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70.

—70—


En esa madrugada de domingo de octubre Nina Cassiani soñaba, como cada que se entregaba a lo onírico, con Darío Elba; sin saber o tan siquiera imaginar cuan cerca estaba él de ella en ésta su realidad.

Extraviada en la marea alta de sus fantasías, su cuerpo desconoció la naturaleza precavida del buen andar y cometió grandes fallos al no percibir ninguno de los signos de su presencia.

Su olfato aclamado como de sabueso debía declararse una total falacia, pues no saboreó ese perfume de embeleso aún cuando la piel que lo vestía permaneció por varios minutos, a escasos dos metros de distancia mientras pendía sobre peldaños de metal tratando de alcanzar la gloria con una mísera escalera.

¿Cómo aquella nariz pecosa, ostentando ese título, no pudo percibir ese aroma?

Tal vez la esencia masculina no contaba, a esas horas, con la suficiente fuerza y bien podía excusarse de esa forma, pero no había escapatoria ni como defender su valía si tampoco determinó el olor a pintura que abarrotó el ambiente con una muy marcada estela en el aire inclusive cuando el perpetrador de la infracción municipal ya se había marchado. Fue tan fuerte la emanación de aquella boquilla que era una total vergüenza para el casi infalible mejor sentido de Nina Cassiani, el no despertarla y notificarle de la cercanía y acciones de Darío Elba.

Pero a fin de cuentas, ¿qué culpa tenía su nervio olfatorio?, si a cada segundo la esencia de lavanda y bergamota causaba estragos en cada pedacito de su memoria hasta doblegar una a una todas sus voluntades.

Por aquella gran omisión, en esa noche junto a los días con sus lunas venideras, no solo ese sentido debía ser juzgado. Otro, de cinco, también cometió severa traición.

Su oído no escuchó cuando Darío, inundado entre suspiros y sin darse cuenta, clamó "Nina, Nina, Nina" hasta acallar a susurros el lamento de su nombre. A él, repetir ese hagiónimo como un mantra le dejó al borde del desahucio, obligándole a más murmullos de los necesarios para guardarse lo último de lo que le restaba de compostura.

Para calmar su agitación y no perderse en la ansiedad, Darío golpeó su frente contra el cristal de la ventana con una magnitud considerable para dejarle ardiendo la piel por varios minutos después del impacto y ni así, con ese fragor, el tímpano de Nina no le avisó que él la visitaba.

Que Darío estuviera tan cerca de Nina y que ella no lo notase era un delito culposo en términos legales y si se llevara a juicio éste caso y se hablara sobre el argumento de los hechos con la más sincera de las verdades, la pelirroja de nada se habría dado cuenta de no ser por intervención de terceras personas, pues en esa madrugada como en todas, ella hacía gala de su mote de "Sleepy Girl" con más honores de los recomendados, mas sí había una justificación válida para la pérdida total de la intuición y de la conciencia:

Cada vez que Nina se encontraba con Darío en el mundo de los sueños, no pretendía despertar jamás. Se negaba a que él único allegro de su vida terminara en elegía.

Nina no quería emerger de las olas que la estremecían, a menos que tuviera la certeza de que al despertar; él estaría a su lado en cuerpo, bajo la sombra del sol o con la bóveda del cielo desnudando la infinidad, hablándole con la piel en el lenguaje de caricias y arrullándola hasta inducirla al sosiego sólo usando su voz.

Y precisamente eso soñaba, al igual que en otras tantas noches: un delirio inquieto y placentero que se acompañaba de frenesí y éste no menguaba hasta que en el plano físico, esas mejillas con sus lunares manifestaban al unísono su máximo fulgor, robándole a la oscuridad sus derechos sobre las luces apagadas.

A Nina le rugía cada vena, se le precipitaba el pulso hasta sentir que moría de asfixia, se le tensaban todos los músculos por acercarse a la avenida del no retorno y justo allí estaba, emprendiendo su ascensión, cuando un gran estruendo seguido de un grito agudo la sacó sin tacto de su narcosis de amor.

Fue la madre la responsable de arrebatarle a la hija su clímax ilusorio, al descubrir lo que hacía el que quería pretender a su hija menor. Ella, de sueño liviano por herencia y ahora también por sus penas y dolores de años, escuchó al intruso en su jardín mucho antes de lo que éste hubiera esperado.

Nunca permitiría que nadie se escabullera en su fortaleza, ya fuera ladrón o un enamorado, Doña Maho siempre sería la primera en dar la alarma aún si Don César no se hallara en estado de coma porque ella era vigía por vocación y cuidaba con tesón de su reino y sus tesoros en soledad desde hace mucho tiempo atrás y en el presente, custodia total de la última piedra preciosa que le quedaba, observando al del corazón en la garganta por una rendija de los ventanales de la sala, guardó con silencio precavido, el secreto que aquel se traía entre manos.

Guiándose por el instinto más básico sumado a su pericia de cinco décadas, Doña Maho descartó cualquier prejuicio hasta dejar que él acabase con lo que hacía y aunque no estaba al tanto de los planes, dedujo que a Darío le faltaba algo: un tipo de señal para develar semejante acto de amor y cuando ella la identificó, supo que también de alguna forma podía y tenía que ayudarle: extrajo del reposo de párpados, con todos los métodos disponibles, a la que todavía seguía dormida.


—¡Nina, Nina por Dios abre los ojos! —decía la madre de ésta al dirigirse a la habitación de la pelirroja con el paso demasiado apurado como para ver donde por ponía el pie —¡Nina que despiertes!

Y fue así, en su afán por traerla al mundo que debía habitar, que descuidó que tenía más compañía.

—¡Ay mis cositas! —chilló de inmediato una voz masculina que se agudizó en demasía después dar un alarido de espanto e igual espanto sufrieron las dos mujeres al escuchar ese quejido de alma en pena que, al menos Doña Maho, había olvidado por completo de donde provenía.

La pobre alma aún pertenecía al mundo de los vivos y tenía un cuerpo atormentado por el dolor que ni podía moverse por el suplicio y ese, envase mal trecho por los pies de Doña Maho, era el de Javier Bloise.

Él dormía plácidamente sobre una colchoneta en el piso junto a la cama de Nina y como hacía frío, se había dejado los audífonos de diadema para protegerse las orejas y por eso tampoco se daba cuenta de la reciente intromisión de Darío a las cercanías del perímetro en el que se encontraba y no se habría despertado con nada de no ser porque lo arrancaron del sueño a la fuerza.

Doña Maho no recordó que él les hacía compañía y por no encender el fluorescente cuando entró corriendo al cuarto de su hija, se paró encima de la entrepierna del pobre chico y lo dejó paralizado del dolor.

A éste joven en cuestión, se le escondió el sol mientras daba la batalla con la tarea de química y decidió esperar el siguiente día para poder marcharse y usó como posada la casa de su mejor amiga, según lo establecía su licencia de menor conductor, tenía prohibido manejar sin la supervisión de un adulto pasadas las diez de la noche.

