolacha tuvieron señal alguna de los hombres que los tenían como estaban.

Sin avisos, los cuatro se dieron un tiempo fuera no porque quisieran estar ausentes de sus respectivas futuras parejas, es que se conocían tanto como para presentir que necesitaban estar con ellos mismos para apaciguarse.

Aunque ni Darío, Leandro, Reuben o Nina negarían que el esfuerzo por no buscarse al menos por medios tecnológicos había sido cosa de atrevidos y valientes.

A su manera cada uno trató de continuar con lo habitual que les identificaba. Darío hizo ejercicio la mayor parte del día a pesar de que se le estaban chamuscando los músculos por exigirse más de lo normal, Leandro después de zafarse de la resaca a punta de menjunjes que le administró su papá Elba y Hirose, se encerró en su estudio a meditar con sus pinceles en el revoltijo de sus recuerdos porque Darío no le había querido decir el cien por ciento lo sucedido en Ambrosía.

Por más que Leandro insistió, Darío se limitó a contestarle con una frase del Dr. Seuss: —Sabes que estás enamorado cuando no quieres acostarte porque la realidad es por fin mejor que tus sueños, Hooper y lo tuyo con Reuben y lo mío con Nina, ya no pertenece únicamente al planetario de Morfeo. No me corresponde a mí el refrescarte la memoria, así que o te aguantas o vas y le preguntas a él mismo para calmarte —y dicho eso continuó levantando pesas sin dejar de pensar en la pelirroja.

No hubo puchero que le valiera de una respuesta a Leandro y dado a que tenía un granito de duda, resolvió también esperar a que le diera la mañana y Reuben antes de visitar a Nina, se pasó el día entero durmiendo por su propia conveniencia.

Cuando eran las dos de la tarde, el panadero a duras penas y se liberaba de los efectos de las dos cápsulas de melatonina que se había tomado para poder dormir. La noche del sábado para él fue "la noche de su vida" y cuando estuvo en la soledad de su habitación, se le partieron los hemisferios entre la felicidad y la desesperación y aceptando que tenía que hallar la forma de tranquilizarse, fue al botiquín y sin pensarlo ni un segundo se indujo al sueño.

Lo que vio antes de cerrar los ojos, fue a Leandro Hooper sonriéndole y soñó con él y sus ojos de avellana lo que le duró el resultado de las pastillas y al despertar, también continuó viéndolo y escuchándole cantar como siempre lo hacía y eso le calmaba la ansiedad de saber si estaba bien por la cruda o si de al menos se acordaba de algo de lo que le había dicho.

A Doña Pastora Echegaray la conducta de su nieto se le hizo demasiado inusual, primero porque le llegó a la casa cuando ya eran más de las tres de la mañana, segundo porque nunca dormía de más aunque estuviera muerto de cansancio y tercero porque cada vez que le preguntaba qué había hecho o qué le pasaba, él se volvía esquivo y cambiaba de plática.

Reuben no iba a negar nunca más a Leandro, pero no hallaba cómo explicarle a su abuela que cuando se lo presentara, ya no sería en calidad de amigo, sino como a la persona de la que se había enamorado y de la cual se haría pareja dentro de corto tiempo y no tenía ni un pelito de idea de cómo ella recibiría la noticia de que el artista, aunque tuviera rasgos muy finos y delicados, era un hombre como él y no una mujer.

Dado a que nunca le había conocido a su abuela opinión sobre la homosexualidad, si Reuben Costa no se comía las uñas de la expectación, era porque ya había mordisqueado hasta hacer trizas los tapones de los lapiceros con los que terminaba sus tareas universitarias.

Por eso acudió a Nina, porque así como lo prometieron mientras ella estaba invadida de varicela allá en el mes de julio: aunque cayeran por eso que se llama amor, siempre continuarían buscándose. Tanto bien se hacían los dos que luego de contarse lo que vivieron, las palabras de sus experiencias se les hicieron ungüento sobre el desasosiego.

Pero Nina mantuvo un pequeño secreto ante Reuben y le suplicó a su madre que no se lo dijera ni a él ni a nadie: lo de ir al siguiente día al Colegio, permanecía reservado solo para la complicidad de ellas y a los oídos no funcionales de su padre.

Llegada la hora de dormir, Nina Cassiani se despidió de Reuben Costa con igual cariño de siempre: enroscada a su cuerpo y él apretujándola hasta dejarla sin aliento. Luego estar segura de que Reuben ya se había resguardado en su casa, Nina se apresuró a enfundarse en la camisa masculina sin vestir más prendas que su ropa interior y cerró los ojos para soñar con Darío Elba.

Se impresionó de lo rápido que le llegó el inicio del lunes y sin duda alguna sobre la decisión que había tomado, abandonó la calidez del colchón y se metió al baño para alistarse calculando el tiempo de su viejo cotidiano para adaptarlo a lo que sabía que a las cinco con treinta debía de pasar: la llegada sin falta de Darío con el ramo de flores que a diario le obsequiaba.

