Chào các bạn! Vì nhiều lý do từ nay Truyen2U chính thức đổi tên là Truyen247.Pro. Mong các bạn tiếp tục ủng hộ truy cập tên miền mới này nhé! Mãi yêu... ♥

67.

—67—





—¡¿C-ce-cenar?! —balbuceó la pareja de hombres a una voz reteniendo entre pupilas, lo que el aire sin piedad barría; un cóctel de confesiones negadas.

Darío Elba, cruzado de brazos y recostado sobre la puerta corrediza que separa el balcón con la sala principal, les miraba a los dos muy tranquilo y dio el recordatorio de la cena en total serenidad tragándose la risa, porque aquellos se notaban deseosos de rasgar la otra dimensión para huir antes que ser atrapados entre brazos, tal fue la impresión y sorpresa, que Reuben Costa soltó en seguida a Leandro Hooper y de la prisa; el primero terminó enredado en una pirueta que le dejó muy mareado e intentó hacerse el distraído alejándose hasta llegar a una esquina donde la iluminación era un tanto escasa queriendo esconder en la oscuridad el fulgor de sus mejillas.

Reuben, entre todo lo que sentía, trató de guardar la compostura y sin idea de como continuar con eso que había puesto en marcha, acongojado y en medio de acelerados pálpitos, exhaló con alivio dando gracias por esa interrupción que creía casual.

—Si, cenar, recuerden que no solo de pan vive el hombre —contestó Darío y alzó una ceja con malicia, gesto que Leandro trató de omitir a beneficio propio para no ponerse más nervioso de lo que ya estaba —Hay que ponerle proteínas y minerales a la sangre, con tantos males hoy en día es mejor no perder la costumbre de tomar los alimentos a la hora que corresponden. Al cuerpo, lo que pide el cuerpo —remató y con eso último a Leandro se le precipitaron varias gotas de sudor por la frente y presionó sus labios fuertemente para no dejar ir el alma.

—Tienes razón —dijo Reuben con la voz cautelosa y todavía con la mirada extraviada en el negro horizonte de las siete de la noche —Ya hace hambre.

—¿Te quedarás a la cena? —preguntó Leandro esperanzado de un "si", porque no deseaba que se fuera, no ahora que sentía esas palabras que ansiaba escuchar titilando por su oído entre susurros y risas amorosas.

—Si me lo permiten —dijo por decir Reuben mientras movía el cuello en varias direcciones intentando zafarse del estrés que se le había clavado en los hombros.

Tal cual ser humano, él quedó demasiado expuesto y la verdad es que prefería irse a su casa, pero sabía que salir del meollo en el que estaba metido, no sería tarea fácil. Al igual que quien pisa por donde hay vidrios rotos, quiso ser tan precavido y calculador cómo le fuera posible.

—¡Con mucho gusto! —le invitó Darío y le hizo el ademán para que pasara al interior del apartamento —Y como eres el invitado, yo cocino y a Leandro le toca hacer de buen anfitrión, ve y entretén a Reuben —añadió sonriente y como su risa no era fingida ni forzada, aquel par, luego de verse de reojo, volvió a sentir comodidad en instantes.

Tomando de la mano al panadero, el artista no pretendía perder ni un segundo de más, pero Darío le pidió un momento y con esa maniobra tan de él, les recompuso las espaldas a los dos y después les dejó que se retiraran.

Leandro parecía un niño pequeño junto a Reuben correteando por la amplitud del apartamento, acción que Darío continuó observando desde lejos con las manos en la cintura al igual que un padre cuando cuida y protege a los que ama y les perdió de vista en el momento en que se adentraron en la segunda estancia donde había una mesa de billar.

Ofreciéndole un taco, el artista se disputó con el panadero quien de los dos era el mejor para embocar la bola ocho, un juego en el que ambos eran verdaderamente buenos y les sirvió para distraerse por un buen rato de las mariposas ficticias casi reales que les revoloteaban en el interior de tantas emociones.