Por eso dormía con Nina en la misma habitación y no era la primera vez que disponía de ese hogar como refugio, en otras ocasiones y por razones distintas Bloise había compartido hasta por semanas durante los períodos de vacaciones escolares con los Cassiani Almeida y la familia entera le apreciaba lo suficiente como para confiar plenamente en él y dejarle dormir en las mismas cuatro paredes junto a la pelirroja aún desde antes de saber plenamente de la orientación sexual de éste.

Por ser un joven respetuoso de carácter muy afable y accesible con todas las personas, Bloise se hizo de querer por los vecinos con mucha rapidez desde que era un chiquillo y uno de los residentes de aquel barrio que tenía un amplio garaje, el Señor Barral, le prestaba lugar para que guardara su vehículo porque la propiedad de Doña Maho y Don César no contaba con un espacio destinado para tal almacenamiento.

Una suerte totalmente imprevista con la que contó el enamorado para ejecutar su plan, porque de encontrar aparcado el cruiser de Bloise frente a la casa de Nina, Darío habría tenido un gran impedimento y todo lo que estaba pasando, las fantasías reales y los dolores de pesadilla, jamás hubiesen acontecido.



—¡¿Qué, qué, qué?! —gritó Nina desesperada ante el zarandeo recibido todavía con una cola de sueño entre pestañas, obligada a salir de la bruma que la rodeaba por el escándalo junto a los quejidos de Bloise que no tenían consuelo.

—¡¿Má, qué sucede?! —preguntó al distinguir que era su madre quien trataba de levantarla ahora jalándola de los brazos.

No tenía los lentes puestos y su vista era la típica de las cegueras matutinas, solo escuchaba claramente el lloriqueo de su amigo, la alharaca de su progenitora que resultó ininteligible y algo más en el fondo que no podía entender y lo primero que se le cruzó por la cabeza fue su padre, pensó enseguida que algo malo sucedía y el pánico se asomó a su cara.

—¡No Nina, tranquila, no se trata de tu papá, solo escucha! —le pidió tomándola del rostro con ambas manos al notarle la misma expresión de cuando se acongojaba, pero ella no cedía. El lamento del otro adolescente se interpretaba para presumir, de buenas a primeras, una desgracia.

—¡Bloise, hijo disculpa, ya te traigo una bolsa con hielo, pero mientras deja de moquear, no seas tan exagerado shhh! —añadió Doña Maho entre maternal y contundente depositándole un beso en la coronilla.

—B-bu-bueno —dijo Bloise queriendo incorporarse y ahogando sus gritos de dolor contra el colchón todavía caliente de donde Nina apenas se levantaba.

A Nina Cassiani le daba vueltas la cabeza, estaba más que perdida en el espacio y tiempo, no entendía nada de nada, pero cuando Bloise apagó su llanto y su madre le dijo que no era una pena más sobre su padre y le pidió que escuchara, intentó hacerlo y prestó atención muy obediente.

No tardó mucho para que la voz de Elvis Presley atravesara de inmediato el pabellón de su oreja "Can't help falling in love" usaba como conducto el aire para viajar por todo el barrio a plenas dos con cincuenta y siete de la madrugada.

Tan definida se escuchaba aquella canción de amor que la ventana donde hace sólo minutos, Darío Elba había reposado su frente, crujía abatida por el sonido y así también temblaba cada centímetro de la piel de Nina Cassiani y junto a ella, de seguro, cada cimiento de las casas vecinas a la suya.

Hasta los inmuebles fueron testigos de la declaración, que él armó sin experiencia ni mañas, para su único amor.

Y al reconocer el contenido del mensaje, a Nina, poco a poco todo comenzó a esclarecérsele.



Realmente despierta y con cada neurona trabajando en sincronía, Nina dedujo en cuestión de segundos de donde provenía la serenata moderna con matices de otras épocas, no le quedaban dudas que de San Martín. Lugar que el Señor Uvieta, hace cuatro años armó con un potente equipo de sonido y que Oneida, toda una entusiasta del buen sonido musical, había ajustado de manera profesional para que rindiera al máximo su desempeño.

La pelirroja, recordó de inmediato que en aquella lejana tarde de su infancia, saltó sobre su cama por la adrenalina que le causó escuchar el repertorio de añejas canciones con las que el dueño de la panadería de Las Cinco Esquinas, pidió que le probaran su reciente adquisición y nunca olvidaría la forma en que el sonido golpeaba el concreto de las paredes de su habitación, pues había palpado la música con el cuerpo entero, hasta sentir sus tuétanos.

En el ahora, Nina a sus dieciséis, cardíaca y respiratoriamente inestable, con un coctel de emociones invadiéndole los átomos por saber de manera absoluta quien intentaba despertarla de forma tan singular, trató de aplicar cada uno de los consejos que recordó recibir de parte del Dr. Uberti para no desvanecer. No le daría chance a sus enfermedades latentes de que le robaran lo que estaba viviendo, no ésta vez ni ninguna otra más.

Aceptó que necesitaba el apoyo infalible de su tanque de oxígeno por lo que, con ademanes e intentando controlarse, le indicó a su madre que se lo alcanzara y ya casi sin respirar, reguló el flujo del aquel gas según lo demandaba su cuerpo y se trabó la cánula nasal, mantuvo los ojos cerrados hasta sentir por la tráquea su propio aliento y así evitó una recaída enviándole a sus pulmones lo que exigían.

Un poco recompuesta, de rodillas llegó al borde de la cama que estaba próximo a la ventana y la luz amarilla de la calle, dejó entrever una silueta que le avivó la curiosidad y un montón de nervios a la vez. Con espasmos que hasta en la oscuridad eran notorios, Nina Cassiani intentó levantar la cortina y ésta unida al cortinero, se vino abajo cuando ella vio lo que había sobre el alfeizar.

Corrió los cristales de forma súbita y el cruel viento gélido no pidió permiso para entrar con violencia, hacía frío y lo que Nina usaba para protegerse del invierno no era para nada apropiado y bien podía cobrarse una factura muy grande por su arrebato, pero requería de tocar para comprobar que lo que veía era material y no una alucinación.

Lo que tomó con ambas manos le causó tal impresión que tuvo que regresarlo a su lugar, pues el pulso le estaba jugando una mala pasada y eso le valió para urgir de los medicamentos que tenía prescritos para la condición de su corazón, beta bloqueadores.

Ésta vez fue Bloise, quien recuperando un poquito de fuerzas, el que corrió por toda la casa para traer agua y depositarle en la boca a Nina las tres pequeñas pastillas que sabía que tenía que consumir cuando presentaba alteraciones súbitas en el ritmo cardíaco, las mismas que ella le indicó hallar en la primera gaveta de la mesita de noche. Él no entendía lo que sucedía, ni lo que había descompuesto a Nina hasta que volvió la vista a la ventana.

Allí, para ella y solo por ella, alguien le había dejado en forma de una planta, una muestra de amor.

Una rosa.

Una simple y sencilla rosa de color rojo casi naranja con el capullo a punto de reventar sembrada en una maceta y puesta sobre el alfeizar.

Una rosa viva que sin firma ni preaviso, Nina Cassiani sabía de su origen de las manos de Darío Elba.