Como no iría a desayunar con Reuben, le tocó cocinarse y todavía tenía en la boca un poco de torta de papa cuando escuchó el motor del auto de Darío acercándose al perímetro de su casa y corrió como chiva descarriada para lavarse los dientes de manera apropiada. Como no andaba más que la bata de baño y sus bragas, se puso de nuevo la camisa con la que había dormido porque la tenía cercana y salió en carrera para recibirlo.

Al abrirse la puerta ancha de la casa de los Cassiani Almeida, Darío Elba fue abrazado por una oleada de deliciosa agua de tocador con aroma a granada, lo cual le indicó de buenas a primeras que ella ya se había bañado y Nina Cassiani lo primero que vio de Darío fue su cuerpo vestido de un exquisito traje gris porque tenía el rostro con el que había soñado escondido tras una vasija de azul lujado en donde estaba plantado un crotón de hojas retorcidas en tonos rojos naranja.

Desde ayer Darío había decidido que ya no le traería flores cortadas a Nina, todas vendrían con su raíz para que la blanca habitación de la pelirroja estallara de color y vida, pensaba llegar a ver a mediano plazo aquel lugar desabrido como un vergel o un jardín botánico de interiores.



—Buenos días —la saludó Darío y extendiendo con un leve temblor la maceta se la entregó a su nueva dueña. El temblor de él se debía a que cuando acercó la vasija hacia Nina, entre las hojas pintas se encontró con los ojos verde esmeralda que le servía de lucero cuando la oscuridad reinaba.

—Buenos días, gracias —contestó Nina agarrando como podía a su nueva amiga en forma de planta. Se había convencido por todos lo medios de que era capaz de sobrellevar su estado de enajenación por él e hizo lo que pudo para controlarse aunque le dolieron las yemas de los dedos de solo rozarlos con los de Darío cuando tomó lo que él le obsequiaba.

—Sus hojas ... las hojas del crotón me ... me recuerdan a tu melena por su color —añadió Darío tratando de poner orden en sus ideas —Y no da floraciones, pero es perenne. Nina, disculpa la indiscreción, pero ¿tienes pensado salir hoy?

Nina pensaba que Darío no se daría cuenta de que había algo inusual en ella, porque a simple vista no tenía pinta de que sus planes fueran los de salir de casa, pero no sabía o quizás no quería creer que él, durante su período de visitas tempraneras, le había escudriñado el rostro a la perfección como para ver que esa no era la cara que tenía cuando estaba recién despierta.

—Me gusta mucho —dijo Nina abrazando la maceta que pesaba bastante —Me encanta que me des plantas y flores vivas, aunque no sepa mucho de jardinería te prometo cuidarlas y ... con lo otro ... No, no voy a salir, pero se me antojó bañarme, dentro de poco iré a enroscarme a la cama de nuevo —mintió —Yo también tengo algo que darte aunque no sea exactamente tuyo.

Nina caminó con lentitud hasta la mesa del centro de la sala para poner ahí el crotón y luego tomó el sobre blanco que había acordado entregarle el viernes anterior.

—Es la carta para la reunión de hoy —se refirió a lo que ahí estaba escrito —Que Otis sea un poco reservado para comunicarse no significa que no pueda hablar, yo lo conozco bien y sé que él puede dar el discurso que escribió solo necesita un leve empujón.

No iba viendo hacia el frente mientras hablaba porque pensaba en que ojalá no estuviera entregando el sobre equivocado, por lo que Nina no había notado la expresión del rostro de Darío hasta que levantó la mirada.

—¡¿T-t -te sientes bien?! —preguntó con sobresalto de verlo totalmente pálido.

—Agua —contestó tratando de calmarse.

—¿Para la planta?

—N-no, no un vaso con agua para mí, por favor —solicitó Darío sintiendo que se ahogaba.

En lo que la pelirroja se dirigía a dejar el crotón en la mesa, Darío se dio cuenta de que ella solo vestía la camisa que él le entregó hace no más de veinticuatro horas y unas sencillas pantuflas. Como era de imaginarse, la camisa le quedaba grande, le llegaba al nivel de las rodillas y verla así era una imagen sacada de lo más privado de sus quimeras que lo perturbó dejándolo tan blanco como las azucenas.

Ninguna mujer había vestido prenda alguna de su pertenencia, porque a nadie se lo había permitido y que la piel de Nina vistiese con total libertad y confianza algo que previamente hubiera usado él, lo dejó sin aliento.

—Eso ... eso que andas ... eso que usas, ¿esa es mi camisa?, ¿la usas como camisón de dormir? —se animó a saber luego de pasarse por la tráquea el contenido del vaso lo más rápido que pudo.

—S-si, si es ... tu camisa —corroboró Nina y se hizo un puñito con lo que le sobraba de las mangas y se lo llevó a pecho —No ... no me ... ¡No me vayas a decir que la quieres de regreso! —replicó huraña.