Después de ajustar la música acorde a la ocasión en el equipo de sonido y de ponerse a tararear esas canciones que le recordaban a su pelirroja, Darío se colocó el mandil, su favorito, que tenía impresa la palabra "Muérdeme" y fue a la cocina. Mientras buscaba en el refrigerador los ingredientes para la cena, se encontró tres rojos tomates y en una mezcla de antojo y pena, les dio un beso y se los comió como si fueran frutas, así de coloreadas se ponían ciertas mejillas pecosas.

Licopeno para el corazón —dijo —Ese que aquí me guardo, pero que no me pertenece —luego suspiró.

Sacudiendo su pensamiento y enfocándose en ese par que procuraba esa misma noche al menos se confesaran, se ocupó hasta del más mínimo detalle de la cena, puso más que amor en aquellos tres platos que dejaron a los paladares de los enamorados extasiados.


—¡Wow! ¡Si que te luciste Darío! —le felicitó Reuben y hasta le aplaudió —¡Ha sido una de las mejores comidas que he probado en los últimos tiempos!

—Me halagas demasiado, pero gracias —dijo Darío dando una sonrisa humilde y después bajó la mirada, una postura que los dos hombres restantes en la mesa captaron tal y como él lo deseaba.

—¿Te sucede algo? —quiso saber Leandro.

—Lo mismo de hace un rato, aún no logro que se me pase del todo —mintió y al ver la mirada de Reuben opacándose, dijo: —¡Eh pero no pongas esa cara solo porque yo sigo atascado, te veías muy alegre, continúa así!

—Eso es verdad —corroboró Leandro y luego pidió —Por favor, no le des cabida a la tristeza, Reuben.

Hubo silencio en la mesa por unos minutos hasta que al artista se le ocurrió una idea, la que Darío intuía y estaba esperando —¿No se te antoja una bebida espirituosa, Darío? ¿Les sirvo algún trago ahoga penas? —le preguntó ahora a los dos.

—¿Olvidas que eso no me hace ni cosquillas? —le recordó Darío quien tenía una tolerancia increíble al alcohol —Pero sabes qué, deberíamos salir, no exactamente a beber pero si a tomar otros aires.

—¿¡Salir?! —gritó Leandro realmente entusiasmado.

Desde el mes de julio, fecha de su arribo al país, Leandro quería noctambular con Darío. Antes solían pasársela bien cuando se iban de juerga, pero ahora su mejor amigo pasaba las noches pegado al ordenador rellenando formularios y bitácoras por su trabajo como tutor. Además de que Darío le había dicho a Leandro, que las fiestas gloriosas que se armaba en esos instantes del trayecto de autobús y de los abrazos en el pórtico de los Cassiani, eran millones de veces mejores que la incandescencia nocturna y momentánea de los clubes.

Darío Elba ya no necesitaba ir a los antros para despistar a la soledad, por Nina Cassiani, tenía cada átomo de su cuerpo detonando amor por ella y si hoy planeaba acudir a uno de esos lugares, no era por los motivos que mencionaba; allí quería qué, lo que tenía que suceder entre Leandro Hooper y Reuben Costa, sucediera. Y si no hubiesen muchas variables en sus planes, según él, no pasarían más allá del estacionamiento, pero por cualquier imprevisto, ya había contemplado todas y cada una de las probabilidades adyacentes.

—Si, salir y no se diga más, vamos a alistarnos —contestó Darío y se levantó de la mesa sin dejar que Reuben le pusiera más peros del que no andaba con la vestimenta adecuada para asistir a esos clubes exclusivos.

—Por eso no te preocupes, así como andas te ves muy guapo —le aseguró Leandro —Pero si no te sientes seguro ...

—En la habitación de huéspedes, el armario parece sucursal de tienda de ropa de hombres —completó Darío la frase de Leandro muy ameno y se fue a lavar los platos.