Él la había colmado de flores durante meses, pero no le había obsequiado rosas hasta la madrugada de ese domingo de octubre porque, por antonomasia, representaban el símbolo clásico del amor. Amor que ahora estaba confesándole con humildad, entregándose a ella por completo con ese gesto y de la manera en que siempre quiso hacerlo.

Por eso no cortó la rosa, se la dio para que viviera al lado de ella, para que la acompañara por cuanto él no estuviera a su lado, para que tuviese siempre con qué alegrarse la vida, para que no le faltara color aún cuando el sufrimiento próximo volviera monocromo y sin brillo todo a su alrededor.

Nina Cassiani, con una mano sobre su vientre y otra apretujando su cuello para asegurarse de que no había muerto, se creyó en una película o en uno de sus tantos delirios. Hace no más de siete días evitó que Darío Elba le dijera lo que creía eran sus pretensiones y se había arrepentido por detenerlo.

No le había visto a él, durante los días siguientes, ni la más mínima pista de querer volver a repetir lo que no le permitió y creyó que con eso, al taparle la boca, le asesinó el amor.

Mas no imaginaba todo lo que Darío hacía para poder estar frente a ella sin desarmarse, sin caer rendido ante sus pies a su total disposición para que hiciera de él a su antojo tal y como lo dejó expreso en forma de palabras.

Fueron lágrimas dulces las primeras gotas de riego que recibió aquella rosa, lágrimas que brotaron de las esmeraldas que Nina ocultó detrás de sus lentes para poder leer, porque como si esos dos actos casi idílicos no fueran suficientes, allá afuera cuando levantó la vista, sobre la negra calle de dos vías con spray blanco estaba escrito:

«Aquí, en ésta calle y sobre ésta acera que volvió inmarcesible mi enero. Aquí donde la canción de tu voz me vapuleó una y mil veces hasta derribarme el corazón.

Aquí donde sin tan siquiera volver a verme me explicaste lo que es estar vivo, en este mismo lugar en que los secretos como el mío se hacen públicos: aquí vengo a suplicarte me prestes la joya de tus ojos.

Por favor, lee la sencillez de mis palabras. Son las mismas que con una sola de tus caricias, hace siete días, retuviste en tu divina mano.

Sleepy Girl: me gustas, me gustas mucho, me gustas tanto y demasiado como para infringir las leyes municipales y volver mi papel este pedazo de asfalto.

Por eso, aquí a tus pies: un vándalo, un loco, un hombre tonto (porque según los sabios solo los tontos caemos por amor) que confiesa abiertamente, ante quien quiera saberlo que no pudo ni quiso evitar enamorarse de vos.

Por amor aquí me tienes y me tendrás por siempre esperando poder, algún día, existir a tu lado»




Esas eran las ciento setenta y nueve palabras que Darío Elba le dejó escrito a la dueña de su locura, ciento setenta y nueve palabras que Nina Cassiani leyó hasta perder la cuenta grabándolas en su memoria mejor que su propio nombre. Palabras que quizás, aunque le llegase a dar Alzheimer, recordaría y reviviría con la misma emoción de la primera vez que las leyó.

Ciento setenta y nueve palabras que a todos los transeúntes futuros de esa calle, les robaría un suspiro obligatorio y haría que todos aquellos que no creen en el amor, se replantearan ese sentimiento, porque eso era lo que Darío había proclamado con el alba de ese domingo y así, con todos los métodos que pudiera llegar a inventarse, seguiría afirmándolo
por siempre.

Darío hizo de esa forma, que Nina bullera de emociones. Jamás concibió en ninguna parte de su gran imaginario que él se tomaría la calle para decir lo que sentía y otra vez, llegó ella a la conclusión de que las formas de querer de él era más del tamaño del universo.

Impaciente y abrazando contra su pecho a la maceta que tenía sembrada a su rosa, Nina no se percató cuando, de un mordisco, arrancó tres pétalos que masticó hasta impregnar y beber la fragancia que despidieron en su lengua.

Era amargo el sabor en su paladar, pero en el fondo a ella le sabía a toques de con bergamota, a aceite de motor y a fibra de papel blanco y antiguo. Le supo también a mar y tierra, a placer y a sol con leves gotas de sal de sudor de amor compartido. Para Nina Cassiani a todo lo anterior sabían los labios de Darío Elba, así de suave y así de fuerte debía ser la piel que recubre esa boca que, en la privacía de sus sueños, no dejaba ni un centímetro de su cuerpo sin recorrer.

Nina no necesitaba dormir para desvariar solo de pensar en Darío y por eso, de nuevo había comenzado a fantasear estando despierta justo como le pasaba desde su última incursión a la casa familiar de éste, pero la voz de su madre la trajo de regreso al tiempo y circunstancias que le atañían.



—Nina —habló Doña Maho luego de recomponerse de la conmoción despojando a su hija de la planta que pretendía comer hasta acabarse —¿Te gusta? —preguntó refiriéndose al hacedor de semejante muestra de afecto —¿Él te gusta, le quieres? —aclaró.

Nina todavía tenía la mirada puesta sobre la calle asfaltada y unas cuantas lágrimas le cristalizaban las pupilas ante la pregunta que la regresó a la Tierra. Volvió a ver a su madre de manera mecánica y ésta, en ese cuello de lunares pudo ver, aún en la penumbra, cuando tragó lo que quedaba de los tres pétalos, engullendo y haciendo suyo su futuro.

Silbaba el viento ufanándose en hacer de las suyas por el hueco de la ventana y parecía que éste hablaba por Nina, la delataba con lujos de detalle erizándole más que los vellos que le cobijaban el cuerpo y decía que aquello, no terminaba en un esquelético "si, lo quiero y también me gusta".

No era que no tuviera la firmeza de admitir sus sentimientos, a éstas alturas una negación rayaba más allá de lo ridículo, pero cuando abrió la boca para dar una respuesta que ni su madre, a sus cincuenta y tanto no esperaba ni estaba lista para recibir, hubo silencio.



Tengo miedo —expresó a secas y con una sonrisa demasiado extraña en los labios.



A Doña Maho, ese "si" mimetizado que le dijo su hija, le retorció cada víscera y le recordó la gran tarea y el deber de ser mamá y en su caso específico: también hacerla de papá.

Responsable de tres vástagos con edades distantes entre sí, había sorteado esa etapa de sus hijos de maneras muy diferentes porque todos le nacieron con caracteres nada similares y realmente complejos si se les cotejaba en frente al espejo de las personalidades.

Y Nina al ser la menor, tenía un poco de cada uno de sus hermanos en la formación de su carácter, contaba con grandes ejemplos que quería seguir y que admiraba en todos los aspectos de sus vidas, en especial las partes que conllevaban a los sentimientos y a la vida junto a sus respectivas parejas.

Pero al sufrir, en pleno desarrollo de las afinidades y afectividades amorosas, el percance de su padre, ella obvió todo interés en las relaciones del tipo amoroso y la atracción hacia lo físico. Lo más cercano que tuvo a un contacto de cariño que no fuera con alguien de su familia, fue y seguía siendo con Rhú y aún así, nunca le quiso ni pudo aunque se forzó, quererle de otra forma que no fuera con el amor hermanos de por medio.