Nina Cassiani ni loca devolvería esa prenda ni ninguna otra con la que pudiera hacerse que fuera pertenencia de Darío Elba y tal vez, en un futuro consideraría un trueque, pero solo si él se quedaba con ella todas las noches a su lado a dormitar después del cansancio que les provocaría el experimentar quererse con cada pedacito del cuerpo.

—Todo lo mío es tuyo, Nina y eso incluye me a mí, mi ropa y mi té si nos quieres tener —le contestó franco y con la serenidad que siempre lo caracterizaba.

Jamás se atrevería a pedirle de regreso nada que le hubiese dado o que ella quisiera tomar de él.

—Darío, yo .. yo lo siento, perdóname —se disculpó la pelirroja con tiempo.

A Nina cada vez que Darío hablaba, la provocaba y la ternura con la que se ofreció a ella junto a sus pertenencias, le desató el deseo de volver extinguir la distancia que los separaba.

—¿Qué sucede, por qué lo sientes? —dijo temeroso Darío.

—Esto que voy a hacer —alcanzó a murmurar algo ansiosa —Resulta que yo también tengo sed.

Había a gotas de agua remojándole a Darío el espacio entre el labio superior y la nariz y eso fue el colmo para Nina. Lo agarró de la corbata de seda en tono acerado y lo trajo hasta su boca para robarle su segundo beso de amor.

De nuevo, sin tiempo de reaccionar y trastornado hasta el último vello, Darío se quedó incapacitado para responderle a Nina como anhelaba y si no era por eso que ya no sabía como besar, definitivamente, esa mujer al borrarle su pasado: también le había imposibilitado los labios.

Nina por su parte, se sentía como la arena. El cuerpo entero se le disolvía estando pegada a Darío, quería hundirle los dedos en la negrura de su lacio cabello y besarlo hasta que le dolieran los labios, pero la promesa recién hecha a su padre le gruñó en los impulsos y se alejó despacio haciendo un gran esfuerzo que hasta cierto punto, lastimaba.

—A-aquí ... aquí ... eh ... toma, aquí está la carta ... y Darío, tienes que saber que yo ... yo quiero estar con vos para siempre, pero creo que se te hace tarde y ... debes de irte a trabajar. No olvides que tienes reunión —dijo estando frente a él poniéndose las manos en la cintura y vaciló un rato en si volver a verle a la cara. Nina Cassiani no pudiendo mantener la mirada en el suelo, concluyó que ese nudo en la garganta era el que sentían los esposos o las parejas que cohabitaban bajo un mismo techo cuando se despedían cada mañana para llevar a cabo sus actividades cotidianas.

—Si, si ... yo ... y-yo tengo que ir a trabajar ... ¿verdad? —preguntó Darío Elba mientras se pasaba las manos por el cabello y con pesadumbre cerró los ojos por un rato. Le costaba demasiado desprenderse de ella, pero también con valor comprendió que había responsabilidades con las que tenía que cumplir. Exhaló y sintiendo que el corazón le reclamaba con tumbos por aquí y allá, se inclinó hasta su mejilla y le deposito un beso muy corto pero de invaluable contenido —Te veo más tarde, ten un buen día Nina.

Darío Elba, con puños apretados siguió caminando en línea recta para encerrarse en su vehículo. Sabía que si ahora volvía a ver hacia atrás, después no podría detenerse. No se devolvió ni tampoco se detuvo porque llevaba un pedazo de sí muy lacerado que demandaba una explicación de peso para continuar dando la batalla más adelante.

—Cuídate, Darío y sí, nos vemos más tarde —se despidió Nina Cassiani, pero su "más tarde" no sería explícitamente en horas vespertinas porque al nomás cerrar la puerta y de verle marcharse por la ventana, ella continuó con los planes que había trazado pero con una mano ahí donde Darío le había besado.



Fue por ese beso que Darío olvidó por completo qué ruta era la que usaba para ir en su auto al Colegio, razón por la cual acabó enfrascado en el tráfico del centro de la ciudad y mientras él intentaba llamar la atención de Doña Rita para conseguir las dos granadas que ahora guardaba en su portafolios de cuero, Nina estaba esperando un autobús a tres cuadras hacia sur de donde su amor estaba rogando porque el cambio del semáforo se alargara.



Eres cruel, Sleepy Girl —le dijo sin decirle Darío Elba a ella cuando sus miradas se cruzaron en el umbral del salón de clases.

Pero a mí, tu crueldad me sienta bien —le respondió Nina Cassiani a él con el pensamiento.



Así se cerraba la puerta metálica de la 2-4 con ellos sonriéndose públicamente sin malicia ni desordenes pasionales, sellándolos en otro pedazo de la realidad que les concernía, intentando ponerle bridas a un amor no domesticado para sobrevivir hoy y quizás también, si es que lo había en su historia, mañana.

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