Y el artista muy feliz y sonriente salió corriendo con el panadero de la mano para ofrecerle lo que allí había: ropa nueva de grandes casas de diseñador y con etiqueta aún puesta. Todo aquello formaba parte de las regalías que le enviaban los proveedores a Leandro desde de su retorno al país por ser el dueño de las tiendas por departamento "Hoobert". Sabían que Leandro, al igual que Gail, siempre estaba al tanto de las nuevas tendencias del mundo de la moda internacional y aunque él aún no hacía ni movía un dedo por su empresa, con que le dijera a su hermana que determinada prenda de ropa era su agrado, bastaba para que en cuestión de horas las tiendas contaran con esos exclusivos conjuntos de pasarela.

Reuben, aturdido entre tanto que veía, pensaba que solo necesitaba cambiarse la camiseta casual con la que había salido de su casa, pero Leandro le buscó tres opciones de jeans para que se cambiara el que traía puesto y le insistió tanto que no le quedó de otra más que aceptar.

—¿Cómo te sabes mi talla? —le cuestionó al ver que, aquellos ajustadísimos par de vaqueros en los que se suponía debía enfundarse las extremidades, si eran de su medida.

—Soy artista y no podría llamarme como tal si no conociese el canon de cuerpo humano y resulta qué, a pura observación, me sé hasta la talla de tu ropa interior —contestó airoso Leandro Hooper y le movió las cejas con insinuación de también saber otras sobre el cuerpo de Reuben Costa —Por cierto, busco modelo ...

—¡Sal de la habitación y deja que me cambie! —le reclamó Reuben totalmente muerto de vergüenza.

—No, no quiero —contestó Leandro muy firme y con un puchero hasta cruzó los brazos —¿Acaso tienes algo que yo no tenga para que no pueda verte? —logró decirle antes de que Reuben le cerrara la puerta casi en la nariz.

Voyerista —dijo y rió socarrón Darío al ver la escena cuando pasaba por esa parte de su vivienda.

—N-no ... es ... es que ... ¡Yo nomás iba pasado! —se encubrió inútilmente Leandro —¡Cállate y deja de reírte de mi!

—Anda, ve a vestirte que siempre que salimos nos coge la tarde porque nunca decides qué ponerte e intenta no dejar la ropa regada en el piso.

—¡Pero mi desorden es parte de tu terapia psicológica Darío, allí se develan los más grandes misterios de la humanidad! —le gritó el artista y luego le sacó la lengua como si fueran niños.

—¡Oh ni te imaginas de todo lo que en tu madriguera he descubierto! —le contestó cuando ya Leandro se alejaba dando pasos de baile hasta su habitación para mudarse.

Por separado, los tres hombres se ataviaban no solo con ropa, si no con emociones y sentimientos diversos calzándoles la piel, esa era una noche definitiva para todos, incluso para Darío que no imaginó lo que le esperaba vivir.

—¿Cómo haces para sentarte con estos jeans? —preguntó Reuben al salir del cuarto de huéspedes con un atuendo realmente distinto del que traía, uno que le resaltaba de manera muy masculina todos sus dotes físicos.

—Pues nada más doblas las rodillas y ya —dio como respuesta Darío que venía también de su habitación muy engalanado.

—¡Ah que gracioso! —se quejó Reuben con una mueca de tontería en obviedad en eso que le contestó su amigo.

—No es broma, es en serio —repuso y le hizo que se sentara a la orilla de la cama y le indicó como ajustarse el tiro del jeans para que no le presionara en exceso esa parte de la entrepierna.

—¡Ay me voy a quedar sin hijos! —se quejó Reuben al sentir incomodidad los primeros minutos. Él usaba jeans entallados, pero en los que estaba, se sentía todo apretujado, aunque no negaba que se veía realmente bien.

—¿Hijos? —preguntó Darío y vio una oportunidad para esclarecer el asunto —¡Ah!, ¿así que quieres convertirte en padre?

—¡Quien no! —repuso Leandro que se había vestido en tiempo récord y como era de esperarse, de los tres, él resaltaba más con sus prendas por la ambigüedad de su rostro —Yo también quiero serlo algún día —añadió y con eso ya no le dejó espacio a Darío para escarbar en los verdaderos sentimientos de Reuben.