Pero Darío tenía, sin saberlo, potestad sobre ella. Sólo él traía a flote permanente todo lo reprimido y que nunca antes había experimentado.

Nina tenía sus razones de temer, pero no expresaba a qué le temía específicamente y Doña Maho, sin saberlo hizo como pudo para hacerse y hacerle entrar a ella en razón, porque si de algo esa señora estaba segura, era de que tenía que darle un leve empujón para que avanzara, pero no por coerción.

Nina tenía que usar la cabeza unida al corazón.

Doña Maho, dejó salir un suspiro antes de entablar "esa" conversación que tenía pendiente con su pelirroja desde que ella empezó a adolecer y sería una mentira el decir que sabía con exactitud lo que debía hacer, pero aún así dio lo mejor de sí.

—Dejarías de ser hija mía y de tu papá si no tuvieras miedo, Nina. Pero los miedos no se diluyen, ni desaparecen si no se encaran y a lo que sea que le tengas miedo: únicamente tienes que vivirlo para darte cuenta de que solo así se es feliz. Puede que llores, puede que sufras, puede que te duela hasta lo que creas que no puede dolerte, pero eso es, a fin de cuentas, de lo que está hecha la vida: de flores, lágrimas y sonrisas y de lo anterior, se compone el amor.

—Anda Fahrenheit, acepta que el Chico Pan te gusta aunque sea una borona —añadió Bloise, pero erró en el alias de quien su amiga estaba prendada.

Después de parir dolor, él se había quedado al margen del asunto porque estaba admirado de la fuerza de voluntad que tenía Nina para seguir de pie frente a esa ventana sin ir a buscar, según él, a Reuben.

—No es Rhú —corrigió ella y miró a Bloise quien sabe cómo, porque ni él supo ni sabría jamás la forma en que Nina sin decir una palabra, le dijo el nombre de Darío Elba.

Javier Bloise no pudo con la sorpresa y se le abrieron los ojos como platos y por impulso se llevó ambas manos a la boca lo que escondió su risa de alegría.

—¡Por favor no me juzgues! —pidió Nina en seguida, creyendo que él la tacharía sépase de qué cosas —¡Darío y yo no somos ... !

—Tonta —se apuró a decirle Bloise antes de abrazarla y así, con esa muestra de total empatía, sintiendo cada latido de Nina y todas las emociones que le surcaba el cuerpo continuó —¿Cómo voy a juzgarte, cómo voy a repudiar que te amen sólo porque él es él? —añadió viéndola ahora a través de esos ojos vidriosos —¡¿Si que yo sepa matar es un pecado capital, no amar?!

Nina Cassiani le regresó el abrazo a Javier Bloise con tantísima fuerza que parecía que se le rompería todo el sistema óseo. Ella no pasaba pensando en "el que dirán", pero saber que su mejor amigo de infancia le auguraba bien en una posible relación con Darío, le daba una confort que no tenía precio.

—Me gustan tus abrazos, pero creo que no es a mi a quien tienes que abrazar en estos precisos momentos Nina —logró decir con el poco aire que le quedaba —No creo en cupido, porque ese es un mal parido que me aventó una flecha tronchada, pero si sientes algo de lo mismo que él te dejó ahí escrito y de lo que todavía suena con el viento: es justo que le correspondas.

Ahora la vista de los dos adolescentes se dirigió a la señora de la casa, quien moría de ganas por enviar a Nina con Darío desde que se dio cuenta de que todo aquel alboroto era por ella.

Aún así, debía ejercer el papel que le correspondía, sabía hasta donde estirar y hasta donde retener la cuerda. No era una vieja alcahueta de esas que cree que la vida es color pastel y sabía que su hija estaba inestable de salud, nadie se dio cuando de que desde hace mucho en su celular estaba marcado el 911 y solo le faltaba apretar la tecla de "llamar" si Nina no se ajustaba con el oxígeno y sus medicinas para el corazón, no la dejaría salir aunque chorreara amor si estaba mal, al menos, no a solas.

Con las manos en la cintura, dio tres vueltas en el mismo lugar justo antes de que Nina le preguntara —¿Puedo?

Puedes si quieres, aunque a veces no debas —contestó la madre igual que desde pequeña le enseñó a su hija a razonar. De la misma forma en que Nina se frenaba ante los impulsos, de exacta manera en que evitaba cometer más errores.

—Nunca he tenido necesidad de corregirte de ésta manera y quizás de ninguna otra, porque siempre demostraste mucha madurez de la que a tu edad deberías de tener —agregó mientras le limpiaba un vestigio del sueño que tenía cerca de la quijada —Te ha llegado la hora de crecer hija, te toca vivir un poco de locura y no de sufrimiento, así que estás en libertad de salir e ir por él. Es tu decisión y si lo haces, alguien debería acompañarte en caso de que te dé un patatús a plena calle y como yo sería un peor tercio que Bloise, te toca ir con él.

Nina quizás esperaba un "no"como respuesta, porque cuando escuchó que tenía la venia de su madre para ir a ver a Darío, le flaqueó el poco temple que mantenía y Bloise, que la conocía y le sabía el modo de cuando estaba a punto de echarse para atrás, no le permitió acobardarse. Buscó el arnés hecho por Moira y luego de unirlo al tanque de oxígeno y colgárselo en la espalda a Nina, la tomó de la mano y la guió afuera del cuarto. Doña Maho, por su parte, les dio la bendición a los dos y le encomendó a Bloise que cuidara de su hija y también de su Polaroid que estaba confiando por mil única vez, a otras manos que no fueran las suyas con tal de poder contar con un pedacito de amor atrapado en una instantánea.

Nina Cassiani salió de su casa sin sentir sus pasos, solo escuchaba la misma canción por décima vez y los propios tumbos de su amor agitado por estar próximo a encontrarse con su igual. Le hervía la sangre más de lo normal y aunque las medicinas ya surtían efecto, no podía evitar que le tiritara hasta la yugular.

Había caminado el mismo trayecto de doscientos cincuenta metros desde que aprendió a usar las piernas y nunca lo sintió tan corto y tan largo a la misma vez, pero cuando faltaban menos de veinte metros quería correr y detenerse también, fue lo segundo lo que pudo con sus impulsos.

—No falta nada, Nina —le incitó Bloise y le ofreció la mano —Vamos —pidió.

Ella exhaló un suspiro y continuó por la acera desierta.

Cerca de la esquina, la misma que zarpó en enero queriendo huir sin escapar de Darío, había un poste de tendido eléctrico que tenía una lámpara defectuosa y quiso usar a las sombras como resguardo. Se sintió indefensa porque para ese instante, solo quedaba la calle y los ventanales de San Martín entre ambos, ya no le respondía el cuerpo y cuando asomó la cara:

Del otro de lado de la calle estaba él y creyó que había gritado su nombre y estuvo a punto de hacerlo, pero ver algo más, la carcomió la lengua.

Nina, inmóvil, encalló en su mismo cuerpo, su forma física no le permitió dar un paso más allá de donde se mantenía. Además de ver a Darío veía tres objetos que le causaban dolor y quería correr, desaparecer o negar que estaba despierta, prefería creerse en una pesadilla, todo era mucho mejor que lo que suponía.

Estaba a punto de sucumbir, ya no le bastaba con el auxilio del oxígeno, estaba a merced de su reciente convalecencia y muy descompuesta y quizás si Bloise no hubiera estado detrás de ella aguantándole la espalda, Nina se habría desmayado.

Justo en ese momento exacto en el que ella estaba próxima a romper en llanto, Reuben Costa atravesó el espacio entre el mostrador principal y la puerta, por el rabillo del ojo logró verla, aquel rojo de flama alborotada por las almohadas era inconfundible para él.

Corrió hasta la puerta y cuando estaba punto de abrirla, se detuvo, su mano quedó sosteniendo el pestillo. Quería ir por ella y protegerla, pero no era a él a quien le correspondía, era Darío Elba el que debía salir.

Sentado en la mesita única de dos puestos, la misma que ella desde hace seis años usaba como si fuera su propio comedor en cada desayuno, estaba Darío y tenía la cabeza echada hacia atrás con tal de impedir que la hemorragia continuara y por eso aún no veía a su Nina.

Reuben reaccionó de la manera correcta y en el tiempo récord que sus propios sentimientos se lo permitieron y Darío, por su parte, se acomodó enseguida cuando notó que su amigo se quedó con la mano sobre el seguro de la puerta comprendiendo que algo pasaba.

Te dije que no solo bajarías las ventanas —corroboró el de melena rizada sin dejar de ver a Nina a larga distancia.

Y con eso, Darío Elba volvió la mirada al otro lado de la calle y se puso de pie y vio a Nina Cassiani resplandecer de entre la oscuridad de la calle, ahí estaba su estrella a menos de un minuto de cambiarle para siempre el curso de su existencia.

Darío botó la silla donde antes estaba sentado en la carrera por salir al encuentro de Nina y si no arremetió contra la ventana fue porque Reuben le dijo que por ahí no se salía y le ayudó a encontrar el acceso correcto para que fuera por ella.

Atravesando el umbral de la panadería, Darío pudo ver que su pelirroja usaba pocas prendas para aminorar lo álgido del clima, básicamente andaba en ropa de dormir, si es que a ese no tan largo suéter que alguna vez fue propiedad de Sandro y que ahora ella vestía en épocas de invierno para darle calor a su torso, aún se le podía llamar así. Aquel viejo y raído abrigo, dejó de funcionarle la cremallera hace mucho y por estima a los recuerdos de su hermano mayor, ella nunca quiso reemplazar esa parte defectuosa.

Debajo de ese suéter, solo había un camisón traslucido muy afectado por el paso del tiempo. A sus piernas solo le daban calor unas medias largas a rayas y las surippas que se trajo en memoria de los hechos de hace una semana y después no había nada protegiendo la delicada salud de Nina por lo que Darío sin pensarlo y mientras se cruzaba la calle, se arrancó la camisa manga larga de botones para entregársela a ella.

A él podían caerle las siete pestes del antiguo Egipto, pero no a su amada Nina.

Le dolió harto volver a verla con la cánula y el tanquecito en la espalda, pues había entendido lo de "bajarse más que las ventanas" de forma incorrecta, según él y era cierto por que así había pasado: acababa de quebrarle el bienestar que con gran esfuerzo, ella consiguió con muchísimos sacrificios.

—No quería hacerte mal —le dijo mientras la enfundaba en su camisa e inclinó la cabeza.

Nina no se movió, porque de poder hacerlo, hubiera juntado las rodillas de verlo solo con la camisa de tirantes y se habría tapado la boca cuando él se acercó a toda prisa. Tampoco hubiera le dicho nada de no ser porque la congoja que divisó sobre ese iris de gris azulado, le estrujó el alma.

Pero a ella también le dolían sus conjeturas y las dejó salir.

—Fuiste a decirme ... lo que me dijiste ... solo para irte, porque te vas, ¿verdad? —inquirió con la voz quebrada —Sé que mi vista no es buena, pero aún desde aquí puedo ver tu equipaje junto a la puerta —añadió con relación a las tres maletas que notó desde hace ratos y por ese motivo sentía que estaba atravesando un calvario.

Y si era verdad, tres maletas del tamaño máximo permitido según el equipaje de los aeropuertos estaban situadas junto a la puerta, pero no era Darío el dueño directo de las tres cosas que herían a Nina con igual malestar que las balas que una vez tuvo en su cuerpo.

—Eso, no es exactamente mío —aclaró Darío con prontitud —Hace pocos minutos me ha llegado una visita sorpresa —le contó.



Momentos después de que Darío reprodujera la canción con la que quería despertar a su Sleepy Girl, Reuben le comunicó que bajaría las cortinas metálicas de la panadería, porque mientras éste se encontraba frente a la casa de Nina, tres personas distintas que viajaban en sus vehículos se detuvieron a preguntar que si ya había pan recién horneado.

Era domingo y los domingos era el único día de descanso del panadero, por ende los hornos se hallaban apagados y las batidoras no trabajarían hasta que fuera lunes, por lo que mantener el local abierto daba la impresión de que pronto la levadura emulsionaría junto a la harina.

Mientras Reuben se buscaba las llaves para cerrar por fuera el local, un taxi se parqueó al lado del auto de Darío y el pasajero se apresuró a bajarse, también con intención de comprar pan.

—¿Ves? —dijo Reuben —Justo de esto te estaba hablando, como son las tres de la mañana la gente está acostumbrada a que de ésta hora ya tengo mercadería para vender —y dio un suspiro.

No estaba habituado a decir: "No, no tengo pan, hoy no trabajamos" y la verdad le pesaba enviar a la gente con las manos vacías.

Darío solo asintió con la cabeza, pero el pasajero del taxi ya había abierto la puerta y la campanilla avisó de su irrupción.

—Buenos días —saludó un vozarrón de hombre maduro —¿Faltará mucho para la tanda de pan?

Cuando Darío Elba escuchó aquella voz, ésta le llegó hasta la médula y enseguida devolvió la mirada, ese hombre de cabello cano y de cara un tanto endurecida, era su padre.

—¡Papá! —dijo incorporándose de inmediato y el Mayor Elba dejó ir la puerta de la panadería a su espalda y corrió para abrazar a su hijo.

Estaba que no cabía en sí de verlo, no esperaba coincidir con él en ese lugar ni a esas horas.

Solía llegar al país siempre sin avisar, amaba ver la expresión de su primogénito cuando aparecía sin más y aunque él ya no era un infante, aquellos ojos y su risa de alegría explícita le sustentaban por todos los meses en los que no podía abrazarlo por culpa de sus compromisos militares.

Luego de cuatro escalas, había llegado por fin a su país natal y ni bien atravesó la puerta de salida del aeropuerto, se subió en el primer taxi que tuvo a la mano y pidió que le llevaran a la dirección de su nueva casa: Bleu Chapel, pues tampoco había visto a su Emiko Hirose ni a Bruno desde febrero y los extrañaba a rabiar.

Faltaba poco más de diez kilómetros para llegar a su destino, cuando vio la panadería San Martín de las Cinco Esquinas abierta y pensó en llevarle pan recién hecho a su esposa y a sus tres hijos, sabía que Hooper también se hallaba en el país y el artista era parte de su familia.