Luego de varias miradas entre Leandro Hooper y Reuben Costa en las que parecía que ambos de decían de todo con los ojos, pasadas las diez de la noche, aquel trío de hombres dejaba el parqueo subterráneo de la torre de apartamentos donde vivía Darío Elba con él al volante.

Con los ánimos encendidos, más que todo en Leandro que estaba que alucinaba de la emoción, había mucha expectativa sobre el lugar a donde se dirigían y adentro del auto, las risas y voces eran muy altas por que el artista que llevaba a todo volumen el reproductor, cosa que no molestaba ni a Darío o a Reuben, hasta que el artista se excedió con su euforia.

—¡Lean quiere fiesta! —gritaba éste sacando la cabeza y brazos por la ventana y Darío, que iba a la par de él le dio un jalón para meterlo de nuevo, lo cual hizo que por unos instantes el carro dejara de ir en línea recta.

—¡Hooper te vas a quedar sin cabeza! —le reclamó Darío con severidad. Esas imprudencias de su amigo podían terminar en desgracias si no las detenía —¡Y yo, por jalonearte, terminaré embarrándonos en algún poste y no lograrán reconocernos ni en la morgue!

—Lean solo quiere divertirse, Darío —se excusó de manera infantil el artista, algo que no le causó una migaja de gracia al panadero.

—Darío, detén el auto —dijo Reuben muy serio.

Cuando vio a Leandro hacer esa tontería sintió un horrible retorcijón en el corazón, pensarlo herido lo torturaba y enloquecía demasiado.

Obediente, Darío Elba puso las señales de las vías correspondientes para aparcarse a orilla de la carretera y Reuben Costa salió del vehículo, abrió la puerta del copiloto y sacó a Leandro Hooper de su asiento y lo condujo hasta el asiento trasero donde antes venía él sentado y le colocó justo en el medio con los cinturones de seguridad muy ceñidos al cuerpo.

Un gesto que a Darío le indicó que Reuben sentía demasiado por Leandro y por un momento quiso desistir de lo que pretendía hacer, pero decidió no cambiar de opinión. Él ya había echado las cartas por los tres.

Reuben, después de reprender a Leandro con miradas estrictas, le hizo la seña a Darío de que se cambiara de asiento y fue él quien hizo de chofer en lo que restaba del camino, que no era mucho, pero para saber con exactitud hacia donde se dirigían, preguntó:

—¿A qué club se supone que vamos?

—Se llama "Ambrosía" y sigue en línea recta que solo faltan unos cuantos kilómetros, poco antes de llegar yo te aviso en que cruce toca doblar.

Leandro abrió los ojos de par en par al escuchar el nombre del club que Darío había escogido, lo conocía y había frecuentado con él antes, pero no entendía el por qué iban a ese lugar en específico y comenzó a inquietarse.

—Darío, ¿por qué Ambrosía? —le preguntó Leandro al estar ya en el parqueo del club que, como todos los fines de semana, estaba abarrotado y con la respectiva fila para entrar doblando tres veces la cuadra.

—Hemos venido aquí por una promesa que debo cumplir —y empezó así Darío a desencadenar los sucesos que esperaba.

—¿Promesa? —preguntó Reuben sin anticipar que era él el involucrado y el verdadero motivo de haber salido de casa.

—Así es —respondió y miró su reloj de puño para luego guardárselo en la bolsa del jeans.

Darío, muy seguro de lo que hacía y al tanto de las posibles consecuencias, sabía justo donde detenerse y hasta cuánto presionar para soltar aquel nudo de sentimientos —Hace mucho le prometí a Reuben, como parte de su paga por darte tutorías, enseñarle a socializar y puntualizando: enseñarle a socializar con mujeres, por eso estamos aquí.

Leandro Hooper entendió lo que creía debía entender y ante las palabras recién escuchadas, se sintió miserable y más efímero que el viento.