Al bajarse del taxi, vio que el auto que estaba en el parqueo se parecía al que estaba a nombre de su Darío, pero no le dio importancia, definitivamente no pensaba que fuera el mismo vehículo hasta que vio a su hijo adentro del local.

—¡Ay mi Darío! —exclamó Maximiliano Elba Icaza y de inmediato lo abrazó hasta levantarlo del piso por la gran emoción de poder estar a su lado.

Justo así lo alzaba cuando era un pequeño, amaba cogerle por el torso y verlo a mayor altura que la suya y aunque Darío ya era unos cuantos centímetros más alto que su padre, éste continuaba dándole esas muestras de amor y fue por eso notó algo que de inmediato lo hizo regresarlo sobre sus pies.

Darío todavía tenía el espacio de la nariz y el labio superior del color característico que deja la sangre y eso preocupó a su padre.

—¿Estás enfermo? —preguntó con ansiedad.

Nunca olvidaría las tantas veces de cuando su Amira Duarte, en tiempos de juventud y tratando de vencer al cáncer, botaba grandes cantidades de ese precioso líquido por la nariz —¿Estás al día con tus exámenes?, ¿te llevo donde el Doctor Hardy?

—¡Estoy bien, papá, no es nada de eso! —se apuró a corregir, pero su padre no iba a detenerse solo con esa frase.

La fría mirada de gris totalitario del Mayor Elba ahora se dirigió a Reuben Costa que tenía también un poco de sangre en las manos porque estuvo intentando socorrer a su amigo y claro que la cara que tenía por presenciar el reencuentro de estos dos hombres era de asombro y se prestaba para otras interpretaciones, como quizás lo sería ser sorprendido en un ajuste de cuentas.

—Dime Darío, ¿por qué veo sangre en las manos de éste joven, él te ha lastimado? —inquirió sin nada de bondad en el tono de voz.

Reuben palideció en segundos, los puños del padre de Darío eran aún mejor formados que los de su hijo y si el que antes se batía en el cuadrilátero de boxeo aún guardaba tantísima fuerza, el pobre panadero no quería ni imaginar la desmesura de un golpe proveniente de éste militar con gran musculatura en la plena madurez de sus años.

—¡Que no papá! —confirmó —¡Él es mi mejor amigo, se llama Reuben Costa y hace ratos me ayudó a detener la hemorragia, por eso tiene manchadas las manos!

"Mejor amigo" fue lo único que el Mayor Elba necesitaba escuchar para cambiar la expresión de su mirada agreste y enseguida, abrazó a Reuben para agradecerle y él, cuando vio que el padre de Darío se le acercaba, dio dos pasos hacia atrás por temer de su proximidad.

—Y creo que el hecho de que mi sangre se manifieste de ésta forma, es porque estoy que me muero, pero de amor papá —declaró Darío y comenzó a hablarle de su Nina y de lo que acababa de hacer.

El Mayor Elba escuchó muy atento cada palabra de su hijo mientras lo encaminaba a la mesita de dos puestos y le ordenaba de manera muy estricta mantener la cabeza hacia atrás, le limpió los vestigios de sangre con pañuelos desechables que humedeció en el lavabo del baño de la panadería, luego le dio un beso en la nariz y le hizo la señal de la cruz en la frente. Así cuidaba de su hijo y así lo cuidaría siempre que pudiera hacerlo aunque Darío se hiciera viejo.

En lo que el padre de Darío regresaba al baño para asear sus manos fue que Reuben notó a Nina, el taxi ya se había ido y las maletas estaban justo al lado de la puerta. Cualquiera hubiese pensado que la confesión del enamorado, era también una despedida.





—Ese equipaje es de mi padre y bien sabes que yo no me voy a ningún lado si no vas conmigo, esa es una verdad absoluta —dijo Darío Elba a Nina Cassiani que ahora veía de lejos a un gran señor saludarla con la mano.

—Lo siento —repuso ella y bajó la mirada —Perdón.

—Pero si no haces ni harás nada malo, aquí yo debo suplicar que me perdones, por favor perdóname Nina —pidió con humildad al pasarle la mano por la melena desordenada para acomodarle la cánula —No quería comprometer tu salud con lo que hice y que uses esto de nuevo —dijo señalando la sonda —Me indica que rebasé los límites, vamos, te llevaré de regreso a tu casa.

—No es tu culpa, estoy así desde la tarde —mintió Nina por primera vez viendo a los ojos —Puedes preguntar a Bloise si gustas —y él salió de la sombra del poste del tendido eléctrico para secundar la mentira.

—Si, si mas bien la culpa es toda mía —la solapó el adolescente —De majadero la reté a bajarse medio galón de helado con éste frío y pues me ganó y se ganó a la vez cargar a Little Boy por un rato más. Por cierto buenos ¿días? Pro ... —

"Profe" iba a decir Javier Bloise pero de inmediato se mordió la lengua, no iba a echar a perderles el momento —Buenos días —corrigió firme y saludó diciendo "hola" con la mano y Darío le copió el ademán totalmente sorprendido de verlo y obviamente por saber con seguridad de que Bloise estaba al tanto de la canción, la rosa y el graffiti del asfalto y por ende de que él tenía sentimientos por Nina.

La cara de Darío era de no hallar que hacer y Bloise intentó que todo siguiera su rumbo, ahí él era quien salía sobrando.

—Este, yo no más vine porque me mandaron a ver de donde es que salen los zompopos que se están comiendo el Mirto de Doña Maho, vengo siguiendo la fila desde la casa y ya la hallé, con permiso —dijo y se cruzó al otro extremo de la acera, haciendo el mate de que de verdad buscaba artrópodos a las tres con veintitrés de la mañana

—Ojalá y de verdad pudiera aparecerme y desaparecerme por generación espontánea —murmuraba mientras se rascaba la cabeza ante su patética y realmente inválida excusa —¿Quién mierda busca hormigas a éstas horas y con una cámara en las manos? —se dijo así mismo ya estando frente a la pareja, pero ahora a metros de separación.

Aquel acto hizo tanto bien a Nina y a Darío que luego de reírse, aflojaron los nervios hasta relajarse un poco y fue él quien abordó sin más preámbulos el tema que les tenía a los dos en la calle a primeras horas del día.



—Quería decirte, necesito decirte algo y sé que te gusta leer ... y la verdad no esperaba que vinieras hasta aquí, ¿pudiste ... viste lo que te dejé escrito? —dijo Darío Elba buscando la mirada de Nina Cassiani, ésta vez intentaría valerse de los medios que le restaban para expresarse —Yo ... a mi ... a mí me ...

Me encanta lo que me hiciste leer —le interrumpió Nina sin pensarlo y a Darío le sobresaltó el corazón —Con todo lo que haces y en especial con lo de hoy, le provocaste cosquillas a mi cerebro y también a cada parte de mi cuerpo.

Y así, en una de cinco esquinas estaban, un hombre y una mujer confesándose frente a frente, cada uno a su manera. Luchando contra la inexperiencia, creyendo que lo que sentían debía tener una explicación de por medio cuando lo único que les tocaba hacer: era vivirlo.

Presté otra voz y usé palabras ajenas pero no porque no tenga las mías. Aún no comprendo cómo funciona el amor, va más allá de mi pensamiento todo esto por lo que estoy pasando y la única certeza que tengo y con la que cuento desde que te vi en ésta misma acera hace meses: es que eres terrateniente y comandante de mi cuerpo. Yo por entero obedezco ante la más sencilla de tus miradas, yo me apego a tus gestos y hasta respondo al ritmo de tu respiración y debo hacer de tu conocimiento que basta con una de tus palabras para que sostengas mi vida y también con una sola de ellas sería suficiente para quitarla y de entre tanto que quiero decirte, de todo lo que siento, debes tener la seguridad de que daría lo que fuera por permanecer con vos cuando me llegue la hora de mi último aliento, pero sería igual de feliz sabiendo de que gozas de plenitud aunque no fuera a mi lado. Me gustas Nina, me gustas tanto que haces que me duela el cuerpo, me gustas hasta llevarme a desesperar porque arrasaste conmigo desde hace muchísimo tiempo atrás.

Darío Elba nunca apartó los ojos de aquel iris de verde vibrante mientras hablaba, no sabía si había conjugado los verbos de manera exacta o qué palabras usó mientras intentaba explicarse. Pero estaba consiente de que en el trasfondo, había un "te amo" y esas cinco letras, Nina Cassiani si pudo interpretarlas por completo.

Ella tampoco tenía ni una pista de cómo abrirse a sus propios sentimientos, por lo que se escudó bajo la ciencia, la biología, la anatomía y la química para decirle a él todo lo que por su causa, sentía también desde hace bastante.

—¡Mi hipotálamo es un caos desde que te conocí y ... y ... de fijo tengo más oxitocina que hemoglobina en la sangre ... porque yo te ... yo te sueño a diario estando despierta o dormida! ¡Yo soy un completo desorden, me veo al espejo y te veo siempre a mi lado y cada mañana, cuando te vas: quisiera separar mis partículas y de alguna manera fusionarlas a las tuyas, encogerme hasta caber en la bolsa de tu saco, esa que está en el lado izquierdo de tu pecho, invadirte hasta los huesos y sofocarte más que la piel! He llegado a pensar que quizás perdí mis facultades mentales y que me encuentro en demencia o hasta en una realidad alterna, me cuesta dilucidarte de mis fantasías. Para mí, eres como la ciencia ficción unida a la realidad, mi realidad de la que no quiero despertar jamás si todo fuera un sueño, porque quiero hacerte y que me hagas cada una de las cosas con las que conquistaste mi subconsciente y ... también, a mí ... me gustas bastante y —Nina hizo una pausa para tragar un poco de aire —Y me gustas tanto que tengo miedo, tengo miedo Darío pero no de vos, tengo miedo de tanto que te siento y no sé que hacer.

—¿Me sueñas? —preguntó Darío absorto, poder saber que Nina compartía su descanso con él, le alocó lo poco de cordura que le quedaba, por eso lo que quería decirle carecía de orden y coherencia, pero aún así continuó hablando.

—También te sueño desde hace bastante y a veces no puedo dormir, mis días inician con vos y mis noches acaban entre tus pecas ... y ... te veo en todas partes, estás hasta donde no deberías de estar ... hasta en los tomates del frigorífico y en el fuego de la parrilla ... yo perdí la razón, ya no me reconozco y también tengo miedo Nina, porque segaste todo lo que era antes. Hice de mi cuerpo hace bastante y a tu lado me siento minúsculo, pobre y peor que el carbón ante el oro.

—El carbón y el diamante tienen la misma composición: carbono, pero hay una diferencia abismal entre uno y el otro junto al valor que se les asigna —le cortó Nina —El que brilla soportó mucho y por largo tiempo, la presión quiso someterlo, el magma no pudo contra él y todo por lo que pasó solo sirvió para formarlo. El otro, el que es opaco, arde por un tiempo, se quema hasta consumirse y solo sirve para hacer combustible. Eras un carbón destinado a volverte diamante Darío y no me importa tu ayer, porque eso te dio cada uno de los valores y defectos de los que yo me enamoré, me gustas demasiado, quizás mucho más de lo que sería recomendable quererte y por cada segundo que pasa todo esto solo aumenta más y más y ya no puedo contenerme.

—Intento refrenarme, por Dios te juro que lo intento hasta sentir que me disuelvo porque hace siglos que te estoy amando, Nina. Quiero hacer las cosas paso a paso, según se supone que es lo correcto y antes de tan siquiera volver a tomarte la mano, quisiera pedirte si me concederías el privilegio de poder llamarte novia y suena estúpido que también quiera deshojar el calendario porque en quince días, legalmente dejas de formar parte del lugar donde por obligación los dos, no podemos involucrarnos. En quince días yo correré como desquiciado y donde te halle, suplicaré por piedad me des una sola oportunidad de explicarte, no solo con palabras lo mucho que te adoro y por mi honor, sabes que jamás haría algo sin tu permiso y perdóname por el atrevimiento, porque decirlo es una osadía, pero estoy a punto de lloverte a besos.

—¡Yo también quería ... preguntarte desde hace bastante, si te ... si quisieras, si te gustaría compartir ... fluidos de todos los tipos habidos y por haber conmigo y quiero ... quiero que te pierdas en los pliegues de mi vientre y que por cada lunar que tengo, imprimas en ellos millones de veces tu nombre!

—¡Ay mujer, mataría por beber de la misma taza de té que vos, yo muero por poner mis labios donde queda la marca de los tuyos, Nina de verdad yo ...!



Eso fue lo último que Darío Elba pudo decir antes de que Nina Cassiani lo tomara de los tirantes de la camisa y sin pararse de puntitas, le doblegó la espalda hasta traerlo a su boca para callarlo con ese beso que se debían desde que se conocieron.

Fue Nina Cassiani Almeida, ladrona de besos y secuestradora de corazones por excelencia, quien ya que no pudo aguantarse más y besó, de manera tonta y hasta graciosa a Darío Elba quien, hasta antes de ella, nunca había perdido la movilidad de los labios porque no pudo corresponderle. Se quedó más tieso que el carbón que se volvió diamante con el que recién le compararon, literalmente Nina hizo colisión con su cara y de la fuerza sin mesura, ella sin querer le reventó el labio inferior y el sabor a sangre enjugó el paladar de ambos. Una sazón más que añadir a la lista de esa noche.

Inválido, sorprendido, desarmado, Darío solo pudo cerrar los ojos y congelar el tiempo mientras, para siempre, todo lo que sabía sobre la pasión y sus mañas prácticas, desaparecía por completo de su haber. Nina le gobernaba cada acción y pensamiento, él pertenecía solo a ella y solo a ella respondía. Por eso, la muestra de amor, puro e inocente nació de manera espontánea y no requería de experiencia ni de juegos de seducción para ser perfecto aunque solo fuera realmente un simple roce pieles, un cariño tan único que nadie más podría llegar a considerar como tal.

Luego se enseñarían mutuamente cómo era, en realidad el arte del buen amar, el que no es precisamente idílico, el que definitivamente se halla afuera de las páginas de los libros, el que devasta y rearma en cuestión de tiempo tan escaso que ni se puede medir aunque la ciencia diga lo contrario.