Tragó grueso al buscar los ojos de Reuben Costa, quería ver negación en ellos, quería que le dijera que Darío Elba estaba gastándole una broma de mal gusto, pero al encontrar en aquellos ojos la rabia típica de quien se ve no solo sorprendido, si no delatado, frunció el ceño y le dio la espalda, estaba muy molesto y de esa forma, odiaba sentirse; así como pensarse burlado.

Deseando desaparecer o al menos irse, de repente se dio cuenta de que tenía las piernas atascadas, se sentía parte del concreto y por eso quiso actuar de buena voluntad; hacerse el desentendido para continuar, mas no pudo y allí se quedó hasta poder tomar un poco de control de su cuerpo para dar pasos sin pensarlos y alejarse, ni él ni nadie se dio cuenta de dónde estaba, a donde llegó, lo hizo por inercia, impulsado por un tonto y absurdo despecho.

—¡¿Por qué carajos dices eso?! —le reclamó iracundo y bufando de enojo Reuben a Darío y entonces perdió de vista a Leandro.

Reuben, al ver esos vívidos ojos delineados de negro marchitarse, algo adentro de sí le pidió que aclarase todo de una buena vez con urgencia, pero tal y como Darío había intuido sin equivocarse, primero explotó en cólera en contra de él.

El malestar en Reuben era el de una "traición" pero sin fundamentos, pues no había perjurio en lo que quería cumplir Darío.

—¿He dicho una mentira, Reuben? —le confrontó Darío sin flaquear y con una serenidad que daba más miedo que el enfado —Porque nada más toca hacer memoria, o acaso lo habías olvidado, si así es, déjame hacer memoria por ambos —y éste repasó en su mente el día y la situación en que prometió lo anterior.



Eran poco más de las dos de la madrugada de un día de julio cuando Darío Elba, estando en el jardín de su madre cosechando flores para llevarle a Nina Cassiani, recibió la inesperada llamada de Reuben Costa para confirmarle que sí aceptaba darle tutorías a Leandro Hooper.

Darío, por aquel servicio, pensó y creyó correcto remunerarle de manera económica, pero el orgullo de Reuben se negó, a cambio solo pidió una cosa:

—Carezco de habilidades sociales, cosa que me he dado cuenta que a vos te sobra —dijo desde el otro lado de la línea el panadero —Me gustaría que me enseñes a socializar, quiero tener esa soltura de palabra y presencia con la que te manejas por la vida y si no es mucho pedir, me gustaría que, en especial, me enseñes a socializar con las mujeres.

De aquella petición, en la cual solo habían pasado unos cuantos meses, Darío quiso tomárselo a broma cuando le fue solicitada, pero Reuben le dijo que no se mofara, que no era una charada, por lo cual, él dijo que si.

Con esa verdad hecha promesa, Darío quería sacarle a flote todos los verdaderos sentimientos e intereses de Reuben por Leandro. Quería escucharlo decir lo que tenía que decir, porque era lo justo y debía hacerlo.



—¡No, no lo he olvidado y no necesito que me refresques la memoria porque no es una mentira! ¡¿Pero por qué mierda me sales con eso justamente hoy y ahora?! —aceptó Reuben y hasta rechinó los dientes.

—Porque aunque lo creas inverosímil, te estoy cuidando la espalda Reuben Costa, te estoy sosteniendo el corazón —contestó y se le quedó viendo fijamente en espera de que el panadero le soltara el primer puñetazo, por eso se había guardado el reloj de puño en el bolsillo, previniendo no lastimarlo cuando le tocara bloquear cada golpe furioso que esperaba recibir. Darío no pensaba tocarle ni el viento a Reuben, pero tampoco iba a quedar como tubérculo, por tantos años metido en el boxeo sabía como detenerlo con pocos movimientos y estaba al tanto de que los golpes del panadero no serían muy efectivos viniendo de alguien que iracundo, entorpecía.

Darío creía que Reuben todavía no podía controlar su ira, pero al ver que al cabo de un rato éste no hizo ni el intento de levantar la mano, cosa que de verdad le dejó sorprendido, continuó —Vamos, te daré un par de consejos para que salgas de éste club con más de tres conquistas.