Para Nina Cassiani, ese era su tercer beso, el único que le provocó implosiones de amor. Ahí estaban esas benditas "mariposas" sosteniéndole cada pedacito de sí encumbrándola al cielo traspasando la estratósfera. Juraba que, mientras continuaba pegada a la boca de Darío, podía flotar, que también había fuegos artificiales vitoreándola aunque solo era el flash de la Polaroid de su madre mientras Bloise con los ojos aguados, hacía el intento de perpetuar a esos dos que destilaban amor.

Aseguraría, para lo que le restaba de vida que, durante los sagrados instantes en los que bebía directamente de la respiración de Darío, se ligaron las almas y cada región de su cerebro le enseñó, por vez primera, la majestuosidad de saberse con vida y se habría quedado así, unida a él hasta fosilizarse de no ser porque sintió cuando más sangre brotaba, ya no del labio de Darío sino, de la nariz de éste.

Ahora si se paró sobre las puntas de sus pies e intentó erguirle la espalda a Darío, le echó la cabeza para atrás y le apretujó con la mano derecha cerca del la unión de los ojos con la nariz.

—Mi cuerpo entero te obedece, hasta mi sangre clama por unirse a la tuya —dijo Darío con la voz nasal.

—¿Por eso sangras? —preguntó Nina, al igual que ese gran señor militar, ella también pensó en la salud de Darío.

Sabía que él tenía, por genética, posibilidades de desarrollar el cáncer que le arrebató a Maximiliano Elba a su Amira Duarte —¿Cómo está tu conteo de glóbulos blancos?, ¿hace cuánto tomaste la última muestra? —interrogó con la voz suave y cariñosa.

No quería demostrarle lo mucho que le aterraba pensarlo enfermo, no le convenía cargarse de más de lo que podía aguantar su sistema, no quería desmayarse frente a él y de verdad que se estaba esforzando.

—Te pareces a mi padre y me siento halagado de que pienses en mí y en mis leucocitos —dijo Darío mientras buscaba tomarla de la mano para entrelazar sus dedos —Cada diciembre me hago todos los diagnósticos que me corresponden y algunos nuevos que surgen en el tratamiento y detección del cáncer en éstos tiempos y aunque suene extraño: cada treinta y uno de diciembre abro los sobres de mis diagnósticos, así inicio cada año nuevo, con una ocasión más para saberme sano.

—¿Me dejarías leerlos a tu lado cuando éste año se acabe?

—Sería el mejor regalo que podrías obsequiarme.

"Regalo", pensó Nina y con esa palabra, llegó a una conclusión. Sí estaría con Darío este treinta y uno de diciembre próximo, pero también le entregaría como obsequio, una muestra tangible de sus ganas de vivir a su lado.

El sol naciente volvía el cielo cada vez más claro, pero el frío no daba tregua y a Darío ya le inquietaba demasiado el tiempo que llevaba Nina exponiéndose al invierno. Su sangre respondió a esa caricia que ella expresó y al poco tiempo se detuvo, sintiendo que ya podía bajar la cabeza, Darío tomó a Nina por ambas manos y después de besarlas con ternura, la encaminó de regreso a su casa.

Andaban en silencio, reafirmándose con sus sonrisas lo mucho que se atraían y querían, Bloise iba del otro lado de la acera, preguntándose cuando a él le tocaría poder experimentar en carne propia un pedacito de todo lo que acababa de presenciar.

—A veces me siento como personaje secundario adentro de la historia de esos dos —se dijo así mismo, con la sentencia que todos los seres humanos piensan sobre su vida cuando añoran obtener un pedacito de alegría de la que ven en otras personas.

Javier Bloise dejó caer los hombros y después suspiró antes de volver la vista al amanecer —Querido Dios, Jebús, Kamisama, Universo Celestial, Escritor o Escritora-chan, no te pido fama solo que me quieran por igual —pidió y preguntó juntando las manos al cielo —¿Es mucho si haces una clase de spin off con mi existencia de papel?, anda no me dejes en soledad solo por pereza, te juro que sabré que hacer con lo que me envíes para querer.

Y así continuó el adolescente de diecisiete, que gustaba de los que tenían su misma anatomía, queriendo convencer al hacedor de destinos de que le formara un ser que fuera su pareja cuando, desde hace tiempos, ya existía uno solo para él.

Pero no podía distinguirlo por estar enceguecido con el brillo de un capricho, lo que usualmente le pasa más de una vez a todos los seres humanos comunes y corrientes que habitan sobre éste planeta, igual que les sucedió también a esos cuatro que ahora, al crecer, conocerían lo que es el amor.



Darío Elba y Nina Cassiani, ahora frente a esa leyenda escrita sobre asfalto, se veían a los ojos antes de abrazarse para decirse "hasta mañana, amor". Él besó su frente y ella le regresó el mismo cariño en la quijada antes de colgarse de su cuello y de atrapar perfume para continuar soñando, al irse a dormir, con la continuación de su primer encuentro.

Darío la abrazó tan fuerte hasta casi clavarle el tanque de oxígeno entre las vertebras, pero a Nina no le dolió porque toda sensación que no fuera de placer, había desaparecido de su percepción en todo su ser.

Quince días —se dijeron al unísono, confirmando que en quince días no tendrían excusa válida para no dejar correr en libertad su amor, sin saber que en poco menos de quince días, la vida que conocía Nina Cassiani Almeida dejaría de ser la misma hasta casi eliminarle la última gota de fe y esperanza que Darío Elba intentaría por todos los medios devolverle a su amada.

El amor es una fuerza que todo lo cambia cuando se presenta y es capaz de traer a la realidad cada sueño con su fantasía hasta hacerla algo material, pero no anula las desventuras del sufrir porque eso también es parte de saberse vivo y solo el amor que se fragua ante las más crueles pruebas, es el que prevalece más allá de los envases mal llamados cuerpos que son tan frágiles y tan efímeros casi como el soplo del viento.

Y hay envases, que ni con la espiritualidad más sacra o la medicina más avanzada, pueden repararse para volver a contener las almas que hace demasiado, bailan al compás de la nada en sintonía con el universo.





Si arden papá.

—¿Qué cosa, Pequeño Principe? —preguntó el padre luego de haber juntado la humanidad del hijo que, varado en la acera, le pidió ayuda para ponerse en pie.

Adentro del auto, llevaba consigo sus dos riquezas, los dos desmayados de amor, uno medio consiente y el otro, según entendió por boca del que ahora debía ser su yerno, también caído en acción sumándole todo el alcohol que se tragó.

Las estrellas arden. Arden y queman pero no se extinguen ni consumen. Ella hizo de mí un diamante para alcanzarla y así poder existir por siempre, a su lado.

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Febrero 26 de 2017.

Querido lector, te dejo éste cover, el único que según Nina puede hacerle justicia a la versión original de la canción de amor con la que Darío se le declaró, sé que al igual que a mi: te gustará bastante.

"Can't help falling in love" en la voz de Tyler y con los aplausos de Josh, mejores conocidos como T.Ø.P.

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