—¡YO NO QUIERO ESO! —le gritó Reuben y aquel rugido le valió de muchas miradas y la gente se hubiera detenido a ver la supuesta pelea de no ser porque Darío continuaba relajado y sonriendo muy ameno, recostado sobre su vehículo.

—¿Y puedes decirme a ciencia cierta qué es lo que verdaderamente quieres Reuben Costa? —le preguntó Darío al ver que todos los curiosos se retiraban poco a poco —¡Si hace poco querías matarme a causa de tus celos ilógicos por mi cercanía con Nina!, ¿no era, para por fin saber cómo actuar con ella, que me pediste que te aconsejara?

Reuben apretó los puños con fuerza y agachó la cabeza, la ira de hace un rato que tenía por Darío se volcó hacia él mismo, aceptó en sus adentros tener la culpa total de estar metido en ese embrollo por su incapacidad para hacer nada.

Se odiaba por no poder dejar salir sus verdaderos intereses y sentimientos con facilidad, le ardía la garganta por gritarle a los cuatro vientos todo lo que le estaba pasando desde que conoció a Leandro.

—Mírame —dijo Darío y se le acercó con cautela —Mírame y dime algo, te lo suplico yo que he quedado preso en tu telaraña, Reuben, yo deseo avanzar.

Reuben Costa sentía que iba a vomitar, pero no era el estómago lo que se le vaciaría, ahí estaban las palabras hirviendo, una a una enfilándose en sus cuerdas vocales para salir como un ejército armado de valentía ante una operación suicida.

—Yo ... yo no ... yo ... No necesito ... Yo no necesito aprender a coquetear con una mujer, no quiero aprender a socializar con ellas, te libero de tu promesa Darío, estamos en paz —dijo reteniéndose, tratando de calmarse.

—¿Por qué?, ¿qué hay de Nina?, ¿ya sabes como tratarla para hacerla tu novia? —preguntó Darío ésta vez muy serio.

—Porque me equivoqué al creer que la amaba de la forma en que un hombre ama a una mujer, Nina no será mi novia jamás, pero no por eso dejaré de amarla, porque sin necesidad de que corra por nuestras venas la misma sangre, ella es parte de mía pero no de la forma en que antes lo creí —le explicó.

Eso era algo que quería dejarle muy claro desde hace bastante, pero no había encontrado la forma de abordar el tema. Después de tanto, ahora sí podía decir que tenía definido el papel de la pelirroja en su vida presente y futura.

—Eso es con ella, pero hay demasiadas mujeres por ahí en todo el mundo, ¿estás seguro que no necesitas una mano para poder abordarlas? —volvió a insistirle Darío.

—¡No lo necesito, no quiero! —se negó desesperado.

—¿Por qué no quieres Reuben? —preguntó Darío y eso fue lo último que precisó decir para que la verdad a medias, corriera desde el alma de Reuben hasta su boca.

—Porque mis ojos están puestos sobre otra persona y no necesito consejos tuyos o de nadie para poder abordarle, porque de manera espontánea y de formas jamás pensadas puedo decirle mucho sin tener que hablarle —empezó su confesión Reuben Costa y cada uno de sus músculos con sus nervios estaban repletos de espasmos.

Ahogado y abatido ya no había cómo detenerse.

Solo Dios sabe cómo tiemblo, cómo me estremezco con hasta con la más simple de sus miradas, con que me hable me consumo, con su sola presencia me rearma, me hace flotar y me dejar caer al suelo sin lastimarme —expresó Reuben y se llevó una mano al pecho, ahí adonde se escondía su corazón, necesitaba palparlo para poder seguir hablando, para saber que aquel órgano no había atravesado sus costillas y escapado con las palabras.

—No comprendo mucho de lo que estoy viviendo, solo sé que soy feliz porque sé lo que quiero. Darío, mírame y dime, dime que me entiendes, di que sabes de quien te estoy hablando, por favor dime que en medio de mi torpeza y mis descuidos, te he dejado ver que yo lo quiero, te suplico que me digas que de todo el amor que él me da, yo he sido capaz de darle un pedacito de lo que se merece porque ... porque yo lo quiero a él, más allá de cómo se deben de querer los amigos, por él he dejado de entender a mi propio cuerpo. Enamorado de él, muero de miedo.

Con eso le bastaba a Darío Elba, para tener la certeza de que Reuben Costa llegaría a amar a Leandro Hooper con la misma fuerza en que él amaba a Nina Cassiani.

No necesitaba más y por eso asintió con la cabeza, quería que su amigo se detuviera, lo dos eran hombres a fin de cuentas, no quería lastimarle el orgullo, tampoco verle humillado, pero Reuben, todavía tenía más que proclamar.

—¡No tengo idea de si soy gay, pansexual, bisexual o cualquiera que sea la denominación con la que se etiqueta a las personas que sienten amor por los de su mismo género como si el amar nos exiliara de ser humanos, como si debajo de la piel no tuviéramos la misma carne y los mismos huesos! —declaró contundente Reuben Costa, ante las miradas que sabría que tendría por sobre sus hombros por tomar de la mano como pareja a su semejante.

El camino que acababa de emprender no era fácil en una sociedad llena de prejuicios con túnicas añejas de falsa moral y religiosidad hipócrita, en la cual, es mejor vista y aceptable la violencia doméstica antes que ver a un hombre besar a otro con su misma fisionomía. Que para las mentes llenas de tapujos, es tolerable una violación o el genocidio antes que admitir como normal que una mujer conviva en la cama y en público con otra que también nació con iguales cromosomas. Que es de civilizados, el dejar a un huérfano de progenitores morir sin conocer el amor antes que permitir leyes que respalden la adopción para las parejas que, con egoísmo retrógrada, tachan de antinaturales.

—¡Y de una vez quiero que quede claro que tampoco estoy confundido, no estoy pasando una etapa tardía! —se defendió también de quienes no dilucidan que la homosexualidad no es una enfermedad ni un trastorno de la conducta que se impone como correcta porque que el amor, ese que está escrito y retratado hasta en piedras desconoce a esa barrera llamada anatomía.



—Porque para mí el querer como lo quiero a él es para toda la vida y te juro por lo que le resta en este mundo a mi abuela, que a mi no me importa que él sea hombre como yo, te juro que nunca me importó y no puedo explicar en qué momento pasó, cómo sucedió ni que hice, solo sé qué ... ¡Que a mí me gusta Leandro y lo quiero más allá de mi cuerpo y con éste por entero, lo quiero con el corazón y también con lo que yace bajo mi vientre, con esa parte que, por ser hombres, los dos ...!

Y como amor verdadero era lo que Reuben Costa tenía y sentía desde siempre por Leandro Hooper, ahora ya no podía reprimir ni esconder la más mínima muestra de afecto por él.

—¡No sigas, lo entiendo, lo entiendo todo, con eso es suficiente! —dijo Darío poco antes de que Reuben desmoronara en llanto hasta casi caer sobre sus rodillas, pero Darío le retuvo al abrazarlo con todas sus fuerzas contra su pecho, no le permitió que se creyera mancillado y ocultó su rostro de las miradas curiosas de las demás personas que caminaban en dirección de ambos.

Aquello había sido algo duro, que muchos tildarían de un acto despiadado que no llevaría a cabo alguien que se haga llamar amigo, pero era necesario, hay quienes que, como a Reuben Costa, se les debe de empujar sin soltarles la mano y eso fue lo que hizo Darío Elba.

Reuben Costa no paraba de llorar, estaba purgando todo lo que se había aguantado para sí solo durante días y meses, por fin había confesado abiertamente gustar de Leandro Hooper con el corazón, con la mente y también con su cuerpo.

Pero de aquella confesión, el que debía y urgía de escucharla, no se daba por enterado, porque sumido en supuesto desamor, un racimo de dolor le apretujó tanto el pecho, e hizo que se marchara.

https://youtu.be/dKe3spwhUSY

Bạn đang đọc truyện trên: Truyen247.Pro